Quiero ser escritora

44º

Llorando a la distancia

De pronto tuve un sueño. Soñé que estaba extraviada en la oscuridad de un largo y angosto túnel, no sabía cómo llegué hasta allí ni si era una buena idea seguirlo. Me surgieron varias dudas: ¿A dónde me guiará? ¿Qué encontraré al final? ¿Me gustará lo que veré? Yo tenía la opción de irme cuando quisiera, pero mi curiosidad era mayor y fui hacia adelante. Durante el camino empecé a fantasear sobre que me esperaba del otro lado ¿brillará una luz? ¿Algún tesoro? ¿Raimundo? No, sólo una trampilla que conducía a la superficie. Empujé arriba con todas mis fuerzas y asomé la cabeza. Era un lugar parecido al Templo Xiaolin dentro de mi historia, aunque menos grande y no había tantas infraestructuras. Estudié la arquitectura de la Ciudad Perdida, el auténtico Monasterio Shaolin y demás edificios importantes en China para describir al templo. Y vi con mis propios ojos como uno tras otro fueron demolidos y caían apilados iguales a fichas de dominó, el fuego devoraba todo a su paso impidiéndome ayudar y el humo se me metía por los ojos y me picaba. Me cubrí la boca y la nariz y apreté los párpados. Retrocedí resguardándome, estaba llorando descontroladamente y tratando de espantar la humedad fue cuando la vi: su largo cabello aguamarina, su armadura oscura, sus fríos ojos de serpiente, su piel se veía más refulgente bajo la sombra de la luna. Sombra.

Y desperté, una voz ronca con unos matices reposados me trajo de vuelta, Raimundo. Sólo veía el interior rojo de mis párpados; a pesar de que estaba semiconsciente mantuve los ojos cerrados hasta grabar en la memoria el último detalle de la imagen. Luego entreabrí la boca y exhalé hondo, mezcla de monotonía y suspiro. La barbilla encima del hombro y pegado a mi frente un mechón de cabello mojado en el sudor. Puaj, moví la cabeza echándola atrás y estiré las extremidades, justo en eso, salté ante un bamboleo furioso y me golpeé. Debimos rebotar contra un bache. ¡Auch!

—Disculpa que haya interrumpido tu sueño, princesa, estamos a punto de llegar —explicó Raimundo mirándome por el rabillo del ojo.

—Está bien, no hay problema —jadeé arrastrando las palabras y haciendo un ademán. Sentí una punzada de dolor en el cráneo, iba a sobarme, cuando se me escapó un largo bostezo y preferí cubrir mi boca— ¿dónde dejé mi bolso?

Separé las piernas, no estaba debajo y tampoco lo aplastaba mi cuerpo. El único lugar en el cual podría estar es ¡ah, en el asiento de atrás! ¡Sí! Alargué el brazo y lo puse en mi regazo, metí la mano y saqué el espejo compacto. En el reflejo hay una chica. Es pelinegra como yo y tiene la cara delgada y mis mismos ojos azules a excepción de que nunca poseería el pelo electrificado o achicharrado ni mi piel es pastosa ni la pintura del pintalabios me chorrearía por la comisura de los labios. No, esta chica no puede ser yo. Me quedé hipnotizada durante unos segundos. Fruncí el entrecejo y me mordí el labio inferior. Ella me imitó. Quise soltar un gemido como lo haría un animalito herido, pero todo lo que salió fue un gruñido. Ínterin mi novio giró el cuello hacia a mí y apoyó el codo en su silla.

—¿Qué pasa, nena?

—Yo... —me costó expulsarlo, inflé las mejillas y lo escupí—: estoy horrible. No me mires mientras me arreglo.

—Ahora me confundiste, ¿quién es horrible? ¿Tú? Tú nunca podrás ser horrible; si eres una de las criaturas más entrañables que he conocido, admiro tu candor. Si lo que te preocupa es el maquillaje déjame decirte que existen mujeres que necesitan maquillarse para verse bien, pero tú estás bien de las dos maneras, lo digo en serio: maquillada o al natural. Que nadie ni siquiera tú te diga lo contrario.

—¡Ay, Rai, es lo más tierno que me han dicho! —me lancé directo a sus brazos, la colisión lo empujó unos centímetros y le besé la mejilla ciento de veces porque no pude llegar a sus labios— gracias. Pero si no te molesta me arreglaré, no creo que a tu familia le agrade si me ve toda despeinada.

—Ellos ni se fijará en eso —dijo Raimundo meneando la cabeza inmutable—. Te adorarán, ya verás.

Se supone que él los conoce el doble mejor que yo, sin embargo, no me importa. Comencé por sacarme las cejas con una pinza. Verifiqué que contaba con todos los elementos. Luego apliqué un rubor sobre mis pómulos devolviéndolos a la vida, limpié las manchas brillantes con polvo. Tras echarme sombra de ojos, agarré el delineador y me pasé la punta por el filo de las pestañas. Ahora mi mirada era más penetrante. Y por último, mis labios, ¡artistry al rescate! Me las apañé como pude en cuanto al cabello con una pequeña peineta y laca TIGI, agité el producto y supe que tenía que comprar pronto. Bueno, esto es nada más temporal. Me sentí renovada y el hecho de saber que no lucía como vagabunda me dio un empujón.

Estábamos cruzando la frontera del pueblo. Casi parecía de ficción, las casitas salpicadas en la acera están construidas del mismo material con algunas remodelaciones y sin variar en el tamaño o la forma. El flujo masivo de personas atestaba las calles apedreadas. No hay otros vehículos además de nosotros, con razón no huele a humo de tubos de escape. Era la clase de comunidad que podías recorrer de un punto a otro en cuarenta y cinco minutos y todos saben el nombre de todos porque en algún instante sus padres, abuelos, bisabuelos y demás ascendientes jugaron de niños; reconocerían identificar un turista, aun más si provenía de la ciudad, con dar una ojeada. Raimundo no perdió el tiempo entreteniéndose con el panorama —habrá pasado dieciocho años de su vida haciendo eso—. Bien entonces, ¿cuál de todas es su casa? A juzgar por el número de personas, imaginaba que era enorme. Sin embargo, no nos detenemos en ninguna. El viento soplaba adentro del auto revoloteándonos por encima. Nos redirigimos cuesta abajo hasta la playa. A unos cien metros de distancia a nivel del mar se yergue una tarima con escaleras sobre la cual está una preciosa casita de tejado inclinado con asoleadero y un muelle. La velocidad a la que vamos empieza a disminuir y Raimundo pisó el freno.

—¿Y dejaste esto para venirte a la ciudad? ¡Si es tan bonito!

—Sí, es verdad. Pero esta es tan solo la fachada, todavía te hace falta entrar —dijo como si no fuera la gran cosa mientras se desabrochaba su cinturón de seguridad—. Vamos, que mi familia está esperando para avergonzarme.

Él se bajó primero. Yo lo seguí de cerca torpemente, azoté la puerta intentando que no fuera ni demasiado duro ni demasiado blando. Tenía mis piernas agarrotadas, en consecuencia al sedentarismo ¿es posible cansarse de no hacer nada? Uf, sentí un cosquilleo subirme por las pantorrillas. Tragué una bocanada de aire, estaba cálido, húmedo y fragante. Vi moverse el protuberante follaje de las palmeras, debía ser una ráfaga que pasó. El cielo estaba dividido en franjas, una gruesa azul índigo que iba atenuándose poco a poco hasta que la interrumpe una doble línea blanca y la difuminaba un trasfondo violeta. Las aguas lamían las costas de arena ondulada. Giré sobre mis talones. Raimundo sostenía una videocámara con los dedos índices y pulgares.

—¿Raimundo, qué estás haciendo? —pregunté agachando las cejas.

—¡Ignora a la cámara! —respondió entre risas—. Sigue en lo tuyo, princesa.

—¿Por qué? ¡Dime! —pedí, picada por la curiosidad, me puse de su lado en dos zancadas, pero él lo apagó y bajó los brazos.

—¡Oh no, arruinaste la toma! Tendré que reiniciar todo de nuevo, bueno, ya que... —repuso esbozando una sonrisa a medias, resignándose—; cómo vamos a estar aquí un largo tiempo pensé que a lo mejor habría más de un momento que quisiéramos revivir más adelante y decidí llevar la cámara para grabarlos todos, los quemaré en un CD en la computadora y te lo daré. De este modo estos recuerdos perdurarán y no tendremos la excusa de olvidarlos.

—¡Mi amor, qué idea maravillosa! Así podré verte cada vez que te extrañe cuando quiera y en donde sea —exclamé contentísima echando los brazos en torno a su cuello y besándolo. Sus labios me proporcionan calor, se mete debajo de mi piel y cala en mis huesos. Rompí el beso, su mano se quedó colgando en mi cintura.

—Sí, de eso hablaba —dijo sin resuello, solté una risita y apunta con el dedo el lugar en el que estaba anteriormente— ponte ahí. Comenzaremos otra vez.

Pero no comenzamos otra vez puesto que la cámara quedó suspendida en el aire. Raimundo no es de los tipos que vacilan y sé por qué. Justo en ese momento el motivo estaba llegando a nosotros: Eran dos chicos, estipulo que entre las edades de doce y catorce, no aparentaban ser mayores. Hermanos de Raimundo. No obstante, si estaban aquí significaba... mi mirada se deslizó hasta arriba en la casa, se suman más personas; son el resto de la familia Pedrosa. Todas sus caras están iluminadas. Los sentimientos encontrados en sus ojos pasan rápido de la exaltación al amor. No sé de dónde sacó que su regreso los perturbaría. Desde mi punto de vista se mueren por tocarlo y comprobar que no es una alucinación. Ahora sus miedos le debían parecer absurdos. Sus pies vuelan y se reúne con ellos, se tuerce y los abraza.

—¡Sophie! ¡Marlon! ¡Qué alegría verlos! ¡Vaya, sí que crecieron! La última vez tenía que arrodillarme para hablarles.

—¡Raimundo!

—Sabíamos...

—...Que eras...

—...¡Tú! Pero nadie nos hizo caso...

—...Así que salimos a ver y ¡estábamos en lo cierto!

—Ah, muy mal hecho que hayan desconfiado de ustedes —gorjeó, se paró—. Discúlpenme que los abandone, chicos, tengo que ir a saludar los de por allá.

Los hermanos terminan de recibir a Raimundo con calurosos y extensos abrazos. La alegría estaba vivamente impresa en sus movimientos y rostros. Uno, dos, tres... ¡seis! Me devané los sesos buscando asociar los nombres con las fotos. Raimundo me los repitió varias veces para que no los olvidara, aunque pude adivinar quién faltaba: Sagrario o si no estaría con su silla de ruedas. La saliva cierra mi garganta y tosí un poco. A la postre, los padres adoptivos de Raimundo. Puede que no sean consanguíneos pero compartían algunos rasgos en común y eso los hacía cubrir las apariencias. Los dos eran de mediana edad, tez aceitunada y ojos obscuros. La mandíbula de su madre era cuadrada, hombros anchos y su nariz era bastante grande para su cara salvo que la melena negra le suavizaba los rasgos. Su figura parecía tan ligera. El padre tiene el pelo gris y se ha peinado igual que su hijo, es posible que resulte guapo para mujeres de su edad, me pregunté si habrá sido tan jactancioso como Raimundo cuando era más joven: se dejó la barba, su cara es larga y gran parte de la piel le colgaba de la barbilla. El hombre tomó a su hijo del brazo y lo haló de un tirón, invitaron a su madre y se unieron en un tierno abrazo para empaparse de la esencia del otro. Acordaron separarse, ella tenía la cara colorada y los efluvios lagrimales manaban de sus enormes ojos. Lloraba, pero no de la tristeza si no de la alegría. A él no le importa y besó su frente, fuera de soltar la mano de su padre. La vi mover los labios mientras tanto sujetaba su cabeza y acariciaba sus pómulos. Estaba muy lejos para escuchar.

—Raimundo... ¿quién es ella? —inquirió su pequeña hermana abriendo mucho los ojos. Yo estaba tan absorbida por el momento que me olvidé de mí y que continuaba allí parada, mi rostro se contrae en una mueca de desorientación y señalé mi pecho, ¿te refieres a mí? Mi novio se asió a la barandilla y me indicó subir los escalones. Me armé de valor y lo hice.

—¡Oh sí claro! Papá, mamá y familia entera me gustaría presentarles a mi novia: Kimiko, y Kim —apoyó la mano en mi hombro izquierdo—, ellos son mis padres: Elías y Julie.

—¡Me da mucho gusto conocerlos! —quise sonreírles, pero el mohín se me quedó pegado a la laringe. Así que asentí sin más. Las emociones bullían en mi estómago.

Creí que sería estúpido preguntar cómo estaban, lo siguiente en las normas de cortesía; pues acababan de ver a su hijo después de cuatro años. Nomás me quedé con la sensación de que debía añadir algo. La madre de Raimundo me escaneó de hito en hito con la mirada. Si los padres se preocupan con quién anda de novia su hija; lo mismo debe acaecer con las madres y sus hijos consentidos, querrán asegurarse de que sea una buena mujer. La diferencia está en que nosotras tenemos un sexto sentido para averiguarlo. ¡Uhm! Ahora tengo la inquietud si me comportaré de esa forma cuando tenga mis propios hijos. Súbitamente, sus facciones se suavizaron y sus labios finos curvan una sonrisa, dio un paso para alcanzar mi mano. El apretón fue fuerte y a la vez irradiaba confianza, lo que me inspiró tranquilidad. Su esposo extendió el brazo y sacudió mi mano dos veces, un poco cauteloso.

—A nosotros también. Bienvenida cariño.

—¡Raimundo no nos había dicho que tenía novia, como apenas habla de sí mismo! —chilló uno de sus hermanos más grandes.

—Quería darles una sorpresa —respondió encogiéndose de hombros—. Tampoco es que no sabían nada en absoluto, les mandé un mensaje diciendo que llevaría conmigo alguien muy especial y obedeciendo al dicho, a buen entendedor pocas palabras.

El muchacho le sacó la lengua, pero se reprimió de inmediato porque su madre le envió una senda mirada de reprobación. En orden de mayor a menor, sus hermanos se aproximaron a saludar, entusiastas, y me colmaron de nombres. Todos proceden muy amables, supuse que no podían reducir las ansias de descubrir quién era la chica que flechó a su hermano. Luego nos ayudaron a desempacar, a pesar que Raimundo les insistió que podríamos encargarnos solos, pero ellos estaban determinados, ya que querían hacer algo por nosotros. Entramos. Me previno de dos peldaños que había en el vestíbulo antes de la sala. Era una pieza ancha. Las paredes eran de un color blanco desvaído y el alto techo de vigas. Del flanco derecho el muro fue remplazado por un ventanal francés. En el fondo noté unas macizas escaleras y al lado fulguraba un par de puertas de cristal (la entrada trasera). El aire estaba impregnado de un jugoso aroma a cordero asado. Llegamos a tiempo para cenar. Descartando la habitación para huéspedes, la residencia disponía cuatro dormitorios debido a que el ático no les servía y les convenía mejor otro cuarto; aunque Raimundo y yo éramos novios no estaba bien que descansáramos en el mismo lugar, por tanto él iría con Liam y yo dormiría con las gemelas.

En cuanto concluimos de apear el equipaje, los hermanos acapararon su atención. Querían hablar con él y mostrarles no sé qué cosas, lo jalaban a distintas direcciones, apartándolo de mí. Sabía que esto iba a pasar y no puse objeciones, bien que yo había tenido mucho más de Raimundo en una semana que ellos en cuatro años. Alguna treta se inventará para dividirse y estar con todos en conjunto. En el intervalo que estuve sola comencé a sacar mis efectos personales del maletín y a organizarme, como eso no cubrió ni siquiera una hora o llamaron a la cena salí a explorar la casa, cuidando la discreción. Me ayudaría a desplazarme y saber donde se hospedaría Raimundo y en qué parte quedaba el baño. Seguía sin hallar un oficio y me metí a husmear en las cosas de mi novio, arreglándolas como las mías (¿sí? No estaba haciendo algo malo). Era una recámara cuadrangular y espacio cerrado. Entre las dos camas había una ventana, me asomé a ver: Ahí estaban mitad de los Pedrosa, Sophie se encaramó en un neumático viejo atado a una cuerda que colgaba de las traviesas entretanto Raimundo la empujaba y a su vez hacía de caballito a Marlon y hablaba con Liam. Héctor se arrojó al piso a comer frutas, fue quien me encontró y me hizo una seña, los demás lo emularon. Me desconcierta cuando la hermanita de Raimundo le susurró algo a su oreja. Yo les devolví el gesto y me alejé a hacer lo que ya les dije. Me demoré con la ropa porque quería inhalar la fragancia de Raimundo: Olía a detergente y algo tupido, claramente masculino. Contemplé que guardó tres novelas, ¿literatura nocturna? Los ojeé de refilón. El primero era Lolita, ¿en serio? ¿sexo? Resoplé. Con escasa diferencia lo estaba terminando. El segundo: El amante de Lady Chatterley. Más sexo. Y el tercero: Seda. Puse los ojos en blanco. Alguien da unos golpecitos al marco de la puerta. Es Raimundo.

—¡Me escapé! —anunció— perdona que te haya dejado sola, princesa, tenía que atender a la familia —caminó hasta mí y tocó mi hombro, me lo sacudí.

—¡¿Es que no tienes otros libros que no sean puro erotismo?! —las palabras brotan de mis labios solas y le sacudí los tres libros frente la nariz. Él retrocedió.

—Claro que sí —dijo disimulando una risita, él sacó del bolsillo de su pantalón una versión diminuta de la biblia. Fruncí los labios.

—¡No es gracioso! —gruñí cruzando los brazos.

—No te enfades conmigo, ¿está bien, linda? —replicó Raimundo calma, envolviéndome en sus brazos anestesiando mi ira. Su aliento se resbala por mi cuello y un relámpago de fuego vadeó a través de mis muslos y ascendió hasta mi espalda—: Ése no es el único que tengo, en mi apartamento hay una biblioteca repleta de varios géneros. Fantasía, romance, acción, misterio, terror, humor. Si lo deseas puedes venir cuando quieras y leemos todos —culminó en tono seductor y mordiendo despacio el lóbulo de mí oreja. ¡Ay, dios mío! Nada más este hombre puede convertir cualquier cosa en un fetiche con su toque, incluso un desayuno—. Te iba a decir que... mi hermano sale a estudiar por la noche así que voy a tener este cuarto para mí solo, entonces puedes esperar hasta que mis hermanas se duerman y venirte… ¿qué dices?

Mi respuesta era muy obvia, pero no llegó a salir. Oímos las pisadas de alguien acercarse y él me suelta. Se rascó la cabeza solapadamente. Era la madre de Raimundo.

—¡Disculpen la interrupción! Quería saber si se les ofrecía algo.

—No gracias —contesté. La pregunta fue hecha en plural, empero los tres sabíamos que iba dirigida para mía.

—¡De acuerdo! —ella medio se volvió y a los segundos cambió de idea— ¡eh, Kimiko! Me preguntaba si querrías ayudarme a alistar la cena.

—¡Sí, por supuesto! ¿Amor, podrás estar bien unos minutos sin mí?

—Creo que sobreviviré —dijo en un tono melodramático. Me eché a reír adelantándome a besar su mejilla.

Sería una desfachatez si me rehusaba, sin embargo, quería sentirme productiva. No importa si desaprovechaba estos momentos a solas con Raimundo, nos veríamos luego en la noche. La Sra. Pedrosa me pidió encargarme de servir en los platos, indicándome lo que iba en uno para repetirlo cuatro veces y llevarlos al comedor. Fue una experiencia encantadora, ella me enseñó, de buena gana, unos tips útiles cómo preparar estofado y sopa de verduras. Me dejé llevar por un pensamiento que de repente cruzó por mi cabeza: Que ella me daría la receta perfecta para cocinar el platillo que le gustaba a Raimundo cuando era un niño.

—¿Cómo fue que se conocieron? —me preguntó. Estaba llenando un vaso con té de limón.

—Somos vecinos, me trasladé hace meses al apartamento adjunto al de Raimundo. Estaba en plena mudanza cuando tropezamos en la entrada y a partir de ahí empezamos a vernos.

—¿Tú sola? ¡Si te ves muy joven!

No necesito que me recuerden de mi aspecto infantil. Mi estatura graciosa y pequeña no me hace resaltar. Lo ha dicho como un cumplido, pero de ser así ¿por qué siento un vacío en el pecho? Enderecé los hombros.

—En realidad soy más mayor de lo que luzco —respondí en seco, las palabras se atropellan entre ellas mismas en el proceso. Ya es tarde para rectificar algo. Por lo que vi, ella no se lo tomó mal.

—Entiendo, ¿y se hicieron novios de inmediato?

—No —hice una pausa. No iba a contarle la larga historia que atravesamos Raimundo y yo antes de decidir estar juntos; o bueno, quizás sí, algún día menos ajetreado— es complicado por un lado, oficialmente llevamos saliendo un corto tiempo que no supera dos meses, pero los sentimientos ya estaban allí establecidos antes de darnos cuenta. No fue de golpe si no que vino transcurriendo palmo a palmo.

—¡Qué bueno! Mi nene siempre se ha apoderado de una actitud madura —"el nene", apreté fuerte la mandíbula para evitar reírme y que pareciera una burla. Con excepción de eso no indagó más, no sé si fue porque era la hora de comer o no quería ser impertinente.

Raimundo procuró agarrar el asiento junto a mí cuando nos sentamos a cenar. Su madre se excusó en nombre de Sagrario que no se sentaría con nosotros a cenar debido que se acostó temprano producto de una jaqueca, yo capté por el rabillo del ojo como la respiración de mi novio se hacía áspera y le cogí la mano por debajo. Intercambiamos breves miradas furtivas de complicidad. Estaba agradecido. Pese que ella es la hermana más querida por Raimundo o posea una personalidad simpática, ni me esforcé en apaciguar una expresión de asco, pues que por su culpa mi novio ha sufrido un montón. Fue una desgracia lo que le sucedió, pero él no lo planeó ¿por qué tienes que desquitarte? Odio todo lo que le haga daño. ¿Saben qué? Sospecho que eso fue un pretexto para no verlo ¡pobre mi Rai! Acto seguido, nos pusimos a rezar. Ahí va otro motivo para prendarme de esta familia: Su humildad. A reglón seguido, fui una de las que se quedó a lavar a los platos. Raimundo quiso acompañarme, pero no lo permitieron. Hoy sería tratado especialmente, no lo dijeron así, pero fue lo que deduje.

¡Menos mal no olvidé mi cepillo de dientes!

Fuimos a la cama alrededor de las diez en punto. Las gemelas parloteaban contentísimas de su regreso. Ningún miembro en la familia encomiaba tanto las virtudes de Raimundo como ellas. Me comentaron de la vez en que las ayudó a perder su miedo al agua o los divertidos juegos que improvisaban cuando llovía, son las características de un buen padre... ¡hermano quise decir! Aguardé a que sus respiraciones se acompasaran y estuvieran sumergidas en un sueño de piedra para irme a hurtadillas a su cuarto. Tal como dijo estaba solo... y dormido... ¡se durmió sin mí! ¡No puedo creerlo! Me acerqué en silencio, los flequillos me caen sobre la cara y me los metí detrás de las orejas para que no estorbaran en tanto me doblaba. Ahora que lo pensaba detenidamente nunca lo había visto dormir. Estaba tumbado de lado, aunque la cabeza la tenía de frente y el brazo izquierdo descansado al extremo opuesto. Se veía tan diferente. Entones él volvió inesperadamente la cabeza y me robó un beso.

—¡Raimundo! —chillé separándome y tocando mis labios. ¡Fingió dormirse para esto!

—¡Chissss! Baja la voz, despertarás a toda la familia —musitó—. Hasta que al fin viniste...

—¡Tú sabes que no me lo hubiera perdido por nada! —dije tumbándome de cara con él, las comisuras de sus labios se elevaron en una sonrisa—. ¡Oye! Se me pasó por alto ¿pero todo está bien entre Sophie y tú? La vi susurrarte en el oído...

—¿Te fijaste, eh? —enarcó una ceja—. Me estaba contando un secreto.

—¿Quieres decirme? Te prometo que no se lo diré a nadie —agregué.

—Bueno, debería, te concierne. De acuerdo te lo confesaré. Ella me dijo que eres tan bonita que parecías una muñeca.

—¡Oh! ¡Qué dulce! Si me lo hubiera contado, le habría agradecido.

—Ella es tímida. No te preocupes —me consoló guiñándome un ojo. Le rocé con las puntas de los dedos la mejilla.

Duramos dos horas murmurando (no hubo necesidad de hablar en voz baja con anterioridad porque ambos vivíamos independientes en nuestros respectivos apartamentos), besándonos y acariciándonos ¿debería incluir mis risas también? A bocajarro cuando tenía la ocasión en frente Raimundo aprovechaba susurrar contra mi piel picardías que más de una vez provocó que apretara los muslos y la blusa se me adhiriera a la caja torácica por la onda de calor que me invadió de la nada. Creo que el corazón se me fue por un tubo y ahora estaba botando de la felicidad en mi vagina... maldito idiota... era incómodo convivir con muchas personas, procurando de no armar una algazara y no retumbar bastante la cama para que no vinieran a reclamarnos y me descubrieran. A la larga nos caímos dormidos. Y soñé otra vez, pero éste fue más bien una reminiscencia. Estábamos Kei y yo en él franqueando la Quinta Avenida y cargábamos un arsenal de compras, por el conjunto que usaba todavía vivía con mi papá, pero no podía ser porque había unas inconsistencias en el sueño: Jamás hemos ido a Nueva York, hablábamos de Clay y Raimundo (nuestros novios) y precisamente alardeaba de una sortija que Raimundo me compró en Tiffany's CO. y que estábamos planeando la boda para Junio. Aunque no ocurrió en verdad, me pareció bonito. Ella se mostró muy dichosa por mí y me invitó a celebrarlo con champagne.

Me sirvió haber dormido en la mañana, pues desperté esta madrugada y me fugué reptando en puntitas hasta meterme en la cama que me prestaron, muy cordiales, los Pedrosa. Dormí dos horas más. Al punto que cuando desperté por segunda vez, las gemelas estaban fuera de sus camas. Agarré y tiré lejos la esquina de la sábana. Me levanté. En toda la casa había dos baños y sólo en una hay una tina. Primero fui a lavarme la cara y los dientes, en seguida me puse a hacer gárgaras con enjuague bucal y escupir mientras me recogía el pelo en una cola. Tomé un baño rápido y me cambié de ropa allí mismo. Sin abusar, sabía que estaba alojada en territorio ajeno. Me sentía cohibida para permitirme tranquilidad como podría hacerlo en mi apartamento o en el de Kei o el de mi novio. A final de cuentas bajé a desayunar. ¡Uhm! Qué delicioso que te preparen y te tenga lista la comida, ¿qué tenemos para hoy? Empujé la puerta, pero me quedé afuera: Discutían dos personas.

—... ¿eso es todo? ¿La vela del pastel me explotó en la cara a los nueve? ¿No hay algo más que recuerdes? No señor, yo no creo que eso haya sido todo, ¿sabes? —reconocí la voz de Raimundo forzar una risita sin euforia—. Por favor, mamá, esto es muy importante: Se trata de que tu hijo pueda dormir tranquilo, cualquier cosa que recuerdes dímela. Ustedes son los únicos que pueden ayudarme a cerrar esa etapa y siga adelante.

—Yo ya te expliqué, hijo —replicó ella impaciente, interrumpiéndolo— ¿qué más quieres?

Desde mi posición sólo tenía una vista de Raimundo alborotarse el cabello, cansinamente, y la sombra de su mamá en la pared hacer una bola con un trapo de cocina y deshacerla varias veces.

—La sala ardiendo, ¿te dice algo?

—¿Cómo? No te entiendo...

—Perdóname madre por ponerme desacuerdo contigo pero yo sospecho que sí entiendes. A veces en las noches sueño con que esta casa —alargó los brazos— se quema y una voz me llama, repite mi nombre, es una lástima que nunca termino el sueño y abro los ojos. Pienso que mi subconsciente quiere decirme algo.

—Los sueños son simplemente sueños, Raimundo. No te afanes —gimoteó con la voz rota y sorbiéndose los mocos—. Déjalo así, no quiero que sufras.

—¡¿Qué no sufra?! Entonces auxíliame —él tomó su mano entre las suyas. La Sra. Pedrosa se desenreda y se masajea la frente hasta el límite del dolor.

—Por favor, vete.

—Bien —asintió Raimundo condesciendo y retrocediendo un paso. ¡Me parte el alma verlo así! Quisiera rodearlo con mis brazos— veo que no me puedes ayudar. No hay problemas. Consultaré a papá, tal vez él sí me diga lo que busco.

¡Viene hacia acá! ¡Oh no! Me mordí el labio de la frustración, a hurtadillas traté que no me viera y deslizarme a la habitación contigua, pero él me pilló de espaldas y boquiabierto dijo mi nombre. Di un respingo y me volví a paso de tortuga. Le dediqué una sonrisita suficiente y me froté la nuca. Al cabo, surgió la cabeza de la madre de Raimundo por la puerta.

—¡Oh, cielito! ¿Estabas allí? Disculpa, te sirvo tu plato.

Raimundo la observó desaparecerse por arriba del hombro. No me acusó ni me preguntó. Y yo tampoco le rendí justificaciones. ¿Por qué nunca él me había dicho que tenía pesadillas? Estaría mintiendo si afirmara que sé lo que es padecer de amnesia mas es injusto que acepte una carga tan pesada solo. Podría brindarle consuelo. Sopesando la situación lo más posible es que no haya sabido cómo abordarlo o no quiera que sufra, es sorprendente y humillante a la vez ¡y tan dulce... a su modo! Si bien, no me anima. Me consumen unas ganas de tocarlo y decirle que puede contar conmigo para lo que sea. No lo juzgaría. Le iba a prometer que juntos hallaríamos una solución. Pero temía que le estaría insinuando lo que escuché y se ofenda porque a nadie, incluyéndome, les gusta que oigan sus conversaciones privadas. Me senté a comer. Raimundo tomó asiento de la misma forma, y apoyó los codos en la mesa.

—Buen provecho.

—¡Gracias! —sonreí en pos de tragar. Bebí un poco de agua fría.

—Kimi, ¿te gustaría un tour a la redonda del pueblo? Visitaríamos los sitios turísticos y así gastaríamos el rollo de mi cámara.

—¡Suena genial! Dame unos minutos que termine de comer...

Menos mal que me notificó con antelación que iríamos a tomarnos fotos también y no a dar una vuelta nada más. De este modo decidiré qué prendas quiero que se ostenten en el vídeo; el peinado, el maquillaje y los accesorios que mejor me resaltan. Los zapatos casi siempre los recortan, sin embargo, no por eso elegiré unos cualquiera. Me envestí con una minifalda vaquera y una camiseta Miu Miu que me costó 75 dólares. Un sacrificio que valió la pena. En relación a los zapatos, ¡tacones! ¡Mi amor a primera vista! Yo no quiero que Raimundo se ponga celoso y por consiguiente, no lo diré en voz alta para que no escuche, pues aunque él represente el amor de mi vida, el de la vista lo ocupan primero mis zapatos. Si leen bien no quieren decir lo mismo. Pobre hombre ignorante, cuando algún día comprenda lo que es capaz de hacer una mujer por comprarle unos tacones nuevos a su closet, él estaría día tras día con una caja en mi puerta para mantenerme muy feliz. Escogí unos que compré en unas rebajas en Zara, hasta ahora me han sido leales, versátiles (me han sacado de aprietos varias veces) y cómodos. Estaba en plena sesión de maquillaje, o sea, andaba descalzada, cuando cacé al idiota filmándome en la puerta. Salí a tapar con la palma de mi mano el espejo de la cámara en tanto le cerraba de un portazo en la nariz. Aun detrás de la tabla de madera oía su carcajada estremecer el pasillo. Solté un bufido; no es la única especialidad que poseían mis tacones en hacerme parecer más alta si no que es un arma de seducción —además de servir de defensa—, debieron ver como se le hacía la boca agua a Raimundo. Sus ojos vagaban de arriba hacia abajo, y viceversa, por mis piernas desnudas. Para mis adentros me moría de la risa. Me vi obligada a morderme el interior de las mejillas. Pasé a su lado y salí antes.

—¡Apresurémonos, después se oscurecerá!

Nos montamos en su coche. Raimundo giró la llave, calentando el motor. Bueno Kim, hay una cosa que puedes hacer entonces...

—Ayer soñé que destruían al templo Xiaolin y distinguí a una chica que no integraba parte de mi colección de personajes —me llevé dos dedos al mentón, en estado pensativo—. He estado pensando acerca de cuál será mi próximo proyecto, no quisiera que mi carrera como autora se terminara de golpe (siento que fue muy corta) y opino que puedo dar mucho más, ¡que ahora es que sobra el tiempo y las ideas están fluyendo en mi cerebro! ¿Me entiendes? ¿Tú crees que ese sueño sea una señal?

—Si deseas escribir una secuela, hazlo. Si deseas escribir otra novela, hazlo. Sabes que soy tu fan número uno y mi opinión siempre será parcializada —contestó.

—¡De acuerdo! —aplaudí—. Comenzaré a anotar las ideas y al llegar a la computadora voy a escribirlas, quizá no nos veamos en un tiempo...

—¡¿Pero qué dices, Kim?! —Raimundo puso los ojos desorbitados, preso del pánico, y me eché a reír— ¡eso sí que no!

—Relájate, fue un chiste. Una hora sin ti es apenas soportable, ¿cómo será veinticuatro de ellas? —enlacé mis dedos con los de él—. Oye gracias por apoyarme, si tú necesitas alguna vez desahogarte, puedes hacerlo. No es por alardear, pero soy muy buena oyendo sueños.

—Te lo agradezco —rió, se aclaró la garganta—, pero te aseguro que no lo preciso. Desde que compartimos la cama sólo tengo lindos sueños, en especial en los que estás conmigo… —¿era un sutil rechazo a mi propuesta porque descubrió mis intenciones o era un coqueteo? Si es el segundo caso, caí redondita, y añade al otro segundo— haciendo cosas que implica mucho movimiento.

—¡Basta! —clamé empujándolo. Me dirigí a la ventanilla para que no me viera sonrojada. Nunca me había abochornado tanto en mi vida. Él se destornilla de la risa y arranca.

Raimundo me demostró la ubicación de cada uno de los parajes culturales en el pueblo. Ya no había forma de perderme aquí. Partiendo desde el teatro y dejando de último el lugar que se supone es mi favorito: la biblioteca pública. Igualmente me llevó a sitios de interés tales vale mencionar: la farmacia, el mercado, el mini banco, la estación, entre otros. Útiles para emergencias. Mi novio me fotografiaba en el anverso de las edificaciones. Asimismo quería conservar unas de él y le pedí intercambiar lugares para guardar unas suyas. Para tomarnos algunas y que apareciéramos juntos les pedimos a las personas que circulaban por allí cerca el favor y todas accedieron con agrado. ¡Esta gente es encantadora en verdad! De camino al auto, acto continuo de tomarnos una foto en el anticuario, Raimundo examinaba el rollo de las fotografías.

—¿Todavía queda? —inquirí.

—No, nos lo agotamos todo… —este pueblo goza un abanico de locales hermosos, pero sin caber a dudas su principal atracción era la playa, lo que nos faltaba.

—Estoy considerando repetir el examen de conducir para que me den mi licencia y no sé por qué tengo el indicio que aprobaré ¡mente positiva! Así que quería preguntarte que auto me aconsejarías adquirir, ¡no uno muy veloz, por favor!

—Bueno... —comenzó. El celular de uno de los dos sonó. Verifiqué si era el mío, no lo era, es el de Raimundo— es mi hermano, necesitan de mi ayuda...

—Adelante, ve con ellos. Yo regresaré a la casa.

—¿Seguro que estarás bien sin mí, princesa? —indagó agachando la cabeza. Yo asentí.

Cerré mis ojos. Sabía perfectamente lo que seguía a continuación. Sus labios se encontraron con los míos. Le devolví el beso. Llevé mi mano hasta su pecho poniéndome a contraer y a alisar los pliegues de su camisa. A diferencia de otros besos, éste fue lento y dulce, noté que me quedé con ganas de más puesto que él se echó hacia atrás y me fui irremediablemente adelante. Discerní que esa fue su idea inicial. Me entregó la cámara, estaría más segura en mis manos. Él tomó su camino y yo el mío. No di muchas vueltas ni me distraje con nada. Fui directo al hogar de los Pedrosa. La madre de Raimundo me escuchó llegar, se manifestó de inmediato.

—¿Ya llegaron?

—Solo yo, Raimundo se fue a hacer no sé qué cosa con sus hermanos. Lo llamaron.

—¡Oh bien, mejor así! Ven querida, hay alguien que desea conocerte.

¿Ah sí? ¿Quién? Es la primera vez que estaba en este pueblo. Nadie que conozca vive aquí. Me tragué mi propia curiosidad por no sonar impertinente. La perseguí detrás y me encauzó a una puerta entreabierta. Era otra alcoba —aunque en mejores condiciones en comparación a la de Raimundo y en la que yo estaba, y me refiero a bien amueblada y espacio abierto—, me indicó que entrara sin pena. Casi me tiraba adentro. ¡No es posible y tal vez no me crean ustedes! En silla de ruedas desplazándose hasta mí: La famosa Sagrario en persona. Estaba en shock como para decir algo. Su tez no es del mismo tono marrón oscuro de su hermano que a mí me gusta, pero es de un tenue bronceado bonito; su nariz es demasiado larguirucha para su rostro con forma rectangular, heredado obviamente de su madre; su mandíbula era cuadrada y sus labios son gruesos —a pesar de que esos rasgos no la favorecían, era bella—, registré en ella las orejas separadas y la mirada suspicaz características de su hermano. No ha perdido el tiempo, tiene varios pasatiempos: Como pintarse las uñas y navegar en la red. Tiene un escritorio con una pequeña laptop encima.

—Muchas gracias, madre. Puedes dejarnos a solas —dijo.

—No te tardes mucho, cielo. Recuerda que tenemos que salir.

—Seré breve —aseguró. La Sra. Pedrosa se retiró y cerró la puerta tras de sí. Sagrario me estudió con la mirada—. Tenía que verlo por mí misma para darme cuenta —musitó entre dientes, vislumbré que charlaba consigo misma. Viéndole el lado positivo, no tuve que romper el hielo— ¿tenías ideas de que eres la primera novia que Raimundo no me presenta? —la pregunta es retórica, aun así me aturde y fruncí el ceño—. Antes de llevarla con nuestros padres me daba el lujo de conocerla primero, le importaba un rábano lo que opinaba de ella y a mí dos que él no se interesara. Ojalá no te ofendas con lo que voy a decir pero eres bastante remota de lo que yo esperaba que fuera la siguiente novia de mi hermano.

—A mí también me cayó de sorpresa —hablé con la voz contenida cruzándome de brazos bajo el pecho. Anteriormente no hubiera tolerado su falta de tacto, mas luego de conocer a su hermano ya es distinto—, sin embargo, así sucedieron las cosas.

—Nunca me atreví a creer que Raimundo haya emprendido regresar a su pueblo, al menos no por su voluntad. De veras me desconcertaron.

—Si estás sugiriendo que interferí, te equivocas —gruñí a la defensiva—. Él fue quien tuvo la idea, yo no quería dejarlo solo y decidí acompañarlo.

—¿En serio? —Preguntó arqueando las cejas—. Perdón, es que la valentía de mi hermano logra impresionarme de nuevo. Es uno de los pocos atributos que nos diferencia, tal vez yo nunca o hubiera vacilado más en tomar esa determinación de ir a verlo. Éramos muy unidos y de repente, comenzó a actuar extraño, discrepamos y él se fue sin decirle nada a nadie —ella empujó la silla redirigiéndose a la computadora.

—¡Él tenía sus motivos! —Protesté irritada, mi voz sonaba tan aguda entonces que daba la impresión que me quebraría en cualquier momento—. Estaba desecho porque su hermana, a la que quería con todo el corazón, lo repudió. ¡¿A ti te parece que esto es un simple viaje de placer o qué rayos?! ¡No! Le ha costado enormemente volver a reconstruir su vida y admitir los hechos que ahora cuando quiere voltear la página y descubrir la verdad, ¡se la niegan!...

—¡Alto, alto, alto! —y explotó la olla de presión que ejercía contra mi cabeza esta mañana. Estaba desquitando mi rabia con ella que era demasiado tarde para detenerme, hasta que me interrumpió— ¿qué verdad? ¡¿De qué hablas?!

—¡Tú debes de saberlo bien: Su terror al fuego! Algo lo traumatizó tanto que su cerebro lo bloqueó y ya no puede recordar, pero como eso no es suficiente vive atormentado por ti...

—Querida niña, yo JAMÁS odiaría a Raimundo, trato de no decirlo frente a los otros pues que no soportaría herir sus sentimientos, y sin embargo, él ha sido mi hermano más amado. Todavía transcurrieron cuatro años y es como si acabara de suceder justo ayer, todo... todo el sufrimiento que le hice a Raimundo es algo de lo que yo nunca me perdonaré.

—¿Lo aceptas? ¿Qué Raimundo no tuvo nada que ver con el... accidente? —tartamudeé, la pasmada era yo. Me quedé mirándola.

—¿El accidente? ¿te refieres a esto? —giró cuarenta y cinco grados al este la silla de ruedas mostrándome sus piernas—, esto no lo hizo Raimundo. Me lo hice yo.

—Lo sé, pero Raimundo se siente culpable. Me sé esa historia. El auto era suyo y te prestó las llaves sin revisar los frenos, se salieron de control y tú perdiste movilidad en las piernas.

—Escucha con atención: No sé qué disparate te contaron. Nomás ninguna maneja la misma versión, a mí...

—¡Ah, ¿quién es ese hombre?! —aulló escandalizada la Sra. Pedrosa quien estaba parada al lado de la puerta.

Me di la vuelta, verificándolo.

Una figura sospechosa nos acechaba desde la ventana.


N/A: ¡Nuevo capítulo de Quiero ser escritora, malvaviscos asados! Cada vez más cerca del final. ¡Ay no, señores, no quiero que se termine la historia de Raimundo y Kimiko! Me he encariñado demasiado con ellos para ponerme a escribir el fin... ¡NO! Odiarán tener que admitirlo, señores, pero seguimos en la historia ya que el conflicto de Jack y el de Sagrario no han llegado a una solución y hasta que no se aclare ambos asuntos ni Raimundo ni Kimiko tendrán su final feliz, porque una novela se desarrolla a base de conflictos y angustias, nunca de intermedios felices, así que agradézcanle a Sagrario y a Jack de que todavía nos queden historias para ver más de Raimundo y Kimiko como novios. Estos días estaba leyendo el sumario, me dio muchísima nostalgia, no obstante, me dieron ganas de leerme a mí misma... ¡¿no puedo fingir que soy una de ustedes y ponerme a comentar y a leer?! ¡¿Puedo?! ¡¿Puedo?! ¡¿Puedo?! ¡¿Puedo?!

No puedes Alice. Si tú no eres la escritora, nadie actualiza, nadie escribe y por ende, no hay final.

Ya, ¡¿y no puedo hacer las dos tareas al mismo tiempo?! ¡¿Puedo?! ¿Puedo? ¿Puedo?

No puedes desarrollar tendencias de doble personalidad, Alice. Tus padres lo verán, te encerrarán en un hospital psiquiátrico y entonces nadie actualiza, nadie escribe y seguimos sin final.

¡¿Y uno de mis lectores no puede hacerse pasar por mí?! ¿Puede? ¡¿Puede?! ¿Puede?

Eso sería muy extraño, aparte de que está prohibido que vuelvas locos a los demás.

Ah... bueno, me resigno, seguiré siendo la escritora y ustedes los lectores. Estoy triste, señores, porque ya no voy a continuar escribiendo Quiero ser escritora. Se termina. Y estoy taaaaaaaaaan sensible que me he puesto a llorar mientras escribía estas pinches notas de autor.

Ya Alice, ni que fuera tu primera historia ni te fueras a despedir para siempre...

¿Y eso qué? Yo soy muy sensible. Por eso voy a escribir Las dos caras del destino para que esta vaina no se acabe por ahora... no serán Raimundo y Kimiko (aunque estarán de secundarios), pero Omi y Megan harán un buen trabajo. Todos aquí amamos a la bola de queso. Y Megan es simpática.

Denle quince minutos para que respire.

30 minutos después

Me calmé, me calmé. Ya me calmé… bueno, casi me calmé. Ya tengo un pañuelo a mí lado. Actualmente me encuentro escribiendo Las dos caras del destino, el capítulo uno está listo y quedó, como diría el panda Po: ¡BÁRBARO! Me encantaría mostrarles el sumario pero lo guardaré en el epílogo de esta historia (que es muy corto además) cuando esté diciéndoles sobre mi próximo proyecto (como hacen casi todos en los libros, al final aparece la secuela y una frasecilla). ¡Uf! Si ustedes no son de los que temen vivir emociones intensas cada minuto; adoran el romance, el drama, la acción y el suspenso, los giros inesperados, los triángulos amorosos —¡como que Omi dijo que no se enamoraría nunca más! ¡Ajá! Mira que las vacas vuelan— y disponen a la mano una bombona de oxígeno, ¡querido amigo esta es tu novela! No me hago responsable de los ataques cardíacos que sufran en el transcurso de su lectura. También no lo hago inmediatamente pues que necesito tiempo para pensar y cuadrar unas cosas, estudiar otras y atar ideas sueltas, la mayoría se me ocurren sobre la marcha que escribo la historia, ¡una buena novela no se hace así a la mamarrachada! Quiero que ustedes lean lo mejor.

*Suspiro* Bueno...

Vamos a explicar algunas cosas que sucedieron mientras escribía este capítulo. La idea de Raimundo de usar la cámara fue una de las primeras que diseñé para esta historia, pensé en usarla para la fiesta de cumpleaños de Omi y no encajaba ya que en su momento estaba narrada como un capítulo de la historia de Omi y formaba parte de la historia de amor de los protagonistas. Luego quise usarla en aquella celebración entre ellos por haber culminado Kim su primer libro, pero no quedaba bien. Entonces decidí que fuera aquí. Es importante porque es uno de los lineamientos de Raimundo según su visión del amor. La familia Pedrosa es OC completamente, lo que a muchos fans nos hubiera gustado conocer procuré que ella no los conociera en tanto escribiera su historia y así tuviera la excusa porque no aparecieron en Duelo Xiaolin. Ya verán el motivo por el cual me tomé tantas molestias para que el pueblo tuviera una playa. Yo ya les expliqué que yo hacía todo por una razón detrás.

Las escenas de Kim y Raimundo en la cama y recorriendo el pueblo, aparte de que me sirvieron excusa para gastar el rollo de la cámara, fue para mantener vivo el romance. De seguro ustedes más que nunca querrán verlos en su faceta de novios. Disculpen que no haya sacado mucho al padre de Raimundo, pero me parece que en Duelo Xiaolin se habla mucho de la cercanía entre padre e hijo/a (entiéndase: Toshiro y Kimiko y Papá Bailey y Clay), también la relación puede ser entre mamá e hijo/a. Por suerte no tuve problemas en dirigir la conversación (y presentar) a Sagrario con Kimiko y abordar el tema del fuego y el accidente hasta llegar al misterioso intruso, ¿quién será? Soy toda ojos a sus hipótesis en sus comentarios. El próximo capítulo es uno de mis favoritos ya que contiene de todo un poco y dos de las mejores escenas de este fic, por favor, por favor, no se lo pierdan: Ámame a tu manera, este martes sólo por FanFiction. Ustedes conocen cuál es la fórmula: Envíenme un comentario y díganme lo que piensan, su parte favorita y qué esperan ver en la continuación. Saben que siempre les responderé. Desde ya les doy las gracias y si han llegado hasta aquí es un verdadero honor. ¡Nos vemos en la próxima semana! ¡Cuídense, malvaviscos asados, se les quiere y se les respeta! ;)


Mensaje para Isabel: ¡Holis! Gracias. Sí, Jack en su rol de acosador da miedo. Todos los acosadores a decir verdad, lo importante es enfrentarlos. Brasil y México tiene una sintonía diferente a la de Latinoamérica. Sé cuál es esa página y también que tienen hasta el capítulo 9, una vez me metí ahí y no me cargaron los capítulos. Seguimos con los actores de carne y hueso, es buena opción para Tomoko (le faltaría teñirse el pelo) aunque no sé porque me viene a la mente Ariel Lin, es una actriz taiwanesa con pelo naranja igualito a Tomoko. No importa que está un poco pasadita ya que Tomoko en mi opinión es una mujer hecha y derecha con unos añitos más, cuando Kim la llamó a su cumpleaños ya era una adulta haciendo memoria. Ping Pong habría que abrir otro casting, los niños que conozco no compaginan bien. Y Toshiro, pues el único que sé es Yuuji Okumoto, se parece un pelín al Toshiro de Chronicles mas no al de Showdown. Bueno, una vez más un millón de gracias por leer, comentar y tu mensaje de buenos deseo. ¡Igual para ti, ten una hermosa semana!