7 de Diciembre

—¡Para de limpiar! —grita Dean—. ¡Acabo literalmente de limpiar esa encimera, psicópata!

—¡Es una toallita desinfectante —grita Cas de vuelta, restregando la encimera de la cocina vigorosamente—, para que no cojamos salmonela!

—¡Eres peor que Sam! —brama Dean—. ¡Ahí! ¡Ya lo he dicho! ¡Eres peor! ¡Que! ¡Sam!

10 de Diciembre

—¡Has estado robándome los calcetines! —acusa Castiel.

—No lo he hecho —replica Dean, cambiando de canales y llenándose la cara de patatas fritas—. Además, nuestros calcetines son idénticos.

Castiel señala hacia los pies con calcetines de Dean, los cuales están reposando sobre la mesa de café. —Esos calcetines son míos.

Dean resopla y retuerce los dedos del pie. —¿Ah sí? Demuéstralo.

Cas arranca el calcetín blanco del pie derecho de Dean y lo blande en su cara. En el interior, escrito con un marcador negro pone CG.

Dean para a medio mordisco.

Castiel le fulmina con la mirada.

—Eso lo he escrito yo —murmura Dean—. Significa Chico… Ganador.

Castiel coge la bolsa de patatas y la vacía sobre la cabeza de Dean.

12 de Diciembre

—Así que él dice que ella finalmente ha- Oh, por Dios. Por última vez —Dean aprieta los dientes y contrae y relaja sus manos, mirando al lector digital en la pared—. Castiel Goodwin. NO, repito, NO subas el termostato por encima de 65 grados Fahrenheit.

Castiel no alza la vista de su portátil. Está sentado en la mesa del comedor, obviamente enganchado en alguna intensa discusión en algún foro sobre la nueva película de Star Trek o alguna mierda por el estilo. —La temperatura ambiente es de 70 grados.

—¡NO! —Dean tira de su propio cabello—. NO ES. SETENTA. GRADOS. LA TEMPERATURA AMBIENTE ES, POR DEFINICIÓN, CUALQUIER MALDITA TEMPERATURA A LA QUE SE ENCUENTRA LA PUTA HABITACIÓN.

Castiel se da la vuelta en su silla y le fulmina con la mirada. —No actúes como si mi deseo de mantener la casa a una temperatura agradable fuera atroz. ¡Podemos permitirnos la factura por el calor!

—¡ puedes permitirte la factura! —grita Dean—. A diferencia de otras personas, a mi el estado no me ha dado varios millones de dólares…

Y ahí es cuando Castiel se levanta, y su voz desciende gravemente. —Me he ganado ese dinero —gruñe—, durante seis años.

Dean cierra la boca.

—Lo siento —dice Dean—. He cruzado una línea.

Cas aparta la mirada y camina hacia la sala de estar.

Dean le sigue.

—Así que, de todos modos, como te iba diciendo —divaga con indiferencia, intentando usar un tono despreocupado—. Supongo que Sam no quiere hablar de ello, pero dice que es solo una gran estupidez y cree que puede cambiar de opinión si es lo suficiente paciente. Lo que es, como ya sabes, exactamente lo opuesto a lo que pasará.

Castiel se sienta en el sofá pesadamente y coge el control remoto.

Dean se recuesta en el sillón frente a él, sentándose en el brazo y dejando descansar sus manos sobre sus rodillas. —Porque contra más tiempo le dé para pensarlo, más va a pensar en ello, y se va a convencer más de que tiene razón. Sea lo que sea lo que le ocurre, ella está convencida de que sabe que es lo mejor, y dándole tiempo lo que hace es darle la oportunidad de reunir valor y dejarle.

Cas sube el volumen de su documental de guepardos.

Dean le observa durante un minuto, y luego suspira. —Cas. De verdad que lo siento. Por lo que he dicho.

—No lo sientas —murmura Cas—. Solo siéntate a mi lado y mira conmigo los guepardos.

Dean duda, y entonces se levanta y se cambia al sofá.

Se sientan en silencio y miran el programa. Es bastante fascinante, de hecho, está esta madre guepardo y su bebé y están afuera en la jungla africana, solas, y este tío británico en un Jeep está realmente emocionado por ello, y el bebé tiene una pequeña cresta esponjosa en su espalda y hace un piido como un pajarito. Excepto que entonces la madre tiene que dejar al bebé para ir a cazar, y hay una manada errante de leones cerca, y el guepardo bebé está solo en una herbosa cumbre piando. Piando.

Los leones vagan más cerca.

—Oh, mierda —Dean cierra las manos con nerviosismo—. Ohhh, mierda, esto no va a acabar bien. Este es el por qué odio los documentales.

Cas le mira y alcanza el mando a distancia.

—¡No! —Dean saca una mano para detenerle, y se lame los labios—. Yo… Necesito saber. Estoy demasiado metido ahora.

La brumosa puesta de sol de la Savannah se vierte sobre la dorada pradera, y los leones pasean en vagos círculos al pie de la colina, todavía limpiándose los hocicos de una matanza reciente. Sus orejas echadas hacia delante, ojos marrones estrechándose, bigotes retorciéndose.

El bebé guepardo, solo en la cumbre de la colina, llora soltando otro piido lastimero.

Y acaba el episodio.

—¡Oh, vamos! —protesta Dean.

Cas suspira. —Esto es lo que suelen hacer —dice. Coge el mando a distancia y silencia los anuncios—. Los productores de estos programas son unos sinvergüenzas manipulando emocionalmente para mantener sus audiencias.

Ambos se hunden en el sofá en un cómodo silencio.

Y en ese silencio, de algún modo Dean encuentra las palabras. Es probablemente el peor momento posible para sacar el tema pero se siente extrañamente correcto. Por alguna razón, ahora es el momento en el que encuentra el valor para sacar lo que lleva sopesando en su mente durante la última semana, merodeando en el borde de su visión, atascándose en su garganta. Ha estado intentando ser paciente, intentando darle espacio a Cas para que lo sacara por sí mismo, pero después de una semana caminando alrededor con un constante picor al fondo de su cerebro, sabe que es la hora.

—Ya sabes —dice Dean—, la semana pasada me besaste.

Cas asiente. —Eso hice.

—Y dijiste… que fue egoísta —Dean se aclara la garganta—. Lo que es raro. Porque eso significa que querías besarme.

Cas traga. —Así es.

—Y sigo dándole vueltas en mi mente… y no tiene ningún sentido —Ahora que las palabras están saliendo de su boca, Dean se siente extrañamente entumecido, extrañamente inmune a la ansiedad que normalmente siente cuando sus sentimientos y Cas están en la misma habitación—. Porque si yo quiero besarte, y tu quieres besarme… ¿Entonces por qué no nos estamos besando?

Durante un buen rato Cas no dice nada. Sus ojos están fijos en algún punto de la mesa de café, algún punto en la distancia, y el resto de él está completamente inmóvil.

Finalmente toma un profundo aliento.

—Dean —dice—. No sé si puedo explicarlo de un modo que aceptes.

—No te estoy pidiendo que me convenzas —contesta Dean—. No estoy… intentándolo. Solo pregunto.

Cas vuelve su rostro hacia Dean, y le mira a los ojos. —Entonces intentaré explicarlo.

Dean espera.

La mano derecha de Cas se aprieta nerviosamente en el cojín del sofá. —Tengo… muchos sentimientos por ti, algunos de ellos conflictivos, y… muchas dudas sobre mí mismo. Y si estuviera en una posición diferente, Puede, puede que me sintiera libre de explorar esos sentimientos y dudas. En el contexto de una, una relación sexual.

Los ojos de Dean están fijos en Cas y sus puños se contraen y su pecho se tensa porque sabe lo que está por venir, pero no puede cambiar el canal. Está demasiado metido.

—Pero… ya que vivimos juntos, y porque… eres mi único amigo —continua Cas lentamente—. Quiero resolver algunos de estos sentimientos y dudas conmigo mismo antes… antes de enredarlos más.

Dean asiente.

Lo que quiere decir es, Cas, ya estoy tan atado a ti que no podría desenredarme aunque lo intentara. Si estás esperando a que esto se vuelva más simple vas a estar esperando por muchísimo tiempo porque contra más tiempo paso contigo más complicado se vuelve y nada que valga la pena está libre de riego, y estoy dispuesto a correrlo, lo estoy, puedes culparme a mí de todo cuando explote en nuestras caras, diles que todo fue mi maldita idea y aceptaré las culpas porque ya no tengo ninguna duda cuando se trata de ti.

Pero lo que dice en voz alta es, —Vale.

Ve como Cas baja la mirada ante esa simple palabra, el inmenso alivio porque Dean no va a desafiarlo, que lo ha aceptado, que le ha aceptado en sentido literal, y Dean sabe que ha dicho lo correcto.

Se vuelven hacia la televisión y miran el siguiente programa de naturaleza sobre familias de suricatos, y cuando Cas posa su mano sobre la de Dean y entrelaza sus dedos, Dean siente como su rostro se ruboriza y piensa para sí mismo,

Vale.

17 de Diciembre

—Tengo que decirlo… —Jody pasa las fotografías—. Chicos, estoy muy impresionada.

Cas y Dean se sientan un poco más rectos en sus sillas. —Gracias —dice Dean.

Ella se echa hacia delante en su escritorio y junta las manos, mirando a cada uno de ellos durante unos segundos. —Quiero meteros en algo. Algo… más grande.

Dean y Cas se miran el uno al otro.

Jody abre un cajón y saca uno de sus archivos. —Este hombre, ¿el que visteis con Yuri hace unas semanas?

Cas toma el archivo y se inclina para enseñárselo a Dean. Hay reportes y fotos policiales del rubio que vendió la droga en el callejón, un tal "Balthazar Travers".

—Es un traficante, no un camello —les dice Jody—. Nuestros informantes nos han dicho que reporta a un hombre conocido solo como "M". Hemos estado intentando conseguir un hilo hacia él durante semanas, pero según mis agentes, es escurridizo —no parece muy convencida de ello—. Quiero que vosotros dos lo rastreéis si podéis y lo sigáis. Observad a donde va, sacad fotografías, e informadme.

Dean se inclina en su silla. —Singer. Esto es alto perfil. Necesitas oficiales en esto, quizá incluso una unidad encubierta. Sabes eso.

—¡Tengo oficiales en esto —replica—, y están consiguiendo una mierda, Winchester! Esto es importante. Necesito todas las manos en el asunto, y eso os incluye a vosotros dos.

Dean se levanta y coge el archivo de las manos de Cas, lanzándolo sobre el escritorio de Jody. —Esto no es por lo que firmamos. Gracias pero no.

Cas se levanta lentamente. —Me temo que debo concordar con Dean —dice, disculpándose—. Los intereses en este caso serían… mucho más elevados, y no estoy preparado para tomar esa responsabilidad.

Jody les fulmina con la mirada.

Cas encoje la cabeza.

—No, tú no —suelta—. No estoy enfadada contigo —fija su mirada estrictamente en Dean.

Dean cruza los brazos. —Pon esa cara todo lo que quieras pero seguirá así.

Jody contrae los puños y se levanta con un sonido frustrado. —Os necesito en esto —insiste—. Por favor, os lo estoy suplicando. ¡Si no me ayudáis, puede que nunca lo cojamos!

—¡Entonces no le cogerás! ¡Así es la vida! —declara Dean en voz alta, la irritación filtrándose en su voz, calándose en sus dientes—. Pero más importante, ¡ya no es mi problema!

—Que conveniente, ¿no? —demanda Jody, sus ojos parpadeando—. ¿Exactamente de qué tienes miedo Dean? ¿De darte cuenta de que sigues siendo bueno en lo que haces?

La irritación de Dean se transforma en enfado. —¡Ya no es lo que hago! —chilla—. ¡Dejo de ser lo que "hago" hace meses! ¡Es gracioso como perder tu trabajo reencamina tus planes de carrera!

—¡Renunciaste! —grita ella, apuntándolo con un dedo—. ¡renunciaste! ¡Tú renunciaste a este departamento y tú renunciaste a todos nosotros y tú renunciaste a , Dean!

—¡Sí! —grita Dean de vuelta, caminando hacia delante mientras su control desaparece completamente—. ¡Eso es verdad, renuncié, joder, Jody! ¿Así que adivina qué? No eres mi teniente, o mi jefe, o lo que sea que te creas que eres, y no tienes ningún maldito derecho a decirme…

Jody estampa su puño contra el escritorio tan fuerte que tiembla. —¡Soy tu familia! —gruñe, sus ojos brillantes.

El mortal silencio en la pequeña oficina es ensordecedor.

Dean cierra la boca y abre la puerta. Sale sin decir una palabra.

Jody pone sus manos planas en el escritorio y baja la cabeza.

Cas se aclara la garganta. —Creo que seguiremos yendo a la cena el sábado —dice—. Traeremos una ensalada.

Jody asiente sin levantar la vista.

Castiel deja la oficina con algunas miradas hacia atrás de arrepentimiento, inseguro de que decir y optando por mantenerse en silencio.