20. EL BAILE
Cuando empiezo a subir los escalones del museo de historia natural para asistir a la gala benéfica con Peeta noto como me flaquean las piernas. Estoy bastante asustada con las expectativas de esta noche. No tanto por las mías sino por las de él.
Y eso que he intentado rebajarlas desde el principio. No sé qué me hizo usar la palabra cita en el mensaje que le envié, pero desde entonces he intentado apartar "esto" del concepto de cita usual.
Para empezar, me cambié en mi casa con la ayuda de Prim. El desastre causado por las tuberías ya se ha solucionado y vuelvo a tener apartamento. Aunque oficialmente no me trasladaré hasta este fin de semana, que tendré libre.
Para continuar, no he dejado que viniera a por mí, aunque después de mucho esfuerzo por su parte consiguió convencerme para enviarme la limusina para recogerme.
Y para finalizar, aún no he decidido si voy a entrar por esa puerta. Aún podría enviarle un mensaje rápido y decirle que no me encuentro bien… lo que es cierto, ya que tengo el estómago revuelto y estoy mareada con tanta gente a mi alrededor, los flashes y las cámaras.
"Además, no tendría que preocuparme de decepcionarlo, porque Prim me mataría en cuanto se enterara" pienso con sorna.
Aunque mi instinto me pide que me dé media vuelta y salga corriendo, sigo clavada en el mismo sitio. Desde dentro suena una música preciosa de violines, creo identificar. Hay luces azules de distinta intensidad iluminando la entrada principal del museo.
Y entonces lo veo, mirándome expectante, quieto en la entrada… y todo desaparece: el miedo, la ansiedad, la gente e incluso la música. Solo puedo acercarme a él mientras se abre una sonrisa radiante en su rostro.
—Hola—digo tímidamente.
—Pensaba que te darías la vuelta —dice mientras me coge las manos y me acerca hacia él tirando suavemente de mí, hasta que estamos pecho contra pecho.
— ¿Cómo… cómo lo sabías? —pregunto entrecortada, casi sin poder respirar por estar tan cerca de él.
—Te conozco Katniss pero estoy muy contento de que me haya equivocado y de que estés aquí conmigo… esta noche —dice haciendo énfasis en las dos últimas palabras. Me coge del brazo y me sonríe de nuevo— ¿Vamos, mi dama?
Solo puedo asentir con la cabeza mientras me lleva hacia la entrada. Justo cuando atravesamos el umbral, un camarero se acerca con unas copas de champán y antes de que lleguemos al centro del recinto yo ya me he acabado la mía y he cogido otra al vuelo de una bandeja.
La sala del museo donde se celebra la gala no tiene parangón. El techo de doce metros de altura, acaba en una cristalera desde donde ve el cielo nocturno de Nueva York, decorado por estrellas plateadas que cuelgan desde él. Los músicos se encuentran en una plataforma a media altura entre el suelo y el techo y el salón está repleto de sofás y sillones todo en plata, blanco y azul. Abstraída como estoy por los detalles que me rodean me sorprendo al notar la boca de Peeta sobre mi oreja.
—Por cierto, no te lo he dicho pero estás preciosa…
Prim ha hecho un gran trabajo, hasta yo puedo reconocerlo. El vestido es de gasa gris drapeado hasta las caderas y con un solo tirante que acaba recogido en el hombro con un broche plateado. Desde las caderas, el vestido cae hasta el suelo abriéndose y adornado de suaves plumas del mismo color. El pelo lo llevo suelto y ondulado pero recogido hacia el hombro que queda desnudo.
Sin embargo, a mi parecer, el que está impresionante es él con un esmoquin clásico negro y con una pajarita. De verdad… una pajarita, pienso, ¿a quién más que a Peeta le podría quedar tan bien una ridícula pajarita?
Pero estoy demasiada abrumada para encontrar las palabras y antes de que pueda volver para hablar siento sus labios sobre mi cuello.
— ¡Oh! —se me escapa un gemido.
—¿Está bien? —pregunta Peeta preocupado por si se ha extralimitado.
—Más que bien—le digo algo desinhibida por las burbujas, el entorno y el efecto que él tiene sobre mí—. Perfecto, de hecho.
Porque lo que he sentido ha sido un espasmo de placer por todo el cuerpo que ha hecho que incluso cierre los muslos para controlarlo.
— ¿Sabes cómo podría ser todo más perfecto? — me dice con sonrisa traviesa.
—Hmmm, no. Sorpréndeme — le digo.
Peeta se ríe y me coge de la mano para adentrarnos entre la gente. Habitualmente las muchedumbres me abruman, pero cogida de su mano me siento segura y despreocupada.
Cuando salimos del laberinto humano estamos frente a la mesas de comida: enormes bandejas de aves rellenas de sabrosas frutas y frutos secos; criaturas del océano salpicadas de salsa; incontables quesos, panes, verduras y dulces.
— ¿Tienes hambre? —me dice guiñándome un ojo.
— ¡Sí! — Exclamo con fuerza— quiero probar todo lo que haya en la sala.
Veo que intenta leer mi expresión para averiguar si estoy hablando en serio y vuelve a sonreír.
—Pues vas a tener que ir con calma, solo un bocado de cada plato — me advierte.
Pero con el vestido de Prim, apenas puedo probar bocado, o al menos no todo los bocados que yo quisiera. Y antes de darme cuenta ya estoy con los pastelillos del postre: de chocolate, frutas, crema…
—Están increíbles Peeta ¿no quieres probarlos?
—Está bien, pero soy muy crítico con los postres… como puedes suponer.
—Toma esta —le digo mientras le acerco una tartaleta de crema de queso y chocolate a la boca y la mordisquea mientras yo me como la otra mitad— ¿Qué te parece?
—Deliciosa... —dice al fin mirándome fijamente a los ojos.
Siento un agradable rubor en las mejillas porque por la forma de mirarme sé que no se refiere a la tarta. Está claro que hace rato que el tema de las expectativas para esta noche ha dejado de preocuparme.
— ¿Querrías bailar conmigo Katniss?
—Peeta, no sé… yo no tengo mucha práctica y seguro que con estos tacones y con este vestido acabaría cayéndome…
—No creo, yo no…
Pero antes de que Peeta pueda terminar de responderme veo que una mano le coge del hombro.
—Hola Peeta — escucho decir desde una voz femenina que conozco al instante.
—Hola Glimmer —dice Peeta molesto por la interrupción— Conoces a Katniss ¿verdad?
—Por supuesto. Hola Katniss —dice Glimmer
—Hola — respondo de la forma más educada que puedo
Sin mirarme más de lo necesario se gira rápidamente hacia Peeta y sonriéndole de forma sexy le dice:
—No sabía que vendrías este año. No me dijiste nada.
—Bueno, tenía otros planes. De todas formas Glimmer, no creo que sea el momento,… — empieza a decir nervioso antes de que ella le interrumpa.
—Estoy segura de que a Katniss no le importara que bailes conmigo ¿verdad? Es ya como una tradición para nosotros.
No sé qué me molesta más: si su intención deliberada de ignorarme o el hecho de que esté asediando de esa manera a mi cita. Porque sí, esto es una cita y es de muy mala educación meterse en medio de una cita, pienso.
—Sí me importa Glimmer —respondo con el tono más impertinente que puedo — justamente nosotros íbamos a bailar ahora.
Y sin darle tiempo a reaccionar cojo a Peeta de la mano y lo arrastro hacia el centro de la pista de baile.
—Gracias por salvarme, pero no hace falta que bailemos si no te encuentras cómoda… —dice Peeta.
—No, está bien, quiero bailar contigo. ¿Qué decías antes de que nos interrumpieran? —pregunto nerviosa.
—Decía que yo no te dejaría caer Katniss porque pensaba tenerte muy cogida a mi durante todo el baile —responde mientras me coge por la cintura y me aprieta contra él hundiendo su cabeza en mi pelo y susurrando —o durante todo el tiempo que me dejes.
Suena una canción lenta, pero no podría decir cuál es de tan concentrada como estoy en Peeta: en su olor dulce a vainilla, en el calor de su respiración contra mi cuello que puede hacer que note el pulso de mí propia yugular, en el latido de su corazón que parece tan desenfrenado como el mío, en una de sus manos está contra mi cintura mientras la otra me acaricia en la parte de la espalda donde está abierto el vestido. Con su tacto noto como se me pone la carne de gallina.
Nos hemos ido desplazando poco a poco sin darnos cuenta mientras nos balanceamos con la música hacia fuera de la pista y estamos casi contra una de las columnas.
—Katniss… — dice Peeta levantando la cabeza y acariciándome el pómulo.
Soy plenamente consciente de lo que va a pasar en ese momento. Y lo deseo.
Así que me pongo de puntillas mientras él se inclina hacia mí. Cuando nuestras frentes se están tocando y él juguetonamente mueve su nariz contra la mía, abro mis labios esperando sentir los suyos que se retrasan torturándome de una forma dulce. Pero cuando por fin siento su boca contra la mía y su lengua contra mis labios siento que me recorre un escalofrío por todo el cuerpo, una electricidad que me estremece y un hambre distinta a todos lo que he sentido anteriormente. Incluso el beso que compartimos en la cueva y que no he podido olvidar todas estas semanas, se queda desdibujado por la grandeza de este sentimiento.
Sin embargo antes de que él pueda ahondar el beso, suenan unas trompetas por megafonía que indican que empieza el momento de los discursos. El susto hace que nos sobresaltemos y nos apartemos más de lo que mi cuerpo quiere permitir… y el suyo. Porque me mira con ojos anhelantes.
— ¿Nos vamos? — me dice casi sin aliento, todavía recuperándose del beso perdido.
—Por favor… — le digo con cierto tono de deseo y de urgencia en la voz.
Peeta me coge de la cintura y me aprieta contra él como si pensara que me fuera a desvanecer. Sin embargo, la suerte no debe estar de nuestra parte porque antes de salir del museo nos encontramos cara a cara con Snow.
—Señor Mellark, buenas noches —dice afectadamente mientras pasa su fría mirada de Peeta hacia mí y de mí, a su brazo en mi cintura —. Un placer verla de nuevo Señorita Everdeen.
—Igualmente — respondo sintiendo que se acaba de romper toda la magia de la noche.
—Buenas noches—le dice Peeta. También noto un deje de resignación en su tono.
—No sabía que se conocieran, qué pequeño es el mundo ¿verdad? — pregunta con tono misterioso.
—Oh sí, somos viejos amigos. Fuimos juntos al colegio —responde Peeta.
— ¿De verdad? —Exclama sorprendido Snow —¿Son de la misma ciudad, entonces?
—Ajá —asiente Peeta— de Mayfield, una pequeña ciudad cerca de las Adirondack.
— ¡Fantástico! Es realmente fantástico —ríe Snow.
Peeta y yo nos miramos sorprendidos por la actitud desmesurada de Snow. Realmente es una casualidad que después de tantos años nos hayamos vuelto a encontrar e incluso yo después de esta noche lo consideraría una fantástica casualidad. Pero no termino de entender su entusiasmo. Aunque es cierto que mi cabeza no está para entender demasiadas cosas ahora mismo.
—Discúlpenme —dice aun riendo — creo que he bebido de más. Y además ahora he de dar un discurso, así que si me permiten, he de ir al escenario.
Hasta que llegamos al ático, el tiempo pasa lentamente, los nervios se han vuelto a apoderar de mí. En el ascensor voy cambiando mi peso de un pie a otro. Peeta me mira extrañado y me coge la mano, pero el momento mágico parece que ha desaparecido. Le intento sonreír, pero mi cara no responde. Por suerte el ascensor llega a nuestro piso y soltándome de su mano salgo de él lo más rápidamente posible.
—Ha sido una velada increíble, Peeta —le digo mientras evito mirarlo a los ojos y me dirijo a las escaleras.
Sin embargo antes de que suba el primer escalón me coge de la mano y me acaricia con sus dedos.
—¿Dónde cree que va Señorita Everdeen? Aún no son ni las doce, y una cita no se da por acabada antes de esa hora… a no ser que haya sido un desastre —dice con indecisión — ¿Ha sido ese el caso, Katniss?
— ¡No, no! —exclamo de pronto asustada por lo que implica, por haber dado esa sensación— No, todo lo contrario. Pero sólo quedan quince minutos para las doce.
—¿Quince, dices? No es suficiente para lo que tengo pensado… pero tendrá que valer.
Cuando lo miro asombrada, me tira de la mano y me dice riendo:
—Salgamos a la terraza, hace una noche preciosa de verano para disfrutarla. ¿Quieres champán? Una copa de champán, en quince minutos, no parece una locura.
Asiento con la cabeza y murmuro un sí.
—De acuerdo, espérame fuera —dice soltándome la mano, pero solo un par de segundos después me dice mientras me vuelve a agarrar — no, mejor me acompañas. No me fío de ti.
—¿Por qué? ¿Por qué podría desaparecer como la cenicienta a las doce de la noche? —digo siguiéndole la broma.
—Podría ser, y no me voy a arriesgar.
De nuevo siento vértigo en mi estómago. Pero lo acompaño, ¿cómo no podría?
Realmente hace una noche estupenda de junio en Nueva York. Calurosa pero sin la humedad pegajosa que acompaña muchos días de verano en esta ciudad. Una suave brisa juega con las hojas de la vegetación que hay en el jardín de Peeta, creando un pequeño edén en medio de los edificios.
Estamos apoyados en la veranda bebiendo sorbos de las copas de champán y mirando hacia lo que se supone que es el horizonte, donde se pierden las luces. Algo mareada por el alcohol pienso en todas las personas que siguen con sus vidas mientras nuestras miradas les sobrevuelan. Cuanta felicidad, alegría, dolor o tristeza estarán experimentando y el enigma que es la vida fuera de tu propia cabeza. De hecho, no hace falta que mire tan lejos, incluso la vida de Peeta es una enigma para mí, no sé demasiado de él desde que salió de Mayfield hacia Harvard y acabó en este ático cerca del cielo de Manhattan.
Hasta ahora, al menos.
— ¿Puedo hacerte una pregunta? —digo.
—Claro, Katniss.
Me quedo perdida escuchándole cómo pronuncia mi nombre. Me encanta como suena en sus labios: es dulce y es sexy… Haciendo un esfuerzo vuelvo a concentrarme en nuestra conversación y en la decisión de aprender más de él, sobre él.
—No has de contestar si te parece indiscreta —digo consciente de que puede importunarle.
—De acuerdo, entendido. No contestaré si me parece indiscreta. Ahora, dispara.
— ¿Cómo tienes este ático? Quiero decir tu familia siempre fue adinerada, pero esto debe de valer una fortuna.
—Es cierto que mi familia siempre fue adinerada, en concreto la familia de mi madre. Este ático era de mi abuela Mags, aunque mi madre nunca vivió aquí porque mi abuela se mudó a este piso tras la muerte de mi abuelo, poco antes de que yo naciera. Ella decía, que ya que se había ido la luz de su vida, necesitaba vivir en un sitio luminoso.
—Parece que fue una mujer especial —digo completamente convencida por la forma que tiene de hablar de ella y de cómo se le ilumina la mirada mientras la recuerda. Dicho esto me quedo callada esperando que continúe.
—Mags era especial, una mujer muy fuerte y avanzada a su época. Yo esperaba con ilusión el mes que pasaba con ella aquí. Compartíamos muchas cosas: el arte, los paseos por Central Park, veladas en la ópera, tardes en el MoMA, jornadas de cine o teatro. Ella siempre creyó en mí, decía que era distinto… y aunque sé que era amor de abuela, teniendo una madre como la mía, que se asegura que supiera justo lo contrario, era un bonito contraste con mi rutina.
Cuando me vio por primera vez con un lápiz dibujando, me apuntó a clases de dibujo y pintura. Siempre fue nuestro secreto ya que mi madre lo consideraba demasiado bohemio y poco sofisticado para un hijo suyo.
Los últimos veranos, Mags estaba ya demasiado enferma para salir, y yo me quedaba haciéndola compañía, dibujando a su lado y contándole cosas de mi vida en Mayfield, del instituto, de la lucha, de la panadería, de mis amigos, de… bueno, de todo.
Salíamos a la terraza porque decía que sentir el sol sobre la piel le hacía coger fuerzas y jugábamos a ver formas en las nubes. Ella murió poco antes de que yo cumpliera los dieciocho.
Este ático era nuestro refugio, al menos el mío, ya que podía escapar de mi madre un mes al año. Supongo que por eso me lo dejó a mí, para que tuviera un sitio lejos de ella y de su crueldad. Que tuviera un sitio solo asociado a cosas buenas.
Creo que es algo que mi madre no nos perdonó nunca, aunque ella tuviera una buena suma para sí misma—. Dice con la mirada aún fija en oscuridad de la noche.
—Sí, recuerdo que en verano te veía menos por allí — no queriendo hacer hincapié en el tema de su madre.
— ¿De verdad? —Pregunta sorprendido girando su cabeza hacia mí—. Jamás pensé que te dieras cuenta de mi presencia. No hablabas mucho conmigo.
—Bueno, tu tampoco ¿no? —digo algo molesta por su tono de reproche.
—Touché — dice, y de nuevo se queda callado.
—¿Por qué estudiaste psicología? Quiero decir, con tu don para pintar…
—Mi madre de nuevo. Mi fideicomiso no se hacía efectivo hasta los veintiún años, así que escogí la segunda alternativa. Mags siempre decía que se me daban bien las personas…
—Y te fuiste a Harvard.
—Y me fui a Harvard. Creo que es la única vez que discutimos. Quería que yo fuera a Harvard como mi abuelo, y como a ella le hubiese encantado ir. Así que de alguna manera transfirió su sueño en mí. Yo hubiera preferido quedarme más cerca de casa. Tenía una razón. Pero ella me dijo que si mi destino era "esa razón", encontraría ese destino en alguna parte de mi camino. No la creí, pero fue lo único que me pidió en su vida, y no quería decepcionarla, así que le dije que iría. Y una vez prometido, aunque ella no estaba ya aquí, no pude faltar a mi palabra, aún pensando que cometía un error y que me alejaba de lo que realmente quería.— De nuevo se queda callado por un momento— Katniss ¿No quieres saber cuál era esa razón?
—Peeta… por favor —susurro aunque no le digo que no continúe.
—Tú. Siempre he creído que eras mi destino. Y después de esta noche, y del beso lo sé.
— ¿Cómo puedes estar tan seguro? — le interrumpo. No quiero hacerle daño cuestionándolo. Simplemente necesito preguntárselo porque yo nunca he tenido una certeza tan grande sobre lo que me esperaba en la vida.
—Simplemente lo sé, Katniss —dice con sonrisa confiada.
— ¿Por un beso? No me entiendas mal, ha sido un beso estupendo, de verdad, un beso increíble, hasta mágico. Pero, Peeta… sólo es un beso.
— ¿De verdad crees que un beso solo es un beso y nada más?
—Sí eso pienso. ¿Es acaso más?
—Por supuesto, según yo y según Cortázar. Te lo demostraré si me lo permites.
—Está bien. Lo permito — digo.
Y mi confirmación es cuanto necesita para dar un paso hacia a mí y empezar a recitar con tono grave.
—"Toco tu boca" —dice mientras levanta un dedo y lo acerca a mi boca acariciándola. Su tacto, su voz…me hipnotizan al momento—"con un dedo toco el borde de tu boca, y voy dibujándola como su saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja."
Peeta hace una pausa mientras da un paso y se acerca todavía más a mí, no dejando ni un centímetro entre nuestros cuerpos. Inclinando su cabeza contra la mía frente contra frente.
—"Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente" —dice con apenas un hilo de voz y respirando profundamente, mientras comienza a besarme lentamente— "mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio"
Cuando noto sus labios en mis ojos, mis mejillas y cerca de la comisura de mis labios, no sé si seré capaz de no gemir en su boca, puedo notar como me voy humedeciendo y como mi cuerpo desea rendirse a él completamente.
Le beso con toda la pasión que siento pero Peeta me para levantándome la barbilla y haciendo que encare su mirada, negando con la cabeza para transmitirme que aún no ha acabado. Una de sus manos viaja hasta mi pelo cuando continúa con Cortázar:
—"Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. "
Hace una nueva pausa y clava sus dientes en mi labio inferior y lo estira lentamente. Creo que voy a enloquecer es este mismo momento y no puedo dejar de jadear como si me faltara la respiración. Pero él se vuelve a separar de mis labios y continúa infligiéndome un particular calvario.
—"Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."
Y en ese instante, en el instante en el que acaba de hablar, sé que no habrá marcha atrás, sé que este hombre va a hacer que traicione todos mis conceptos sobre el amor... y no podría importarme menos porque estoy completamente loca por él.
Ya está por fin Katniss se ha rendido, al menos de momento...
Ha sido un capítulo complicado porque no quería que fuera demasiado demasiado romántico pero a la vez ha sido muy divertido de escribir. Quería que fuera romántico y tierno... y encontrarnos a un Peeta algo más decarado, aquí ya no es el adolescente tímido de Los juegos del hambre sino un hombre más maduro y seguro de sí mismo.
Vuestros reviews dirán si he conseguido mantener un balance y equilibrio...
He actualizado hoy aprovechando que se estrena En Llamas, mi libro favorito de la trilogía y he incluido una referencia a uno de los momentos que me gustan (además de la playa), que es el momento de la terraza.
Por desgracia, no podré actualizar la semana que viene, pero seguro que antes de Navidades tengo el siguiente capítulo (que es el catalizador hacia el final de esta historia).
Por cierto: HAPPY HUNGER GAMES a todos y que la suerte esté siempre de vuestra parte.
