N/T: Muchas gracias a todos los que me estáis diciendo que os gusta la historia y que me dais ánimos para seguir traduciéndola, de verdad que la ilusión de ver que mi trabajo da su fruto es precioso. ¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!


Toda la atención de Dean se concentra en la voz al teléfono. —Castiel ¿Qué has hecho? ¿Estás bien?

—No… no estoy bien… —la áspera voz es lenta y arrastra las palabras—. Te lo he dicho, he hecho algo maaaaaalo… a mí… a mí mismo…

—Castiel. Háblame. Necesito saber dónde estás —Dean se da cuenta de que está entrando totalmente en modo sheriff y no le importa. Le da a Sam las pinzas y camina a dentro de la casa.

—Partamento —dice Castiel—. Uno…eh…treees. Oh, Sheriff. Me gustaaaas. Me gustas incluso aunque… —Se ríe, flojo e irregular—. Oh, toooooodo se ha estropeado. Lo he hecho… Essstá hecho…

—Castiel —dice Dean, claro y firme—. ¿Qué has hecho?

—Adiós —dice él—. Adiós Dean. Ha sssssido un placer —y la línea muere.

Dean coge sus llaves de la mesa de la cocina. Marca el número de Castiel de nuevo.

Buzón de voz.

Se mete en el coche y conduce hasta el complejo de apartamentos de Castiel al otro lado de la ciudad, volando por encima del límite de velocidad como si aún tuviera una sirena en el techo. Una línea de sudor baja por su sien y sus manos hormiguean con adrenalina porque él sabe, parte de él sabe…

No, no. No puede ser eso. Castiel estaba tan calmado, hace meses. Tan equilibrado. No habría…

Dean aparca el coche torcido y tira del freno de mano, corriendo por el camino de cemento hasta la puerta azul del edificio. Una pequeña mujer mayor en una bata de estar por casa de color verde hurga con sus llaves en la puerta, y justo cuando consigue abrirla Dean se desliza junto a ella y corre hacia dentro; ignora su chillido indignado. Ignora todo. Está entrando en esa peculiar visión como si estuviera en un túnel que solía usar durante las redadas, cuando el mundo se convertía en específico y enfocado y claro. Corre por el pasillo y encuentra el 103, alcanza en busca de un arma que no tiene, golpea sus puños contra la puerta.

—Cas —anuncia en voz alta—. Castiel, déjame entrar.

No hay respuesta.

Prueba el pomo. Está cerrado.

No estoy bien. He hecho algo malo.

Dean mira arriba y abajo del vacío pasillo.

Entonces retrocede, alza su pie y da una patada abriendo la puerta.

—¡Castiel! —le llama, entrando en el apartamento rápidamente y mirando a su alrededor. Vacío, la sala de estar limpia, básica y blanca. Cocina adyacente, también vacía. Inmaculadamente limpia, higiénicamente saneada—. ¿Cas, tío, dónde estás? —cada instinto de su cuerpo alerta. De la punta de la cabeza a los pies. Algo está mal aquí, tan increíblemente mal que puede sentirlo, como un pequeño y agudo quejido en su oído.

Hay un trozo de libreta doblado tendido sobre la mesa de café.

Dean lo desdobla. Dos palabras garabateadas en lápiz:

Lo siento

¡Castiel! —grita Dean, corriendo hacia la habitación, el latido de su corazón martilleando contra su clavícula—. ¡Castiel!

La habitación está vacía. La puerta del baño está entreabierta, y Dean se acerca y la empuja abriéndola…

Un cuerpo. Cabello oscuro. Boca abajo. Inconsciente. Vómito.

Por todos lados, vómito. Hedor.

—911, ¿Cuál es su emergencia?

—Envía una ambulancia, rápido, este chico tiene una sobredosis, no sé de qué. Por favor, la dirección es 8245 Maple Hill, es el apartamento 103, no puedo… Creo que tiene pulso pero creo que no… creo que no respira, ¡Dios santo necesito un medico, por favor!

Cuando Sam llega al hospital, se queda de piedra debido a lo que encuentra. Dean está caminando de un lado para otro por la sala de espera pareciendo diez años mayor, pálido y demacrado, y con autentica determinación en su rostro. No había lucido así de mal desde… bueno, desde Kenny Whidbey. Sam de repente teme que haya pasado lo peor.

—¿Así que… cómo está? —pregunta cautelosamente.

—Está durmiendo —dice Dean—. Va a estar bien.

Sam suelta el aliento que estaba conteniendo, y un inesperado peso abandona sus hombros.

—Seguramente estará inconsciente durante un rato, dicen —continúa Dean—. Bebió hasta no poder más y luego se tomó un montón de pastillas para dormir lo que al parecer es el mejor escenario en este tipo de situaciones.

Sam levanta las cejas, —¿Te refieres, contra cortarse las venas?

Dean resopla. —Contra meterse una sobredosis de Tylenol. Te sorprenderías, Sam, del daño que puedes causar con un inventario básico de Walgreens —se aprieta los ojos con el pulgar y el índice y deja escapar un quejido—. Pero ya sabes, ahora mismo no diría que no a un ibuprofeno.

—Deberías ir a casa —insta Sam—. Luces como una mierda, Dean.

Dean niega con la cabeza. —Nah, quiero quedarme aquí hasta que aparezca el contacto de emergencia.

—¿Estás bien? —Sam no puede superar cuan preocupado parece Dean, la preocupación tensando sus manos.

Dean suspira. —Estoy bien, Sam, es solo un dolor de cabeza.

Sam intenta escoger el modo más gentil de expresar su preocupación. —Es solo que… parece que te estás tomando esto realmente a pecho —dice tentativamente—. No quiero decir que… sí, es horrible lo que ha pasado, pero… has dicho que va a estar bien, y tú has visto esta clase de cosas antes. Apenas conoces al chico, y has visto cosas peores. Mucho peores.

Dean baja la mirada hacia el suelo, y toma un profundo respiro. Vuelve a encontrar los ojos de Sam. —Esto es diferente —dice firmemente—. ¿No puedes verlo?

Sam resopla. —Sí, puedo verlo, lo que no veo es el por qué.

—¡Porque este recae sobre mí! —Dean aprieta los dientes y sus ojos arden con una ferocidad salvaje. Señala hacia una puerta cercana cerrada—. El hombre en esa habitación intentó suicidarse porque no le queda nada, y yo soy el que se lo quitó. Si él muere, su muerte está en mis manos, ¿Lo entiendes, Sammy?

Todo encaja en la mente de Sam. Se acerca, pone su mano en el hombro de Dean, y baja su voz. —Dean. Tienes que apartarte de esto. Estás demasiado afectado.

—¿Por qué? —espeta Dean, apartándose con brusquedad—. ¿Porque estoy demasiado afectado por un intento de suicidio?

—No, porque te equivocas —replica Sam.

Dean aprieta la boca, y mira hacia la pared.

—Sí, Dean, hace siete años la cagaste. Todos la cagamos. El sistema la cagó, y el sistema falló a Castiel Goodwin —Sam exhala a través de la nariz, frustrado—. No eres responsable por el resto de su vida, Dean, no más de lo que yo lo soy, o los contribuyentes de Washington.

Puede ver que Dean no le cree. El chico solo sacude la cabeza y mira hacia la puerta de Castiel.

—Vale. Me voy a casa. Sigue adelante y hazte sufrir —dice Sam—. Mételo en tu jodido complejo de héroe. Solamente no me vengas llorando cuando te des cuenta de que no hay nada que puedas hacer.

Los ojos de Dean se centran en los de Sam, afilados y desafiantes.

Sam encuentra sus ojos levemente. —No puedes salvar a alguien que no quiere ser salvado.

Con eso, Sam se da la vuelta y se marcha. Y aunque oye un murmurado "perra" seguirle hacia la puerta, no se para a explicarle a su hermano que no estaba hablando sobre Castiel.

Dean ha estado dormitando en la silla en la oscura habitación de Castiel durante un par de horas cuando la puerta se abre silenciosamente. Un hombre bajo, que luce como una ardilla con pelos de recién levantado entra indeciso. Las costuras de sus zapatos rotas y su cárdigan beige está cubierto de pequeñas bolitas; sus pantalones tienen aspecto de ser de alguna clase de pijama de franela, holgados y a cuadros. Dean se encorva en la silla y le mira. Cuando el hombre finalmente divisa la forma durmiente en la cama y se acerca, Dean habla. —¿Estás aquí por Castiel?

El hombre salta sobre un pie, luego mira a Dean. —Yo… sí. Soy su contacto de emergencia. ¿Quién eres tú?

—Dean Winchester —Dean extiende su mano—. Soy el que le encontró. Él, eh, me llamó antes de…

El hombrecillo sacude la mano de Dean. —Chuck Shirley. Siento conocerte bajo estas trágicas circunstancias, De… —de pronto sus verdes ojos se abren de par en par—. ¡Oh, mierda, tú eres el sheriff!

Dean le dedica una apretada y triste sonrisa. —Ex-sheriff. Renuncié.

—¡Cierto! —Chuck pasa una mano por su desordenado cabello—. ¡Lo olvidé! Ya ves, soy el terapeuta de Castiel…

—¿Terapeuta? —pregunta Dean incrédulo.

—… y soy el que le animó a contactar contigo hace unos meses, como una especie de, de ,de, de forma de clausura de un capítulo doloroso en su…

—¿Tú? —exige Dean—. ¿Tú eres su terapeuta?

Chuck para y le frunce el ceño. —Sí. ¿Tienes alguna clase de problema con ello?

—Que si… —Dean ríe afiladamente—. Bueno, para empezar, me cuesta imaginarte dando terapia, bueno, a nadie…

Chuck le mira y se acerca. —Asesorando es la palabra, de hecho.

—… y luego está el pequeño hecho de que tu paciente acaba de tragarse unas cuantas botellas de whiskey y un puñado de Valium —despotrica Dean—. ¿Qué clase de curandero eres? ¡Creía que la terapia se supone que es para prevenir el suicidio! Aquí estoy yo, pensando en que debería conseguirle un loquero …

Chuck abre su boca para intervenir. —Yo…

—… y asumí que para que pase algo así, habría dejado de conseguir ayuda. ¡Y ahora resulta que le estás psicoanalizando directo al cementerio! Y seguramente dejando su cuenta bancaria seca, también, bien…

—Eso no es…

—… le cobras 200 pavos la hora para que pueda acabar tendido en una piscina de su propio vómito, dónde cojones fuiste a la escuela, en el jodido Bangladesh…

—¡CÁLLATE! —grita Chuck.

Dean cierra la boca, sorprendido.

Chuck parpadea varias veces, como si no se pudiera creer que haya hecho eso. Se endereza su andrajoso cárdigan y toma un profundo y tembloroso aliento. —Ahora. Antes de que empieces a echar espuma por la boca, déjame señalarte los hechos.

Dean pone los ojos en blanco.

—Has investigado a Castiel, así que sabes tan bien como yo que su única familia es Daphne y Lucas —Chuck se muerde la mejilla—. Ahora Daphne se ha ido, y Lucas está… ido. He intentado conseguir que reconecte con sus antiguos amigos, pero ahora es una persona diferente y todos esperan que el sea el mismo —se rasca el cuello—. Le cuesta conocer a gente nueva, así que no se quiere mudar, pero casi todo el mundo en el condado sabe quién es él, de que fue acusado. Con el dinero del estado no necesita un trabajo, así que no tiene uno. Mayoritariamente se mantiene a sí mismo en su apartamento, solo.

Dean cruza los brazos y se apoya contra la pared. —¿A dónde quieres llegar?

Chuck suspira. —Mi punto es: soy el terapeuta de Castiel —mira al hombre inconsciente en la cama—. Y también soy su contacto de emergencia.

Las implicaciones de sus palabras le calan, y Dean se pasa una mano sobre la boca.

—Puedo asesorarle hasta la saciedad —dice Chuck—, y siempre estaré ahí para escucharle, pero lo que Cas necesita es un amigo. Y no hay nada más que pueda hacer por él ahí. No es mi papel —los ojos de Chuck están entornados y resignados—. No puedo curar la pura soledad.

Dean suspira por la nariz, apartando la vista y negándose a encontrar la mirada de Chuck.

—¿Cuánto rato estará inconsciente? —pregunta Chuck.

—Un rato —responde Dean, aclarándose la garganta—. Dijeron que probablemente estaría inconsciente durante un buen rato.

—Entonces, mientras estoy aquí… —Chuck avanza y se sienta en la silla junto a Dean—. ¿Por qué no me explicas por qué estás tú aquí?

Dean cruza los brazos y empieza a explicarle.

Tres horas más tarde

—Entonces estás diciendo que… —Dean entrecierra los ojos—. Si hago las paces con papá, seré capaz de llevarme bien con Sam.

—Bueno, eso es simplificar el asunto considerablemente —Chuck elude la respuesta—. Pero esencialmente, sí. No serás capaz de romper tu dependencia paterna con Sam hasta que enfrentes la carga que te has impuesto hacia la memoria de tu padre.

Dean frunce los labios. —Bueno, supongo que…

Castiel gime.

Dean y Chuck instantáneamente se quedan en silencio, reenfocándose en la cama junto a ellos. Castiel se mueve bajo las sábanas, sus ojos siguen cerrados pero su brazo derecho lentamente se mueve hacia su cuello. El azul claro de la bata de hospital acentúa la palidez de su piel y los huecos de sus ojos. De repente parpadea, entrecerrando los ojos ante la lámpara sobre él.

—Castiel —dice Dean—. ¿Estás con nosotros?

Castiel parpadea de nuevo, estira un poco su cabeza.

—Hey Cas —le saluda Chuck, con una leve ondulación—. Aquí Chuck. ¿Cómo te encuentras?

Castiel parpadea hacia él, y entonces deja caer su cabeza pesadamente de nuevo en la almohada.

Dean se vuelve hacia Chuck. —Hey, estoy seguro de que vas a querer… hablar las cosas con él. ¿Pero podrías darme un minuto para hablar con él? ¿A solas?

—Claro —Chuck se levanta y se estira—. Estaré fuera donde las máquinas expendedoras. Le diré a la enfermera que está despierto —Sale de la habitación con una última mirada de Castiel a Dean, y cierra la puerta tras él.

Dean se levanta y acerca su silla a la cabeza de la cama, y coge el vaso de agua de la mesilla de noche. —¿Tienes sed? El doctor dijo que seguramente tendrías sed.

Castiel asiente y toma el vaso débilmente, inclinándolo inseguro y sorbiendo algo de agua. Lo tiende de nuevo hacia Dean.

—Así que… —Dean se sienta y pone sus manos sobre sus rodillas—. Estás vivo. Te encontré después de que te desmayaras.

Castiel cierra los ojos.

—¿Por qué… —Dean se aclara la garganta—. ¿Por qué has hecho eso, Castiel?

Cas aprieta sus ojos cerrados con más fuerza, y su nuez de adam sube y baja. Finalmente habla, su voz baja y rasposa. —Dean, yo… no tengo ninguna respuesta.

Dean solo espera.

Cas suspira. —Fui débil. Sabía que todo el mundo estaría enfadado y decepcionado pero pensé… pensé que sería más fácil —gesticula vacíamente con sus manos—. He hecho todo lo que quería hacer, Dean. No tengo asuntos inacabados. Tengo todo lo que quería tan desesperadamente en prisión y eso significa… nada —Castiel mira hacia la ventana y observa la silueta nocturna de la ciudad con una mirada oscura y vacía—. Estoy listo para morir —susurra.

—No me lo creo ni por un segundo.

Los ojos de Castiel se fijan en los de Dean.

—Me llamaste, Cas —Dean tensa su mandíbula firmemente—. No habíamos hablado en tres meses, y me llamaste para decirme lo que habías hecho porque querías que alguien te parara.

—Me intoxiqué —señala Cas.

—Estabas asustado —argumenta Dean—. Querías que a alguien le importara que estuvieras muriendo.

Cas no lo niega.

—Bueno, aquí tienes tu deseo, Cas, porque a mí me importa —dice Dean—. Pero desafortunadamente para ti, eso significa que no voy a simplemente alejarme de esto.

Las cejas de Castiel se fruncen hacia arriba.

—Mira —Dean descansa su codo en el brazo de la silla—. Mi hermano Sam se acaba de mudar de mi casa hace un mes para irse a vivir con su novia. Aún no he encontrado a nadie a quien alquilarle la habitación —sacude la cabeza—. Y esta es probablemente la peor idea del planeta, pero… creo que deberías venirte a vivir conmigo.

Castiel le mira como si le hubiera crecido otra cabeza.

—No te estoy pidiendo que seamos mejores amigos ni que llevemos anillos de la amistad —añade Dean rápidamente—. Sé que no estamos en… esa clase de términos. Y sinceramente, no tengo derecho a pedirte que seas mi amigo. Pero no creo que debas vivir solo, e incluso aunque no me conozcas de nada, por lo menos soy otro ser humano.

—No tienes que hacer esto, Dean —dice Cas—. No soy tu responsabilidad. Te perdoné.

Dean cuenta con sus dedos. —Número uno: no tengo que hacerlo, quiero hacerlo. Número dos: por supuesto que lo eres, y número tres… bueno —deja emerger una sonrisa irónica—. No es tan fácil deshacerse de mí.

Castiel lo considera por un momento.

—Si vivo en tu casa —pregunta—. ¿Puede venir Shakira?

—No —declara Dean—. Probablemente tenga ladillas.