Disclaimer: los personajes que aquí aparecen no me pertenecen y la historia fue creada solo con fines de entretenimiento y nunca lucrativos.


Amanecer

-Tengo que quedarme esta noche aquí.-le comentó Robin a Marian, tras acompañar a Regina a su alcoba.

-Entonces me quedo contigo.

-No, debes marcharte, no tienes por qué correr peligro. Además, Roland tiene que irse.

-Estaré siempre contigo, lo prometí. Ya fallé una vez y no pienso volver a hacerlo. Avisaré a John para que se lo lleve.-Marian sonrió y abrazó a su esposo.

Robin acomodó la habitación de invitados para su esposa y el permaneció en uno de los sillones del despacho. Como estaba al lado de la habitación principal podría protegerla mejor.

En mitad de la noche escuchó ruidos en el cuarto de al lado y se apresuró a abrir la puerta. Regina sollozaba en sueños, Regina sufría en sueños, sufría hasta en sueños. Se apresuró a despertarla y la agarró con cuidado.

-Shh, solo era un sueño, Regina… Regina, princesa…

Ella abrió los ojos, confusa. Respiró aliviada. Cada vez que Robin la llamaba princesa nada importaba en el mundo. Ni siquiera que un loco estuviera obsesionado con ella.

-Qué… ¿Qué haces aquí?

-No podía dejarte sola, tengo que proteger a la reina.

Ella sonrió.

-Vamos, tienes que dormir, mañana lo veremos todo de otra manera.-el ladrón intentó incorporarse pero ella apretó su mano.

-Quédate aquí… por favor.-suplicó.

Él no podía negarse. Sus ojos retenían las lágrimas de miedo y desesperación, y él no podía permitir que esas lágrimas cayesen, tenía que hacerlas desaparecer. Robin se sentó en la cama de Regina y dejó que ella se recostase sobre sus piernas. Acarició su fino rostro, jugando con el pelo. Ella cerró los ojos.

Al cabo de un rato, él no podía dejar de mirarla.

-Tú no puedes ser la reina malvada, no. Eres demasiado… Inocente, frágil, inofensiva… Indefensa.

Marian se había despertado y había ido a buscar a su marido al despacho. Al no encontrarlo allí enfureció y entre abrió la puerta de la habitación principal. Le vio allí sentado, con la reina en su regazo, mirándola con una ternura infinita. E intentó escuchar lo que le decía.

-Eres la luz de la luna, perteneces a la oscuridad pero brillas con fuerza.-se agachó para besar su frente.-Y por eso te quiero y te protegeré siempre.

Marian escuchó cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Por su culpa la persona que más quería estaba sufriendo. Todo por su culpa. Ella pensaba que era un calentón, un noviazgo por aburrimiento y sin futuro, pero ya sabía que no era nada de eso. Era amor. Amor verdadero.

Se retiró a la habitación de invitados y se miró en el espejo del tocador. "¿En qué me he convertido? ¿quién soy yo para privar a Robin de la felicidad? No… Yo jamás haría eso. Pero, ¿tengo que renunciar yo a mi familia por la Reina Malvada? ¿Tengo que renunciar a mi familia porque una loca me condenó a muerte sin motivo? ¿Y tengo que renunciar cuando es esa loca la que se adueñará de mi familia? Pero Robin… Él la quiere. A ella. No a mí. Entonces, ¿por qué está conmigo? ¿Por qué no me lo ha explicado y se ha ido de mi lado?" La confusión se adueñaba de su mente y se tumbó en la inmensa cama, acurrucándose. "Tiene derecho a ser feliz, a serlo sin mí. Y yo tengo que encontrar mi felicidad, que no está a su lado."

Robin dejó a Regina durmiendo cuando las primeras luces del alba aparecieron por el horizonte. Bajó a la cocina y se encontró a su esposa.

-Robin, tenemos que hablar.-le dijo, seria, disgustada, cabizbaja. Él asinitió.-No podemos seguir así.

-¿Así cómo?-preguntó él preocupado.

-Yo te quiero a ti. Y tú…-suspiró y tragó saliva. Necesitaba mucho valor para decirlo.-Y tú la quieres a ella.

Robin se mantuvo en silencio un tiempo. No pensó sus sentimientos podían darle semejante latigazo. Él intentaba callar que la quería, lo intentaba a diario. Tenía sus momentos de debilidad, era demasiado complicado. Cada vez que la miraba sentía que morir dolía menos que obligarse a mentir. Y ahora no era él quién había dicho la verdad, había sido su esposa.

-No quiero que digas nada. Tan solo quiero que sepas que siempre te querré. Y que eres la persona más maravillosa que he conocido. Solo quiero que seas feliz, y si no eres feliz conmigo entonces no quiero que estés conmigo.

-¡Pero podemos volver a serlo!-interrumpió Robin.

-No…-dijo, sonriendo, mientras las lágrimas de dolor caían por su rostro.-Tu corazón no me pertenece, no aunque te lo arrancase y lo colocase en mi pecho.-se acercó y le dio un beso en los labios.-Cuídate y deja que Roland venga a verme.

Marian abandonó la mansión y Robin se quedó triste en la cocina. Él quería a Regina, y ahora podrían estar juntos, pero… ¿era el sufrimiento de Marian un precio a pagar?

-No es culpa tuya…-Regina entró en la cocina.

-¿Lo has escuchado?-ella asintió.-No quería que te enterases así…

-Ahora no importa.

Los dos desayunaban en silencio, mirándose, pensando en cómo su vida sería a partir de ese día. De repente sonó el timbre.

-¿Hola?-preguntó Robin, viendo a un hombre muy agitado en la puerta de la casa.

-¿Puedo ver a mi reina? ¿Cómo está mi reina? ¿Por qué nadie me ha dicho lo que le ha ocurrido a mi reina?

Regina escuchó la voz de Sidney y se acercó a la puerta.

-¿Sidney?-él entró, empujando a Robin.-¿Qué haces aquí a estas horas?

-¡Oh Su majestad! ¡Gracias al cielo que está bien! ¡Me tenía muy preocupado! He escuchado… cosas.

Robin carraspeó y Regina se dio cuenta de que no se conocían.

-Sidney, se me olvidaba, este es Robin mi…-pensó en decirle que era su pareja, su novio, pero ni siquiera ellos sabían qué eran, dadas las nuevas circunstancias.-un amigo.

-Su novio.-corrigió él. Regina sonrió.

-Y Robin, este es Sidney, mi espejo.

-¿Tú espejo?-preguntó el ladrón extrañado.

-Era un genio, que pidió pasar la eternidad junto a Su Majestad.-respondió Sidney.

Robin se extrañó aún más. ¿Por qué no la pasaba junto a ella como su criado o su ayuda de cámara o el cuidador de sus caballos? Aquel hombre le parecía un completo idiota.

-Sidney, siéntate, pasa. ¿Qué te han contado?

-Me dijeron que la… Me dijeron que la f…-no se atrevía a decirlo.-Me dijeron que la forzaron.-Regina asintió con la cabeza.-¡¿Pero cómo permitimos que un loco ande suelto por nuestra ciudad?! ¡Un loco que ataca a mujeres! ¡Y no a cualquier mujer! ¡Ataca a la mujer más importante de la ciudad!-Sidney estaba muy alterado.-¡Los hombres como tú deberían estar ahí fuera! ¿No dicen de ti que eres un ladrón? ¡Pues salda tus deudas con la comunidad!

-Tengo que estar ahí fuera lo mismo que tú, pero he preferido quedarme y protegerla, la busca a ella.-respondió Robin asqueado.-Ve tú, a ti no te necesitamos en esta casa.

-Sidney, deja a Robin, yo le necesito aquí. ¿Por qué no me haces un favor y vas a buscar a la sheriff? Necesito hablar con ella.-ordenó Regina.

Sidney, contrariado y celoso, salió de la mansión.

-¿Pidió pasar la eternidad contigo?-preguntó Robin.

-Así es. Él mató a mi esposo. Él pensaba que si lo hacía nos casaríamos.

-¿Y pensabas hacerlo?

-¡Claro que no!

-¿Y por qué lo pensaba entonces?-Regina no respondió. La frase "porque le di a entender que me interesaba y así podía manejarlo a mi antojo" no es buena para enamorar a nadie.- Entiendo… Bueno, supongo que con los trajes que te gastabas en el Bosque Encantado era más sencillo todavía.

Regina sonrió y respiró aliviada, Robin no la odiaba por ello.

-Solo tengo una pregunta, ¿sigue enamorado de ti?

-No. Han pasado demasiados años, ahora solo somos amigos.

-¿Estás segura?

-Sí.

Por supuesto que no estaba segura. Sidney estaba loco por ella. Besaba el suelo que ella pisaba. Pero el decírselo a Robin podría suponer celos, peligros y sospechas. Y si algo tenía claro es que Sidney nunca habría sido capaz de amenazarla y mucho menos de violarla.