24- Descubriendo lo evidente

El destino hace que cuando he de volver a subir a la oficina, lo haga en el mismo ascensor en el que bajamos Peeta y yo, pese a haber ocho ascensores en el edificio.

Me reclino contra la pared del fondo, mientras va entrando más gente, pero me da lo mismo porque aunque estoy rodeada de un montón de personas, me siento inconsolablemente sola. Trágicamente desamparada.

Fijo la vista en la pantalla: piso uno, piso dos, cinco, diez, dieciocho... Hasta que llego a mi planta y nada más abrirse las puertas veo a Gale. Mi disposición melancólica tan sólo hace unos segundos se torna en defensiva, o mejor dicho, en atacante.

—No, ni se te ocurra —le digo señalándole con el dedo de la mano en gesto de negación antes siquiera de que me haya saludado —.Eres mi mejor amigo, Gale, y te quiero, pero te has comportado como un capullo, y estoy demasiado enfadada para escuchar tus explicaciones, así que no digas nada porque seguro que acabare diciéndote algo de lo que me arrepentiré tarde o temprano, y no quiero perderte de mi vida si lo puedo evitar. Pero es tu elección también.

Veo una llamarada de rabia cruzar sus ojos. Los dos somos demasiado iguales: cabezotas, impulsivos y determinados. Por eso puedo reconocer, que aunque no esta contento con mi parrafada, está intentando mantener su ira bajo control. Y lo agradezco, pero ahora no puedo bajar mi tono, como siempre hago arrepentida por mi brusquedad y por el dolor que sé que le causo, porque si no, el juego, nuestro juego, volverá a comenzar arriba y a abajo sin fin.

—Lo siento, ahora tengo que ir a trabajar. —Termino la frase cortante, mientras me dispongo a caminar hacia mi mesa.

—Está bien, ya hablaremos —dice él, bajando la cabeza en asentimiento y dirigiéndose al ascensor pero sin ofrecer ninguna disculpa más. Es demasiado orgulloso, otra característica que también compartimos.

Así que sin cruzarnos más miradas ni palabras, y poniendo cuidado en no rozarnos cuando nos cruzamos en el pasillo, yo hacia mi oficina y él hacia el ascensor, Gale desaparece otra vez de Nueva York y de mi vida, de vuelta hacia las Adirondack donde también está Peeta. No puedo evitar comparar ambas despedidas ya que son: una oscura como la noche y otra, aunque tal vez no tan brillante como el día, sí cálida como un amanecer.

El día se prevé pesado. He de repasar miles de informes, algunos ya los he leído pero otros son nuevos conforme vamos ampliando los parámetros de búsqueda. Esta investigación sigue un modelo contrario al resto: en vez de ir reduciendo sospechosos y posibilidad, vamos ampliando, porque hasta ahora no hemos encontrado casi nada.

Me dispongo a coger una Coca-Cola de la máquina, apenas he dormido estos días, realmente apenas he dormido desde que no duermo con Peeta, supongo que ya no hay nada de malo en reconocerlo ya que me he asegurado de cerrar esa puerta y romperle el corazón en el proceso.Posiblemente, me digo, no es el único corazón que se ha roto. De todas formas, ya está hecho y no me voy a permitir más autocompasión, porque todo esto ha sido a causa de la elección que tomé.

Llego hasta mi mesa, enfrente de la de Finnick, que está sentado junto con Annie. Ambos leyendo, Annie de un iPad y Finnick en papel, pero juntos. Verlos así es demasiado para mí ahora mismo, así que cojo todos los expedientes que soy capaz de abarcar y me encierro en uno de los cubículos individuales para aislarme del mundo, no sin antes comprobar que no tengo ningún mensaje importante.

Empiezo con los expedientes de Rue y Maysee, el móvil boca abajo para no caer en la tentación de revisarlo cada cinco minutos, ya que son son los casos con los que he tenido más relación, pero no consigo ver que tengan nada en común, excepto que ambas niñas están apuntadas en actividades extra escolares. Pero eso, debe de ser común al noventa por ciento de los niños. Podría descartarlo, no, debería de descartarlo pienso, pero es lo único que he apuntado en mi cuaderno después de casi dos horas de atenta lectura, así que lo dejo, por pena.

Miro el móvil, pero no encuentro ningún mensaje… de nadie. Absolutamente de nadie.

Me levanto a comer un sándwich y me cruzo con Beetee en el pasillo pero no continúo con mi anterior conversación, no estoy de humor para sus inquisitivas preguntas, sino para seguir investigando como si fuera una ermitaña en su cueva. Vuelvo a mi cubículo, donde debo pasar horas, y más horas, sentada buscando pistas que parecen no llegar.

Agobiado con los nulos avances, jugueteo con el móvil y vuelvo a pensar en los mensajes que no están llegando. Tal vez debería de enviarles yo un mensaje, en vez de esperar a que envíen ellos unos. Podría enviárselo a Madge, a Johanna para ver qué tal va por allí. Para ver si hay algo nuevo y saber cómo lo lleva la familia. O incluso podría enviárselo a Peeta, después de todo somos amigos. Me engaño a mí misma, pues soy una experta en negar la realidad.

Finalmente, y tras leer y reescribir varias veces el mensaje, le doy a enviar. He intentado que suene casual y profesional para que no dé lugar a malos entendidos cuando hace apenas unas horas que hemos, o mejor dicho, ha puesto las cosas en su sitio. Algo ligero que podría haber enviado cualquiera y que reza: "Hola, espero que hayáis llegado bien y las cosas no se hayan puesto demasiado feas por allí. Estoy intranquila, después de todo es Mayfield ¿te importaría informarme de lo que va pasando?"

Algo menos ansiosa vuelvo a centrarme en los registros de los hermanos Luyden, que sorprendentemente pienso de forma irónica, también tenían actividades extra escolares aunque las suyas consistían en trabajar de forma voluntaria en organizaciones que se ocupaban de ayudar a niños como Paul y Rue, aunque compruebo que no es la misma. En cualquier caso, lo anoto.

Me restriego los ojos y estiro los músculos de mis brazos y piernas para ahuyentar el sueño que tengo. Apoyo la frente en uno de mis brazos recostándome sobre la mesa, y con la otra mano cojo el móvil para comprobar que no me ha contestado, e instintivamente después, llevo la mano hacia el colgante con la perla que llevo escondido bajo la camisa. Acariciar la perla, no sé por qué, me da tranquilidad. Con un suspiro giro mi cabeza y la cobijo entre mi brazo para cerrar por un momento los ojos… pero debo de que quedarme dormida porque lo siguiente que ocurre es que alguien me sacude suavemente para despertarme.

—Katniss, vamos es tarde. Te has quedado dormida, despierta —oigo a Finnick tras de mí.

—Lo siento ¿qué hora es? —digo entre un bostezo que he sido incapaz de reprimir.

—Casi las dos de la madrugada.

—¡No puede ser!¿cuántas horas he dormido?

—Puede que dos o tres, cuando acompañe a Annie al coche, seguías despierta. Vamos te llevo a casa, a estas horas ya no hay transporte público.

Finnick me ayuda a recoger los expedientes y yo guardo mis cosas en el bolso, para comprobar que me he quedado sin batería. En silencio, bajamos hasta el parking y nos dirigimos a Queens.

—¿Sabes algo de Madge, Johanna y Peeta? —pregunto manteniendo la mirada fija en los edificios y farolas que puedo ver a través de la ventanilla.

—Sí. Jo me escribió cuando llegaron y se instalaron en el hotel. Hace ya bastantes horas de eso, sería sobre las siete desde entonces no he vuelto a saber de ellos.

—Está bien —digo notando un escozor cada vez más habitual en mis ojos, ya que a esa hora aún estaba despierta y Peeta no había respondido a mi mensaje. De pronto, necesito llegar a casa y cargar la batería del dichoso móvil de forma imperiosa.

Afortunadamente, y como es lógico, llegamos pronto porque las calles están desiertas y la mayoría de los semáforos en verde.

—Nos vemos mañana a las nueve en el hospital para la autopsia —Se despide Finnick con una sonrisa afectuosa

Nada más subir a mi pequeño apartamento, pongo el móvil a cargar y lo dejo mientras me lavo los dientes, la cara y me pongo el pijama. Me tumbo en la cama y pongo el código PIN, y me parece que pasa una eternidad hasta que coge señal. Cierro los ojos mientras pienso vamos, por favor, vamos hasta que finalmente suena, no el tono zen que tengo configurado para los whatsapp e iMessage, sino el tono que indica que tengo un buzón de voz pendiente.

Está bien, cálmate, me tranquilizo a mí misma antes de comprobar de quién es, ya que podría ser de Prim o de Gale o de Johanna, o de… pero no, es de Peeta. Me dispongo a escucharlo mientras con la otra mano vuelvo a tocar la perla. Parece que he creado una conexión entre ella y su anterior propietario:

"Hola,….hmm bueno, esperaba encontrarte, pero es muy tarde así que supongo que estarás dormida. Katniss, creo que lo tengo" —En ese momento le cambia la voz y puedo notar una nota de excitación, que se sobrepone a la tristeza anterior —. "La relación entre Snow y el caso. Estoy volviendo hacia Nueva York, he de revisar unos informes en el hospital que no me han podido enviar por mail por la política de privacidad, pero creo que con esto podremos investigar de forma oficial a Snow. Encuéntrate conmigo en mi despacho del Presbyterian cuando acabes con Finnick de la autopsia. Nada más, supongo que te veré dentro de un rato".

Compruebo la hora y me planteo llamarlo, no creo que pueda esperar hasta mañana. Cuando estoy a punto de dar a la rellamada, lo pienso mejor. No sería justo despertarlo, si está dormido, sabiendo que Peeta duerme tan poco como yo, aunque posiblemente debido a lo mismo que me impide llamarlo esté despierto.

No seas egoísta Katniss, seguro que puedes esperar unas horas más para verlo y escuchar su voz, apenas quedan cuatro horas para que te levantes de nuevo antes de ir al hospital. Y algo más relajada que las noches anteriores, consigo conciliar el sueño hasta que suena el despertador horas después.

A las nueve, puntual, estoy en la entrada de la sala de autopsias pero mi no tan puntual compañero no ha llegado, no es que lo pueda culpar después de lo tarde que se nos hizo anoche trabajando, y además él tiene en su cama a Annie… al contrario de mí que no tengo a nadie que me retenga.

—Buenos días, Agente Everdeen. Soy el Doctor Mitchell.

—Buenos días, Doctor —le digo agradecida de que haya interrumpido la espiral de mis pensamientos autodestructivos.

—¿Entramos? He de acabar ya con el informe de la niña. Todo el mundo se está poniendo muy nervioso con este caso.

—Sí, por supuesto —digo con aprensión mientras pienso en dónde demonios se habrá metido Finnick, pero antes de que entre en la sala a solas con el Doctor, oigo que se cierra de golpe una puerta y pasos corriendo hacia nosotros.

—Disculpad el retraso, había mucho tráfico esta mañana.

—Está bien, no hemos empezado aún —dice Mitchell con una sonrisa.

Cuando finalmente entramos en la sala, vemos a Maysee, pálida y rubia, en la mesa de autopsias y se me revuelve el estómago. No creo que jamás me acostumbre a esto.

—La niña de 13 años, fue encontrada en la ribera del río Hudson también, sin embargo, al contrario de Rue creemos que ya estaba muerta antes de que la dejaran allí. Si os dais cuenta no presenta síntomas de abrasión como se observaron en la otra víctima, por lo que parece que no fue arrastrada por el río. Además pese a que existe un traumatismo craneal con equimosis, podemos determinar que ha sido post-mortem ya que la sangre que aparece junto a la herida estaba coagulada y se ha eliminado fácilmente con un lavado, indicando que no se había filtrado por los tejidos y células vivas. Los bordes de dicha herida no están engrosados, por eso podemos determinar que el traumatismo craneal no fue la causa de la muerte y creo firmemente que indica que el cadáver fue lanzado desde un barco o barca a la orilla provocando el traumatismo.

—¿Entonces, cuál fue la causa de la muerte? —pregunto, queriendo llegar al meollo del asunto y salir de aquí.

—Tras realizar el análisis toxicológico hemos encontrado restos de un sedante muy fuerte, así que parece que fue una sobredosis. Desde luego sufrió menos y fue una muerte más piadosa que el de la otra niña.

—Sí, claro. Han sido tan piadosos que solo han matado a una niña de sobredosis y la han lanzado a un descampado para que algún animal salvaje pueda… —me corto bruscamente, porque el pobre doctor solo está constatando un hecho y no apoyándolo. Pero es tan atroz lo que está sucediendo que no soy capaz de asimilarlo —Disculpad, necesito salir de aquí.

—¿Estás bien, Katniss?¿Quieres que te acompañe? —pregunta Finnick con alarma, posiblemente al ver el color de mi cara que debe de variar entre blanco cerúleo y blanco fantasmal.

—Sí, he quedado con Peeta, tenía que comentarme algo. Llámame cuando acabes y nos vemos en el vestíbulo.

Y con esas salgo de la morgue y me dirijo al ascensor. Miro en el panel del mismo cuál es el piso del departamento de psiquiatría y cuando por fin salgo a la planta adecuada con la imagen de Maysee y Rue todavía en la retina solo deseo estar con Peeta que me pueda abrazar y confortarme mientras me susurra al oído, solo que entonces recuerdo que no debería de desear eso nunca más.

A paso rápido llego al mostrador y le pregunto a una enfermera por el Doctor Mellark.

—El Doctor Mellark se fue hace un par de horas pero dijo que volvería sobre esta hora. Puede esperar en la sala de espera si quiere. Está a la derecha.

—No —digo —bajaré a saludar a mi hermana que también trabaja en este hospital. Pero ¿podría decirle al Doctor que me llame cuando llegue y subiré enseguida?

La enfermera simplemente asiente con la cabeza y vuelve a sus tareas no prestándome ni un segundo más de su tiempo y yo bajo a hablar con Prim a la que encuentro enseguida cuando llego a urgencias, sentada en una silla con la cabeza recostada hacia una lado y los ojos cerrados. Parece una niña así, pero una niña agotada.

—¡Eh, patito! —la llamo mientras me acerco a ella. Prim abre los ojos y me sonríe.

—¿Qué haces aquí? Espero que sea porque has venido a verme y no por el caso.

—Desafortunadamente es lo último, —le confirmo —pero me alegro de encontrarte porque necesito un abrazo. Esto está siendo horrible.

Mi hermana me pone cara de comprensión y me abre los brazos para que me pueda recostar contra ella para abrazarme.

—¿Quieres que vayamos a la cafetería a tomar un té o un café? Tengo descanso de treinta minutos… bueno, de veinticinco ahora —dice mirando el reloj.

Mientras estamos en la cafetería disfrutando de la bebida caliente que de alguna manera consigue tonificarme el cuerpo y fortalecerme el alma. Finnick me llama y acaba uniéndose a nosotras.

—Siento haberte dejado allí solo, pero ver a esa niña y recordar a Rue… solo quiero que esto acabe lo antes posible.

—Está bien, es normal. Cuando hay menores involucrados siempre es muy difícil y este es tu primer caso, Katniss. Y sinceramente, es el peor caso en el que he tenido la desgracia de trabajar. ¿Has podido hablar con Peeta? Me ha sorprendido cuando lo has comentado antes, pensaba que estaba con Madge y Johanna en Mayfield.

—No, me llamo anoche para decirme que tenía una pista y que tenía que comprobarla, pero no estaba arriba. La enfermera me ha dicho que estaría a punto de llegar y que le diría que me llamara cuando llegara —conforme hablo veo la mirada significativa de mi hermana, y me ruborizo —pero no me ha llamado aún. Me parece raro.

—Bueno, —dice Prim riendo —las enfermeras de psiquiatría son un poco territoriales cuando alguna mujer pregunta por el Doctor Mellark. Yo, si fuera tú, iría subiendo, es posible que ya esté allí. Seguro que el agente Odair, puede hacerme compañía los cinco minutos que me quedan antes de volver a mi guardia.

—Por supuesto —dice Finnick con una sonrisa seductora.

—Odair, si te acercas más de la cuenta a mi hermana, te mato… además te recuerdo que estás prometido —digo bromeando mientras le hago un gesto con la mano.

Beso a mi hermana para despedirme y me dirijo de nuevo hacia psiquiatría, mucho más nerviosa esta vez. Pero cuando llego arriba solo es para llevarme una decepción porque Peeta aún no ha llegado.

Esta vez sí me quedo en la salita, sentada y revisando el correo mientras pasan los minutos y Peeta sigue sin aparecer. Cuando ya no sé cómo sentarme, me levanto y empiezo a caminar arriba y abajo los cinco pasos que puedo dar en la sala que empieza a llenarse de pacientes y familiares.

Vuelvo al mostrador donde sigue la misma enfermera que me mira con desgana y aburrimiento.

—No, el Doctor Mellark aún no ha llegado —su tono cortante.

—Sí, claro. Pero vera, soy compañera suya del FBI —digo mostrándole mi placa y hablando en tono suave aunque la impaciencia me consume — ¿No podría dejarme pasar a su despacho? Tenemos que revisar unos informes y sería de gran ayuda para el caso que tenemos en curso.

—Lo siento, es imposible. Nadie que no esté autorizado puede pasar, es una zona de alta seguridad —dice señalando las puertas de cristal que sólo se abren con las tarjetas que lleva el personal.

—Lo entiendo, de verdad, pero...

—No insista —me interrumpe.

—Está bien —«bruja», añado en silencio.

Me aparto unos metros y marcó el número de Peeta, pero sale el buzón de voz. Está bien,pienso, posiblemente ya está en el parking. Me apoyo delante de los ascensores, pero Peeta no llega. Vuelvo a llamarlo pero de nuevo me lleva al buzón.

Desesperada, y ya nerviosa, cojo el ascensor para bajar de nuevo a urgencias para buscar a Prim o a Finnick o a los dos o a quien encuentre, pero el Presbyterian es enorme por lo que decido llamar a Finnick tan pronto aterrizo en la planta baja, que resulta que está en la puerta de la entrada.

—¿Ya has acabado con Peeta? —pregunta Finnick mientras guarda el móvil en el bolsillo de su pantalón.

—No, aún no ha llegado. Y tiene el móvil apagado. Estoy preocupada

—¡Katniss, vamos! Estará dormido. Jo me ha dicho que estuvo muy callado todo el viaje, pero que no le extraño, porque está así… bueno está así desde hace unas semanas, —Finnick parece avergonzado por dar a entender que sabe lo que le pasa a Peeta y que es por mí —y que cuando bajaron a cenar se encontraron con él y su bolsa de viaje. Les dijo que tenía que volver a Nueva York por un tema importante del hospital y alquiló un coche. Si vino directamente aquí estará agotado. No deberías de preocuparte.

— No, Peeta apenas duerme ¿Qué más le dijo a Johanna?

—Nada más. ¿Qué está pasando Katniss?

—Luego te lo explico, pero primero encontremos a Peeta —Finnick me mira con cara poco convencida, así que le ruego —Por favor… tengo un mal presentimiento

—Está bien ¿has probado a llamar a Cecelia?

—No se me ha ocurrido —digo, la verdad es que no se me ha ocurrido ni llamar a su apartamento…

—Un momento, ya la llamo —Me quedo parada, esperando y rezando para que Cecelia le coja el teléfono y nos diga que Peeta está allí dormido y a salvo —.Hola Cecelia ¿Qué tal? Soy Finnick… jajaja por supuesto que lo has visto en el móvil. Verás parece que Peeta volvió anoche y tendría que estar en el hospital pero no lo encontramos ¿Estás en su casa? …hmm ¿Seguro que no está? ¿Podrías comprobar en su dormitorio? Perfecto, gracias Cecelia espero que lo compruebes.

Finnick me hace un gesto negativo con la cabeza y me dice que en voz baja "por ahora no, pero va a comprobar en el estudio también".

—De acuerdo entonces Cecelia, muchas gracias. Por favor si aparece por allí o consigues hablar con él dile que me llame inmediatamente...Sí claro, Hasta luego —Finnick cuelga y me mira desapacible —No está. Ha comprobado incluso el histórico de la alarma y nadie la ha quitado desde que ella se fue ayer. Peeta no ha ido a su casa.

—Lo sabía, lo sabía… —murmuro. Sabía que algo pasaría desde que se despidió de mí ayer. No puedo olvidar sus ojos y su mirada mientras se alejaba de mí en las oficinas centrales del FBI.

—Katniss ¿me vas a explicar lo que pasa o no?

Y en ese momento se lo cuento todo: cómo llegamos a la teoría de los tributos y cómo lo relacioné con Snow aunque nunca hubo pruebas. Las palabras de Snow en sus oficinas cuando lo interrogamos Madge y yo y por último el encontronazo en la fiesta del museo. Al final le digo que ayer Peeta me dijo que creía que sabía cómo relacionarlo con el caso, pero que tenía que comprobar unos informes en el hospital y que ya no tenía más datos.

—Según la enfermera de guardia, Peeta se fue hace unas tres o cuatro horas, o sea que sí estuvo aquí pero no llegó a su casa, y… — pero no acabo la frase porque me sube un sollozo por el pecho.

—Escucha, no hay que preocuparse aún, no sabemos que le haya pasado nada. Igual se ha ido a dar un paseo o está desayunando por ahí.

—Necesitamos ese informe —le digo convencida recuperando la compostura, —y lo necesitamos ya. Pero esa enfermera no me dejó entrar antes y no lo hará ahora. Es necesaria tener autorización.

—¿Prim? —me pregunta Finnick.

—No querría meter a mi hermana en esto pero… —pero estamos en un momento desesperado que necesita medidas excepcionales, me digo a mi misma —Está bien, busquemos a Prim.

Nos cuesta un rato, encontrarla porque está atendiendo un caso de trauma, pero cuando por fin nos ve, viene hacia nosotros con cara de alarma.

—¿Qué hacéis aún aquí?

—Prim, necesitamos tu ayuda ¿Tienes acceso al ala de psiquiatría? —le digo consciente de que mi hermana entenderá la urgencia de la situación si le estoy pidiendo ayuda.

—Sí, empiezo la rotación la semana que viene y ya tengo la nueva autorización porque esta semana debía pasar a cumplimentar unos informes. ¿Qué necesitáis?

—Tenemos que entrar en el despacho de Peeta y buscar qué informes estaba repasando.

—¿Por qué? ¿Dónde está Peeta?

—No lo sabemos, Prim. Por eso es importante.

—Está bien, vamos arriba. Lo mejor será que me esperéis mientras paso yo, no dejan pasar a nadie acompañado sin que se revise la autorización en el mostrador de la entrada. Decidme que buscáis.

—Ese es el problema, no estamos seguros. Pero tampoco te lo podríamos contar.

—Pues entonces lo veo complicado —asegura mi hermana pequeña.

—No si alguien entretiene a la enfermera de la entrada, y creo que es una misión a la altura de mi encanto —dice Finnick con una sonrisa picarona que pese a todo no está provista de su tan renombrado encanto.

—Tenemos un plan entonces —digo — pongámonos manos a la obra.

Cuando llegamos, en mi caso por tercera vez, a la planta de psiquiatría, Prim y yo nos escondemos parcialmente detrás de una columna, mientras Finnick se contonea hacia el mostrador con aire seductor. Antes de llegar hasta la enfermera, ya sabemos que dará resultado, pues la mujer apenas puede apartar los ojos de mi compañero.

—Nunca entendí por qué quisiste hacerte agente del FBI, pero quizá ahora lo entienda —dice mi hermana bromeando.

—¿Qué le veis todas? Es guapo, sí, hasta yo lo puedo admitir, pero tampoco es que sea Pe… —me callo de pronto sabiendo que he revelado más de lo que pretendía — ¿Peter Dinklage?

—Buenos reflejos, Katniss, y aunque sé que tienes algo por el personaje de Tyrion de "Juego de Tronos", las dos sabemos que no ibas a decir Peter Dinklage.

Es inútil que lo intente negar, solo conseguiré que se enfade más.

—Tienes razón, iba a decir Peeta. Me gusta, lo confieso, pero te conozco y no quiero que pienses que me voy a enamorar de él o algo así.

—No, Katniss, no pienso que te vayas a enamorar de él porque ya estás enamorada de él. Es tan evidente ¿cómo es posible que tú no lo veas? —pregunta exasperada —. Da igual, Finnick se lleva a la enfermera en sentido contrario, será mejor que aprovechemos el momento para entrar ahora.

Las dos salimos de nuestro escondite rápidamente pero sin correr para no llamar la atención. Mi hermana pasa la tarjeta frente al lector y entramos sin más complicaciones en el pasillo donde se encuentran las consultas.

—¿Sabes dónde está el despacho de Peeta? —le pregunto.

—Ni idea —me conteste —yo me ocupo de los despachos de la derecha y tú de los de la izquierda.

Por fin lo encuentro yo. Es el quinto de mi lado. Cuando cojo el picaporte solo espero que la puerta no esté cerrada y afortunadamente no lo está. Nos deslizamos dentro del oscuro despacho y cierro la puerta con cuidado. Solo entonces enciendo la luz.

—Prim, tú quédate apoyada a la puerta por si entra alguien, yo revisaré por aquí.

Primero me acerco a su mesa, y veo que hay varios informes y reportes, pero no leo nada que creo que puede ser de ayuda. Pese a todo los cojo, y los guardo en el bolso. A continuación me dedico a mirar en los cajones del escritorio pero tampoco hay nada hasta que encuentro resistencia en el último. Parece que está cerrado con llave.

Cojo las tijeras que vi en uno de los otros cajones y lo fuerzo hasta que logro que se abra. Es un cajón archivador lleno de informes. No creo que pueda llevarlos yo todos en el bolso, pero si mi hermana sale con ellos nadie se dará cuenta.

—Prim, coge la mitad de estos archivos, yo llevaré la otra parte.

Se acerca precipitadamente a la mesa y sacamos todas las carpetas que hay. Meto una parte en mi mochila y le extiendo la otra parte a mi hermana. Tras revisar que el escritorio está más o menos cómo lo encontré, pero más ligero de papeles, salimos de allí y comenzamos a hablar de manera casual como si robar informes confidenciales de un hospital fuera parte de nuestro trabajo diario.

Al llegar a la puerta de cristal, vemos que Finnick todavía está entreteniendo a la enfermera y que le tapa la vista con su cuerpo, por lo que tan pronto como se abre la puerta la traspasamos y nos encaminamos a las escaleras de emergencia para no tener que pasar por delante del mostrador. Finnick, ni que tuviera ojos en el cogote para vernos, se reúne con nosotras allí apenas unos minutos después.

—¿Lo tenéis?

—No lo sé, hemos cogido todo lo que había —digo apresuradamente, mientras bajo las escaleras hasta la siguiente planta para coger el ascensor —¿No hay noticias de Peeta, verdad?

—No, su teléfono sigue sin señal, y he comprobado que tampoco está en las oficinas del FBI.

Poco a poco siento que mi mundo se va estrechando.

—Escuchad —interrumpe mi hermana, dándole la pila de papeles a mi compañero —, yo he de volver a mi turno, pero mantenedme informada.

Acaba despidiéndose de Finnick con un beso en la mejilla y a mí me da un abrazo mientras susurra: todo irá bien.

Finnick y yo llegamos hasta su coche y nos dirigimos a las oficinas del FBI para revisar todo lo que hemos sentamos en nuestras mesas, uno frente a otro, cada uno con su montón de informes y nos ponemos a leer. Media hora más tarde oigo a Finnick decir serio.

—Tengo algo, Katniss.

Me levanto de mi silla de un salto y me inclino junto a él mientras lee el informe en voz alta:

—Paciente: Rose Snow. Admitida en urgencias el 28 de julio del 2011 debido la ingesta masiva de pastillas contra la depresión que se le había diagnosticado al sufrir un trastorno de ansiedad agudo. Se le realizó un lavado de estómago y a continuación se la ingresó en psiquiatría para su seguimiento. La paciente expresa una falta absoluta de ganas de vivir tras la muerte de su hijo en un tiroteo con la policía que tuvo lugar en la biblioteca del campus de Nueva York. Su hijo fue el autor material de la muerte de veinticuatro estudiantes…".

— ¿Cómo? —grito en voz alta — No puede ser no es posible.

—Katniss,…

—¡Era el nieto de Snow!¡Cato era el nieto de Snow!


Hola a todos, por fin he conseguido publicar este capítulo que me ha llevado más de lo esperado, incluso he tenido que dividir el capítulo en dos partes. Aún así es el capítulo más largó de Los juegos de Nueva York hasta ahora.

Como siempre muchas gracias por los favoritos, seguidores y comentarios que dejasteis en el pasado capítulo. Faltan sólo 11 reviews para llegar a los 100 comentarios y sois muchísimos más de 11 los que seguís LJDNY así que espero que entre todos consigamos llegar a la cifra mágica de 100 reviews. Es muy importante para mi saber que pensáis.

Finalmente se ha descubierto la trama con Snow ¿os imaginabais esto? En el siguiente capítulo se darán los detalles de su implicación, pero ya podéis comprobar por que l capítulo 18, además de ser tan emocional, era tan importante para la resolución de la historia.

Ademas el título de este capítulo "Descubriendo lo evidente" no sólo hace referencia a Snow y su participación en los secuestros de los niños sino a los sentimientos de Katniss.

Nos leemos en el siguiente capítulo.