Es unos días después de Acción de Gracias cuando Sam se viene abajo. Ha estado manteniéndose entero de forma asombrosa, tan asombrosa que se sorprende incluso a él, y es precisamente un pequeño gesto lo que le llega, pero cuando pasa…
Se rompe.
Llega al coche. Conduce durante horas, hasta después de medianoche, dando vueltas por caminos rurales y autovías, quemando gas, matando el tiempo, parando más de una vez y dejando caer sus brazos y cabeza en el volante y simplemente muriendo, hasta que se encuentra en casa.
Realmente en casa.
Sam abre la puerta principal despacio y camina cuidadosamente hacia la cocina, pisando suavemente. La casa está oscura y en silencio e incluso la oscuridad, es sutilmente diferente al modo en que solía ser. La diferencia es invisible a simple vista, imposible de describir, adhiriéndose a cada superficie, casi una esencia. Él ya no vive aquí y la casa lo sabe. Se siente como un intruso acechando en la oscuridad, caminando de puntillas cautelosamente sobre la alfombra de felpa; hace solo unos meses, habría tirado las llaves sobre la mesa de café y se habría desplomado sobre un sillón.
Solo quiere llegar al mueble bar. Cruza el umbral y las suelas de sus zapatos chirrían en el linóleo cuando…
—No eres una animadora.
Sam se da la vuelta.
Cas está de pie en la puerta en unos bóxer verdes con un tarro de mantequilla de cacahuete abierto y una cuchara. Mira a Sam con los ojos en blanco, ligeramente desenfocados, ligeramente vacíos, casi como si estuviera colocado.
—Hostia puta —dice Sam, parpadeando—. Eres realmente sonámbulo.
Cas toma una cucharada de mantequilla de cacahuete. —Bueno, nunca vas a pasar las pruebas con una actitud como esa —hunde la cuchara llena de mantequilla de cacahuete en su boca y suelta un gruñido de satisfacción.
Sam vuelve a girarse hacia el mueble bar y saca el Jack Daniels. —Soñando con animadoras —murmura—. Eso es muy Dean de tu parte.
Cas se sienta en la mesa con un suspiro cansado, el escalofriante vacío en sus ojos dirigido hacia el tarro en sus manos. Entonces procede a murmurar en un idioma que no es inglés, y Sam esta un 98% seguro que son solo sinsentidos.
Sam sacude la cabeza. —Tú y yo, amigo —se sienta frente a Cas y vierte el licor en un vaso corto, se lo bebe de un trago, se pregunta brevemente si se está convirtiendo en su padre.
Entonces oye el chirrido de una puerta al fondo del pasillo.
—¿Sammy? —pregunta Dean apareciendo en la cocina, frotándose los ojos—. ¿Qué demonios está pasando?
Sam se sirve otro trago. —Alcoholismo.
Dean le mira con los ojos entrecerrados durante un momento.
Entonces se gira hacia el armario y saca dos vasos, empuja la puerta del armario cerrándola con su hombro, y se sienta pesadamente junto a él. Pone un vaso frente a Sam. —Tu vaso es demasiado pequeño.
Sam resopla y vierte su bebida en el vaso más grande. —Supongo que eres un experto en esto, ¿eh?
—Sip —Dean coge la botella y vierte una generosa cantidad de Jack en su vaso—. Es el negocio familiar.
Cas detiene su cuchara a medio camino de su boca y mira a Dean. —¿Qué estás haciendo aquí? —demanda—. ¡Eres alérgico a la nieve!
Dean pone los ojos en blanco y señala hacia la sala de estar. —Cas. Ve. Ve a allí. La gente de la nieve te necesita.
Cas parpadea, y se levanta abruptamente. —Cornualles —dice. Camina muy serio hacia la sala de estar.
Dean se vuelve hacia Sam entonces con toda su atención, la persistente niebla de la somnolencia desapareciendo y su preocupación y alarma tomando el lugar. A Sam le molesta y lo aprecia a la vez. Ha venido por eso. Necesita sacarlo de alguna manera. Solo que ahora que la persona con la que se va a descargar está mirándole a la cara, siente una sacudida de indignación, orgullo herido, un sentido de deja de intentar arreglarme, no es tu trabajo.
Pero lo es. Siempre ha sido el trabajo de Dean.
—Es Amelia —dice Sam.
Dean espera por el resto.
—Hace unas semanas… —Sam se pasa la palma de la mano por la frente, cubriendo una parte de su rostro con la mano, cierra los ojos brevemente—. Le he propuesto matrimonio.
Los ojos de Dean se abren de par en par.
—No venía totalmente de la nada. Habíamos hablado de ello cuando nos mudamos juntos —continua Sam—. Pensé que estaba a bordo. Pero cuando saqué el anillo, ella dijo… —traga a través de la tensión en su garganta y siente el licor quemándole en los pulmones—. Dijo que necesitaba tiempo para pensarlo.
Dean se vuelve a reclinar en la silla y exhala. —Mierda.
—Le dije que lo pensara, y tomara todo el tiempo que necesitara, y entonces solo esperé. Y esperé. No quería presionarle. Entonces en Acción de Gracias, fuimos a casa de su padre y fue simplemente horrible, porque todo el tiempo me estuve preguntando, ¿Se lo ha dicho? —Sam se pasa la mano por el pelo y toma un profundo aliento—. Entonces hoy he llegado a casa. Ella ya se había ido a trabajar. Y en la mesa de la cocina veo…
Una cajita de terciopelo azul.
Sam levanta su vaso y toma un profundo trago de whisky, y luego deja caer su mano sobre la mesa. —Ha devuelto el anillo, Dean.
—¿Por qué no me contaste nada de esto? —pregunta Dean.
—Pensé que no tendría que hacerlo —admite Sam con voz ronca—. Pensé que iba a decir sí. ¡Quiero decir, mierda, Dean! ¡Pensé que se iba a casar conmigo!
Dean toma un trago de su propio vaso y suspira. —¿Entonces, que significa esto?
—No lo sé —Sam mira hacia abajo a la mesa y parpadea intentando retener la humedad en sus ojos—. No lo sé. Hasta donde yo sé, no es el final de… nosotros, pero no… ni siquiera sabía que ella no…
—Hey —Dean posa una mano en su hombro, reconfortante y firme—. Sammy. Mírame.
Sam mira hacia arriba.
Dean está mirándole con una mirada solida y segura en la que Sam no puede evitar creer. —Habla con ella. No dejes que esto te destroce. Ella tendrá sus razones y puede que no tengan nada que ver contigo. ¿De acuerdo?
Sam asiente.
—La economía es una mierda. Os habéis mudado hace apenas unos meses. Quizá le diste accidentalmente diamantes de sangre —dice Dean—. Puede ser cualquier cosa, Sam, cualquier cosa. Y tienes que hablar con ella y descubrirlo antes de saltar a cualquier conclusión, ¿vale?
—Las pruebas han terminado.
Las cabezas de Dean y Sam se giran hacia la entrada.
Cas está allí muy sombríamente, pareciendo tener lastima por las dos no-animadoras. —Winchesters —dice—. Es hora de recolectar vuestros frutos.
Dean pone los ojos en blanco y se levanta. —Sí, "recogeré" mi fruto aquí —alza su barbilla hacia Cas—, y luego hablaremos algo más —camina hacia Cas y le guía por la cocina—. Vamos, entrenador, hora de irse a dormir.
—Mayonesa —murmura Cas, siguiéndole dócilmente.
—Ajá. Eso es genial. Sigue adelante.
Sam se ríe para sí mismo bajo su aliento y bebe más de su whisky. Está empezando a golpearle ahora, disolviendo sus pensamientos y haciendo que sus ojos se crucen un poco, y casi pasa por alto el hecho de que Dean no lleva a Cas escaleras arriba a la antigua habitación de Sam.
Está llevando a Cas a la habitación de Dean
Está llevándolo de vuelta a su habitación.
Sam no está seguro de que hacer con ello, y eso sinceramente solo hace que su estomago duela con pensarlo porque mierda, Dean, en qué te estás metiendo, qué estás haciendo, si quiera piensas antes de ir de cabeza hacia el infierno así que decide no pensar acerca de ello en absoluto, y escurre las últimas gotas de licor de su vaso.
…
Diciembre
Castiel odia esta habitación.
Lucas se inclina hacia delante en la lisa mesa de aluminio, sus cadenas tintineando débilmente. —¡Un visitante! —dice con una sonrisa—. ¿A qué debo este tremendo placer?
Castiel odia mirar a su hermano, porque este es el modo en que luce en todas sus pesadillas. Sonriente, sombras bajo sus ojos, mono naranja, su rostro ligeramente demacrado. Ha adelgazado en prisión, a pesar de todo el equipamiento deportivo disponible para él. Castiel sospecha que los guardias deben haberle dicho que los prisioneros que trabajan en la cocina están escupiendo en su comida.
Eso es lo que le decían a Cas, de todos modos.
Cas saca un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo desliza a través de la mesa. —Ayer recibí esto por correo.
El sobre está dirigido a Castiel Goodwin, y el sello ha sido franqueado por la prisión. Dentro hay un trozo de papel doblado en el cual ha sido escrita una sola frase: Tienes mi permiso.
Está firmado por Lucas Goodwin.
Lucas no abre el sobre, ni siquiera mira a la carta. Simplemente mira fijamente a Castiel y frunce los labios.
—¿Qué significa esto? —pregunta Castiel
—Ya sabes —dice Lucas lentamente—, podrías haber llamado.
Castiel le mira intensamente. —Pensé que serías más honesto en persona.
Lucas se echa hacia atrás en su silla y observa a Castiel. Junta las manos y sus cadenas tintinean. —Interesante —dice finalmente—. Es muy interesante, Cas.
—¿El qué? —demanda Cas—. ¡Habla claramente!
—¿Recuerdas cuando éramos niños —dice Lucas, una mirada perdida en sus ojos— y nuestro padre solía hacernos memorizar versos de la Biblia, y nos pegaba cuando no podíamos recordarlos?
Castiel frunce el ceño, confuso. —No —Su padre había sido severo, pero nunca violento.
—Oh, vamos —le provoca Lucas— ¿Qué hay de aquella vez que nos llevó al bosque, nos desnudó y golpeó nuestras espaldas sangrantes con una vara de sauce hasta que nos desmayamos?
Castiel se mira los pies, su corazón martilleando con furia. —¿De qué cojones estás hablando? —escupe.
—¿No lo recuerdas? —las cejas de Lucas se fruncen burlonamente—. Oh. Eso es gracioso. Yo tampoco… —entonces la comisura de su boca se curva hacia arriba—. Pero a mi biógrafo le encanta.
Castiel tensa la mandíbula, sus manos retorciéndose. —¿Tienes un biógrafo?
—Oh sí, soy una gran celebridad —Lucas alza sus cejas y se muerde el interior de la mejilla—Estoy sorprendido, hermanito. Todo el tiempo que estuviste aquí, ¿y no obtuviste ninguna llamada de algún caballero?
—Los rechacé —gruñe Castiel—. La historia de mi vida aún no ha acabado.
—¿Oh, de verdad? —Lucas alza su mirada hacia él con ojos afilados, tan cortantes que Cas puede sentirlo en sus huesos—. ¿Y qué tipo de libro estás escribiendo, exactamente? Reconozco tu nueva dirección, Cassie.
El estomago de Cas se hunde.
—Mi biógrafo es un tipo útil —dice Lucas, un oscuro destello en sus ojos—. Ahora estás viviendo con ese apuesto sheriff. No creo que le hayas hablado de tus… propensiones.
La espalda de Cas se pone rígida y tensa.
—Sigo asombrado de que nunca saliera en el juicio —continua Lucas—. Los jurados aman las aberraciones sexuales. Y por el modo en que Daphne lloró en el estrado, estaba seguro de que ella…
—Él lo sabe —masculla Cas, arrebatando el sobre de la mesa—. Ya he acabado aquí. Que te den.
Lucas ríe. —Ves, eso es lo que es tan interesante, Cas. Sigues diciendo que volaras lejos y aun así… —mira hacia sus manos y retuerce los dedos distraídamente, como si estuviera girando una moneda por sus nudillos—. Sigo encontrándote enredado en mi red.
La respiración de Cas se está acelerando, su adrenalina burbujeando en sus manos. —Púdrete en el infierno, Lucas.
Lucas gesticula como si tuviera una caña de pescar; alza la caña sobre su hombro y entonces lanza su imaginario cebo, haciendo un sonido zumbante con sus dientes presionados contra sus labios.
Cas da la espalda a Lucas y aprieta el botón para llamar al guardia. Camina a través del edificio, pasa la seguridad, corre hasta la parada del bus y no mira a atrás, no mira a atrás ni por un segundo.
No tiene que mirar a atrás para saber que Lucas está girando su mano con un movimiento circular,
pescándole.
