Los personajes son de Stephenie Meyer. Solo la trama es de mi autoría.

Capítulo beteado por Manue Peralta, Betas FFAD;www facebook com / groups / betasffaddiction

Summary: Cuando el rumor de un triángulo amoroso estalla en el pequeño pueblo de Forks, lo que menos se imaginó Bella era que ella también se encontraba incluida en aquel embrollo. —Dime que mi ex novia y mi ex amiga no están compartiendo la misma polla. ¡Dímelo! —rugió colérico provocando una ola de miedo en cada entraña de mi cuerpo, sus ojos verdes me atravesaron cual guillotinas afiladas esperando una respuesta; y sin embargo no pude defenderme, porque eso sería aún peor.

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Perception.

By

MarieelizabethCS

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Lagunas esporádicas.

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—¿Hola?

—Buenos días, habla Sarah Smith de la morgue Santa Lucía. ¿En qué puedo colaborarle? —me contestó una chirriante voz al otro lado.

Bufé entornando los ojos. —Estás desquiciado, Emmett. —La estruendosa carcajada que soltó por poco me rompe los huesos del oído. Él se estaba superando así mismo en su ranking de idioteces este año.

Agarré con más fuerza el teléfono y anduve por mi habitación, mirando a la ventana. Tenía los nervios brotando por cada bello de mi cuerpo y la sensación molesta en el estómago no me había abandonado ni un segundo desde la noche anterior.

Había decidido decirle a Edward de una vez por todas sobre mis sentimientos, esa recopilación de sensaciones que atenazaba mi cuerpo cada vez que lo veía, cuando me hablaba, cuando me abrazaba… oh padre cuando me abrazaba… el mundo simplemente dejaba de existir y las estrellas empezaban revolotear entre nosotros al son de su corazón; lo quería más de lo que podía expresar en palabras, porque nunca era suficiente, el sentimiento que llevaba adentro era desgarrador. Yo lo amaba tanto que dolía.

—Ya cállate y pásame a Edward.

Emmett se burló de mí unos segundos más antes de carraspear.

—Edward no está, salió desde la mañana a la Push en compañía de la rubia caliente. —Suspiré hondo y me dejé caer en la cama sintiendo la desazón abrirse paso por todo mi cuerpo.

¿Otra vez con ella?

—¿Tanya? —pregunté con un hilo de voz.

—Sip —contestó sin dilaciones—. Bella, no sé cómo hacer para que comprendas que él no te qui…

Lo corté antes de que me provocara otra herida profunda en el alma.

—¿Al menos le diste la carta?

Emmett suspiró. —Sí, la dejé en su habitación, tal y como me lo pediste.

Asentí aunque él no pudiese verme, miré al techo de mi habitación plagado con posters de Linkin Park y Eminem de extremo a extremo, los cuales ya no me gustaban con la misma intensidad, eran viejos.

Desde hace un mes, justo antes de que iniciaran las vacaciones de verano, llegó una nueva familia al pueblo, los Denali. Y con ellos llegaron todos y cada uno de mis problemas. El matrimonio tenía una sola hija, una rubia de cuerpo demasiado desarrollado para sus trece años de edad, sonrisa blanca, con cabello largo y extensiones platinadas y —para los chicos del pueblo— una chica muy extrovertida y hermosa. Todos estaban embobados con la nueva y diferente criatura que era Tanya Denali, sus atributos saltaban a la vista y ningún chico de hormonas revolucionadas pudo contra su encanto exótico.

Era de esperarse que todos fueran cayendo en sus redes; sin embargo, yo pensé que quizás Edward sería la excepción. Porque él era dulce, calmo, pensativo y no se dejaba influenciar de apariencias tan fácilmente como los demás.

Solo tres días después noté lo equivocada que me encontraba con respecto a él.

La careta se me cayó y pude ver que mi Edward, ese Edward al que tanto me jactaba de querer y de conocer durante años, no era más que un adolescente hormonal como cualquier otro. Él fue otro más que se encaprichó con la más deseable chica de Forks.

De pronto nuestros encuentros fueron disminuyendo, porque tenía que hacer cosas con Tanya. Cuando hablábamos por teléfono a veces me cortaba de improviso si Tanya lo necesitaba. Algunas veces me dejó plantada en su casa, porque Tanya necesitaba a ir a tal lado y no sabía la dirección, él lo dejaba todo para ir en su ayuda. Fue un sin número de cosas que me hicieron comprender que lo estaba perdiendo definitivamente.

Para colmo de todo, Alice se había ido a un tour a la ciudad de París como regalo adelantado de su cumple años. No habíamos podido hablar en días ya que eran demasiado costosas las llamadas internacionales. De vez en cuando le enviaba un mensaje por mail, pero no siempre me contestaba. No tenía a nadie más que a Emmett, pero nuestra confianza no daba tanto como para hablarle de su primo en términos románticos.

En resumidas cuentas, no tenía a nadie que me brindara un consejo acerca de lo que me sucedía, estaba al borde del desespero. Edward estaba alejándose cada día más de mí y la única esperanza que poseía en esas instancias era que mi carta removiera en él por lo menos una milésima de su corazón.

—¿Le digo que te llame cuando regrese? —me preguntó dulcemente. Sonreí y me obligué a no demostrar mi aflicción.

—No, Emmett, yo lo vuelvo a llamar más tarde.

—¿Quieres que vaya a tu casa? —Sonó preocupado, de modo que fracasé en mi intento por ocultar mi tristeza. Genial, Bella, más lástima para ti.

—No te molestes, Emmett, te lo agradezco pero ahora mismo quiero estar sola.

Para poder desahogarme sola. Y posiblemente llorar hasta dormirme.

La tristeza empezó a nublarme los ojos, entonces, y decidí que ya era hora de despedirme.

—Hasta pronto, Emmett.

—Nos vemos, Bella.

Corté la llamada y me quedé en la misma posición durante varios minutos, limitándome a tomar largas respiraciones. No quería ser tan débil, pero las lágrimas iniciaron su descenso sin que pudiese hacer algo más que lamentarme. Me sentía devastada, hundida en lo más profundo de algún pozo sin fin, Edward estaba con Tanya de seguro solos en el bosque haciendo solo Dios sabe qué cosas mientras yo caía en un abismo de dolor sin final. La cabeza se me quiso estallar por tratar de contener tantas emociones dentro mío, pero no me permití llorar a viva voz por Edward, no todavía. Él era esa luz que iluminaba mis días más tenebrosos; cinco años teníamos de conocernos y desde la primera vez que lo vi, en la primaria de Forks, entendí que Edward sería por siempre la persona que más iba a querer en la vida. Un sollozo escapó abrupto de mi garganta por el pensamiento, luego sobrevino otro más; dejé que el llanto me gobernara al final, ya que las ganas de luchar contra el dolor se esfumaron; me acurruqué sobre los cobertores y estallé en sufrimiento. Era demasiado para mi maltrecho corazón.

Desperté en la oscuridad de mi cuarto. Era de noche, lo cual me hizo pensar que había llorado por más de tres horas seguidas antes de quedarme dormida. Los ojos me ardían y la garganta la tenía bastante irritada.

Me incorporé sobre la cama y miré lo poco que alcanzaba a verse ante el halo de luz que cruzaba mi habitación desde la ventana cerrada. ¿Será posible que el amor siempre duele de esa manera? Porque si era así, nunca más me iba a enamorar.

Suspiré acongojada y abracé mis rodillas contra el pecho.

Todo era tan difícil en el amor, ahora solo percibía astillas en mi corazón; por lo menos antes era feliz en la ignorancia de no conocer tales sentimientos. La esperanza se fue apagando dentro de mí como una vela es apagada por un frío viento de invierno. Ya que lo más probable era que Edward estuviese enamorado de Tanya.

Hipé en reacción al crudo pensamiento y me puse en pie queriendo disiparlo. Encendí la lámpara de la esquina y busqué mi cámara de video, un regalo de Charlie por la navidad pasada. Cogí el aparato y lo encendí, esperé un momento para abrir la pequeña pantalla de la cámara; entonces presioné play y en ella pareció lo último que había grabado, tan solo el día de ayer.

—Hola, Edward. —Sonreí un poco al escucharme hablar. Estaba sobre la cama con las piernas cruzadas, tenía puesto un lindo vestido rosa pastel que me gustaba vestir de vez en cuando en casa. El cabello lo tenía suelto y en mis manos estaba un pequeño sobre blanco. Era la carta que había escrito y en la cual le confesaba cada pensamiento y sentimiento que sentía por él—. Estoy realmente nerviosa por esto, pero no te quiero perder.

El sonrojo era evidente y la mueca de aprensión no desapareció de mi rostro en ningún momento.

—Sé que soy patética por hacer esto pero… es la única forma que encontré para decírtelo. —Pasé el sobre de una mano a la otra, nerviosamente—. Espero que puedas entender lo que me pasa cuando la leas. —Empecé a hablar sobre algunas cosas de nosotros, le dije que lo amaba y veinte minutos después, con cara de felicidad inagotable, me despedí.

Cuando acabé de ver el video el llanto me atrapó de nuevo, la horrible realidad se hallaba de vuelta envolviéndome por completo.

Volví a la cama y me dejé deshacer en lágrimas acompañadas de los violentos sollozos.

¿Y si Edward me rechazaba?, pensé angustiada. Estuve mucho tiempo intentado comprender su forma de tratarme tan tierna, atenta y leal… que claramente imaginé que él también sentía lo mismo que yo. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si todo había sido una terrible confusión de mi parte?

Cada articulación de mi cuerpo tembló en pavor. Justo en ese instante el teléfono sonó provocando que mis latidos aumentaran estrepitosos.

Me espabilé y alcancé el aparato entre las manos frías. Mi limpié las lágrimas de los ojos y carraspeé para aclararme un poco la garganta antes de contestar.

—¿Hola? —dije asustada hasta los huesos.

—Dime en qué estabas pensando cuando escribiste semejante cosa absurda. —La voz de Edward sonó dura incluso a través del teléfono. Un latigazo de dolor me hirió las entrañas, agarré el aparato para que no se me deslizara de las manos.

—¿P-Por qué me dices eso? Es lo que pienso, es lo que siento por ti —susurré abatida, sin aliento. ¿Cómo podía decirme una cosa así?

Edward suspiró, sonó algo al fondo como el sonido de una puerta al cerrarse.

—Tanya leyó la carta y está muy afectada. —Su voz fue más baja, pero afilada en extremo. Me puse una mano sobre la cara, el terrible aguijonazo de indignación y traición perforó cualquier pensamiento de esperanza; ella no tenía ningún derecho para leer algo tan íntimo de mí como una carta de amor. Y que él la hubiese dejado hacerlo me lastimó cien veces más.

—¿Por qué dejaste que la leyera? —pregunté triste y rabiosa a la vez; retiré las lágrimas de mis mejillas con el dorso de mi mano.

—Entre ella y yo no hay secretos, Bella —me contestó usando un tono altanero. Aguanté la respiración por cinco segundos y tapé la bocina para que no escuchara mis sollozos.

¿Y eso qué quería decir? ¿La amaba? ¿Estaba con ella, era su novia y no me lo había dicho?

—¿Te gusta tanto?—inquirí luego de un momento, haciendo uso de cada onza de energía dentro de mi alma. Me tapé la boca una vez pregunté para que no escuchara mis hipidos.

Edward suspiró. —Ella es… lo que siempre deseé para mí.

Me mordí el labio tan salvajemente que la boca me supo a hierro un segundo después. Edward no me quería, la sensación fue como una estaca ardiente siendo clavada en lo más profundo del corazón. Sollocé sin sonido y esperé a que él llenara el silencio en la línea, pues no tenía voz en ese momento para continuar hablando.

—Había sido un día tan especial para los dos, sin embargo, cuando llegamos y encontramos esa carta tuya en mi habitación…todo se arruinó.

Alejé el teléfono de mí todo lo que pude aun sosteniéndolo en la mano, llorando con desesperación. Negué con la cabeza una docena de veces sin poder dar crédito a lo que Edward me decía. ¿Tan abominable había sido para él enterarse de mis sentimientos? No podía ser, que justo él me estuviese diciendo eso. Y yo lo quería tanto, lo apreciaba tanto que escucharlo hablarme de esa forma era inaudito para todos mis sentidos.

—¿Tienes que ser tan cruel? —susurré con la voz entrecortada, agarré una almohada y la apreté fuertemente—. Me pudiste solo decir que no te interesaba y punto.

—Tú fuiste más cruel que yo, al escribir toda esa cantidad de mentiras e insultos.

¿Mis sentimientos eran insultos? ¿Eso era lo que sentía? ¿De qué mentira hablaba, si todo lo que expresé fue lo que sentía por él?

Dejé de llorar, porque de pronto me encontré que la ira y la humillación fueron más grandes que el dolor o la decepción. Parpadeé y sentí que el mundo se volcaba de cabeza una vez más en menos de veinte cuatro horas.

—Puedes irte al infierno, Edward —le dije con todo el sentimiento arraigado salido de no sé dónde, pero tan potente que me estrujó entera.

Él se rio, jodidamente se rio.

—Vaya que puedes ser cínica si te lo propones. —Cerré los ojos e inspiré cualquier cantidad de aire, pero no ayudó en nada a la masa contradictoria de sentimientos que me ahogaban—. Y para constatarlo, Bella, es obvio que la elijo a ella.

¡Crash!

Si no fuera porque aún estaba con los pies en la tierra, hubiese jurado que algo dentro mío había explosionado del dolor enviándome directo a la estratosfera. Mi peor pesadilla se hizo realidad y no tuve ningún escudo ni a nadie que me salvara de ella. Me quedé atascada en sus palabras por lo que me parecieron horas sin fin.

¿La elegía a ella sobre mí? ¿Por qué tenía que recalcarlo, de cualquier forma? ¿No estaba en extremo aclarado ese punto?

El llanto volvió enseguida como una avalancha de nieve; no pude controlarme cuando volví a hablar, por más que lo intenté.

—No pu-puede ser que tú me estés diciendo todo es-esto, Edward, tú que eres por encima de to-todo mi mejor amigo, la persona que más he querido en la vida —dije entre lamentosos sollozos incontrolables.

—Ya ves que los dos nos equivocamos. —Tragué pesado. Eso fue un golpe bajo que no vi venir, ni siquiera en la peor de las circunstancias.

Suspiré y me vi atacada por otra ola de llanto más fuerte que la anterior. —E-En ese caso, no hay na-nada más qué decir.

—Exacto —dijo sonando impasible.

—Espe-pero que esto al menos te haga feliz —susurré atragantada en agonía.

—Y yo espero no cruzarme contigo otra vez.

Apreté los ojos con fuerza y me di el lujo de cortar la llamada. En medio de mis pensamientos, cavilaciones, conclusiones y sentimientos atronadores solo pude hacerme una sola pregunta: ¿Qué fue lo que ocurrió recién?

Lancé el teléfono al suelo, escuché el estallido pero no me importó nada la posible reprimenda que recibiría a cambio por parte de Big Swan. Ese mismo chico encantador, amable, soñador, dulce y cariñoso, ¿era el mismo de hace un momento? Las lágrimas siguieron rodando por mi cara, incontenibles e irascibles. Así de simple ya no éramos amigos. Y así de simple toda la mierda se vino encima de mí.

Me dolieron sus palabras.

Me dolió su rechazo.

Pero me dolió más en el centro de mi alma perderlo como amigo. Sin una razón plausible para ello.

Esa dichosa carta arruinó mi vida por completo.

Lloré durante días sin notar que el tiempo transcurría como siempre para los demás. Papá estaba tan asustado por mi comportamiento, que en últimas decidí al menos, actuar frente a él durante la cena. No hablé con nadie más que no fuera papá, comía lo suficiente para que la gastritis no me matara de dolor, y me lamenté cada hora sin consuelo.

Alice llegó un día antes de iniciar clases y me llamó, pero yo, en mi laguna de sufrimiento decidí que era peor si estaba cerca de ella o de Emmett; porque entonces, también lo estaría de Edward. ¿Inmaduro? Lo sabía. ¿Egoísta? También lo sabía. ¿Me dolió alejarme de ellos a propósito? Era obvio que sí. Pero dolía mil veces más tener que estar cerca de él, después de la horrible manera en la que me trató. Como me humilló.

De a poco Alice y Emmett dejaron de insistir, de buscarme en la escuela cuando reiniciaron o en casa después. Fue paulatino, pero poco a poco, luego de un tiempo de ignorarlos, ellos se rindieron conmigo. Era lo que esperaba igual; yo misma me había rendido y de haberlo podido hacer, también hubiese desaparecido de la tierra. Estaba sumergida por completo en el dolor, la desilusión, la desesperanza que a duras penas rendía en la escuela, no tenía cabeza para nada más que compadecerme a mí misma por la mierda que mi ex mejor amigo me había hecho.

La primera semana de escuela fue, literalmente, el infierno sobre la tierra. Edward estaba en casi todas mis clases, lo que supuso verlo cada día ir y venir con su novia, besos intensos por cada rincón del aula, porque incluso, ella se había hecho cambiar de clases solo para estar con él. Más claro no podía ser, me estaban refregando su relación a la cara.

No me miraba, nunca. Y yo lo imité haciendo lo mismo. Pero no fue suficiente, el dolor estaba en carne viva, la desolación, todo estaba en primera línea todavía y de solo presentir que lo tenía cerca, aunque no lo viese, era una tortura en sí misma que no soporté por más de semana y media. Hice lo correcto, bueno lo que creí era lo correcto y me decidí a cambiarme de clases también. Un nuevo grupo de compañeros, viejos conocidos de la primaria con los que no había hablado en años, todo fue un respirar limpio y nuevo que me ayudó a avanzar. Con el tiempo me percaté que Alice sentía hacia mí una extraña furia. Lo adjudiqué al hecho de que la había sacado de mi vida, tal como Edward lo había hecho de la suya conmigo. Sin embargo, me dije, que le ahorraba el sufrimiento de estar conmigo y con él por separados, nunca la pondría a elegir entre nosotros, eso sería inhumano.

Me dediqué a seguir por mí misma, sin necesidad de que alguien más justificara mi existencia.

Al pasar los meses conseguí hacer varios amigos, Seth entre ellos, mi lindo y extraviado Seth. Mejoré mi ánimo con su compañía, mi vida tomó otro rumbo y me sentí feliz porque a mis trece años recién cumplidos, pude darme cuenta que aun existían buenas personas a mi alrededor.

No todos eran porquería después de todo.

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¿Qué has dicho, Bella? —Las dos giramos sorprendidas, para ver a un Edward totalmente pálido detrás de mí. La respiración se me atoró en la garganta, las manos me sudaron frías y me quise morir justo allí de la vergüenza.

—Sí, Bella, ¿qué has dicho? Explícale de nuevo a mi hermano lo que le confesaste hace años —dijo Alice con sorna y bastante alto.

Los ojos verdes de Edward estaban entornados mientras me veía fijo. Mordí mi labio y con un gesto airado volví mi mirada a Alice.

—Esto no es tú asunto —le reprendí conteniendo las ganas de estrangularla por su osadía.

Ella sonrió y de pronto me percaté de que Alice era una persona de tremendo cuidado.

—¿Bella? ¿Podrías responderme ya? —pidió Edward de forma seria. Lo miré de nuevo y sus ojos verdes estaban colmados de duda.

Quería que un terremoto sacudiera la tierra justo ahora.

Los recuerdos de la última vez, cuando le confesé mediante aquella carta del infierno todo mi amor, vinieron arremolinados de nuevo con el dolor de aquel entonces. Era fuerte aún a pesar de los años, pero no tan fuertes como yo. Ahora era capaz de ver a través de esa experiencia, el sufrimiento, la decepción lo realmente importante, el aprendizaje y la autoconsciencia sobre mí misma. Eso era pasado y no había nada peor que volver a caer en el teniendo las herramientas para evitarlo.

—Ya tú lo sabes, Edward, no hay necesidad de recordártelo —dije sin expresión en mi rostro. Él alzó una ceja y me observó más perdido que antes.

Me pregunté si fue buena idea acercarnos de nuevo, luego de todo lo que sucedió hace cuatro años. Arrugué el ceño y me puse en pie, era confuso y me encontraba hasta el cuello del sentimiento.

—Espera, Bella. —Edward me cogió del brazo, tenía la mandíbula apretada y sus ojos esmeraldas lucían opacos.

Alice bufó.

—Déjala, Edward, es tan cobarde que no te va a admitir nunca frente a frente lo enamorada que esta de ti. —Lanzó el comentario como una bomba nuclear sobre nosotros; mirándose el tono de sus uñas rosa pálido sin saberse aludida de nada. Edward arrugó el ceño de inmediato y yo temblé de solo recordar la respuesta que me había dado él por teléfono.

Me solté de su agarre sin dejar de mirarlo.

—Estuve, Alice, estuve enamorada él, tiempo pasado, ahora solo es una vago recuerdo que olvido la mayoría del tiempo.

—¿Podrías explicarme cuándo exactamente estuviste enamorada de mí? —Él estaba desconcertado, pero yo lo estaba más que él. ¿Cómo que cuándo? ¿Lo había olvidado? ¿Tan poco era yo en su vida, que lo había olvidado?

Negué con la cabeza haciendo un gesto de incredulidad y desazón. Apreté los labios y me fijé que Angela venía por mí.

—Es mejor que lo termines de olvidar, Edward, en realidad no vale la pena ir allí ahora. —Rodé los ojos y Angela llegó a mí con una sonrisa radiante que desapareció un poco al ver las caras de los tres.

—¿Sucede algo? —me preguntó preocupada.

—Nada que te deba importar —le siseó Alice a Angela, contuve las ganas de arrastrarla del cabello por toda la cancha.

—¡Ya deja de comportarte como una perra! —le grité cansada de su actitud.

Ella siguió viendo sus uñas como si no le hubiese dicho nada.

—Isabella, en este preciso momento me vas a explicar todo, con lujo de detalles. Porque no sé de qué jodidos están hablando. —Suspiré ante su exigencia, y más ira me dio de solo pensar que lo había olvidado por completo.

—¿Ahora quién es el cínico cuando se lo propone? —le aticé, usando las mismas palabras que él utilizó conmigo aquella vez. Se sintió bien devolvérsela como un torpedo de karma directo a su cara. Pero un segundo después me sentí terriblemente mal porque eso era un ciclo cerrado de mi vida, no tenía por qué decirle aquello. Además, yo no era esa clase de persona vengativa.

Edward entrecerró los ojos y me miró calculadoramente.

—Lo siento —me disculpé por mi comentario fuera de lugar, lo miré apenada—, no debí haber dicho eso. —Negué con la cabeza antes de sujetar a Angela de la mano para obligarla a seguirme el paso hasta los baños, donde nos cambiamos en completo silencio.

Tiré de mi ropa con fuerza y me puse los jeans con fastidio. Angela solo me miraba con cara intranquila sin animarse preguntarme.

—Sabes que puedes decirme lo que sea, Bella —me dijo tímida.

Sonreí y detuve el afán por un momento, la miré y suspiré viendo sus ojos.

—Lo sé, Angela. —No éramos las únicas cambiándonos de ropa, así que le dije—: Más tarde podemos hablar. —No deseaba a nadie más metiéndose en mis asuntos.

Angela comprendió al instante y me dijo que me esperaba afuera mientras yo terminaba.

Suspiré y tomé la blusa manga larga azul de cuadros negros para ponérmela. Cuando me la abotoné, la puerta del baño se abrió de nuevo; alcé la mirada y vi a Edward entrando tranquilamente como dueño del lugar, con la mirada extraviada como si buscara algo o alguien; abrí la boca para decirle que se retirara cuando una de las chicas empezó a chillar que se fuera.

—¡Voy con el rector Larry ahora mismo si no te vas! —Se metió a uno de los cubículos y desde allí se asomó esperando que él saliera. Edward le sonrió y se encogió de hombros sin importarle nada la amenaza de la chica.

—Edward, sal ya de aquí —le dije llamando su atención. Él giró al escucharme y su semblante cambió al verme, apretó la mandíbula y vino en mi dirección decidido. Las tres chicas que estaban junto a mí se alejaron despavoridas mientras se tapaban superficialmente con las prendas—. Yo misma voy acusarte, pervertido. ¡No puedes entrar aquí!

Se plantó frente a mí viéndose absurdamente engreído. Me dieron profundas ganas de golpearlo por atreverse a venir aquí sin algún tipo de vergüenza al baño de las chicas. Era Edward —me importa un carajo— Cullen después de todo, no sé cómo lo había olvidado.

—No me importa que me acusen. —Respiró profundo, llenándome de su aroma. Sacudí la cabeza y me concentré en sus palabras, era fácil perder el hilo de las cosas con él tan cerca—. Ahora, Bella, tienes que decirme qué fue eso de allá —dijo haciendo referencia a lo del enamoramiento que tuve de él. Entrecerré los ojos pensando que tal vez todo se trataba de una broma, y que hacía el tonto para humillarme o algo. Pero el brillo en su mirada, era sincero, como si de hecho, él no supiese nada.

Gruñí exasperada y lo jalé de la chaqueta café que vestía para arrastrarlo conmigo hasta el final del baño. Lo empujé al último cubículo y cerré la puerta. Quedamos los dos casi pegados por el estrecho espacio, sin embargo no me molesté en admirar su calor o su aroma, porque estaba decidida a terminar lo que Alice había empezado en la cancha.

Solté el agarre que tenía sobre su chaqueta, me recompuse un segundo antes de hablar.

—Sí, lo admito, estuve enamorada de ti hace cuatro años. Pero eso se acabó, lo superé hace tiempo. No veo a qué viene tanto revuelo de tu parte, además, tú ya lo sabías y me dejaste bastante en claro que no era correspondida.

Me recargué contra la puerta después de mi confesión. ¿Quién lo diría? Después de tantos años por fin podía decirle todo eso en la cara sin sentir miedo, dolor o pena en mi corazón.

Edward abrió un poco la boca, sin decir nada, luciendo estupefacto. Esperé a que me dijera algo pero él simplemente no hacía nada en absoluto, solo se estuvo allí en la misma posición sin hacer amago de nada.

—¿Y bien? ¿Acabaste con tu pérdida de memoria? —pregunté con sorna, viéndolo a los ojos. Edward parpadeó y en menos de nada me sujetó la cara con suavidad entre sus manos. Pegué un respingo del susto y puse las manos sobre las suyas para deshacer su agarre. Sin embargo, Edward no me dejó.

—¿Te dije que no te correspondía? —inquirió casi que gritándome en la cara. Me empujé hacia atrás pero la puerta se interpuso en mi escape. Edward tenía una extraña mirada cálida que me impidió dejar de mirarlo—. ¿Cuándo demonios sucedió eso?

—Eso fue lo que me dijiste en la última llamada que me hiciste, ¿recuerdas? —le respondí con cautela, pero no por miedo ni ansiedad, tampoco por el firme agarre de sus manos en mi cara o por la mirada intensa en sus ojos. Era más bien porque en sus ojos se leía la cruda incertidumbre una vez más.

—¿Te refieres a cuando te llamé para reclamarte por la carta donde menospreciabas a Tanya? —Él parpadeó y de pronto me sofoqué bajo el hormigueo que generaba su tacto frío en mi piel. ¿Qué carta le había enviado yo, menospreciando a Tanya?

Resoplé y él se acercó más a mí, sin dejar ir su agarre.

—¿De qué hablas? Yo jamás te envié una carta menospreciando a Tanya. —Él negó con la cabeza, y sentí su aliento batiéndose contra mi cara—. La única carta que te envié fue para confesarte lo que sentía por ti.

—¿Me estás mintiendo? —me cuestionó bajo, pero sin reproche en su tono.

—¡¿Qué?! ¿Por qué tendría que mentir sobre eso? —Me sentí ofendida porque no me creía una sola palabra; y es que… ¿de dónde había sacado aquello? ¿Yo escribiéndole sobre Tanya? Lo último que harías sería algo como eso.

—Pero Emmett me dijo que tú la habías escrito —acotó.

Asentí sin dudar.

—Es cierto. Le entregué a Emmett mi carta para que te la dejara en tu habitación. Era una carta donde expresaba todo lo que sentía por ti. Nada más que eso. —Él bajó la mirada con el ceño fruncido. Aproveché y retiré sus manos de mi cara. Abrí la puerta y salí para tomar aire fresco ya que me sentí ahogada de su presencia; caminé al lavamanos y cerré los ojos inspirado profundamente, agradeciendo que todas hubiesen abandonado el baño.

—En aquella carta tú solo describías lo horrible que era Tanya para ti. —Edward salió también del cubículo y se posesionó a mi lado—. Al final de la carta decía que necesitaba elegir entre las dos. —Lo último lo susurró, dejando de hablar al final. Abrí los ojos rabiosa.

—Ya te dije que no escribí tal cosa. —Volví a insistir, esta vez mirándolo por el espejo—. Pero no es mi problema si no me quieres creer. —Rodé los ojos, la conversación terminaba en ese mismo segundo, no estaba dispuesta a seguir con esto.

Cogí la ropa de deporte que estaba al lado de la puerta, lo miré una última vez antes de salir. Esta vez no me detuvo ni hizo algún movimiento para impedir que me fuera.

Tomé aire y me fui.

Me sorprendí cuando seis pares de ojos me miraron al salir del baño. La tensión fue palpable en el ambiente cuando di un paso afuera. Seth, Jessica y Angela estaban apostados de un lado mientras que Emmett, Alice y Rosalie Hale se estaban del otro lado, todos mirándose unos a los otros, estudiándose.

—Hola, chicos —dije para mis amigos, de repente sentí que había interrumpido una conversación silenciosa muy importante—. Eh… ummm, ¿qué hacen todos aquí? —pregunté suavemente, sin querer meterme demasiado.

—Esperándote.

—Esperando a Edward.

Los seis hablaron al tiempo, pero capté el mensaje en seguida. Todos ellos sabían que estábamos adentro, en el baños de chicas, completamente solos. El sonrojo que me atacó fue masivo. Qué vergüenza, pensé recolocando mi cabello para que me tapara algo. Caminé con la mirada baja hasta ponerme al lado de Seth, no quería que vieran mi estado lamentable. Entonces la puerta se volvió a abrir y por ella salió Edward portando una cara malhumorada. Alice me miró sombría al ver el estado de ánimo de su hermano.

—Mejor nos vamos —dijo Jessica agarrándome de la mano.

Asentí y me dediqué todo el tiempo a mirar la moqueta, me sentía fatal conmigo misma por revivir aquel episodio del pasado; y no tenía fuerzas para pensar sobre las extrañas palabras de Edward acerca de la carta.

Cuando buscamos nuestras cosas al locker, las preguntas empezaron.

—Es algo del pasado que no tiene importancia, la verdad. —Jessica alzó las cejas sin creerme, Seth me observó pensativo mientras que Angela se mordía el labio, apenada por querer preguntarme más. Suspiré, tendría que explicarles de qué iba todo o sino no me dejarían en paz—. Edward y yo éramos mejores amigos hace años. Me enamoré de él sin darme cuenta, así que decidí confesarme por medio de una carta. Él lo tomó mal, me dijo un par de cosas hirientes y tomamos caminos diferentes después —dije deprisa, sin dar detalles.

Jessica gruñó. — ¿Y por qué carajos nunca nos dijiste sobre esto? —Me abrazó tomándome por sorpresa.

Sonreí por la muestra inesperada de cariño de mi amiga y Seth me acarició el cabello en silencio.

—Es que ya no importa, eso sucedió hace años y ya lo superé por completo —dije sincera, mientras nos separábamos del abrazo. Angela enganchó su brazo con el mío y empezamos todos a andar hacia la salida del edificio.

—Pero debiste haberlo dicho —musitó Jessica, preocupada por mí.

Reí un poco y ellos me miraron mal. —Es que no sé de qué va todo esto, si es algo del pasado. No me duele ni me afecta. ¿Por qué les preocupa tanto? —Ahora todos querían saber del pasado, no me divertía, pero era irónico.

—Porque eres nuestra amiga y cualquier pendejo cojonudo que se atreva a dañarte, se las verá con nosotros —dijo Seth sin pizca de broma en su tono.

Angela y Jessica asintieron.

—Gracias, chicos, por el apoyo; pero sigo diciendo que no hay nada de qué preocuparse. ¿Está bien?

Ellos hicieron muecas inconformes, pero no dijeron nada más al respecto lo que restó del camino a casa.

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Estaba acostada en el porche de mi casa sosteniendo un libro entre las manos. Eran las cuatro y media de la tarde, recién había acabado con los quehaceres pendientes de la casa. Sin nada más que hacer, decidí terminar un trabajo de física que era para el día viernes con el fin de aligerar la carga de la semana en seguida. Varios útiles escolares se encontraban regados a mi alrededor, una suave música de los ochenta me llegaba desde la cocina mientras permanecía acostada boca abajo y moviendo las piernas cruzadas al aire. No había llovido aún en la tarde, por lo que aproveché el generoso buen clima para quedarme en el porche por hoy.

Sin querer lo sucedido al final del día escolar vino a mi mente; dejé caer el libro y me quedé ida pensando en aquello en lo que insistió Edward sin descanso. ¿Yo escribiéndole cosas feas sobre Tanya? No lo podía creer. Además, ¿cómo era eso de que "le dije que eligiera entre las dos"?

Sacudí la cabeza rechazando semejante tontería; yo nunca escribiría algo como eso. O Edward estaba muy mal de la memoria o algo más había pasado con la carta.

Escuché el suave ronroneo de un auto acercándose y miré por la calle para ver si se trataba del señor Cohen, nuestro vecino. Pero el auto era demasiado lujoso para ser de él. Con un veloz movimiento, Edward aparcó su auto a un lado de la carretera. Alcé las cejas cuando lo vi caminar fuera del volvo con paso fuerte.

Me incorporé dejando las cosas olvidadas en el suelo.

Él terminó de acercarse con un par de zancadas y de cerca, no pude dejar de notar lo guapo que se veía vistiendo esa camisa negra manga larga, pantalones oscuros y zapatos deportivos grises. Se veía hermoso. Tenía el cabello húmedo y sus manos todo el tiempo estuvieron escondidas en sus pantalones mientras se acercaba; la última, una mala costumbre que ni Esme logró quitarle.

—Hola, Edward. ¿Qué haces aquí? —le pregunté bajando las escaleras para ir junto a él. Sonrió de lado mirándome de una forma bastante inquietante.

—Acabo de ir a la casa de Tanya —me dijo animado, alcé una ceja y cambié el peso de mi cuerpo a la otra pierna. ¿Qué pretendía que hiciera al respecto?

Asentí y miré a su derecha, incómoda.

—Eso está… ¿Bien…mal? No sé ni qué decirte. —Reí por lo bajo nerviosa, era su problema, ¿no? Tratar de arreglar las cosas con Tanya, si eso era lo que deseaba. Si tanto la amaba como para perdonarla.

Edward me tomó delicadamente de la barbilla e hizo que lo mirara a la cara.

—Me confesó que cambió tu carta por otra que ella misma escribió; esa que encontré y por la que reaccioné de esa forma contigo.

Abrí bien grande los ojos y un pequeño jadeo escapó de mi boca. ¿Tanya había hecho qué? Edward se acercó más a mí y con su otra mano me sostuvo de la cintura. Sus ojos brillaban más intensos de lo que alguna vez pude apreciar.

Tanya cambió mi carta, por otra. La sola idea me provocó un escalofrío, no supe qué hacer y mientras Edward me miraba tan cerca, yo solo pensé en lo mucho que lamentaba aquello. Porque de ser así entonces, Edward en verdad jamás supo lo que sentía por él. Pero también estaba el hecho de que me creyó capaz de escribir cosas horribles sobre otros; me dolió darme cuenta de eso.

—Es bueno aclarar la duda… ¿Gracias? —Estaba insegura de cómo tomar la noticia, ahora pude entender cosas que surgieron durante nuestra conversación telefónica, que jamás logré comprender del todo—. Me imagino que lo hizo para que te quedaras con ella. —Me encogí de hombros restándole importancia al asunto; después de todo, nada podíamos hacer al respecto.

Edward arrugó el entrecejo. —¿No te importa nada? —inquirió.

—En realidad no es que no me importe, lo que sucede es que nada gano con enfurecerme, por algo que no puedo cambiar.

—A mí si me importa y mucho. —Adquirió un matiz más oscuro y vivo en su mirada; me percaté que acercó su rostro más al mío y mi corazón empezó a latir raudamente contra mis costillas, él tenía claras intenciones de besarme. ¿Cuántas veces soñé esto de niña? Que Edward aceptara mis sentimientos y me correspondiera de la misma forma que yo lo amaba. Miles, sino eran más. Sentí su aliento rozando contra mis labios, su mirada había vagado hasta mi boca en un instante.

Pero la sensación de que estaba haciendo algo realmente mal me sobrecogió. Eché la cabeza hacia atrás sorprendida. Entonces la posición en la que nos hallábamos la encontré muy comprometedora, demasiado cercana para tratarse de dos personas que recién están volviendo a entablar una relación amistosa.

—No es buena idea, Edward —susurré tratando de retroceder, pero su agarre en mi cintura fue más fuerte que yo—. Edward…

Él bufo y suspiró. Sin embargo no me dejó ir. En cambio colocó su otra mano en mi cintura y me pegó contra todo su torso, sin dejar ningún tipo de espacio entre nosotros. Ahogué un jadeo al sentirlo de esa forma tan íntima. Él era dureza al roce y fuego al tacto.

—No me puedo controlar cuando te tengo cerca —me dijo a modo de confesión, en mi oído. Me mordí el labio, sofocando el estremecimiento que me invadió debido a sus palabras. ¿Qué era lo que dijo? ¿No se podía controlar conmigo? Mi corazón repiqueteó lleno de orgullo y satisfacción a pesar de que mi cerebro le solicitaba que se calmara de inmediato; era todo muy confuso y yo no tenía porque sentir orgullo en lo absoluto—. Perdón por ser un idiota contigo, Bella, nunca podré perdonarme por la manera en que te traté.

Para ese punto, yo posiblemente me encontraba en medio de un agujero interestelar. Eran demasiadas cosas, lo de Tanya, nuestra extraña interacción, mi sobrerreacción hacia él, el poderoso nudo que sentía en medio de mi pecho por sus palabras…

—Edward, tranquilo. —Me obligué a decir cuando él murmuró un suave quejido—. Yo te perdoné hace tiempo, además, ahora sabemos que fue también culpa de Tanya que reaccionaras de esa forma.

Él enterró su rostro en mi cuello y no pude contener la necesidad de acariciar su cobrizo cabello. Su aliento me golpeó produciendo una reacción en cadena desde ese lugar hasta mi columna.

—Eras mi mejor amiga, ¿cómo pude dudar de ti? —Se hostigó, presionando más su perfecta nariz contra mi piel.

—¿El amor? —dije más como pregunta—. De todas formas no vale la pena desgastarse con eso, Edward.

Nos quedamos así por unos minutos, él sosteniéndome firmemente de la cintura, su rostro enterrado en mi cuello y yo acariciándole suavemente su cabello. Se sentía correcto e incorrecto a la vez, él y yo estando así, tocándonos como si no importara nada más que apaciguar nuestros sentimientos el uno con el otro. Suspiré nostálgica, me pregunté: ¿qué habría sucedido con nosotros si Tanya no se hubiese metido al medio? ¿Estaríamos juntos?

—¿Edward?

—Dime —dijo suavemente apretándome la cintura un poco más.

—Quiero saber algo. ¿De verdad crees que soy tan mala persona? —cuestioné; me carcomió la duda de repente, a pesar de que no me fustigaba demasiado la nueva información, yo quería saber si mi mejor amigo, de aquel entonces, en realidad sí me llegó a conocer un poco. Edward había creído muy fácil que yo había escrito aquello.

Levantó la mirada dejando la piel de mi cuello sensibilizada con su respiración. Me miró con los ojos apesadumbrados llenos de culpa no dicha, al ver lo que sus esmeraldas traslucían, el pesar me invadió por completo haciendo que sintiera una horrible y profunda punzada.

—Yo… en ese momento no tenía cabeza; no me mal interpretes, Bella, siempre he sabido que eres la persona más bondadosa, tierna, verdadera, especial que he conocido en mi vida, sin embargo, no puedo excusarme y decir que simplemente estuve cegado por Tanya. —Suspiró y retiró las manos de mi cintura—. Realmente no tengo palabras suficientes para que me perdones por desconfiar de ti.

Asentí comprendiendo cada una de sus palabras. Edward me miró con tanta vergüenza que no me animé a decirle nada más al respecto. Él al menos lo había reconocido. No dejaba de ser doloroso, pero aun así, era algo de considerar que evidenciara su error.

No le iba a reprochar lo que hizo o no. ¿Para qué? No tenía sentido hacerlo. Ya tenía mi respuesta, él me creyó capaz de eso, lo cual era algo decepcionante.

—Pasado es y siempre lo será —dije para aligerar el ambiente, miré el camino de piedras con bastante interés. ¿Y ahora qué?, me pregunté analizando la situación. Lo que había empezado como un mal entendido, el triángulo amoroso en el cual a él y a mí nos habían envuelto injustamente, nos acercó lo suficiente como para pelearnos, discutir, razonar, comprender muchas cosas de nosotros y del pasado; y eso estaba genial, aclarar las dudas… Sin embargo, ¿dónde nos dejaba eso ahora?

Me mordí el labio escarbando en mi mente.

—¿Bella?

Alcé la mirada ante su llamado suave y me quedé fascinada de nuevo por lo hermoso que era, sus facciones habían madurado con los años, y para ser sincera conmigo misma, me encontré comparando en mi mente al Edward de ahora y al Edward de antes.

—¿Sí?

—¿Crees que alguna vez podamos ser amigos de nuevo? —me preguntó agarrándome la mano, su dedo pulgar acarició el dorso de ella y un pequeño cosquilleó se deslizó por toda mi extremidad superior.

Carraspeé y pensé en su pregunta.

—Solo si prometes hablar conmigo antes de juzgarme por alguna cosa —le dije pidiéndole sin tapujos lo que creí necesario para forjar una verdadera amistad esta vez. Una pequeña voz en mi cabeza estaba molesta porque estaba aceptándolo de nuevo dentro de mi vida sin mayor mérito, más no le presté atención. Yo sabía cuidarme ahora, era fuerte y nada podía dañarme como antes.

Edward sonrió con verdadera tristeza y se acercó para darme un beso en la mejilla. Fue tan cálido el gesto, que en cuanto separó sus labios apetecibles de mi, el frío se sintió violento contra mi piel.

—Te lo prometo.

Le sonreí extasiada por tener de vuelta a mi amigo, asentí soltándome de su agarre. Retiré un mechón de cabello de mi rostro y lo miré debajo de mis pestañas, tenía que aceptar que me gustaba el riesgo que suponía tenerlo de nuevo en mi vida; no era idiota, sabía que las cosas no se arreglaban por arte de magia, había mucho trecho entre nosotros, cambios, historia, anhelos y no sabía si compaginaríamos después de todo lo sucedido. No sabía si el destiempo nos atizaría más adelante. Ya veríamos por el camino.

—Es hora de irme —dijo después de un momento de silencio cómodo. Me mordí el labio y asentí perdida en su brillante sonrisa.

—Nos vemos mañana —le dije sin esconder mi emoción. Lo quería de nuevo en mi vida a pesar de todo lo malo que nos había sucedido. Quizás era idiota e incapaz de ver más allá que el aturdimiento del reencuentro, sin embargo, las cosas eran muy diferentes ahora. Yo no poseía sentimientos escondidos hacia él, todo era claro y sin confusiones en mi mente. Mi corazón se hallaba mucho mejor resguardado esta vez.

Edward acercó su mano para retirar el mechón de cabello que luchaba contra mis intentos de aplacarlo y lo colocó detrás de mi oreja con extrema delicadeza.

—Hasta mañana —se despidió y luego lo vi partir en su auto.

Intenté reprimir las ganas de pensar en sus acciones y las palabras que me dijo pero fue inútil. "No me puedo controlar cuando te tengo cerca". Sentí el sonrojo invadirme de solo recordarlo y el cosquilleo en mi estómago rebarbó por todo mi cuerpo como un latigazo.

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Los días siguientes transcurrieron en más calma, casi todo había regresado a la normalidad; el chisme perdió fuerza y por el momento solo algunas chicas seguían jodiéndome la paciencia, sin embargo no era nada que no pudiese manejar con una buena señal de mi dedo favorito.

Por otro lado, Eric se alejó por completo de nosotros, quizás porque oficializó su relación con la zorra de Tanya, con quien ahora se la pasaba la mayoría del tiempo comiéndose la cara en cada oportunidad que tenían. A veces solo deseaba atropellarlos a los dos. Aún me enervaba la mierda que les habían hecho a Angela y a Edward como el primer día.

Edward me saludaba cada día en las mañanas con un beso en la mejilla que siempre lograba desajustar mi temperatura corporal; a pesar de que Jessica y Seth siempre lo miraban de mala forma por hacerlo, parecía que no le importaba en lo absoluto.

—¿Qué tienes con Edward Cullen? —Mike me preguntó mientras se posicionaba al lado de Seth. Los últimos días, había vuelto a juntarse con nosotros ya que al parecer Eric no le prestaba atención debido a Tanya.

Miré al frente para que no viera la molesta que estaba por su pregunta. —Nada.

Respondí a secas, sin darle el menor detalle. Seth me puso su enorme brazo encima y me estrechó contra su costado.

—No seas arpía —me dijo al oído y yo le atiné un golpe suave en el abdomen. Se rió y me besó el tope de mi cabeza.

—Para ser nada, te trata con demasiada familiaridad —dijo con desdén Mike, volví la mirada a él y sus ojos azules no denotaban nada más que molestia. ¿Qué le pasaba? Jessica, Angela ni Seth me habían cuestionado sobre las pequeñas charlas que sostenía con Edward en la mañana, como para que Mike –que apenas lo consideraba un "amigo"– me estuviese preguntando sobre mi relación con Edward.

—No es tu asunto —dije mirándolo con el ceño fruncido. Me devolvió la mirada de mala forma y se fue por uno de los pasillos, refunfuñando.

Jessica chasqueó la lengua.

—Voy por él —anunció antes de alejarse en la misma dirección que Mike, probablemente para apaciguar su enojo. Si había algo que detestaba era que se metieran en mis asuntos personales.

Seth soltó una risotada que hizo sobresaltar a una distraída Angela a mi derecha. Ella había estado en ese estado desde que Eric empezó a pasear a Tanya como un trofeo delante de toda la escuela.

—No puede ser que seas tan mala —dijo mi amigo negando con la cabeza—. Es que, carajo, él esta tan enamorado de ti que ya no puede disimularlo.

Jadeé en respuesta a su comentario e hice que los dos se detuvieran en medio del pasillo.

—¿Que Mike qué? —dije incrédula, cogí a Seth de la camisa gris que vestía y lo jalé para que se pusiera a mi altura, encorvado.

Él se siguió riendo con fuerza y lo acerqué más a mí cara.

—Es obvio, Belly. ¿No lo habías notado? —Rodó los ojos y soltó una nueva carcajada al ver mi rostro desencajado con la noticia. De repente me sentí como la peor de las perras por no haberme percatado de eso antes—. Oh.

Parpadeé varias veces y miré a Angela que lucía tranquila, como si nada de eso fuera una sorpresa.

—¿Lo sabías, Sngela? —Ella acomodó sus gafas y asintió tímida.

Sofoqué un gemido de culpa.

—¿Cómo es que tú no te habías enterado de eso? —me dijo Seth en tono burlón. Dejé ir mi agarre en su camisa, ahora arrugada, y miré el pasillo por donde se había ido Mike.

—Yo… es que nunca pensé que tuviera esos sentimientos hacia mi —dije anonadada—. Te juro que nunca hice algo para que él…

Seth me acarició la cabeza, haciéndome sentir una niña pequeña.

—No hizo falta que hicieras algo, Bella.

Miré la moqueta, sintiéndome mal y con ganas de vomitar. Yo sabía lo que era no ser correspondido, sentir algo tan maravilloso por alguien que ni siquiera sabe que estás a su lado. Es desolador.

—¿Debo disculparme con él? —susurré bajo mirándolos a los dos. No quería dejar las cosas así con Mike, él era mi amigo; no tan cercano como Seth, Jessica y Angela lo eran, pero amigo al final. El remordimiento estaba por consumirme justo allí.

—Por lo único por lo que debes disculparte es por la forma en que lo trataste recién. No por no sentir lo mismo que él —me dijo Angela y yo me mordí el labio pensando que sería lo mejor en estos casos.

Lamentaba no tener experiencia en este tipo de situaciones, pero tendría que aclarar las cosas con Mike tarde o temprano.

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—¡Isabella, tienes visita! —Levanté la vista de los apuntes de literatura y arrugué el ceño al escuchar a Big Swan vociferar como león desde la planta baja. ¿Quién podrá ser tan temprano?, me pregunté poniéndome en pie. Eran las ocho de la mañana apenas, un bendito sábado de descanso; era terriblemente molesto que me visitaran a esta hora. Cogí mi celular de la mesa de noche y miré para ver si tenía algún mensaje sobre esto, sin embargo no había nada.

Gruñí y grité: —¡Ya estoy abajo en seguida, Pa!

Me agarré el pelo con lo primero que vi y salí fuera de mi habitación con pasos pesados. Al bajar las escaleras noté que Big Swan estaba apostado en la puerta principal con los brazos cruzados y con su bigote moviéndose de un lado a otro; en un claro síntoma de incomodidad.

—¿Quién es? —indagué estudiando su comportamiento. Me miró fijamente antes de girarse y abrir la puerta. ¡¿No lo había hecho pasar!?, chillé indignada por dentro. Big Swan era realmente estricto con los valores y modales en casa, por eso no comprendía que pasaba.

Pero en cuanto vi de quién se trataba, toda mi cara se volvió roja de la vergüenza y entendí la actitud de Charlie.

Edward estaba en el porche de mi casa, sonriéndome de forma brillante. Estaba divino con sus jeans azules, camiseta blanca ajustada a sus bíceps y zapatos negros de cuero. Suspiré por dentro encantada con su belleza masculina. Me mordí el labio y desvié la mirada a mi padre que no le concedía el paso, a pesar de haber abierto la puerta.

—Hola, Edward —lo saludé terminando de bajar las escaleras y colocándome al lado de Charlie, le di un pequeño empujón para que se apartara. Big Swan bufó y se perdió a la sala de estar sin decir nada. Él sabía que algo malo había pasado entre nosotros, pero nunca me preguntó directamente por qué había dejado de ser amiga de Edward—. Ven, sigue. —Lo invité a entrar y me hice a un lado.

Él entró y se acercó para darme un beso en la mejilla que me hizo sonreír alucinada. Bueno, ya basta, Bella. Que sea atractivo no significa te vuelvas loca a su alrededor.

Hormonas, dichosas hormonas, me respondí a mí misma.

—Hola, Bella. —Me cogió una mano y me la acarició suavemente; había notado que siempre hacía lo mismo, incluso en la escuela.

—¿Paso algo?—pregunté sin saber del motivo de su visita.

—Nada en especial. ¿Por qué? —me preguntó. Estábamos prácticamente susurrando entre nosotros; Charlie no paraba de mirarnos de reojo desde el sillón.

Rodé los ojos. —No esperaba a que vinieras hoy.

Edward hizo un dulce mohín con su boca y me respondió. —¿Te estoy interrumpiendo?

Alce las cejas y negué demasiado frenética.

—No, para nada. Es solo que no te esperaba —balbuceé mirándolo relajarse de nuevo—. Umm si quieres vamos arriba. —Edward entendió de inmediato y asintió; las energías pesadas de Charlie me tenían los nervios de punta.

—¿Recuerdas cuál es mi habitación? —pregunté avergonzada, él asintió—. Adelántate y ya voy contigo, ¿sí? —pedí, sabiendo que tenía que explicarle a Charlie algunas cosas antes de poder pasar el rato con Edward.

Él me guiñó el ojo y se encaminó escaleras arriba.

Esperé a que tomara la dirección correcta hacia la izquierda y entonces me fui a la sala con Charlie.

—¿Ustedes dos están saliendo? —me preguntó molesto "mientras veía la tv", apenas puse un pie en la instancia.

—Claro que no. —Negué sin pensarlo. Era absurdo. ¿Edward y yo saliendo?

—¿Y entonces? —Movió su bigote de un lado a otro, yo estaba estrujando las manos en mi camiseta debido a la presión. Charlie tenía mucho poder sobre mí, no porque le temiera o algo así; yo lo quería demasiado y siempre me ponía mal la idea de no cumplir con sus expectativas.

Carraspeé y lo miré mientras pagaba por fin la tv.

—Estamos intentando ser amigos de nuevo.

Torció el gesto, dejando el silencio caer sobre nosotros en cuento dije aquello. Me pasé las manos sobre la cara y esperé a que me dijera lo que sea que tenía que decirme, pero al correr los minutos, ninguna palabra brotó de su boca.

—Todo se encuentra bien, Big Swan.

—Bella… —Empezó con ese timbre de voz que vaticinaba un sermón extenso sobre lo que debía hacer.

—Ya lo sé —dije tranquila. Yo realmente sabía en lo que me estaba metiendo, poseía marcas internas que nadie jamás iba a poder borrar; no era novata. Sabía que aun sentía atracción hacia Edward, pero no de la misma forma de hace algunos años. Era diferente ahora, y por encima de todo yo ya no lo amaba. Así de sencillo. Todo lo que sentía por él, era aprecio, compañerismo…. y claro estaban también aquellas sensaciones extrañas cada vez que lo tenía cerca, pero, ¿cómo puedo no sentirlas si Edward era un chico tan atractivo? Es decir, más de la mitad de la escuela —antes del chisme— querían follarlo. No las culpaba, él era la perfección en persona.

Soy una adolescente, por todos los cielos, no una santa con problemas de la vista.

—Pero no quiero volverte a ver mal, hija. —Su tono bajó de intensidad, y me dio pesar que él se estuviese preocupando de más.

Le sonreí. —Todo va ir bien.

—Eso espero —dijo en tono resignado, volviendo a encender la tv. Creía fervientemente en mis palabras, yo no tenía por qué sufrir esta vez.

Con un asentimiento de cabeza dejé la sala y subí las escaleras. Mientras avanzaba, solo podía repetir una y otra vez en mi cabeza que era fuerte, decidida, madura e ingeniosa; la pequeña e inocente niña ya no se encontraba presente, solo me hallaba yo, una chica aterrizada, dura y madura.

Edward estaba de pie mirando hacia la ventana cuando entré a mi habitación. Hice un recuento rápido del orden y me alegré por haber limpiado ayer en la tarde.

—Hola. —No sabía qué más decir. Era…singular verlo en mi cuarto después de todo este tiempo, y sin embargo, se sentía demasiado familiar tenerlo de vuelta. Edward se giró y me regaló una sonrisa precavida, pero igual de hermosa.

—¿Todo se encuentra en orden? —me preguntó caminando en mi dirección. Me sonrojé sabiendo a qué se refería. Charlie puede ser un ogro rabioso cuando se lo proponía, y para mi vergüenza total, Edward no se salvó del genio de Big Swan.

—Sí, todo sin problemas. —Edward me agarró de la mano y empezó a acariciarme la piel en suaves círculos. Me mordí el labio intentando aplacar el cosquilleó que se deslizó por todo mi cuerpo. Aquel gesto siempre lograba embotarme por completo.

Edward tomó otro paso acercándose tanto a mí que mi nariz por poco rozaba su pecho. Tragué pesado por su cercanía; por un momento todo lo que pude percibir fue a Edward; su aroma, el calor que emanaba de su ancho tórax, la descarga eléctrica que se expandía entre nosotros y la tranquilidad que tanto había echado de menos cuando estábamos juntos.

Se cernió sobre mí para dejar un beso suave en mi coronilla. Sostuve la respiración y me dejé hacer sin oponerme. Fue tan dulce, como lo es un beso de un hermano apreciado.

Ahogué las ganas de suspirar, mientras él se separaba para mirarme a los ojos.

—Me merezco cualquier cosa que el señor Swan pueda hacerme —me dijo mientras me jalaba del agarre en mi mano, para sentarnos en la cama. Negué con la cabeza y me sentí peor que antes por la falta de cortesía de Charlie.

—Eso no es cierto, Edward —le dije entrelazando nuestros dedos, él dejó de mirarme un segundo y miró nuestras manos unidas.

Sonrió de forma triste.

—Hasta hace cuatro semanas yo… no soportaba mirarte. Era como si algo dentro de mi te odiara profundamente —me confesó viéndose algo aturdido, triste, como si no pudiese creerlo él mismo. Me dolió que se sintiera así, pero no lo culpé.

—Entiendo… —dije bajando la mirada, todo este tiempo él había creído cosas de mí que no eran ciertas; pero no por eso iba a permitir que Big Swan lo volviera a tratar como un delincuente peligroso.

—No, no lo entiendes, Bella. —Alcé la mirada de nuevo hacía él y sus ojos estaban nublados con algo que no supe interpretar. Edward pasó la mano sobre su cabello antes de continuar—. Ahora comprendo por qué me sentía de esa forma.

Arrugué el ceño tratando de entre ver lo que él quería decir con eso, pero sus ojos verdes solo estaban plagados de dolor.

—Solía pensar que todas esas emociones terribles se debían a lo que había pasado con Tanya y la carta que me enviaste. —Contuve la respiración, esperando a que prosiguiera y me sacara de la miseria en la que estaba al saber que en su corazón él me llegó a odiar—. Pero ahora estoy seguro que nunca se trató de Tanya. Siempre se trató de ti, Bella.

¿De mí? ¿Qué le hice yo para que se sintiera de esa manera?

Un pequeño quejido que salió de mi garganta enlodó el ambiente tenso. Al verme palidecer Edward se apresuró a besarme la mano tiernamente.

—Demonios… tú seguiste con tu vida como si nada; conseguiste nuevos amigos, volviste a ser feliz en tan poco tiempo que te detesté por ello. Porque me dejaste atrás y te olvidaste de mí.

¿Me culpó por intentar ser feliz?

Parpadeé y me puse en pie necesitando aire. Pero él no me lo permitió; me jaló de la mano, abrió las piernas y me hizo pararme entre ellas mientras sus manos me sostenían de la cintura.

—Soy una persona egoísta —continuó sin dejar de mirarme—. Ahora puedo ver que no deseaba a nadie cerca de ti, más que a mí.

Me quedé paralizada procesando sus palabras. Mi ritmo cardíaco aumentó y el pitido en mis oídos se hizo violento. Me hundí un poco en la decepción que suponía la manera de pensar de Edward con respecto a mí. Más cuando luché tanto por salir de ese terrible bache en mi vida.

—¿Por qué te sentías de esa forma? —inquirí perdida en sus ojos, estaba prácticamente envuelta en él, aunque sus piernas solo me apresaran un poco, tenía esta sensación en el pecho. Lo vi dudar por un segundo antes de que la firmeza volviera a imponerse en sus esmeraldas.

—Antes yo tampoco podía comprender por qué me sentía de esa forma y por ello lo adjudiqué todo al tema de la carta. —Cogió una larga respiración antes de juntar su frente con mi abdomen, reprimí el jadeo que quiso salir disparado de mi boca al verlo tan frágil—. Pero ahora no tengo dudas; la verdadera razón por la que me sentía de esa forma es porque me gustas, Bella, y me jode que alguien más pueda ocupar el lugar que siempre fue para mí.

¿Qué?

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Bueno niñas este es el capi veteado por la linda Manue muaxxxxx gracias!