Quiero ser escritora
19º
Deja todo lo demás
Jermaine hacía girar infinitas veces el balón en su dedo lo más humanamente rápido posible en tanto aguardaba que el archivo cargara en su computadora y contaba cada vuelta. En esta oportunidad llegó a las veinte completicas.
—¡Jermaine! ¡hijo! ¡Tienes una visita! –gritó su madre.
Omi pasó directamente sin advertir tocando la puerta. Jermaine compartía su habitación con su hermano mayor. Tenía unos dieciséis años al tanteo y rara vez habían tenido oportunidad de permanecer en la misma habitación al unísono y platicar. No estaba en el cuarto. Tal vez en el taller ayudando a su padre mecánico, éste tenía una afición a ese oficio. Este lugar era raro, en la mitad estaban las cosas de Jermaine y en la otra las del hermano. Los pósters de los Knicks de Nueva York, tres balones de baloncesto (incluido uno firmado por un jugador estrella en uno de los partidos al cual Jermaine asistió), una pequeña recreación del cesto de una cancha de básquet. En la zona del hermano hay automóviles, camionetas y tractores. El punto en común entre ambos era la litera, Jermaine dormía arriba. Su hermano era dueño de su laptop. La decoración no estaba mal, pero podía prescindir de tanta luz y preferiría negro y rojo como tonalidades.
—¡Omi! ¡No esperaba verte aquí tan temprano! ¿cómo han estado las cosas en tu casa? ¿tú y tu papá consiguieron arreglar sus diferencias? –el balón resbaló de las manos de Jermaine y cayó el piso; no se extrañó de ver a Dojo colgando en su hombro, eso era lo de menos en qué preocuparse, apenas sus ojos se encontraron con los de él o, más bien, en su reluciente calva, no necesitaba más de su banda para apartar su cabello que casi siempre le estorbaba- ¡¿pero qué te pasó?! ¡¿tu cabello dónde lo dejaste?!
—Es una larga historia y no vine hablar de ella. En teoría sí nos reconciliamos, se supone que habíamos cuadrado vernos aquí a esta hora.
—¿Sí? ¡Caray, lo olvidé, en verdad lo siento!
—Está bien, no hay descuido. ¿Y qué estás haciendo? –Omi cerró las cortinas, prohibiendo la entrada de la luz y luego tendió su cuerpo en la cama de abajo. Era más blanda que la de su amigo.
—Descargando la película que pasaron ayer gratis. Voy a verla con mi hermano esta noche.
—¿Tú hablas del muñeco diabólico que anda destripando gente? La vi y no estuvo mal.
—¡¿Tú ya la viste?! ¿una genuina película de terror a las once de la noche y solo? ¡Cielos, debe ser el chico más valiente que conozco! Ni yo me atrevería a ver una película tan fuerte sin nadie en casa y a medianoche, ¡después tengo pesadillas! Necesito verlas acompañado.
—Jer, ¿cuándo vas a aprender que no han creado una amenaza verdadera para los guerreros Shaolin? A mí no me asusta nada en absoluto. De hecho, fue muy graciosa. Hace falta más que un juguete siniestro vivo con una sierra eléctrica para sacarme de mi casa pero él me ha dado una idea para este Halloween, ¿qué opinas: yo disfrazado de Chucky este año? Preciso una peluca roja y el resto lo tendré listo en un dos por tres.
—Diría que tendría que verlo por mis propios ojos, –rió bajándose y puliendo con el brazo la cabeza de Omi- ¡digo, había que hacer algo con esa cabezota! –el muchacho lo empujó.
—¡Muy bien, entendí! –echó una mirada a la pantalla, en el medio aparecía una inscripción: Cargando- no está bien que descargues películas piratas, Jer, es un delito ¿no lo sabes?
—Lo barato siempre sale caro –se encogió de hombros-, además tú eres el que dices que no has vivido si no te arriesgas de vez en cuando.
—¡Ah, te enfundas de lo que yo dije! ¡Cobarde! La pagarás caro, ¿qué no estás al tanto que cuando bajas una película ilícitamente te echa su maldición, Cordelia, la niña fantasma que habita en el internet? ¿De veras no has oído lo que le pasó aquel pobre hombre que vivía en la 236? No puedes; por supuesto, lo olvidé, es que nadie lo sabe, sólo desapareció y eso es todo. Lo único que quedó de él es su computadora a medio encender. Se rumorea que desde aquel día navega por las páginas, castigando a las personas que dan el mal uso del internet.
—¡¿Cordelia, la niña fantasma?! ¡¿te has vuelto loco Omi?! De seguro, te estás inventando esa historia para asustarme. Te crees una autoridad de fantasmas, luego de que te viste esa vieja película de terror, ¡esta vez tu ego superó el tamaño de tu cabeza! Y, por cierto, no se dice enfundas si no escudas –de repente, la computadora se apagó. Jermaine se volvió, trató de encenderla, pero sus intentos fueron inútiles. ¡¿Qué sucedió?!
—¡Oh no te lo dije, es la maldición! –exclamó Omi- ¡Jermaine corre, escóndete en el closet y no salgas hasta que lo diga!
—¡Sí, sí, eso haré!
Jermaine salió corriendo, despavorido y pegando gritos como lunático. El chino llegó hasta la puerta y la cerró tras soltar una carcajada malévola. Pobre tonto, un chico rudo creyendo en maldiciones, ¡¿en dónde se ha visto tal cosa?! Que Buda perdone su credulidad, porque Omi no estaba dispuesto a hacerlo. Bien, tenía quince minutos para operar la segunda parte de su maquiavélico plan. Encendió la computadora (de la misma forma que la apagó, su pie presionó el botón de la regleta) y se sentó en frente. Aguardó paciente, en la espera Omi se felicitó a sí mismo, era la mejor historia improvisada que se le pudo ocurrir en años y una broma que nunca olvidaría. Dojo brincó a la cama, poniéndose cómodo. Por fin apareció el escritorio y arrastró el mouse sobre el ícono de Word y lo pulsó. Estiró y flexionó los músculos de sus dedos. Okey, no tan empalagoso porque Raimundo no es romántico. ¿Cómo comenzaría? Querida Kim... No, borró la línea. Un poco bastante formal. ¡Oh, se le prendió el bombillo de las ideas! Y tecleó al vuelo.
Entre tanto, en otra parte de la ciudad. Raimundo ayudaba a Ashley solucionar un problema de plomería. Al parecer, aún después de cerrar el grifo del lavaplatos de la cocina, despedía un chorro de agua. Ashley insistió llamar a un plomero pero Raimundo se ofreció prestar su ayuda. La mujer aceptó a cambio de que él recibiera una pequeña tarifa por sus servicios. Él no se negó por supuesto. Inmediatamente de que rompiera con su novio, los dos se habían hecho amigos íntimos; por consiguiente, necesitaba de fortaleza y en vista de que Ashley se encontraba sola, se apoyó de él y comenzó a llamarlo "gatito", en cuanto obtuvo el permiso del hombre. En honor a la verdad, Raimundo no tenía resentimiento contra los gatos, pero preferiría disfrutar la compañía de los perros (no puedes jugar con los gatos) en el caso que pudiera escoger una mascota. Claro, tuvo que guardarse su comentario ya que notó el amor que profesaba a estos animalitos. Ella era muy tímida y le costaba socializar, en el descanso se sentaba junto a su amigo; aunque le gustaba que el resto de los caballeros en la oficina la saturaran de mimos. Raimundo estaba muy convencido de que era la mujer de sus sueños: Medidas perfectas, bonito rostro, no hablaba de más, paciente, comedida, astuta, delicada, etérea, de buenos modales. Casi relegaba mencionar su implacable eficacia y determinación por probar lo desconocido (sí, era arriesgada).
Raimundo trajo su caja de herramientas, evaluó el estado del lavaplatos y diagnosticó que necesitaba reemplazar la actual goma. Ashley no entendía bien estas cosas, pero Raimundo le explicó que no era nada grave si no molesto. Le sugirió comprar la goma y regresar en un santiamén. Desde que volvió rápidamente (otra de sus virtudes), él se puso manos a la obra. A pesar del estrecho acercamiento entre ambos, ninguno había dado el primer paso hacia el amor. Él no tenía prisa, no le gustaban las princesas y ella no correspondía las atenciones de los otros hombres, nada más las suyas y eso le gustaba; en adicción "de los retos". Su hogar se respiraba un ambiente zen y ostentoso, tenía la costumbre de practicar yoga en el balcón. El mobiliario era parisino y los almohadones de los divanes estaban hechos piel. Mientras el apartamento de Kim olía a perro recién mojado, este olisqueaba más a arena de gato. Ella sirvió dos vasos de leche y se agachó ofreciéndole uno.
—¿Qué? ¡oh, muchas gracias!
—Todo lo que gustes, es leche de cabra. ¿Sabías que un vaso de leche de cabra aporta 318 miligramos de calcio mientras que un vaso de leche de vaca contribuye con 300 miligramos del mismo? –comentó.
—No lo sabía. Gracias, lo tendré en cuenta –dijo antes de abrirse paso un trago.
—Pues sí, sin embargo, en opinión de un nutricionista la verdad es que un vaso de leche de vaca no sólo envía altos contenidos de nutrientes si no una serie de efectos y consecuencias desfavorables a nuestro organismo; en realidad, la única leche que nos conviene a los seres humanos es la materna. Pero como Lucy no bebe otra cosa que la leche y me temo que a mí también, no me es fácil prescindir de ella, es mi placer culposo ¿me sigues? –él asintió. Ella era una chica saludable y procuraba cuidar muy bien de su cuerpo, de eso reparó enseguida.
—Bueno, he oído que existen alimentos que proporcionan más calcio que la leche misma –añadió, intentando seguir el hilo de la conversación y mostrarse interesado. Pocas veces era incapaz de quedarse en blanco delante de un tema y malpensó que este iba a ser uno de esos momentos incómodos-. Está, por ejemplo, los langostinos o eso fue lo que entendí –dejó el vaso y se metió en las entrañas de las tuberías.
—Raimundo –dijo- ¿nunca ha considerado dejarse crecer el bigote?
—No –respondió extrañado por la pregunta- ¿por qué?... Aguarda, adivinaré ¿le gustan los hombres con bigotes?
—¡¿Cómo lo adivinó?! ¿en serio soy tan obvia? –replicó ella sonrosada. Raimundo no tuvo chance de contestar debido a la intrusión de un inesperado fisgón: Un siamés de brillantes ojos turquesas, estaba bien peinado y limpiecito (recién alguien le había cortado las garras)- ¡Lucy, te ordené esperarme en la alcoba porque teníamos invitados! Debió haberse salido, ¿ya vio como son estos animales? No puede estar ni quince segundos lejos de mí, pobre, me extrañó bastante –Raimundo asomó la cabeza y clavó sus ojos en el felino, helado. ¿Esa es Lucy? Hubiera jurado que era humana por la manera en que Ashley se expresaba. Levantó a la mascota del suelo y la arrimó hacia ella-, pero bueno, ya que estás aquí me gustaría que conocieras alguien muy especial. Lucy, él es Raimundo. Salúdalo.
—¡Oh, qué linda gatita! –sonrió cortés. Ashley sostuvo su pata simulando un ademán.
—¿Linda? ¡No, no, no! –rió- Lucy es un gato macho. Su verdadero nombre es Lucifer.
—¡Qué pena! Discúlpenme ustedes dos, creí que...
—No te preocupes, está bien, varias personas ha cometido ese error. ¿Te falta mucho para terminar las reparaciones?
—No, estoy a punto de terminar.
Bueno, ¿quién era él para juzgarla? Hay personas demasiado apegadas a sus mascotas y era de suponer que alguien amante a los gatos y sola en su casa tuviese uno. Una buena manera de ganarse al dueño era comportarse adecuadamente con su mascota, son como parte de esa persona. Raimundo atañía sus habilidades en plomería y mecánica a sus hermanos menores, siendo el mayor de todos le resguardaba la gran responsabilidad de protegerlos, de que nada les faltara, cuidarlos, sacarles una sonrisa cuando estaban tristes. Las condiciones humildes en que estaban lo obligaron a convertirse en lo que se requería. Asimismo aprendió de ellos muchísimos juegos y hacer uso de las artimañas. Al final, cerró su caja de herramientas, se puso de pie y abrió y cerró la llave numerosas veces comprobando que funcionaba correcto. Todo bien. Ashley estaba sentada consintiendo su gato.
—Listo, está como nuevo.
—¡Muchas gracias, gatito! –sonrió levantándose, su gato saltó de la mesa- ¿qué haría yo sin ti? No debiste haberte molestado tanto –tropezó con Lucy, el hombre la atrapó moviéndose rápido. Ambos quedaron suspendidos en los brazos del otro, sus rostro estaban muy cerca y ella se apartó.
—Para servirte –se rascó la cabeza, desplazándose por la habitación-. Oye, Ash, esta noche dará inicio a una competencia de automovilismo y me gustaría que fueras, ¿podrás hacerlo?
—¡Por supuesto! Ahí estaremos apoyándote –sonrió refiriéndose a su gato y a ella.
Una vez que Raimundo le suministró la dirección se fue a su casa. Ella dijo que no requería anotarla, su capacidad retentiva bastaba y sobraba. Se despidieron al salir del edificio y ella volvió a subir a su apartamento. Ninguno volvió a tocar el asunto de Kim después del otro día. Ashley no podía comprender cómo un hombre tan correcto podría ser amigo y defender con efusividad a una chica prosaica igual a Kim, en definitiva debía seleccionar mejor a sus amistades ya que daba por entender otras cosas, pero lo que había visto le "complacía" para descartar su idea original y retribuir que él tan sólo sentía lástima. Su interés por Raimundo era conservar su amistad, no obstante, quién sabe lo que pueda pasar luego.
Aditivo a esto, Jermaine se había quedado esperando en el closet en donde le había dicho su líder que se escondiera y su panza comenzó a gruñir hace aproximadamente un rato, así que el hambre fue más fuerte y abandonó su escondite. Fue a la despensa a coger unas galletas, su madre seguía ahí como si nada y no hay noticias de Omi. Comprendió que había vuelto a caer en sus bromas y regresó hecho una furia. Omi estaba imprimiendo en su computadora y pasó inadvertido su presencia. Dojo alzó la cabeza y las orejas, tiró de la camisa de Omi, pero éste lo apartó. Jermaine se aclaró la garganta llamando su atención. Omi se giró, no se alarmó cuando lo vio y volvió a sus quehaceres.
—Jermaine, iba decirte que ya pasó el peligro y podías salir.
—¡¿Pero se te pasó advertirme por qué estabas muy ocupado con mi ordenador?! ¡eso no se hace Omi! Espero que tengas una excelente explicación.
—Claro que la tengo, ¡mira esto! –le golpeó la hoja en el pecho. Jermaine la agarró y leyó- ¡¿lo ves?! Todo está planeado, detallito por detallito, no hay modo de que fallemos. Preparé la mezcla e imprimí la nota, falta recortarla y que tú la dejes en la puerta de Kim.
—¡¿Y por qué yo?!
—Porque fue mi idea, Tiny me ayudó a elaborar la mezcla, yo escribí la nota y te toca hacer algo. Piénsalo, Jer, es por el bien de Kim. Ahora me tengo que ir, voy a visitar a Raimundo. ¡Tiny y yo te disponemos nuestra entera confianza, no nos decepcione! Kim debe recibir el paquete el mismo día de hoy, no hay que perder el tiempo. Mira, aquí está –Omi sacó de su bolsillo una botella de plástico con una etiqueta, él se la arrancó a un producto y la adhirió a este frasco; cualquier diría que es auténtica, ni él notaba la diferencia- ¿contamos contigo?
—Sabes que sí, Omi –repuso en voz baja.
—¡Muy bien! Llámame para confirmar, ¡nos vemos en la escuela Jer! ¡adiós!
Omi pegó la vuelta y se marchó brincando. Jermaine miró de reojo la botella en su mano y vaciló. Siempre había colaborado y apadrinaba al máximo los planes pérfidos de Omi. Más, sin embargo, una vocecita en su cabeza advertía que quizá se estaba sobrepasando un poco. No confió en ellos al decirles la razón para separar a Raimundo y Kimiko y eso era insólito. Previó que existiría un día en que se rebelaría contra la decisión de su líder, pero ese no iba a ser hoy. Molestar a los mayores era un arte que Omi manejaba en todo su esplendor, Tiny y él lo habían asimilado; la diferencia es que el niño nunca molestó a nadie que le caía bien y es que claro, ningún adulto o niño le guardaba buena estima (además de ellos). Omi debe saber lo que hace. Sí dice que es para prevenir a Kim, entonces estaba bien. Jermaine cogió su cazadora y escondió el frasco.
—¡Mamá voy a salir!
Días atrás, Raimundo estaba organizando su depósito. Botaría lo que estorbaba. Clasificaba lo inservible de lo útil. Cuando abrió una caja que contenía sus viejos juguetes. No gozaban en profusión porque sus padres apenas podían consentirse mínimas prerrogativas, embebido en sus recuerdos de la infancia los sacó y los observó con una sonrisa empero sólo un atisbo de nostalgia tocó su corazón al llegar hasta el fondo: Su oso de peluche, Ninja Fred. Cursi y tal vez raro, pero de niño era su compañía favorita. Era una injusticia tremenda que hubiera confinado a Ninja Fred en esa caja por más de doce años. Nunca quiso compartirlo con sus hermanos, aún si el oso había dejado su cama; ahora como adulto, veía su actitud infantil y egoísta. Era mejor para Ninja Fred que estuviera en brazos de un niño acompañándole, que en una caja privado de sus talentos. Claro, ya era tarde para retractarse. Su hermano menor tenía catorce, ¿qué haría un adolescente con un oso de peluche? Resolvió con obsequiárselo a Omi, aparte de que era el único niño que conocía, lo necesitaba tanto como él lo necesitó en algún tiempo de su niñez.
Lo convocó a su apartamento ese mismo día, Raimundo no explicó los motivos. Ambos se encontraron de camino hacia allá y siguieron juntos conversando muy animadamente. Omi parecía ansioso por saber si lo había llamado para continuar con la charla de enfermedades venéreas. El pequeño Guerrero Shaolin podría no querer admitirlo pero le gustaba aprender. Raimundo no lo había considerado menos inteligente de lo que aparenta. Durante el viaje, no dejó de hacerle cumplidos por su nuevo look. A la final Raimundo abrió la puerta y Omi y Dojo entraron.
—¡Bueno, iré en busca de las galletas! Claro... si me dejas...
-Adelántate.
Los dos echaron a correr y se metieron en la cocina. Raimundo le echó cerrojo a la puerta. Tenía un mensaje aguardando en la contestadora. Presionó el botón para oírlo entre tanto él esperaba a Omi con el frasco de galletas.
—¡Raimundo, nene! ¿cómo estás? No he dejado de extrañarte desde aquella vez, ¿dónde te has metido amor mío? Comprendo si la razón de que no me hayas contestado mis llamadas es porque estás ocupado trabajando, pero ¿no te gustaría visitarme y hacerme tuya? Estoy totalmente desnuda, dentro de la tina, empieza hacer frío y yo necesito de tu cuerpo para calentarme. Habrá también champagne, velas aromáticas y el agua aún está tibia. Vamos Rai, apresúrate en hacerme tuya antes de que no queden burbujas en el agua...
Raimundo escuchaba hinchado de la rabia el mensaje de voz. No sabía que más le producía asco: una mujer rebajándose a implorar sexo o que Omi escuchara las vulgaridades de esta loca de carretera. El pequeño y su mascota regresaban de la cocina con el frasco de galletas y no pudieron evitar oír. ¿Cómo pueden existir mujeres tan zalameras y ordinarias iguales a esa perra? Conoció a Dyris luego de una carrera, le pareció atractiva y vibrante, así que no encontró inconvenientes de llevarla a pasear y acostarse con ella, sin embargo, entendió al poco tiempo que la chica no era muy lista que digamos y dejó de buscarla. Nomás insistió y no puso objeciones, a final de cuentas no buscaba un compromiso y él tampoco. El hombre no sentía un gramo de culpabilidad, el sexo es una necesidad tan básica como dormir. Claro cuando conoció a Ashley dejó de tener razones para ir a verla. Hoy Dyris excedió el límite al llamarlo y provocarle, nunca había ardido en deseos de golpear a una mujer por inepta y él no era de aquellos que perdían los estribos. Se lanzó sobre el teléfono y trató de apagarlo, la contestadora también actuó necia. Por más que quería cancelar el mensaje, no hacía caso. Ni aunque le metiera mil golpes se callaba. Desesperado entonces, desconectó el enchufe. Se volvió hacia Omi, el niño se aclaró la garganta y le sonrió.
—Me alegra saber que tienes algo qué hacer los sábados –Dojo se hizo un lugar en el sofá-. ¿A estos beneficios te referías con las mujeres el otro día?
—Pues algo así, ya llegará tu turno rompecorazones –señaló, puliendo su calva. Ni todavía pelón los adultos les gusta acariciar su cabeza.
—He notado que tienes muchos alimentos conservados en tu refri, ¿no te gusta cocinar?
—No es eso, es que vuelvo agotado del trabajo que soy incapaz de...
—¿Esto tiene que ver con aquel incidente de la mecha bajo la bomba fétida? –interrumpió- ¿tú le tienes miedo al fuego, es eso?
—Sí –admitió con voz reposada-. Se debe a una experiencia traumática que tuve cuando era niño. Ando en tratamiento.
—No pareces que tengas muchas ganas de hablar de ello; bueno, cambiemos de tema, ¿me vas a decir para qué me hiciste venir? –le indagó abriendo el frasco, sacó dos galletas: Una para él y la otra para su fiel amigo Dojo, quien reposaba muy cómodamente en su regazo. Raimundo cargó una caja que estaba detrás del sofá, la colocó en la mesa y destapó delante de él.
—Asómate. No te asustes –animó. Omi apartó a Dojo con delicadeza y caminó hacia él. En la caja había juguetes, el niño agarró el cambión de bomberos y lo observó- ¿te gustan? Son mis juguetes cuando yo era pequeño.
—¡Genial! –sonrió, revisando la caja. El periodista le enseñó el resto de los juguetes y para el último dejó a propósito Ninja Fred.
—Este es mi favorito.
—¿El oso de peluche?
—No es un oso de peluche, majadero, es una figura de acción disfrazada de oso de peluche. Su nombre es Ninja Fred. Me arropaba las noches en que las filtraciones invadían mi cuarto y era un excelente amigo, guardaba todos mis secretos y me suministraba buenos consejos a veces yo sin pedírselo. Antes no quería regalar a Ninja Fred a nadie porque representaba un valor sentimental muy especial para mí, pero prefiero que tú lo tengas.
—¡¿Quieres que yo tenga a tu osito, perdón, a tu figura de acción?! –inquirió boquiabierto.
—Eso quiero, lo necesitas más que yo. Si puedo confiar en alguien que pueda cuidarlo bien a Ninja Fred y todos mis juguetes eres tú –Raimundo se reservó contarle que había pensado obsequiárselo a sus hermanos en primera instancia, pero no quería que Omi se sintiera mal. Rodeó sus brazos en torno a la caja.
—¡Caray! No me habían regalado juguetes desde los cinco, ¡muchísimas gracias Raimundo en serio! –se cortó, después de una breve pausa agregó- creo que si Wuya me ve, pregunte a que niño se los robé.
—Dile la verdad: un niño grande te los regaló y si sigue refunfuñando tú puedes decirle que me llame, tienes mi número. No te amedrentes por lo que diga esa señora.
Omi rodó los ojos, iba a preguntar el significado de "amedrentes" si no fuera por el tono del celular en su bolsillo de su pantaloncillo. El abuelo Fung decía que era por su protección así él podía comunicarse cuando quisiera. Él estaba en contra de la idea; nunca le gustaron los celulares, siempre saber dónde te encuentras… Qué molesto dispositivo de localización. El suyo no tenía más aplicaciones que llamar y recibir llamadas, enviar y guardar mensajes de texto. Originalmente pertenecía a su abuelo, tal vez fue popular en la década de los noventa, no sabía qué tan viejo era. Se disculpó para atender su celular.
—Omi, ¿eres tú? Estoy en el pasillo del apartamento de Kim, dejé el paquete y lo recogió.
—Muy bien, puedes irte.
—Es sólo que... estuve pensando y... ¿crees que nos atrapen?
—¿Pero qué te pasa, Jermaine? Antes eso no te importaba. Ya lo hemos discutido, ¿por qué vuelves a titubear?, Por supuesto que no nos descubrirán, lo planeé todo cuidadosamente… ¿cuántas veces te he fallado? Jamás, Jer, ¿quieres apostar? Juguemos piedra, papel o tijera... ¡un dos tres, ya! ¿qué sacaste?
—Papel, ¿pero cómo eso va a determinar el que tengamos éxito?
—Pues yo saqué tijera, es decir, que tengo absoluta razón. No nos van a descubrir, Jer, deja de ser tan paranoico. Si algo sucede, asumiré la responsabilidad, lo juro por mi ratón Queso que Buda me lo cuide, ampare, bendiga y proteja en su santa gloria. Ahora vete de allí, Jer, debo colgar, me están esperando ¡adiós! –cortó la comunicación y sacudió el puño, esas son las ventajas de jugar piedra, papel o tijera vía el teléfono y tener de adversario un sujeto como Jermaine. Giró sobre sus talones, Raimundo volvía de la cocina cargando dos latas de soda light frías. Guardó disimuladamente el celular.
—¿Quieres beber algo?
—¡¿Beber?! ¡¿estás loco?! Soy un niño, no puedo tomar alcohol... No hasta que cumpla los dieciséis —añadió después de pensar.
—Yo hablaba de la soda –rodó los ojos. Omi se ruborizó y se aclaró la garganta- ¿y por qué hasta los dieciséis? ¿por qué no hasta los dieciocho? La edad donde no hay restricciones.
—No puedo esperar tanto —–rodó los ojos en alusión a lo obvio— ¿y tú a edad comenzaste a tomar? —Raimundo dejó escapar un bramido, su rostro cantaba fuerte y claro. Omi se rió entre dientes— ya, no tienes que decirme. ¡Pásalo! –le zumbó el refresco. Omi lo atrapó en el aire, lo descorchó con los dientes y bebió un trago largo ininterrumpido. Rico, sabor uva. La soda dibujó unos bigotes violetas por encima de sus labios. El periodista se echó a reír, a simple vista era muy cómico ver a un niño con mostacho.
—Oye Omi, tienes algo de refresco en la boca. Y dime, ¿te llamó Kim para prevenirte? ¿es por eso que estás tan alterado? –indagó Raimundo cruzado de brazos. Él se limpió la boca con el dorso del brazo.
—Eh... ¡sí! Kim me sobreprotege y tú no le caes bien. Sabes cómo es de neurótica, cree que eres un avaro mujeriego pesado que va a corromperme un día de estos y bueno cuando se le mete una idea en esa cabeza no existe nadie quién pueda sacársela, es testaruda. Me arrastra con ella a todas partes y es mi niñera, no sé como negarme.
—No me es de extrañar, se ha comportado un poco a la defensiva conmigo después de que me vio invitándole un café a la enfermera que atiende la casa de mis padres. –Él abrió bien los ojos mientras asentía fingiendo desinterés-, de seguro, pensó que era una de mis novias. Estudiándolo de otra forma, Kim estará loca, pero ¿tú la quieres tal cual es, me equivoco?
—Pues... yo creo que sí –admitió mirando a su interlocutor- te confieso que cuando besó mi frente la vez en que estábamos todos en el patio de mi casa, fue el primer beso en años (sólo mi mamá me besaba), me sentí diferente–un rubor acudió violentamente a sus mejillas. De sopetón borró la sonrisa y repuso alarmado sacudiendo la cabeza - ¡pero no le vayas a decir lo que siento! No estoy seguro si es verdad y además esta reputación de chico malo que me he ganado es lo único que me queda, si sueltas la sopa ¿cómo me voy hacer respetar entre los demás? Fíjate, que nosotros los compactos andamos en desventajas.
—Bueno –rió-, hagamos una cosa: Tú no le comentas mi miedo al fuego a nadie y yo no le diré a Kim tus sentimientos.
—Lo prometo, palabra de Monje Guerrero de Shaolin.
La visita de Omi y Dojo perduró un rato más. Cuando se desocupó, quedó a solas con Kim. Reapareció automáticamente a su lado al momento de que el par viraron en el recodo. Muy curioso, pero ella nada más aparecía si no estaba acompañado. Nadie, a excepción de él, veía a la chica. ¿Qué tiene eso de extraño? Era un producto de su imaginación. A diferencia de la verdadera era bastante callada y no hacía nada. Se quedaba cerquita suyo y lo miraba, podían convertirse en horas. Raimundo aprendió a ignorarla. Mientras no molestaba podría seguir atendiendo sus quehaceres. Ella se iba cuando quería. No desapareció si no hasta que telefoneó a casa de Ashley y resolvió irse del apartamento para alistarse en la carrera.
Jack recibió un expediente completo con información personal sobre Raimundo Pedrosa, se crió en el seno de una familia numerosa en una pequeña ciudad vecina al este. Su madre se ocupa de hacer repostería rudimentaria en su domicilio, no era un negocio si no algo de vez en cuando. Su padre obtuvo su jubilación antes de tiempo, al parecer se desempeñaba en el circo algún tiempo atrás. Eran ocho hermanos y sólo tres son mayores de edad, la segunda hermana tenía la misma edad que Raimundo (quienes eran los primeros hermanos) y está en silla de ruedas por un agravante accidente en coche. Nadie la ha visto fuera de su casa, pasa todo el tiempo encerrada. Todos en el vecindario toman a Raimundo por un buen hombre, a los quince comenzó a trabajar limpiando las jaulas de los animales en el circo para ayudar en casa. Vivía allí felizmente hasta que se inscribió en una universidad, se mudó para estar más cerca y no los volvió a visitar nunca más. Trabajaba como periodista en un prestigioso periódico y participaba en carreras clandestinas de noche. No posee ningún antecedente. El hombre quería observar a su rival en su medio y se arrimó a mirar la carrera.
—¿Qué clase de auto es? –preguntó Ashley. Minutos antes de la carrera, la joven bajó de la estrada a darle la suerte a Raimundo y se había quedado admirando embelesada el auto. Los otros competidores también ocupaban sus posiciones y esperaban impacientes, entre ellos el eterno rival de Raimundo: Tubbimura, un japonés gordo con mal carácter quien era un gran adversario y el rey de la pista hasta la llegada de éste. Siempre que podía lo retaba, uno tras otro duelo Raimundo le vencía en cualquier terreno que escogían. Era un placer trapear el suelo con su enorme trasero.
—Es un Ford India del 2009. Debiste mirarlo como estaba antes, era una completa chatarra. Lo rescaté del basurero justo cuando lo iban a enviar a la trituradora.
—¡No me digas que tú lo reparaste! ¿y qué tan veloz es?
—Novecientos caballos de fuerza.
—Vaya, eso es como 270 kilómetros por hora. ¡Qué maravilla! ¿puedo mirar el motor? –el hombre levantó el capot y se inclinó- 5.8 litros, bloque de aluminio, sobrecargador de SVG y escape de carretera.
—¡Guau, hermosa y conoces de automóviles, soy afortunado! –alzó los hombros sonrojada, él volvió a cerrarlo. Cuando apareció un hombre con rostro delgado y flacucho, pelirrojo y vestido de pingüino, ¿acaso no sabe que el día de brujas es en octubre?
—¿Raimundo Pedrosa?
—Así es, ¿a quién debo el honor?
—Soy un humilde patrocinador, vine a ofrecer mi apoyo al campeón. Estuve indagando por ahí y dicen que es el mejor. De las 23 carreras que ha participado, 16 victorias y 7 derrotas ¿cómo es posible que un novato haya aplastado a corredores que llevan años en esto? No lo creía ni aunque mis propios oídos lo percibieran. Debía comprobarlo por mí mismo.
—La experiencia no hace nada frente a la determinación. ¿De cuánto estamos hablando?
—Quinientos, la cifra puede aumentar o disminuir dependiendo del resultado de la carrera que obviamente voy a quedarme a ver. Un boxes con cuarentas hombres, el mejor mecánico de la ciudad y tal vez un diseñador que le quite esas fachas de pordiosero –gruñó.
—¿Quinientos? No, no, no, que sean un millón.
—¡¿Qué?!
—Así son los negocios, ¿no estás desesperado?
—¡Bien! ¡Como sea! Lo reconsideraré, pero mi decisión se la avisaré al final –dijo en seco.
Jack se marchó absorto, y por supuesto dijo aquello para despistar y conocer el proceder de Pedrosa. Eso es algo de lo que ningún expediente podrá reseñar en un millón de años, él era un bicho codicioso y el otro un mezquino tacaño. Jack emprendió el camino de regreso en zigzag tomando la ruta pedrada hasta donde había estacionado Vlad.
—¿Corroboró sus propósitos, señor? —preguntó sutilmente.
—Sí. No es ni la mitad de lo que soy, ¿qué le habrá visto Kimiko?: Tosco, orgulloso, frío y mal gusto para la moda. Típico pobretón mal pagado criado en los suburbios. ¿Cómo puede ser eso mejor partido? ¿habrá algún truco por aquí escondido? Ni yo mismo lo entiendo —Jack vaciló, parecía desconectado de su entorno y hablar sólo consigo mismo. Vlad guardó mesura, esa actitud era normal en su jefe, hasta que comenzó a reírse fingió preocupación— ¿puedes creerlo Vlad? Jack Spicer, presidente del centro comercial Loel, destronado por un muerto de hambre, una rata de azotea, un piloto de poca monta, un periodista mediocre —se rió más fuerte—. ¡No! Eso nunca. Bueno, he visto de cerca a mi competencia, comprobé mis puntos, ¿necesito ver más? Tal vez me quede a mirar la carrera, pero apartémonos más si no me despeino —se peinó hacia atrás—, el niño dijo que tenía un plan y prometió darme luz verde en cuanto entrara en acción —chasqueó la lengua— esto no está bien, nunca tuve que depender de un crío, siempre he resuelto mis problemas con dinero y volveré a hacerlo, ¡oh qué listo soy! ¡Vámonos Vlad!
—¡Pero espere joven amo! ¡¿No iba a quedarse a mirar la carrera?! —él lo miró por encima del hombro.
—Eso era antes de dos minutos y medio, ¿qué te sucede Vlad? ¿no puedes concentrarte en una cosa a la vez? ¡Aj, esta servidumbre de hoy en día...! Vámonos ya. Estos problemas me han causado demasiada migraña; diablos, también debo encontrar la forma de pagarle a ese detective a como dé lugar... —gruñó rodeando el auto.
—¡¿Pero con qué?! Sus padres congelaron todas sus tarjetas de crédito y le restringieron las cuentas bancarias, nada más depende de lo que produce la empresa desde aquel día —Jack puso los ojos desorbitados indignado— le dije que ese detective era una mala idea, pero no me escuchó joven amo...
—¡SILENCIO! —levantó la mano furioso, él cerró la boca—. Vlad acércate, ven acércate, eso es, un poco más, acércate —incitó, el hombre se acercó desconfiadamente. Tenía razón en hacerlo, le metió un zape justo en el tercer ojo— ¿oye, te quieres morir? Me parece que has hablado demás en toda una semana ni siquiera un puto día. Sabes bien que no se habla de lo que pasó ese día. ¿Tú no me quieres ver enojado o sí?
Vlad sacudió la cabeza, bajando la mirada con resignación. Jack asintió sonriente, sacudió el polvo de su uniforme y lo acicaló, ajustó su corbatín para el final. Así me gusta. El joven amo esperó que su fiel asistente le abriera la puerta desde adentro. Cuando ocupó su lugar como conductor, se volvió a admirar por última vez la pista y pasó al interior.
Raimundo desconfió de aquel sujeto en el acto, reprimió el impulso de echarlo puesto que Ashley estaba presente, pero no le agradó su modo de ser, sus ojos, de escoger ropa y sus intenciones se le hacían sospechosas. Nunca un patrocinador vino hasta la pista y no reconocía su cara en anteriores competiciones, no es un espectador usual. Y sea lo que sea que vino hacer, no estaba interesado en absoluto a negociar con ese señor, aunque tuviera que hacer el sacrificio de rechazar una jugosa suma de un millón de dólares. Todavía no esclarecía sus intenciones cuando sonó la corneta, los corredores debían subirse a sus autos.
—Debo irme.
—¡Buena suerte, piloto!
—Tal vez tendría mejor suerte si me inspirases –Ashley sonrió y lo besó en la mejilla- este triunfo te lo voy a dedicar –repuso con una sonrisa pícara poniéndose el casco.
La carrera arrancó. Eran un total de nueve pilotos en la pista, todos equipados con lo último en repuestos y las manos sobre el volante de autos impecables. Pero claro, lo que cuenta es la pasión que metes en la pista, no que tan bonito está tu monoplaza o ni siquiera las veces que has ganado, algo que dejaba muy en alto la reputación de Raimundo. No tenía miedo de pisar el acelerador y superar el límite de velocidad permitido sólo por demostración. Pronto dejó atrás los primeros tres. La carrera marcaría desde la ruta 52 hasta la 47, es decir, calles y más calles. De noche, el pavimento se ensombrece, hay mucho menos tránsito y el peligro es excitante. Lanzó una mirada a hurtadillas al odómetro y rebotó al combustible, el tanque está lleno. El fuego despedía de los neumáticos. Se metió a la izquierda del cuarto subiendo por la cera y lo rebasó. Quedan cinco. Tubbimura encabezaba la pista, apretó el acelerador y chocó contra el carrito del vagabundo donde había levantado su casa. El vagabundo salió irritado y maldiciendo al conductor. Cada carrera es igual, uno termina por golpear su casa. Él lo había hecho varias veces. No era su intención, pero así son las carreras. Pobre hombre.
Su obra había progresado, trabajó duro por dos semanas sentado en frente a la computadora y se trasquiló bebiendo vino sin parar. Adelantó siete capítulos. Cada idea que se le ocurría rápidamente la anotaba en un papel, en la palma de la mano o en el celular, en todo lo que estuviese a su alcance y podría escribírsele encima. Si estaba a punto de salir y se estrellaba contra él un meteorito de ideas frescas, corría a sentarse y teclear en la computadora. Había recuperado la inspiración, pudo salir de su bloqueo. Todo gracias a su musa. Pero no pudo haber escrito mejor que después de que tuvo esa pequeña charla con Hannibal. Nuevamente volvió a perder el dinero en las apuestas y antes de que pudiera pedirle más, lo desautorizó de tocar su cuenta. Esperó que el celular sonara y practicó lo que iba a decirle, cuando por fin llegó el momento de la verdad y receptó la llamada.
—¡Raimundo Pedrosa! Te conozco desde que eras un niño, tú no eres esto, ¡¿cómo pudiste maltratar así a la persona que te abrió sus puertas y tendió la mano cuando necesitaba una segunda oportunidad?!
—Hola Hannibal, esperaba tu llamada. ¿Sabes qué? Puedes decir lo que te venga en gana, a mí ya no me importa ni nada ni nadie. Se acabó. No le temo a las represalias que tomarás a continuación, por mí si quemas una farmacia está bien...
—No pensaba en ir tan lejos, pero si no te importa, entonces no lo sabrás. Te arrepentirás.
—Imaginé que dirías eso –y trancó el teléfono.
Raimundo cerró los ojos, había prometido ganar. Se desvió del asfalto hacia los arbustos y saltó por encima de los árboles, volando sobre los tres autos y aterrizando delante de ellos. Brincó dentro del auto. El saltamontes era una técnica arriesgada y varios pilotos perdieron la vida en el intento arrasando otras más junto a ellos. Aún cuando esos tres pilotos vieron a Raimundo no hicieron nada para apartarse de lado. El chirrido lamía la pista. La adrenalina hormigueaba la palma de su mano y el resto del cuerpo. La bilis subía por la garganta. Los ojos inyectados en sangre. Y el corazón se hacía un ovillo. Quedan por eliminar a dos de la competencia. Pobres, deben estar cagados del susto. Sonrió con cinismo. Miró de refilón, el otro hombre ni siquiera se molestó en voltear. Se giró y volvió a lo suyo. Tubbimura trató intimidarlo. El otro corredor pisó a fondo intentando de superar a los otros y maniobró entre los obstáculos, Tubbimura no iba a permitirle ventaja y lo empujó, el otro perdió el control del volante; su vehículo salió girando en círculos, se estrelló contra un Mustang volcándose ruedas arriba y prendiéndose en leguas de fuego. Estalló en llamas. La sangre se heló en sus venas y Raimundo se distrajo, yéndose al fuego. El sudor chorreaba la frente, la respiración le faltaba, apretó el abdomen y la cabeza comenzó a darle vueltas. Kim apareció de la nada, no parecía darse cuenta, miraba arriba y su auto iba contra ella. Quiso prevenirla, pero no lo oyó. Tardó en reaccionar y recuperó el volante, retomó el curso en la carrera y se alejó a toda velocidad del fuego.
En el retrovisor miró los restos carbonizados y Kim no estaba, se dijo a sí mismo que pudo haber sido él. No pudo impedir que sucediese, ni tomar control de la situación y ayudar, el miedo se apoderó de sus fuerzas y huyó precipitadamente. Amilanado por la cobardía, más tarde se reprendió para sus adentros, pero no se sintió mejor después de eso. Su alucinación había salvado de su vida, quizás eso no hubiese sido lo mejor. La maldita pastilla la olvidó en la mesa. Ahora lo que importaba era ganar contra ese japonés gordo a costilla de lo que sea necesario y quemó el asfalto directo hacia la meta.
A/N: ¡Qué rollo con este capítulo! Lo dejé inconcluso adrede y ahora ustedes imaginen el final, ¿qué le agregarían? Aquí un capítulo cortico para que no se quejen de que les afectó una conjuntivitis por leer tan tarde. Pero no me culpen, tomaron ese riesgo. ¡Ay mi lindo Omi! ¡si nadie te quiere, yo sí! Necesita mucho que lo apapachen y le besen. Y me van a perdonar, pero tuve miedo porque en el transcurso me invadió la flojera y la falta de inspiración. Odio quedarme sin ideas. ¿Qué tuvo de bueno este capítulo? Jack al fin conoció a Raimundo como empresario y patrocinador, falta como ex de Kim. Yo tuve un profesor que cada semana traía un hashtag, el de hoy sería: #PasandoPena, es que nadie puede ponerle precio a la cara de troll de Raimundo cuando Omi escuchó la proposición impúdica de Dyris. Tanto ella como Tubbimura hicieron un cameo. Tenía pensado mostrar una carrera en el capítulo diez, sin embargo, se me hizo demasiado largo y no pude escribirlo, ¿qué travesuras nuevas estará tramando Omi para separar a Kim y a Raimundo? Yo no sé, no me pregunten. ¡Qué revelación! Lucifer es el gato de Ashley, ¿sorpresa? No lo hice por el gato de la madrastra de Cenicienta si no pues que a mí me da risa que todos creen que Lucy es hembra cuando es macho. ¿A ustedes que les gusta: los perros o gatos? A Raimundo y a Omi los perros y a Ashley los gatos. A mí me diagnosticaron personalidad gatuna, pero no con eso significa que adoptaré a uno.
¡Ay que ver que la gente es bien interesada! Hace semanas le dije a una muchacha que no le mandaba el feliz cumpleaños a nadie que me lo hubiese deseado a mí en el mío y en agosto cuando llegó mi turno, me escribe un mensaje aguado: Feliz cumpleaños, ni siquiera "pásala bien", ¡qué cosa! Es una de esas personas que nunca admiten cuando se equivocan y cortan el teléfono cuando no les gusta a dónde va la conversación, bien grosera y altanera la muchachita. El título es honor a Leave out all the rest de Linkin Park, es mi canción favorita debo añadir, hay muchos videos fans con las canciones de la banda y la serie, casi todos son protagonizados por Raimundo. Calmando sus ansias el fic no lo termino, me encantaría terminarlo antes de que llegue el 31 de octubre y me vaya a mi curso para pensar en otros proyectos, pero hay que tener en cuenta la flojera y la falta de inspiración. Otra de las cosas que me retrasó fue que me atacó una gripe arrechísima, tos seca, dolor de garganta y cabeza. No podía comer, reír, hablar, dormir ni respirar porque *cof, cof, cof* cada cinco minutos y no estoy echando carro, fue horrible.
Por curiosidad, del 0 al 10 ¿qué tan cliché les parece mi historia? 0 u 1 es nulo y 10 es súper cliché. Si bien, tal vez debería esperar hasta el próximo capítulo pues que es de esos episodios donde todo dan un giro de 360 grados o que el pequeño mundo de uno se desmorona en pedazos. Pero no puedo esperar me comentan sus suposiciones en sus comentarios. No los entretengo más. Sus dudas, comentarios, críticas, sugerencias las esperaré desde aquí, así como también sus votos. Da igual, yo actualizo con o sin ellos. ¡Hasta entonces, cuídense!
