Demons se deslizó entre sus blancas sábanas. La frialdad de la tela en su piel desnuda le reportó el placer inesperado de estar, por fin, en su propia cama.
Sus músculos se fueron relajando y los párpados cayeron pesados, tras mirar por última vez como la brisa que entraba por la ventana, mecía las cortinas.
Estaba en la fina frontera que separa el sueño de la vigila. Una imagen, como de una pesadilla, vino a su mente.
Eran unos ojos negros e insondables, fieros y decididos, definitivamente hambrientos.
La imagen era tan vívida que abrió los párpados.
Por una fracción de segundo, una figura oscura, envuelta en una capa, pareció materializarse de la nada. En tan solo un parpadeo la figura desapareció y Demons achacó la imagen al cansancio pero, inquieta, se levantó y cerró la ventana. Aún hacía fresco a pesar de lo avanzado de la estación y se le puso la piel de gallina, sus pezones protestaron igualmente y se metió presurosa al cobijo de las sábanas, se acurrucó de lado. Sus ojos volvieron a cerrarse.
Despertó de golpe. Una mano le tapaba la boca, una presencia cálida a su espalda volvió a ponerle el vello de punta.
_Ssshhhh. Tranquila_ era una voz tan profunda que en vez de pronunciar, vibraba_No voy a hacerte daño...al menos, no tanto daño.
Amenazada, Demons trató de moverse y liberarse de esa mano, pero el propietario de la misma se había echado encima de su cuerpo, limitando mucho, muchísimo, sus movimientos.
_Quieta.
Los labios de los que surgía esa voz se perdieron entre el cabello de su nuca, provocándole un escalofrío. Tras el roce del aire al pronunciar las palabras, Demons sintió el roce más sólido de un perfil y el más intenso de unos dientes. Sus pezones de nuevo se contrajeron y su respiración se aceleró bajo esa palma.
_Tu dios sabe cuánto, ¡cuánto!, te he echado de menos.
Demons se agitó un poco más cuando comenzó a notar como con un tirón suave y constante, las sábanas que la cubrían se iban deslizando cama abajo, aboliendo la barrera que separaba su cuerpo del cuerpo que la inmovilizaba. El hombre dejó escapar un ronco suspiro al ver emerger su piel desnuda y continuó conquistando su nuca y su hombro, oliéndola.
_Demons, Demons... perfecta rosa, incluso sin nombre.
¿Que hechizo tenían esas palabras, esa voz, (si fuera más profunda sólo podrían oirla los elefantes), que le hacía aumentar el ritmo de su respiración?
La palma que tapaba su boca se deslizó dejando paso a los dedos, unos dedos largos que se pasearon sobre sus labios, queriendo aprenderse de memoria su forma y tamaño, como lo haría un ciego. Lejos de querer gritar, Demons sentía la necesidad de besar esos dedos, de sentirlos dentro de su boca. Los dedos pellizcaron sus labios, entreabriéndolos, creando un lugar por el que un largo suspiro comenzó a fugarse aún en contra de la voluntad de la dueña de esa boca.
_Tú no lo sabes, _ dijo esa voz lentamente_ pero tu cuerpo sí.
Y su cuerpo ciertamente se calentaba al sonido de esa voz. La tomaron por las manos, se dejó hacer cautivada por la cualidad hipnótica de la voz que le hablaba, del ritmo de los besos en su piel, y sus manos siguieron dócilmente a aquellas que las sujetaban. Quedó bocarriba en la cama. Una figura se recortaba a contraluz. El pelo largo, oscuro, cayendo a los lados de un rostro alargado en una silueta que era negra sobre el blanco de la cortina.
El rostro sin rasgos se acercaba a ella mientras el hombre echaba su peso sobre las manos de ella, colocándolas a los lados de su cabeza. Cubrió la escasa luz con su pelo cayendo a ambos lados de la cara de ella. Se acercaba y se alejaba, prometiendo un beso que no llegaba.
Demons sintió una fría frente sobre la suya y una nariz que se perdía en sus mejillas y que le haría girar el rostro si hubiera querido alcanzar ese beso. Y, por extraño que pareciera, quería alcanzar ese beso. Sin embargo la esquiva boca con su correspondiente nariz, bajó por su barbilla hasta su garganta y más abajo aún, a sus clavículas y a su cuello.
_Quisiera hacerte el amor con la pleitesía que te mereces. Pero tengo un poco de prisa, ¿Sabes? Y pocas veces me has pedido que fuera dulce y delicado.
A la fuerza, empujando con su cuerpo, le separó las piernas. A Demons le temblaban las rodillas y el aire que se le escapaba por la boca. El hombre se dejó caer entero sobre ella con la áspera tela de la ropa que él llevaba haciendo ahora de frontera entre dos pieles. Rugosa, escabrosa, con lo que parecían cientos de botones contra su vientre, en su pubis y casi entre sus piernas y el peso de un hombre adulto sobre ella para clavárselos todos. ¿Debería estar asustada?, ahora mismo su cuerpo en lugar de gritar lo que quería era elevarse para sentir todos y cada uno de esos botones incrustados en su carne.
Debería estar asustada, esos ojos oscuros brillaban malévolos en la oscuridad, cirniéndose sobre ella, queriendo devorarla.
Agitó los brazos, removiendo su torso, empujó con sus manos y se retorcía intentando deshacerse del abrazo. Forcejearon.
Todo inútil. Lo único que consiguió fue frotarse más con la rasposa tela y sentir con más ahínco el cuerpo del hombre entre sus muslos.
_Vas a tener que hacerlo mejor para que crea que quieres escapar de mi.
Demons gimió, empezaba a sudar.
_O para que crea que quieres que te bese.
Un gemido delator hizo al hombre reir roncamente. Sin embargo no la besó, se lanzó directo a sus pechos mientras apretaba más sus manos sobre las de ella, clavándolas al colchón. La lengua de ese hombre apuñalaba sus pezones sin compasión y los aprisionaba entre los dientes y a ella le seguían temblando las rodillas mientras alzaba la pelvis en un torpe intento de levantarle y separarle de ella, pero anhelando al tiempo sentir la ruda tela arañándola entre los muslos.
_Comienzas a ser convincente.
Sin dejar de aprisionar sus manos, el oscuro individuo (¿un vampiro tal vez? ¿un íncubo venido del mismo infierno para sentarse en su pecho?) se arrastró por su cuerpo hacia abajo, besando con su ardiente lengua su vientre, su ombligo, su pubis obligándola a abrir las caderas por la anchura de su pecho. Y luego volvió a reptar cuerpo arriba. De forma deliberada o no, cada uno de los miles de botones de esa negra túnica pasaba entre sus pliegues, pellizcando y saltando sobre su propio botón, carne tensa y palpitante, como un tormento insufrible, doloroso y no.
Ascendió hasta su boca sin llegar de nuevo a besarla, mordía sus labios y dejó libres sus manos para agarrar en cambio su cuello.
Demons miró con pavor el antebrazo del hombre que la aprisionaba. El juego de luces y sombras permitía dislumbrar un tatuaje aterrador, una serpiente que abandonando un cráneo parecía querer dejar la piel que habitaba y pasar a la suya. Y aferró ese brazo con ambas manos tirando de él sin lograr que aflojara ni un ápice la pinza que atenazaba su garganta.
¿Era eso lo que sentía la gacela mordida en el cuello por el león?, ¿la irremediabilidad?. Realmente, ¿Debería estar asustada?
La ruda caricia de la tela sobre su piel (¡oh, esos botones!) se reanudó una vez más y esta vez, el hombre, si era hombre y no demonio, continuó empujando hasta que un rígido ariete frenó su avance al chocar con sus nalgas. Demonio o no, tenía un miembro más que considerable.
De repente, la tela que la raspaba desapareció y ese hombre fiero estaba desnudo entre sus piernas.
La luz arrancó de su pecho el reflejo de zigzagueantes cicatrices que ella sintió el deseo de besar, recorrer cada rugosidad con sus dedos y con su lengua parecía ser su fin en esta vida. Pero no, la mano en su garganta impedía cualquier intento de moverse. La otra mano, no menos firme reclamó derechos sobre sus pezones acelerando su respiración. Su pecho se hinchaba y descendía rápido y profundamente.
_Mueves el mundo cuando respiras. Tu aliento hace cambiar las estaciones.
Y le decía eso, tan tranquilamente, mientras deslizaba peligrosamente su miembro por la hendidura de sus nalgas.
Aterrada.
Excitada.
No eran palabras sinónimas, decía su mente.
Su cuerpo no estaba de acuerdo y notaba su propia humedad mojando el vello espinoso del pubis del hombre clavándose en su sexo y la suavidad y rigidez de la viga con el que se apuntalaba en ella, un poco más abajo.
Un ronco gruñido, como un ronroneo, acompañaba sus movimientos, lentos y precisos, deslizando esa barra candente entre el desfiladero de sus nalgas. Frenó al encontrar en su recorrido la estrechez de una hendidura. Presionó sobre ella, hundiendo la carne casi inapreciablementeuna vez..., una más.. Una larga exhalación brotó del pecho de ese ser tenebroso como si necesitara de todo su autocontrol para no empujar y deslizarse por ese anillo de apretados músculos.
En cambio, lo que hizo fue soltar su garganta y apoyar la mano abierta entre sus pechos, conteniéndola con su fuerza para que siguiera sin moverse. Con una presión que hacía daño y no. Sin dejar de tocar su piel la mano derecha recorrió el trayecto (abajo, oh sí, más abajo) hasta...
Ella esperaba esa mano entre sus labios estirados, húmedos y brillantes, pero en cambio pasó por ellos superficialmente.
No precisó imaginar que la mano del hombre acariciaba en cambio su propia carne. Sentía envidiosa la forma del puño aprisionando la verga que empezaba a necesitar. Los nudillos contra su sexo hambriento, lentamente arriba, saltando sobre su clítoris al igual que los botones. Los nudillos, lentamente abajo dentro y fuera de la avariciosa boca que se contraía en torno al vacío, anhelando ser llenada. Y luego la seda húmeda del glande tras los rugosos nudillos. Y ella empapándolo todo.
_Ríos,_dijo él_ estos son los ríos que quiero de tí. Ríos...mares y océanos...
Con un suplicante gemido trató de levantarse empujando contra la inamovible roca de su mano. Con un desesperado gesto trató de elevar sus caderas para apretarse si quiera un centímetro más contra esos nudillos. Se había olvidado de que tenía manos. Su cuerpo era sólo la inservible envoltura que rodeaba un agujero negro hambriento, suplicante y desesperado por absorber aquello que el espectro sombrío (¡qué malvado!) le negaba.
_¿Sigues queríendolo todo?
Muda, incapaz de articular palabras, su garganta gimió suplicante y frustrada, mientras esa mano ajena comenzó a machacar ese miembro ajeno dejándola sentir sólo el roce veloz de ajenos y diabólicos nudillos.
_Dí mi nombre. Sabes mi nombre. Dí mi nombre.._Hablaba esa voz entre jadeos y ella necesitó cerrar los ojos.
¿Debería?
¿O pronunciar el nombre de ese demonio la haría ser suya para siempre?
Sea.
_Severus...
Al fin.
El ser oscuro la poseyó, clavándosele hasta el cuello del su pulsante útero, inundándola de un placer tan oscuro como divino. Esa increible sensación de morir, o vivir, atravesada por un rayo.
Abrió los ojos confusa. Ni estaba en su cuarto ni ningún hombre pesaba sobre ella. Más bien, a su lado unl paisaje arbolado se fugaba hacia atrás por las ventanillas del coche.
_Joder, Demons.
A su izquierda, Harry conducía con un más que evidente sofoco.
_¿Estás despierta ya? ¿Puedes conducir? ¿Seguro?_ ella asintió rápidamente_Vale, nena, pues ahora te toca a ti conducir y a mí tumbarme ahí, gimiendo y jadeando mientras me retuerzo preso de un feroz orgasmo. Por cierto, ¿quién coño es Severus?
