Quiero ser escritora
45º
Ámame a tu manera
La figura misteriosa se apartó fuera de la ventana. Kim salió a perseguirlo sin un plan. Pero el sujeto había escapado y no dejó rastros donde podría estar. Temía arriesgarse en seguir la búsqueda a ciegas y romperse un tacón. Los zapatos que tenían puestos no eran para correr ni tampoco costaban baratos y perdió un par recientemente. La única prueba de que estuvo ahí era una huella húmeda de la palma de su mano en el vidrio. Podría ser que escuchó toda la conversación y no se dieron cuenta que las merodeaba. Ella sintió una presión acumulada en el pecho y tuvo un mal presentimiento, ¿quién sería? Las personas que hacen las cosas a escondidas no son por algo bueno. La chica regresó al cuarto de Sagrario con menos ganas de las que salió. La madre se puso al lado de su hija, quizá instinto de protección.
—¿Y?
—Nadie, sea quien sea se alarmó por el grito y huyó. A lo mejor no vuelve —contestó Kim, resoplando.
—Lo siento, —se disculpó la Sra. Pedrosa cubriéndose la cara con ambas manos, su hija la agarró del brazo—. Entré para decirle a Sagrario que debíamos irnos y me asusté cuando lo vi...
—Descuida, mamá, no fue tu culpa —la consoló—. Al menos se fue, escuchaste lo que dijo Kim. Vámonos.
—¡Oye! ¿Y qué pasó con lo que ibas a terminar de decirme? —la detuvo Kim marcando un paso hacia adelante. Evitó, delante de su madre, aludir a Raimundo o las palabras "fuego" o "accidente". Recordaba la acritud con que se refirió al tema.
—Será después en otro momento —repuso ella. Kim vio asomarse la sombra de una sonrisa en sus labios antes de enderezarse.
Julie empujó la silla de ruedas de Sagrario afuera del cuarto. Un hervidero de pensamientos se guisaba dentro de su cabeza: Una familia comportándose raro, un desconocido rondando y la hermana es la única que parece dispuesta hablar. Kim esperaba encontrarse a una joven deprimida o resentida con un desprecio por la vida, recapitulando las palabras que utilizó su novio para describirla. Pero Sagrario estaba de lejos actuar como una de esas dos chicas, de lo contrario hubiera rechazado ir al exterior. Desconoció la historia en que se accidentó y su expresión azorada no parecía falsa, en serio se extrañó cuando le contó que Raimundo tenía miedo al fuego; si no era eso entonces era una excelente actriz. No estaba segura realmente, empero alguien mentía y sólo una de las dos versiones era la correcta. ¿Será que intentaba marearla con toda esta verborrea? Kim pensó en que estaba haciendo Sagrario en el instante exacto que declaró amar a su hermano, la miraba a los ojos y añadió arrepentirse de herirlo. Era de necesidad que Raimundo lo supiera, no por teléfono, cara a cara ¡no podría ponerse a la defensiva porque quería ayudarlo! ¿Para qué le pidió que lo acompañara?... ¿O mejor esperaba a que Sagrario se lo acabara de contar? ¡De no ser que la señora las interrumpió ya lo sabría!
Sin embargo, había otra cosa de la que mortificarse: El tipo en la ventana. Visiblemente era un hombre. De pronto sus músculos estaban bastante tensos para estremecerse sobrecogida: Jack… ¿en su locura dejó lo que estaba haciendo y la acosó hasta aquí? No requería mucha ciencia, era probable, pudo haber comprado un auto usado y espiarla estacionado en frente, averiguó que se iban de la ciudad y la siguió. Según su mente retorcida, ella era un juguete con el que podía satisfacer su apetito sexual y dominar para sobrevivir. Era una corazonada, pero Kim decidió confirmarla y llamó al celular de Guan. La primera vez sonó ocupado. En la segunda, atendió.
—Guan —del otro lado del teléfono se escuchó una voz adusta.
—¡Hola Guan! Soy yo, Kimiko —se presentó mientras enroscaba un mechón de pelo en su dedo.
—Ah, hola Kim —saluda, cambiando ligeramente el tono a uno más amable—. Imagino que no llamas para saludarme, quieres tener noticias sobre tu ex.
—¡Eso no es verdad! —replicó Kim, medio indignada y medio avergonzada, por lo que las palabras a continuación suenan entrecortadas y temblorosas—: claro que quiero saber cómo estás... y si tienen información nueva sobre Jack.
—Sí, por supuesto —se ríe. La risa de Guan era apenas perceptible, como si algo le doliera, más que nada se escuchaba el aire que entraba y salía de su boca—. Aquí en la oficina nos han puesto a sudar la gota gorda sobresaturándonos de trabajo, ¡uf! Estoy agotado pero no derrotado —Kim creyó haber pescado a Guan mientras organizaba el papeleo, debido a que auscultó el crujido de las hojas. Él se ensalivó la punta del dedo y saltó las páginas—. De Spicer no tengo nada bueno. Aun continúa fugitivo. Parece que lo borraron del mapa, ni los sirvientes ni los padres ni nadie tiene idea de donde está, mi experiencia me dice que lo protegen. Los empleados se sacrifican por su patrón y la familia no quiere que él sufra. Sospecho que estará asilado en un refugio o deambulando cerca. ¿Dónde estás?
—Bueno, con exactitud no lo sé, pero aproximadamente como a unos 140 kilómetros de la ciudad —respondió despacio, pensando en las palabras adecuadas que iba a decir mientras se asomaba por el ventanal.
—¿Estás fuera de la ciudad? —Kim apenas entreabrió los labios para contestar cuando el delegado volvió a hablar— ¿y te fuiste sola?
—No, claro que no, Raimundo quiso llevarme a presentarme a sus padres.
—Bien, mantenlos ahí contigo y me avisas cualquier cosa. Ahora tengo que colgar... ¡ah, y algo más, Kimiko! Ten cuidado —en la última palabra su voz salió espesa, casi con rasgos metálicos. Un tono de ultratumba. Guan cortó la llamada primero que ella.
La policía estaba tan extraviada como ella. Por el momento, la posición actual de Jack era inalcanzable para ambos. Iba a ser complicado, sin embargo, todo lo que quedaba pendiente a partir de entonces era esperar las novedades. Kim pasó el resto de la mañana haciendo los deberes de la universidad en la computadora de la sala. Aunque había hermanos que tenían sus laptops particulares, Kim no quiso pedir prestada ninguna por no incomodar. Sus manos estaban sobre el teclado, pero su mente de vez en cuando se trasladaba a otros lugares: Con Jack y Sagrario. Sophie, la más pequeña de la familia, miraba a Kim escribir y restregarse la frente a menudo; al inicio no la había visto debido a que estaba enturbiada por una marea de zozobras pero luego de que sus ojos captaron su reflejo en la pantalla, se volvió.
—¡Hola! —saludó, deslizándose una sonrisa sincera en su rostro— ¿quieres algo?
—Yo solo... —tartamudeó.
—¿Sí, cariño?
—Yo solo... quería saber... si te gustaría que te... hiciera un peinado.
—¿Un peinado? ¡Sí, seguro! —afirmó. La niña le devolvió la sonrisa, finalmente.
Tras seguirla y entrar a su cuartico y ver a las muñecas sentadas en las repisas, peinadas con elaboradas trenzas, supo que estaba en buenas manos. Al cabo de una hora, Raimundo y sus hermanos regresaron. Caminaba detrás de Liam y Héctor quienes se pusieron a pelear entre ellos a modo de juguetear, por tanto fue el último y tuvo que cerrar la puerta. Hacia él venía corriendo Sophie, la alzó del suelo cargándola en sus brazos y la arrimó contra su hombro.
—¡Upa! Hola, ¡vaya, estabas aguardando que llegara! ¿Oye, donde está mi beso? —lo besó fugazmente en la mejilla.
—Le hice un peinado a Kim, tienes que verla —el hombre no tuvo que ir muy lejos, cuando levantó la mirada sus ojos verdes se concentraron automáticamente en el pelo de su novia. Su cabeza estaba recargada suavemente con mechones negros que descendían en cascadas por ambos lados de la cara y por atrás, rizándose hacia adentro; las puntas curvadas tocaban sus hombros. La pequeña dio unos golpecitos en el pecho a su hermano— ¡ahora te gustará más que antes, ¿cierto?! Quédate con ella, es muy linda; por favor, no la cambies ¿lo harás? —Kim pocas veces había visto a Raimundo sonrojarse, el color oscuro de su piel hacía que resultara más difícil distinguir el rubor. Pero al apartar la mirada es como si le avergonzara.
—Bueno... —Raimundo fingió tomarse su tiempo para pensarlo y clavó la vista en el techo durante unos instantes, como si la respuesta aparecería por obra de magia en el aire. Luego se volvió a Sophie— ¡está bien! Me quedaré con ella.
—¡Eh, bravo! ¡Bravo! —él soltó una risita musical al igual que la chica. Se agachó, la puso en el piso y la besó justo por encima de las cejas.
—Ahora vete a jugar. Tengo unas cosas que hablar con ella —la niña asintió obediente y se fue corriendo, dando traspiés. Raimundo se acercó hasta la chica, inclinándose a su rostro— espero no te hayas aburrido aquí sin mi presencia.
—No mucho, tu hermanita me mantuvo ocupada. Necesito hablar contigo.
—Bien, vámonos a mi cuarto.
Raimundo abrió la puerta y permitió que Kim pasara primero. Ella se tendió en su cama, en tanto él la cerraba para mayor privacidad, y tomaba asiento en frente de ella, en el borde de la litera de su hermano. Comenzó por narrarle desde su regreso hasta que contactó a Guan. No quería atormentar más a su novio de lo que ya estaba, pero no podía ocultarle un secreto de tal magnitud. En adición, su madre también lo había visto y era capaz de comentarlo en el almuerzo. Supuso que sería peor si se enterara delante de todos como un imbécil más. El único dato que excluyó fue su presunción acerca de la actitud a la defensiva de su madre, pues tendría que respaldar su teoría y sacaría la conclusión de que escuchó su conversación esta mañana con ella. Kim intentó evitar confrontar a un miembro de la familia. El aludido puso toda su atención en sus palabras, escuchándola de brazos cruzados y sin interceptarla. Cuando mencionó a Sagrario, él tan solo frunció los labios. Compungido, pero no dijo nada ni ningún gesto lo traicionó. Del resto su actividad corporal se conservó relajada.
—¿No te parece raro? —le preguntó Kim clausurando, en relación a la información reciente que acabó averiguando.
—Sí que lo es —afirmó bajando el tono—. La verdad es que gran parte de lo que sé fueron fragmentos retransmitidos por Hannibal y mis padres, apenas recuerdo el accidente (obvio, no estaba allí y ya la habían trasladado), pero sí guardo algunas memorias del hospital y la observaba en una camilla inconsciente. Yo tenía la cabeza de lado. Casi no hablamos, de lo que estoy seguro es que Sagrario nunca salió de su cuarto y con razón, llevaba seis o cinco meses cuando me embarqué a la ciudad. Mis padres y hermanos, inclusive Hannibal, decían que ella preguntaba demasiado por mí. Sólo que éste se lanzaba directo al grano entre tanto mi familia me contaba de su tratamiento y qué necesitaba. Es un juego de niños manipular y mentir a los otros para un sujeto abyecto como Hannibal pudo haberlo hecho con Sagrario y conmigo igualmente, ¿por qué no? Pero claro no hay que desviarnos, no obligatoriamente porque lo diga significa que así lo sienta, es decir, no podría admitir que me detesta y como buena hermana, es normal que se eche la culpa ni tú tampoco debes censurarla por ello. Ya que según entiendo, creo que procediste con hostilidad y todo lo que buscaba era conocerte.
—¡Ah! —jadeó virulenta, frunciendo el entrecejo— ¡si todo lo que yo hacía era abogar por ti, ¿ahora me regañas?!
—Lo sé, nena. Es que no me gustaría que salgas perjudicada al involucrarte en mis asuntos —explicó compasivo, como si estuviera consolando a una chiquilla, moviéndose de lugar, a unos centímetros de Kim—. Mira que te has ganado una buena reputación aquí, Sophie está loca por ti y los demás opinan que eres una chica dulce y gentil, ¿tú no quieres arruinar esa imagen? —inquirió con la voz ronca, tirándole el pelo fuera del hombro— están alegres por nosotros.
—Tal vez no Sagrario, tu hermana favorita y a la que tanto amparas.
—Sólo platicaron dos minutos y ni siquiera era para hablar de ustedes mismas. Además eso es lo que tú piensas, no ha salido de su boca ¿o sí? —le estampó un beso corto en sus labios y le sonríe—. Sé sincera. —Él la empujó hacia su boca otra vez y en esta ocasión el beso se prolongó, aguardó paciente su respuesta hasta que ella cedió y se lo devolvió, es ahí cuando acuerdan separarse—. Se me ocurre una idea, puesto que no pudimos terminar el recorrido a tiempo ¿qué tal si lo hacemos esta noche? Nadie nos molestará.
—¡¿Un escape romántico a la playa antes de medianoche?! ¡Me encantaría! —sonrió Kim, abrazándolo.
—Está decidido. ¡Oh! Y no te preocupes por tu ex desquiciado, mientras yo esté aquí él no te tocará ni un cabello. Te lo prometo.
Sagrario y su madre regresaron en la tarde, trajeron más suplementos para el almuerzo y la cena. Raimundo rondó varias veces el pasillo del dormitorio de su hermana; luego de tantos años no se había mudado de cuarto, en consecuencia del incidente, sus padres arreglaron en que durmiera sola y las gemelas que anteriormente estaban instaladas allí, se pasaron al otro cuarto con Sophie. A punto de golpear la puerta cambiaba de idea, retrocedía y se retiraba. Qué conveniente resultó para Sagrario que tenía pautada una cita con su fisioterapeuta ese día, le proporcionaba una perfecta excusa para no estar obligada a comer junto a sus deudos y esquivar a Raimundo. Ellos lo tomaron como algo normal. En contraste, él pensó que tal vez tuvo que influir en aquello. Posterior a la hora del almuerzo familiar, sus hermanos lo invitaron a un partido amistoso de futbol playero en el patio trasero de su casa, pues estaban ansiosos por descubrir si sus habilidades en ese deporte se mantenían intactas aun después de convertirse en un chico de ciudad. Raimundo se quitó su chaqueta y se la tiró a su novia, como por lo general hacen los cantantes en un concierto y, para mayor ventaja, también sus zapatos. Jugaron en dos equipos de tres (las gemelas se incorporaron entusiasmadas). Kim y Sophie se limitaron a observar y animarlos, si bien si las cosas se salían de control Sophie interfería como árbitro, un papel que se encargaba casi siempre Sagrario por cierto. Kim se dio cuenta que todos en esa familia estaba unida por el futbol. Lo adoraban sin excepciones. Un caso similar era cuando ella, su hermana y su padre se ponían a jugar esos videojuegos de realidad virtual.
Al final del ocaso, el equipo de Raimundo fue elegido ganador por cuatro goles sobre dos. Y dos fueron productos de Raimundo. Su premio, naturalmente, fueron dos besos de Kim. Luego de una rápida ducha los aguardaba la cena y de postre un delicioso flan, ¡menos mal! El partido los dejó hambrientos. No sobró nada. Pese de las aventuras que se dieron durante la productiva jornada, Raimundo tenía ganas de estar a solas unos momentos con su novia y no desistió de su oferta. En seguida que Sophie y Marlon se fueron a dormir en cuanto Kim les acabó de contar uno de sus famosos cuentos —oh sí, todos supieron de las aspiraciones literarias de Kim. Era parte de su plan de conocerla—. Avisaron que irían a dar una vuelta por la playa porque Kim se moría por verla, pero no señalaron a qué hora exacta retornarían y, como no apremiaron, tampoco la pareja especificó. Sin embargo, ¿qué tanta imaginación se necesita para adivinar que se traían entre manos? Un hombre y una mujer en una playa, de noche, es el ambiente más propicio para el romance. Montaron en su auto y salieron. No la recorrieron de punta a punta, sólo un kilómetro y medio para estacionar y proseguir a pie. Las estrellas y la media luna habían resurgido y ahora, sus débiles rayos de luz tocaban el agua del mar que se tornó en un color medianoche. Las olas se rompían en las suaves ondas de arena. Aunque Raimundo no descapotó el vehículo, el cielo se veía estupendamente. Los dos se quedaron a contemplar el paisaje adentro. Esta era la playa que él le contó en aquella oportunidad cuando conversaron del matrimonio y, donde pasado algunos años, se casarían.
—Es hermoso —suspiró Kim, sonriente. Volteó la cabeza: Raimundo estaba recostado con la cabeza hacia atrás, en una posición relajada— tengo una duda y deseo que me la aclares —Kim miró abajo con brusquedad, coloreándole las mejillas— ¿cuántas novias has tenido?
—¿Fue por lo que dijo Sophie? —preguntó enarcando una ceja.
—No, tu otra hermana: Sagrario.
—¡Ah! —tosió, rascándose la cabeza disimuladamente—. Entonces, ¿cuántas novias tuve? —repite él ahincándose en "tuve", lo que quería decir que el número de chicas no es igual a con cuántas mantuvo intimidad—. Ocho.
—¡¿Ocho?! Son muchas —exclamó, sonó más alarmada de lo que quería: como una mezcla de preocupación y asombro. De repente la invadió un miedo terrible, ¿y si no lograba llenar sus expectativas? ¿Qué esperará? Adrede, interrumpió el hilo de sus ideas, acariciándola.
—Sí, pero ya saben lo que dicen —repuso con solvencia, encogiéndose de hombros— si no es a la octava, la novena va a la vencida. No te preocupes mi princesa, tú no tienes nada que envidiarles: No me interesan, a quien yo amo es a ti —dijo, fue suficiente para convencerla. Se abrió camino una sonrisa muy amplia en sus labios rosados, ella se arrimó más. Hubo un pequeño intermedio antes de la siguiente conversación— dime, ¿estás cómoda con todo?
—¡Bastante! Tu familia se ha portado gentil conmigo.
—Son buenas personas —asintió—. Si en mi próxima vida me pusieran a elegir la familia que quisiera tener, que no te quede la menor duda los volvería a escoger. No lo voy a negar, relegando los hechos malos la buena fortuna me ha sonreído: Me colocó en el seno de unos padres y hermanos cariñosos, me llevó con excelentes amigos, mi trabajo es óptimo y me gané un público por el cual coseché velozmente el triunfo de mis obras. Pero con todo eso ni siquiera me llena la mitad. Verás, puedo estar con mi familia y socorrerlos en lo que precisen, es lo mismo que sucede con los amigos; nuestros destinos se cruzan, pero nunca llegan a entrelazarse. Ninguno de ellos puede darme lo que tú me das en este momento ni al revés. Es solo que yo no percaté... hasta que te conocí no sabía que me sentía solo y me era insólito pensar que especialmente tú, entre todos los demás, fueras quien supliera ese vacío.
Raimundo permaneció en silencio. Estaba mirando a la nada. Al principio, Kim se dedicó a mirarlo con nostalgia y sin saber perfectamente lo que hacía o el por qué, le echó una pierna encima y presionó sus labios consiguiendo abrirlos. Rodeó su cuello con ambos brazos, era necesario ya que estaba perdiendo el equilibrio y precisaba agarrarse. Decidido a no dejarla ir él la envolvió en un fuerte abrazo. Sus corazones latían tan aceleradamente que era difícil distinguir cuál era el de uno y el de otro. Se habían vuelto uno solo. Le devolvió el beso con voracidad. Sintió una corriente fría atravesar su cuerpo haciéndola temblar. Pensó que se debía a que las manos de Raimundo subían por su espalda arrastrando el borde de su blusa hasta la parte de arriba, pero al otro segundo supo que eso no tenía nada que ver. Las puntas de sus dedos encuentran su cintura y se deslizan abajo lenta y provocativamente en donde estaban sus caderas. Tuvo la sensación de que ardía en llamas cuando la palma de su mano la apretó contra él. Nada más utilizaba su minifalda de esa mañana y al llegar a sus piernas desnudas, fue inevitable que derramara un gemido. Kim libraba una batalla entre lo que deseaba su corazón y lo que su mente le decía.
Estaba hecha un manojo de nervios, constantemente se preguntaba si era correcto, hasta qué límite quería llegar. No quería detenerse, no obstante tenía miedo de lo que sucediera luego. Al contrario, su cuerpo estaba más seguro de lo que quería y pareció desprenderse de todo lo demás en su busca. Sus besos rallaban en la violencia. Eran una maraña de extremidades. Ella se separó y vaciló, esperando que el torbellino de su corazón se calmara un poco, el hombre jadeaba del éxtasis. Oteó que sus ojos brillaban mucho. Ella se sacó por arriba de la cabeza su blusa y al unísono reanudaron el beso. Los dedos de la chica escalaron hasta las hebras castañas de su cabeza, enredándose y acercándolo más. Mientras él fue a atacar ese punto sensible en su cuello. La primera vez Kim no lo comprendió de inmediato, pero en la segunda vez cayó en cuenta que él la necesitaba quizá más que viceversa. El preservativo en la billetera de su bolsillo de atrás comenzó a vibrar. Concibió la risa de Raimundo enterrada en su clavícula. Sin embargo, estaba quieta. Se fue frenando despacio al notar ese atisbo de incertidumbre en ella.
—¡Rai, mira! ¡Una estrella fugaz!
Kim salió a trompicones y se volvió al cuerpo celeste que caía en picada. Jamás había visto una tan a corta distancia. Estaba emocionada. Lo persiguió con la mirada hasta que lo miró fundirse en el horizonte y fue cuando apretó los párpados pidiendo un deseo. Su novio bajó. Un poco molesto por la interrupción, pero nada que afectara el instante. Se metió las manos en los bolsillos.
—¿Sabías que en realidad cuando vemos las luces de las estrellas es porque están muertas? —comentó—. Sólo al estallar es que su luz llega hasta aquí, es irónico que la gente las use en metáforas al amor. No tiene nada de romántico un fantasma.
—¡Oh, si las estrellas son tan lindas!
—No, las metáforas son la peor manera de avivar el amor. La muerte no es bonita. La luna es inconstante, a pesar de que el sol salga y ella siga ahí, no lo observamos; las flores se deslucen y se ponen horribles o la locura que es un estado insano de la mente. ¿Qué quieres decir? ¿Tu amor es feo, efímero, anormal e inseguro? ¡Hay que saber de qué se habla!
—Busca realzar la belleza, se supone que no se refiere textualmente a ese momento. Aparte si no es el modo de galantear, ¿qué más? —replicó la chica rodando los ojos en alusión a lo obvio. Raimundo apoyó una rodilla en la arena y extendió los brazos.
—Kim, mi mundo no estaría más completo ahora que encontré todo lo que necesitaba en ti. Mi alma se marchita si yo no pruebo el dulce néctar de tus labios, el cobijo del calor de tu abrazo, oigo tu risa cantarina o me deslumbra tu belleza irradiante, pues que sólo tú puedes conseguir hacerme feliz. Sin pedirlo se han convertido en gestos imprescindibles. Si no te es suficiente dándote todo y repetirte que te amo hasta desnudarte de todas las dudas que te aflijan, está bien, porque yo te prometo que estaré esperándote en el mismo lugar hasta que decidas venir a mí.
—De acuerdo, de acuerdo, sí que puedes galantear —asintió
—Lo digo y lo siento así.
—Bueno —Kim estaba sonrojada— tal vez deberías hacer eso más seguido.
—Lo tendré en consideración —sonrió reponiéndose y ahuecando su mano en la curva de su cintura.
Caminaron por la arena, descalzos, sujetos el uno del otro. De vez en cuando el agua salina mojaba sus pies. La brisa oscilaba cerca de ellos. Era formidable el parecido de esta playa y la de sus sueños. Kim lo interpretó como una buena señal y se agachó a dibujar un corazón con las iniciales de ambos adentro, después trazó una flecha que la traspasó de por medio. Su novio no hizo más que reírse. Se irguió sacudiendo sus manos.
—De esta forma queda inmortalizado con nuestra firma de que pasamos por aquí —explicó lacónica. Se volvió a él—. Quisiera disculparme por haberme tardado tanto tiempo si yo no me hubiese puesto tan impertinente anteriormente te hubiera conocido como eras en verdad y nos habríamos ahorrado montones de disgustos. Estoy segura, de alguna manera extraña y loca, que nada entre nosotros ha sido casual desde que tropezamos al principio, que tú eras esa persona destinada a estar a mi lado durante todo este tiempo. No lo entendía porque no sabía quién eras y creo que de eso se trata el amor: Comprender.
—El amor es un conjunto de cosas Kimiko. Te lo dije el otro día: Yo puedo vivir sin ti pero decidí estar contigo. Sonará feo al inicio, mas creo que es una idea preciosa si lo estudias.
—¡Ajá! Y de ahí… se desglosa todo: Esa fuerza que te impulsar a cuidar, proteger, tocar y pensar en el otro y la felicidad que te produce. Yo no sé mucho sobre este sentimiento, pero siento que contigo he aprendido más en estos meses que estos años leyendo mis novelas de romance. No lo cojas personal, es que... —Kim se trancó, intricándose por sí sola. Él enlazó sus dedos con los de ella y besó el dorso de su mano.
—¿Qué te preocupa? —preguntó en un susurro.
—Que tal vez esté equivocada.
—Kimiko, la gracia en esto está en volverlo hacer —rió él débilmente intentando inspirarle valor. La chica esbozó una sonrisita pequeña que al rato se borra, Raimundo se puso serio para que sus siguientes palabras no se prestaran a confusión— ¿acaso no confías en mí?
—¡Claro que confío en ti, con mi vida! —aseguró ella mirándolo directo a los ojos, un poco dolida por la duda.
—Bien, esa respuesta me basta. Tú nada más dime cuando quieres que me detenga y... eso, seamos felices sin más.
—Te amo, Rai —confesó, aguantándose de romper a llorar.
—También te amo, nena.
Kim se mordió el labio inferior conmovida por la seguridad que expresaba, la devoción que laminaba en sus ojos verdosos que se derretía en un líquido y la embargaba y la firmeza con que estrujaba su mano. Determinado a no soltarla. Tiró de ella, pero fue Kim quien hundió sus labios en un apasionante beso. Todo entonces se diluyó por un espiral de pasión. Una vez que se desprendieron de lo único que les estorbaba, por fin sus cuerpos se entrelazan en la arena; después de un largo tiempo sus pieles se conocen, diera a entender que esto apenas era un encuentro en el que se elaboran preguntas y responden simultáneamente. Se tomaron el chance de explorarse hasta el último centímetro: Los músculos del pecho de él, los contornos y el vientre de ella. Que nada sobrara ni existiera algo que desconocieran. Lo que inició con una flama se suscitó en una hoguera que apagó el frío de la noche. Los besos del disfrute, las lenguas del apremio. Los jadeos tienden a confundirse con el rugido de las olas. Asfixiándose en el deseo y el sabor de sus labios. Respirando el aliento del contrario. Él procuró ser suave al entrar. Dolió a comienzos, empero ligeramente se transformó en una sensación grata en su interior. Pese de eso no se acabó de inmediato, si no que continuaron unos minutos más —o media hora, ¿quién sabe?— demostrándose su amor; entre caricias, besos, mordiscos afectuosos y palabras tiernas, previo a abandonar el lugar. Dicen que en donde hubo fuego, cenizas quedan. Pues de tanto fuego hasta las cenizas se consumieron.
Eran las dos de la madrugada cuando regresaron a escondidas a la casa. Ninguno le apetecía desenredarse del abrazo del otro y escabullirse a sus dormitorios que preferían que su pareja lo hiciera. Raimundo lo dedujo y para que las cosas no cesaran tan ex abrupto le prometió a su compañera reunirse al día siguiente a temprana hora. Kim aceptó. Se despidieron tras un beso. Al acostarse en la cama, el hombre se echó a dormir en un relámpago de segundo. En tanto, Kim se retardó conciliar el sueño asimilando sus últimos recuerdos en la playa. No lo estimaba una prueba de amor, pero le había entregado una parte de sí misma muy valiosa y que por su propia voluntad decidió que él tuviese. Casi las lágrimas se desbordaban, salvo que las logró reprimir justo en el momento. No así pudo controlar el rubor extendiéndose por su cara. A la larga, la venció el sueño. En el amanecer del lunes, Raimundo se despertó, ganándole a Kim. Entreabrió la puerta de su cuarto y la vio tumbada de lado en su cama, la sonrisa se ensanchaba de oreja a oreja por su rostro. Saber que él era la razón le hinchaba el pecho de orgullo. No se resistió a besar sus párpados y sus labios antes de volver a cerrar y marcharse silbando en el camino a la cocina. Raimundo se preparó un batido y lo bebió. La Sra. Pedrosa entró en escena y pudo entrever el alborozo que se apoderaba de su hijo.
—Buenos días, madre —saludó inclinándose a besar su mejilla.
—Buenos días, corazón. ¡Vaya, estás de muy feliz! ¿Es por Kim?
—Sí —admitió.
—Ya veo, ¿la temperatura del agua estuvo adecuada? ¿No tuvieron problemas en regresar? Me acosté a las once y cuarto, ¡todo estaba tan oscuro!
—Mamá, fuimos a dar un paseo —refutó paciente—. Nadar es para el día. Se te olvida que pasé 18 años memorizando ese viaje, tenme un poco de confianza.
—Bueno —respiró hondo, dirigiéndose a la salida—. Espero que hayan tomado reservas, si sabes a que me refiero.
—Claro que sí.
Ella le lanzó una mirada insondable y se fue. Raimundo meneó la cabeza soltando una risita y sorbió el vaso. Seguidamente cogió un desayuno liviano y se sentó a revisar el rollo de la cámara, eran muchísimas fotos; empero él quiso verlas todas, una por una, sintió su corazón moverse entre tanto ejecutaba la tarea. Se fijó una en la cual estaban parados delante de la vidriera de una tienda exhibieron un álbum, ¿y si Kim le gustaría tenerlas en físico? Es una pérdida de dinero y todo el mundo sabe que pronto lo digital sustituirá al papel, no obstante recordó que hubo una vez en que Kim le contó que odiaba los libros en PDF. No le costaba nada consultar el precio. ¡Sí! Eso haría. Se levantó, le indicó a sus padres que iba a salir un santiamén y tornaría al acto. Arrancó el motor y se fue. Justo la situación que necesitaba en bandeja de plata. Jack apretó las palmas de las manos en el volante de su carcacha viendo a través del retrovisor a Raimundo alejarse y sonríe divertido. Cuando el gato se va, las ratas de dos patas hacen fiesta.
Kim entreabrió los ojos y se estiró con pereza una hora más tarde. En primera instancia fue al baño y en último lugar, al comedor. Preguntó por Raimundo y le informaron que se había ido. Ella sintió un pinchazo que escaramuzó su piel poniéndola carne de gallina, debido que votaron mutuamente verse temprano. La Sra. Pedrosa para tranquilizarla le dijo que él no se rezagaría, le reiteró que lo reparó muy feliz y por poco ni quería despegar los pies del suelo. Eso la reanimó. Aprovechó preguntar por Sagrario. Ella sí estaba disponible. Se apresuró en terminar de comer, cepillarse y golpear su puerta.
—Puede pasar —indicó.
Kim giró la perilla e ingresó. Sagrario poseía unas tenazas de planchar en la mano y estaba a la cabeza del espejo. Se volteó un segundo comprobando quien era y retornó a lo suyo.
—Disculpa, ¿te interrumpo?
—Para nada, linda. Entra —le dijo con amabilidad. Para sus adentros, Kim espiró aliviada ya que temía que anduviera irritada por su conducta agreste de ayer—. Por lo general, pido a Aimée o a Raquel que me ayuden, pero hoy tendré que encargarme yo sola. Te atenderé cuando acabe, que será... el día en que domine estas cosas ¡uf! —se puso las tenazas frente de la nariz y éste le suelta en la cara un vapor caliente, por suerte alcanzó apartarse. Creyó revivir un deja vu, fue exactamente lo que le pasó cuando aprendió a usar la plancha.
—Permíteme ayudarte.
Agarró las pinzas ardientes, capturó un mechón entre sus dedos y lo apisonó. Ídem, mataría a dos pájaros de un tiro: Apuraría el paso del tiempo y estrecharía lazos, sintiéndose menos culpable. La chica había aprendido como plancharse el pelo antes que muchas otras cosas, sus movimientos se manifestaban seguros. Ella quedó encantada con el resultado, se peinó y explayó las puntas admirándolo. Sin nudos ni quemaduras, lacio y brillante.
—Buen trabajo —elogió Sagrario—. Ahora entiendo porqué mi hermano se enamoró de ti: Nunca dejas de ser tú misma. Sé que él puede en algunas situaciones exasperarte actuando como un idiota altivo sabelotodo y te tientan ganas de pegarle un puñetazo en la nariz para mandarlo a callar, pero la culpa no es totalmente suya, es también mía. Nadie le indicó que se metería en problemas procediendo así aunque no todo sale negativo. Lo ayudaría a hallar el amor de su vida más rápido. Yo siempre establecí que la mujer que desee estar a su lado debe acertar cuando aflojarse o comprimirse, ojalá me comprendas, ya que muy en el fondo Raimundo es un extraordinario hombre. Y a mí me parece que no viniste a hablar de eso... ¿no es así? Tú lo que buscas es saber la historia.
—Lo lamento, pero es muy importante para Raimundo...
—Ya veo —dijo arrugando la frente—. A duras penas ignoraba que mi hermano desarrolló un temor al fuego, anoche até los cabos sueltos y pude construir el rompecabezas. Voy abrir un paréntesis para acotar que mis padres no obraron de mala fe, lo único que pensaban era en nuestro bienestar —dictaminó con aplomo—. Raimundo no recuerda en absoluto porque lidiar con el estrés fue demasiado para él, le diagnosticaron amnesia disociativa específica. Nomás, sabíamos que pronto nos abordaría con preguntas y Hannibal comidió que sufriría menos si le contábamos una historia ficticia a causa que si le revelábamos por más mínimo que fuera el detalle, el impacto sería duro. Desconocía con que excusa le salieron, hasta en la actualidad inferí que tuvo que ser un accidente automovilístico.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué confiaron en Hannibal?! ¡Si ése hombre es la alubia que parió el mal! De no ser por él nada de esto hubiera pasado.
Kim le resumió todo lo que sabía de Hannibal Roy Bean advirtiéndole qué clase de persona era en realidad. Principió a partir de cuándo se relacionaron por primera vez y la convenció de una serie de conceptos equivocados acerca de Raimundo, induciendo cizañas a fin de herirlo a través de ella. Jamás hubiese desenvuelto la verdad si no fuera por unos diminutos deslindes que no se adecuaban a su historia y condonaron al chico, autorizándole que oyera su versión de los hechos. Sagrario terminó descompuesta al enterarse que Raimundo estaba contaminado por la idea de que ella lo despreciaba y desmintió contundentemente que fuera veraz, reincidiéndole que Raimundo era inocente y poco tenía que ver con el accidente que le quitó la movilidad en las piernas. Ambas muchachas concluyeron que Hannibal engañó a Raimundo usando el pretexto de su hermana para chantajearlo y así obtener siempre dinero para sus apuestas. La interpelada no podía seguir escuchando una palabra más después de razonar por qué sentía que su hermano huía de ella. Y a Kim todavía le faltaba referirle la venganza contra Raimundo, en pos de descubrir que fracasó embaucándola (la publicación que casi destruyó la relación entre ellos).
—Pero si Raimundo lo sabía, ¡¿por qué no nos lo anticipó?! —chilló Sagrario.
—Supongo que habría sido muy tarde para detenerlo —explicó, poniéndose en su lugar— y Raimundo necesitaba un embajador que lo reemplazara para recaudar noticias de ustedes, a sabiendas que creía que tú lo aborrecías, no me es de extrañar que persuadiera a tus padres de inventar una historia para manipularlo a su mezquino beneficio.
—¡Esto es horrible! ¡Muy horrible! —gimió.
—Sagrario —terció Kim, tocándole la rodilla—, si no fue por un accidente automovilístico y vimos que Hannibal ha estado engatusándonos a todos desde hace tiempo, entonces no hay ningún problema de que él sepa la verdad...
—No es tan fácil, pues no depende de mí solamente. Haremos una cosa: Que venga acá, yo hablaré con él en persona.
Asimismo coronó su conversación. Esas fueron sus últimas palabras. Kimiko era incapaz de contenerse y Raimundo estaba retrasándose. Coincidió que él había aguantado tantos años creyendo que era el autor, cuando no ¡había sido inocente! Estaba en su derecho de saberlo de inmediato. Cambió su ropa y zarpó a buscarlo. Apenas avanzó dos pasos al norte cuando alguien la detuvo. Jack llevaba asediándola unos minutos y avecinándose con movimientos extra cautelosos la agarró de espaldas. Su brazo izquierdo ciñendo entorno a su cintura y los labios finos en su oreja sostenían la impresión que la abrazaba desprevenidamente en lugar de mantenerla cautiva. O al menos es lo que le pareció a la Sra. Pedrosa quien observaba el panorama desde la cocina. Kim apreció un dolor en las costillas. Por supuesto que sabía que no era su novio, a pesar de que no veía por atrás. Sin embargo, eso era lo más irrelevante. El metal apretando su costado fue lo que hizo que el frío bajara por su frente.
—No te muevas.
—¡¿Quién eres?! ¡¿Jack?!
—No digas nada —siseó acuñando la pistola en su piel a través de la tela—. Súbete al auto. Vamos a dar un paseo que estoy seguro que te va a encantar, perra.
Kim no protestó y lo obedeció reposadamente. Le abrió la puerta en el asiento del copiloto, disimulando el arma en la sobaquera. A continuación, Jack entró en el coche y condujo a la velocidad de una bala fuera de allí.
Raimundo volvió a casa de su familia alrededor de un cuarto de hora. A lo sumo, solventó comprar el álbum. Pero no se lo diría, lo guardaría como una sorpresa y enseguida que las fotografías estuvieran listas se lo enseñaría. Es por ese argumento que la metió en una bolsa negra. El pobre no imaginaba lo que había sucedido en su ausencia. Resguardándose a que la chica estropeara lo que le tenía preparado se asomó en cada esquina y llamó a sus padres.
—¡Mamá! ¡Papá! He vuelto, ¿no se han ido?
—¡Cielo! —exclamó su madre, sacudiendo un trapo de cocina haciéndose notar y saliendo de la habitación a su retaguardia—. ¿Qué llevas ahí?
—¡Ah! Es un regalo para Kim, ¿está por ahí? —preguntó girando la cabeza.
—No, se acaba justo de ir con un amigo.
—¿Un amigo? ¿Y cómo era? —Raimundo frunció el entrecejo.
—¡Oh sí! La vi cuando entró en su auto. Era un muchacho alto más o menos de tu talla, piel pálida, desgarbado y pelo pelirrojo, un poco antinatural... ¡pero Rai! ¡¿Vas a salir otra vez?! ¡Si acabas de llegar, espera a que regresen! ¡Tal vez no sea nada serio!
Raimundo reconoció la descripción física de Jack, más que confirmado en cuanto el color del cabello así que dejó las explicaciones de un lado y le entregó su álbum, salió como alma que se lleva al diablo a toda prisa. Porque sí era algo serio y no, no iban a regresar.
N/A: ¡Feliz semana santa mis chicos! ¡Es martes santo! Y aquí un nuevo capítulo para deleitar sus vacaciones. Si están leyendo estos gamelotes en lugar de saltar a la piscina, ¡MUCHAS GRACIAS! ¡Señores, capítulos finales de Quiero ser escritora! Estoy triste de que termine y al mismo tiempo, entusiasmada, de que poco a poco se acerca el estreno de mi nuevo fic: Las dos caras del destino. Los conflictos están por resolverse. Dividamos estas notas por partes, ¿les parece bien? ¿Con qué empezamos? La figura misteriosa, resultó ser Jack Spicer, a final de cuentas y si sospecharon en él desde el comienzo ¡felicidades! Guan, la niña —lo que Omi careció de tierno, lo tuvo la pequeña hermanita de Raimundo. Digno de esperarse de un lindo niño— y el futbol, no fue nada fácil pensar y escribir en aquellas escenas, de algún modo me sirvieron para alargar más el capítulo y no olvidar al loco de Jack ni a la familia de Raimundo, hay una razón por la cual no quería que él y su hermana se reunieran —la descubrirán en el capítulo siguiente, por ello me reservaré los comentarios— porque si no irrevocablemente se llegaría a la verdad. Sin embargo, antes de entrar en detalles hablemos de la escena de amor de este episodio. Sé que piensan sus mentes escabrosas. A mí no me engaña ni vienen acá con cuentos chinos. Ustedes se preguntaban si ellos iban a tener intimidad.
—¿Te refieres a hablar a solas en un cuarto?
¡No se hagan los tontos conmigo, ustedes saben muy bien a qué me refiero! En honor a la mera verdad, sí lo había pensado un par de veces mientras escribía sobre ellos y yo tenía diferencias encontradas: Esta historia es apta para mayores de trece de adelante, no obstante, a la gente le importa un rábano eso y entran (de hecho, he visto historias que no le ponen la etiqueta para adultos y el sexo es explícito). Hablando como autora, sentía que no podía culminar dejando ese cabo suelto, era algo que se merecían Kim y su Raimundo, entonces tomé la decisión de hacerlo sólo con que ciertas restricciones y me fui a lo poético —no fue fácil, ese lado mío es muy renuente y se esconde siempre que puede—. Si quieren comparar esa escena con la anterior y ver la diferencia. Era la única manera de preservar mi salud mental y protegerlos a ustedes. ¡Ah! Y hacerle la publicidad al preservativo, porque ellos son unos niños muy responsables y sé que ustedes se preocupan por Kim y Raimundo. Ojalá les haya gustado tanto como a mí. Olvídenlo para la secuela, Las dos caras del destino, los protagonistas son adolescentes y lo máximo que pueden leer son unos besos muy, muy apasionados... aunque ¿saben qué? Uno de mis ex compañeros de liceo tenía un hijo y era una escuela de reputación respetable, así que no sé...
En fin, lo de la playa no fue coincidencia y si no me creen revisen el capítulo 25 en que él le dice que quiere casarse en la playa ya que quería que la escena de amor fuera allí y es mi turno para decirles, a mis lindos lectores que me están viendo (leyendo o ver es lo mismo), que tuvieron suerte. Pero que realmente es un acto inmoral, hagan todo lo que quiera en su cuarto. De la puerta para afuera, ¡respeto! Cuento con su madurez. También aproveché para decir lo de las metáforas, otra de las lecciones de Raimundo sobre su visión del amor y que Kim tratara de definirlo conjuntamente mientras se le declaraba, ¡era lo mínimo que podría ganarse después de todo lo que sufrió! También aproveché en los capítulos anteriores, el de Quien quiero ser para hacer un recuento especial de lo que hemos aprendido con Raimundo. A manera de reforzar.
Retomando lo de Sagrario y Kim, tuve cuidado de no revelar la verdad, aunque quise que averiguaran lo de Hannibal. Se supone que lo sabrían en el capítulo siguiente, "al igual que Kim", si bien decidí intercambiarlos porque de esta manera no les caería de sorpresa cuando lo supieran todo. Hannibal no ha sido tan recurrente, pero sí que lo hemos tenido presente ¿no están de acuerdo? Saben, a pesar de todo lo malo que hizo, no actuó ilegalmente (sólo cuando publicó el nombre y el primer capítulo de la novela de Raimundo, por los derechos, tendrá su multa) y pagará el resto de su vida con esa horrible enfermedad que tiene. Analizando los finales de cada villano del fic tenemos: Omi, reformado parcialmente (lo que significa que dejará tranquilos a Raimundo y a Kim, ya con ajenos es harina de otro costal); Wuya, divorciada y sola; Ashley, calva y humillada; Hannibal, cáncer; Chase se mantiene prófugo de la justicia y como tal no recibirá su castigo hasta que lleguemos a la segunda parte de Quiero ser escritora, Las dos caras del destino. Y quien queda suelto es Jack, veremos cuál destino le deparará entre estos últimos capítulos, ¡uy qué emoción! ¡Hora de especular!
—Por ahí susurraron que en el Hospital Psiquiátrico...
¡Oh sí! Fue Marylu97. Sería buena opción ya que Jack no está bien del coco.
—Otros sugirieron en la cárcel.
Un aporte de Isabel. Cierto, cierto. Veamos que más dicen. Un gran villano tiene que despedirse con fuegos artificiales y demás puesto que en el final es OBLIGATORIO el enfrentamiento entre el héroe (o heroína) contra el villano (o villana). En este caso, heroína vs. villano. Es una de mis escenas favoritas de libros y películas. No se vayan a perder entonces este martes el penúltimo capítulo de su historia consentida: Aprendiendo a decir adiós. Aguardaré mientras tanto con ansias sus comentarios, aunque sea un "Hola" saben que se los devolveré, que desde ya agradezco por todo el apoyo. Que hayan llegado hasta aquí ¡significa mucho para mí! ¡Nos leemos, se les quiere y se les respeta! ¡Disfruten esta semana santa! A la playa, al cine, al parque, a la habitación rodeado de libros o lo que sea, yo también lo haré jajajajajaja ¡Saludos!
Mensaje para Isabel: ¡Hola Isabel, feliz semana santa! "Y pague por todo lo que hizo por cabrón y huevón" Jajajajajajaja, sí Jackie Bonnie se ha portado muy mal. Merece tener su castigo. Aunque comprobamos que fue él y no Hannibal quien espiaba en la ventana, en contraste del artículo que sí fue Hannibal. Pero fue una buena opción. Es verdad, coincido contigo, Rai debe tener su final feliz. Ya ha sufrido demasiado. Aquí tienes el capítulo 45 para saciar tu curiosidad, ojalá te haya gustado tanto como a mí o incluso más. Bueno, como le expliqué a otra chica: Técnicamente aquí no se termina la historia, es apenas el inicio para una historia la de Omi (nuestro Deadpool Xiaolinesco jajajajaja) y ahí volveremos a ver a Kim y a Raimundo. Hay comedias románticas de comedias románticas y no todas son del agrado del público por lo de siempre: el cliché pero esta historia es sublime, y para mí dicha ha cautivado y atraído a los lectores. En fin, gracias por leer, comentar y tu mensaje. ¡Tú también ten una semana provechosa! ¡Nos vemos querida!
