21 de Diciembre

Viernes al atardecer, Sam recibe una llamada.

—¿Hola?

—Sam. Soy Castiel. Castiel Goodwin.

—Sí, lo he visto en el identificador de llamadas —dice Sam—. Y tú eres el único Castiel que conozco.

—Necesito ayuda.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

—No sé que conseguirle a Dean

—… ¿Qué?

—Por Navidad —explica Cas—. He supuesto que tú, como su hermano, sabrías que podría ser un regalo apropiado para él.

—Ahh. Bueno, ya sabes, estoy seguro de que le gustará cualquier cosa que le compres…

—Él me va a comprar algo caro, Sam. Eso es todo lo que he deducido. Está siendo muy sigiloso al respecto.

—La gente suele ser sigilosa con los regalos de Navidad, Cas.

—No sé que comprar. No hará una lista. La gente para la que he comprado regalos en el pasado me ha provisto detalladas listas. No… no soy bueno eligiendo regalos por mí mismo. ¿Sabes qué quiere?

—Cas, quiero decir… puedo decirte que clase de cosas le gustan, en general, pero… lo que el querrá realmente es algo que tú le regales, ya sabes, de ti. No le va a importar lo que sea siempre y cuando tú lo hayas elegido.

—Eso no me tranquiliza.

—Mira. Mañana es sábado, y Dean estará en el campo de tiro por la mañana. ¿Por qué no vienes a comprar conmigo? Quiero comprar algunas cosas más para Bobby de todos modos. Ambos vamos a comprar para viejos malhumorados, así que podríamos matar dos pájaros de un tiro.

—¿A qué hora?

Así que a la mañana siguiente Sam se encuentra a solas con Castiel en el centro comercial, la mayoría del incómodo silencio sepultado por los frenéticos compradores y atronadores villancicos a través de los altavoces. Sam no se había dado cuenta hasta ahora de que pocas veces ha salido con Cas sin Dean para actuar como conducto. No es malo, realmente, solo… extraño. Se siente como si faltara algo.

Finalmente acaban deambulando a través del departamento de joyería y echando un vistazo a todas las monstruosidades brillando en el expositor, incluso aunque es probable que ninguno de ellos encuentre lo que está buscando entre las carísimas perlas y las recargadas filigranas. Después de unos cuantos comienzos en falso, Sam inicia una conversación.

—Así que… —dice—. Dean me ha dicho que te has unido a un club de lectura.

Castiel se reclina sobre el mostrador de cristal y mira con recelo a un collar de aspecto agresivo. —Sí. Estamos leyendo Jane Eyre.

Sam alza sus cejas. —Wow. Es un libro largo. Eso es guay.

—Somos un club ambicioso —murmura Cas, moviéndose de forma ausente por el mostrador. Mira de cerca una colección de relojes—. Dean me ha dicho que tú y Amelia estáis teniendo problemas de pareja.

Sam está tan sorprendido que tose y se ríe a la vez.

Castiel le mira. —¿Prefieres no hablar de ello?

—Uh. Sí —Sam vuelve a toser—. Lo prefiero.

Cas asiente sabiamente. —Sí. Así es mucho más fácil ignorarlo.

—No lo estoy… —Sam se refrena y baja la voz—. No lo estoy ignorando, pero es privado.

Cas no responde a eso. Simplemente dirige su atención a un expositor de caros relojes.

Sam suspira y se gira lentamente hacia un exhibidor de pendientes. Hay un par que le podría gustar a Amelia, pendientes de perlas simples que complementarían su sonrisa.

—Lo siento por entrometerme —dice Cas en voz baja—. No es mi lugar.

—Está bien —dice Sam.

De algún modo ambos acaban encontrando algo para satisfacer sus obligaciones Navideñas y deambulan por el centro comercial, ninguno de los dos queriendo ser el primero en darlo por acabado. Finalmente holgazanean por la zona de comida y compran algo de pizza, sentándose en una pequeña mesa de plástico en incomodas sillas de metal con un diseño que recuerda demasiado a una cafetería de instituto.

—Entonces —dice Sam, alzando su trozo de pizza—. Primeras Navidades como un hombre libre. Debes estar emocionado.

Castiel pincha un trozo con un pequeño tenedor de plástico. —Sí. Debería estarlo.

La pizza de Sam se detiene en su boca, y alza su ceja. —¿No lo estás?

Cas mira a su comida y exhala pesadamente. —La Navidad es… un recuerdo de mi antigua vida. Es una época de tradiciones, familia… fe… —frunce los labios ligeramente—. En la cima de todo ello, está Dean.

Sam baja su pizza y pasa la mano por la servilleta. —¿A qué te refieres?

Cas mira hacia arriba, y su boca se tuerce hacia abajo con preocupación. —Es muy importante para él que yo disfrute las vacaciones, y creo que ya se ha hecho a la idea en su mente. Creo que alberga altas expectativas, y… tengo miedo de decepcionarle.

Sam suelta una risita.

Cas frunce el ceño confuso.

—Cas, no tienes que preocuparte por las expectaciones de Dean —le asegura Sam—. Los Winchester hemos tenido las Navidades más penosas que te puedas imaginar. ¿Sabías que, cuando éramos pequeños, nuestro padre una vez me regaló una pistola por Navidad? Eso fue todo. Una pistola, y una caja de balas. Ni siquiera lo envolvió, solamente lo sacó del armario la mañana de Navidad —Sam sonríe tensamente—. Tenía nueve años.

Los ojos de Cas están abiertos de par en par.

—Su intención era buena, pero nuestro padre no era religioso o sentimental —explica Sam—. Así que la Navidad era algo así como… superflua para él. Nos daba cosas que necesitáramos, o que él pensaba que necesitábamos. Bobby es igual, aunque él tenía mayor idea de lo que queríamos realmente. Así que créeme, el intercambio de regalos en nuestra familia no es algo con altas presiones. Mientras le agradezcas por su regalo y le des algo a cambio, estará satisfecho.

—No quiero que mi regalo solamente le aplaque —dice Cas serio—. Quiero que le haga feliz.

Sam siente un familiar retorcijón en sus tripas, y dice lentamente, — le haces feliz, Cas.

Cas mira a Sam, y traga.

—Cas, estáis tú y Dean… —Sam empieza, las palabras tropezando fuera de su boca, y no puede detenerlas—. Hay algo… entre… —No puede acabar de decirlo, no es capaz de darle forma a las palabras.

—Sí —dice Castiel.

EL retorcijón en las tripas de Sam vuelve otra vez, solo que está vez más fuerte, y pregunta, —¿Qué es exactamente?

Cas aparta la mirada, hacia su derecha, su boca apretada. —No lo sé.

Se sientan en silencio durante un rato, el insulso parloteo de los otros compradores a su alrededor como ruido blanco.

—No lo sé —dice Cas otra vez—, y no sé cómo podría saberlo.

Y es gracioso, porque eso no debería tener ningún sentido, pero tiene todo el sentido para Sam. Es exactamente el mismo modo en que él se ha sentido tantas veces antes durante las anteriores semanas que se echa hacia atrás en la silla y se ríe en voz alta.

—Mierda —Sam se ríe— No es esa la verdad. Toda tu vida todo el mundo dice "simplemente lo sabrás". ¿Pero cómo demonios se supone que voy a saber si lo sé o no?

Castiel sacude la cabeza. —No tengo ni idea de que hacer —admite—. He estado esperando hasta estar seguro, pero no estoy seguro de si alguna vez estaré seguro.

Sam asiente. —Yo tampoco. Me siento como si estuviera haciendo aguas últimamente. Pero no puedo seguir así para siempre, así que supongo que la pregunta es… ¿hundirse o nadar?

Cas lo toma en cuenta, y una vez más baja su vista hacia su pizza. Deja su tenedor y coge su trozo con la mano, tomando un gran bocado.

Sam toma eso como su señal para volver a su comida, y terminan su comida sin más discusión del dilema irresuelto colgando en el aire, cada uno concediendo tácticamente que ambos seguirán haciendo aguas como antes; ninguno se rendirá, ninguno se dará por vencido, y ninguno lo dejará ir. Ninguno está preparado para dejar de luchar contra la corriente y el pacifico hundimiento.

Y Sam piensa que quizá… quizá esa es su respuesta.