Día de Navidad, 5:27 p.m.

Bobby no sabe qué pasa con los chicos, pero está totalmente seguro de que algo pasa.

Es la cena de Navidad y todo el mundo está actuando como un puñado de gatos asustados. Sam y Amelia siguen mirando a todos lados excepto el uno al otro, Cas y Dean están tan tensos que hacen que los propios dientes de Bobby duelan, y los dos hermanos están extrañamente desincronizados, saltando el uno en el otro disculpándose abundantemente y disculpándose por disculparse. ¡Vaya celebración! Gracias a Dios Jody parece estar equilibrada como siempre, aunque de vez en cuando mira a Bobby para confirmar que no se ha vuelto loca.

Bobby no sabe que está pasando. Pero claro, Jody no es la única detective en la habitación; este viejo zorro puede sumar dos y dos.

—Así que —dice Bobby finalmente, a mitad de camino de una ronda de incómodos murmullos apreciativos sobre el jamón—. Déjame ver si puedo desentrañar lo que está pasando aquí.

Cuatro personas en la mesa se quedan congeladas.

—Sam y Amelia —Bobby entrecierra los ojos y se rasca la barba—. Vosotros dos habéis estado peleando. No estoy seguro de acerca de qué, pero puedo suponer que seguramente es sobre algo estúpido y trivial como matrimonio o religión o niños. Es porque ambos habéis estado embobados el uno con el otro durante la mayor parte de dos años, y nunca he visto a dos cachorros enamorados como vosotros, podéis arreglar cualquier cosa —Bobby resopla—. La luna de miel ha acabado, chicos. Ahora viene la parte dura. Así que aguantaos y dejad de preocuparos, porque es Navidad y os puedo prometer que no lo vais a solucionar hoy.

Amelia se aclara la garganta y baja la mirada hacia su plato avergonzada, mientras Sam mira ferozmente a Dean.

Dean alza las manos. —¡Yo no he dicho nada!

—¡Y vosotros dos! —Bobby se da la vuelta en la silla y queda mirando a Dean y Cas—. No estoy seguro de que os tiene tan al borde, pero quizá tiene algo que ver con el piano que ayudé a entregar.

Ante la palabra piano, Dean y Cas se miran el uno al otro por un momento, y luego ambos apartan la vista nerviosamente.

Bobby entrecierra los ojos. —Espera. ¿Qué ha sido eso?

—Nada, Bobby, no es nada —Dean se frota la frente—. Estamos bien, ¿vale? Cas recibió malas noticias esta mañana.

Jody baja su cuchillo y su tenedor. —¿Qué noticias?

—No es importante —murmura Cas.

—Es su ex-mujer —dice Dean—. Daphne. Ella… ella está mal. Cáncer —baja la mirada hacia su plato, y su boca se retuerce alrededor de sus palabras, como si fueren poco familiares y extrañas—. Cas tiene que estar con ella. Va a ir a Michigan.

Un estupefacto silencio reina alrededor de la mesa.

Cas mira a Dean, y dice, —Tengo que ir. Se lo debo —sus ojos no se apartan de Dean.

Dean solo asiente hacia su comida. Y luego, su brazo derecho se mueve levemente de un modo que Bobby reconoce de otros cientos de momentos y el modo en que la boca de Cas se tensa y sus ojos brillan, y se da cuenta…

Dean está apretando la mano de Cas por debajo de la mesa.

Bobby el Detective acaba de resolver el misterio.

Bueno, mierda.

—¿Cuándo te vas? —pregunta Amelia con los ojos abiertos de par en par, inclinándose hacia delante.

Cas finalmente aparta su mirada de Dean, y entonces parpadea por un momento, y luego dirige su atención de vuelta a Amelia. —Esta noche a la 1 a.m. Es el único vuelo que he encontrado en los próximos cuatro días. Todo está lleno.

Sam se echa hacia atrás en su silla, y se pasa una mano por el pelo. —Jesus, Cas. Eso es… lo siento.

—¿Por qué no nos lo querías decir? —pregunta Jody, preocupada y herida. Bobby sabe que ella es la que más le ha aceptado en la familia a excepción de Dean; estos son sus chicos.

Cas coge su tenedor empuja sus patatas dulces. —Quería esperar hasta después de cenar —dice—. El cáncer tiende a quitar el apetito.

Todos bajan la mirada hacia sus platos aturdidos y recuerdan que estaban comiendo.

Cas mira alrededor de la mesa, y parpadea. —Eso era una broma.

Se podría oír a un alfiler caer en el silencio.

Entonces Dean se ríe entre dientes, y mira a Sam. Sam empieza a soltar una risita que se convierte en risa. Amelia resopla y se ríe con nerviosismo y Jody no puede evitar reírse también, y entonces una irrefrenable carcajada surge de Bobby, y todo se mezcla en una cacofonía de salvajes risotadas.

Así es como va. Si no te estás riendo, estás llorando. Y no está permitido llorar en Navidad.

8:41 p.m.

Dean y Cas finalmente llegan a casa, y Dean suspira mientras cierra la puerta tras de sí. —Así que, supongo que ahora deberíamos cargar el coche. Me alegro de que empaquetaras antes. Es un viaje largo hasta el aeropuerto, y…

—Dean.

Dean se quita la chaqueta y la cuelga. —… dijeron que tienes que estar allí dos horas antes de que salga tu vuelo, y supongo que al ser Navidad los de seguridad deben estar jugando al guaca-mole con todos los turistas y los paquetes y las cajas etiquetadas como frágiles…

—Dean.

Dean le mira.

Cas está de pie con su abrigo tirado en un montón en el suelo junto a él, su cinturón y su corbata tirados hacia la cocina, y su camisa por fuera y desabotonada. Además está mirando a Dean con lo que Dean acaba de bautizar como "mirada loca de sexo"

—Dean —dice Cas otra vez, un borde extra grave en su voz—. Tengo un horario apretado. No perdamos tiempo.

Un extraño sonido estrangulado sale de la garganta de Dean. Es solo mitad pánico. La otra mitad es el equivalente vocal a la mirada loca de sexo.

Cas ladea la cabeza ligeramente y entrecierra un poco los ojos. —Estás… suenas enfermo…

—No —suelta Dean—. Estoy bien. Mi habitación. Vamos a allí.

Las fosas nasales de Cas se ensanchan, y toma un profundo respiro. —No puedo prometer que llegue hasta allí.

8:42 p.m.

Cas empuja a Dean hacia la mesa de la cocina y le besa salvajemente, como loco, de forma frenética, tomando el aire de sus pulmones y la cordura de su cabeza. Dean le besa de vuelta y jadea contra su piel, gime contra su garganta, chocando sus cuerpos y apretando, frotando, presionando y dejando que la presión le consuma.

Entonces recuerda.

—Cas —gruñe—, la habitación. Esto es la cocina.

Cas hace un profundo sonido frustrado.

8:49 p.m., el recibidor

—CasCasCasCas —grita Dean—. ¡Cas, no, deja…mierda… deja los pantalones puestos!

Cas baja la cremallera de Dean y gruñe un poco, gruñe como un maldito animal.

—Joder —gime Dean, su cabeza golpeando contra la pared, sus ojos aterrizando en la puerta del dormitorio que está demasiado lejos—. Nunca lo conseguiremos, ¿verdad?

—Nunca lo conseguiremos —jadea Cas, parando de lamer y morder la parte inferior de la mandíbula de Dean y Dios—. La habitación nunca estuvo en mi itinerario.

Dean hunde una mano en el cabello de Cas y aúlla, —¿Tienes un itinerario de sexo?

8:57 p.m., el suelo del recibidor.

—Oh Dios mío. Oh Dios mío. Joder. Cas. Cas. Me voy a correr. Mierda.

—Dean… uhngh, unh, unhnn, Dean…

—Cas. No. Mierda. Para.

—¿Unnn- huh?

—Cas. Vamos. Habitación…

—DEAN

—Pero la habit…

—¡DEAN! CÁLLATE. Y FÓLLAME.

—… ohdiosmioerestanjodidamentecaliente oooooohhhhhhhhhhhhdiosMÍO, UNGH, Sí. ¡CAS! ¡CAS!

—Dean, unn, ahh, ahh, ahhh…

—Vamos, vamos, sexy hijodeputa…

—¡Ahhhh, ahh, ahh, ahh, ahhh, Dean!

—Oh Dios mío… joder…

—Nnnnnnn…

—Eso ha sido… joder… mierda…

—Justo… a tiempo…

9:07 p.m., todavía en el suelo del recibidor, pero en una parte diferente de la alfombra.

Dean y Cas se besan suavemente, entrelazados y tranquilos. Entonces, a regañadientes, Dean se separa y suspira.

Cas desliza su pulgar gentilmente hacia arriba y abajo, su mano amoldada alrededor del cuello de Dean. —¿Qué?

Dean mira al techo. —No vas a volver, ¿verdad?

—¿De qué hablas? —pregunta Cas, frunciendo el ceño.

Dean encuentra su mirada. —No has comprado un billete de vuelta.

—… No sé cuánto tiempo me quedaré. Planeo quedarme una semana, pero podría ser menos.

—Así que no crees… —Dean se va apagando—. No importa.

—¿No creo qué? —pregunta Cas enfáticamente.

—Ya sabes cómo irá —Dean se aclara la garganta y mira a un punto fijo en el espacio—. No pretenderás que pase. Me llamarás de aquí a una semana, diciendo que te vas a quedar un poco más, porque ella te necesita ahora. Y será verdad. Y entonces quizá empezaras a pensar en ello, y quizá ella mejorará un poco, pero los doctores dirán que es solo una señal de que se acerca su final y tú decides, oye, quizá deba quedarme hasta, ya sabes, el final. Lo prometiste hace todos esos años, para lo bueno y para lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Empiezas a pensar en tus votos matrimoniales. Piensas en tu matrimonio. Hablas con Daphne sobre tu matrimonio. Y acabas quedándote un par de semanas, quizá un mes, y recordando por qué te casaste, y quién solías ser, y la razón porque os divorciasteis. Llamémosla… —Dean traga—. Yo.

El rostro de Cas cae. —Dean.

—Yo fui la fuerza conductora que os separó —continúa Dean—, y ahora nunca recuperaréis ese tiempo, nunca. Soy la razón por la que perdiste tu matrimonio, probablemente sea la razón por la que no tienes hijos. Pensarás en todo esto, y verás morir a la mujer que amas. Y cuando vuelvas… —se encoge de hombros—. Nunca nada volverá a ser lo mismo. Y te irás.

—Dean —Cas se incorpora en su codo—. Eso no es lo que va a pasar. Cómo puedes pensar eso, después de lo que acabamos…

—¿Después de nuestro sexo loco? —pregunta Dean suavemente—. ¿Después de frenético y desesperado sexo que se ha sentido terriblemente como una última oportunidad?

Cas cierra la boca y su mirada cae hacia abajo.

—Está bien —dice Dean, incluso aunque está bastante seguro de que nunca volverá a estar bien—. Quiero que sepas que… no tienes que preocuparte por mí. Estaré bien —es una mentira, pero una necesaria. Cas necesita esto. Sería más fácil pedirle que se quede, y él se quedaría, unas cuantas palabras acertadas de Dean, y él lo haría… pero necesita esto. Se merece reconciliarse con Daphne antes de que se vaya.

Si le quisiera menos, no sería capaz de dejarlo ir.

De repente Dean entiende todo lo que Amelia le dijo.

Castiel se sienta, y baja la mirada hacia Dean con una expresión ilegible. —No va a pasar, Dean, te lo prometo.

—Cas —suspira Dean—. Como he dicho, sé que no pretenderás que pase. Va a pasar quieras tú o no. Solo quiero que sepas que está bien cuando pase.

Hay un momento de silencio.

—Dean —de repente la voz de Cas es como granito, como acero en un pedernal, dura y glacial—. ¿Te das cuenta de lo insultado que me siento?

Dean lucha para sentarse. —¿¡Qué!?

—¿Confías en mí? —pregunta Cas bruscamente.

—No es cuestión de…

—¿Confías en mí? —demanda.

Dean se traga su réplica. —Sí.

—Acabo de prometerte que no te voy a dejar —dice Cas—. No es una promesa que haga a la ligera. Tú eliges ignorarla por algún inapropiado sentimiento de sacrificio. Confías en mí para que mantenga mi palabra, o no, pero no podemos tener una relación sin confianza. ¿Me entiendes?

Dean asiente, y por alguna razón se vuelve intensamente consciente de su propia desnudez. Es solamente un hombre estirado desnudo en un recibidor, completamente expuesto, incapaz de esconderse.

Cas desliza su mano por el brazo de Dean. —Me preocupo por ti, estoy entregado a ti. Lo he estado desde el día que me salvaste la vida—. Mira a Dean a los ojos —Eso es todo lo que realmente importa en el mundo, Dean: preocupación y entrega. El resto son simples matices. ¿Te preocupas tú por mí?

—Sabes que lo hago.

—¿Estás entregado a mí?

Dean se inclina hacia delante, y presiona un beso contra los labios de Cas, lento y suave. Entonces toma aire, —Por supuesto.

Cas presiona su frente contra la de Dean y cierra los ojos. —Te quiero —murmura—. No te habría hecho el amor si no lo hiciera. He esperado tanto porque quería estar seguro, y esperé y esperé hasta que me di cuenta… de que ya tenía mi respuesta. Estaba esperando porque estaba aterrorizado de hacerte daño, y estaba aterrorizado de hacerte daño porque incluso la sola idea de ello… me duele casi físicamente —Dean puede oír el clic en su garganta al tragar—. Voy a volver. Lo prometo.

—Me alegro de oír eso —susurra Dean—. Pero yo… no quiero que estés conmigo solo porque me hará daño que no lo estés, ¿sabes? No quiero que sea así.

—No lo es. Créeme —la mano de Cas se posa sobre la de Dean, y la aprieta—. Me preocupo mucho por ti, Dean. No puedes imaginarte cuanto.

Sus palabras llenan el pecho de Dean con una cálida sensación expandiéndose, y Dean ladea su barbilla y vuelve a besarle, conectando con él tan completa y honestamente que no puede percibir nada más excepto Cas; y por un increíble y atemorizante momento el subidón emocional le deja con una sensación más allá de alguna felicidad que haya experimentado antes, mejor que cualquier droga que haya consumido, y cualquier sexo que haya tenido, y todo lo que puede pensar es

Esto es. Esto es lo que somos. Somos esto.

Esto.

Entonces, demasiado pronto, se apaga, y se queda con el calor después de la claridad, los agujeros en tu visión después de la cegadora luz.

Aparta sus labios de los de Cas y suelta una risita. —Nah, estoy bastante seguro de que estoy… como diez veces más enamorado de lo que tú lo estás. Quizá veinte.

—No es un concurso —dice Cas.

Dean sonríe. —Eso es lo que siempre dicen los perdedores.

Cas parece escéptico. —Si hubiera un concurso, yo iría ganando.

—Dice el chico volando a Michigan. Yo soy la fiel mujer a la que dejas atrás, llevando una cinta amarilla y toda esa mierda. Consigo muchos más puntos por ello.

—No me he dado cuenta de que eras una mujer. Supongo que me distraje con tu pene.

—¿Ves? Llegamos al sarcasmo. Eso no es nada nuevo para ti, Cas. Mi amor es definitivamente más fuerte que el tuyo. E incluso más hermoso, debo decir.

—Entonces claramente has estado preguntando a borrachos.

—Por supuesto que lo he estado, Cas. Son mi gente.

10:51 p.m.

Dean para delante de la terminal y arrastra la maleta de Cas fuera del maletero. —¿Qué demonios has metido aquí? Esta cosa tiene el peso atómico de un sol muriendo.

—He metido algunos libros —responde Cas, saliendo del asiento del pasajero.

Dean deja la maleta sobre sus pequeñas y tambaleantes ruedas. —Más bien parece que hayas metido el club de lectura al completo.

Cas sube el asa cuidadosamente y ladea la maleta hacia su ángulo óptimo para que ruede. —No he volado en casi una década —dice— Entiendo que la seguridad ahora es más exhaustiva.

Dean se estremece. —No sabría decirte. Evito los aviones a toda costa. Los pájaros de acero son una trampa mortal, si me preguntas.

Cas le mira.

—¡Pero… pero no para ti! —intenta Dean débilmente—. Estarás bieeeeeeen.

—Ven a aquí —murmura Cas—. Dale al condenado un beso de despedida por el bien de la aflicción.

Dean se ríe y coge a Cas por la solapa y le besa. Es un beso largo, el tipo de beso que permanecen en las puertas al final de la noche, el tipo de beso que hace que los hombres que se despiden en la puerta cojan el ascensor, el beso que acaba para tomar aire al final del momento pero los labios continúan en contacto, esperando, rezando por otro minuto más.

Finalmente, Cas coge su bolsa por el asa, y da un paso hacia atrás separándose de Dean. —Muy conmovedor —dice—. Te veré pronto.

Dean hunde sus manos en los bolsillos. —Llámame o algo cuando llegues. Solo para que sepa que estás vivo.

Cas asiente. —Lo haré.

Dean camina de vuelta hacia el coche. —¡Feliz Navidad!

Cas ondea su mano. —Feliz Navidad, Dean.

Mira como Cas camina dentro de la terminal, y se obliga a sí mismo a sacudirse el temblor en la parte baja de su cuello.

26 de Diciembre, 7:22 a.m.

El móvil de Dean vibra en su mesita de noche.

Dean no se despierta.

26 de Diciembre, 7:32 a.m.

El móvil de Dean vuelve a vibrar.

Lentamente se desliza hacia la consciencia, una confusa niebla esparcida por su mente como una gasa. Hurga a tientas en busca del móvil y lo abre. —¿Cas?

—Dean. Soy Jody.

Dean parpadea con fuerza e intenta concentrarse. —¿Jody? ¿Qué pasa?

—Despierta, Dean. Vístete.

Dean se sienta, cada músculo de su cuerpo tensándose. —Jody, ¿qué está pasando?

Alguien llama a la puerta principal.

—Ha pasado algo, Dean. Tienes visita de camino a tu casa.

La persona en la puerta llama de nuevo, cuatro veces.

—Ya están aquí —sisea Dean— ¡Jody tienes tres segundos para decirme que demonios está pasando! ¿Quién está en mi puerta?

—¡Abre la puerta, Dean! —exclama Jody—. ¡Se supone que no debería estar hablando contigo así que abre la maldita puerta!

—¿Sr. Winchester? —llama una mujer, su voz amortiguada a través de la casa—. ¿Sr. Winchester?

Dean cuelga a Jody, coge su ropa, mete su mano por la manga y abre la puerta, parpadeando ante la matinal luz del sol. —¿Hola?

Un hombre y una mujer están en su porche, ambos con trajes grises. La mujer es más mayor y parece más autoritaria, atractiva de un modo franco con cabello castaño rizado, y el hombre es taimado y delgado con una gran nariz, grandes orejas, y una sonrisa boba.

—Sr. Winchester —la mujer mete la mano en su bolsillo y saca una placa; se la muestra—. Soy la agente especial Ellen Harvelle y este es mi compañero, el agente Garth Fitzgerald.

El hombre ofrece su mano y sonríe más ampliamente. —Puedes llamarme Garth.

Dean no la estrecha.

—Estamos aquí en nombre del FBI porque su amigo Castiel Goodwin no responde a su teléfono —explica la agente Harvelle—. ¿Tiene algún otro número para contactarle?

—No, seguramente lo apagó por el avión —dice Dean, alzando una mano para darse sombra en los ojos.

Harvelle no parece sorprendida. —Su avión aterrizo hace una hora.

—¿Cómo sabes eso? —demanda Dean—. ¿Para qué le estáis llamando?

Harvelle y Garth intercambian miradas. —Solamente tenemos algunas preguntas para él relacionadas con una investigación que acabamos de abrir —dice Garth—. Nos gustaría pasar y hacerte algunas preguntas a ti también, si eso te parece bien.

—No, no me parece bien —replica Dean—. ¡Quiero saber que estáis investigando, y por qué Cas está involucrado, y por qué demonios estáis en mi puerta a las siete de la mañana, y no voy a contestar ninguna de vuestras preguntas hasta que contestéis las mías!

La agente Harvelle da un paso hacia delante, su mandíbula ligeramente firme y su boca se curva hacia arriba. —Bueno, Sr. Winchester, si insiste —guarda su placa en el bolsillo de la chaqueta—. Anoche, cerca de medianoche, un cuerpo fue hallado cerca del Lago Madeleine. Por el estado de descomposición parece ser que llevaba allí cerca de un mes.

El aire de repente se vuelve muy, muy frío.

—Era el cuerpo de una niña de cuatro años —continúa Harvelle enfatizando con sus dedos—, su cuerpo fue mutilado de una forma que coincide con los asesinatos del Lago Madeleine por los que Castiel Goodwin fue procesado, y tenemos evidencias de ADN que enlazan al Sr. Goodwin con el cuerpo —entrecierra los ojos y vuelve a dar un paso hacia delante, poniendo su rostro solo a dos o tres centímetros del de Dean—. Ahora, basándonos solo en esta evidencia podría ordenar su arresto ahora mismo, y de hecho podría hacerlo en un futuro cercano, y lo único evitándolo es mi excesivamente buena naturaleza y el hecho de que hasta ahora Castiel Goodwin ha hecho un remarcable trabajo por escabullirse del sistema. Si lo intentas y te pones pesado estaré completamente en mi derecho de arrastrar tu culo a juicio por obstrucción a la justicia —cruza los brazos—. Así que o nos dejas entrar a mí y a mi compañero y respondes nuestras preguntas, o puedes responderlas desde una celda.

La mano de Dean se aprieta con fuerza en el marco de la puerta, con tanta fuerza que la sangre no llega a sus dedos. El color parece haber desaparecido del mundo también, todo plano y gris y distante.

Nada de esto tiene sentido.

—Hay un error —grazna—. Ha habido un error.

Garth da un paso hacia delante con una mirada preocupada y mira entre Harvelle y Dean. —Creo que esto es mucho que procesar a primera hora de la mañana —dice con tono de disculpa, palmeando una mano contra el hombro de Dean—. Lo siento, amigo. ¿Qué te parece si entramos y tomamos algo de café?

Dean tantea en busca del teléfono en el bolsillo de su ropa. —Cas, necesito llamar a Cas.

Harvelle suspira. —No contesta. Tenemos algunos amigos en Michigan que van a ir a recogerle.

La boca de Dean esta entumecida, seca, su garganta no es capaz de tragar y sus palabras se quedan atascadas. —No le arrestéis, por favor. No le conocéis. Esto es… esto le mataría. Por favor. Por favor.

—Vamos, amigo, entremos —dice Garth, conduciéndoles hacia adentro—. Solo estamos aquí para hablar…

En quince minutos, llegará el resto del quipo del FBI para buscar por las premisas de arriba abajo, todas las superficies, cada rincón y rendija, y documentarán y fotografiarán todo lo que encuentren, sin importar cuán insignificante sea; usarán un buen equipo para rebuscar en todas sus pertenencias y no dejar ninguna piedra sin girar.

Castiel Goodwin es sospechoso de asesinato en primer grado.