Los personajes son de Stephenie Meyer. Solo la trama es de mi autoría.

Summary: Cuando el rumor de un triángulo amoroso estalla en el pequeño pueblo de Forks, lo que menos se imaginó Bella era que ella también se encontraba incluida en aquel embrollo. —Dime que mi ex novia y mi ex amiga no están compartiendo la misma polla. ¡Dímelo! —rugió colérico provocando una ola de miedo en cada entraña de mi cuerpo, sus ojos verdes me atravesaron cual guillotinas afiladas esperando una respuesta; y, sin embargo, no pude defenderme, porque eso sería aún peor.


.

"And I know that I can't survive
I walked through fire to save my life
And I want it, I want my life so bad
I'm doing everything I can
Then another one bites the dust
It's hard to lose a chosen one"

Sia.

.


Perception.

By MarieElizabeth

.

.

.

.

Una vez al año.

.

El sonido de la lluvia golpeando el tejado, se sentía como una refrescante sinfonía que amenizaba el cuarto de baño. No había nadie más en casa esta mañana, por lo que el sonido cadencioso era totalmente bienvenido; ahuyentaba los pesares de la soledad, la estorbosa introspección y más importante aún: no me juzgaba, no me acorralaba ni me hacía sentir lástima propia.

Al menos por unos contados minutos de hecho me funcionó.

Suspiré viéndome al espejo empañado debido al vapor de la ducha.

¿Cuándo pararía esto? ¿El dolor, la nostalgia, la guerra contra mí misma; se acabaría algún día?

Debo pensar que sí. Que lo que sentía justo ahora, desaparecería con el pasar del tiempo, y que esta angustia que tenía palpitando en el corazón, se iría también.

La necesidad de desahogarme estaba empujándome fuera de mis límites de mierda, por más que intentaba mantenerla al margen de mi rutina diaria. Ya no quería llorar más, hacerlo me estaba desgastando, hundiéndome más y más.

Debía controlarme.

Pero de pie, frente al espejo me percaté de algo que me hizo trastornar un poco más. Aunque era mi propio reflejo el que observaba, de alguna forma me sentí como si mirara por vez primera a un extraño; esta persona que me devolvía la mirada, era un conjunto de trozos sostenidos por un hilo descubierto y maltrecho.

Negué con la cabeza y di un paso atrás.

Esto que me había pasado y que me perseguía cada que me levantaba en la mañana no acabaría conmigo. No lo permitiría jamás. Juré apretando las manos. Solo es un amor adolescente, nada más que eso. Toda chica pasaba por esto mismo al menos una vez en su vida, era normal… el desamor era normal.

Al menos ahora Edward me ayudaba… pensé cerrando los ojos. Una mueca de aflicción se incrusto en mi rostro al pensar en los últimos siete días durante los cuales, él ya no había insistido más. Todos sus intentos por arreglar las cosas se extinguieron de forma abrupta, como él mismo dijo que haría aquel día en el pasillo. Lo cumplió a cabalidad. Él no insistió más y eso era… ¿bueno? ¿Confuso? No lo sabía en realidad, pero la amargura que sobrevino con ello, tampoco me había dejado en paz por estos días.

¿Quién carajo me podía entender?

Se alejó tal como se lo pedí, no me había dicho nada más, guardando su distancia.

Sin embargo, ahora me sentía… de nuevo vacía. La paz que pensé, tendría con su lejanía jamás la llegué a sentir. Todo lo contrario, ya que ahora me sentía quebrada, y con un afilado cuchillo atascado en medio de mi tórax que no me permitía respirar. Odiaba sentirme de ese modo, porque era estúpido, insensato y a la vez devastador.

Abrí los ojos de nuevo y di media vuelta para salir del baño. Gracias a la lluvia torrencial que caía afuera, el silencio ensordecedor era llevadero, menos pesado de lo que en realidad era. Charlie no estaba, se había ido a la jefatura desde las siete de la mañana, a pesar de que no le tocaba turno este sábado. Él prefería ir al trabajo antes que verme en este estado. Lo comprendía, Charlie me lo advirtió y yo… ciegamente me dejé arrastrar por mis viejos sentimientos escondidos.

Además, él estaba enojado conmigo debido a lo sucedido en la escuela hacía casi dos semanas atrás.

Suspiré al entrar a mi habitación.

Después de que el rector Larry nos llevó a su oficina, a Emmett, Edward, Rosalie y a mí, como si fuéramos unos delincuentes, nos encerró por más de una hora interrogándonos sobre lo sucedido. Tras cada pregunta que nos hizo, su cara se volvió más y más roja. Pero por más que insistió y amenazó ninguno abrió la boca. Así que pues, luego de meditarlo tres minutos más decidió que todos estábamos suspendidos de la escuela durante una semana completa y que todos los exámenes, trabajos y proyectos que tuviésemos durante esos días, serían calificados todos con un redondo cero.

Charlie estaba furioso cuando me fue a buscar ese día a la escuela por orden del rector. Todavía, semanas después, se encontraba de mal genio por ello. Pero no me sorprendía su actitud, Big Swan era así, no lo culpaba; yo también estaría de malas en su lugar. Quizás se había pasado con el castigo que me impuso, pero a pesar de ello sabía que tenía merecido cualquier cosa que él quisiera porque de alguna forma le había fallado, muy profundamente, al meterme en semejante lío y para rematar, con dos Cullen incluidos.

Me lancé sobre la cama aun sin hacer y me dediqué a mirar el techo blanco de mi recamara por un buen tiempo.

Edward.

Cerré los ojos, y saqué sus hermosos ojos esmeraldas de mi cabeza antes de que fuese demasiado tarde. No quería volver otra vez, a lo que se hubo convertido en mí día a día: torturarme con cualquier cosa de Edward. Sus ojos incomparables y pícaros, su nariz perfilada, su boca tentadora, los suaves músculos de sus brazos, la tensión de su abdomen ¡Me estaba enloqueciendo! era como si lo tuviese anclado en cada fibra de mi ¡No lo podía desprender de mis pensamientos! ; todo él estaba haciendo que me sintiera miserable, hostigada por desear verlo, hablarle y volver a sentir su suave voz acariciándome la piel.

Yo era un caso perdido. Me acurruqué y abracé mis rodillas, esto de intentar olvidar a Edward Cullen me sabia a derrota anticipada.

El timbre sonó y yo me pregunté quién podría ser. Gemí al levantarme de la cómoda cama, para ir a ver de quien se trataba.

Tocaron la puerta un par de veces, y de nuevo el timbre sonó con insistencia. Me detuve en seco al llegar al último escalón, por la sensación de deja vú que me asaltó de repente y que me hizo recordar aquella primera ocasión en la que Edward vino a mi casa, solo para insultarme. Temblé de solo imaginarme a Edward al otro lado de la puerta.

—¡Bella! Sé que estas hay, ábreme ¿Quieres? Traigo cosas muy pesadas y hace frío. —solté el aire con fuerza. Escuchar la voz de Jess me hizo recobrar la compostura… y en gran medida, mi tranquilidad. Sonreí y abrí la puerta principal.

—Hola Jessica ¿Cómo estás? —la saludé mientras la hacía pasar dentro. Ella lucía radiante y fresca como siempre, vestía unos shorts blancos y una camiseta amarilla, demasiado ligeros para el frío clima de este pueblo; pero definitivamente se veía hermosa. Tenía dos bolsas enormes en cada mano por lo que me apresuré en ayudarla.

—Hola Bella, ¡Muy bien! Ahora vamos a tu cuarto, no tenemos tiempo que perder—la miré confundida, y ella se encogió de hombros. Tanta efusividad era extraña en ella.

—Está bien… Pero antes ¿Quieres explicarme que te sucede? —le pregunté, siguiéndola por las escaleras.

—¡No te imaginas Bella!

Fruncí el ceño.

—No tengo poderes mentales para leer tus pensamientos. —ella se giró a verme con una sonrisa enigmática, que provocó una sensación fría detrás, en mi nuca. Esa sonrisa… no podía ser por nada bueno.

—Hoy tienes una visita especial. —canturreó como si poseyera un gran secreto.

—¿Qué? ¿Quién? —inquirí preocupada.

Gemí internamente. No estaba de ánimos para recibir a nadie.

Jessica se mordió el labio y lanzó un chillido entusiasta; saltó y llegó corriendo a la puerta de mi cuarto.

—Jacob Black quiere conocerte ¡Hoy! —dijo volviendo a chillar.

Jacob Black. Pensé por unos segundos, sin ubicarlo.

—¿El primo de Seth?

—Dirás: El atractivo, seductor y viril primo de Seth, que mostró gran interés en conocerte cuando le mostré tu foto.

La manera en que dijo aquello hizo que las alarmas en mi cabeza se inquietaran.

—¡Hay por el amor de dios! No puede ser que te pongas de celestina. —rodeé los ojos y dejé la pesada bolsa al pie de mi cama. Puse las manos en jarras y le lancé una mirada de advertencia de mi amiga—No estoy para esas estupideces Jessica.

—¡Pero Bella! Él en verdad desea conocerte, eres la única a la que no ha visto… en persona—dijo obviando lo de actuar como la celestina; arrugué el ceño—Escucha, solo quiere conocerte, ser tu amigo, ya verás que te va caer mejor que el niñato de Seth.

—Eso no fue educado de tu parte. —le siseé; odiaba cuando hablaba mal de mi amigo.

Hizo un mohín con la boca—Esos dos no deberían ser familiares. ¡Es sacrilegio! Aparte del apellido no tienen nada más en común.

—Si tanto te gusta deberías decírselo—dije quitándole importancia al asunto; no quería conocer a nadie ni pretender que no sabía las intenciones tras ello.

—¿Cómo me puedes sugerir algo así? Estoy saliendo con Ben ¿Recuerdas? —ella se acercó y me tomó de la mano —Tú eres la que necesitas conocer gente nueva, salir, disfrutar…mirar hacia otro lado. ¿Cuánto tiempo falta para que te dejen salir de casa? ¿Dos semanas?; no importa, en cuanto se levante el castigo de Big Swan podrás hacerlo todo sin inconvenientes.

Como olvidar la razón de mi encierro y del por qué aun no conocía al famoso Jacob Black; Charlie me había prohibido salir de la casa por tres eternas semanas; solo podía salir para la escuela y de la escuela a la casa, nada más. El fin de semana me la tenía que pasar encerrada en casa, sin excepción. Quería llorar de solo recordar la reprimenda, y el posterior castigo que me dio Charlie por lo de la suspensión escolar.

—Me falta una semana de castigo; pero aunque no estuviese castigada, tampoco tendría ganas de hacer nada de eso, al menos no por un tiempo. —Jessica rodó los ojos, recogió la bolsa del piso y las lanzo sobre mi cama—No es un buen momento para mí, lo sabes, acabo de saber que estuve enamorada del mismo idiota durante más de cuatro años ¿Es suficiente eso para que dejes de presionarme? —le pregunté con algo de ira, a pesar de que no era esa mi intención. Maldije y me pasé las manos por la cara.

Toda en lo que podía pensar era en Edward, en mí, en lo que hubo pasado, en lo que deseaba que hubiese pasado y eso me estaba empezando a amargar por dentro, tanto que ya no podía controlarme cuando Jessica hacía comentarios como este. Sabía muy bien que Jessica solo deseaba que saliera de mi burbuja… pero no era tan fácil como ella suponía, no era como chasquear los dedos y por arte de magia, dejar de sentir todo esto que tenía insertado en mi psique y mi médula.

Jess dejó ir un suspiro y se acercó a mí—Hay Bella lo siento, no quise presionarte, es solo que me siento muy preocupada por ti y a veces no me doy cuenta que empeoro las cosas con lo que digo… —ella me abrazó—Tú sueles ser fuerte todo el tiempo, pero desde que Edward Cullen apareció es como si…

—¿Me hubiese vuelto frágil y tonta? —rezongué con ironía.

—¡No! Jamás podría pensar de ti de esa forma. —me contradijo con vehemencia— Lo que iba a decir era que todo lo sucedido me ha hecho conocerte mejor; tu pasado, lo que escondes detrás de esa mirada impasible… es casi como si te estuviese conociendo de nuevo, como descubrir una nueva y tierna faceta que antes no había visto en ti.

En esa oportunidad, yo rodé los ojos ¿Tierna? ¿Así era como me veían mis amigos ahora? No le creí ni por un segundo, quizás solo trataba hacerme sentir mejor, es decir, yo no era la persona más radiante los últimos días, aún me torturaba a mí misma todo el tiempo con lo que Edward había hecho, y no quería que Seth, Jess ni Ángela se preocuparan demasiado por mí cuando ellos también tenían una vida con la que lidiar. Ella quería verme mejor, obviamente había fallado en lo sutil; más sin embargo decidí que no deseaba contradecirla, por ahora. Solo tenía buenas intenciones.

Dejó de abrazarme pero me sostuvo de los hombros—Eres una caja de sorpresas Bella Swan. —me dijo mirándome directo a los ojos, sonando seria—Y tienes demasiado para dar todavía; sé que lo sucedido es bastante fuerte y que las cosas tardarán un buen rato para que vuelvan a ser las mismas de antes, pero tú eres fuerte, más allá de todo, tienes un mundo de posibilidades afuera de esta casa. No renuncies a ello amiga, no por un patán que no valoró jamás lo que sentiste por él.

Tragué pesado y sentí que me desmoronaba en pedazos, otra vez —Tienes demasiada fe en mí. —dije cogiendo mucho aire, mientras contenía las ganas de volver a llorar. Que tonta era, siempre llorando. Sonreí de manera incómoda, apretando los labios en un miserable intento por mantenerme en una sola pieza. Jessica apretó más fuerte de mis hombros—Estoy tan rota Jess, no creo volver a ser la de antes—termine de decir con un suspiro tembloroso, que por poco me traiciona.

—Yo tengo mucha fe en ti; fe en que sabrás encontrar la salida de este bache sin importar ninguna otra mierda más que tu propia felicidad, que no te rendirás y que lograrás sacar esa espina que tanto te hace sufrir, fuera de tu vida.

Asentí impresionada por todo lo que dijo, de una sola vez, sin respirar. Parpadeé para alejar las molestas gotas saladas que irrumpían mi visión.

—Siempre sabes que decirme—le dije después de un momento.

—Para eso me tienes cerca ¿No? —se encogió de hombros y en sus labios se fue formando una bella sonrisa —Ahora, no sé tú, pero yo tengo ganas de interactuar con alguien más que no sea tu… padre, no por nada malo… tu sabes.

Gemí por lo bajo.

—No vas a cancelar a Jacob ¿Verdad?. —pregunté aun sabiendo la respuesta.

—Ummm nope—dijo acentuando lo último, como una pequeña traviesa.

—¿Ni aunque te lo rogara? —pedí.

—Mi "nope" es definitivo, ¿No me conoces acaso? Nunca me retracto por nada, siempre tengo la razón.

Bufé —Jess, quiero tomar todo esto de volver a disfrutar la vida con calma ¿Por favor? —rogué, pero ella en vez de contestarme, empezó a abrir las bolsas –terriblemente sospechosas- toda entusiasmada—Podría ser la otra semana, tal vez ya me siente mejor y… ¡Jessica, escucha lo que te digo!

Pero ella continúo sacando lo que parecía ser maquillaje, una secadora para el cabello y una plancha, colocándolo todo en orden.

—¿Todavía tienes el vestido que te envió Reneé en navidad? —me preguntó con interés, y yo gruñí exasperada—Oh no lo tomes a mal Bella, tranquilízate, Jacob solo es el primo de Seth, que va a venir a conocerte en tres horas. Solo eso. No inventes películas en tu cabeza. —me dijo con calma, pero yo sabía bien cuáles eran las intenciones tras toda esa parafernalia. Ella quería que mágicamente me enamorara de otro hombre para así dejar de pensar en Edward.

—Sé que haz tramado todo esto para que me fije en alguien más que no sea… ya tú sabes quién; y te agradezco que quieras hacer que me siente mejor, pero esta no es la manera.

Jessica me observó al fin y sonrió.

—Patrañas. No sé de qué me hablas—me guiñó el ojo y yo miré al techo gimiendo ¿Tendría paz algún día cercano?—¿Lo tienes?

—¿Qué cosa?

—El vestido Bella. —me urgió.

—Ah eso, creo que lo quemé. —dije con tranquilidad.

Jess dejó caer la bolsa de sus manos, estrepitosamente produciendo un ruido fuerte.

—¡No, tu no harías eso! —afirmó espantada.

Entrecerré los ojos —Patrañas. Claro que lo haría, sabes que odio cualquier cosa que Reneé pueda darme. —le devolví, con saña mientras contenía las ganas de reírme de su expresión cómica.

—Olvida lo que dije sobre esa nueva y tierna faceta ¡Eres toda una tirana! ¿Cómo puedes quemar un vestido de Chanel? ¿Perdiste la cabeza? —me reclamó furiosa.

—¿Crees que una marca haría alguna diferencia? —inquirí sonriendo.

—¡Era un vestido Chanel! ¡Original! ¿Cuándo en la vida vamos a tener la oportunidad de ver uno tan cerca, de nuevo? ¡Nunca más gracias a ti!

Estaba rabiosa, en serio.

—Cielos, ¿puedes calmarte? Lunática de la ropa—dije alzando las manos. Caminé por mi habitación y abrí el closet que estaba en la esquina. Escuche a Jess suspirar de alivio, alegre de que no lo hubiese chamuscado como fue mi primer deseo en cuento lo vi, ¿Tan importante era para ella? Dios… Me agaché y removí un montón de ropa que se había caído de los percheros, tratando de encontrar el vestido en medio del tornado de ropa —Y aquí está, sano y salvo; te lo regalo—saqué la bola de tela atizada en lo más profundo de mi armario, tirando de el con fuerza y se lo lancé a Jessica quien lo atrapó sorprendida.

Jessica abrió la boca, como un pez ahogándose en la arena.

—Te juro que si no fueras mi mejor amiga yo… tendría que matarte en este instante. —me dijo entre dientes, mientras veía la bola de tela color plomo toda arrugada entre sus manos. Me encogí de hombros.

—Como dije, todo tuyo. —volví a decirle. No quería esa cosa en mi casa.

—Probablemente lo arruinaste. —me recriminó.

—Esa era mi intención.

—Eres una maliciosa, pequeña y morena perra sin sentimientos. —Estiró el vestido para estudiarlo con atención—Pero si creíste que esta muestra de rebeldía insufrible haría que cambiara de opinión, entonces no me conoces ni un poco.

Me sonrió con astucia y me jaló de la mano —Ahora, ¿Lo quieres todo liso o quieres bucles en las puntas? —me hizo sentar en la cama y empezó a peinarme con un cepillo, que había traído también, con más fuerza de la necesaria. Ouch.

—¿Para qué quieres arreglarme tanto? Así como lo tengo está más que bien. —le gruñí.

—Todavía estoy molesta contigo, no me hagas enojar más. —dijo en un tono suavemente amenazador que me hizo encogerme un poco.

—Liso estará bien. —respondí en un susurro.

—Eso quería escuchar. —me dijo más feliz.

Después de cuarenta minutos de jalones, cremas con olores fuertes y bastante calor sobre mi cabello, Jessica grito un ¡Listo! Que me llenó de alivio. No quería volver a pasar por esa tortura otra vez… lo que me restaba de vida. Aunque lo único bueno de toda la sesión, fue la charla ligera en la que nos enfrascamos sobre lo mucho que le estaba empezando a gustar Ben; al parecer era un chico muy gentil, amable y caballeroso, cosa que la tenía deslumbrada y muy feliz. No era de sorprenderse que se sintiera tan dichosa, Jessica solía elegir mal a los tipos con los que se enredaba; por eso me alegraba demasiado que encontrara a alguien que en verdad la apreciara como era debido y no un patán aprovechado.

Eran buenas noticias, para variar.

—Ahora solo nos falta el maquillaje y estarás hermosa esta noche.

Hice un puchero, pero la mirada retadora que me regaló me hizo cerrar la boca en seguida.

—Lo que tú digas. —dije mirando a otro lado.

Ella empezó a esparcir una especie de crema alrededor de mis ojos con una pequeña mota de algodón, de manera suave.

—Eres la anti tesis de cualquier chica, deberías ir a la peluquería más seguido y ponerte más hermosa. Solo digo eh, no estaría mal que una vez al año...

—No necesito cortes caros ni que me jalen el cabello por una hora para sentirme bien. —le dije antes de que inventara alguna sesión semanal o algo por el estilo.

Jessica se burló de mí y se rió en mi cara, como si hubiese dicho un chiste fantástico —Lo que dices es absurdo, toda mujer necesita arreglarse, aunque sea de vez en cuando.

Jessica terminó su trabajo media hora después con una gran e inmaculada sonrisa en sus labios—Ahora sí, terminamos.

Me puse de pie para ir al cuarto de baño, allí tenía una diadema para recogerme el cabello; pero Jessica me atajó con el vestido en mano justo en la puerta—¿A dónde crees que vas? Todavía no hemos terminado.

—Pero tú dijiste…

—Terminamos el maquillaje, aún falta que te pongas el vestido. —dijo como si fuera algo de lo más obvio.

Hice una mueca molesta.

—No me pienso poner esa cosa y menos arrugada como está. —dije perdiendo mis estribos, por la sola idea de poner eso, sobre mi cuerpo.

—Claro que lo harás, pero primero lo vas a planchar, como es debido. —¿Qué?

—Estás loca. —me reí con ganas.

—Eso te enseñará a cuidar lo que te regalan.

Deseé estrangularla por un segundo, uno muy pequeño pero realmente vivido. No quería vestirme con ese vestido que Reneé había conseguido con el escandaloso dinero de su esposo millonario. Pero la expresión imponente de Jessica me provocó algo de nervios. Inhale llenándome de paciencia, y le arrebaté el bendito vestido.

—Con cuidado, no lo querrás quemar ¿Verdad? —me advirtió con sorna, cuando saqué la plancha del armario y la conecté al toma corriente.

—¿Quién querría ver un vestido Chanel quemado? —dije de forma irónica, empezando la tediosa tarea de quitarle las arrugas al vestido. ¡Era increíble que de verdad lo estuviese haciendo!

—Tú posiblemente, pero no bajo mi supervisión.

—Estas siendo toda una perra—murmuré enseñándole mi dedo favorito. Ella se rió y con su natural coquetería me lanzó un beso con la mano.

Jessica fue a buscar algo en mi cómoda por un rato mientras yo hacía que el vestido se viera decente. Sacó algo de un cajón y lo examinó con cuidado —No puedo creer que tengas esto también allí escondido y no lo uses—arrancó el precio y me lo mostro—Un brasier Push-up de esta calidad no se encuentra ni en Port Angels; woao…. ¡Nena eres talla treinta y seis b! ¿Dónde escondes todo eso?

Me sonrojé entera como una fresa madura —No escondo nada y ya deja de revisar mis cosas ¿Quieres? — desconecte la plancha y me empecé a retirar el jean y la blusa de tirantes para poder colocarme el dichoso atuendo.

—Espera, espera, quítate esa cosa sin forma que tu llamas sostén y ponte esta belleza. —la observé con cuidado y alcé una ceja—El vestido se te va a ver mejor.

Hice lo que me pidió gritando por más paciencia, y me puse el vestido encima—No seas tan bruta que lo rompes.

—Recuérdame porque estoy haciendo esto. —esto ya estaba rayando con lo ridículo.

Jess chilló y me acomodo el cabello que caía libre y espeso sobre mi pecho hasta la cintura —Porque te quieres ver espléndidamente hermosa, como cualquier otra chica de nuestra edad.

Le iba a decir que ella era la que quería deslumbrar a Jacob Black, pero entonces me hizo dar una vuelta y el vestido de gaza voló a mi alrededor, provocando que me riera divertida. El vestido en sí podría llamarse ¿Bonito? ¿Adecuado? No tenía idea alguna sobre moda o tendencias, pero era cómodo y me tapaba lo necesario, así que no se sentía tan mal usarlo, como pensé. Me llegaba por encima de las rodillas, tenía un ligero escote en forma de v bordeado por un intrincado tejido negro que también adornaba la parte inferior de mi busto delicadamente. Era ajustado en el pecho, pero caía libremente sobre mis caderas.

—No te muevas, ni un centímetro. —Jessica cogió de nuevo la bolsa y sacó una caja—Estas bellezas deben quedar divinas con ese vestido.

Temblé un poco y en menos de nada me vi arriba en un par de tacones negros de terciopelo negro, amarrados al lateral por una hebilla pequeña y dorada.

—No sé cómo he aceptado todo esto.

—Eso es porque muy en el fondo, también quieres lucir como una princesa esta noche especial. —me giré a verla con cuidado, temiendo caerme desde los peligrosos diez centímetros de tacón—Ahora, ya puedes salir. —me instó con una sonrisa enorme y contagiosa. Fruncí el ceño y asentí, aun sin entenderle por completo su actitud.

Salí tambaleando por la puerta, sujetándome de las paredes y dando pasos pequeños logré llegar a la puerta del baño, sin embargo antes de entrar, me pareció escuchar unas pisadas en la planta baja que llamaron mi atención ¿Charlie había llegado? Me asomé por las escaleras para ver si era mi imaginación o no.

—¿Papá? —lo llamé.

—¡Sorpresa! —el coro de gritos me hizo saltar, sobre mis tacones y por poco me caigo por las escaleras. Mi acelerado corazón tronó rabioso pulsando por mis venas con fuerza. Por un momento solo parpadeé al notar en sí, a las personas que se hallaban en el living. Seth fue el primero que identifiqué, sostenía unos globos rojos metalizados en su mano a la vez que me sonreía. A su lado estaba una chica baja de cabello en extremo largo y negro como la noche, ella sonreía tímidamente.

Ángela también estaba dando pequeños saltos alegres al lado de un gran chico de contextura musculosa y robusta, de piel canela; por alguna razón me lo quedé mirando aunque sabía que era algo mal educado de mi parte.

Él era a grandes rasgos, un hombre exorbitantemente guapo. Sus facciones eran fuertes y masculinas, tenía el cabello corto, negro y brillante, ojos de color carbón y una pícara sonrisa a medias que lo delataba por si solo; lucía ¿Engreído? ¿Suspicaz? O ¿Seductor? No lo sabía, pero de que era cautivador, lo era sin lugar a dudas.

Él extraño –que si lo pensaba bien, tal vez era el primo de Seth, Jacob- se cruzó de brazos haciendo que sus grandes bíceps se abultaran bajo la camisa roja que vestía; me miró de pies a cabeza, recorriéndome con su mirada, tal como lo había hecho yo. Me paralicé por un instante debido a su escrutinio.

La sensación que me traspaso, no fue lo que esperé.

Escuché un carraspeo y enfoqué la mirada en mi padre que también estaba presente a un lado de Billy, me miró con los ojos desbordantes de alegría—Feliz cumpleaños, mi hermosa Bella—me felicitó con cariño, mientras alzaba una mano para que bajara las escaleras, como una invitación.

¿Había olvidado mi propio cumpleaños?

—¿Hoy es mi cumpleaños? —pregunté en un grito confuso, provocando que todos se miraran la caras por un instante, antes de empezar a reírse.

—No estuviésemos todos aquí de no ser así. —dijo Seth, con una sonrisa tierna.

—Y tampoco te hubiese distraído tanto hoy—me dijo Jessica apareciendo de repente a mi lado para después abrazarme —Ni me hubiese comportado como una… ¿Cómo me dijiste antes? ¿Toda una perra? —me dijo al oído entre risas, para que no nos escucharan.

Me reí un poco, aunque me sentí traicionada—Tú lo planeaste todo. —la acusé.

Ella se rió separándose de mi abrazo, se colgó de mi codo y empezamos a bajar las escaleras juntas, lo cual agradecí ya que no me sentía segura desde mi actual altura—Digamos que soy la mente maestra tras el escenario. —me besó en la mejilla —Y Bella…Feliz cumpleaños.

—Gracias… ya después me vengare de esta trampa. —la amenacé al llegar junto a Big Swan, quien me tomó de la mano.

—Estaré esperándolo con ansias— me guiñó el ojo, y se fue junto con Seth, mientras Charlie me apretaba en un abrazo y me llenaba la cara de besos. Su bigote me hizo reír un montón, por las cosquillas que me hacía.

—Felicitaciones mi vida—me plantó un último beso en la coronilla y me dejo ir; aunque quise que siguiera haciéndolo por unos minutos más, sabía que era todo lo que obtendría de papá hasta el siguiente año.

—¡Que mujer más reluciente y hermosa tienes Charlie! —sonreí al escuchar a Billy vociferando como siempre; me sonrojé y me acerqué a su silla de ruedas—Felicitaciones Bella, ya eres toda una dama de sociedad. —me agarró de la mano dándome un apretón.

—Gracias. —le respondí tímida.

Seth me agarró en un abrazo así como Ángela llenándome de felicitaciones y buenos deseos. Me sentí tan feliz en esos momentos, como si todo de alguna forma tuviese más sentido ahora que tenía a mis seres queridos, todos conmigo.

—Recordaras a Bree, de la escuela—me dijo Seth poniendo un brazo encima de los hombros, refiriéndose a la chica bonita que estaba con él. Ella me sonrió y se acercó más al grupo.

—Claro Bree, por cierto, gracias por invitarnos el otro día a tu…—me detuve un segundo, arrugué el ceño al recordar que había sucedido exactamente en esa fiesta. Suspiré y me recompuse tratando de olvidar aquel terrible encuentro con Edward, Lauren y Tanya—A tu fiesta.

Ángela y Seth callaron, incomodos; sin embargo Bree no se percató de ello—Oh, sí, no fue nada en realidad. —me miro con simpatía y luego extendió una pequeña bolsa de regalo en mi dirección—Feliz cumpleaños.

Miré la bolsa que extendía en mi dirección como si se tratara de una serpiente venenosa a punto de morderme. No me gustaban los regalos, ni las sorpresas… ni nada que no pudiese controlar. Estaba resentida porque todos se confabularon en mi contra para esta reunión, lo que menos deseaba era que también me dieran detalles.

—Te dije que tenía problemas con los regalos. —le dijo Seth a Bree—Pero estoy seguro que ella lo recibirá gustosa ¿Verdad? —me siseó. Seth me siseó. Mi Seth tierno, lindo y amoroso me siseó ¡Por una chica! Entrecerré los ojos y acepté el regalo, por cortesía.

—Te lo agradezco, es muy amable de tu parte Bree. —dije entre dientes.

Ella miró a Seth y luego a mí, con claro desconcierto por nuestro intercambio de miradas.

—Feliz cumpleaños. —me giré al escuchar aquella voz gruesa y poco familiar, y cuando lo hice, vi al desconocido justo detrás de mi. Era alto, más de lo que me fijé al inicio, tenía una sonrisa amable colgando de sus labios al observarme.

—Bella, él es Jacob Black, mi primo—me dijo Seth, con sorna mientras rodaba los ojos. —Jacob… ya tú sabes quién es ella.

Vaya presentación, pensé por dentro. ¿Qué pasaba con Seth? Estaba de malas pulgas, quizá… tendría que hablar con él, no era normal que estuviese actuando de esa forma.

—Umm, sí, mucho gusto—dije turbada por la extraña actitud de Seth. —Gracias por venir.

—El gusto es completamente mío—me guiñó un ojo para después sonreír todo galante; ok vaquero, no estoy interesada. Extendió una mano hacía mí y yo lo imité, el tacto de su gran mano era cálido y suave, tenía que aceptar que era afable, a pesar de que su manera de mirarme difería mucho del término "afable"

Más bien se acercaba al término "devorador"

—Sí, yo… umm voy a la cocina un segundo. —me disculpé con mis amigos antes de caminar a la cocina. Necesitaba aire, aunque fuera por unos pocos minutos.

Me recargué sobre el mesón para apoyarme en algo firme. ¿Qué era esta opresión en mi pecho? Lo había sentido desde que Jacob había fijado su mirada de lleno en mí. Tomé aire profundamente un par de veces para tranquilizarme. ¡Era una boba! ¿Estaba perdiendo la cabeza?

Un click me hizo levantar la mirada del fregadero, apreté los labios cuando noté a Jacob en la entrada de la cocina, sosteniendo entre las manos una cámara fotográfica. Me cruce de brazos, de mal humor—¿Qué haces?.

Jacob sonrió y me mostró la cámara—Tomándote una fotografía—se encogió de hombros—Seth me pidió que tomara algunas.

Asentí, y miré alrededor, con parsimonia.

—Así que…—empezó él después de un minuto de silencio—El clima aquí en verdad apesta—dijo en tono de burla y sin querer sonreí con su comentario ¿En verdad estaba hablándome sobre el clima? Eso era un tópico bastante usado, a mi parecer.

—Siempre es frío y húmedo—comenté, solo para no quedarme en silencio. Jacob se rió fuerte, haciendo que su pecho se expandiera bajo su camisa.

—¿Cómo lo soportan?, he estado aquí medio mes y aun no me acostumbro—inquirió divertido.

—Se llama resignación, además, no tengo con que compararlo. Siempre he vivido en este pueblo toda la vida. —afirmé, dándole poca importancia al tema.

—Eso suena… increíblemente triste.

Solo tuvo que terminar la oración para que cualquier pizca de simpatía que sintiera por él se esfumara.

—¿Ah sí? —logró picarme un poco. No era la fan número uno de Forks, pero tampoco me agradaba que un forastero hablara mal del lugar donde nací.

—Quiero decir, he vivido quince años en California, ya sabes: sol, brisa y mar en cada esquina; y ahora estoy aquí, en el pueblo más lluvioso de Norte América. Y pensar que nunca has visto nada de más que este pueblo verde, es lamentable —alardeó seguro de sí mismo, riéndose entre dientes. Apreté la mandíbula y esperé que la molestia pasajera, bajara a niveles controlables.

—¿Y por qué no te vas? Digo, si extrañas a tu ciudad, entonces no deberías estar aquí.

La sonrisa de Jacob no disminuyo ni un poco, a pesar de la agresividad en mi tono de voz—No puedo irme hasta que no termine lo que vine hacer.

Cogió la cámara y en menos de nada, enfocó el lente en mi dirección y volvió a tomarme fotos.

Puse las manos sobre mi cara, ya que el flash me estaba irritando los ojos—¿Puedes parar un segundo?

—No, no quiero. —rió pero sin dejar de presionar el botón de la cámara.

Gruñí y lo alcancé para quitarle el aparato de las manos—¡Ya fue suficiente! —lo empujé un poco poniendo mi mano sobre su gran pectoral. En seguida retiré mi mano, avergonzada de mi impertinencia. ¡Pero él se lo había buscado! —¿Cuántos años tienes, siete? —lo empujé de nuevo, sin importarme que yo fuese la que actuase como una niña… de nuevo. No se me daba bien interactuar con hombres testarudos.

Él me quedó viendo divertido, pasó un dedo por su labio inferior, mirándome como algo comestible —Creo que acabo de encontrar lo que estaba buscando. —me dijo, y yo me quedé atontada por su desfachatez, pero me recompuse luego de un momento.

Fanfarrón.

—¿Crees que me interesa? —le lancé la cámara, que atrapó sin vacilar—Casi me dejas ciega, idiota.

Caminé a la sala, dejándolo solo en la cocina. ¡Qué tipo tan raro y mal educado! Estaba que escupía fuego por los ojos de la irritación.

Jess venía en mi dirección, con una sonrisa alegre en sus labios.

—Hey ¿Dónde estabas? Te estaba buscando para el postre—Jessica ni siquiera me dejo hablar y me llevó al comedor, todos estaban allí conversando y bebiendo cerveza, light, sin alcohol. Umm Big Swan siempre cuidando a los menores de edad… rodeé los ojos y me uní a ellos el resto de la noche.

Seth, Bree, Ángela, Jessica y yo empezamos a hablar sobre cosas de la escuela, profesores, materias, exámenes, pero a la vez evitando conscientemente el asunto del "chisme del What**", no era mega divertido, pero si entretenido comentar los sucesos cotidianos que acontecían en la escuela. Del otro lado de la habitación Charlie, Billy y Jacob se entretenían hablando de equipos de fútbol americano, de estadísticas y trofeos perdidos, como era de esperarse de un grupo de hombres aficionados al deporte. Algunas veces, pude sentir la mirada de Jacob sobre mí, y eso me fastidió un tanto, sin embargo lo ignoré todo lo que pude. Era definitivo, Jacob Black no me caía bien.

Jess me envió una de sus miradas interrogantes cuando hice una mueca cansina. Negué y miré a Ángela quien estaba relatando una historia sobre el profesor MacCallister.

Después de comer el postre acaramelado que había traído Ángela, que por cierto estaba delicioso, Seth me pidió que fuéramos al porche, ya que tenía que decirme algo de suma importancia. Lo seguí muy intrigada, tal vez podría preguntarle porque estaba comportándose tan chocante.

—Bree tiene novio. —lamentó, sentándose en las escaleras, viéndose dolorosamente abatido. Hay no pobre Seth.

Me sentí muy mal por él porque sabía que le encantaba Bree, se veía tan feliz y protector alrededor de ella, a cada instante, como si Bree fuera lo más delicado que sus ojos hubiesen visto jamás y tuviese la necesidad de resguardarla de todos. Suspiré, me senté junto a él, rozando nuestros hombros.

—Se llama Gail, va a la universidad de Nueva York. —recargó la cabeza sobre mi hombro, en silencio.

El cielo nublado de Forks nos acompañó por un extenso momento plagado de comprensión. Además de querer darle algo de paz, mi falta de palabras también obedecía al hecho que no sabía que decirle; no tenía la mejor de la experiencias, si es que ser engañada por Edward, dos veces, antes de tener la oportunidad de ser realmente su novia o lo que sea, contaba como eso. Sacudí la cabeza, piensa.

—Lo único que puedo decirte, es que estoy aquí para lo que necesites y que puedes contar conmigo para cualquier locura que quieras realizar. —le susurré, pegando mi cabeza con la suya—Siempre.

Seth murmuró algo bajo su aliento presionando más su cabeza contra mí.

.

.

.

.

Las semanas transcurrieron con lentitud, tranquilas y sin inconvenientes ajenos a nuestra vida escolar. Al menos, durante los últimos días, poco había sentido esa necesidad imperiosa de encontrar a Edward en los pasillos de la escuela; había amainado lo suficiente, pero no del todo; y estaba comenzando a pensar que nunca podría olvidarlo por completo. Aun dolía como el primer día, pulsante y constante, como una astilla envenenada, que se niega a salir.

—Puedes decirle a tu primo que no quiero. —respondí en tono frío.

—Tendrás que decírselo tú misma. —me farfulló de nuevo.

—Pero él te dijo que me preguntaras. Así que tú mismo, le dirás mi respuesta. —le hice notar, metiendo algunos libros en mi casillero.

—No soy ningún mensajero con el que puedas enviar recados.

—Entonces no debiste preguntarme en primer lugar. —me encogí de hombros.

Sin esperarlo, Seth me agarró, me hizo girar entre sus brazos y me lanzó contra su pecho, apretándome delicadamente. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué me abrazaba de repente? Sin entenderlo todavía, desorientada, le devolví el abrazo poco convencida. Su olor a madera que me inundó como un bálsamo dulce y sentimental, fue bienvenido para mis sentidos.

¿Qué tienes Seth? Deseé preguntarle, pero en vez de eso no dije nada.

Desde que él se enteró sobre Gail, el novio de Bree, había estado actuando extraño a mi alrededor, siempre flotando como una luna, como si me rodeara, aún sin proponérselo.

—Le diré que no quieres ser su modelo para el photo shoot. —me dio un beso en la mejilla, sonrió desenfadado y se fue, caminando hacía la salida. Cada vez lo entendía menos.

Negué y terminé de introducir los libros al casillero.

Resultó ser que Jacob Black era fotógrafo profesional, graduado de la universidad de Stanford hacían dos meses atrás. Todo bien hasta allí. El inconveniente era que ahora me estaba presionando, a través de Seth y Billy, para que me integrara a una idea absurda, como lo era ser su nueva modelo, su nueva musa, en su más legendario trabajo. Palabras textuales de Billy.

¿Cuán patético sonaba aquello?

Tendría que pasar por el infierno cien veces antes de caer en semejante estrategia fatalista. ¿A quién pretendía engañar? ¿Yo prestándome para eso? Me reí por dentro; Jaco Black, me considero una ingenua, ¿Pero tanto como para no ver tus intenciones? No.

Y para que conste, no estoy interesada.

Me encontré con las chicas en el parqueadero, cerca del enrejado; ellas conversaban sobre una prueba reciente, preocupadas por el resultado que sacarían. Mientras tanto yo, me quedé pensando en silencio, era poco lo que en realidad faltaba para terminar el año escolar. Solo un mes nos quedaba para rendir los exámenes de admisión. Con suerte, podríamos ingresar a alguna universidad decente donde acoplarnos a una carrera productiva.

Suspiré. Eso sonaba bien, mejor que bien. Pero entonces ¿Por qué sentía que no lo era todo? ¿Qué me faltaba un gran pedazo para completar aquel final?

Entonces lo comprendí.

Edward…

¿Sería siempre, mi tema sin resolver?

¿Lo que me ataría?

Jess me preguntó algo, haciéndome regresar a la realidad; le sonreí y avergonzada por mi despiste, le pregunté de que me hablaba. Mis amigas solo se rieron.

.

.

.

.

Más tarde al anochecer, Charlie me llamó para decirme que iba a doblar el turno en la comisaria; tenían un caso importante sin resolver y los estaban presionando para que encontraran al responsable lo antes posible. En ningún momento me quiso decir de qué se trataba, debía ser muy malo.

—No sería la primera noche que paso sola papá. Además, sé cuidarme mejor que cualquier chica de este pueblo. —Big Swan se rió al otro lado de la línea, y yo lo imité—Es en serio. Me enseñaron un buen par de técnicas de defensa.

—El pueblo ya no es tan seguro, Bella.

—Lo sé.

Suspiró contrariado, lo que me hizo poner los ojos en blanco. Ya no era una niña pequeña. Me sabía defender a la perfección.

—Estaré bien. —recité de nuevo, de forma segura.

—Solo… no salgas de casa ¿Estamos? — me pidió con autoridad; hay papá…. crucé los dedos al responder:

—No saldré de casa. —mentí.

Nos despedimos luego de eso, como siempre sin demasiadas palabras. Lo amaba con todo mi corazón, él era el hombre que me crío, que me cuidó y me dio todo lo que alguna vez necesité; incluyendo el consuelo del que me aferré, cuando Reneé se largó del pueblo para siempre. Pero a veces no entendía que a mi edad, las cosas ya no eran tan simples. Que tenía mi manera de controlar las cosas en mi vida.

Acomodé todo antes de tomar mi chaqueta y salir a la fría noche de viernes, en busca de unos cigarrillos al mini market de la señora Springs que quedaba a cinco cuadras de mi casa. Temblé por el frío viento que azotaba las calles desiertas del pueblo, subí la corredera de la chaqueta hasta arriba y me crucé de brazos para concentrar algo de calor.

Necesitaba sentir otra vez la nicotina calmándome los nervios; era eso o pagarle a alguien más para que me comprara un six pack de cervezas. No era bueno que me estuviese adhiriendo a ello, pero que más daba, si era lo único que parecía menguar mi estado de ánimo, entonces lo haría sin remordimientos. Durante quince minutos de caminata, solo divisé dos personas rondando por las calles paseando a sus mascotas; nada fuera de lo común como era de esperarse.

Al llegar a lo del señora Spring, sentí que las manos las tenía heladas. Las luces altas del negocio iluminaban el espacioso parqueadero, donde había un solitario auto estacionado bajo el gran aviso rojo del comercio. Eran alrededor de las diez de la noche, la soledad que se veía, que se percibía, era cosa habitual en el pueblo.

Al acercarme a la tienda, noté que alguien descendía del auto por la puerta del conductor. Introduje las manos en los bolsillos de mi chaqueta, al tiempo que detenía mis pasos.

Solo tuve que echarle un vistazo para saber quién era. Me asusté, todo en mi interior empezó a revolotear como el vuelo de un colibrí aterrado. Tragué pesado y carraspeé, sintiendo el helaje de mis manos viajar a todo mi cuerpo, sin perdón.

—¿Edward? —pregunté petrificada. Él levantó la cabeza, cerró la puerta del auto y dio unos pasos desiguales sobre el asfalto.

—Oh vaya… ¿Aún recuerdas como me llamo? —algo en su tono de voz, el reproche y la frialdad cruda, me sacudieron como un maremoto. ¿Qué quería decir con eso?

—Claro que recuerdo tu nombre—pienso en ti cada día, cada minuto. ¿Cómo en nombre de dios, podría olvidarte? Si te llevo dentro, conmigo, adonde quiera que vaya.

Suspiré.

Él no merecía saberlo.

—Te olvidas fácilmente de todos—se encogió de hombros y yo entrecerré los ojos, estudiando su apariencia. Parecían años desde la última vez que me permití hacerlo. Traía puestos unos jeans claros, una camiseta negra y una chaqueta de cuero; como siempre, se veía guapo, intrigante y hermoso, sin proponérselo. —Eso es un don que quisiera tener.

Noté un extraño patrón en su forma de hablar, como si se le trabara la lengua en algunas palabras, pero lo que dijo, de alguna manera me hizo reaccionar.

—Mejor me voy. —anuncié con acritud, el corazón me latió estridente en mi tórax. Sin embargo no me moví de mi lugar, ni siquiera cuando Edward inclinó la cabeza, mirándome con atención. Él me inspiraba un aura distinta a la habitual, se notaba… perdido o liado por algo muy grande.

Lo miré, grabándome su imagen como toda una campeona del masoquismo que era y luego me giré, para dejarlo atrás. Me felicité por dentro cuando alcancé a dar mi quinta zancada, me estaba apartando, eso tenía que ser una señal de que lo estaba al menos, intentando superar. Bien por mí.

Pero un quejido acompañado por una fuerte maldición me hizo mirarlo de nuevo. Edward se encontraba ahora de rodillas en el piso, tratando de ponerse de pie, pero por alguna razón no podía. Deslicé la mirada entre él y el mini market, sin saber qué hacer.

Ahogué un gemido contrariado.

—Estás borracho hasta los calzones Edward Cullen—lo reprendí mientras me acercaba a él ¿Cómo no lo noté antes? era obvio. Decidí mentalmente que lo ayudaría primero y que luego iría a comprar lo que necesitaba más luego.

Me llené de paciencia, aparté la desgarradora sensación que siempre me invadía ante su presencia y canalicé la debilidad lo más lejos de mí en cuanto me agaché a su lado. Al sentirme cerca de él, Edward levantó la mirada esmeralda a mi cara, para recorrer mis facciones, sus ojos se iluminaron como dos faroles brillantes; casi gemí al ver el cambio tan rotundo en su cara, al verme de nuevo.

—Solo tomé… —empezó a decirme con voz ronca, su aliento a cigarrillos y menta tintineó sobre mis rostro; pero se detuvo cerrando los ojos—No tengo idea cuantas tomé. —terminó de decir confundido.

Luche contra la necesidad de abrazarlo, que tan fuerte sentí en ese instante.

—No importa, ven—trague saliva de forma compulsiva, contuve la respiración y me di fuerzas para tocarlo. Solo es una obra de buena voluntad. Pequeñas burbujas reventaron en mis dedos en cuanto lo tomé del brazo, cosquilleando al tacto y provocando que un jadeo se atascara en mi garganta. El sentimiento era tan fuerte e insuperable, que por un instante me sentí rebasada, acorralada.

Pasé su brazo sobre mis hombros y lo ayudé a ponerse de pie con cuidado. Edward no dijo nada, ni me miró mientras lo estabilicé sobre sus pies. Era pesado, pero no tanto como supuse que sería. —¿Qué demonios harías sin mí? —farfullé, más rabiosa conmigo misma por hallarme en esta situación, que por la irresponsabilidad de Edward.

—Morir— me respondió con voz estrangulada, pero certera y clara. Lo miré y nuestras caras quedaron muy cerca ya que aún tenía su brazo sobre mis hombros. Se me escapó un gemido ridículo en tanto bajaba la mirada al suelo.

—Jamás vuelvas a decir algo como eso. —pedí, también bajando mis defensas al subsuelo. No podía pretender ser insensible tras un comentario así, tenía que decirle al menos algo ¿No?

Bah, ¿Para qué justificarme? ¡Me dolía en lo más profundo que dijera algo así!

—¿Por qué? Si es… es la verdad. Cada día que pasa, cada hora, cada segundo sin ti es una tortura que no voy a superar nunca.

No lo escuches, está borracho.

Lo llevé hacia el auto, arrecostándolo contra la puerta trasera. Él se quejó un poco. Me hice la de oídos sordos y desvié la mirada hacía cualquier otro lado.

—¿Tienes tu celular? —le pregunté en un susurro.

—¿Para qué lo quieres?

—Para llamar a Emmett o a Alice y pedirles que te vengan a buscar ¿Para qué más? —le contesté incómoda. Él lanzó la cabeza hacia atrás, mirando el cielo nuboso con una expresión indescifrable. Se veía fascinante de esa forma mientras contemplaba la oscura noche.

—No necesito que nadie me venga a buscar— me respondió, testarudo y bufando al final. Chasqué la lengua, Edward era un tozudo sin remedio—Puedo llegar a casa solo, tal como llegué aquí.

¿Cómo lo hizo? ¿Chocando con cada buzón apostado en los jardines?

Temblé de solo pensar, en todo lo malo que le pudo ocurrir de camino aquí. Él pudo haberse salido del camino, atropellar a alguien o herirse en cualquier forma.

—No te voy a dejar ir solo. —expresé preocupada por su seguridad. —Dame el celular.

Él bajo la cara lentamente y la luz roja del anuncio sobre nosotros, me permitió curiosear su mandíbula cuadrada, que estaba ensombrecida por un rastro de barba cobriza, haciéndolo ver mayor y más… deseable. Le quedaba mejor que bien.

Ajústate las bragas, niña impresionable.

Carraspeé, pasándome las manos por la cara; tienes que ubicarte.

—No lo tengo conmigo, lo dejé en casa. —me respondió con parsimonia. Levanto la mano y antes de poder retroceder, Edward acomodó un mechón de mi cabello tras mi oreja suavemente, rozándome la piel en el proceso. El chispoteo posterior no se hizo esperar, el vendaval de sentimientos calurosos, fríos, hirvientes y gélidos se agolparon en el centro de mi pecho, en medio de una estruendosa composición, produciendo que me destartalara frente a él, como una desesperada por su toque.

—Eres tan hermosa, tan perfecta… —suspiró adolorido y vi como su garganta se movía al tragar—¿Cómo no te vi antes cariño? Las cosas serían tan diferentes ahora… quizás seríamos felices, el uno para el otro.

¿Se había golpeado la cabeza?

La sien me palpitó brutalmente y la boca me tembló apenas me confesó aquello. De repente otra vez estaba en el punto de partida, donde todo dio inicio. El dolor se volcó de nuevo en mi contra arremetiendo con sus astas en lo poco que había podido conseguir, entender, comprender durante este tiempo…. Ahora ya no había nada. Todo en mí se sacudió debido al fuerte sollozo que me embargó.

Esas pocas palabras, me hicieron caer. ¡Solo unas cuantas palabras y todo se derrumbaba de nuevo!

Me sostuve de lo primero que encontré, y eso fue la camisa de Edward, cerré las manos con fuerza, sosteniendo y apretando la tela como si mi vida dependiera de ello.

—Estas acabando conmigo—susurré desgarrada con el corazón martillando en la base de mi garganta; de inmediato los brazos de Edward me envolvieron, estrechándome contra él, imposiblemente más cerca que nunca y yo me dejé acunar por su olor, por su calor, por todo él, dejando caer mi peso contra su duro cuerpo, de alguna manera rindiendo mis sentidos a él.

Ninguno de los dos dijo nada más como un acuerdo silencioso entre nosotros y por varios minutos todo lo que pude escuchar fue mi propio llanto de mierda y el corazón acelerado de Edward golpeando contra mi frente. Permití que las lágrimas bañaran mi rostro y su camisa por más tiempo del que estaba dispuesta admitir. De no haberlo hecho, probablemente hubiese estallado.

La calma fue volviendo dentro de mi cabeza a paso lento, pero no por ello me retiré, al parecer era cierto que soy una campeona del masoquismo.

—Pero míranos…Todo lo que sé hacer, es lastimarte—dijo rompiendo el silencio, su voz era pequeña, contenida mientras me besaba el cabello, una y otra vez sin descanso, como si quisiera darme todo de él —Lo siento Bella, lo siento tanto —alcé la mirada, y al ver el dolor en sus orbes, la desesperanza y la culpa, me hicieron gemir, porque lo que percibía en sus ojos atormentados, era el reflejo de todo lo que sentía dentro de mí; todo lo que me asfixiaba… también lo asfixiaba a él; saberlo fue mil veces peor, ser testigo de su dolor otra vez, era insoportable.

—¡Ya detente! —le rogué despedazada por todo lo que sentía y por lo que veía en él. Negué moviendo la cabeza de un lado a otro—No hables más.

Me removí entre sus brazos, queriendo desesperadamente alejarme de él; de repente el calor se hizo angustiante en su entorno. Y todo lo que sabía era que el daño se iba a volver irreparable sino me alejaba de él lo antes posible. ¡No podría alejarme luego!

Lo escuché gemir, antes de soltarme de su fiero y reticente abrazo.

Caminé, dando tumbos hacía atrás y por poco me caí de bruces. Mi mirada conectada a la suya, era una conexión inclemente, dañada. A Edward le dolía, justo como a mí esta situación.

—No digas nada. —le exigí mientras me sorbía la nariz de la forma más silenciosa posible. El frío regresó a mis venas lentamente haciendo que me sintiera más segura de mi misma; alejada de su calor, libre para respirar aire limpio sin su aroma, logré pensar al margen de su embrujo. Me incliné apoyando las manos sobre mis rodillas y empecé a tomar respiraciones profundas, empeñada en recuperar algo de mí misma.

¿Cuánto más podría resistir?

¡¿Cuándo mierda se iba a acabar este infierno?! Sintiéndome morir por su culpa, por mi propia debilidad, por las tremendas ganas que tenía de que volviera a abrazarme ¡Mierda, ya nada tenía sentido! Me agarré el cabello de manera apremiante, sintiendo que me ahogaba.

En ese punto, ya no supe lo que quería y eso me estaba enfermando, porque alejarme de él era bálsamo ardiente y corrosivo, pero estar a su lado era como caer en un abismo tempestuoso y desconocido.

¿Qué era peor entonces?

—Necesitas ir a casa, ya—murmuré viéndolo a los ojos. Limpié las lágrimas de mis mejillas, mientras me erguía con mucha dificultad. El peso que cargaba en mi alma, se estaba volviendo insostenible. —Tenemos que terminar con este drama de mierda. —exhalé aire, angustiada por lo siguiente que iba a hacer.

Edward frunció el ceño y se apartó del auto, cruzándose de brazos.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo con una voz controlada, pero a la vez intrigada.

Deje escapar un sonido tembloroso de mi garganta. En mi mente circundaron muchos pensamientos, en su mayoría, insultos, maldiciones y discrepancias en contra mía; pero a pesar de ello, también había otros que en menor medida, se volcaban hacia lo que me había enseñado mi padre toda la vida: hacer lo correcto, por encima de todo.

—Dame las llaves del volvo. Te llevaré a tu casa. —le respondí, dejando ir un gran suspiro temeroso. Quería correr a mi casa, encerrarme en mi habitación y llorar hasta que los ojos me ardieran irritados, poder desahogarme en la intimidad de mi recamara; deseé alejarme de él. Pero no podía dejarlo allí solo y borracho. Era una idiota sin sentido de supervivencia, pero no podía simplemente dar media vuelta y abandonarlo a su suerte ¿Y si le pasaba algo? ¿Si colisionaba con algún poste? Sería toda mi culpa, por no hacer lo correcto. Y jamás podría perdonarme si algo como eso le llegara a suceder.

—Puedo irme solo. —su voz decidida y aterciopelada resonó por todo el parqueadero.

—No, por lo menos no en tu estado —carraspeé de nuevo limpiándome la cara, las molestas lágrimas no se detenían por más que las intentara borrar. Edward pellizco su nariz, en un claro síntoma de inconformismo, se balanceó de vuelta al auto.

—Bella….

—No me lo hagas más difícil ¿Quieres? Lo último que deseo es pasar un solo minuto más contigo—le dije con los nervios crispados, caminando hacia él. Su cara se llenó de contrición por lo que dije—Pero no quiero que te pase nada malo—miré sus ojos verdes más cerca, conteniendo la respiración—Así que deja de ponérmelo más complicado y por una vez en tu vida escucha lo que te digo.

Edward apretó la mandíbula, pero a mí me valió un cojonudo pepino si le jodía la forma en que le hablé. Ya estaba harta de que todo fuese un condenado enigma a su alrededor, que absolutamente todo conllevara a discusiones entre nosotros.

¡Sin mencionar que estaba a nada de quebrarme por completo delante de la persona que más daño me había hecho en mi vida!

Me estaba costando esta vida y la otra no tirarme en el suelo a llorar.

Metió la mano en el bolsillo del jean, sacó el juego de llaves y me las extendió para que las tomara de su mano.

—Gracias—murmuré al coger las llaves del auto, teniendo cuidado de no rozarlo. Edward miró al suelo un instante, antes de rodear el auto e ingresar por la puerta del pasajero.

Me tomé un minuto, solo para analizar lo que estaba haciendo o estaba a punto de hacer. Todo me decía que diera media vuelta y me fuera a casa, a mi lugar seguro. Pero contrario a eso, abrí la puerta del conductor y me introduje dentro rápidamente para no retractarme. Como era de esperarse todo el jodido auto tenía su aroma impregnado en cada rincón; menta y colonia masculina revoloteando alrededor de nosotros como un afrodisiaco.

—No hables—quería que tuviera claro que esto que hacía solo era por su seguridad, no debido a segundas intenciones. Inserté la llave y encendí el auto con un suave sonido. No sabía si agradecer o maldecir la hora en que Charlie me obligó a hacer el curso de manejo dos años atrás. Apreté el volante con todas mis fuerzas mientras sacaba el lujoso auto del parqueadero. Sabía que Edward tenía la cara girada hacia mí, viéndome en silencio. Pero por más que quiso llamar mi atención, no sucumbí a la fuerza de sus ojos.

Durante diez eternos minutos, lo único que hice fue manejar hacía la casa de Edward, en completo silencio. La noche era tan oscura, que por momentos tuve que reducir la velocidad al mínimo, por miedo a no poder maniobrar bien en las curvas. Había obtenido el pase de conducción, pero no era una experta en la carretera y menos lo era durante de noche. Además, mis ojos no habían parado de lagrimear en ningún momento.

El camino a la casa de Edward lo conocía de memoria, incluso a pesar de todos los años transcurridos, lo tenía todo grabado en mi cabeza.

Viré a la derecha por inercia, hacía el camino de piedras que estaba iluminado tenuemente gracias a los faroles en los costados. Pinos altos, arbustos de diferentes geometrías también bordeaban la gran propiedad de los Cullen; era hermoso y bien cuidado como siempre; de alguna forma, me hizo sentir bienvenida.

Estacioné el auto cerca a la gran casa blanca de columnas victorianas, apagué el motor y luego me dejé caer sobre el asiento como si hubiese arrastrado un gran cargamento todo el camino. Lo escuché respirar con pesadez, pero no me moví.

—Necesito llamar a alguien para que me vengan a buscar. —murmuré, retirando las llaves del encendido del auto, se las ofrecí a Edward, pero él no las tomó.

Un escalofrío repasó mi cuerpo cuando giré a verlo. Él me miraba con intensidad, dejando claro mediante sus ojos que no estaba de acuerdo con que lo trajera a su casa. Rodee los ojos y limpié mis ojos acuosos—No quiero tus quejas.

—Es muy tarde, literalmente hablando. —me respondió, con la misma expresión tallando su rostro. Desvié la mirada hacia atrás, al asiento trasero del auto, fingiendo interés en cualquier cosa que no fuera él. Fruncí el ceño, parpadeé varias veces al notar once botellas de cervezas, cerradas y nuevas en el asiento posterior del vehí í la mirada a Edward.

—¿Cuántas cervezas te tomaste? —le pregunté entre dientes, con la cólera empezando a regurgitar por mis arterias como ponzoña letal.

Edward frunció el ceño, notando la creciente ira dentro de mi cuerpo. —¿Once? No lo recuerdo. —me dijo con poca convicción.

—Ah ¿Si? Qué curioso… once cervezas, tal y como las que están atrás de nosotros, aún cerradas.

—¿Qué? —me devolvió, temeroso; de pronto viéndose intranquilo.

—¿No serán acaso esas once cervezas que tienes allí atrás, aún sin abrir? —le pregunté entre dientes, con un nudo inquebrantable en la garganta. Edward bajó la mirada una fracción de segundo, y eso fue la toda confirmación que necesité para dejar que la furia me rigiera; sentí el pulso aumentar en mi cuello y el calor cepillarme las mejillas—No estás borracho, tú… bastardo ¡Me mentiste, Dios! ¿Cómo pude caer en tu trampa tan fácilmente? — apreté las manos, porque sabía que de no hacerlo probablemente le hubiese atizado un golpe en la cara en ese mismo momento. Había sido una estúpida, idiota al creerle.

¡Carajo! La puta mierda.

—Bella espera, yo…

—¿Querías hacerme quedar como una tonta? ¿Es eso? O ¿fue alguna una especie de apuesta que hiciste con tu ex para humillarme más? —lo acusé, temiendo que fuera la última opción. Un escalofrío poderoso me atravesó, golpeando todos mis sentidos.

—¡¿Qué?! ¿Te estas escuchando? ¿Cómo se te ocurre semejante barbaridad? — Me preguntó perplejo, girándose por completo para encararme.

—Se me ocurre porque no sería la primera vez que esa perra te manipula a ti, para joderme a mí. —le recordé, con furia; mientras contenía las ganas de abofetearlo.

—¿De qué hablas? Tanya no tiene nada que ver en esto—me agarró de la mano, desesperado por bajar mi cólera, pero falló en el intento—Acepto que lo fingí todo, pero Bella lo hice porque necesitaba desesperadamente estar contigo, aunque solo fuera por unos minutos. ¡Por eso lo hice! Tienes que creerme.

—¿Creerte? ¿A ti? —negué iracunda e indignada por la forma que Edward tenía siempre de hacerme quedar como idiota—Ya me harté de que me vieran la cara de estúpida, Edward. —le quité el seguro a la puerta pero Edward me detuvo cogiéndome del brazo—Suéltame en este preciso instante.

—Por favor, escúchame. —me suplicó, como un niño perdido en su propio juego, pero yo ya me encontraba más allá de sus palabras, de sus mentiras. Quería desaparecer ¡Ya!

—¡No! Ya déjame ir. —demandé otra vez, forcejeando para que alejara su agarre de mi piel.

—No hasta que te explique; no voy a permitir que se creen malos entendidos de nuevo entre nosotros. —¿Crear malos entendidos? Que no veía lo que había hecho, me había mentido de nuevo, en mi cara, sin ninguna razón justificable. ¿Cómo esperaba que lo escuchara después de eso?. El coraje que sentí, fue indescriptible.

Superada, hostigada y lastimada por caer en la trampa de Edward. Algo hizo click en mi mente. Un segundo después lo golpeé en el abdomen con mi mano libre utilizando toda mi fuerza, desfogando un porcentaje de mi cabreo en dañarlo. Edward soltó un gruñido, y yo me quedé perturbada por lo que acababa de hacerle.

Por tres segundos, me dediqué a mirar su rostro sorprendido, tal y como debía lucir el mío. Yo no soy así. Me dije contrariada.

Sin embargo, la descarga de adrenalina bailando por todas mis viseras de repente se sintió liberadora, atractiva e inmanejable.

—Debí dejar que Emmett te rompiera la cara a golpes—le dije, volviendo a atacarlo, en esta ocasión, pegándole en el brazo que me sujetaba —Es la última vez que te lo digo, déjame ir.

—No lo voy a hacer, primero me escucharás—me jaloneó con fuerza, y yo me vi vencida antes de poder oponerme a su arranque. Edward era más fuerte que yo, por lo que en cuestión de nada me tuvo sobre sus rodillas en una posición incómoda, con la caja de cambios pinchándome la pierna y mi espalda apoyada contra su pecho duro. Lo volví a golpear, una y otra vez usando mis codos, arremetiendo contra él, sin detenerme. —No fue mi plan encontrarte esta noche Bella, pero me alegra que así fuera…

Me retorcí sobre su regazo y él gimió de manera gutural, asustándome un poco.

—Bu-bueno, ya te divertiste bastante engañándome así que déjame ir antes de que empiece a gritar. —le di el ultimátum, golpeándolo descontroladamente, en cualquier zona de su cuerpo que estuviese a mi alcance. Entonces Edward se quejó, en voz alta. Me abrazó fuertemente, inmovilizándome por completo. Solté un chillido al intentar desvanecer su fiero agarre; y él siseó detrás de mí oreja.

—¿Sabes lo terrible que han sido estas últimas semanas para mí? Sin poder hablarte, ni acercarme a ti. ¡Ah sido el infierno! ¿Cómo podía desaprovechar esta coincidencia y no tomarla? . —soltó un suspiró, llenándome con su aliento fresco—Podrás no creerme ahora, pero en lo único que podía pensar era en mirarte a los ojos y hablarte, aunque fuese por última vez.

—¿Haciéndote el borracho? ¿Cómo puede ser eso bueno? Pudiste haberte acercado como una persona normal ¡En vez de aprovecharte de mis buenas intenciones! —le siseé, aún sin mirarlo, pero sabía que le había afectado lo que le dije debido a la tensión de sus músculos.

—Solo quería tenerte de nuevo cerca, para hablar y hacerte entender que estoy arrepentido por lo que te hice, por no ser lo que tú esperabas de mí. —carraspeó, y se trabó un poco antes de continuar poniéndome más ansiosa—Tú eres lo mejor que he tenido en la vida, la única mujer por la que he querido luchar alguna vez. Eres tú Bella, tan solo déjame explicarte que yo…

Moví la cabeza de un lado a otro, haciéndolo callar. Escucharlo no era buena idea, menos cuando la ira aún no se desvanecía por completo.

— Nada de esto estuviese sucediendo si tú no te hubieses ido follar con la arpía de Tanya, justo después de confesarme lo que sentías por mí —le dije con todo el resentimiento que le tenía por lo que hizo. Ya estaba, lo había dicho, esa gran espina que tenía por dentro ahora estaba liberada. Tomé una respiración profunda, mientras todo se volvía quietud de repente. Edward pareció petrificado ante mi acusación explosiva; era solo la verdad.

Su agarre no disminuyo en lo absoluto, aunque ya no me estuviese moviendo para nada. No me sentí mal por hablarle de esa forma, al contrario fue como apartar un gran obstáculo en mi camino.

—De verdad tengo que irme. —susurré, esperando que me soltara, pero él no lo hizo—Edward….

—Fue un estúpido error Bella, ¡Me arrepiento cada segundo de lo que hice…!

Suspiré agotada, iba a colapsar en cualquier momento, y en verdad no deseaba hacerlo sentada encima de Edward. Debía volver a mi lugar seguro, lejos de él.

—Paremos esto de una vez por todas, Edward. —dije con voz temblorosa, extenuada por luchar aún en contra de mi propia voluntad—No quiero seguir dándole vueltas a lo mismo.

—Hablemos—Edward dejó de sujetarme en el cerrado abrazo, pasando sus manos lentamente por mis brazos, provocando que me removiera ante su toque, era casi como si la calma fuera inyectada en mi sistema—Si después de que hablemos, deseas alejarte de mí, entonces no me interpondré en el camino. Nunca más. Pero si no es así, si por algún milagro deseas quedarte después, entonces yo… estaré aquí y no te dejaré ir jamás de mi lado.

Giré mi rostro en su dirección. Vi sus mejillas húmedas; la consternación me invadió a medida que elevaba la mirada a sus ojos verdes. Él tenía los ojos enrojecidos, manchados con lágrimas. Tragué pesado, Edward estaba llorando. Él lloraba en silencio, de manera controlada. Nunca había visto a Edward llorando. Ni siquiera cuando Gold, su perro de cinco años, murió. Y eso logró impactarme demasiado.

Fruncí el ceño, al mirarnos fijamente sin parpadear.

—No quiero que vualvas a dañarme. —confesé, temiendo por mí misma. Él me tenía, aunque hubiese luchado contra ese sentimiento de pertenencia. Edward aún me tenía.

—Te prometo que no lo haré nunca más. —me respondió con severidad en su tono de voz, como una promesa solemne.

Baje la mirada, instalándola en los dos botones desabrochados de su camisa. Un poco de bello se le veía a través de la apertura. Contuve la necesidad de acariciarle apretando las manos. Oh demonios, lo amaba; de eso no tenía ninguna clase de escapatoria.

—Ya no puedo creer nada de lo que me digas. —musité con la mirada extraviada en su pecho.

—Lo sé. —dijo con pesadez, cercando mi cintura con sus manos frías. Apoyó su nariz en mi sien, descolocando mi respiración y mi pulso—Déjame al menos… al menos…—tomó una bocanada de aire, apretó su agarre en mi cintura e inspiró contra mi piel—Tratar de explicarte, lo que sucedió ese día.

Apreté los labios y dudando, acomodé mis manos sobre las de él para retirarlas de mi cuerpo. Edward se alejó un poco y me observó como si estudiara todo dentro y fuera de mí. Como si me leyera antes de poder conjeturar algo específico en mi cabeza.

—Por favor. —me volvió a pedir sin aliento.

Me mordí el labio inferior al bajar de nuevo la mirada, lo que me pedía Edward era algo tan simple pero tan complicado a la vez, como querer escapar de lo inevitable, de la verdad. Lo escuché gemir suavemente.

Lo que sucedió aquel sábado… ¿En verdad quería saberlo?


Bueno mis niñas, gracias por el apoyo y sus buenos deseos muaxxxx, las adoro.

Habían cosas que decir, aclarar en este capi y en el que viene. Me tomó 32 hojas poder plasmar lo que querría, un nuevo record para mi Yeah! ;)

Como vieron, el dolor todavía está allí, para los dos… será cuestión de Bella, decidir lo mejor. Por otro lado Jacob is here! Y es tooooooodoooooo un idiota. Lo sé, lo sé, yo también me decepcioné bastante con su actitud, pero hay que darle una segunda oportunidad al hombre ¿no?

¿Qué piensan que hará Bella? Darle a Edward la bofetada que se merece desde el día uno. O accederá a escuchar, al menos…. Lo que sucedió.

La verdad mis amores, es que tengo otra historia vagando por mi cabeza… pero tranquis, voy a empezar con ella, solo cuando culmine esta; que será dentro de dos capis más (aproximadamente). ;) no voy a extenderla demasiado, no es muy mi estilo hacerlo.

Algo caliente se avecina. Solo digo.

Att: MarieLiz.