Los personajes de OUAT no me pertenecen, esta historia fue creada solo con fines de entretenimiento.
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Regina no podía moverse. En su mente las sombras se movían riéndose de ella. Mientras, su cuerpo, sentado en un rincón, lloraba. Un hombre sin rostro se acercaba a ella, la levantó y la arrojó contra la pared. En su sueño también iban a abusar de ella. Antes de que el hombre la forzase, consiguió abrir los ojos. Vio a Emma sentada, medio dormida, en el sillón que había en la habitación.
-Emma…
Esta se levantó de un salto y se acercó a ella.
-¿Qué pasa? ¿Estás bien?-Regina la abrazó y comenzó a llorar.-Solo ha sido una pesadilla. Tranquila.
La salvadora se sentía muy bien con la reina bajo sus brazos, se sentía de nuevo como la mujer que Henry pensaba que era, se sentía como una auténtica salvadora.
El sol entraba tímidamente por las rendijas de la persiana. El doctor Whale volvió a examinar a la alcaldesa y confirmó que ya podrían marcharse a casa. Henry, Emma y Regina montaron en el escarabajo amarillo y llegaron hasta el 108 de la calle Mifflin.
-Emma no es necesario que me acompañes, estoy bien.-dijo, aparentando una normalidad que ya no existía.
-No, me quedaré aquí, aunque sea esta noche.
-Mi magia me protegerá.
-Ese hombre sabe cómo bloquearla…
Lejos de querer discutir, agarró el brazo de Regina y la llevó hasta la puerta.
-Al menos deja que me quede a almorzar.-cedió Emma.
Regina volvió al epicentro de su soledad: su enorme y fría mansión. Por unos días fue el ojo de un huracán de amor que pasó y lo destruyó todo a su paso.
-Será mejor que te pongas cómoda. No vas a salir en todo el día. ¿Qué tal un pijama calentito?-preguntó la rubia, intentado eliminar la tensión de la escena.
Regina la miró con cara de resignación y subió a cambiarse. Ella no tenía ningún "pijama calentito", todo en su armario eran sugerentes camisones de seda o satén. Escogió sin pensar uno gris con encajes negros que caía sobre sus muslos y unos cómodos (a su parecer) tacones negros. Junto con el camisón, cogió una bata del mismo color y textura en la que se distinguían una R y una M bordadas en plata. Bajó las escaleras y Emma, al oír los tacones, se asomó expectante.
-La frase "ponte algo cómodo", ¿la entendiste entera? ¿O confundiste la palabra cómodo con vamos a tener una cita romántica y sensual pero yo no estoy segura y tienes que convencerme?
Regina sonrió. Por primera vez en aquellos días, consiguió verla sonrió.
-Esta es mi definición de comodidad. Elegancia y comodidad. Soy una reina. Soy tu reina.
Henry miró sin sorprenderse a su madre.
-Niño, ¿no crees que Regina se ha arreglado mucho para comer con nosotros?
-No. Mamá siempre está así en casa.
Emma se quedó con la boca abierta mientras Regina seguía contoneándose por toda la casa, "¿Qué más secretos esconde esta mujer? No tengo que preguntarme más que vio el rey en ella, con esa piernas, con esas caderas, con esas…"
-¿Puedes dejar de mirarme así?-preguntó Regina, que se había dado cuenta de la "¿lasciva?" , pensó ella, mirada de Emma.-No quiero saber qué estás pensando, solo no me mires.- Regina comenzaba a sentirse intimidada. Conocía su gran potencial, pero, ¿Emma? Tendría que cambiar su fondo de armario. Ya tenía bastante con que un loco la había forzado, no quería que la madre de su hijo soñase con ella.
Los tres comieron en silencio. La reina sufría en su interior, pero intentaba acallar sus sentimientos, solo necesitaba estar sola para sacarlo todo y quedarse tranquila. Pero no podía derrumbarse de nuevo delante de nadie. Ni delante de Emma ni delante de Henry.
-Si pasa algo, cualquier cosa, llámame.-exigió la Sheriff antes de irse.- Y no salgas así al porche, si ese hombre te ve así podría pasarte de nuevo.
-Ahora estoy prevenida. Usaré mi magia.
Por fin se quedó sola. Encendió el fuego y abrió su congelador en busca de un buen tarro de helado. Lloró.
"Tengo que ser fuerte", pensó, "no puedo dejar que esto acabe conmigo, no puedo estar fingiendo que lo he superado toda mi vida, tengo que superarlo de verdad. Sentí el dolor más grande que se puede sentir en la vida, sentí como alguien me forzaba para llegar a mi interior. ¿Es lo más duro que me ha ocurrido? Ni siquiera es lo más duro que me ha pasado en la última semana. Es solo físico, solo un imborrable daño físico del que me recuperaré. La reina malvada no puede permitirse que esta tontería acabe con ella. Prometí que nunca más sería esa mujer, pero admiro la fuerza que tenía. La sonrisa burlona que lucía a todas horas, la ironía con la que hablaba, la determinación, cómo su pulso era siempre firme. No se arrepentía de nada de lo que hacía, no pensaba en las verdaderas consecuencias de lo que hacía. Se sentía superior a todos y a todo, y lo era. Le faltaban sentimientos, solo eso. No quiero volver a ser esa mujer, solo quiero volver a tener las cualidades de esa mujer. La reina malvada estaría en casa de Robin, hubiera agarrado su cabeza y le hubiera besado como nunca, después se hubiera acercado a Marian y le hubiera gritado "mala suerte" y se hubiera ido riendo. Y hubiera corrido lanzándole bolas de fuego al desgraciado que la forzó. Tengo que centrarme en descubrir quién ha sido ese malnacido. Exacto, eso es.", concluyó secándose las lágrimas, "Tengo que matarlo con mis propias manos".
Tras reflexionar, decidió que no quería llorar más esa tarde, por lo que se dispuso a ver su película favorita: Desayuno con diamantes, la elegancia de Hepburn con un buen helado era el mejor plan para su solitaria tarde. Apenas habían sonado los primeros acordes de Moon River cuando alguien llamó a la puerta.
-¿Robin?-preguntó al verlo.
Él se quedó embobado al verla con ese atuendo. La fina bata gris, que caía sobre sus esbeltas piernas, los tacones, embellecían aún más sus interminables muslos y su rostro, siempre perfecto. Sacudió su mente e intentó verla como una amiga. Solo una amiga que necesitaba su ayuda.
-¿Qué estás haciendo?-preguntó él.
-I… Iba a ver una película.
-¡Genial! La veremos juntos.
El ladrón se autoinvitó a entrar y se sentó en el sofá. Regina miró la escena, confundida y alegre a la vez.
-¡Vamos! Se te derrite el helado.
Parecían dos enamorados en su primera cita. En cada movimiento que hacían cuidaban que ni tan siquiera se rozasen. En uno de ellos, Robin acabó con la mano en la pierna de la alcaldesa. Al tocarlas se dio cuenta que la tenía helada.
-Estás helada…
-Como si eso fuera una novedad.-contestó, sarcástica. Él rio y se levantó a coger una manta.
Se inclinó para arropar a la reina y al hacerlo ella rozó sus manos.
-Tú también tienes frío. Toma,-dijo ofreciéndole la mitad.- cabemos los dos.
Robin pasó el brazo por la nuca de Regina y ella se apoyó en su hombro. "Es solo porque hace frío", pensaron los dos.
-¿Estás bien?-preguntó él.
-Sí.
-No me refiero a la manta, me refiero… En general.
Regina se encogió de hombros.
-Sabes que me tienes para lo que necesites, no vas a estar sola nunca más…
-Basta. No puedes hacer esto. No puedes decirme que te dé espacio y que tú vas a darle una oportunidad a Marian y ahora esto. Es difícil, ¿sabes? Yo te quie…
-No lo digas.-interrumpió.-Es más fácil si no lo dices. Pero no puedo evitar estar aquí. Lo que te ha pasado es tan…-Robin no sabía que decir.-Yo me siento tan…-Enmudeció por segunda vez. No era capaz de explicar lo que sentía.
-Deja de pensar. Dejémonos llevar. Que pase lo que tenga que pasar.-Ella volvió a apoyarse en Robin y él le dio un beso en la frente.
-Pero jamás me pidas que no te proteja, eres mi reina y siempre lo serás.
Pasada media hora Regina se durmió profundamente en los brazos del ladrón. No había descansado bien y en sus brazos se sentía segura. Él se dio cuenta y la miró con ternura. Realmente le gustaría quedarse allí con ella para siempre, pero no podía, no debía. Se acurrucó junto a ella y se quedó dormido.
El timbre le despertó. Medio dormido y con cuidado de no despertarla, se levantó y fue a abrir. Se sorprendió tanto que le faltó dar un brinco.
-¡Hola!-exclamó Roland.-Traemos la cena.
-¿Roland? ¿Marian? ¿Qué hacéis aquí?
-Roland quería cenar contigo y para no dejar sola a tu amiga pensé que podíamos venir los tres.
Robin enmudeció. Por cosas como esa quería a Marian. Los celos no parecían haberla cegado y estaba dispuesta a compartir mesa con la reina malvada.
-¿Qué dices? ¿Podemos pasar?
Regina se despertó con las voces. No vio a Robin y en un primer momento pensó que sería Emma que traía noticias. La impaciencia hizo que ni siquiera se pusiera los zapatos, pero desde el hall escuchó la conversación de Marian y su marido. "Lo haremos", pensó. Regina abrió la puerta y una ráfaga de aire frío erizo su piel.
-Roland, Marian, pasad, me parece una idea estupenda.-interrumpió con una sonrisa.
La mujer puso una cara de odio inmenso al ver la ropa que llevaba. "La han violado y sigue sin ni siquiera vestirse, ¿es que no tiene decencia? ¡Y teniendo visita! Espero que se cambie al menos, no me gustaría cenar con alguien medio desnudo en la mesa".
-Subiré a cambiarme.
-¡Recuerda, ponte algo normal, solo es una cena en tu casa!
-Ve a apagar el televisor, anda.-respondió risueña Regina.
-¿El tele qué?-preguntó Marian.
La familia entró en la mansión Mills y se quedó estupefacta. Roland corrió al sofá y se tumbó.
-¡Mira mamá, es más grande que yo!
-¡Bájate de ahí, podrías estropearlo!-Marian vio la manta y la cuchara de helado, así como los zapatos de Regina en el suelo.-¿Qué hacíais, cariño?
-Cuando llegué ella estaba viendo una película, me senté a verla con ella.
-¿Compartiendo una manta?
-No te pongas paranoica, la manta era solo para ella. Me sorprende que no me preguntes lo que es una película.
-Me importa más que mi marido y su ex-amante semidesnuda compartan una manta.
-¡Tan solo es su pijama! Ya vale, Marian, pensé que venías en son de paz.
-¡Y lo he hecho! De verdad, lo siento, es solo que ella es tan… y yo tan…
Robin negó con la cabeza y se acercó para darle un abrazo.
-Tú eres preciosa.
Marian se sintió feliz. Estaban en territorio enemigo y él estaba de su parte.
Regina escuchó la conversación desde las escaleras. Al menos la idiota esa se sentía insegura.
-Bueno, ¿vais a contarme que es una película?-preguntó la mujer de Robin en la cena.
-Es… Es como si te cogiera a ti y dijeras lo mismo una y otra vez dentro de ese cacharro.-dijo señalando a la tele. Regina sonrió al oírlo.
-No, eso no es. No se coge a nadie y nadie está encerrado ahí dentro.-la cara de incredulidad de ambos fue de lo más graciosa.-¡Oh venga Robin no me mires así! ¡Hem…-sugerir un "nosotros" durante la cena era algo inconveniente. Pero quizá no tanto.-¡Hemos visto miles de películas! ¿De verdad pensabas que tenía a toda esa gente encerrada en mi televisor?
-¿Son marionetas?
-¡No!-exclamó riéndose.- Es una grabación. Alguien captura el momento en el que está sucediendo y después ese vídeo se reproduce en mi televisión. En la mía o en cualquiera.
Los recién llegados se miraron incrédulos. La cena transcurría sin problemas. Regina era una anfitriona perfecta, no era elegante el no serlo.
Ya en el postre una piedra rompió un cristal y llegó a la mesa. Regina sobre saltada, se apresuró a cogerla. Un papel envolvía el objeto, y el papel llevaba un mensaje claro:
"Eres mía. Mía y solo mía. Lo serás siempre, quieras o no."
Se llevó las manos a la boca. Sintió que le faltaba el aire. Soltó el papel y abrió las ventanas.
-¡Muéstrate imbécil! ¡Dímelo a la cara si crees que te mereces a una mujer como yo!-comenzó a lanzar bolas de fuego y mil hechizos más.-¡Dimel…-rompió a llorar y se derrumbó. Nunca más se sentiría segura.
Robin leyó la nota y se abalanzó sobre ella.
-No te va a pasar nada… sh… yo estoy aquí, ¿recuerdas? Yo estaré siempre aquí contigo.
Sintió que Robin calentaba su corazón como nadie lo había hecho en siglos. Buscaba esperanza, pero que un monstruo la haya amenazado de esa forma la había dejado completamente k.o.
Marian miró la escena desde su silla. Roland también se acercó. Él no sabía leer, pero no le gustaba ver a Regina llorar, Regina le había cuidado mucho, le llevaba a comer helados. Se abrazó a su padre y a la reina mientras ella lloraba. Marian se moría de los celos. Pese a que entendía la situación no podía soportarlo, sentía que le estaba robando su familia.
