Una semana después de que Castiel sea dado de alta del hospital, se muda a la casa de Dean. No tiene muchas cosas, solo unas cuantas cajas, una bolsa de tela y unas cuantas pinturas que compró. Cuadros de brillantes flores amarillas impresionistas, pesadas pinceladas y abundantes manchas de pintura.

—Probablemente te guste Van Gogh, eh —comenta Dean mientras sostiene una de las pinturas.

—A todo el mundo le gusta Van Gogh —dice Castiel, posicionando el clavo en la pared.

Dean se encoge de hombros. —Eh. Yo creo que está sobrevalorado.

Castiel lentamente baja el clavo y le mira fijamente. Luego toma el cuadro de las manos de Dean. —No tienes permitido tocar mi arte.

Dean se ríe.

Esa tarde, Dean da una pequeña cena informal de bienvenida porque asume que es lo que se hace cuando invitas a un hombre suicida al que enviaste a la cárcel por error a vivir contigo. No tiene ni idea de qué demonios está siquiera haciendo. Pero entonces, eso prácticamente resume la caída en picado en la que ha estado durante los últimos meses, así que como dicen en el ejército, SNAFU* – Situación Normal: Todo Jodido.

En la cena, Sam tiene este tipo de cabreo especial.

Oh, ya sabes, el cabreo especial concentrado que Sam ha perfeccionado a lo largo de los años para usar en educada compañía. Está reservado únicamente para Dean y su puntería es extremadamente precisa. Para Amelia y Cas y Bobby, es todo sonrisas y encanto y risas, y luego Dean mira por un extraño momento y es golpeado por siete toneladas de injustificablemente salvaje mirada asesina.

¿Sabes qué? Que le den a Sam y a su estúpida actitud.

—¿Entonces, cómo conociste a Dean? —pregunta Castiel a Bobby.

—Su padre trabajó en mi chatarrería antes de unirse al ejército —dice Bobby—. De hecho John me presentó a mi mujer, Jody. Ella es lugarteniente.

—¿Dónde está Jody? —pregunta Amelia.

—Trabajando —responde Bobby—. Le llamaron, tenía que comprobarlo —mira hacia Dean—. Ha estado muy ocupada desde que algún sheriff idiota renunció y tuvo que meterse ella.

Dean pone los ojos en blanco.

—Hablas de Dean —observa Cas serio.

Sam oculta su sonrisa mordiendo un panecillo.

—Ya que estamos hablando de Dean, ¿hay algo sobre él que deba saber ahora que voy a vivir en su casa? —pregunta Castiel.

Dean se atraganta con la cerveza.

—Ya sabes, Castiel, me alegro tanto de que preguntes —responde Sam complacido, frotándose las mano.

—Tranquilo, Sam —dice Amelia bajo su aliento en un tono de advertencia.

—Veamos: bebe demasiado, nunca pasa la aspiradora, y no contestará nunca al teléfono fijo porque —Sam hace unas comillas en el aire con sus dedos— nunca es para él.

—Duerme con muchas mujeres, así que no te sorprendas si desaparece los fines de semana —se mete Bobby en la conversación—. Y come extremadamente anormales montones de pizza a domicilio.

—¡Hey! —interrumpe Dean—. ¡Tú no vives conmigo!

—Viví contigo durante tres meses en 2009 cuando me rompí la pierna —replica Bobby—. Fue suficiente tiempo.

—Se bebe toda la leche pero nunca comprará una botella nueva —continúa Sam—. Deja los platos en el fregadero incluso cuando el lavaplatos está vacío…

—¡Por lo menos no como toneladas de olivas! —ladra Dean—. ¡Latas de olivas por todos lados! ¿Cómo demonios comes tantas olivas, Sam? ¿Las usas para hacer proyectos artísticos?

—OH, lo siento por mis latas de olivas, —lanza de vuelta—. Probablemente las encontrabas en la encimera por que la papelera de reciclaje estaba llena de tus botellas de cerveza

—¡Cómo si tu no bebieras! ¿Y por qué no simplemente las tiras? ¿Por qué tienes que reciclar CADA jodida COSA en la casa…

—Lo siento por preocuparme por el planeta

—De lo único que te preocupas es de tu jodido OCD…

—Por lo menos no hago sonidos sexuales cuando como…

—Por lo menos yo compro JODIDA COMIDA REAL TÚ MALDITO…

—¡VALE! —Sam se levanta y contrae su mandíbula—¿Dean, puedo hablar un momento contigo en la cocina?

Dean se levanta y señala con una mano hacia la puerta de la cocina. —¡Detrás de ti, princesa!

Salen con los hombros rígidos y miradas tensas, dejando a Bobby, Amelia y Cas sentados silenciosamente en la mesa.

—¿Esto pasa a menudo? —pregunta Cas.

Bobby se frota la sien. —Tristemente sí.

—Tú y yo ni siquiera podemos mantener una conversación civilizada mientras cenamos después de haber vivido juntos, y somos hermanos —sisea Sam—. ¿Cómo crees que va a funcionar con un completo extraño?

—No podemos mantener una conversación civilizada porque somos hermanos —argumenta Dean—. ¡Y por una vez, Sammy, me gustaría que tuvieras un poco de fe en mí!

—¿Por una vez? —pregunta Sam incrédulamente—. Dean, yo siempre "he tenido fe". Te he cubierto la espalda cuando nadie, nadie en todo el condado pensó que pudieras sacarlo adelante. Te he apoyado desde el día uno.

Dean sacude la cabeza. —Sí, crees que puedo coger al tipo malo —dice Dean—. Confías en mí para patear el trasero de algunos criminales. No confías en mí en la vida personal, Sam. No confías en mí para tomar las decisiones correctas, para tomar decisiones juiciosas… no confías en mí en que se lo que estoy haciendo aquí.

Sam eleva las cejas escépticamente. —¿Lo haces, Dean?

Dean para y se lame el labio, y considera brevemente mentir. Inclina la cabeza hacia los lados y admite. —Bueno, vale, no exactamente.

Sam resopla y alza su mano en el aire.

Pero —añade Dean—, lo que sí sé es que esto se siente como lo correcto a hacer. En mi interior, Sam, esto se siente como lo correcto. Sé que tú también puedes sentirlo.

Sam mira al fregadero en vez de a Dean y cruza los brazos, pone una mano en su barbilla, y frota el pulgar a lo largo de su labio inferior.

—Lo único que pido es que estés conmigo en esto —Dean reclina su cadera contra la encimera—. Sé que he… que te he pedido mucho este último año, pero solo… te necesito de mi parte, Sam.

Sam suspira. —Dean, siempre estoy de tu lado. Ya lo sabes. Solo estoy preocupado por las consecuencias si esto sale mal.

—No pasará —Dean se muerde el interior de su mejilla y entorna los ojos—. Estoy como un 58% seguro.

Sam le da un empujón en el hombro y camina pasándolo, de vuelta al comedor. —Imbécil.

—Bueno, tú eres un idiota —contraataca Dean, antes de seguirle de vuelta al comedor.

Cuando los platos están limpios y las cervezas acabadas y los otros finalmente se han ido a casa, Dean y Cas se quedan en la tranquila y vacía casa.

Es una noche cálida, una sofocante noche de verano con el cielo negro y grillos en el césped. La casa es vieja y bien edificada, con un gran y extenso jardín que luce plateado en la oscuridad, y se siente natural el llevar sillas al porche y sentarse fuera en el calor que lentamente se va desvaneciendo y escuchar el verano. Dean no está seguro de si abrir otra cerveza, así que opta por olvidarlo. Los dos simplemente sentados y mirando hacia arriba a la diáfana y nublada luna.

—Está es la casa en la que crecí —Dice Dean—. La casa de mi padre.

—Es bonita —dice Cas.

—Gracias. Es bonito que esté pagada.

Cas ladea la cabeza levemente. —¿Cuánto hace que falleció tu padre?

Dean traga y se encoge de hombros. —Han pasado unos… wow, ¿Unos ocho años ya?

—Mis condolencias.

—Gracias —dice Dean—. Fue asesinado cumpliendo con su deber. Era policía.

—¿Así que te convertiste en policía por él? —pregunta Cas.

Dean asiente. —Era más o menos todo lo que siempre había querido ser. Quería crecer como él… Convertirme en sheriff fue una especie de guinda del pastel.

Cas asiente lentamente y vuelve a mirar a la luna.

Dean se aclara la garganta. —Por cierto, ahora mismo estoy desempleado. Así que mañana estaré por casa.

Cas le mira. —¿No has encontrado un trabajo?

Dean suspira. —Resulta que tengo unas habilidades muy específicas.

—Yo no trabajo tampoco —remarca Cas.

Antes de la prisión, él era profesor de música, Dean lo recuerda. Enseñaba piano a niños. Tocaba el piano para su iglesia.

Dean asiente. —¿El mercado está mal, eh?

Castiel baja la mirada a sus manos, vagamente entrelazadas en su regazo. —Eso es parte de ello.

Los grillos cantan en la hierba, y una sombra gris deambula frente a la luna.

—La otra parte es… la música —admite Castiel en voz baja—. Solía creer… Solía sentir profundamente, en mi alma, que la música era un regalo de Dios. Cuando escucho música, cuando toco, cuando soy parte de una sinfonía mayor, creando algo bonito… es cuando siento todo el conjunto espiritual.

Dean escucha atentamente, mirando a la pálida hierba plateada, temiendo lo que puede sentir que Cas dirá.

—Después de mi condena… perdí la fe —Castiel exhala pesadamente—. Y desde entonces… la música no ha sido lo mismo.

Dean cierra los ojos.

Toma un profundo aliento. —Cas, yo…

—No te disculpes —le interrumpe Cas—. Por favor.

Dean aprieta sus manos con fuerza. —¿Cómo puedo no hacerlo?

—Porque no te considero responsable —la voz de Cas es firme—. No quiero que sientas remordimientos cada vez que hable de mis experiencias. Yo las he aceptado. Necesito que tú las aceptes.

—¿Pero no quieres que sufra un poco? —pregunta Dean.

—No —responde Cas—. Quiero que seamos amigos.

Algo dentro de los pulmones de Dean se contrae, apretando su esternón. Mira a Cas, y a la luz del porche puede ver la postura relajada del otro hombre, la lánguida pendiente de sus brazos, la señal de sinceridad en su lenguaje corporal.

Lo dice en serio.

—Me gustaría ser tu amigo —los ojos de Cas titilan hacia los de Dean—. Tengo demasiado pocos.

El nudo en el pecho de Dean se retuerce.

—Sí —toma aliento—. Yo también.

Se sientan ahí mirándose el uno al otro, atrapados en el momento como el ámbar.

Más tarde, volviendo la vista atrás, Dean será capaz de señalar ese momento como el momento en que su futuro quedó irremediablemente entrelazado con el de Castiel, el momento que por primera vez miro a los ojos de Castiel y vio que ese hombre era alguien que no puedes encontrar en ningún otro sitio del mundo y alguien que nunca podría reemplazar y alguien a quien quería pasarse el resto de su vida aprendiendo a entender. Dean supo desde ese momento que en el segundo en que Cas dejara su vida, estaría solo, vacío y frío; y cuando Cas lo hizo, lo estuvo.

Pero eso queda lejos de nosotros. Esta noche, la luna es ligera y brillante, y los grillos cantan.