26 de Diciembre, 7:44 a.m.

Dean está sentado en la mesa de la cocina, en su mesa de madera veteada con una taza de café en las manos. No la ha alzado. Está allí sentado, con su camiseta interior y bóxers y una bata ante dos agentes del FBI en sus trajes grises con libretas, y el aire sabe dulzón, enfermizamente dulzón y fuerte como el sabor de un cobrizo centavo en tu boca.

Es algo así como una larga historia el cómo llegó a ese punto.

—¿Puedes decirnos a dónde fue Castiel?

—Ya sabéis a dónde fue —murmura Dean—. Vosotros me lo habéis dicho. Dijisteis que su vuelo aterrizó.

—¿Puedes decirnos a dónde fue Castiel? —repite la agente Harvelle.

—Michigan —el café en sus manos está caliente. Es la única parte caliente en él—. Ha ido a Michigan a ver a Daphne. Su ex-mujer. Se está muriendo.

Silenciosas figuras con placas identificadoras de plástico y guantes blancos y zapatos de papel se mueven por las habitaciones, los pasillos, fijándose en los objetos y estudiándolos brevemente, abriendo cajones y escudriñando alrededor tan despacio como sirope cayendo de una cuchara. Algunos tienen barras negras en las manos; deslizan las barras cerca de las paredes y mesas y alfombras, inspeccionándolas con luz violeta.

—¿Qué están haciendo? —pregunta Dean. Él sabe lo que están haciendo. Eso no puede ser lo que están haciendo—. ¿Qué está haciendo esta gente?

—Solo están echando un vistazo —le asegura Garth—. Dejaremos todo en su sitio, exactamente como estaba.

—Por favor —Dean puede sentir como su agarre con la realidad se va resbalando, sus nervios ondulándose y dejándole tenso—. Ha habido algún malentendido. Llamad a Daphne. Ella seguramente sepa dónde está. Está en el Brighton General Hospital.

—La hemos llamado, Dean —Harvelle abre una carpeta que Dean no le había visto sacar. No sabía que tenía una carpeta—. Después de que habláramos con tu amiga Jody Singer, buscamos a la Srta. Daphne Allen y hablamos con ella.

Dean agarra la taza con más fuerza, aprieta el calor con más fuerza. —¿Qué dijo ella?

La puerta se abre de golpe. —¡Perdonad! —la voz de Sam resuena por la casa—. ¿Dónde está Dean Winchester?

Ellen se levanta. —Yo me encargo.

Sam entra en la cocina como una nube de tormenta atrapando a un valle, su rostro oscurecido y sus ojos brillando. Camina hacia Dean y le coge del brazo, levantándolo de su silla, mirando ferozmente hacia Harvelle y Garth. —Mi cliente no contestará ninguna pregunta más hasta que haya hablado con su abogado. ¿Tenéis siquiera una orden de registro?

La agente Harvelle abotona su chaqueta y le frunce el ceño. —Por supuesto que tenemos una orden. ¿Y supongo que tú eres su abogado?

—Incluso mejor —gruñe Sam—. Soy su hermano.

El rostro de Garth se ilumina con agradable sorpresa. —¡Sam Winchester! Vaya coincidencia. ¡Eres el siguiente a quien íbamos a llamar, y aquí estás ahorrándonos la molestia!

Harvelle pone los ojos en blanco.

—Enséñame la orden —exige Sam—. Y entonces podremos concertar una cita para hablar conmigo y con Dean esta tarde.

Harvelle coge con facilidad una hoja de papel de su carpeta. —Aquí tienes. Todo es legal, Sam. Somos el FBI, no la CIA.

Garth apoya la barbilla en su puño y suspira un poco. —Es una pena en realidad. La CIA consigue ir a sitios divertidos como Cuba.

—Espera —dice Dean—. Espera.

Todos se vuelven para mirarlo.

—No ha contestado mi pregunta —dice—. Sobre Daphne.

Harvelle mira a Sam, y luego vuelve a mirar a Dean. —Hablamos con la Srta. Allen, y… no está en el hospital. Ni siquiera está enferma.

Dean ni siquiera se da cuenta de que está hablando en voz alta hasta que sus propias palabras resuenan por la habitación. —No mientas, joder —la taza cae sobre la mesa con un audible estruendo—. No me mientas.

—Es la verdad —el rostro de Harvelle se suaviza, de algún modo, un tono de compasión apoderándose de sus ojos—. Subió al avión hacia Lansing, y ahora tu hombre, Castiel, está desaparecido. Pensé que tú sabrías a donde ha ido realmente.

La mano de Sam se aprieta en el brazo de Dean. —Bien, hemos acabado aquí.

Dean se queda paralizado en el sitio. —Alguien mintió a Cas. Esto es… esto es alguna forma de incriminarle. El hizo una llamada, la mañana de Navidad. Intentó llamarla y en su lugar habló con su madre. ¡Buscad su registro de llamadas!

—Cállate —sisea Sam mientras Garth apunta algo—. No digas nada ahora. Necesitamos hablar.

—¿Oíste esa conversación? —pregunta Harvelle—. ¿Qué dijo exactamente?

Sam empieza a arrastrar el cuerpo de Dean fuera de la cocina, pero ahora el entumecimiento bajo la piel de Dean se ha fundido y moldeado en una irracional furia. —¡Esto es una trampa, lo sé! —grita—. Él es inocente, ¿me oyes? No sabéis nada de él y él es un puto santo, así que si ponéis un solo dedo sobre él juro por Dios que…

—¡Dean! —brama Sam, estirando de él hacia la sala de estar—. ¡Contrólate! —los silenciosos investigadores rebuscando en las esquinas intercambian miradas y se aferran a los bordes de la habitación.

—¡Alguien en casa de Daphne le dijo que vaya a Michigan! —Dean grita hacia la cocina—. Buscad esos registros, ¿me oís? ¡Buscad esos malditos registros!

Sam le estampa contra la pared, y le aguanta allí con su brazo, pone su otra mano sobre la boca de Dean con tanta fuerza que duele y gruñe, —Como tú abogado, Dean… Cállate. La Puta. Boca.

Dean araña el brazo de Sam y, cuando eso no funciona, saca la lengua y llena la palma de la mano de Sam de saliva.

Sam solo dilata sus orificios nasales y gruñe, —No te atrevas a morderme.

Dean le fulmina con la mirada.

—No le estás haciendo ningún favor a Cas ahora mismo —dice Sam firmemente—. Lo único que estás haciendo es dejar claras tus preferencias emocionales hacia él y alimentando las llamas. No sabemos lo que es verdad y lo que no llegados a este punto. Les acabas de decir que llamó a Daphne el día de Navidad. ¿Qué pasa si no hay ninguna llamada en su registro telefónico? Entonces o tu eres un mentiroso, o él lo es. Estoy dispuesto a apoyar a Cas, pero sinceramente, con todo lo que ha pasado… —Sam exhala por la nariz—. Dean, no creo que haya sido cien por cien sincero con nosotros. Así que solamente… espera, antes de decir nada de nada, ¿vale?

Dean baja la mirada hacia la mano de Sam, y luego vuelve a alzarla.

Sam baja su mano, y se la limpia en sus vaqueros con una expresión de asco.

Dean se limpia la boca con el dorso de la mano y suspira. —Lo siento por haber perdido el control —murmura—. Pero no lo siento por lo que dije. No me ha mentido, Sam. No lo ha hecho. Él y yo… —antes de que Dean se dé cuenta, su garganta se tensa y la parte posterior de su nariz cosquillea y su voz se vuelve ronca—. Él y yo…

Sam le mira durante un minuto, sabiendo un poco demasiado, su asentimiento de compresión un poco demasiado compasivo. Y a pesar de todo, Dean puede verlo…

Él piensa que Cas mintió.

Entonces dice, —Coge algunas de tus cosas y vayamos a casa de Bobby. Puedes tomarte una ducha, vestirte, arreglarte… Entonces Jody nos explicará lo que sabe.

En el cuarto de baño en casa de Bobby, Dean deja un mensaje en el buzón de voz de Cas, —Hola. Cas. Contesta tu maldito teléfono. Se supone que me ibas a llamar. Bueno, ¿adivina qué? Ya que no me has llamado, todo se ha ido a la mierda y me estoy volviendo loco, y lo único que podría hacerlo peor es que no estás aquí, a si que… Llámame. Llámame o voy a regalar el piano.

Hace una pausa. —Cas. Sé que sueno como si estuviera bromeando… Pero no lo estoy —cierra los ojos—. Por favor. Si estás vivo… llámame.

Jody luce tan agotada como Dean se siente, decaída en el sofá con los codos apoyados en las rodillas. —Anoche cerca de medianoche, quizá un poco antes, encontraron un cuerpo en el lago Madeleine. Una niña llamada Gabriela Chavez. Gabby. Quitaron sus dedos y sus globos oculares, sus costillas abiertas, igual que los otros. La encontraron en un camino cerca del acceso público, alguien llamó al teléfono de emergencias desde el acceso público, chillando histérico. Yo notifiqué al FBI. Parecía lo correcto a hacer en ese momento, esto es una, una gran pesadilla… —deja caer la cabeza y entierra su rostro entre sus manos.

Bobby pone su mano en su hombro. —Cariño…

—No, no lo entiendes —toma un profundo aliento y vuelve a empujar sus manos hacia su cara, hundiendo las palmas de sus manos en sus ojos—. Es literalmente una pesadilla que he tenido. Sigo esperando que me vaya a despertar.

—Yo también la he tenido.

Todos se giran hacia Dean.

—He tenido muchas pesadillas —dice Dean—. Solía tenerlas sobre Cas, cuando estaba encerrado, antes de conocerle. He tenido suficientes sobre Lucas. Y créeme… —fuerza una amarga sonrisa, lo más cerca que puede a una sonrisa de sabelotodo dadas las circunstancias—. Esta no es una de ellas. Esto es mucho peor.

Jody suspira y se incorpora, sus ojos rojos e hinchados. —Tienes razón. Lo es. Porque cuando el forense examinó el cuerpo encontró un pelo enredado en la pierna de la pequeña. Y los federales consiguieron los resultados del análisis de ADN a eso de las 7 a.m. de esta mañana, no me preguntes como han conseguido tenerlo tan rápido, y. Bueno. Tienen una coincidencia.

Sam traga y asiente, y Bobby baja la vista al suelo.

Dean se ríe.

Una vez más todos miran al hombre del momento.

—¿Un pelo? —exclama—. ¿Un puto pelo? ¿Eso es todo lo que tienen? Eso podría ser… podría ser literalmente de cualquiera de la calle. Algún asesino imitador nos ve a mí y a Cas sentados en un banco, se para en el tan pronto como nos levantamos, mira alrededor, puedo decirte por compartir baño que el hombre pierde pelo

—Dean —Jody le mira, dubitativa—. No era solo… un pelo. Era un pelo… del cuerpo. Un pelo púbico.

La boca de Dean se cierra de golpe, y su lengua se pega en lo alto de su paladar.

—Además van a traer algunos expertos forenses para que miren el cuerpo, y mientras hablamos están rebuscando entre las cosas de tu casa —continúa Jody—. También he oído rumores por unos compañeros de la prisión de que alguien ha estado entrevistando a Lucas por un libro, y solo Dios sabe lo que puede haber dicho.

Ante la mera mención de su nombre, algo profundo e instintivo dentro de Dean se retuerce y contrae desagradablemente. —Lucas está involucrado de algún modo —dice—. Simplemente lo sé. Está tendiendo una trampa a Cas.

Bobby y Sam intercambian miradas. —Está en prisión, Dean —señala Sam—. Y esto no va a exonerarlo. Su ADN fue encontrado en un cuerpo anterior. ¿Por qué se molestaría en inculpar a Cas?

—No lo sé —Dean se pone en pie, y arregla su chaqueta—. ¿Por qué no vamos a preguntarle a él?