Quiero ser escritora
42º
Quien quiero ser
¡¿En la televisión?! ¡¿Raimundo?! Me precipité rápida y desmañadamente contra el sofá y, por accidente, me golpeé la cadera con el reposabrazos ¡auch! Sentí la piel ponerse de carne de gallina en respuesta al dolor. Contorsioné el rostro en una mueca espantosa. Yo no había calculado que de tanto tiempo estar sentada las piernas se me embotaran, ¡imagínense cuál era mi situación! Soy torpe, súmese a eso que dos partes de mi cuerpo no quieren obedecer las normas de mi cerebro ¡y, ¿qué obtengo?! ¡el triple de torpeza! Cojeando, rodeé por atrás el mueble y salté por encima, desmoronándome en el medio. Kei ocupó el lugar disponible a mi derecha. Me arrimé dándole espacio. Nos apiñamos en conjunto al televisor. Todavía no veía a Raimundo, pero Megan afirmó que lo vio con absoluta certeza. Apareció Alice, la presentadora, dando su discurso de apertura a una multitud que la observaba sentadas en las gradas y después habló sobre un invitado especial, entonces hizo pasar al idiota. Tragué un sollozo. No oí nada de qué hablaron los tres primeros minutos; tenía los oídos tamponados, como si los hubiera rellenado de algodón. Divisé los frenéticos latidos de las venas en las sienes. Siento que el corazón se me ha ido a la cabeza, ¿o si no porque me palpitaría tanto? Le arranqué de las manos el control remoto a Megan, a una milésima de apagar la tele, mi amiga me detiene.
—¡No Kim! —soltó Keiko—. Aguarda, no lo apagues ahora, vamos a escuchar lo que tiene que decir esa sabandija.
—Pero yo no quiero saber...
—¡Chissss! —me chistó.
Resoplé, recostando la espalda y cruzando los brazos debajo del pecho. Es mi apartamento y ya perdí derecho a decidir que quiero ver en la televisión.
—Raimundo ¡o Tom!... ¿cómo piensas que deberíamos llamarte o con cuál prefieres que se te dirija?
—Pueden decirme sólo Raimundo.
—¡Raimundo! Bien, gracias por la aclaración. No te creas que no estamos regodeados por tu presencia; eres un escritor popular y amado, todos los que han leído tus historias saben que es así, digo ¿quién no ha suspirado por alguna de ellas? —La pantalla, de repente, se pone borrosa. No, comprobé que sólo soy yo, la humedad de mis ojos enturbiaba mi visión. Pestañeé varias veces esclareciéndome la vista. Acto seguido, me llevé las rodillas al pecho con un brazo y con el pulgar de la otra mano lo apreté entres mis dientes para conseguir que dejaran de castañear—. Pero tengo que hacerte esta pregunta ya que han circulado fuertes rumores sobre que evitabas aposta a los medios de comunicación, ¿eso es verdad?
—En una mediana parte, lo es. No quería enfrentarme a la prensa inmediatamente, decidí aguantarme salir en público hasta que "se enfriara" los eventos, tampoco es que estos días han sido tranquilos para mí. Fue un gran escándalo y si estoy aquí, Alice, es para aclarar esta tergiversación de una vez por todas, si me lo permites...
—¡Desde luego! —replicó haciendo un ademán. Le envié una mirada a hurtadillas a Keiko; estaba doblada hacia adelante y tenía la boca contraída en una mueca de asco, en sus ojos se asomaba el odio. Por el contrario, Megan estaba vacía de emociones y atenta a la televisión.
—El martes de la semana antepasada alguien publicó (hasta las fechas no sabemos quién fue), un artículo en el que divulgaba mi verdadero nombre e infiltró unos fragmentos de mi próximo proyecto: El prefacio, la dedicatoria y el primer capítulo. Y casi, casi, el segundo, pero sólo le dio tiempo de fotografiar la primera página. Ya era tarde cuando eliminamos el apartado, cerca de un millón de personas lo habían leído. A mí me gustaría desmentirlo y manifestar que todo aquello era falso, pero me temo que no es verdad.
—¿De manera que tu retiro permanente, tu nombre...?
—Sí, es verdad por desgracia —la interrumpió sutilmente Raimundo—. Sabes Alice, no me disgusta que este secreto haya salido a la luz por fin. Había noches que me sentía asfixiado y no podía dormir. Los lectores que me han acompañado son seres maravillosos. A menudo sentía deseos de decirlo, pero vacilaba. Fue recientemente alguien me hizo ver que no tenía nada de malo si a partir de entonces publicaba una novela escrita por Raimundo Pedrosa —"alguien". Me examiné las uñas de refilón, quisiera morderlas, empero sé que si hago eso estropearía la manicura y además, de la ansiedad que tengo, llegaría hasta las cutículas—. A pesar de la mala fe con que actuó esta persona, que haya difundido mi nombre fue lo único bueno que pudo hacer por mí. Siéndote franco no me importa que me atacara ni comineara mi intimidad ni se metiera con mi trabajo, me molesta que se atreviera a lastimar a través de mí a una persona que quiero demasiado.
—¿Te refieres a quien inspiró el personaje de Sofía?
—Sí. No voy a develar nombres, empero ella es mi vecina. Nos conocimos hace unos meses cuando se mudó, al principio no nos llevamos bien, ambos manejábamos un carácter fuerte y solíamos chocar por cualquier cosa insignificante. Ni aunque me sentara aquí a recordar no adivinaría cuál era la razón porque surgió tanta inquina entre nosotros. Es irónico pero antes de ella estaba sin nada y fue justamente quien me devolvió la inspiración, aproveché la oportunidad y comencé a escribir —Raimundo se detuvo a tomar aire, clavó la mirada al suelo; consecutivamente la subió, miró a su locutora y por último al público—, tuvimos que discrepar para llegar a conocernos y... por lo menos en mi situación, yo me sentí como un idiota, estaba equivocado. No sé cómo pude odiar a alguien tan especial como ella, Alice. A medida que nos acercábamos mi historia iba perdiendo su chispa. La había concluido en cuanto me senté a verla y no me gustó, estaba editándola cuando sucedió lo que sucedió —se puso a contar con los dedos— me fallé a mí mismo, le fallé a los que trabajaba conmigo, le fallé a mis fans y le fallé a esta persona. De antemano, quisiera extender una disculpa formal a los que mencioné y también los que no, pero sobre todo con ella —la cámara hace un primer plano de su rostro. Debe de saber que casi todo el país estará pendiente de lo que diga o haga en esta entrevista y sin darme cuenta, le he quitado el cojín que Kei tenía detrás y lo aprieto cada segundo que pasa contra mi pecho. Bueno, no creo que Keiko lo necesite, aun está inclinada—. Yo sé que herí tus sentimientos y pediste tu tiempo, sin embargo, nada ha sido igual desde que te fuiste...
—¡Oh, ¿qué es eso?! ¡Por favor, apunte la cámara! ¡La cámara!
Enfocan hacia los espectadores; son cuatro filas para sentarse y cada persona sin excepción, sostenían bien arriba una cartulina blanca que unidas a la de los vecinos integran un enorme cartel del mismo color y cuya inscripción estaba pintada en letras grandes, negras y molde las dos palabras más hermosas: Te amo. Permanecen así durante unos cortos segundos para dar la vuelta completa, son otras dos palabras, empero en otra intención: ¿Me perdonas? Mi corazón se aceleró, unas manchas rojas salpican mis mejillas brillantes de lágrimas. Lloraba de la emoción y reía de la incredulidad. La risa me salía extraña y a borbotones, hace tantas semanas que no me entusiasmaba así. Me limpié la nariz rápidamente. Siento la tristeza y la decepción evaporarse en un halo encrespado e irse lejos. A duras penas oí a Kei preguntarse cuánto sería el monto con que sobornó a la gente del público o cuánto gastó en materiales. Megan chillaba fuera de control. No me interesaba cómo lo hizo, si no qué lo hizo por mí.
Se estaba disculpando frente a un millón de personas.
Es lo más tierno y hermoso que pudo haber hecho en todos estos meses. Aun sin necesidad de decir algo. Es lo que adoro de Raimundo. No es ése hombre que te envuelve en palabras cálidas si no demanda tu atención por quién es y lo que hace. Sus acciones, a la larga fueron las que me conquistaron. Se produce un momento estático entre que los golpea las palabras y lo digieren, se tardan en aplaudir ya que primero alguien debe indicarles que pueden dejar de hacer lo que estaban haciendo. Creo que de tanta dulzura podría contraer diabetes. Uhm, peligroso. Me hace falta tener un suministro de insulina a la mano. Me hace falta Raimundo y su ironía mata pasiones. Después que mi pulso regresó a la normalidad, mis exhalaciones se ralentizaron y poco a poco empecé a recuperar la visión, vuelven a mostrar a Raimundo:
—Tenemos la oportunidad de ser felices aquí y ahora ¿la vamos a desperdiciar? Por eso si estás viendo esto, te lo dedico.
Mi primer impulso era correr en dirección a donde estaba el estudio de televisión, atravesar el tráfico, empujar a los guardias de seguridad, llegar con él, abrazarlo, besar sus labios y decirle que lo perdonaba. Es un recorrido largo, ¿no les parece? Lo malo es que no sé en qué lugar queda el estudio con exactitud y a lo mejor cuando lo averigüe sea tarde, pero no puedo estar de brazos cruzados. ¡Debía responder! Pegué un brinco y me ajusté el pantalón.
—Kim, ¿qué piensas hacer? —inquirió mi amiga.
—Lo que debí hacer desde el inicio —le respondí con firmeza.
Raimundo se llevó la sorpresa de su vida cuando me encontró en su apartamento. Esta es la segunda vez que me es conveniente contar con la amistad de Clay, posee las llaves maestras del conjunto residencial y cuando acabé de explicar para qué era, fue mucho más diligente. Supuse que por su estrecha proximidad con Raimundo sabría lo que ocurría entre nosotros, ¡¿o yo qué sé que le habrá dicho?! No tengo idea de cómo funciona el cerebro de los chicos ni de que suelen hablar cuando se juntan. En ese particular, soy un fracaso en relación a los hombres; no habría molestado a Clay si no fuera una emergencia o si supiera en qué carrizo viejo se ha metido Omi, ese travieso conoce más trucos bajo la manga y estoy segura que él sabría abrir la puerta igual que una lata de sardinas. Me sentía tonta usando el sujetador del bikini y un culote, no obstante como esto era un look que sólo vería Raimundo me resistí de usar un abriguito. Encendí el estéreo y lo dejé en una estación que sintonizaba música suave e instrumental. Puse el vino tinto en la mesa. Él se extrañó de escuchar la música. Claro, no se acuerda de haber dejado prendido ningún equipo de sonido. Si bien lo ignoró. Lanzó las llaves. Se bajó la cremallera de la sudadera de un tirón y la despoja.
Hasta ese momento únicamente había pensado en mí, no en lo que podría estar pasando por la cabeza de él y sentí un escalofrío. Temí que me rechazara, como yo lo hice —es factible, puede sacar su lado rencoroso—, pero no lo hizo. Él se guardó sus comentarios. Me estudió con sus ojos penetrantes, pelándome pieza por pieza. No traje demasiada ropa puesta lo que provocaba que un rubor tiñera de rosado mis mejillas, súbitamente empezó a hormiguearme los brazos, las piernas y la nuca. Son los nervios. Por una vez sentí envidia del tono tostado de su piel ya que la mía resultaba tan blanca en esta oscuridad que encandila a simple vista. La sorpresa, regodeo y deseo lamen sus ojos. Me limité a caminar directo a él. Lo halé de la corbata y choqué mi boca contra la suya. Deslicé mis dedos por la línea de su mandíbula. Él atrapó la curva de mi cintura no para apartarme si no para apretarme y volver a besarme. Le eché el otro brazo encima y le acaricié los músculos de la espalda. Una mezcla de gemido y suspiro ronco salió de él sin permiso. Quería hablarle, pero no me lo consintió. Esto asusta, parecía que sabía cuando quería intervenir pues que me cortaba de antuvión. Nos tumbamos en el sofá de cara a cara, abrazados —o lo que quiere decir, él sentado y yo sobre su regazo intentando entrar en calor—, acariciándonos, besándonos y mirándonos. Una mirada puede transmitir más de mil palabras. Creo que nos lo tomábamos literal. Pronto me acostumbré al silencio. Ni siquiera al despedirnos, cualquier frase que pudiéramos decir fue sustituida por miradas y besos.
No quería despegarme, sin embargo, tenía que hacerlo. Mañana me correspondía ir a clases.
Tras esa reconciliación, él y yo comenzamos a vernos casi todos los días. Me hacía el favor de trasladarme a la universidad en el coche camino a su trabajo. A menudo después de salir, me invitaba a comer en algún lindo restaurant o si no íbamos a nuestros apartamentos y nos turnábamos en preparar el almuerzo. Nos costaba regresar a casa después de eso. Ni él ni yo nos autodenominábamos novio/novia y jamás dije que sí a su propuesta pero ¿estábamos en una relación oficialmente? No estaba segura y tampoco tenía el corazón para preguntarle, lo que menos pretendía era herirlo. Aunque consideraba que sí, pues le dije que usaría la parte de arriba del bikini y la culote cuando mi respuesta era afirmativa. Bueno… hacemos otras cosas que antes ni se nos pasaba. Al salir juntos lo cogía de la mano y a pesar de que no le gustaba, me devolvía el apretón. Y, ejem, igualmente… los abrazos, las caricias y los besos son más frecuentes que nunca. Haciendo de lado nuestras diferentes perspectivas acerca del amor, "funcionábamos bien". Yo era la cursi, la de los gestos tiernos y palabras dulces. Él... cada vez que me rodeaba los hombros me susurraba al oído cosas subidas de tono, ya saben cómo se comporta.
Y especular que debíamos nuestra actual felicidad principalmente a Omi; fue idea suya cien por ciento usar los carteles y quien lo persuadió para ir al programa de televisión. Le había llegado la invitación, pero él no la tomó en cuenta hasta que el muchacho le recomendó que lo hiciera. No fue más que por mí que lo llevó a esa determinación. Con ayuda de los niños armaron ese enorme cartel y luego, Omi les pidió la colaboración al público. Convencidos por su carita tierna e inocente, ellos aceptaron. Tengo curiosidad, ¿qué fuerza sobrenatural lo habrá convencido? La otra vez él no parecía emocionado. Entonces, añadí a mis notas mentales: En la próxima oportunidad que se me presentara le agradecería y de paso se lo inquiriría. A la larga, el momento compareció, recuerdo que era una mañana —nuestro tercer domingo "juntos"—; estaba friendo en el sartén un par de huevos, ya había diseminado el aceite y prendido el fuego. Los volteaba cada treinta segundos. No encendí el estéreo, pero canturreaba ligeramente una balada mientras me mecía. Raimundo me abrazó por detrás y apoyó su frente en mi pelo, inhalando el grato aroma a fresas. Desprevenida, me estremecí mas no luché por liberarme. Sonreí a la estufa. Su mano izquierda sujeta mi abdomen en tanto las puntas de sus dedos rozan mi brazo y se paralizan en la manga, tiró de ella y la bajó descubriendo mi piel, luego depositó un beso. Suspiré.
—Oye Raimundo —mi voz se rompió al pronunciar su nombre, hice una pausa para aclarar mi garganta— ¿no quieres esperar en el comedor? En un ratico voy para allá.
—¿Para qué? Estoy muy cómodo aquí —susurró besándome el cuello. Gemí.
—Yo sé que estás muy cómodo aquí —balbuceé—, pero es que... es difícil concentrarse...
—Uhm, sí es verdad —dijo soltándome—. No puedes concentrarte en cocinar el desayuno conmigo a tu lado. Es obvio que te distraigo. Lo siento, es parte de mi atractivo natural... —puse los ojos en blanco y reí de la ironía, sacando la espátula para recoger los huevos.
—Muy bien señor Atractivo Natural, sin embargo, ¿quién fue el que se declaró primero?
—Fui yo, lo admito. No cargo ningún problema —asintió, alzando los hombros y cogiendo de la cesta una manzana y limpiándola con la chamarra—, pero tú te sentiste atraída por mí que al contrario, te quedaste muy ilusionada la primera vez que me viste ¡reconócelo!
—Sí —confirmé sin perder la sonrisa. Raspé los huevos por debajo y los serví en dos platos distintos—, me llamaste la atención. Si bien, fuiste tú el que me persiguió después de eso.
—Buen punto —replicó tranquilo. El idiota alzó la vista, como escudriñando una respuesta en el aire—, aunque había ocasiones en que ni eras capaz de sostener mi mirada o tocarme te alarmaba que yo estuviera tan cerca, como aquella vez en la fuente.
—Correcto, me acuerdo. No lo voy a negar. Pero tú impulsaste nuestro primer beso —él se echó a reír, dándome la razón. El desayuno está listo: Comeremos huevos, patatas y bacón. A punto de llevarlos a la mesa, Raimundo me cerró el paso. Colocó la manzana en su plato.
—Cierto, ya que ninguno quiere dar su brazo a torcer y esto puede proseguir durante toda la semana ¿estás de acuerdo si lo declaramos un empate?
—¿Lo quieres dejar en tregua porque sabes que estás perdiendo? —acompañé a mi broma una risita tonta. Él puso una mueca, impaciente—. Vale, vale, está bien —dejé el desayuno en el mesón de granito— a final no importa quien conquistó a quien, lo importante es que estamos juntos, ¿verdad?
Nuestros labios están tan adyacentes el uno del otro que casi se tocan. Colgué mis brazos de sus hombros. Él inclinó la cabeza cuarenta y cinco grados, no vaciló al besarme. Sus manos encajaron en mi cintura, protegiéndome con ferocidad. Terminamos de aplastar el reducido espacio que nos separaba y le devolví el beso. Mi corazón estaba vuelto loco, latía bastante deprisa. El calor se expandió por mi cara. Sentí miles de mariposas danzar en mi estómago. Y mis pies más livianos, suspendidos en el aire; es una sensación que siento habitualmente cuando estoy con Raimundo, no obstante, esta vez sí que es literal: Me levanta en vilo entre sus brazos y automáticamente envuelvo sus caderas con mis piernas. Nos movemos. Y mi espalda se da contra la pared. Sé que estamos al lado del teléfono, pues entrando a la cocina está instalado y al estrellarme escuché un ruido. Es probable que se haya descolgado.
Ya no vamos lento, de improviso tenemos prisa. No podemos parar. Sentí su nariz acariciar mi mandíbula, sus labios besarme atrás de la oreja, se desvía hacia el hueco bajo mi cuello y después a la clavícula. No logré reprimir un gemido a tiempo. Mis dedos se enredan en su cabello. Nos fusionamos en otro beso todavía más profundo y frenético, su mano se resbaló al borde de mi camiseta y se escabulló en el interior, mi cuerpo completo se sacudió en una ola de energía nerviosa cuando recorre mi piel desnuda. Intenté bajarme la camiseta, pero estaba enrollada en su brazo. Finalmente su mano llegó a la parte alta de mi espalda y me empuja. Me puse rígida en el instante que sus dedos se engancharon a mi sujetador.
—Rai... —suspiré apartándome.
—¿Sí? —jadeó.
—Rai, por favor, detente. No sigas —le supliqué en un hilo de voz. No quería "quitármelo" de encima y aguardé que él se frenara. Al observar que estaba inmóvil se alejó lo suficiente para mirarme a los ojos. Nuestros alientos se mezclaban al entrar y salir.
—¿Qué ocurre Kim?... Creí que estábamos bien —inquirió, temiendo haber hecho algo que me molestara. Apenas se estabiliza mi respiración, me solté de su agarre.
—No te lo tomes personal, ¿sí? —Le dije abrazándome a mí misma— es que esto es nuevo para mí.
—Bueno, sí. También lo es para mí —ríe temblándole la voz, quizá es por el alivio. La cara me ardía y los pulmones también, me mordí el labio inferior. Hasta que no me volteé, él no lo notó— ¡espera! ¿Te refieres a...? Oh, ooooooh.
—Exacto —él tomó asiento para sopesar la noticia y procesarla, alargó el brazo aferrándose al respaldo. Sus ojos vagan erráticos, lo he sorprendido— ¿estás decepcionado?
—No, confundido, pero ¿no estuviste con la basura de Spicer...?
—Éramos unos niños, Raimundo —disentí, burlándome de la idea. Caminé ofreciéndole la espalda—. Además, lo estaba guardando para un momento muy especial con el hombre que mi corazón escogiera.
—Y yo soy ese hombre, ¿no es cierto? —él se integró, capturó mi muñeca y cogió mi mano entre las suyas—. Bien, tú dirás cuándo crees estar lista y a lo mejor un día… —me recogió un mechón que tapaba mi cara y lo acomodó, me dirigió una sonrisita— si me deseas tanto como yo te deseo a ti podemos estar juntos. Te esperaré.
—Te quiero, Rai —articulé sin emitir un sonido.
—Yo también te quiero —dijo con seguridad.
Tomé sus brazos, manteniéndolos cruzados entre los dos, y apreté mi frente con la de él. Le regalé una sonrisa amplia y parpadeé a manera de asentir. Raimundo sujetó mi cabeza y me dio un último beso en el medio de las cejas; al punto siguiente se retiró, se fue a la cocina a buscar el desayuno y nos sentamos a comer. En fin, reaccionó el doble de mejor que en mis pesadillas. En casi todas me vejaba y rompía conmigo. Lo sé, es vergonzoso y estúpido que mi subconsciente lo representara. Si se supone que me ama, como dice, lo normal es que lo acepte y se resigne a esperar. Si somos novios, estaba en su derecho de saber. Porque tarde o temprano iríamos a este punto y se enteraría. Al menos le retribuyo que no lo destacara en lo vulgar, no porque me incomodase ni que virgen sea un término pavoroso, si no pues que si hacemos un recuento al pasado vemos como esas mujeres darían lo que fuera por un día más de castidad y reservarse al hombre que aman, pero en cambio miramos el presente y es extraño cuando ves a una chica llegar virgen a los dieciocho y me temo que han satanizado la expresión lamentablemente. Raimundo no tiene la mente envenenada por esas cosas, eso creo, parte su manzana en dos mitades y me brinda una mientras me guiñaba un ojo, pícaro.
—Está deliciosa, Kim.
—¡Ah, ¿ya ves?! Te dije que haría un desayuno que ninguna barriga pudiera resistirse.
—¿Cuál barriga? Aquí lo que yo tengo es un abdomen plano y cincelado —no creía que lo haría, pero lo hizo. Se subió la camisa mostrándome su... cof, cof, abdomen y tenía que ser justo cuando estaba comiendo para abrir la bocota mientras mastico media papa. Esquivé la mirada— ¿qué pasa Kim?
—Nada, nada —observé de reojo que se ha vuelto poner la camiseta en su lugar, como que alguien está muy orgulloso de su físico. Está sonriendo pues que dejé que me sonrojara, me aclaré la garganta—. Raimundo, me gustaría hacerte una pregunta.
—Hazla —dijo ensartando con el tenedor un pedazo de papa y metiéndoselo a la boca.
—¿Qué fue lo que más te gusta de mí? —Solté, él me lanzó la típica sonrisa socarrona que sólo saben hacer los chicos que están al corriente de su encanto—. Intuyo que es algo de mi personalidad, porque está claro que para ti mi belleza es simple.
Dicen que los hombres se enamoran por medio de lo que perciben sus ojos. Lo visual es tan vital para ellos como para nosotras el audio. No estoy diciendo que yo soy fea, sin embargo él tiende a preferir a las chicas pechugonas, trasero relleno, cintura avispa y bonito rostro. Y en alusión a la realidad es un hombre guapo, pudo haber escogido a cualquier chica y entre todas se enamoró de mí, lo cual enaltece mi ego, empero me deja con esa incertidumbre ya que hay mujeres lindas. Él arqueó una ceja.
—Jamás dije que eras simple. Tú eres hermosa, ¿acaso lo dudas?
—En absoluto, es que sería lo último que aguardara del chico que dice que soy una tabla de planchar —estalló en una carcajada y yo le miré con reproche, entonces se golpeó el pecho reprimiéndose.
—Me tomas demasiado al pie de la letra, Kim. No te amargues y seamos felices. Está bien, no tendrás un gran busto, pero tienes bonitas curvas y unos ojos muy azules y brillantes que demandan atención, pelo negro con delicioso olor a fresas, una sonrisa dulce, no conozco tu trasero de forma que no sé qué podría decir de él —le pateé la espinilla, dio un respingo y soltó otra risita—. Sin embargo, me enamoré de ti por altruismo ya que supe que si yo no lo haría, nadie más tampoco.
—¡Insensible! ¡eso dolió! —chillé, arrancando y tirándole una hogaza de pan. Raimundo la esquivó—. Ya habla en serio.
—Estoy hablando en serio —entrecerré los ojos y me sonrió travieso—. Vale, te observaba por tu modo de ser. Me gusta tu autosuficiencia, tu agudeza, tu espontaneidad, tu tenacidad y tu inocencia. Eres graciosa e impredecible... Diablos Kimiko eres cruel, me pones a elegir entre una de las cosas que mencioné y no tengo cómo decidirme. ¿Mejor ahora? —inquirió. Asentí con la cabeza vigorosamente, devolviéndole la sonrisa— bien, mi turno de preguntar ¿por qué querías saberlo?
—Curiosidad, no hay otra razón —mi teléfono vibró en la mesa. Son las ocho de la mañana ¿será un compañero de la universidad? Pero hoy es domingo, en todo caso será para alguna actividad este lunes—. Discúlpame —me limpié las manos y atendí la llamada— ¿hola? —se escuchaba un zumbido sordo en el auricular. Alguien me llamó desde la calle, para una auscultación mejor me cubrí el otro oído, ¿y si voy a otro lado? Tal vez es la recepción que estaba mala— ¿sí, bueno? ¿Con quién hablo? Habla Kimiko —nada. Ahora se entrecortaba, me encogí de hombros y colgué, me volví a Raimundo— no sé quién era, ¿habrá sido papá? Por cierto seguí tu indicación y le mandé un poco de mi pastel de ángel, ¡le gustó mucho!
—¡Ah suegrito! ¿ya le dijiste sobre nosotros? —pensó en voz alta guiando su mano hasta la mandíbula y frotándosela.
Uhm sí, él no sabe de mi novio porque una cosa es: Papá, te presento a Raimundo Pedrosa, y otra distinta es decir: Papá, este es mi novio. El lado irónico del asunto es que por primera vez no estoy nerviosa. Pues papá me dio su aprobación para con Raimundo. Obtuvo buena impresión de él y dijo que si algún día lo llevaba como mi novio no se opondría. También simpatizó con mi hermana. Así que por mi familia no hay problemas.
—Todavía no, pero tengo el presentimiento que lo aceptará. Le caíste bien.
—Debería pensar qué regalo debo llevar para nuestra reunión familiar, aunque tal vez ni me moleste. Apuesto que tu papá valoraría más que supiera que te cuido por encima de todo en vez de la etiqueta de vino que trajera para una cena, a final de cuentas los regalos más caros y preciados no son flores, joyas o chocolate, se llaman: Amor, tiempo y vida. Los primeros se oxidan y los segundos nos marcan.
—No sé si tenga que suspirar después de lo que acabas de decir o desilusionarme porque no recibiré nunca de ti flores. Admitiré que no son perennes, empero que lo hagas por el único motivo de hacer feliz a quien amas son instantes que nunca se olvidarán.
—Sí, descontando que ese sentido se mistifica en la actualidad.
—Resumiendo, según tu filosofía las bodas no son más que un contrato de compartición de bienes, los celos son enfermizos e inspiran desconfianza, los regalos están sobrevalorados, el sadomasoquismo no es romántico, los corazones no son lo que aparentan y el "moriría por ti" es una triste y decadente muestra de falta de autoestima —hizo un gesto afirmativo con la cabeza— entonces si no es eso, ¿cómo conquistas a una persona? ¡No lo entiendo! ¿Me enseñarás a ver el mundo como tú lo ves? Estoy segura que tú sabes más del mío que yo del tuyo y eso me frustra.
—Cariño desde que me conociste has estado aprendiendo ¿no te das cuenta? —se levantó recogiendo su plato— te enamoraste de mí a pesar de eso y por favor, no repitas conquistas, parece que hablamos de una parcela de tierra.
Lo perseguí con la mirada hasta que se perdió de vista en la cocina y comenzó a dolerme el cuello. Haciendo memoria, Raimundo no me compró a través de regalos ni colocándose esa facha de héroe trágico. Lo dije antes: fueron sus acciones. Envolví mis manos en torno a la taza humeante de chocolate caliente. El calor me picó los dedos, sin embargo, no la dejé. Le di un sorbo. El líquido espeso descendió por mi garganta, se caló por mi pecho y en seguida mi estómago. Presionaron el timbre de la puerta. Es mi apartamento, me corresponde abrir. Era Clay... solo, aunque cargaba bajo el brazo un hermoso ramo de rosas rojas. Quizá viene para cerciorarse si era verdad que él y yo estábamos juntos y que el plan haya resultado, ya que no se sorprendió de encontrar a Raimundo salir de la cocina tras oír su voz. Esta es la clase de merodeo que no me importuna; si depende de mí gritaría a los cuatro vientos que estoy enamorada de este hombre.
—¡Clay!
—¡Hola Kim! ¡hola Raimundo! —él me echó un brazo sobre los hombros protectoramente, estrechándome contra él—. No imaginaba verte aquí.
—Es que decidí mudarme —bromeó. Clay respondió con una sonrisa, sacudió su cabeza.
—¿Cómo está Keiko?
—Ella está muy bien... les manda sus saludos —agregó.
—¿Necesitas algo? —tercié. Puede ser que me haya equivocado y si vino para consultarme, preferible acerca de Keiko.
—Por el instante nada, eres muy amable por preguntar. ¿Es oficial lo de ustedes?
Clay tenía esa misma sonrisa radiante que yo ostentaba unos cuantos meses antes cuando vi a mis dos mejores amigos felices y enamorados el uno del otro. Estoy familiarizada con la sensación. Para mis adentros me pregunté si lo había supuesto, que dos de las personas que más quería terminarían unidas. Bien que no cuestionó si yo era buena pareja para su amigo.
—Así es —respondió Raimundo adelantándose.
—¡Me contento mucho! Es decir, Keiko y yo nos alegramos saber eso porque si ustedes se quieren y son felices, ¡no hay más nada que agregar! Yo sólo vine a dejar esto —señaló las rosas—: Son para ti.
—¿Para mí? ¡Son muy bellas, gracias! —aclamé recibiéndolas. No me regalaban rosas hace tanto tiempo, el manojo estaba pesado, olían tan exquisito y edulcorado como me acordaba. Ahora la asombrada era yo. Presumí que eran para Kei, como las sostenía y ella es su novia. Raimundo extendió el brazo.
—Oye, Clay...
—Tranquilo compañero —Clay se limitó a alzar las palmas hacia arriba en redención— yo no fui quien las compró, llegaron de la floristería esta mañana a la portería y dijeron que era para Kim. Cumplí mi encargo de entregárselas y aquí tú me ves. Aparte, si le regalaba unas flores a Kim no iba a seleccionar precisamente unas rosas rojas.
Rojas, el color de la pasión y amor. Si no fue Clay ¿quién me las habrá despachado? ¿Papá? No lo creí posible, me hubiera notificado que estuviera atenta a la puerta por si se aparecía el chico con las flores. ¿El Sr. Fung? No; en la fiesta de cumpleaños de Omi, de parte de la familia Young, me confirió el perfume de su madre. A la par queda descartado el Sr. Dashi. Por otra parte, que no los veo capaces de regalarme unas rosas rojas, el mensaje es directo y mi novio no me las iba a dar con él presente, eso y que me rectificó que no creía en ese tipo de cosas. ¿Entonces quién? ¿Quién fue la última vez que...? Todo se esclareció de repente y rodé los ojos. Si Clay fuera el repartidor se las hubiera arrojado de vuelta para que éste se las regresara a su dueño, pero me abstuve. El pobre vaquero no tiene la culpa. Me resguardé en el interior y las boté a la basura. Como es domingo, tocaba sacar la basura. Perfecto.
—Se lo he dicho mil veces y no entiende —mascullé entre dientes— ¿qué quiere que haga? ¿se lo explico en otro idioma? ¿aprendo el lenguaje de señas? ¿o le envío señales de humo? Si él cree que voy a mandarlo todo por el tubo sólo porque me remitió unas bonitas rosas es que apenas me conoce, no quiero tus regalos, no quiero nada...
—Kim, ¿qué pasa? —indagó Raimundo siguiéndome. Clay venía pisándole los talones.
—¡Las flores son de Jack! —escupí desdeñosa. Estaba titiritando... ¡de la rabia!
—¿Estás segura?
—Sí, segura... —asentí intercambiando miradas primero con Raimundo y luego con Clay—. Cuando éramos novios me dio un ramo de rosas parecido a este.
—Kim, esto es terrible —gruñó estrujándose los ojos con dos dedos, al tornar abrirlos son vidriosos y fieros. Noté como se tensó su mandíbula y tronó sus nudillos— ¡justo lo que yo temía! Te está acosando. Debes ir a denunciarlo a la policía hoy sin más rodeos, ese maldito chacal tiene que estar tras las rejas porque si tú no lo haces, personalmente me encargaré de mandarlo a dormir.
—Raimundo no te vayas a meter en líos. Deja que yo lo haga.
—Este, chicos, ¿me he perdido de algo? —preguntó Clay rascándose la cabeza.
De la noche a la mañana me veo solicitando que me instalen un sistema moderno de alarma en el lobby, cancelando mi única tarjeta de crédito, tapiando mi puerta con tres cerraduras y un pestillo, las cortinas cerradas y cambiando mi número de teléfono. La simple idea me da náuseas. Odio llegar a este extremo; pero Raimundo estaba en lo cierto, esto exigía medidas drásticas y desesperadas. Luego de que se fue Clay —pobre vaquero, lo teníamos arrimados por culpa de mi ex. Igualmente se preocupó y se puso de acuerdo con Raimundo— intenté llamar a Guan, pero sonaba la estridente música de la contestadora. Mis propios pies tenían que empujarme hasta a la estación y para más remate, él no podía escoltarme, debía atender a su trabajo y yo el mío, Raimundo se dispuso a la orden por si necesitaba cualquier cosa, lo llamara. A la postre nos separamos cada quien por su lado. Ese domingo me tocaba cuidar a seis bolas de pelos. Estaba de buen humor, no iba a tirarlo por la borda sólo por unas rosas y el infecto aliento de unos perros desbocados. Estas vacaciones decembrinas me sirvieron para aumentar mi conocimiento canino. Me acuerdo que cuando era niña le pedí a mi padre un perro... y al día siguiente me trajo uno de sus empleados. Okey, eso fue un chiste malo. No sé por qué no me complació. El dinero no era inconveniente y nuestra casa era grande, la única opción es que no fuera de su agrado... sí, puede ser, en mitad de una junta en la sala un perro los interrumpe.
Los saqué temprano a pasear. Llegaríamos al final de la calle y regresaríamos, si todavía no atardece nos acercaremos al parque. Mi celular volvió a repicar, es una llamada, registré la canción de The middle estrictamente para las llamadas. Con cautela lo saqué de mi bolsillo trasero con los dedos como si fueran unas pinzas tratando de no atraer la atención, lo apreté contra mi oreja. Era otra vez ese pito intermitente. Esto no me estaba divirtiendo. Corté la llamada. De seguro me arrepentiré más tarde, en una sola mano tenía las correas y el celular. Entonces me topé con algo inesperado. Ahí estaba, sentado en una de las mesitas de la heladería, tamborileando la superficie metálica con sus dedos finos, el pequeño Omi, conté alrededor de cinco vasos de helados (unos parados y otros volteados) vacíos. Tenía la mirada extraviada. Dojo lo contemplaba, embebido en la preocupación. Me senté con ellos.
—¡Hola chicos! ¡Qué maravillosa coincidencia encontrarnos aquí! —sonreí. Me lanzó una mirada de refilón destilada de fastidio, sonrió con suficiencia y continuó con lo que hacía o sea nada, lo ignoré— ¿qué tal están esas vacaciones?
—Regulares —dijo arrastrando las palabras mientras raspaba los restos del helado. Entorné los ojos y el contorno se perfiló con más claridad, tenía un corte grande en la mejilla.
—¿Qué te pasó en la cara?
—Intenté afeitarme y me hubiera salido bien si papá no se habría puesto a pegar gritos. Yo me asusté, no es natural cuando se enfada. No te preocupes, ya me desinfectaron.
—¡¿Que intentaste qué?! —grité escandalizada—. ¡Omi, una rasuradora no es un juguete! ¡Pudo haber sido mucho peor! Tuviste suerte, ¡le debiste haber dado un susto de muerte a tu padre! ¡Espera al menos que te crezcan los bigotes, ¿quieres hacernos ese favor a TODOS?!
—No hace falta, ya le prometí a papá que no lo volvería a hacer hasta que cumpliera los 15.
—¡Gracias al cielo! —suspiré aliviada restregándome la cara con la mano— ¿y qué hacen?
—¿Qué, acaso estás ciega? Gastando dinero del pecado —contestó arrastrando las palabras y sacudiéndome un fajo de billetes. Su voz sonaba peculiarmente ronca— ¿ves esto? Me lo dio Jack a cambio de ayudarlo, pero como ya no quiero tener nada que me relacione con él decidí gastarlo... al principio quería comprar unas revistas para adultos a ver que tienen de interesante y un par de cervezas para brindar con el amigo Dojo, pero soy demasiado genial para eso y... —se aplastó el dorso de la mano a la mejilla para mayor cobertura e intimidad, ¿de quién? Sólo estaba Dojo— porque no me dejarían. Así que... me puse a comer helados.
—Sí, lo noté —asentí olisqueando las copas, sin embargo, no hay ningún hedor extraño—. ¿Qué tenían estos helados? —indagué al azar. Dojo puso una mueca.
—Y de algún modo me puse a pensar aquí sobre la inmortalidad de los ancestros —espetó golpeando la mesa con el puño, zampado o no Omi sigue siendo tajante— y he descubierto que he vivido engañado durante toda mi vida ¿tienes idea de por qué tantos niños se sientan en la primera fila? Yo creía que era para adular a la maestra, creyéndoselas de aplicaditos, y no, era para mirarle el culo cada vez que se agachaba ¡ay! —de bambolearse mucho casi se desmoronaba al suelo, de perillas impulsó su peso hacia adelante manteniendo el equilibrio.
—¡Cuidado, casi te caes...! —dije agarrándolo por los hombros—. No lo sabía, de seguro lo tendré en cuenta más adelante. Omi, pues como no nos hemos visto tan frecuente desde que saliste del colegio, no te he agradecido por lo que hiciste por nosotros. Raimundo me lo ha contado todo y no sé que hubiera sido de nosotros ahora si no fuera por ti. Ahora somos tan felices.
—Lo sé, no hace falta que me lo restriegues en la cara. Obviamente debías perdonarlo y no porque el plan estaba diseñado para que tu orgullo cediera si no que sería una atrocidad que no lo hicieras o fue por esta personalidad aquí presente, ¿crees que te habría permitido que echaras por la borda todo mi esfuerzo? Luego de todo lo que yo me desviví admitiendo que su lugar era estar juntos ¡ni me hubiera importado en lo mínimo que fueras mujer! —al final él añadió una risa amarga sin mirarme. Dojo está evitando a los perros, a juzgar por la baba que le chorrea del hocica deben creerlo un juguete masticable.
—Lo que me gustaría saber es el por qué.
—Creí que a estas alturas estabas en capacidad de contestarte a ti misma esa pregunta, Kim —respondió en tono misterioso sin perder su sonrisa sarcástica, cogió una de las servilletas y comenzó a armar un avioncito—: No soportaba verte tan triste. Eres como de mi familia, una hermana grande. Yo no te di ese perfume por nada... antes perteneció a mi mamá. Papá se lo obsequió para el día de las madres, sin embargo ella nunca terminó por usarlo. Era una lástima dejarlo como adorno sobre la cómoda, por tanto usé mis artimañas para convencerlo de que lo mejor era entregártelo y funcionó —el suspiro le salió corto. Omi jugó planeando con su avión.
—¿Has ido a visitarla estos días? —indagué bajando la voz. El avión se estrelló en picada.
—Sí, ayer. Le compré lirios —su rostro se ensombreció y la tristeza apañó sus ojos. Parecía que volvió a la normalidad—. Creo que viviré el resto de mi vida sufriendo por las mujeres. Es súper patético, no me demoro en llorar por la pérdida de mamá para renunciar a la niñera ¡ni siquiera duraste un año!
—Alto, alto, alto ¿quién habló de renunciar? —le subí la barbilla, obligándolo a mirarme—. Estoy con Raimundo, pero no me he olvidado de ti ¿no estoy aquí contigo en este instante Omi? Venga, hablemos de otra cosa, ¿cuál es tu tema favorito?
—¿Tan rápido quieres que hablemos de mí? —me aparté. Crucé los brazos en la mesa.
—Oye, ¿Megan y tú empiezan hacerse más amigos? Los vi bailar juntos en tu cumpleaños. No lo hacían tan mal —comenté echándome a reír.
—Sí, cómo no —graznó con indiferencia—. Megan y yo no somos amigos exactamente, no obstante, no la odio tanto como solía antes... a diferencia de otras niñas, ella le gusta andar en patineta, juega a los deportes sin detenerse a pensar que llegara sucia a casa y cree que el Shaolin es asombroso, ama las bromas y además de eso, tiene unos bonitos ojos si no es eso ¿qué la hace gremial?
—Genial —corregí.
—Acepto la corrección. El punto es que si las mujeres fueran un pelín parecidas a Megan, las aprendería a tolerar. Lo malo es que si me quedo con ella, Jack sería mi primo político, ¡puaj! ¡Pero nada de lo que se dijo aquí sale! ¡¿ENTENDIDO?! ¡Ninguno de los dos habla o están muertos! —amenazó apuntándonos a Dojo y a mí— ¡y para ustedes igual! —se dirigió a los perros que jadeaban y meneaban las colas, contentos. Él enserió las facciones tirándonos una mirada asesina. De repente, se golpeó la frente con la palma— ¡ay lo olvidé!
—¿El qué?
—Había quedado con comentarte algo importante que vieron Jermaine y Tiny, mas con este lío, el asunto de reconciliación, Raimundo y tú, ¡se me olvidó por completo! Creo que tiene que ver con la información que tuvo eco reciente, la de Raimundo como escritor, y si no me equivoco podría describir al hombre responsable.
—¡¿Puedes hacer eso?! ¡Entonces tienes que venir, Raimundo debe oírlo en persona! —tiré de su mano. Inesperadamente mi celular volvió a vibrar, ¿qué será ahora? El identificador de llamadas no lo reconoce, ¿estará equivocado o es alguien que usa un teléfono de reserva por emergencia? Sentí un nudo en el estómago, pero aun así decidí recibirla—: ¿Sí, diga? ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—Kimiko, ¿te consignaron las flores que pedí? Elegí expresamente las más caras y bellas, sólo para ti, linda —era una voz gélida y aguda, atípica en un hombre: Jack.
—¿Qué no sabes cuándo rendirte? —bramé—. Te lo dije claramente: No vuelvas acercarte a mí. Nunca. Si se te pasó por tu cabeza que ibas a comprarme con unos cuantos regalos no me conocías entonces. No quiero nada tuyo, ¡¿estás escuchando?! Me da asco verte, oírte y hasta leer lo que me escribes. Consíguete una maldita vida y déjame en paz... —no deseaba usar groserías delante de Omi, pero la furia hierve tan poderosa dentro de mí que no puedo refrenarme.
—¡Ah! Música para mis oídos. Me excita cuando te enojas. Pero escúchame con atención, Kim, seré breve, te lo prometo, luego podrás seguir paseando a los costales de pulgas. Por favor, dime si estoy calculando mal, ¿son seis? —me congelé al instante, ¿cómo sabía que estaba paseando a los perros?
—¿Quién te lo...? ¿Cómo lo averiguaste? ¡¿me estás espiando?! ¡¿Dónde estás?! ¡Muéstrate cobarde! —me paré y giré sobre mis talones desesperadamente barriendo con la mirada.
—Es curioso cómo cambian las cosas en un minuto y doce segundos. Ahora ya te intereso.
¿En serio crees que dejaré que todos se enteren que una mujer me plantó así de la nada? No te desharás de mí tan fácilmente, primor, pues aunque no lo quieras, siempre estuve y estaré pendiente de tus pensamientos, de tus actividades, inclusive de tus sueños. Salvo que nunca lo notaste. Te arrepentirás hasta el día al viniste al mundo, miserable perra. No me malentiendas. Quise reanudar las cosas entre nosotros por las buenas, pero insististe por las malas. Atente a las consecuencias... ¡oh! Y una última cosa: ¿Por qué una pijama de abuela? Con todo el dinero del mundo, pudiste elegir uno mejor ¿no crees? —se ríe, hace una pausa y cuelga.
N/A: Cuatro monitos se columpiaban en un árbol, dos monitos se columpiaban en otro árbol y... ¡Oh, ¿ya llegaron hasta acá?! ¿Terminaron? ¡Los esperaba!
¡Final campante del capítulo cuarenta y dos de Quiero ser escritora, malvaviscos asados!Cada vez estamos más cerca del final, ¿no están emocionados? Si mis cálculos son correctos culminaremos en el mes de marzo y será la apertura oficial de Las dos caras del destino. Me siento extraña, siento que estoy a punto de terminar y que todavía me falta. Lo diré cuando lleguemos al capítulo cuarenta y seis.
Cuando ustedes no creían que esta historia no podría ser más perfecta y Raimundo no podía superarse todavía más, les muestro que estaban equivocados y salgo con esto; la declaración en televisión nacional está muy trillada, por eso sólo una disculpa. La idea del cartel pidiendo perdón no era nueva, era parte del plan de Omi para reconciliar a Kim y a Rai, mi duda era si mostrársela a Kim o transmitirlo a señal abierta. A mí me pareció genial, al igual que una amiga a la que quise consultar y lo dejé. De eso estaba refiriéndome cuando dije que la trama se tornaría "novelesca". Ojalá les haya gustado tanto como a mí. El romance se mantiene a flor de piel. Esa escena tuvo mucho fuego, hasta yo todavía tengo calor. Rai y Kim se conocían desde hace tiempo, pero no tenían la intimidad para esto pues no eran novios, pero bueno… quizá ocurre más temprano que tarde. En Contrarreloj, ninguno de los dos era virgen. En Quiero ser escritora, ella lo es y él no lo es. En El rostro de la traición, son apenas adolescentes, pero como tales podría tocarse el tema y la fórmula se cambiará... no será ni la primera ni la segunda.
En fin.
Finalmente el idiota y Kim están juntos y enamorados, son felices, no obstante, su tranquilidad se ve perturbada por la sombra de su ex: Jack. Entonces en tanto él merodee por ahí no podemos cantar victoria, aparte que queda ese cabo suelto quien publicó esa información sobre Rai. La idea del ex acosador no es novedosa pues que en la vida real sucede.
Yo lo dije en mi fic de Contrarreloj, pero lo repetiré aquí para mis nuevos lectores y refrescarle la memoria a los viejos. Para el papel de "fisgón" mis dos opciones eran Chase Young y Jack —Hannibal es un frijol sediento de poder y muy vengativo, es su estereotipo de villano—, por líneas generales el fisgón es un ser asocial, observador y se deja influenciar por sus impulsos sexuales (normalmente tiene una cara de imbécil), creo que nuestro amigo Guan explicó bien la evolución del acosador. Sin embargo, me había inclinado más para Chase para el arquetipo de asesino, además de contar con la destreza y la fuerza física, tiene el intelecto frío para ejercerlo. Si Jack asesina... no es por un golpe o asfixiar, como marca el patrón, sería a balazos. Hay que tener cuidado con eso pero pasaría perfectamente en el papel. Como es la primera vez en muchísimo tiempo que le otorgo un antagonismo principal... no podía quedarse nada más con una cachetada y listo. No creo que deberían sorprenderse ya que en el episodio 27 supimos que fue demandado por acoso y por eso su presencia se sintió muy fuerte a lo largo de estos episodios y Kim repitió constantemente que Jack no la dejaba de fastidiar. Para que el acoso no cayera de sopetón, por eso les digo que todos los detalles menores son importantes. A mí agrada Jack, él es mi quinto personaje favorito, si bien espero que queden conformes por como lo vamos a ver a partir de ahora... esa careta débil y caprichosa se cayó, ahora lo vemos como es realmente.
Fue divertido escribir a Omi en la parte de los helados, me inspiré en el episodio 36 de Duelo Xiaolin, El aprendiz, en la que después de ser rociados todos actúan como unos borrachos. A juro debían escribir de él en este episodio puesto que fue el protagonista de los episodios anteriores a este: Quien soy y quien no soy. ¿A quién engañamos? Este fue un capítulo muy bueno. Háganme saber cuál fue parte favorita, qué se esperan del próximo capítulo, si les surge una duda o lo que sea. Un comentario puede alegrar el día de todos los lectores. No me teman que no muerdo. ¡Me despediré por ahora! ¡Nos vemos malvaviscos asados! ¡Cuídense!
Mensaje para Isabel: Saludos. No, Duelo Xiaolin tuvo ese final inconcluso ya que La Warner se aburrió de la serie, y ya estaban planeando una cuarta temporada, pero el proyecto fue interrumpido. Probablemente en ella se hubiera aclarado muchas de las dudas que surgieron —de hecho, Christy tenía intenciones de hacerlo en la segunda temporada de Xiaolin Chronicles—, es como si nada más me quedara con Quiero ser escritora y quisiera explicar el rollo de Omi en un segundo fic, empero no lo hago y se queda así. En cuanto a lo otro, yo sé que Steven Universe, el Maravilloso Mundo de Gumball y etc., se siguen transmitiendo. Son series originales de Cartoon. Me imagino que podrían seguir sacando nuevas, pero depende si son originales o no. Xiaolin Chronicles no es original de Cartoon y la transmitieron en un horario horrible en plena hora de la mañana (te corrijo, SÍ transmitieron la primera temporada de Xiaolin Chronicles en TODA Latinoamérica una vez y después no la pasaron más nunca, por decirte dos horarios: en Argentina a las 8:30 AM y Venezuela a las 7:00 AM), y la comenzaron a transmitir en el bloque de Héroes hasta que la cancelaron, si no mal recuerdo yo creo que llegaron al capítulo 10, y pasaron otra basura de ellos (para Argentina me dijiste 4:30 PM si no me equivoco, yo sé que aquí en Venezuela las daban a las 3:00 PM). Si bien, en realidad quienes salieron bien de esta fueron los mexicanos y los brasileños (los demás como Venezuela y Argentina, nos jodieron), su horario no tuvo problemas y la transmitían a las 4:00 PM de lunes a jueves. Terminó la serie y no la pasaron más, o tal vez sí pero en madrugada. ¡Qué desgracia!
Como ves, Raimundo y Kim se reconciliaron y se hicieron novios, por lo tanto el plan de nuestro Omi surtió efecto. Aunque no pueden celebrar todavía mientras está Jack. Hannibal es buen sospechoso. Lo averiguaremos en el capítulo que viene. ¡Nos vemos, cuídate mientras tanto y ten un exitoso comienzo de semana, Isabel!
