HECHIZO DE PRIMAVERA

CAPÍTULO II

Por Elle Andrew y Three Swords

Colaboración Especial Angie JB

Albert's Angels

GF2014

*Prrrrrrrrrrrrrrrrrtfffff*

─¡Puaj! ¡Qué asco! ─exclamó Terríbulous haciendo una mueca despectiva. Estrella lo miró con resentimiento y... volvió a sonarse la nariz.

─Si no vas a ayudar, señor zacarandú, al menos déjanos llorar en paz ─pidió Botón, con voz temblorosa que contenía un dejo de enfado.

─¡Es terrible! ¡Terrible! ─exclamó Céfiro entre hipadas─. ¡Nos vamos por un ratito y cuando regresamos parece que el mundo está a punto de colapsar!

─¿Y qué esperabais? ─resopló Terríbulous, con disgusto mal disimulado─. Otorgar dones de la índole de los que vosotros introdujisteis ilegalmente en vuestro último viaje acarrea ese tipo de consecuencias.

─¡Nosotras no somos contrabandistas! ─protestó Bombón─. Y nunca hemos introducido nada ilegalmente. Nuestros regalos estaban debidamente requisitados y...

─¡Todo esto nos está pasando por tu culpa, zarracandú del piojo! ─lo acusó Botón, furiosa─. Si no te hubieras empeñado en perseguirnos todo el día aquella vez, habríamos tenido tiempo para repartir esos sobres como es debido.

─En eso os concedo toda la razón, hermoso capullo de Zaracuás ─respondió Terríbulous en tono galante─. Yo debería haberos vigilado mejor y así os habría impedido cometer el desatino que cometisteis.

─Céfiro... Céfiro... ─susurró Estrella, entre suspiros, haciendo esfuerzos por dejar de llorar─. ¿Qué es un Zara...?

─A mí ni me preguntes, que nunca le entiendo nada al móndrigo ese ─replicó Céfiro, con disgusto, cruzando los brazos en actitud belicosa.

─Mejor te aplacas, Estrellita ─susurró Bombón, que ya había dejado de llorar─. O Botón podría escucharte y recordar que el Zaracuás es...

─¡Zaracuás! ─exclamó Céfiro, de pronto, provocando que todos se volvieran a mirarla─. ¡Cállense todos! Creo que viene alguien...

Un segundo después, efectivamente, se escuchó un nuevo click y la enorme puerta de madera volvió a abrirse, dejando entrar a un hombre en sus cuarentas, moreno y de porte elegante.

El recién llegado avanzó hasta el escritorio donde el hombre rubio continuaba inmerso en su trabajo y, sin molestarse en disimular su disgusto, arrojó un pesado sobre con documentos sobre el escritorio y espetó:

─¿Me puedes explicar de qué se trata todo esto?

─Buenos días, Johnson ─respondió el rubio sin inmutarse, todavía concentrado en lo que estaba examinando─. Creí haberte dejado claro que hoy tenía mucho trabajo por realizar y que no deseaba ser molestado con asuntos irrelevantes.

─¡Que cientos de familias no tengan un techo dónde dormir hoy no es un asunto irrelevante, William! ─casi gritó el hombre moreno, evidentemente furioso─. ¿Como es posible que hayas autorizado el desalojo del conglomerado No. 8? ¡El voto de la directiva fue a favor de...!

─El voto de la directiva fue a favor de la mejor solución y no puedes negarme que demoler esos vejestorios es lo mejor que podemos hacer si deseamos sacarles algún provecho. Nuestro nuevo almacén quedará perfecto en esa zona.

─¡Tu padre adquirió esos edificios! ¡Y fue él quien dispuso que permanecieran como...

─¡Mi padre, mi padre! ¡Mi padre! ¡Estoy harto de escucharte mencionar a mi padre! ¡Cansado de vivir bajo la sombra de un cadáver! ─estalló, furibundo, el hombre más joven, dejando de lado lo que fuera que estuviera leyendo para centrar toda su atención en el hombre moreno, aparentemente un ayudante─. Dime, Johnson ¿No tienes trabajo qué hacer? Creo recordar que hace más de una semana debiste entregarme el informe sobre las dos fábricas textiles que adquirimos en el sur de la isla. Deberías aplicarte en lugar de andar perdiendo tu valioso tiempo y mi todavía más valioso capital en alegatos inútiles. ¡Estamos al borde de una crisis!

─Y no ayuda mucho a tal crisis. ni a la estabilidad económica de esta ciudad, ni del reino, despedir una cantidad ingente de trabajadores y mucho menos echar a personas a la calle sólo porque están en el trayecto de tus nuevas vías de ferrocarril u ocupando un edificio que pretendes utilizar como almacén.

─¿De qué hablas?

─¡De esto! ─exclamó Johnson, tan furioso como nunca antes lo había visto, había tomado de nuevo el sobre del escritorio y ahora lo agitaba frente a William, alterado en demasía─. ¡Has autorizado un desalojo violento! ¡Una medida vil que ni siquiera Legan se atrevería a llevar a cabo! Dime, sir William ¿Quién te crees que eres?

─¿El accionista mayoritario y hombre a cargo? ─preguntó a su vez el hombre más joven, sonriendo con fingida naturalidad. Un brillo acerado podía adivinarse en su mirada. Sus ojos azules se encontraron con los negros en un silencioso duelo que ganó sin esfuerzo.

─¡Por favor, sir William! ¡Recapacita! ─suplicó el hombre moreno─. ¡Esas personas no son tan afortunadas como tú! Y siempre puedes adquirir una nueva propiedad más adecuada a tus necesidades.

─Esas son propiedades que se adecúan perfectamente a las necesidades de la empresa ─afirmó sir William, categóricamente, enarcando una ceja para demostrar su intriga ante el despliegue dramático de su hombre de confianza.

─Lo que tú pretendes destruir son más que construcciones: son hogares ¿No te das cuenta? Cientos de personas viven allí y no tienen otro lugar dónde quedarse. ¿Qué pasará con esas familias?

─Si tanto te preocupan esas personas, quizás podrías conseguirles tú un lugar para que se instalen a sus anchas ¿No te parece? ─sugirió sir William con cinismo e impaciencia─. Hazlo y líbranos a mí y a la compañía de un fastidio. Anda. Ve. Tranquiliza tu conciencia pulcra y almidonada y haz tu buena obra de hoy ¡Pero consíguelo sin dinero de esta empresa y sin fastidiarme!

Johnson se quedó mudo por un instante, ante aquellas palabras recién pronunciadas por su jefe. Decir que no esperaba aquel exabrupto habría sido mentir. El ánimo de sir William en esos días era imposible de campear y era la hora que ninguna persona, excepto él, se atrevía a enfrentarlo.

─¿Qué te ha pasado, William? ─preguntó Johnson, con tristeza e incredulidad─. Solías ser un chico sonriente y despreocupado y ahora ¡mírate! Te has convertido en un hombre amargado y frío, además de cruel.

─Tal vez mi padre te pagara por fingir ser su amigo, Johnson, pero yo no necesito de ese tipo de servicios ─dijo Sir William con un tono extremadamente insolente y cínico.

─¡Cómo te atreves! ─exclamó Johnson con aire ofendido─. ¿Cómo te atreves a insinuar que...?

─Si no has venido a entregarme ese informe que necesito o a tratar algún asunto verdaderamente importante, por favor retírate ─ordenó sir William despóticamente.

─¡Con un demonio! ─explotó Johnson─. ¡No he venido a traerte ese maldito informe, pero lo tendrás para mañana! ─indicó, con furia mal disimulada─. ¡Y así seas el accionista mayoritario eso no te concede el derecho a echarme de esta casa! Por si no lo recuerdas...

─Recuerdo perfectamente las cláusulas del testamento de mi padre, Johnson ─interrumpió sir William de mal talante─. ¿O debo decir, bastardo?

Fue suficiente.

Después de que sir William pronunciara aquel insulto, lo último que supo fue que los puños de George Johnson eran certeros y terriblemente duros.