24 de Diciembre, 11:12 p.m.

Es una larga tradición Winchester que Noche Buena es el mejor día de la temporada navideña. El día de Noche Buena, papá solía arrastrar a Dean y Sam a las montañas para conseguir probar la nieve, estando en el Pacífico Noroeste, era lo más cercano a una Navidad blanca que podían conseguir. Después de su muerte, Sam y Dean intentaron la excursión a la montaña en nombre de la nostalgia y acabaron en una taberna a las 3 de la tarde en una ciudad casi invisible llamada Gold Bar, con una población de 2.075. Así que, durante los anteriores siete años, han estado celebrando Noche Buena con una fiesta que dura todo el día y culmina viendo Die Hard y cantando villancicos borrachos.

Este año, Sam va a pasar Noche Buena con la familia de Amelia.

Para ser honesto, Dean está un poco aliviado. No estaba seguro de si su tradición encajaría con la idea de Cas de una Navidad apropiada, y se estaba cansando un poco de empezar a hincharse de bebida antes de la hora del té. No es hasta que se da cuenta de que Sam seguramente no volverá a hacer eso nunca más… que su corazón se hunde un poco en su pecho.

Aun así, Noche Buena es Noche Buena, el mejor día del año. Mucho mejor que el día de Navidad en sí. Así que Dean y Cas salen a patinar sobre hielo, y Cas es terriblemente malo en ello, y Dean se ríe de él, y luego cenan en un restaurante italiano llamado Sella's que hace un calzone fantástico del tamaño de tu cabeza, y después van a tomar algo a un bar cercano que sinceramente tiene un ambiente demasiado pijo para Dean pero sirven un buen ponche de huevo.

Ahora están sentados en el bar y riéndose de algo, Dean no puede recordar exactamente qué. La conversación ha empezado con los Power Rangers y se ha ido transformando en el mal funcionamiento del armario de Janet Jackson y chico este ponche de huevo es sorprendentemente fuerte. Dean observa el modo en que los hombros de Cas se han aflojado, el modo en que sus dedos se han relajado en su taza y sus ojos brillantes.

—Y las jóvenes en los probadores siempre me preguntaban que pensaba —dice Cas, soltando una risita. No está borracho, solo achispado, pero hay una candencia ligeramente diferente en su voz ahora, un tono más lírico—. Yo, un adolescente. ¡Como si yo entendiese de moda solo por trabajar vendiéndola!

Dean pone los ojos en blanco y resopla en su taza. —Cas —dice—. Ellas no querían tu sentido de la moda. Seguramente solo estaban ligando contigo.

Los ojos de Cas se abren de par en par. —¿En serio?

—Por supuesto, cabeza de chorlito —replica Dean, golpeando su codo contra el brazo de Cas—. Dios. Como conseguiste casarte es un misterio para la eternidad.

Cas toma un largo y sediento trago de su ponche de huevo y chasquea los labios. —Oh, ella me lo pidió. Yo solamente…—baja su taza, y su sonrisa se encoge, suavizándose, reflejando—… me apunté.

Dean asiente.

Una horrible y conmovedora versión pop de "Rudolph the Red-Nosed Reindeer" retumba por los altavoces de calidad del lujoso bar. Está sorprendentemente lleno para ser Noche Buena, y la media de edad se decanta hacia los cuarenta, divorciados, supone Dean, que no tienen a los hijos esta noche. Unas cuantas mujeres le han estado haciendo ojitos, y algunas de ellas están bastante buenas; pechos nuevos y liposucciones hacen maravillas por tu figura. Pero Dean no está interesado. Se está reservando.

¿O lo está? No lo sabe. Simplemente no lo sabe.

Cas está hablando otra vez, se da cuenta Dean, y vuelve a sintonizarle. —¿Qué decías?

—Deberíamos irnos —repite Cas—, si vamos a ver Die Hard.

Dean se baja del taburete y alcanza en busca de su cartera. —Vamos a pagar la cuenta, entonces.

Pagan su cuenta y el camarero les llama un taxi, y mientras caminan hacia la puerta Dean no puede evitar mirar al ramito de muérdago de plástico sujeto allí. Una invitación. Mira a Cas y ve que sus ojos también miran hacia arriba, fijos en la decoración.

Entonces los baja hacia el suelo, evitando a Dean.

Puede ser una invitación, pero no para Cas. Dean empuja la puerta abriéndola, y una campanita suena. —Tras de ti.

El aire en el exterior es fuerte y frío, el cielo negro con nubes nocturnas. Las naranjas luces de la calle brillan en la acera fuera del bar, y Dean y Cas se encogen en su halo como si hubiera algún calor ahí, en la luz, donde las sombras son más afiladas y más pequeñas y delgadas.

Las manos de Cas están enterradas en las profundidades de los bolsillos de su chaqueta de lana. Habla en voz baja. —Cada vez que suena una campana, un ángel consigue sus alas.

Dean entorna los ojos. —¿Qué?

Cas vuelve a mirar a la entrada del bar. —La campana. En la puerta. Es una frase, de It's a Wonderful Life.

Dean se encoge de hombros. —Nunca la he visto, la verdad.

—Era una de mis favoritas —Cas sonríe melancólicamente y saca sus manos, frotándolas juntas y echando el aliento en ellas—. No la he visto en años.

Justo delante en la calle, Dean ve un taxi amarillo frenar.

—¡Vamos, es nuestro transporte! —Sin pensar coge a Cas de la mano y tira de él, su palma contra la cálida palma de Cas, embriagado con emoción y miedo porque iban para casa, y cuando llegaran a allí…

Su brazo siente un tirón.

Cas se ha detenido, justo en medio de la acera, y está mirando hacia los ladrillos del exterior del edificio. Un vasto y sucio saco de dormir gris está acurrucado contra el muro, casi invisible en la oscuridad. Asomándose por la abertura del saco de dormir hay un rostro mugriento, ojos oscuros, un bigote y una sucia barba gris.

Cas suelta su mano de la de Dean y la mete en su bolsillo. Saca su cartera.

El saco de dormir se sacude cuando el hombre se sienta, los ojos brillando hambrientos.

Cas se acerca y saca un billete de su cartera, uno de veinte. —Es todo lo que llevo —dice—. Feliz Navidad.

El saco de dormir cruje, y una mano temblorosa aparece para tomar el billete. —Gracias, amigo —dice el hombre con una voz áspera—. Feliz Navidad, que dios te bendiga.

Cas asiente, guarda su cartera, y vuelve hacia Dean… y le pasa de largo, hacia el taxi.

Dean se queda paralizado en el sitio durante un momento, entonces se mueve rápidamente para alcanzarlo. —Cas —le alerta— eso fue peligroso. No vayas exhibiendo dinero de esa manera en medio de la noche.

Cas para y se vuelve hacia él. —No tenía opción.

Dean frunce el ceño. —¿A qué te refieres?

—No podía haber actuado de otro modo —dice Cas, sus ojos brillando y sus mejillas sonrosadas por el licor y el frío— Tenía que hacerlo. Le habría dado más si hubiese podido. ¿No lo ves?

—Claro —concuerda Dean—, el espíritu navideño y todo eso, pero…

—No. Es más que eso —exhala un espeso aliento, y luego mira a Dean directo a los ojos, hablando despacio y deliberadamente—. Él y yo estamos unidos. Ambos somos humanos. Estamos relacionados el uno con el otro, aunque sea de lejos. Somos familia. Y como una familia humana, debemos ayudarnos los unos a los otros… o perderíamos nuestra humanidad. Debemos.

Dean le mira atentamente durante un largo momento, un pequeño apretón de afecto estrechando su pecho.

—Dean —Cas suspira y palmea su mano en el hombro de Dean, sacudiendo la cabeza—. Creo que he bebido demasiado.

—Te quiero —espeta Dean.

Cas se congela, su mano apretada con fuerza.

—Yo… necesitaba decírtelo ahora —tartamudea Dean—. Estoy loco por ti. Como persona, como un amigo, y… como todo lo demás. Porque la verdad es que te he sacado de la casa por una razón —traga—. Tenían que entregar tu regalo. Bobby me ha ayudado, está en ello. Y la razón por la que te lo estoy diciendo es porque creo que o te va a gustar, o… vas a odiarlo.

La frente de Cas se arruga con consternación.

—Así que, pase lo que pase… —el corazón de Dean martillea a mil millas por hora ahora, ahogando el sonido de su propia voz—. Quiero que sepas que… te quiero.

El conductor del taxi hace sonar la bocina.

Cas le dedica a Dean otra larga mirada, y luego se vuelve hacia el taxi. Dean le sigue, y entran en el taxi y se van a casa.

La puerta de la casa chirría audiblemente, dirigiendo la atención al silencio y la oscuridad.

Dean entra y enciende la luz, sus costillas demasiado tensas para poder respirar. —Debería estar en la sala de estar —dice.

Castiel le sigue al interior, mirando alrededor cautelosamente. Desabotona su abrigo y se lo quita, colgándolo en el estante junto a la puerta.

Dean se quita la chaqueta distraídamente, demasiado ocupado en mirar cada movimiento de Cas y hacer ver que no lo está haciendo.

Cas camina lentamente hacia la sala de estar, con Dean siguiéndole justo detrás; desde el pasillo, las luces en el árbol de navidad lanzan un brillo rosado sobre la habitación, y una suavidad ámbar se extiende por el techo desde la estrella de plástico en la cima. El aroma a pino ha impregnado cada grieta de la casa y cada vez se intensifica más cuando se acercan a la habitación. Cas gira la esquina, y entonces… lo ve.

—Feliz Navidad —susurra Dean.

Es un piano.

Un oscuro, y brillante piano vertical de madera, perfectamente pulido y afinado y situado junto al árbol. La tapa está levantada y hay un cancionero de villancicos navideños apoyado en el atril, con un alegre dibujito de unos adornos navideños de cristal en la portada, y junto al piano hay un asiento a juego revestido de suave ante negro.

Cas camina hacia el instrumento, y recorre sus dedos gentilmente sobre las teclas de color crema. Su espalda está vuelta hacia Dean. Baja la cabeza y no dice nada.

Dean tiene miedo de exhalar, miedo de moverse, miedo de descubrir que lo ha arriesgado todo en un tonto impulso.

Cas sigue en silencio. Presiona una de las teclas, y hace un suave plink.

Dean camina cuidadosamente hacia él, sus pasos silenciosos en la alfombra. —¿Qué opinas?

Durante un momento Cas baja su barbilla hacia su pecho, exponiendo su nuca, sus hombros curvados hacia dentro.

Dean traga.

Entonces Cas toma un profundo aliento, y se gira para encarar a Dean, sus manos aún en las teclas. Sus ojos están rojos y brillantes. —Gracias.

El corazón de Dean empieza a latir de nuevo.

Cas le mira, y parpadea rápidamente. —Yo también tengo un regalo para ti, bajo el árbol.

Hay como un millón de fluidas onzas de alivio y alegría corriendo por las venas de Dean y hormigueando a través de su cuerpo y no quiere moverse nunca de aquí, de este momento, de este sentimiento, pero dice, —¿Quieres que lo abra ahora?

Cas va a recoger el regalo, doblándose y alcanzándolo de la zona de atrás donde lo ha "escondido". En realidad, Dean ha estado viéndolo durante días, intentando averiguar que podría ser. Es un paquete cuadrado de tamaño medio, envuelto en papel a cuadros rojos y con un pequeño lazo blanco encima.

Dean quita el lazo y lo engancha en la cabeza de Cas, cosa que Cas no aprecia, y luego cuidadosamente desenvuelve el regalo y abre la caja en blanco.

Es un reloj, un reloj de muñeca dorado, un bonito reloj, el tipo con todo tipo de pequeños diales alojados dentro del más grande para saber qué hora es en tres países diferentes, con una interfaz negra y precisas manecillas doradas y el nombre de alguien que Dean estás seguro es un muy importante diseñador exquisitamente situado bajo los números. No hay forma de que Cas se haya gastado menos de un par de los grandes en esto.

—Wow —dice Dean—. Wow, Cas, gracias.

Cas le mira ansiosamente, su boca pequeña y sus ojos mirando a diferentes puntos del rostro de Dean. —Crees que es impersonal.

—No, no, en absoluto —le asegura Dean, sacando el reloj de su caja—. Es genial, Cas, me encanta —se desliza suavemente sobre su muñeca, frio al tacto, y cierra el cierre.

—Sé que un reloj es un regalo trivial —dice Cas, la preocupación aún tiñendo el borde de su voz—, pero pensé que quizá… entre nosotros, un reloj sería más significativo.

La segunda manecilla se mueve hacia delante sin esfuerzo, y Dean se da cuenta de que ya está fijado con la hora que es. 11:54 a.m.

Es casi Navidad.

—Debido al tiempo, al tiempo perdido, y al tiempo recuperado… —Cas ahora tiene las mejillas rojas, y hace un pequeño sonido de frustración al fondo de su garganta. Cierra las manos en puños y murmura—. Sonaba mejor en mi cabeza.

—Es perfecto —dice Dean, su propia cara brillante, incapaz de evitar sonreír—. Cas, es perfecto. Para de preocuparte. Vas a hacer que empiece a preocuparme.

Cas le devuelve la sonrisa suavemente, y el momento los envuelve a ambos con una tangible calidez.

Entonces Cas se sienta en el piano, mirando de Dean a las teclas una y otra vez. —Debería… —se aclara la garganta—. ¿Qué debería tocar?

—Algo navideño —sugiere Dean.

Cas lo considera, y asiente.

No busca en el cancionero, ni siquiera lo abre. En su lugar, simplemente presiona sus dedos contra las teclas y empieza a tocar, una cantarina y persistente melodía que a Dean le parece familiar pero no es capaz de situar; lenta, y simple, pero de algún modo melancólica, agridulce y tierna y suplicante todo a la vez.

—Creo que no la conozco —admite Dean.

—Es "O Come, O Come Emmanuel" —le dice Cas, bajando la música y suavizando las notas a pequeños toques—. Uno de mis villancicos favoritos.

—¿Quién es Emmanuel?

—Es otro nombre para Jesus —explica Cas—. Significa "Dios con nosotros".

—Oh —Dean se frota el codo—. Suena un poco… triste, para un villancico.

Cas asiente. —Realmente no es una canción navideña. Es una canción de Adviento, para los días previos a la Navidad. Cuando el mundo está esperando…

Canta la letra en voz baja, un poco desafinado pero bastante cerca del tono.

O come, o come, Emma-a-anuel/ and ranson captive I-i-israel/ that mourns in lonely e-exile here/ until the son of God appear. Rejoice, rejoice, Emma-a-anuel shall come to thee, o I-i-israel.

Castiel vuelve a tocar la canción, suave y comedida y fuerte, pero lentamente construyéndola, hasta que llega al triunfante crescendo golpeando las teclas Rejoice! Rejoice… y descendiendo al final, el goteo de vuelta a la tensión y la melancolía.

Por alguna razón, el pelo en la nuca de Dean se eriza.

Cas acaba con una última nota prolongada que cuelga en el aire de la habitación.

—Por eso es mi favorita —dice él, sus ojos en las teclas y su voz baja—. Es sobre esperanza, y fe, y paciencia. Es sobre… creer que la luz llegará cuando aún estás en la oscuridad.

De repente Dean se imagina las últimas seis navidades que Cas ha celebrado, en un frío edificio gris en una celda aislada, solo y odiado y condenado de por vida, tendido en su litera en su mono naranja con sus ojos abiertos de par en par, y preguntándose si tiene permitido la dolorosa indulgencia de un breve momento de esperanza, y quizá en un momento de debilidad implora en un susurro, O come o come Emmanuel...

Dean toma aire, y lo encuentra más difícil de lo que había anticipado. —Dios, Cas —croa. Deja descansar su mano en el hombro de Cas, y lo aprieta.

Cas alza su mano, y la sitúa sobre la mano de Dean.

Ambos cierran los ojos.

Permanecen así juntos durante un rato. En una casa diferente en Noche Buena, entre diferentes personas, alguien espiando a través de la ventana podría confundir ese silencio por un momento de plegaria. Pero en esta casa, entre estas dos personas, sería aparente para cualquiera que los viera que no se estaban comunicando con Dios sino el uno con el otro, la cruda honestidad de su toque bombeando en sus cuerpos, la devoción y necesidad y veneración y tembloroso miedo pintado en sus rostros en vibrantes colores.

Lo que pasa a continuación pasa sin palabras, y no las necesita.

Castiel se levanta, y amolda su mano alrededor del rostro de Dean. Para un segundo, sus ojos cerrados, sus rostros mostrando una mezcla de agitación y deseo; entonces el aliento de Dean se queda atrapado mientras Cas se inclina y lentamente presiona sus labios, sin prisa y gentilmente. Dean duda durante un momento, y entonces ladea la cabeza y le devuelve el beso, su nariz golpeando contra la de Castiel y sus bocas volviéndose más atrevidas. Mientras se besan Dean desliza sus brazos bajo los de Cas y le atrae más cerca, curvando su cuerpo a su alrededor, y los dedos de Cas se enredan en su pelo.

Entonces el pie de Dean choca contra una pata del asiento del piano y se tambalea hacia el lado momentáneamente, casi arrastrando a Cas con él. Dean se agarra al asiento y apenas se las apaña para no caer totalmente, maldiciéndolo mientras Cas se ríe de corazón y totalmente falto de compasión. Dean se endereza indignado y se va ofendido hacia el pasillo, solo para ser cogido por el brazo y empujado contra la entrada mientras Cas le besa enérgicamente, de forma entusiasta, una risita en su garganta.

Dean le devuelve el beso y coge la cadera de Cas, arrastrando ambos cuerpos uno contra el otro y deleitándose en cuan satisfactorio se siente, un picor invisible finalmente rascado, y el modo en que la respiración de Cas se vuelve pesada y muerde ligeramente el labio de Dean, y Dean no es responsable del sonidito desesperado que hace, simplemente no lo es.

Ese es el por qué su siguiente pensamiento es, aunque cierto, un horrible horrible pensamiento.

—Cas —jadea, poniendo sus manos en el cuello de Cas y empujándolo hacia atrás—. Cas. Espera.

Las cejas de Cas se fruncen y mira durante un poco demasiado tiempo a los labios de Dean antes de entenderlo, y levanta la vista. —¿Qué?

—Cas, hemos… hemos estado bebiendo —dice Dean—. Quizá deberíamos bajar el ritmo. Es solo que no… —traga—. Quiero esto. Solo que no quiero que esto sea algo de lo que luego nos sintamos mal. Por ningún motivo.

Cas le mira con algo parecido a ira.

—¡No digo que lo haremos! —protesta Dean—. Solo digo que, quiero que pase… bien, ¿sabes? No quiero fastidiarlo solo porque lo quiero demasiado. Ambos estaremos aquí mañana, así que no… corramos.

Cas le observa un poco más, y entonces exhala pesadamente. —La peor parte es que tienes razón —murmura.

—Bienvenido a mi mundo —dice Dean con una sonrisa—. El maravilloso mundo de esperar.

—¿Puedo por lo menos dormir en tu cama? —pregunta Cas—. No tengo intención de dejar de tocarte pronto.

Dean sonríe y un vertiginoso escalofrío sube por su espina. —Por supuesto. ¿Por qué no? La mitad del tiempo estás allí en contra de mi voluntad.

Veinte minutos más tarde se quedan dormidos totalmente vestidos en la cama de Dean, ninguno de ellos fiándose de sí mismos ni siquiera con una desnudez parcial, el brazo de Cas envuelto sobre la espalda de Dean y sus pies tocándose, acurrucados para una larga siesta invernal.

Día de Navidad, 9:34 a.m.

Cuando Dean se despierta, Cas ya se ha ido de la cama. El espacio que ha dejado ya ni siquiera está cálido, pero eso tiene sentido, Cas suele despertarse primero. Dean se estira y se pone las zapatillas; mientras se va volviendo más lúcido y despierto, empieza a pensar en numerosas formas en las que podría proponerle a Cas. ¿Sería apropiado solicitar sexo matinal en este tipo de situaciones? ¿Sería más educado esperar hasta el mediodía? ¿O tendría que, ojalá que no, esperar hasta que fuera otra vez de noche?

Dean camina hacia la cocina dando saltitos a cada paso, silbando Jingle Bells para sí mismo. Localiza a Cas sentado de espaldas a él en la mesa de la cocina. —¡Feliz Navidad, Cas!

Ahí es cuando se da cuenta de que Cas está sentado muy quieto, y muy silencioso. El teléfono está descansando sobre su mano derecha.

—Cas —Dean le rodea para poder verle la cara—. ¿Qué pasa?

El rostro de Cas es como un lienzo en blanco, mármol, una piedra. Sus ojos fijos en el teléfono. —Es Daphne.

Dean para.

Alcanza instintivamente la silla junto a él, preparándose a sí mismo.

—La he llamado para desearle feliz Navidad, quizá dejarle un mensaje —dice Cas, su voz plana y sin inflexión—. Ha contestado su madre. Parece que… Daphne está muy enferma, y lo ha estado durante un tiempo. Pensó que yo lo sabía.

La boca de Dean se seca. —¿Cómo de enferma?

Por primera vez, Cas alza la vista, y encuentra sus ojos. —Es cáncer cervical. Genético. No lo han cogido a tiempo. En este punto, están… manteniéndola cómoda.

—Cas —Dean agarra la silla—. Cas, lo siento mucho.

—Dean —la boca de Cas se convierte en una apretada línea, y su nuez de Adán sube y baja—. Tengo que ir a Michigan.