Septiembre, continúa

El otoño es una serie de éxitos. Crimen tras crimen insignificante resuelto, aburridas fotografías unidas a cada archivo, una tasa de condenas sólida como una roca, y solo unos pocos casos raros que Dean y Cas deciden no sacar adelante.

Hay algunos contratiempos.

—¡Cas! ¡Baja la cámara y ayúdame a bajar de este maldito árbol!

—Estoy documentando las evidencias.

—¿Evidencias de qué?

—Tu incompetencia.

—QUÉ DIOS ME AYUDE CUANDO BAJE DE AQUÍ…

En general, sin embargo, es mucho más fácil que el anterior trabajo de Dean. Por supuesto no le pagan tanto, pero es lo que hay. Cas parece estar tomándoselo bien, aunque se ha relegado a sí mismo al trabajo de fotógrafo. De hecho, Dean no tiene permitido tocar la cámara, lo que Dean decide considerar un trato, con su norma en contra de que Cas conduzca el Impala. Trabajan bien en equipo, y más importante, el trabajo es mucho menos banal y aburrido con un compañero. La vida es menos banal y aburrida con un compañero.

Octubre

Sam llega pronto a la casa el sábado antes de Halloween, el día que todos ellos van a conducir juntos al huerto de calabazas y escoger algunas horribles atrocidades deformes. Siempre es una competición entre Sam y Dean para conseguir la calabaza más fea, seguramente debido a que ambos son unos escultores terribles; es una tradición anual. Y aun así, incluso a pesar de que le ha enviado un mensaje a Dean a las siete diciéndole que mueva su culo de la cama, ahora son las ocho en punto y él y Amelia están sentados en el Subaru en la entrada sin ningún Dean ni Cas a la vista. Sam llama al teléfono de Dean.

No hay respuesta.

—Quizá solamente llegan tarde —sugiere Amelia—. Ya sabes siempre están haciendo horas extras para Jody.

Sam gruñe y desabrocha su cinturón. —Seguramente se han olvidado. Bobby nos está esperando. Solamente iré a ver qué pasa, ¿vale?

Así que corre hasta la puerta y usa su llave de repuesto para abrirla. —Chicos —los llama—. ¿A qué se debe el retraso?

No hay respuesta.

No hay señal de vida en la sala de estar o en la cocina, no hay rastros de desayuno o preparación para el huerto de calabazas. Sam aprieta sus puños con frustración y marcha por el pasillo hacia la habitación de Dean. Alza sus manos para picar a la puerta, pero antes de que pueda golpearla…

Se abre.

Es Castiel.

Castiel, con los ojos somnolientos con su cabello apelmazado hacia un lado y vistiendo solo unos bóxers.

En la habitación de Dean.

Cas ladea la cabeza, entrecerrando los ojos con confusión. Sam se congela, los puños aún suspendidos en el aire, las palabras atrapadas en su garganta.

—Hola —dice Castiel con su profunda voz—. No te esperaba.

La voz adormilada de Dean llega desde el oscuro hueco de la habitación. —¿Qué pasa, Cas?

Sam ni siquiera puede hablar. Sin palabras. Abre y cierra la boca varias veces.

—Es tu hermano —responde Cas, aún bizqueando hacia Sam—. Parece que necesita algo de mí.

Algo dentro de la habitación es golpeado y se estrella. —¡MIERDA! Mierda mierda mierda…

—Huerto de calabazas —consigue expulsar Sam—. Vamos… calabazas, he venido…

E inmediatamente Dean está empujando a Cas fuera del camino, dirigiendo a Sam por el pasillo, cerrando la puerta tras de sí en la cara de Cas. —Sam. Sammy. No es lo que parece.

—Íbamos a ir al huerto de calabazas —continúa Sam, todavía en estado de shock, su voz alzándose erráticamente—. Y estás durmiendo con Castiel

—¡Sam! —Dean está cogiendo ese tono ahora, ese de mando, su voz de sheriff, empujándole hacia la cocina con una firme mano en su hombro—. Cálmate. Necesito que me escuches con atención. No es lo que parece.

Sam se sacude del agarre de su mano. —¡No puedes solo… solo… confundirme, Dean! —salta—. ¡Estás durmiendo con Cas! Oh Dios mío Dean, eres ga…

—¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡Cállate y escucha! Puedo explicarlo todo si te callas de una maldita vez —Dean aprieta los dientes y hace un enfático movimiento con sus manos—. Cas. Tiene. Un. Problema. De. Sonambulismo. ¿Vale?

Sam le mira.

—¡No! —grita Sam—. ¡No, no vale! ¡Eso no explica NADA, Dean!

—¡Las pastillas para dormir que le dan, lo que se toma le hace caminar en sueños! —continúa Dean exasperadamente—. A veces camina dormido a mi habitación y se queda dormido en el suelo o algo, no es gran…

—¿Por qué no cierras tu puerta? —chilla Sam—. ¿Por qué no cierra él su puerta? ¿Por qué no veis cuan bizarro es esto…

—¡Sabes que las habitaciones no tienen cerraduras! —interrumpe Dean cabreado—. Y no voy a instalarlas solo para que Cas se sienta mal por ello, realmente no importa, Sam, yo no me despierto, solo pasa de vez en cuando, no es un gran asunto y no necesitas hacer de ello un caso federal y no tienes que decirle a Amelia o a Bobby o a nadie y ¡vámonos al huerto de calabazas! —Dean se queda sin aliento en las últimas palabras y toma una bocanada de aire.

Sam se reclina contra la pared del recibidor e inhala y exhala varias veces, intentando procesar.

—Y no me lo puedo creer —Dean frunce el ceño y sacude la cabeza—. ¿Crees que soy gay? ¿De verdad?

Sam se pasa una mano por el pelo. —Es la única explicación racional.

—Sam —Dean pone los ojos en blanco—. Tú y Bobby estáis todo el rato metiéndoos conmigo por el número de mujeres con las que duermo. Es la explicación menos racional.

—Voy a contárselo a Amelia —dice Sam—. Eso ni siquiera es debatible.

Dean gruñe. —Sammyyyyy. Vamos. No lo hagas. Harás que todo se vuelva raro.

Sam se aleja a través de la cocina y le habla a su espalda. —Vístete, Dean. Vamos a buscar calabazas.

Dean solo ha medio mentido a Sam.

Es verdad que Cas tiene un problema de sonambulismo, y es verdad que solo pasa de vez en cuando, y es verdad que normalmente acaba despatarrado sobre la mesa del comedor, o desplomado contra el horno, o dormido en el suelo de la habitación de Dean como esta mañana. Pero una vez no lo hizo. Una noche, la semana pasada, Cas trepó directo a la cama de Dean, y así es como Dean acabó dándose cuenta de lo más importante acerca de lo que ha mentido: es un poco gay por Cas.

Mira, si Dean fuera un chico normal, habría sentido la cama hundirse bajo el peso de Cas y habría saltado alarmado, en vez de resoplar despertándose y murmurar, "¿Qué pasa, Cas?" Y cuando Cas palmeó su cara y balbuceó, "Tranquilos, caballos" un chico normal se hubiera levantado y cogiendo a Cas por el brazo le habría guiado de vuelta a su propia habitación, en vez de suspirar y dejarse caer de nuevo en la almohada. Y cuando Cas se retorció bajo las mantas y situó su cara en el hueco del cuello de Dean, un chico normal le habría empujado y se habría levantado para irse a dormir al sofá. Sin embargo, Dean solo gruño y susurro, "Maldito bicho raro", y se esforzó todo lo que pudo en volverse a dormir.

Ahí fue cuando lo supo. Era así de simple. No dejas a un hombre adulto abrazarte en la oscuridad a no ser que seas un poco gay por él.

Aunque está bien. No es nada del otro mundo. Dean es un poco gay por Clint Eastwood y Batman y John McClane y Dr. Sexy. Solo resulta que de algún modo, Castiel Goodwin se ha consolidado entre sus filas, y todo lo que eso significa es que Dean le deja hacer cosas que no permitiría con nadie más; significa que a veces durante una vigilancia, sentados escondidos en las sombras del Impala en una fría noche de otoño, Dean mira a Cas con su nariz rosada por el frío y sus serios ojos oscuros y siente ese gran calor expandiéndose en su pecho y se siente afortunado por conocer a un hombre como él. No es una cosa sexual. Es una cosa… de Cas.

Así que no se lo dice a Sam. Sam nunca le dejaría en paz con ello. Y ahora están en el huerto de calabazas, y Sam se está riendo demasiado a menudo y demasiado ruidosamente y Amelia y Bobby siguen dedicándole miradas raras, y Dean finalmente apunta hacia la esquina más lejana del campo y dice —Vale, voy a mirar por allí —y se aleja.

Es un brillante y frío día, perfecto para cazar calabazas. El cielo azul como el agua y un afilado olor a tierra en el aire. Los campos son marrones, lodosos y bien pisoteados pero están llenos de buenos especímenes aun en el suelo, grandes toscas y naranjas con extrañas zonas irregulares y pequeñas verdes y circulares medio hundidas en el lodo. Todas han sido cortadas de las parras, listas para ser cosechadas, listas para ser agarradas por alguien lo suficiente fuerte para llevárselas y dispuesto a ensuciarse un poco.

Dean localiza una calabaza blanquecina con algunas verrugas prometedoras y hace su camino hacia ella, agachándose y sacudiendo el barro apelmazado.

—Tu hermano parece angustiado.

Dean salta, se gira, y se encuentra nariz con nariz con Cas. Trastabilla hacia atrás y casi deja caer la calabaza. —¡Jesús! No te me acerques tan sigilosamente.

—Hace unos minutos me apartó y me pregunto "cómo estaba" —continúa Cas, mirando a Dean—. He deducido que se refería a esta mañana, y a mí durmiendo en tu suelo.

Dean pone los ojos en blanco. —Típico de Sam. ¿Qué le has dicho?

—Le he dicho que estaba bien, aunque un poco dolorido —dice Cas—, y que debía estar realmente cansado por nuestras actividades de anoche, porque normalmente no soy capaz de dormir con tu despertador.

Dean le mira fijamente, y luego se pellizca el puente de la nariz.

Cas ladea su cabeza. —¿Qué?

—¿Le has…le has dicho que estuvimos haciendo vigilancia en el K-Mart? —pregunta Dean.

Cas frunce el ceño. —Creo que eso ya lo sabe, Dean. Me dijo que me mantuviera seguro.

Dean rompe en carcajadas. —Oh Dios mío… Oh Dios mío, Cas…

—¿Qué pasa? —pregunta Cas, casi alarmado—. No lo entiendo.

—No es nada —responde Dean, medio riendo y medio gimiendo—. Mi hermano simplemente piensa que hemos estado teniendo sexo, eso es todo.

Cas parpadea. —Eso no… tiene sentido.

Dean le palmea en el hombro y se seca los ojos con un suspiro. —Tú y yo sabemos eso. Tristemente, Sam está un poco… —gesticula con un movimiento circular hacia su cabeza y hace un silbido de loco.

Cas sigue frunciéndole el ceño, encajando las piezas. —Pero tú eres heterosexual.

—Sí —Dean se vuelve hacia su verrugosa calabaza blanca y la levanta—. Ese nunca es un obstáculo para un gran romance gay imaginario, Cas. Sam solo quiere casarnos para que él y Amelia puedan llevarnos de vacaciones al Viñedo de Martha y pueda organizar citas para que jueguen nuestros perros.

—Ya… veo —Cas lo considera por un momento y mira por encima de la calabaza de Dean—. Deduzco que no es lo que tienes en mente para tu futuro.

Y quizá es solo el barro bajo sus zapatos, pero por un segundo se siente como si el suelo bajo Dean se moviera, y sus ojos están pegados al modo en que los de Cas están pegados en su calabaza, la forma en que su boca es un poco más pequeña, la forma en que su nuez sube y baja.

Y antes de que pueda evitarlo dice, —Ya sabes, mi agenda está totalmente abierta llegados a este punto. Pero te tengo apuntado durante los próximos años.

Cas alza sus ojos a Dean.

Dean se ruboriza y tartamudea. —Quiero decir. Espero que lo estés. Si tú quieres.

Cas sonríe. —Gracias, Dean. Planeo ser tu amigo durante el resto de mi vida.

Y Dean se ruboriza tanto que puede sentirlo por la línea de su cabello y se las apaña para decir, —Va...Vale, guay, eso… eso es genial. Eso me gustaría.

Caminan juntos de vuelta hacia el granero a pagar, caminando a través de la tierra blanda pasando el laberinto de maíz y los niños gritones.

—Nunca había ido a un huerto de calabazas —comenta Cas—. Daphne y yo siempre comprábamos las calabazas en la tienda.

Dean agita la calabaza en sus brazos. —¿Nunca fuiste cuando eras un niño?

Cas niega con la cabeza. —Mi familia no celebraba Halloween. Por razones religiosas —sonríe—. Daphne pensaba que era una tontería. Ella era mucho más liberal que ellos, supongo que es lo que me gustaba de ella… —y entonces vuelven a quedar en silencio, una mirada distraída en su rostro.

—¿Quieres hablar de ella? —pregunta Dean.

—No —dice Cas—. No la echo tanto de menos últimamente. Chuck asegura que es porque tenemos una relación sustituta. No estoy seguro de si le creo.

Dean se para en seco. —Espera, ¿qué? ¿Qué demonios significa eso?

Cas también para, mirando a Dean sin comprender. —¿Sustituta?

—¡Sí! —exclama Dean, dejando su calabaza en el barro—. ¡La parte sobre mí alquilando mi útero!

Cas alza la mirada hacia el sol y hace una pausa. —Se hizo un estudio psicológico llevado a cabo en los 60, cuando los estándares éticos eran más laxos. Los investigadores separaron monos rhesus recién nacidos de sus madres y estudiaron su desarrollo de distintas formas.

Dean cruza sus brazos. —Vaaaale.

—A un grupo de monos bebés se les dio madres falsas —continúa Cas—. Alimentadores de metal envueltos con una tela de felpa y con una cara de mono. Los bebés podían conseguir todos los nutrientes necesarios de estas réplicas, y se aferraban a ellas como harían con su autentica madre —aleja la mirada de Dean, hacia el laberinto de maíz y el horizonte—. Los descubrimientos fueron sorprendentes.

—¿Qué paso? —pregunta Dean.

Cas presiona los labios en una fina línea. —Los monos bebés murieron.

Dean parpadea.

Cas vuelve a encontrar sus ojos, serio y afligido. —Los bebés necesitan contacto para desarrollarse; necesitan interacción significativa. Los monos se aferraron a sus falsas madres y murieron porque un comedero disfrazado no puede substituir el cuidado de una madre real. Eso es una relación sustituta.

Dean entorna los ojos. —¿Qué? —demanda incrédulo—. ¿Estás diciendo que soy una marioneta de un mono?

—Según Chuck, nuestra amistad actúa como sustituto de una relación amorosa —elabora Cas—. No sentimos la necesidad de buscar otra compañía porque nos tenemos el uno al otro, pero seguimos sufriendo la falta de una profunda conexión que la amistad no provee —la boca de Cas se eleva en la comisura—. Esencialmente, no estoy saliendo con nadie porque eres mi esposa del trabajo.

—¡Oh, eso son gilipolleces! —exclama Dean—. ¡No somos malditos monos Reese, y no somos sustitutos!

Cas asiente. —Eso es lo que le dije a Chuck.

—Y no salimos porque estamos ocupados —despotrica Dean—. ¡Ocupados encargándonos de todos los trabajos mierdosos que Jody no quiere hacer ella misma!

—Por supuesto —coincide Cas.

Dean recoge su calabaza otra vez y empieza a pisotear hacia la zona de caja. —Te diré el que, Cas, esta noche vamos a salir por ahí. Vamos a ir a algún bar, buscaremos el talento, haremos algunas conexiones… Le enseñaremos a Chuck quién es un maldito sustituto…

El bar está a pleno rendimiento para un sábado por la noche. Es un antro oscuro con una mesa de billar y un ventilador en el techo que poco hace para atenuar la húmeda esencia a cerveza de cada superficie y el pegajoso suelo de madera. Dean está hablando con una estudiante de grado rubia llamada Starla haciendo algunos avances ahí, pero Cas no parece estar teniendo mucha suerte. Solamente se queda de pie junto a la barra con su whisky apretado en su mano, apenas bebiéndolo, sus ojos abiertos y sus nudillos blancos.

Cuando Starla va al baño, Dean se acerca a Castiel. —¿Qué pasa, tío? No estás hablando con nadie.

—No hay nadie con quien hablar —farfullas Cas—. Todas las otras mujeres aquí están con amigos.

Den suspira y se pasa una mano por la cara. —Vamos, solo tienes que echarle valor, Cas. Mira, mira a esa pelirroja por allí.

En la esquina más alejada de la barra, una pelirroja bastante guapa está sentada con una empresaria rubia, ambas bebiendo unos vodkas de arándano.

—Iré a allí contigo —dice Dean—, y les conseguiremos un par de bebidas, y…

De repente la música en los altavoces sobre sus cabezas cambia abruptamente de algo totalmente country a los Allman Brothers Band, el bajo eléctrico cortando a través de las conversaciones con un marcado ritmo de blues.

—Bien —dice Dean—, me encanta esta canción. ¿Quién ha puesto esto? —y ambos se giran hacia la gramola y ven…

Una mujer con el cabello largo y oscuro, rizado y un rostro pálido y circular, botas de piel negras y una chaqueta a conjunto, una mano en la gramola y la otra en su cintura mientras mueve su cuerpo al ritmo de la música. El estribillo aparece a todo volumen y ella mece su pelo al ritmo de la guitarra. —Sometimes I feel/ sometimes I feel/ like I been tiiiiiiiii-ieed to the whippin' post, TIIIIIIIIIII-ieeed to the whippin' post, TIIIIIIIIII-ieed to the whippin' post….

Dean y Cas tragan a la vez.

Good lord I feel like I'm dyin'… —y la mujer alza la mirada, y cruza miradas con ambos hombres, sonriendo.

—Dean —murmura Cas—. Creo que nos ha visto.

Ella camina hacia ellos con una zancada pretenciosa, esa oscura sonrisa cerniéndose sobre su rostro y sus ojos marrones iluminados. Cuando habla lo hace en voz baja y con una extraña pronunciación, sus palabras enredadas tras sus dientes. —Hola, chicos —les saluda—. ¿Qué tiene que hacer una chica para conseguir una bebida por aquí?

—Creo que mi amigo Cas puede ayudarte —responde Dean, sonriendo tranquilamente. Eleva una ceja levemente hacia Cas.

—¿Cómo te llamas? —suelta Cas—. Yo soy Castiel.

Ella se ríe, y por alguna razón escalofríos recorren la columna de Dean. —¡No eres lo más adorable del mundo! —dice ella, deslizando su mano por su brazo y siguiéndolo hambrienta con los ojos—. Yo soy Meg. Y te conozco, Castiel. Eres el convicto que consiguió ser soltado.

Cas toma un trago de su whisky y tose. —Sí. Sí lo soy.

Meg sonríe. —Debe ser bonito volver a ser un pájaro libre, después de todo ese tiempo en el trullo. Debe haber sido… —le recorre el codo con su mano—. Muy solitario.

Cas mantiene sus enormes ojos fijados en ella como alguien debe mantener sus ojos en una araña en la ducha. —¿Te gustaría… Qué te gustaría tomar?

Meg inclina su cabeza ligeramente, y pone su índice en su solapa. —Sorpréndeme.

Hay algo acerca de ella pero Dean no sabe el qué. Algo acerca de ella está mal. Algo acerca de cómo camina y se mueve, y mira a Cas de arriba a abajo, está activando cada alarma de su cuerpo, y años de experiencia le han enseñado a correr. Desafortunadamente, no sabe como transmitirle eso a Cas.

—¡Aquí estás, Dean! —Starla trastabilla en sus inestables tacones altos y suelta una risita, entonces nota a Meg—. ¡Oh, hey! ¡Tu amigo ha hecho una amiga!

Meg vuelve a sonreír, con los dientes afilados y de forma gatuna. —Bueno, aún no somos amigos. Pero tengo la sensación de que yo y aquí Piolín vamos a llegar a conocernos bien.

Cas traga.

Dean abre la boca para interrumpir.

—Vamos —dice Starla, cogiendo el brazo de Dean antes de que pueda pensar y le arrastra al centro de la pista—. ¡Vamos a bailar!

La noche avanza, y Dean se las arregla para liarse con Starla en una sombría cabina verde de cuero de imitación. Todo el rato está levemente atento a Cas y Meg, un punto luminoso en su radar borracho. Ella lo tiene sujeto en la esquina de una cabina, sentada a horcajadas en su regazo con su lengua a medio camino de su garganta y sus manos en su pelo. Él parece estar disfrutando, o al menos correspondiendo, y por el modo en que ambos sonríen juntos debe ser mutuo.

—¿Estás bien? —pregunta Starla—. Pareces un poco… distraído.

—Estoy bien —responde Dean, apartando sus ojos de Cas—. Tengo muchas cosas en mi mente, eso es todo.

Starla se ríe con nerviosismo. —Entonces déjame quitártelas… —y ahueca su cara en sus manos y le besa ansiosamente, con más entusiasmo que técnica pero sigue siendo cálido y suave y bueno.

—Dean.

Sus labios se separan con un audible sonido mientras Dean alza su cabeza hacia arriba.

Cas está ahí, con la boca rosada y aturdido. —Me voy con Meg ahora.

—¿Qué? —Dean aparta a Starla y se levanta—. Lo siento, cariño, necesito tener unas palabras con mi amigo durante un segundo.

Starla hace pucheros. —No tardes mucho.

Aparta a Cas y le coge por el hombro, dirigiéndole hacia una esquina privada junto a los baños masculinos, entonces para y sisea, —¿Qué quieres decir con que te vas con ella?

—Voy a su casa —explica Cas, su voz ligeramente arrastrando palabras—, para tener relaciones sexuales.

—¡Cas, no puedes hacer eso! —Dean se frota las sienes—. Sé que eres nuevo en el juego, amigo, pero tienes que ser capaz de ver que esta chica está loca.

El rostro de Cas se oscurece, y sus cejas se fruncen amenazadoramente. —¿Por qué está loca, Dean? ¿Porque le gusto?

—No, es la forma en que habla, y la forma en que sus ojos no… —Dean lucha por encontrar las palabras, y las palabras le fallan—. Maldita sea, Cas, solo tienes que confiar en mí. He estado haciendo esto durante años, conozco mis instintos, y me dicen que ella es malas noticias. He llegado al punto en que puedo oler a los psicópatas, Cas, y ella apesta a ello.

Los agujeros de la nariz de Cas se dilatan. —¿Y a que olía yo exactamente cuando me arrestaste, Dean?

La boca de Dean se cierra de golpe.

Su pecho se contrae con fuerza.

Los ojos de Cas le perforan, lívidos y oscuros. —¿Qué esencia tiene Lucas, Dean? ¿Conseguiste un olorcillo?

Dean deja caer su mano del hombro de Cas. Él da un paso hacia atrás.

La boca de Cas se tensa. —Dean.

—Touché, Cas —dice Dean, sonriendo amargamente y parpadeando rápidamente—. Me has pillado ahí.

—Dean —Cas da un paso, su cara pasando del enfado a una de disculpa—. No debería haber…

—No, no, tienes… tienes todo el derecho —dice Dean con voz ronca—. Me meteré en mis asuntos desde ahora. Que tengas una buena noche.

Camina hasta la salida del bar y llama a un taxi, y va a casa y cae dormido en la cama con la cabeza dándole vueltas y el corazón pesado.

Dean se despierta en la oscuridad debido al chirrido de la puerta de su habitación. Sus ojos solo pueden ver negro, y sus pensamientos siguen nublados por el alcohol; la habitación parece girar un poco, y el brillante LED rojo del despertador le indica que solo ha estado dormido un par de horas.

Un peso se posa al otro lado de la cama.

—¿Cas? —Dean susurra atontado, levantando su cabeza de la almohada—. ¿Eres tú?

—Sí.

Dean parpadea, sus ojos ajustándose a la oscuridad. Puede ver la oscura forma de Cas, sentado en el borde de la cama. —No estás dormido, ¿verdad?

—No.

El silencio es como una manta, grueso y algodonoso.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Dean—. ¿Te corté el rollo? Lo siento…

—Lo intenté —murmura Cas—. Lo intenté y no pude.

—¿Intentaste… qué?

Cas no dice nada.

—Oh.

La silueta de Cas se encoge levemente, su cabeza colgando hacia abajo.

—Está bien, Cas. Nos pasa a los mejores. Además, seguramente tenía herpes.

—¿Y si no puedo… nunca? —pregunta Cas en voz baja— Y si…

Dean le mira durante un momento, apoyado en su codo en la oscuridad.

Entonces se incorpora con un quejido y tira de las mantas. —Vamos —dice, palmeando el colchón—. Ven aquí.

Cas se mete bajo las mantas, y Dean se sitúa a su lado y se desploma sobre su estomago, dejando caer un brazo sobre el cálido y solido pecho de Cas. Él suspira. —No estás roto, Cas. ¿Vale? Nunca creas eso. Has tratado con mucha más mierda de la que la mayoría de gente puede imaginar y no estás en un manicomio, así que considérate un éxito.

—Quizá debería estarlo —farfulla Cas.

Dean resopla. —Si tú no estás cuerdo, no creo que el resto de nosotros tengamos mucha esperanza —titubea—. Siento lo que dije. En el bar.

Cas alcanza una mano hacia su pecho y palmea el brazo de Dean. —Está bien. Sé que tenías buena intención.

Yacen ahí en la oscuridad, escuchando el sonido de sus respiraciones. Ambos se quedan dormidos juntos así, aferrándose al único apoyo que tienen, y Dean sueña con pequeños monos y felpa rosa.