Hechizo de Primavera
Capítulo 1
Escrito por Elle Andrew y Three Swords
Colaboración Especial Angie JB
Albert's Angels
GF2014
–¡Yujuuuuuuu! ¡No hay nada más hermoso que la primavera! –exclamó una conocida voz, inaudible para las creaturas del universo material. Aunque, si animales, plantas o humanos hubiesen sido capaces de escuchar el dialecto Wardian de la Cuarta Dimensión, éste les habría sonado simplemente como una bella melodía tañida por campanillas de plata.
–¡Estrella! ¡Estrella! ¡Espérame! –suplicó Bombón, que lo tenía difícil adaptándose al cambio de estación. Ella era una Wardiany de invierno y amaba la nieve; en cambio, el polen y el aroma de las flores le hacía estornudar y le acarreaba bochornosos episodios de hechizos explosivos involuntarios, por lo que prefería ir despacio para no perturbar a sus queridas, pero "picantes en la nariz", amigas.
–¡Te pasas de lenta Bombón! –dijo Estrella, trazando incontables piruetas en el aire hasta posarse sobre el cáliz de una primorosa pimpéndula. Bueno, en realidad la pimpéndula no se llamaba pimpéndula; pero lo que había pasado fue que, desde un día de tantos, a Céfiro le había dado por llamarla así, porque se le hacía mejor nombre ese que el de "Girasol" y, como todas sus hermanas estuvieron de acuerdo, a partir de ahí todas comenzaron a llamar pimpéndula al girasol. La cosa no tenía importancia porque los Wardiany no tenían registros botánicos (la Cuarta Dimensión no tenía plantas) y, de tenerlos, sin duda Céfiro sería la encargada de redactarlos, así que salía lo mismo. Además, estaba claro para todos los Wardianys que los nombres que Céfiro proponía para toda materia de la Tercera Dimensión siempre eran más divertidos y más fáciles de recordar.
–¡Aaaaatchú! –estornudó Bombón, aterrizando de emergencia (y de narices) junto a Estrella sobre los frescos pétalos de la pimpéndula.
–¡Ay Bombón! –exclamó Botón, que recién llegaba, surgiendo de entre un par de pétalos más grandes–. ¡Ya te dió otra vez esa molesta narrindina! ¡Te dije! ¡Te dije que evitaras tomar la ruta entre los narcisos! (Al igual que su hermana Céfiro, Botón también tenía el hábito de asignar nombres a las cosas, pero ella lo hacía en general con los padecimientos y aflicciones, así como con los medicamentos. Con frecuencia comentaba lo complicados que eran los humanos cuando de poner nombres se trataba)
–Bueno, al menos hoy no nos envió a la dimensión Aserejé, como la vez pasada ¡Agarren al canijo Zampizdango que me mandó a la lona! –dijo Céfiro, con voz acusadora y apremiante, emergiendo medio mareada desde el mullido acolchado del centro lleno de semillas de la pimpéndula. Al parecer el aterrizaje de Bombón y el estornudo la habían enviado pétalos abajo.
–¡Lo siento, querida Céfiro! –se disculpó Bombón, que también tenía problemas intentando erguirse después de la caída.
–Botón... Botón... –susurró Estrella a las orejas de su amiga.
–¿Qué quieres? –dijo Botón, también susurrando.
–¿Qué cosa es un zampadungo...?
–Zampizdango –corrigió Botón, en el tono de una maestra de escuela–. Dícese del objeto que no puede ser identificado pero que causa un daño circunstancial a una Wardiany, en territorios más allá de la cuarta dimensión.
–¡Ooooh! –exclamó Bombón, como si estuviera en ese momento asistiendo (y de hecho, de vez en cuando lo hacía) a una gran cátedra de su querida amiga en el aula magna del Instituto de Jurisprudencia Interdimensional. Hablaba con un peculiar tono nasal de voz, mismo que se debía al hecho de que se encontraba apretando fuertemente su pequeña nariz con sus dedos para evitar males mayores o, mejor dicho, estornudos mayores.
–Aaaaaaaah –la que había hablado en tono de "ya lo pesqué, pero me dejó igual" era Estrella, que miraba alternadamente de Botón a Céfiro con un gran signo de interrogación flotando alrededor suyo.
–¡No me veas a mí! –se defendió Céfiro, recobrando ya un poco de equilibrio–. Yo nunca he entendido nada de eso, pero me aprendí la palabra porque se oye bonita, y Botón estuvo repitiéndola algo así como veinte noches consecutivas cuando estudió para defender su tesis sobre...
–¡Aaaaaaaah! ¡Es emocionante estar de vuelta! –exclamó Botón, emocionada, cambiando el tema–. Oigan ¿Se dan cuenta que hace un montón de pumbímbulos que no veníamos por acá...?
–Pues, ahora que lo dices, creo que serían... más o menos como tres –dijo Céfiro, consultando de inmediato un pequeño pergamino de actividades de última generación: se enrollaba y desenrollaba sólo y las palabras se escribían sólas en él con sólo pronunciar un pequeño conjuro.
Las Wardianys eran criaturas celestiales de la Cuarta Dimensión cuya ocupación primordial era tejer y entretejer los sueños de los habitantes de la Tercera Dimensión, por lo cual, cada cierto tiempo, traspasaban la frontera para visitar personalmente la realidad sobre la que su magia incidía. A esas cuatro amigas en particular les fascinaba pasearse por los hogares donde había recién nacidos, para entregarles los dones y talentos que adquirían en su almacén favorito durante las ventas especiales.
A decir verdad, Botón tenía delirio por las ofertas y, durante los cambios de temporada, acababa por acaparar una provisión ingente de dones, por lo cual, con frecuencia las cuatro amigas solían tener problemas para terminarlos de entregar todos antes de que caducaran; pero siempre lo conseguían, sólo que la vez anterior se habían visto mucho más apuradas que nunca y no habían tenido más remedio que ponerlos todos en una misma cuna: la del bebé más hermoso que habían visto en sus vidas.
Habían sido tres pumbímbulos atrás cuando, durante el último viaje que realizaran a la Tercera Dimensión, las cuatro habían encontrado por casualidad un recién nacido de la especie humana y se habían emocionado mucho, porque nunca habían visto un bebé con tanta belleza; así que, contrario a su costumbre de nunca volver al mismo sitio, aquella tarde habían hecho una excepción para regresar a donde aquel hermoso niño y ver qué tal le iba en la vida; por eso se encontraban en ese momento en el jardín de una mansión en la calle Baker 443.
–¿Tanto tiempo? –preguntó ahora Bombón, mostrándose sorprendida. De hecho, retiró los dedos de su nariz para utilizarlos en contar apresuradamente y eso fue un error, porque inevitablemente se escuchó un–: ¡Atschú!
–¡Tranquila! –dijo Botón y, buscando en su pequeño bolso, encontró una pequeña pinza de ropa que, sin más, colocó en la nariz de Bombón.
–Gracias, Botón –dijo Bombón, recobrando su tono nasal gracias a la pinza. Las wardianys no utilizaban medicamentos, así que una pinza en la nariz era un buen remedio para la afección de Bombón.
–Oigan ¿En serio hace tres pumbímbulos que no veníamos por aquí? –preguntó Estrella, algo sorprendida–. Entonces eso sería...
Los pumbímbulos eran, para las Wardianys, algo así como el equivalente a los años en la Tercera Dimensión.
–Yup: como 30 años de la Tercera Dimensión –respondió Botón.
–¡Retechanfle! –exclamó Céfiro en tono medio de queja–. ¡Eso es mucho!
–Demasiado –dijo una voz nueva–. En especial después del desbarajuste que armaron la última vez que estuvieron por aquí, libélulas de arroyo.
–¡Terribulous! –exclamaron a coro las cuatro, sin poder ocultar un dejo de antipatía en su voz y no era para menos: el zacarandú de esa miniórbita y ellas no llevaban muy buenas relaciones, ya que, desde una desafortunada discusión con Céfiro, él insistía en espiarlas durante sus visitas esperando con avidez captarlas en la menor trasgresión a las leyes interdimensionales para así poder multarlas y deportarlas; claro que nunca había tenido éxito en ello, después de todo, Botón era la abogada del grupo, especialista en derecho interdimensional, además.
–El mismo de siempre –replicó el zacarandú, que venía a ser algo así como un vigilante del orden interdimensional, aunque para las cuatro Wardianys era una criatura peor que el polen que hacía estornudar a Bombón; y eso era ser muy amables con el zacarandú, aunque bastante injustas con el polen.
–¿Qué haces aquí? –preguntó Botón en tono ligeramente agresivo–. ¿No tienes algo mejor qué hacer? Seguro hay muchas violaciones a los reglamentos en otro lado y bien sabes que por aquí no encontrarás ninguna.
–Perdonad, si os incomodo, distinguidas y coloridas cucarachas –dijo el zacarandú, con un tono tremendamente satisfecho–, pero he sido enviado por mi superior para notificaros que vuestros permisos para visitar esta dimensión han sido puestos bajo resguardo. Se os informa que no podéis salir de esta miniórbita hasta realizar las debidas reparaciones por los daños causados en vuestra última visita. Por supuesto, no me abstendré de deciros que disiento profundamente en tal sanción contra vosotros, ya que lo último que deseo es teneros aquí, agitando vuestras pestilentes alas por mis dominios –concluyó, con pomposidad.
–Bombón... Bombón –susurró Estrella a los oídos de Bombón.
–¿Qué? –respondió Bombón, también susurrando, sin dejar de observar el diálogo entre Terríbulous y Botón.
–¿Qué dijo...?
–Una dotación de tarjetas de descuento para quien me lo traduzca ¡Hijo de Juan de Dios Peza! –exclamó Céfiro en voz baja.
–¿Qué pasa, Botón? –preguntó Bombón, despúes de ver que su amiga leía con atención un pergamino con el sello de la autoridad máxima de la miniórbita londinense.
–Se nos acusa de haber utilizado incorrectamente artículos de tránsito restringido entre dimensiones y provocado serios daños colaterales debido a esta utilización incorrecta –informó Botón, con expresión seria–. Además, debido a este proceso de investigación abierto en nuestra contra se nos ordena permanecer en esta dimensión hasta que todo haya sido aclarado. Terríbulous ha sido nombrado para custodiarnos –añadió, con innegable fastidio.
–¡Chin! –exclamó Estrella, por primera vez atenta a lo que ocurría.
–Pero... pero... ¿Qué hicimos? –preguntó Bombón, confundida.
–¡Si! ¡Eso! ¡Tenemos derecho a que se nos informe adecuadamente sobre...! –comenzó a protestar Céfiro, pero fue atajada de inmediato por Terríbulous. Un Terríbulous bastante cortés, dadas las circunstancias.
–Todo –dijo, con voz más alta de lo normal–. Todo –repitió de nuevo–. Se encuentra escrito en ese documento –señaló al pergamino que Botón sostenía todavía entre sus manos–. Y más os vale, que no me traigáis problemas. Nos conviene a todos.
–Tiene razón –convino Botón, con el ceño fruncido y luego, volvió a leer rápidamente el pergamino y dijo–: Terríbulous, ya que no tenemos otra opción que fiarnos de tí, lo mejor será si comienzas por explicarnos las cosas, en la calidad de autoridad que eres.
–No os escuché bien, tierno pimpollo a punto de florecer –decaró el aludido, entre dientes, con voz ligeramente divertida y una mueca insufrible pintada en su rostro.
–Dije –replicó Botón rechinando los dientes–. Que será mejor que nos expliques todo a detalle.
–Pero ¿qué habéis dicho? Lo que iba despúes, quiero decir –dijo Terríbulous, conteniendo la risa.
–Dije que... ¡oh, rayos! ¡no puedo! –exclamó Botón, perdiendo la paciencia y comenzando a echar humo por las orejas–. ¡Prefiero quedarme aquí unos cuantos pumbímbulos que volver a dirigirle la palabra a éste!
–Como gustéis, libélulas de pantano –dijo Terríbulous, haciendo una florida reverencia ante las cuatro amigas. En seguida, hizo ademán de retirarse.
–¡Terríbulous, esperad! –le llamó Bombón, con urgencia. El zacarandú la escuchó y se detuvo.
–¿Os escuché un "por favor"...? –sugirió el zacarandú, que obviamente estaba difrutando a todo cuanto podía la situación.
–Esperad, por favor, Terríbulous –dijo Bombón, en un tono que dejaba ver que prefería tragar vidrio molido a pedir favores precisamente a Terríbulous.
–¡Calma todos! ¡Pausa! ¡Tiempo fuera! –gritó Céfiro con energía–. A ver, Botón, déjame leer ese comunicado.
Botón, todavía echando humo, obedeció y le tendió a Céfiro el pergamino. Céfiro leyó con rapidez y atención y, después de meditar un poco, miró a Terríbulous y dijo:
–Según ésto, por el momento estamos sólo bajo investigación, lo cual quiere decir que la única penalización que tenemos es permanecer en esta dimensión. ¿Correcto?
–Así es –admitió Terríbulous.
–También, según esta orden y de acuerdo a las leyes Interdimensionales, como aún no existe un proceso legal abierto en tiempo y forma, y sólo existe un proceso de investigación, el cual es diferente del proceso legal, entonces eso significa que, si resarcimos los daños, somos libres de regresar a nuestra dimensión, sin que se nos levante un sólo registro de violación a las leyes... –Céfiro hizo una pausa intencional, y miró a Terríbulous con animosidad–. ¿Correcto?
–Sí –declaró Terríbulous, comenzando a mostrarse serio.
–Entones, señor Zaracadapious...
–Zacarandú, y más vale que no lo olvidéis, parásito alado –la corrigió Terríbulous, con fastidio.
–Señor zacarandú –corrigió Céfiro–. Usted tiene la obligación de informarnos a detalle sobre el proceso de investigación y, en su calidad de autoridad custodia, proporcionarnos las facilidades para que este proceso se resuelva satisfactoriamente para todos los implicados ¿Correcto?
La respuesta de Terríbulous se demoró varios segundos, pero al final emitió un resentido:
–¡Sí!
–¡Pues infórmenos, señor Zacamandú! O de lo contrario presentaremos la queja respectiva ante sus superiores –apremió Céfiro, sin un ápice de cortesía. Para esas alturas Botón la miraba como si le hubieran salido flores en las orejas y Bombón y Estrella estaban a punto de desmayarse por la impresión.
–Venid conmigo y os advierto que no causéis problemas –pidió Terríbulous, evidentemente disgustado y, después de rechinar los dientes, emprendió el vuelo en dirección a la casa sin molestarse en comprobar si ellas lo seguían.
Las cuatro amigas lo siguieron, sin cruzar una palabra entre ellas, y así, pronto los cinco estuvieron dentro de una habitación enorme, que incluía una chimenea, una pequeña salita, estanterías llenas de libros, y un escritorio. Ahí, detrás de ese enorme mueble antiguo, se encontraba sentado un hombre de alrededor de treinta años, al parecer revisando documentos.
–¡Por todas las estrellas! –exclamó Bombón–. ¡Pero qué hombre más hermoso!
El hombre en cuestión era rubio, de figura y rasgos agraciados entre los que destacaban los ojos de un azul peculiar, muy intenso y frío. Estaba vestido con suma elegancia y toda su persona exudaba un aire de poder y autoconfianza.
–¡Está para comérselo! –secundó Estrella, con los ojos muy abiertos por la impresión. Sus alas perdieron fuerza y Bombón tuvo que sostenerla para evitar que cayera en picada; reacción que solía ocurrirle a la vista de especímenes masculinos hermosos, fueran éstos de la especie que fueran.
–Pues no está nada mal –estuvo de acuerdo Céfiro, fingiendo analizar con detalle al espécimen humano a través de un espejo mágico que le permitía verlo más de cerca–. Aunque yo le sugeriría unas gafas de montura de oro para complementar...
–Yo le sugeriría un corte de cabello –acotó Bombón–. Esa cabellera queda fuera de lugar en un sitio como éste y le arruina el porte, pero... ¿Qué estáis haciendo? ¿Nos habéis traido hasta aquí a admirar a un humano, señor Terríbulous? –preguntó Bombón con cinismo.
–¡Por supuesto que no! –protestó Terríbulous–. Ahora ¿queréis callaros todas? Debéis poner atención a lo que sucederá. Si no os enteráis no me hago responsable de dónde acabaréis posando vuestros gordos traseros al final del día.
–¡Eres un bast...! –exclamó Botón, pero Estrella la calló poniéndole una mano en la boca y deteniéndola antes de que alcanzara a golpear a Terríbulous y decirle lo pensaba de él.
La discusión parecía a punto de reanudarse; pero, en ese momento, un portazo captó la atención de todos y la acción en el despacho comenzó.
–¿No te enseñaron a llamar antes de ingresar a cualquier habitación, joven Legan? –preguntó con seriedad el hombre detrás del escritorio, al recién llegado. Tan pronto el aludido llegó hasta ahí dejó de estudiar los documentos en que se encontraba concentrado y lo miró, con severidad y evidente disgusto.
–Disculpe usted, tío Will... –comenzó a decir.
–Señor Andrew para ti, bastardo –corrigió con arrogancia el rubio y volvió a concentrar su atención en los documentos–. Aunque "presidente" o "su señoría" también es aceptable –sugirió con voz dura.
–Perdón, señor Andrew –se disculpó el joven Leagan, haciendo una reverencia de cortesía–. Lo que ocurre es que...
–¡Lo que ocurre es que eres un inepto! –vociferó el rubio, cerrando de golpe el fajo de documentos y volviendo a mirar a su interolcutor, esta vez con furia mal disimulada–. ¡Hace un par de semanas que la autorización para el proyecto en las tierras de las montañas Hartway debía estar aquí! ¿Piensas que tengo tiempo para dedicarlo a resolver estupideces? –preguntó, al tiempo que se ponía de pie con un ademán enérgico–. Me ocupo sólo de asuntos que valgan la pena, señorito, no de idioteces como ésta –indicó, agitando frente al joven una carpeta–. y hace ya bastante rato que los Legan, gracias a ti, no representan más que al mozo del café en la mesa de la directiva. No estás ayudando mucho que digamos a tu apestosa familia –concluyó, medio sonriendo con cinismo.
–Disculpe, su señoría –dijo, en voz apenas audible el muchacho. Era moreno, de porte elegante y rasgos apuestos. Un destello de rabia brilló en sus ojos oscuros, pero el hombre mayor no lo percibió.
–¡Bah! –exclamó, haciendo un ademán despectivo, que no por el hecho de serlo dejó de verse muy distinguido–. Hace mucho que lo único que escucho de tí son disculpas y, como te acabo de decir, eso no me sirve jovencito. El consorcio necesita hombres enérgicos, capaces y resueltos a conseguir sus objetivos ¿Lo eres? ¿O estoy perdiendo mi valioso tiempo contigo?
–Lo siento, señor –se disculpó nuevamente Neal–. Pero la administradora del Hogar de Pony se niega a abandonar los terrenos de Hartway argumentando que el dueño original les cedió esos terrenos. Han presentado documentos debidamente acreditados de la concesión y cuentan con el respaldo de la comunidad.
–Creí que había quedado claro que no escatimaré recursos en este proyecto –indicó el rubio con impaciencia–. ¡Es obvio que lo que prosigue es pagar la indemnización adecuada! Sin importar que sea más alta de lo normal.
–El problema, señor, es que, como habrá leído en los informes, la administradora no desea dejar esas tierras. Ella sostiene que desea que el Hogar permanezca ahí, y también ha afirmado que el padre de usted, personalmente, garantizó eso; aunque existe la posibilidad de declarar nula la concesión, lo cierto es que, como están las cosas, el condado no concederá esa autorización y la opinión pública verá con malos ojos el que la corporación intente despojar a unos indefensos huérfanos de su único hogar. De hecho, ya se han formado por lo menos dos organizaciones para apoyarla en su causa y también ha comenzado a reclutar simpatizantes en el sector de la alta sociedad de Londres. Eso sin contar el conflicto que se tiene con el sector maderero local, debido a la requisición de varias acres del bosque que supuestamente les estaba arrendando para su explotación.
–¡Me importa un bledo si consigue apoyo de la Reina Victoria! –explotó el rubio, con furia y luego de unos momentos, emitió un suspiro de exasperación y agregó, en un tono ligeramente despectivo–: Legan, no estás aquí para aprender caridad, sino para aprender a utilizar todo los recursos a tu alcance, legales o no, para hacer crecer esta corporación y obtener cuanta riqueza ofrece el mundo. Soborno, intimidación, sabotaje... hay mucho de dónde escoger, y muchas maneras de lograr lo que te estoy pidiendo, usa la imaginación y el dinero ¡La quiero a ella y a esos apestosos críos fuera de mis tierras!
–Pero, señor...
–Hazte cargo, Neal –dijo el hombre mayor con un innegable tono de amenaza–, o será la última vez que entras a este despacho y también el último mes que tu familia cuente con un techo sobre sus cabezas.
–Señor...
–Espero, que no me defraudes –concluyó el rubio, y volvió a concentrarse en su trabajo, sin volver a prestarle atención al muchacho; quien, después de mirarlo con impotencia, abandonó la habitación.
