¡Hola de nuevo a todos! espero que no se haya muy larga la espera y que el capítulo valga la pena.

Sigo trabajando en la historia así que no os preocupéis que aún le queda bastante ;-)

Gracias por los reviews e ideas, pero os tengo que dar dos malas noticias (lo siento! espero que no os importe): Johanna y Gale no pasará (al menos no en esta historia, ya que he optado por el triángulo entre Gale, Katniss y Peeta). Y sobre el punto de vista de Peeta, tampoco voy a darlo, creo que a la historia ahora no le convendría cambiar de narrador después de tantos capítulos.

Como siempre gracias a Tamynna por betearla y pos su sugerencias que mejoran el capítulo.


16. A LA HORA DEL CREPÚSCULO

Finnick nos acompaña hasta el aparcamiento con la bolsa de Peeta, ya que él lleva una muleta que le ayuda a caminar, mientras Johanna se va a coger un taxi.

En el lento camino hacia el coche empiezo a pensar que ha sido un error aceptar la oferta y que debería pensar en alguna excusa para poder irme.

Ir al piso de Prim, que comparte con cuatro compañeras que están locas y que tienen un imán para los líos, no me apetece. Pero aunque no me importara y fuera una buena excusa, porque ¿Quién no se creería que ir al piso de tu hermana sería una opción? Sin embargo no funcionaría, y no lo haría porque mi hermana me interrogaría sobre todo lo que ha pasado en Mayfield. Y esa perspectiva todavía me apetece menos que quedarme en casa de Peeta, además, sabría que estoy huyendo de algo (o de alguien) y me echaría de su casa a patadas. Literalmente.

Por desgracia el resto de lo que se me ocurre suena banal... Y falso. No es que "Oh, Peeta, lo siento, no podré ir porque acabo de recordar que tengo una tía que vive en la ciudad y estaría encantada de verme" no sea una excusa genial, es que ni siquiera es pasable. En una escala del uno al diez, no sé ni si llegaría al cero.

Mientras se produce en mí este debate interior y decido que lo mejor será que me comporte como una persona madura porque al fin y al cabo ya tengo edad para eso.

Llegamos al coche y Finnick se despide no sin antes tomarme el pelo.

—No te acostumbres al piso del millonario o luego te deprimirás al volver a tu pequeño apartamento de ciudadana de calle ̶ dice guiñando un ojo y se va hacia su coche despidiéndose de nosotros con la mano, antes de que pueda contestarle con algún improperio.

Peeta me da las llaves del coche para que conduzca porque él no puede con la herida en pierna y nada más entrar me mira con gesto travieso y ojos brillantes.

—No me importaría ¿Sabes?

— ¿No te importaría el qué? — pregunto sin pensar. Aunque en el momento en que me doy cuenta de que está relacionado con el comentario de Finnick, me pongo como la grana y me tapo la boca.

Mi cara y gesto de sorpresa han debido de ser tan cómicos ya que Peeta se pone a reír a carcajadas, lágrimas en sus ojos y manos sujetándose el costado. Al principio me siento humillada u ofendida o dolida, pero su risa es tan genuina y contagiosa que sin poder evitarlo me uno a él.

Entramos en la jungla que es el tráfico en Nueva York y nos dirigimos primero hacia mi casa. En esta ciudad está de rabiosa actualidad la ley del más fuerte, pero afortunadamente su coche es grande y es más difícil que me intimiden otros vehículos. Más difícil sí, pero no imposible.

—Katniss, respira —me dice con dulzura.

—¡Estoy respirando! — contesto realmente estresada.

— Vale tienes razón, reformularé la frase. Katniss, respira poco a poco. Lentamente — dice poniendo mucho énfasis y dejando espacio mientras pronuncia "Poco a poco"

— ¿Tanto se me nota que no soporto conducir entre tanto coche?

— Bueno, si no fuera por tu ceño, porque tienes las manos blancas de tanto apretar el volante y porque no dejas de mascullar... no — dice simplemente.

—¿Detecto un ligero tono de burla? —respondo a la defensiva.

— Para nada, solo intento ayudarte.

Pero su voz, pese a su esfuerzo por mantenerla seria, suena con un leve tono de diversión, que deja patente que me está tomando el pelo, lo que lejos de enfadarme me pone de buen humor.

Generalmente no soy una persona a la que le tomen el pelo, supongo que es por mi gesto serio constante. Solo con Prim y Gale he estado lo suficientemente relajada para bajar la guardia y tener estos momentos mutuos de chascarrillos. Pero en los últimos días ha quedado patente que a Peeta también se le da muy bien conseguir que baje la guardia.

Me giro para contestarle con algo ligero, pero cuando encuentro sus ojos y siento su intensa mirada, se me olvida lo que iba a decirle. Vuelvo a centrar la vista en el camino pero siento un calor desconocido por el pecho que espero que no traduzca en mis mejillas porque sería demasiado embarazoso.

Por fin enfilamos mi calle, y por primera vez desde que vivo aquí hay un sitio justo delante de mi puerta.

—¿Quieres subir? —pregunto más por educación que por otra cosa.

— Sí, me encantaría ver dónde vives.

Salgo del coche y me dirijo a la acera, pero me fijo en que Peeta tiene problemas para salir del coche.

— ¿Necesitas ayuda?

— No. No te preocupes, solo he de mecanizar un poco los movimientos... Sabes, —comenta haciendo una pausa ̶ que el coche sea tan alto no ayuda precisamente. Estar inválido es algo que no contemplas cuando te compras un coche como este.

Cuando por fin consigue salir, llegan los escalones de mi portal. Pero con las muletas consigue subirlos sin ayuda por mi parte. Menos mal que tengo ascensor, pienso.

Por suerte el apartamento está bastante ordenado, aunque aún tengo la caja con los libros en la entrada, el resto está pasable.

— Siéntate, que voy a ver cómo está el baño y a coger algunas cosas. Espero que no sean más de un par de días hasta que arreglen esto… —pero en ese momento entro al baño y exclamo: — ¡Oh!

— ¿Pasa algo, Katniss? — pregunta mientras escucho sus pesados pasos venir hacia mí.

—¡Parece que no tengo techo!

Cuando Peeta está a mi lado observando el vacío en que se ha convertido lo que era mi techo, observo que el baño en general está hecho un desastre. Polvo negro y trozos de yeso están por todas partes.

— No quiero deprimirte, pero te aconsejo que cojas más ropa de la que tenías pensada porque me parece que van a ser más de dos días—. Y desde luego tiene razón. Me ha de ver que estoy preocupada por la situación porque enseguida continúa —.Podría ser peor, Katniss, y yo no tengo problemas en tener invitados, de verdad. Puedes quedarte el tiempo que necesites.

Le doy las gracias y mientras vuelve al salón yo comienzo a preparar mi bolsa con todo lo que podría necesitar. Me gustaría ser como Prim que es muy ordenada al preparar una maleta y es capaz de coger todo lo que va a necesitar por día, por conjuntos y complementos, e incluso puedo imaginar que por colores. Pero yo no soy así, generalmente cojo cosas sin pensar y acabo pareciendo un payaso porque los pantalones no combinan con la camisa, la chaqueta y los zapatos… Y ya no hablemos de cinturones, collares, pulseras o anillos.

Con todo preparado salgo al salón y me quedo con la boca abierta al comprobar que Peeta ha levantado él solo la caja de libros y cojeando la está llevando hasta el escritorio que tengo junto a la estantería. Aunque en cuanto la deja cae desplomado en la silla mientras se coge la pierna. Es un hombre muy fuerte, pienso recordando como el primer día tuvieron que subirlo entre Gale y el hombre de las mudanzas. Sin poder evitarlo me fijo en cómo se marcan por debajo de la camiseta sus músculos por el esfuerzo. Y de nuevo siento ese calor en el pecho, tan inusual pero tan agradable.

Si no fuera porque tengo la "ligerísima" impresión de que tiene algo que ver con él, pensaría que tengo una menopausia precoz, con tantos calores incontrolados.

El trayecto hasta su casa es tranquilo debido a que el tráfico es menos denso, pero sigo estando nerviosa. Aunque no hemos hablado de ello, el beso que compartimos parece empezar a flotar entre nosotros. Noto el ambiente cargado de electricidad y a cada momento que pasa soy más consciente de la situación y su cercanía. Mi cabeza empieza a analizar la situación y me digo a mi misma, otra vez, que no ha sido una buena idea. No puedo dejar de pensar en que:

Voy a pasar unos días con Peeta en su casa.

Voy a pasar unos días con el hombre con el que he dormido abrazada varias noches.

Voy a pasar unos días con el hombre al que salvé de morir en el río ahogado y al que besé en una cueva.

Así que cuando llegamos a su ático he entrado casi en pánico. Pongo cara de circunstancia y sonrío con algo parecido a una mueca. Pero Peeta, o no se da cuenta o no quiere hacérmelo más difícil porque empieza a enseñarme el apartamento, explicándome dónde está cada cosa y que espera que me sienta como en mí casa. Sin embargo, cuando me empieza a contar sobre la vez que Johanna estuvo en su casa durante una semana y que apenas se vieron, sé que ha notado mi desasosiego y que solo pretende tranquilizarme.

Le estoy eternamente agradecida por ponérmelo tan fácil. Por tener ese don para saber cómo hacer que la gente a su alrededor esté a gusto y se encuentre confortable.

Y noto que se dibuja una sonrisa real tras la mueca que tenía dibujada en mi cara hace un momento.

—Tu habitación está arriba, ahora te la enseño y podrás dejar tus cosas—.Me dirijo hacia las escaleras pero niega con la cabeza y continúa —si no te importa mejor por el ascensor. Tengo la pierna cansada —se excusa.

Genial Katniss, pienso, él es todo consideración y tú no podrías ver más allá de tus propias narices qué necesita otro ser humano.

Con esos pensamientos rondándome en la cabeza llego hasta la estancia que será mi dormitorio las próximas semanas. Es una habitación grande pero extremadamente sencilla. Con los muebles en blanco y un amplio ventanal. La cama es enorme, más grande que la mía propia y tiene un cabezal verde pintado como si fueran las hojas de un árbol. Dejo la bolsa en una butaca preciosa y Peeta me enseña el baño privado también en blanco con mosaico de cristal en verde.

—Espero que te guste ̶ dice nervioso.

—Por supuesto— le aclaro. Cuando me doy cuenta que puede haber pensado lo contrario y haber interpretado mi silencio diferente de lo que realmente es. Así que me esfuerzo por hacerle ver que me encanta —En serio, la habitación es perfecta. El color verde es mi color favorito, me recuerda a los bosques.

Peeta sonríe y me mira con complicidad, como si tuviera un secreto que contarme. Pero al final parece que se lo piensa mejor porque pasa a mi lado para salir mientras dice.

—Ponte cómoda, te espero en la cocina y prepararemos algo para cenar ¿Te gusta la pizza?

—Sí claro, me gusta mucho.

—Perfecto, pues pizza para cenar. No tengas prisa, date un baño o lo que quieras, yo también voy a refrescarme. Mi habitación está al final de pasillo por si necesitas algo.

Con eso cierra la puerta y escucho sus inconfundibles pasos alejándose. Me quedo quieta donde estoy y miro de nuevo alrededor. Tardo algo más de lo habitual en colocar mis cosas ya que el armario tiene muchos cajones y estantes y me cuesta decidir dónde poner cada prenda. Cuando termino, el armario sigue pareciendo vacío. Posiblemente aunque me hubiera traído toda mi ropa seguiría estando vacío. Una vez terminado entro en el baño y veo que está completamente equipado: albornoz, toallas, geles, cremas, champús… Es como estar en un hotel de lujo.

Entro la ducha y veo que hay muchísimos botones. Cuando la abro me quedo asombrada, es una maravilla, parece que el agua cayera como si fuera lluvia de una enorme alcachofa cuadrada que hay pegada al techo. Aprieto los distintos botones y veo que regulan la intensidad del agua, menos uno que apaga la luz general pero enciende unas luces que van cambiando suavemente con todos los colores del arcoíris. Si no fuera porque sé que Peeta me espera podría pasarme aquí toda la noche.

Sin embargo aún no estoy preparada para salir, porque el hecho de haber pensado en Peeta hace que le recuerde como el día que cenamos en su casa; medio desnudo y mojado, tapado solo por una toalla. Cierro los ojos y me concentro en la sensación del agua corriendo por todas las partes de mi cuerpo. Mi cabeza, mi cara, los brazos, el pecho, el estómago, los muslos, los pies… me pregunto si él también estará ahora duchándose y pensando en mí. Y esto hace que me sacuda una oleada de placer por todo el cuerpo, aunque se concentra en una parte muy específica de mi anatomía.

Como la desnudez, nunca he tolerado bien mi propia sexualidad. Son temas que me incomodan. Cuando perdí la virginidad, con un compañero de clase en la universidad, fue más bien para quitarme ese tema de encima y dejar de preocuparme por ello. No es que fuera una experiencia desagradable, pero tampoco fue para tanto y desde luego nada parecido a lo que contaban mis compañeras. Ni la primera vez ni las siguientes en las que repetí con ese mismo chico la experiencia. Con Gale tampoco fue tan especial, posiblemente debido a que las circunstancias que nos llevaron a acostarnos fueron dolorosas y el acto en sí fue más bien frenético y urgente.

Antes de que pueda preguntarme cómo sería hacer el amor con Peeta Mellark, salgo de la ducha e intento abandonar esos pensamientos o no podré mirarle mientras viva bajo su techo sin sonrojarme.

Me pongo unos pantalones cortos azules y una camiseta blanca. Me calzo con unas sandalias y bajo hasta la cocina. Peeta ya se encuentra allí.

—¿Pizza casera? ̶ pregunto con incredulidad, ante mi nulidad de preparar algo distinto a cereales y ensalada — ¿No será mejor que pidamos algo ya preparado?

—Soy hijo de panadero, Katniss. Créeme esto se me da bien es "coser y cantar" —.Dice mientras extiende harina en el banco de la cocina para seguir amasando.

—Bueno, mientras no tenga que hacer nada yo…

—¿Seguro que no quieres probar a hacer la masa? Puedo enseñarte.

—No sé, no se me da muy bien la cocina —contesto dubitativa.

—¡No seas tonta! Es muy fácil y yo soy muy buen profesor —dice guiñándome un ojo mientras me señala para que me ponga junto a él.

Mi sistema motriz decide caminar por su cuenta hacia mi anfitrión sin hacer caso a lo que está gritando mi cabeza, que me dice que voy a ponerme en ridículo cuando descubra que soy muy torpe. Y algo en mí no quiere que Peeta descubra las cosas en las que no soy buena.

Cuando estoy junto a él, divide la masa en dos y me tiende una parte.

— Primero— me dice — has de extender harina en el banco para que no se pegue. Luego coge la masa y con firmeza has de empezar a trabajarla con las dos manos, mezclándola con un ritmo constante. Eso es, arriba y abajo. Fíjate en mí.

Cuando lo hace Peeta parece un trabajo sencillo, pero la masa bajo mis manos no responde de la misma manera que la suya y no va adquiriendo la misma textura lisa. Viéndome en dificultades se acerca más a mí, cadera contra cadera mientras se para para indicarme qué estoy haciendo mal. Me coge de las manos y repite conmigo el movimiento, hasta que me dice que lo siga sola.

̶ Eso es, así lo has de hacer ̶ comenta orgulloso por mis avances.

Yo no le contesto, porque apenas puedo concentrarme en tragar tras el contacto contra su cuerpo y sus manos. Sin embargo Peeta no se da cuenta y sigue con su masa.

En poco rato, él ha acabado con la suya y con soltura le da forma regular con las manos, después con el rodillo y después la empieza a lanzar por el aire con movimientos seguros. En ese momento, me quedo boquiabierta y decido que hasta aquí hemos llegado.

—¡Oh, deja de presumir, Mellark! —exclamo fastidiada.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Sabes muy bien qué pasa.

—Katniss, te lo dije, soy hijo de panadero. Y, aunque pueda parecer un poco presuntuoso, te aseguro que van a ser las mejores pizzas que has comido en tu vida.

̶ Desde luego, sí que suena un poco presuntuoso ̶ y para fastidiarle continúo ̶ por mucho que quieras presumir, seguro que no son tan buenas como las de un italiano que teníamos cerca de los cuárteles en Quántico. Podría jugarme lo que quieras.

En ese momento veo como Peeta sonríe de oreja a oreja y me doy cuenta que he caído en algún tipo de trampa, solo que aún no estoy segura de saber en cuál.

̶ ¡Ajá! – dice divertido ̶ esto se pone interesante, agente Everdeen. ¿Cualquier cosa has dicho?

—Sí— digo poco convencida porque mi orgullo ya no me permite echarme atrás.

—Muy bien, en ese caso… — y se queda callado. Tras hacer una pausa que parece el momento más largo de mi vida, dice: — En ese caso, creo que teníamos pendiente un beso.

¡Ahí está! Pienso indignada y enfadada conmigo misma por haber caído en sus redes. Mientras Peeta termina de poner el tomate, el queso y el orégano, veo la bolsa de harina abierta aún en el banco. Mientras Peeta se gira para meter las pizzas en el horno, la cojo rápidamente y me la escondo tras la espalda. Cuando está cerrando el horno me sitúo tras de él y le llamo con voz melosa.

—Peeta…

Él se gira sorprendido por mi tono y me mira con una pregunta en los ojos, mientras se acerca poco a poco hacia mí. Antes de que pueda reaccionar le sorprendo sacando la bolsa y tirándole a la cara un buen puñado de harina.

—¡Eso ha sido a traición, tramposa! —exclama intentando parecer enfadado.

Comienzo a reír cuando veo que se lanza a por mí. Como tengo buenos reflejos consigo zafarme y con su pierna mala no puede correr tras de mí, por lo que me quedo segura en el otro lado del banco.

̶ Deberías saber que quién ríe el último ríe mejor ̶ le digo con petulancia convencida de mi victoria.

Pero Peeta pone cara de tener un último as bajo la manga, así que sin saber qué esperar me sorprende cogiendo la lata de tomate.

—No, no… no serás capaz. No puedes ser capaz. ¡Peeta! — Chillo mientras me cae salsa de tomate por toda la cara - ¡Tú te lo has buscado, esto es la guerra!

Corro hacia él, que aunque intenta huir no puede, y le echo el resto de la harina que queda en la bolsa sobre su rubia cabeza. En cuanto la acabo, me limpio con las manos el tomate de la cara y lo extiendo por su camiseta. Él me coge de los brazos, como abrazándome para que no pueda moverme y yo intento zafarme, con la pierna mala no consigue mantener el equilibrio y caemos al suelo, riéndonos. Las baldosas parecen cubiertas por nieve debido a la harina blanca.

De pronto dejo de reírme, cuando su mano me acaricia la cara.

—Estás llena de tomate y harina — me dice con dulzura.

Me inclino hacia él pero antes de que pase nada suena el timbre del horno rompiendo la magia.

—Sí, voy perdida… pero bueno, tú tampoco estás en tu mejor momento – le digo enfadada, no sé si por el momento de debilidad o porque haya sonado el horno, me levanto y le ofrezco una mano para ayudar a levantarlo —. Será mejor que cenemos en la cocina o dejaremos perdido también el salón.

Peeta saca las pizzas del horno y yo me lavo un poco en la pica de la cocina. Luego, mientras yo saco los platos y adecento el banco donde vamos a cenar, se limpia él.

En cuanto muerdo la pizza margarita de Peeta no puedo controlar que un gemido de placer se escape de mi boca.

—Peeta está buenísima ̶ digo con auténtica pasión, pero me doy cuenta de lo que está en juego y enseguida matizo mis palabras—. Muy buena, sí. Pero no es la mejor que he probado.

Peeta sonríe y dice algo por lo bajo que no consigo entender. Le pido que lo repita, pero hace un gesto negando con la cabeza y cambia de tema, mientras terminamos con la cena. Me pongo a recoger los platos comentando lo cansado que ha sido el día cuando me interrumpe.

—No te molestes, de verdad, mañana vendrán Cecelia y la asistenta y recogerán todo. ¿Quieres ver una película o prefieres ir a dormir ya?

—Si no te importa, creo que me voy a retirar a mi cuarto… estoy muerta. Y mañana toca trabajar.

—Me parece una idea excelente. Yo también estoy cansado, y me molesta bastante la pierna además.

Subimos hasta la primera planta, en silencio de nuevo. Peeta y yo recorremos juntos el pasillo hasta mi habitación, como si fuera una cita, como si fuéramos adolescentes. Como habría sido en Mayfield si alguna vez hubiéramos salido juntos. Cuando llegamos a mi puerta, se apoya en el marco, no para impedir que pase, sino para captar mi atención.

—Conque la pizza estaba buena, pero no es la mejor que has probado. ¿Eso es definitivo?

En la relativa oscuridad del pasillo, solo iluminado por luces tenues y por las luces que entran por la ventana, pienso en si sería tan malo darle ese beso que me está pidiendo. Solo con pensarlo, noto mariposas en el estómago. Pero todo sería demasiado complicado. No es como en la cueva, cuando parecía que todo iba a terminar, esto sería serio y consciente. Y trabajamos juntos… y eso es lo que me detiene en el último momento.

Peeta se da cuenta de mi decisión por mi cara y sus ojos denotan algo entre decepción y tristeza. Como si hubiera un resorte dentro de mí, mi cuerpo responde automáticamente con una sacudida y de forma inconsciente para protegerle de lo que le hace daño, que irónicamente, soy yo.

Así que me inclino hacia él, junto a su oído. Mejilla contra mejilla. Su respiración en mi nuca. El cabello que se escapa de mi trenza enredándose en sus pestañas.

—No es la mejor, es cierto, pero sí se acerca. Y con tiempo y práctica…— le susurro y le doy un beso junto a la oreja, en el punto exacto donde se une con su fuerte mandíbula—. Buenas noches, he pasado una noche genial.

Entro en la habitación y cierro con cuidado la puerta a mis espaldas mientras me apoyo en ella, evitando alejarme demasiado pronto de él. Intentado recuperar las sensaciones de esta noche, cada vez que nos hemos tocado. Recordando cómo he flirteado con él y lo que me he divertido.

Soy una auténtica contradicción, tan pronto quiero alejarme de él como no volver a separarme. Estoy sumida en un mar de confusión cuando se refiere a Peeta Mellark. Y no estoy acostumbrada a dejarme llevar por mis sentimientos más que por lo que dicta razón; hasta ahora y ya son veintisiete años, he conseguido controlarme muy bien.

Con mucho esfuerzo por mi parte, me aparto de la puerta y me acerco a la ventana pensativa.

Es de noche en Nueva York. En las pocas semanas que llevo aquí he aprendido a valorar el crepúsculo que se cierne sobre la ciudad. Las luces de los edificios, conforman un puzle indescifrable de colores y formas que se recortan contra el cielo como si fueran montañas.

Lo único que no he aprendido a valorar es el insoportable ruido, pero aquí en el ático de Peeta en las alturas, eso no es importante, porque hasta aquí no llega el ruido del tráfico, o las sirenas de emergencia, o el incesante murmullo de la gente. Aquí se puede disfrutar solo de lo mejor de Nueva York, es decir, de las vistas. Y de él.