Disclaimer: Pokemon sigue sin pertenecerme, lo juro.
Notas:
-En algún momento, alguién tocará un violín, esta es la canción:
(H)(T)(T)(P): / youtu . be / OMq9he-5HUU
PD: Gracias a JohnUzumaki, Alex y CottonBlue por sus reviews, los aprecio mucho.
Júpiter.
El sol brilla, pero también quema y es insoportable. Lo ve en ese monstruo deforme presente en rostro de las personas adultas que lo rodean, es una mezcla de tristeza lástima y hastío, como si hubiera una pelea por cual les importa más. Oye los sollozos de su madre, la serie de "pésames" que recibe, las quejas por el clima y el brillante sol. Siente las manos en su hombro, los abrazos y las miradas. Y aun así, con toda esa distracción, su mirada no se aparte del ataúd blanco frente a él, ese que desciende poco a poco entre la tierra, sostenido por tres cintas oscuras manejadas por los sepultureros.
El sonido del ataúd golpeando con la tierra le avisa que ha llegado al final y sin ningún reparo se acerca y mira dentro. Su madre lo abraza por la espalda, rodeando su entonces pequeño cuerpo con sus brazos, pegando su mejilla húmeda con la de él. Algo le dice y se lo dice sin parar mientras le frota los pequeños brazos con su delicada mano. Pero son una serie de palabras que no se escucha claro, que suenan difusas y ahogadas porque dentro de él todo es caos.
Su padre se ha ido.
La única persona que podía entenderlo está en ese hoyo.
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Al azotar la puerta de entrada no se produce un simple golpe fuerte y que muere ahí, sino que la vibración se propaga y Aleph se molesta por ello; los múltiples objetos móviles que sirven de adorno en su casa, han distorsionado el sonido en un serie de tintineos los cuales terminan por acompañar al chico hasta que desciende de los escalones del portal.
Se aleja lo más que puede, y camina en dirección opuesta a la casa y lejos del pobre "mural" que su madre no pudo terminar. No quiere verlo, el mural ni nada que tenga que ver con ella.
Levanta la mirada, y el sol de mediodía brilla y le cala en los ojos, se cubre con la mano, y detiene su caminar determinado. Hace demasiado calor. Gira la cabeza en dirección a su hogar, su madre no le sigue y vuelve a fruncir el ceño, y sus labios forman una línea recta mientras vuelve a mirar a su alrededor.
Entonces la ve.
Esta trepada contra la pared que divide ambas propiedades, o bueno, intentando cruzarla- Ella esta con la mirada fija en el suelo verde delante de ella, y con poca atención en lo que deja atrás. La oye quejarse, hablar consigo misma y maldecir por lo bajo mientras intenta cruzar ese muro de ladrillo. Enarca una ceja, sus labios sobresalen un poco en forma de puchero. Sigue escrutándola con la mirada, y ella sigue viendo el suelo como si fuera el peor enemigo a vencer.
Está muy concentrada, de ninguna manera espera que lo note, pero lo hace. Justo en ese momento en que intenta mirar al cielo desde su posición.
– ¿Por qué soy tan peque…? ¿Eh?– su alegato queda interrumpido y Aleph se sorprende al saberse el centro de su atención.
Ella es pequeña sí, pero sus ojos son grandes y azules, su pelo corto y negro un mechón de color diferente, plateado casi. No ha dejado de mirarlo, con los ojos abiertos de par en par y olvidándose del muro que no ha podido cruzar.
–Hola.
Y Aleph la sigue mirando con interés, con mucho interés...
–Me llamo Aqua.
Es entonces que parpadea, abriendo los ojos como si al fin pudiera verla por primera vez.
–… ¿y tú?
Hace una mueca, pero es diferente a esa que tenía en la estación y la que le ha provocado su madre hace algunos momentos. La chica, sin embargo, lo mira expectante. Pasan dos segundos más o menos, Aleph no tiene una respuesta y ella aún no se mueve así que se va, rápido, con los hombros ligeramente alzados y los brazos pegados contra su cuerpo, como si aquello pudiera ocultar su cabeza, dando largas zancadas y dejando caer toda su fuerza en cada paso.
-¡Gusto en conocerte!
No se devuelve para verla o hacerle saber que la ha escuchado, sólo acelera el paso.
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Por enésima vez la puerta ha sido azotada y Yellow no puede hacer nada más que soltar aire derrotada. Podría caer, dejarse llevar por todas las emociones que la embargan y se acumulan dentro de ella, pero en lugar de eso deja caer las manos sobre la mesa para apoyarse. Aún quedan ahí, la taza de té olvidada por Aleph y ese vaso de agua del que bebé una vez más (sólo para tener la idea de que está haciendo algo, y no esta simplemente quieta). Termina y abre los ojos, pensando detenidamente en lo que ha sucedido otra vez, pero sobre todo, en aquello que ha pasado en la mañana.
¿Podrá seguir ocultando la verdad?
Con el vaso de nuevo en la mesa, Yellow avanza derecho, sin ningún tipo de duda o cuidado. Conoce el trayecto hacia la pared de vidirio que divide la casa del invernadero, abre la puerta que da paso al lugar y se deja acariciar por el ambiente fresco que ahí se siente y se permite oler el aroma de las distintas flores que ahí yacen para tranquilizarle.
Todas puestas ahí como un regalo para ella, para Aleph. Todo hecho a la medida y de tal manera que ella pudiera moverse con tranquilidad, para que pudiera ser feliz en ese pequeño espacio de universo que N construyó para ellos.
Paseó sus manos por encima de las flores, hasta que al final llega a la pared que daba justo a al cerca de Agatha, su vecina. Ahí se encuentra, intacto, aquello que había logrado el último incordio con su hijo: su mural inacabado. Claro que sabe de qué tamaño es, y sabe cuanta pintura fue utilizada, no así qué dibujó o que colores usó. Tanto no podía ver cuando lo realizó. Lo único que recordaba de esos cortos instantes en que no tuvo control de esa impetuosa necesidad de dibujar ese pequeño atisbo de luz que logó percibir…
Un sonido perturba la paz, es un timbre ascendente que resuena por el invernadero como si el origen fueran las propias paredes, pero Yellow sabe que no es así. Así que con un poco más de prisa que con la que había llegado se va de regreso a la casa. El teléfono sigue sonando para cuando llega hasta él, lo descuelga y contesta, sabiendo muy bien quien era.
— ¿Cómo sigues?
La voz del otro lado lanza una risa seca, se oye rasposa y desgastada, como si tuviera mucho sin hablar.
—Podría estar mejor, los ladrones sólo me golpearon la cabeza… ¿tú como estas, todo bien por allá?
Yellow cierra los ojos, tratando de darse unos momentos de tranquilidad antes de hablar. Antes de que todo se vuelva caos una vez más.
—Lance, pinté.
El silencio consecuente era algo que esperaba pero escucharlo lo vuelve todo más real, perforando poco a poco la vida tranquila que ha logrado construir y abriendo paso a antiguos temores. Temores que N había logrado ahuyentar.
— ¿Cómo que pintaste?
—Vi algo y pinte manchas sin mucho sentido. Estaba regando el jardín y entonces lo vi… Lance, tenía 9 años sin pintar nada y fue como si algo se apoderara de mí.
Su interlocutor guarda silencio, pensativo o preocupado, no lo sabe. Sólo siente un peso extraño en el fondo de su estómago. Respira hondo, y exhala, como una manera de tranquilizarse porque lo último que necesita es perder la calma. Pero, el miedo y la duda se acentuaban más allá de la advertencia de Jenny. Había otros peligros…
—Esto no está bien —y la urgencia en su voz, el tono bajo y de precaución no la alienta en ningún sentido—. El robo fue hace un mes, él pudo empezar a tocar desde entonces, pero… Yellow, ¿estas segura que no ha pasado nada extraño en los últimos días? Además de que pintaras, claro.
—Lo siento, pero no —le interrumpe con derrota. De haber tenido algún tipo de síntoma o indicio de lo que pasaría se hubiera ido.
— ¿Qué hay de Aleph?
—Lo mismo de siempre —confiesa con un poco de agonía—. Sigue ocultándose o alejándose de mí, pero nada fuera de lo normal.
—Lamento oír eso —y suena sincero.
Yellow se gira, observa la casa con nostalgia, recordando por cortos momentos los arreglos, los cambios y toda la decoración realizada entre ella y N.
— ¿Crees que debamos irnos?
—No. —Y su voz parece recuperar el vigor y autoridad de antes—. Si sólo hiciste un débil boceto, me imagino que la canción no fue tocada tan cerca.
—Te recuerdo que nunca fui buena para copiar la música de N. No podía verla con claridad…
—Pero podías hacerlo, y si lo que hiciste no terminó de formar nada, sólo manchas sin sentido, creo que lo peor que puedes hacer es moverte. Esta pateando el nido sólo para que salgas; nada llama más la atención que una mujer ciega y su hijo mudo.
—Me temo que no.
— ¿Pero segura que no ha pasado nada extraño con el chico?
—Honestamente, no lo sé —admite mirando de nueva cuenta la taza que su hijo ha dejado abandonada.
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Está de pie delante del muro, sus manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla y su intensa mirada en ese esperpento sin terminar: una mancha enorme de color azul al centro y que se desvanecía de manera radial dejando entre ver el duro concreto sobre el que había sido pintado. Había otras manchas, menos grandes; purpuras, violáceas y amarillas… se hubiera visto medianamente bien, de no ser por la enorme línea negra y escurrida garabateada encima de ellas. Era una línea revuelta y agresiva, angular y enojada. Era su graffiti.
— ¿Ahora quieres ser artista Aleph?
A lo lejos, a la esquina del callejón, hay dos figuras que llaman la atención del chico, figuras que él ya conoce. Su mueca, feroz y hastiada aparece. No la oculta, la deja ver pero los chicos aún se acercan, no sienten la amenaza ni la advertencia.
—Todos en el pueblo saben de tu nueva aventura —dice el otro, ese que no había hablado y que ahora está a unos pasos a su derecha, viendo el muro en lugar de Aleph.
El muchacho no deja de apuñalarlos con la mirada, su molestia e incomodidad es obvia, pero el par de hermanos siguen viendo el muro y no Aleph, como contemplando la vida con una taza de café. No son tan altos como él, pero su cuerpo es ancho, fornido y sus ojos son de colores bastante vivos. A Aleph no le agradan. Son demasiado incómodos como el sol y él es algo así como una línea negra sin chiste.
—Una lástima que te atraparan —sigue diciendo el de pelo castaño mientras el otro de pelo negro parece acercarse más al muro, como inspeccionándolo—. Hubiera quedado bien…
El otro hermano echa la cabeza hacia atrás, sonriendo a Aleph.
— ¿Y el de tu madre se ve igual?
El castaño abre levemente la boca impresionado y entonces mira a Aleph quien parecía que gritaría en cualquier momento o se le lanzaría encima al otro chico a la menor provocación.
— ¿Eh? —expresa el moreno, al parecer al fin cayendo en cuenta del efecto que logró en Aleph— ¿Dije algo malo?
Aleph da un paso, respira hondo y abre la boca, y se ve como mueve la mandíbula, la cierra, aprieta los dientes… estira el cuello, su manzana de Adán tiembla y su cuerpo también pero nada. Su respiración se acelera, un gruñido se escapa de sus labios y los hermanos retroceden.
—Mejor nos vamos Koji —apura el castaño a su hermano, incapaz de mirar a Aleph—. Lo sentimos mucho.
—Nos vemos.
Y se van de ahí, dejándolo solo, pero con la ira emanando por todo su cuerpo. Se lleva las manos a la cabeza, enreda los dedos en su cabello negro y aprieta con todas sus fuerzas mientras se dobla hacia el frente y flexiona sus rodillas. Suelta su pelo y se apoya contra el suelo con sus manos. Sigue respirando rápidamente, demasiado fuerte, y deja caer todo su peso en sus manos como si eso pudiera mover la tierra o el planeta entero.
Levanta la mirada y ahí está el graffiti, el mural inacabado y por un segundo lo ve, lo ve como era antes de las líneas negras: era como el de su madre pero en aerosol; con las aristas más rectas, las líneas menos difusas, más detalles y con una composición redonda en lugar de rectangular pero las formas más grandes, eran las mismas.
Con un nuevo vigor, sacado de quien sabe dónde, Aleph se levanta de golpe, quitando las manos antes de levantarse con sus piernas por lo que casi tropieza, pero un largo paso lo salva. Sus manos ya están ocupadas sacándose la sudadera ligera de color gris oscuro que usa arriba de su ajustada playera negra, la toma entre sus manos, la agarra firme y con todas sus fuerzas lo siguiente que hace es azotarla contra el muro.
Y escucha una melodía, una serie de tonos casi individuales sobre un xilófono de juguete que está en sus cortas piernas. Sonríe. Sonríe demasiado porque delante suyo esta él, tocando con sus finos dedos tan curioso instrumento… nunca había visto a su papá tan feliz. El hombre entonces lo mira, sus manos se mueven sin supervisión porque ya se sabe el patrón. Y el ríe, no sabe si para su papá, porque en verdad lo siente o qué. Pero ríe, ríe y ríe y su papá sigue tocando.
Sólo están ellos dos bajo el cielo nocturno, con las estrellas haciéndole compañía…
Aleph se deja caer, las manos vuelven a su cabeza y cierra los ojos.
Tararea pero quiere gritar.
…
La melodía sigue.
El muchacho se endereza en su lugar en el suelo, mira a su alrededor.
La melodía sigue.
Mira y mira buscando algo, el origen, a la persona que toca. Se levanta y corre hacia su derecha, al final del callejón por donde había visto a los gemelos, donde se encuentra el terreno baldío y las calles son de terracería, y no ve nada, desierto como cuando llegó, pero la melodía sigue en sus oídos, vibrando en su pecho y en su cuerpo así que corre en dirección opuesta, dejando atrás el enojo y el graffiti. Es la melodía de su infancia esa que sólo su padre conocía.
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Cuando la música suena no la escucha, la ve. Pero lo que ve no es una imagen clara, son formas geometricas toscas y borrosas, confusas; apreciables pero no detalladas, manchas incoloras que hacen que la composición entera se pierda entre tanto caos.
Una mala copia de las obras de arte que decoran la casa.
Pero no se puede detener. No quiere hacerlo.
Es una mala señal y lo sabe pero es una melodía que él compuso. Es un mensaje para ella, uno que no entiende, que posiblemente su hijo comprenda… tiene miedo pero a la vez esperanza.
Yellow no se detiene. Está en su casa, en el espacio central entre la cocina, la sala y el invernadero. No está usando pintura, sino un aderezo, lo huele y lo siente en cada movimiento de sus manos; la sustancia viscosa y artificial deslisándose por la llema de sus dedos y el suelo. No le da asco. Y sabe que lo que quedará después de su ocurrencia no séra más que un mugrero, como el que está en la cerca de su vecina pero no le importa.
Es la melodía de N. Quien sabe, posiblemente al fin pueda entender eso que N tan celosamente guardo en esas melodías aunque no fuera hechas para ella. Posiblemente Aleph pueda leerlo.
Posiblemente…
Yellow agacha la cabeza, pero no deja de dibujar, tiene miedo y a la vez esperanza, por y para su hijo.
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Aleph corre hacia el centro de la ciudad, a la plaza principal, ahí donde todos se congregan, conviven y saludan, donde hay tanta gente que el sonido se pierde. No así la melodía que lo guía desde hace más de 20 minutos. Se detiene en la acera, las personas que por ahí caminan lo miran, reconociendo de quien se trata pero siguen con sus vidas; tranquilos, ignorantes a lo que Aleph escucha y lo mueve con tanta emoción e intensidad. Sordos a la música, ciegos a su presencia y sin dirigirle la palabra.
No le importa.
Mueve su cabeza en todas direcciones, como si en ese lugar se encontrara lo que busca. Aleph es alto así que no tarda en inspeccionar a sus alrededores lo suficiente para ver un pequeño grupo de personas a lo lejos, en el centro de la plaza, cerca del kiosko. No trota, corre. Corre y no se detiene hasta que llega con ellos, hasta que logra acomodarse y ver al hombre mayor que toca un violín. Sus movimientos son cuidadosos, casi mecánicos, como si tuviera miedo de equivocarse o romper el instrumento en sus manos. No hay vida o pasión en su ejecución, sólo su memoria recordando la partitura y sus manos y dedos recordando cómo y dónde moverse.
Aun así, sigue siendo la melodía de su padre y ya no está en el kiosko, sino que está delante de su padre, con el xilófono que toca con una sonrisa, mientras Aleph ríe y ríe. Este le habla, le habla y le contesta a cada una de las preguntas que hace pero que nunca han tenido porque salir de su boca. Su papá le entiende, así que le cuenta de las estrellas en el cielo, del maravilloso mundo que hay más allá de la noche, de la música más hermosa que ha oído jamás. Aleph lo oye atentamente. La melodía sigue.
El hombre se detiene al finalizar de alargar una nota. Las personas a su alrededor aplauden.
Aleph sonríe en su recuerdo.
—Una hermosa melodía, debo admitir —comenta un señor a su lado.
El chico parpadea, su expresión cambia a una de sorpresa, mira a su alrededor. Su recuerdo se ha ido y lo que ve ahora es el grupo de personas que se acercan a felicitar al hombre cuya apariencia apenas nota.
Su cabello es verde, largo y verde como sería el propio de no ser por el tinte. El hombre tiene una expresión tranquila mientras agradece con una sonrisa los halagos de sus espectadores y contesta las preguntas que le hacen. Su voz es grave pero baja, un susurro constante que no te invita acercarte, sino a guardar silencio y prestar atención.
El hombre inclina levemente la cabeza, dando por terminado la conversación con los demás ciudadanos y se gira a guardar su violín a la vista de Aleph que no sabe cómo reaccionar o que hacer.
—Me alegra que te gustara muchacho.
Lo mira con extrañeza.
—Sí, te estoy hablando a ti.
Aunque viejo, el hombre se incorpora con bastante facilidad después de guardar su violín. Su saco gris, a juego con sus pantalones lucen deslavados, y esa camiseta de botones parece decolorada por el sol. Es como si viera al viejo proceso mal pagado de secundaria rural…
—Si debo ser sincero, nunca me gusto trabajar con adolescentes.
La afirmación sorprende a Aleph, quien ya no lo mira con extrañeza sino con alarma. Su respiración se detiene por menos de un segundo y sus ojos no abandonan al señor que lo sigue mirando como una sonrisa leve y como si lo que pasara fuera normal para él.
—Te he asustado ¿no es así? —Pregunta antes de darse la media vuelta— No fue mi intención.
El señor se va, dejando a Aleph confundido, con miedo pero sobretodo hecho un caos. Ese hombre le puede entender.
Pero no se mueve y el señor se sigue yendo. Al fin alguien le entiende pero no se puede mover.
Quiere gritar.
Cuando ve al hombre detenerse no lo puede creer, cuando se da la media vuelta tampoco.
—No te preocupes, tomate tú tiempo. Estaré aquí mañana si te interesa —con eso dicho y una leve inclinación de cabeza se va. No sin antes decirle al viento su nombre, para que Aleph lo escuche: — Me llamo Ghetsis.
Aleph vuelve a sonreír.
Nota: Aqua, Koji y su hermano no me pertenecen, son OCs prestados por M. J. Hayden y Kotomi Walker que solo hacen un cameo.
