Los últimos días habían sido demenciales.

Tras dejar a... tras dejarla, se había tenido que enfrentar a un nuevo sinsentido de los Carrow. Neville se había convertido en un blanco demasiado tentador. Ya no se escudaba en el anonimato sino que desafiaba abiertamente a los profesores con acusaciones veladas y provocaciones directas.

Sin tener ni idea del temperamento ni la habilidad de la abuela del muchacho, los magos habían convencido a Dawlish para que fuera a tomarla de rehén acabando con un nuevo mortífago fuera de juego. Si esto continuaba así, la Orden del Fénix no iba a tener que intervenir. Iban a ir cayendo como moscas uno a uno. De todas formas, en cuanto puso pies en polvorosa después de despachar al Dawlish a San Mungo, la buena señora mandó una carta a Neville.

Aún no comprendía por qué había dejado que el chico leyera la carta.

Si Dumbledore hubiera estado en su cuadro, como debería, se lo hubiera impedido. Hubiera alegado que sería para proteger a Neville de sí mismo y evitar que hiciera alguna tontería. Pero Snape descubrió que era capaz de tomar decisiones en torno a su propio criterio, en lugar de aceptar el criterio del difunto mago, y que éstas no estaban tan desprovistas de tanta calidez como debieran. Si el condenado chico quería ser un héroe, que lo fuera. No solo San Potter tenía derecho a que se le apoyara incondicionalmente.

Y dejó que la lechuza entregara la carta, tal vez porque en ella le decía que no era ningún inútil tal como todos habían pensado. Tal vez, porque hasta el torpe de Longbottom se merecía una palmadita en la espalda... Tal vez porque la ausencia de Demons le hacía necesitar de algún tipo de bondad en su vida.

Sentía que actuaba como un débil sentimental.

Traidor, cobarde y débil. ¡Vaya un partido!. ¿Un partido para quién? Sigue soñando, idiota.

Evidentemente, alentado por las palabras de su abuela, Longbottom no cejó en su empeño de ser un terrible grano en el culo. Y los Carrow no estaban dispuestos a dejarlo correr.

El chico, no tan torpe como parecía, desapareció sin dejar rastro alguno tras darse cuenta de que su vida corría peligro. Y tras él fueron desapareciendo algunos muchachos más.

Le estaba pasando a él con sus alumnos como al Lord con sus mortífagos, los estaba perdiendo casi sin notarlo, de una manera constante y leve, como el goteo de un grifo, lo cual no era ni malo, teniendo en cuenta la bomba que había lanzado el Lord en la última reunión: atacar Hogwarts para hacer salir a Potter.

Sublime. Una jugada realmente sublime.

Como tenía que seguir en su tónica habitual de "no te metas o te descubrirán", tendría que confiar en la capacidad de los profesores y sus aliados en el exterior para defender el colegio. Lo que aún no tenía claro es si debía permanecer en el colegio esperando a Potter o salir a campo abierto a buscarle. Sería más fácil hablar con Potter antes de que llegara. Pero Dumbledore había dicho que tenía que informar al muchacho cuando el Lord estuviera preocupado y vulnerable y cuando protegiera a Nagini. O sea, cuando se diera cuenta de que Potter había estado destruyendo trozos de su alma.

Y como la adivinación no formaba parte de sus habilidades, tendría que improvisar.

Odiaba improvisar.

Los últimos días habían sido demenciales, siguió pensando mientras removía la sopa, (se sentía incapaz de ingerir nada sólido) incluso con los recuerdos sobre ella danzando dentro de una botella vacía de whisqui de fuego.

Le costaba concentrarse, y todo parecía lejano. Tenía la sensación, el presentimiento, de que ella no estaba bien, que le necesitaba y que él no iba a estar ahí... pero en el fondo no era tan estúpido como para no reconocer que no temía que ella le necesitara, era él el que la echaba constantemente de menos. Lo peor era que le había caso y la dirección de lo que seguramente sería su casa le tentaba constantemente desde un rincón de su memoria y no podía dejar de pensar en...

Era débil.

Si se acercaba un momento, sólo para comprobar que estaba bien. Para asegurarse. Con cautela, sin que ella lo viera...¿Sería tan extraño que se acercara a averiguar cómo estaba para poder seguir cumpliendo su no promesa?

Apretó la cuchara más de lo debido.

Había sucumbido a su debilidad, a sus burdas y poco inteligentes justificaciones. ¡Qué demonios!¡Ni siquiera tenía que justificarse! ¡Podía hacer lo que le diera la gana!, no tenía que pensar una y otra vez lo que Dumbledore hubiera opinado de eso ni en el riesgo que supondría su escapada si algún mortífago que aún sospechara de él, Yaxley, por ejemplo, le tuviera vigilado. Al fin y al cabo, Dumbledore ya no existía y si no se había dejado atrapar en tantos años no iba a dejarse atrapar ahora.

Anoche, invadido por un súbito desasosiego, por una corazonada imprecisa... (fue por tu deseo de verla, imbécil, no te engañes a tí mismo) Snape se apareció en Londres y luego, transformándose en humo, confundido con la bruma llegó a su ventana, esperando verla.

A su ventana..."Silencio, ¿qué luz se ve en esa ventana? Es el oriente y Julieta es el sol." Romeo y Julieta, una elección muy apropiada..". Las palabras de la señorita... de ella, se repetían en su cabeza. Más no apareció luz alguna en esa ventana, ni en esa hora, ni en las dos siguientes y Snape, intranquilo (desesperado, más bien, sé preciso) se decidió a investigar, y, deshaciéndose en átomos, entró por una rendija.

El piso, porque era un piso, no tenía paredes y era casi tan pequeño como sus habitaciones en el castillo. Cocina, salón y dormitorio convivían en el mismo espacio. Los muebles eran claros y funcionales y el color de las paredes intensos y dramáticos. La cama, perfectamente hecha, de un blanco inmaculado. El frigorífico, vacío; el lavavajillas, vacío; el cubo de la basura, vacío; el escritorio, ordenado. Nada apuntaba a que ella hubiera estado ahí en los últimos días.

La ansiedad volvió a tomar el control de sus pensamientos. ¿Habría salido mal el obliviate? ¿Estaría ella ahora en el mismo hospital dónde la dejó, enferma, demenciada tal vez como Gilderoy Lockhart?

Daba vueltas de forma concienzuda a la sopa que, problablemente, no lograría pasar por su garganta y siguió recordando el click en la puerta y su risa cantarina tras la madera. Se ocultó volviéndose invisible mientras el corazón le latía a mil por hora. Ella encendió la luz.

Estaba perfectamente, sonriendo emocionada con esa luz en sus ojos, con ese brillo de triunfo de cuando conseguía lo que se proponía. Entró como un vendaval. Hermosa, tan hermosa que se le heló el corazón. Tacones, medias, una falda corta... Tenía carmín en los labios y el pelo recogido en un moño. Comenzó a quitarse la ropa sin cerrar siquiera la puerta, dejando los tacones, la camisa y la falda formando un seductor camino hasta el rincón que le hacía de dormitorio. Se deshizo el recogido, despeinándose con las manos. A Severus le costó un mundo no seguirla agachándose a recoger cada prenda y cogerla por los hombros para lanzarla a la cama sin contemplaciones. "No tardes, aún no entiendo para qué hemos venido" dijo una voz masculina desde la oscuridad del rellano. "Tengo que cambiarme de ropa, Harry, ya te lo he dicho"

Harry, su Harry, no el mío.

Snape sintió su pulso acelerarse y a una bestia oscura agazapada en su pecho bramar peligrosamente. El tal Harry entró. "¡Joder, nena! ¡Tienes que desnudarte delante mía!¿Por qué no tienes paredes en esta mierda de piso?", "No te pongas dramático, Harry, no es la primera vez que me ves desnuda y tenemos prisa, ¿recuerdas?" "No es verte, idiota, es verte y no tocarte"

Ese perimetre no tenía derecho a llamarla idiota, y mucho menos a pensar en tocarla.

"Deberías tirarte a tu novia más a menudo y no tendrías ese problema" Esa es mi chica, pensó Severus. " Tirarme a mi novia es tan aburrido como ver un partido de críquet", dijo el jóven tomando la camisa del suelo y aspirando su aroma un momento. ¡Por Merlín!, ¿asesinar a un muggle podría considerarse como una misión del Lord? "En cambio, me han dicho que tú eres más intensa que un combate de boxeo"

_No deberías creer todo lo que te dicen, Harry, y no es una invitación a que lo pruebes personalmente. Somos amigos, te quiero como a un hermano. El viaje es largo, de camino te daré algunos consejos para que dejes de aburrirte tanto con tu novia.

No estaba tan delgada. Esa semana lejos de él parecía haberle sentado bien. Se enfundó en un apretado pantalón vaquero y cogió una camiseta ancha, de color rojo que pareció no gustarle cambiándola por una negra un poco más ceñida. Unas deportivas completaron su atuendo. Iba a cerrar el armario cuando su mano se detuvo en el aire y se volvió sospechosamente hacia la ventana dónde un Snape invisible observaba. Las aletas de su nariz se dilataron, olfateaba el aire como un perro de presa y en un gesto automático se tocaba el antebrazo izquierdo donde hace poco llevaba una marca dolorosa. Snape trató de no mover un músculo, mientras ella se acercaba. Abrió la cortina, miró por la ventana. Severus sólo tendría que alargar la mano para tocarla.

Ella estaba bien, alegre, sana, a salvo... y quería a ese tipejo como a un hermano. Dadas las circunstancias, Severus no podía ser más feliz.

La chica se encogió de hombros, frunciendo ligeramente el labio, desechando una idea. Se volvió rápidamente, cogió una mochila "¿Seguro que lo llevas todo?", preguntó al tal Harry ."Vamos, nena, lo has comprobado ya tres veces". Ella le tomó por la solapa de la chaqueta y le dió un corto beso en la mejilla. "Gracias por acompañarme", le dijo. "¿Bromeas? ¿Y perder la oportunidad de demostrar que estás como una cabra?" Ella rió, tirando de la ropa de él le sacó del piso y la puerta se cerró suavemente.

El click de la puerta derrotó a Severus. Fue consciente de que ya no habría más despedidas y trató de convencerse de que eso era bueno y deseable por mucho que el gorila se golpeara el pecho y reclamara su derecho a poseerla. El tic tac del reloj que marcaba su destino corría inexorable.

Snape metió la cuchara en la sopa que sin duda se volvería agria en su boca, cuando un súbito grito le hizo derramar su contenido.

_¡Harry Potter a atracado Gringotts!¡Ha entrado en la cámara de los Lestrange y ha escapado montado en un dragón!

Silbidos, vítores y aplausos invadieron el Gran Comedor. Y gritos, gritos de los Carrow exigiendo silencio, gritos de los alumnos al presenciar el ataque al chico, gritos de los demás profesores interviniendo en medio del caos, sacando de allí a los alumnos y tratando frenar el violento castigo del chico.

La noticia dejó a Snape conmocionado. ¿Cómo era posible que hubieran entrado en Gringotts? ¿y cómo era posible que Terry Boot lo supiera antes que ellos?

Eso precipitaba las cosas, eso precipitaba muchísimo las cosas.