Pasa otra semana de vigilancias que duran toda la noche en la fría oscuridad antes de que finalmente consigan una imagen clara de Yuri en el acto. Dean y Cas están hechos un ovillo juntos en la azotea de un apartamento en Cloverdale a las 4 de la mañana, un bulto en la oscuridad, observando desde el borde hacia un frío y húmedo callejón.
Yuri camina de un lado para otro justo debajo, frotándose las manos y murmurando para sí mismo. Es un hombre alto de color, siempre bien vestido, nunca de forma apropiada para las situaciones en las que parece encontrarse. Es un presunto intermediario, un traficante. Compra los bienes robados y los vende a clientes que no hacen demasiadas preguntas, y hoy está esperando en un oscuro callejón en un abrigo de lana con un coche el cual Dean está dispuesto a apostar que está repleto de equipos de música arrancados y joyas desparejas.
—Vamos —murmura Dean, su aliento formando una nube en el intenso frío nocturno—. ¿A quién demonios estás esperando? —lleva tanto despierto que ha pasado de estar cansado directamente a entumecido y nauseabundo.
Un Mercedes plateado aparece por el callejón, dejando un camino de humo tras de sí.
Cas levanta su cámara con excitación, ajustando la lente y enfocando las matriculas. Dean no puede evitar coger su brazo y susurrar, —¡Joder, joder, joder sí, eso es!
Un hombre sale lánguidamente del coche, todo estilo y gracia. No es como ninguno de los barriobajeros que han visto antes. Es rubio con una barbita recortada y se acerca a Yuri como si estuviera a cargo.
La cámara de Cas hace clic silenciosamente.
Yuri le dice algo en voz baja. El otro hombre suspira y saca un paquete de su bolsillo, envuelto en alguna clase de plástico brillante y más o menos del tamaño de un libro. Lo bambolea, como diciendo "¿Satisfecho?".
Dean y Cas apenas respiran. El agarre de Dean en Castiel se intensifica. Cas está tomando fotos tan rápido como puede apretar el botón.
Yuri saca una navaja de bolsillo y corta el paquete, lo toca con un dedo y lo prueba.
Esto es mucho más grande de lo que esperaban.
Yuri parece aprobar los bienes del otro hombre, y saca un rollo de dinero unido con una goma. El hombre se mete el dinero en el bolsillo, junta sus manos y se arquea sardónicamente, un sonriente gesto de agradecimiento. Intercambian unas cuantas palabras más y el hombre rubio se vuelve a su Mercedes y conduce alejándose; Yuri mete su nueva compra entre los pliegues de su chaqueta y se mete en su insulso sedan beige, saliendo del callejón y hacia la fría noche.
—¡Hostia- hostia puta! —tartamudea Dean—. ¿Cas, has pillado todo eso?
—Sí —la cara de Cas está rosada por el frío y la agitación, y cierra la cámara de nuevo dentro de su funda con dedos temblorosos—. Sabía que las lentes de visión nocturna eran una buena inversión.
Dean desenrosca su termo de ahora café tibio y toma un trago. Se limpia la boca con la parte posterior de su mano y se incorpora poniéndose de pie. —¡Tenemos algo sucio! ¡Tenemos algo genuinamente sucio, Cas! ¡Más vale que Jody nos dé una buena suma! ¡Eso era… eso tenía que ser un quilo! Esta ha tenido que ser la redada antidroga más fácil de la historia del condado.
Cas intenta levantarse y gruñe, agarrándose la pantorrilla. —Se me ha dormido la pierna…
—Aquí… —Dean agarra su brazo y lo alza, le palmea en el hombro, sonríe—. Buen trabajo, Cas. Gran trabajo.
Cas se apoya en él reclinándose, sus ojos destellando y su respiración jadeante entre ellos. Le devuelve la sonrisa a Dean, y luego él… él se balancea hacia delante…
Dean se congela, su mano apretada en el hombro de Cas, su cuerpo rígido y sus latidos en su paladar.
La barbilla de Cas se alza, y entonces el resto de él se para, suspendido a medio pensamiento, sus labios ligeramente abiertos y sus ojos fijos en Dean.
Sus alientos se mezclan en el aire, blancos y densos.
—Gracias —dice Cas, con su profunda y áspera voz.
Dean sabe que este es el momento, el minuto, la hora del juicio y llegados a este momento, este minuto, esta tardía hora realmente no le importa que quiere exactamente o por qué lo quiere. Simplemente entiende de repente con sorprendente claridad que lo quiere.
—Cas —dice él. Se inclina un poco hacia delante, entrecierra un poco los ojos. Ladea un poco la cabeza hacia abajo…
De repente Cas baja la cabeza, se aclara la garganta y mira hacia el suelo, se desliza hacia atrás apartándose de Dean, y después de todo quizá este no es el momento o el minuto o la hora.
—Estoy hecho polvo —suspira Dean—. Vamos a casa.
…
Duermen durante la mayor parte del día siguiente. No es hasta dos mañanas más tarde que hacen un desayuno de celebración en Denny's. Dean y Cas se sientan en una cabina junto a una ventana, donde la luz del sol matinal puede calentar la mesa de formica y sus menús crean largas sombras sobre su lisa y blanca superficie. Cas estudia el menú con seriedad a pesar de que ordena siempre lo mismo: pancakes y beicon. No, no se conforma con solo pedir lo de siempre, tiene que leer cada descripción cuidadosamente y sopesar la decisión, inspeccionar cada apetitosa fotografía, calcular mentalmente el valor por el precio de cada plato principal y acompañamiento.
Dean le observa y sonríe para sí mismo.
—¿Qué os puedo servir esta mañana, chicos? —la camarera es una chica joven, bonita y delgada, un poco demasiado delgada. Un poco afilada en los bordes y con sombras en los ojos. Demasiado angulosa en los brazos, caderas, rostro; cabello teñido de rojo que hace que su piel se vea pálida. Ella sonríe, y la sonrisa es amplia y genuina. En su etiqueta identificativa se lee "Elizabeth".
Hay algo familiar en ella, algo que Dean no es capaz de situar. Su atención vuela por cada punto de su cuerpo, sus hombros sobresalientes y el rizo en su oreja mientras tartamudea, —Yo, uh, yo tomaré el Lumberjack Slam y un café, gracias.
Ella anota el pedido en su pequeña libreta blanca y se vuelve hacia Cas. —¿Y tú?
Cas da una última y prolongada mirada a su menú y lo cierra con solemne gravedad. Hace una pausa y decide. —Yo tomaré pancakes, con beicon.
Ella lo apunta. —¿Y puedo traerte algo de beber?
La ha visto en algún sitio, está seguro de ello. Dean sabe que la conoce pero no sabe de qué, y el nombre Elizabeth no le suena de nada.
—Café, gracias —dice Cas.
Ella asiente, y lanza una rápida sonrisa a Dean. —Genial. Ahora mismo os traigo vuestros pedidos —. Y se aleja rápidamente, y es mientras ella se vuelve a la cocina a un ritmo rápido con su falda aferrándose alrededor de sus rodillas que se da cuenta…
Candide.
—Cas —dice Dean con un tono ahogado—. ¿Cas, reconoces a nuestra camarera?
Cas desdobla su servilleta y la acomoda sobre su regazo. —No.
—Es una de las… —Dean pone su mano en la mesa y se inclina hacia delante, bajando la voz—. ¿Recuerdas la noche que nos conocimos, la primera noche que salimos? ¿Cuándo recogimos a las señoritas?
Cas le mira. —Te refieres a las prostitutas.
—Por supuesto que me refiero… —Dean se detiene y reduce su voz a un susurro—. Es una de ellas. Es Candide.
Cas frunce el ceño por un momento, entonces parece juntar las piezas. —Candy. Sí, puedo ver el parecido. Ha cambiado de color de cabello.
Entonces la camarera vuelve de la cocina con dos tazas y un frasco de café, y Dean hace un gesto de cremallera sobre su boca que espera Cas entienda.
—Aquí tenéis —dice Elizabeth, sirviendo el humeante café, el prometedor olor flotando hacia arriba—. Tendré vuestra comida en unos minutos —Un puñado de pelo escapa de detrás de su oreja y ella lo empuja de vuelta con un veloz movimiento, y la manga de su suéter se pliega hacia arriba y muestra brevemente el interior de brazo, un antiguo moratón allí, desapareciendo marrón y amarillo.
Parece cansada.
Quizá es por eso que Dean pregunta, —¿Qué tal va tu día, Elizabeth?
Ella se congela momentáneamente, y luego parpadea, recobrándose. Deja escapar un pesado suspiro y contesta, —Ya sabes, hace tiempo que no me preguntan eso.
Dean le dedica una simpática medio sonrisa. —¿Así de mal, eh?
—Ha sido una mañana larga —suspira ella. Sacude la cabeza—. A sido un largo año —entonces parpadea rápidamente y coge el frasco de café y toma aliento—. ¡Lo siento! No sé que estoy… Lo siento por eso.
La garganta de Dean duele solo con mirarla.
Cas ahora también está mirándola de cerca. Solo que él no es tan bueno en la parte de la mirada disimulada. Su mirada es más como un rayo laser que se clava en tu interior y te corta abriéndote hasta que tu latiente corazón yace al descubierto y entonces te pide disculpas por toda la sangre.
Ella está empezando a notarlo.
—No te preocupes —dice Dean apresuradamente—. Soy yo el que te ha preguntado. ¿Cuánto llevas trabajando aquí?
Elizabeth se muerde el labio y lo piensa. —Cerca de un mes. ¿Por qué lo preguntas?
—Mi amigo y yo —gesticula hacia Cas, quien sigue mirándola como si fuera un misterio envuelto en un enigma envuelto en un artefacto religioso, maldito sea— solemos venir a menudo, pero no te habíamos visto por aquí.
—Normalmente no trabajo por las mañanas. Estoy cubriendo un turno —explica ella—. Mi hija se puso enferma y he tenido que cambiarlo.
Dean traga y ladea la cabeza. —¿Tienes una hija?
Ella vuelve a sonreír. —Sí. Tiene once años y es más inteligente que sus profesores.
Once. Está chica luce como si tuviera unos veinticinco.
—Si necesitáis algo más, estaré por aquí recargando tazas —les deja con sus cafés.
Beben en silencio. Cuando llega la comida, comen rápido, el ruidoso repiqueteo de los cubiertos ahogando cualquier posible conversación. Hay un silencioso entendimiento de que necesitan salir lo más rápido posible, y Dean aprecia el no tener que decirlo en voz alta. Cuando Elizabeth vuelve con la cuenta, les trae extra de caramelos de menta "porque sois muy dulces".
Dean le deja una propina mayor que la cuenta.
Caminan rápidamente hacia el coche, y Dean sacude los hombros, intentando deshacerse de la punzante sensación en su piel. Cas está mirando otra vez hacia el restaurante mientras caminan, perturbado.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunta Cas.
—¿Qué? —pregunta Dean—. ¿Dejarle propina? —abre la puerta y se desliza en el asiento del pasajero con un gruñido—. Simple cortesía, Cas.
Cas se desliza junto a él y le mira de soslayo. —¿Crees que la quiere?
Dean cierra su mano en la palanca de cambios. —¿Qué quieres decir? Por supuesto que quiere una propina. Los camareros viven de ellas.
—Fue más de lo normal —argumenta Cas—. Mucho más.
—No sé, supongo, me sentí como… —Dean lucha con las palabras, lucha con la verdad—. Se sentía mal, hablar con ella, está pasando por una época dura y tiene una hija… Se sentía como que, quizá yo, quizá cuando, la he asaltado… quizá le he hecho daño —traga—. Quiero decir, mierda, estaba bastante conmovida porque le he preguntado que tal iba su día, y ni siquiera… ni siquiera se lo he preguntado antes de…
El resto de sus pensamientos quedan sofocados sin palabras, y él solamente aprieta su boca con fuerza y los mantiene dentro.
La cabeza de Cas se inclina ligeramente, asintiendo lo necesario.
—Así que —concluye Dean—. Supongo que pensé que se lo debía.
—Ya le pagaste una vez. ¿Crees que ella quiere tu dinero? —la voz de Cas es firme, regular y medida—. ¿O simplemente te hace sentir mejor el dejarlo?
Dean aprieta los ojos cerrados y golpea su mano en el volante.
—¡Mierda, Cas! —grita—. ¡No sé qué quieres que diga! ¡Estaba intentando hacer lo correcto!
Cas no dice nada.
Dean enciende el motor y le da velocidad, y sale del aparcamiento más agresivamente de lo necesario. Conducen sin hablar, Dean manteniendo la vista categóricamente en la carretera.
Después de un rato finalmente dice, —Puedo sentirte mirándome, sabes.
Cas simplemente continúa mirándole.
—Todo el mundo aparece de la nada últimamente —refunfuña Dean—. Meg, Candide. Lo próximo será que me salte un semáforo en rojo y atropelle al jodido Yuri.
La ciudad pasa ante ellos y se convierte en desiguales residencias rurales, césped desordenado y acres sin cultivos. Un puñado de caballos aquí y allá, pequeñas curiosidades marrones encogiéndose en el espejo retrovisor.
—Sé lo que intentas hacer —dice Dean—. Estás intentando crear paralelismos. Bueno, eso no va a funcionar. Esto no es lo mismo, para nada, en absoluto.
Y Cas solo pregunta, —¿En qué es diferente?
Las casas dejan paso a pinos, cenceños y altos y verdes. Sus largas sombras cerniéndose sobre la angosta autovía y parpadeando como obturadores de cámaras a través del parabrisas, rápidos titileos de oscuridad más rápidos que un parpadeo, cortando a través de la amarillenta luz matinal y reduciendo el mundo a destellos de sombras.
—Es diferente en todo —insiste Dean—. Tú y yo… las cosas que hemos hecho, la gente que somos, ni siquiera se puede comparar.
—Tú crees que me lo debes.
—No lo creo. Lo sé.
El bosque se agrupa alrededor de la autovía, oscuro y frío y místico, cerrando la sosegada luz del sol y atrapándolos en una fría quietud grisácea. El motor retumba en el suelo y el viento azota sobre el capó del coche.
—Me salvaste la vida —dice Cas calmadamente—. ¿Por qué eso no es suficiente?
Dean mira hacia él rápidamente.
Está mirando por la ventana ahora, su rostro ojeroso y cerrado.
—Porque yo soy la razón de que necesitara ser salvada —dice Dean—. Nunca nada será suficiente. Nada que pueda hacer será nunca suficiente. Pero…
Los ojos de Cas se vuelven a fijar en él, tensos y afilados.
—… Si quieres que deje de intentarlo, pararé —Hay un retorcijón en las entrañas de Dean mientras lo dice—. También te debo eso.
Espera una respuesta, casi asustado de mirar pero demasiado asustado como para no hacerlo.
Cas pone sus manos en los reposabrazos de la puerta, y Dean ve su mano está temblando levemente. —No sé lo que quiero —susurra— Solo te quiero… a ti.
Ahí es cuando Dean toma una decisión.
Conducen silenciosamente durante diez minutos más hasta que las ruedas del Impala crujen con la tierra, y Dean lentamente gira hacia el acceso público del Lago Madeleine.
Aparca el coche.
—Así que —dice—. Esto es.
Cas vuelve su rostro hacia Dean, con los ojos abiertos de par en par y confundido.
La sangre de Dean está subiendo hacia su rostro, hormigueando en sus dedos, bombeando por sus venas. —Estas son tus opciones. Opción uno, te quedas en el coche. Si haces eso, entonces en uno 30 segundos voy a intentar algo realmente estúpido. Hablo de un mal momento, mala localización, malas decisiones, todo junto. O, opción dos —se obliga a sí mismo a mantenerse despreocupado, a evitar acelerar sus palabras—. Sales del coche. Damos un paseo por el lago. Volvemos a la ciudad y fingimos que esta conversación no ha ocurrido nunca.
Cas está congelado, atrapado, una mano en la puerta y la otra en el asiento.
El cuerpo entero de Dean está electrificado, su piel de gallina y erizándose en la parte posterior de su cuello. —Es quedarte o irte, Cas. No hay entremedios.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Cas. Su nuez de Adán subiendo y bajando y sus orificios nasales ensanchándose.
—Besarte —dice Dean, mientras sus labios empiezan a sentirse entumecidos. Se pregunta brevemente si está experimentando un paro cardiaco.
Los dedos de Cas se aprietan en el asiento, hundiéndose en el gastado cuero.
Dean se desliza más cerca, y su cabeza se siente ligera, casi mareado. No hay suficiente aire en sus pulmones. Definitivamente paro cardiaco. —Te quedan unos cinco segundos. ¿Algo que quieras decir?
Cas vuelve a tragar, y abre su boca para decir algo, y en su lugar toma un aliento y mira a Dean fijamente, aterrorizado, cagado de miedo.
—Sí —dice Dean—. Yo también.
Y entonces se inclina hacia delante, suficiente cerca para sentir el modo en que Cas no está dejando escapar ese aliento, suficiente cerca para oler el mentolado gel de ducha y aftershave, y empieza a cerrar los ojos…
Y entonces siente una mano en su cuello, deslizándose por él. —Dean —respira Cas—, espera.
Dean abre los ojos.
Cas está mirándolo otra vez con esa mirada como un rayo cortante, mucho más dolorosa que nunca antes.
—¿Qué? —susurra Dean.
—No —dice Cas. La comisura de su labio torcida hacia abajo, y su cara hace que cada parte de Dean quiera morir—. No me des propinas.
Click click se oye el picaporte de la puerta, entonces criiiiic, pum. Cas está fuera del coche, de pie de espaldas a Dean, caminando hacia el acceso público, sentándose en el banco donde se sentó meses atrás.
Dean se queda sentado en el Impala durante un largo y humillante minuto, recogiendo sus pedazos y volviéndolos a juntar. Sale al frío aire y camina hacia el banco, pateando la tierra mientras camina hundiendo las manos en sus bolsillos.
Se queda de pie junto a Cas, mirando al helado lago.
—No es así —dice Dean.
Cas simplemente mira a las tranquilas aguas, encorvado con sus codos en las rodillas. —¿Cómo puedo saberlo con seguridad?
—Porque yo te lo digo —dice Dean—. Y tú me crees.
Cas se ríe amargamente. —No creo que te lo creas ni tú mismo.
Un pájaro se oye a través del lago, el sonido repiquetea a través del agua como una piedra.
—Eso es todo, entonces. Estamos de acuerdo —Dean hunde sus manos más profundamente en sus bolsillos y se balancea hacia delante y atrás en sus talones. Su aliento se arremolina ante él—. Haremos como si esto no hubiera pasado nunca.
Cas se sienta hacia atrás y estira de su chaqueta apretándola a su alrededor. —Siéntate —dice—. Tengo frío.
Dean se sienta.
Cas se acerca a él, sus brazos envueltos sobre sí mismo, hasta que sus brazos y piernas se tocan, calor propagándose por ambos cuerpos.
—Esto es todo lo que quiero ahora mismo —Cas tiembla y mira a Dean—. ¿Puede ser suficiente?
Dean siente su pierna presionada contra la de Cas, sólida y real,
y asiente lentamente.
—Sí —dice—. Es suficiente.
