HECHIZO DE PRIMAVERA
CAPÍTULO III
Por Elle Andrew y Three Swords
Colaboración Especial de Angie JB
GF2014
Albert's Angels
–¡Botón! ¡No te acerques tanto! ¡Lo vas a despertar! –dijo Bombón, que estaba igual de cerca que Botón y además contemplaba al igual que ella, con admiración, al gallardo príncipe guerrero que pumbímbulos atrás había sido un hermoso bebé…
–Shhhh…–susurró Céfiro–. Hablen bajito o lo van a despertar –dijo aún más quedamente…
–¿Qué? –preguntó Estrella, alzando la voz, no oía nada. Se acercó aún más, casi tocando la nariz del bello príncipe–. ¡Ohhhhhh! –exclamó entusiasmada–. ¡Pero si es más guapo de cerca! –dijo emocionada, dando un par de piruetas. Luego, se detuvo a mitad de otra y compuso una expresión de sorpresa–. ¡Oh! ¡Por todas las luces de bengala de la Fiesta de Sirripití! ¡Pero qué es lo que estoy viendo!
Describiendo una serie de piruetas de especial dificultad la wardiany se aproximó lo más que pudo a los ojos del hombre rubio.
–¿Qué pasa, Estrellita? –preguntó Bombón, intrigada, al ver que el rostro de su amiga reflejaba una especial concentración que pocas veces mostraba. Su tono nasal continuaba presente porque no se había quitado la pinza, para prevenir algún estornudo involuntario.
–¡Está brillando! ¡El reflejo del Verdadero Amor está brillando! –exclamó Estrella entre piruetas, su actitud mostraba que no había escuchado la pregunta de su amiga.
–¿De verdad? –preguntó Céfiro, sumamente interesada.
–¡Puedo verlo! ¡Algo está por ocurrir! ¡Su verdadero amor debe estar más cerca de lo que nos imaginamos, si no es que ya lo ha conocido! ¡Ohhhh! ¡Qué maravillosa noticia! –dijo Estrella mirando algo que sólo ella reconocía en los ojos entreabiertos del rubio, que continuaba inconsciente.
–¡Estrella! –amenazó Bombón–. ¡Por favor estate quieta y habla más quedito…! –le dijo, mientras se acercaba más todavía, cautelosamente, para examinar por sí misma la mirada del príncipe. Ella no tenía tantos conocimientos como Estrella en esa materia, pero era muy buena analizando.
–¡Habla más claro Bombón, casi no te oigo! –dijo en fuerte Estrella, algo exasperada por no escuchar bien a sus queridas amigas, mientas se acercaba al dosel de cortinas que adornaban la cama e inspeccionaba las hermosas figuras de flores, bordadas en hilos dorados… Una vez reconocida la situación, su atención se había desviado hacia menesteres más urgentes, como dar un paseo por esa bellísima habitación.
Botón, mientras tanto, observó divertida a la linda Bombón, que se veía preciosa a su parecer, con la pequeña pinza de ropa oprimiendo su nariz y mostraba un ceño más fruncido que los calzones de la abuelita de Céfiro, gracias a que la desfachatez de Estrella la había puesto de mal humor. Justo ahora estaba mirándola furiosa, en tanto luchaba por mantenerse a distancia segura de la nariz y los ojos del rubio durmiente.
–¡Ya deja a Estrella! Básicamente ella puede despertar a media ciudad con sus gritos e iluminar todo Londres con destellos de su varita…–susurró Botón, mientras se resignaba a mirar cómo Estrella se distraía en el bordado del dosel.
Resignada, Bombón soltó un suspiro exasperado:
–¡Eso parece…!
Céfiro se aproximó también, curiosa, y sacó su pergamino de actividades, que tenía incluido un encantamiento muy útil para llevar registros de la repartición de dones y otro para consultar todos los registros de conocimiento de la Cuarta Dimensión.
–A ver, a ver…
–Parece que Estrella tiene razón, y los dones continúan allí –dijo Bombón en ese momento, pensativa–, pero mucho me temo que no están debidamente activados y eso es lo que no comprendo.
Con cautela, manteniendo el equilibrio, una muy contrariada Bombón se retiró del rostro del hombre dejando el lugar más próximo para Céfiro, quien le entregó el pergamino antes de acercarse a examinar también al bello príncipe.
–Si, si, si –dijo Céfiro, después de unos momentos de observación atenta al interior de los ojos del bellísimo príncipe–. Todos los dones que le concedimos siguen ahí, sólo que algunos están casi desapareciendo…–dijo, algo preocupada.
Botón, que hasta ese instante había permanecido a distancia, se acercó también al príncipe guerrero y, haciendo una grácil pirueta, soltó un pequeño destello de su varita que se centró justamente en medio de la frente de ese guapo individuo.
–¡Haré una inspección! –dijo firmemente Botón, mientras el rubio movía algo la nariz, parecía que el polvo mágico que desprendían las cuatro pudiera hacerlo estornudar, aunque era poco probable, porque los humanos ciertamente sentían cómo una caricia y un suave cosquilleo la presencia de ellas.
Botón siguió extrayendo con su magia una serie de recuerdos, y todas pudieron verlos claramente.
–Mmmm… –comentó Botón, en tono profesional–. Esto parece muy doloroso, puedo sentir la gravedad de su dolor. Es más se ve que su corazón guarda una gran oscuridad. ¡No se acerquen demasiado a ésa grieta! –advirtió a sus amigas, señalando el corazón del príncipe, donde se había comenzado a formar una especie de vacío, visible sólo a los ojos entrenados de las Wardianys. Ocurría poco, pero todas sabían que un agujero dimensional de esa naturaleza podía muy bien absorberlas y que les tomaría algo más que simple magia poder salir de ahí.
–¡Con qué aquí están! –dijo una voz que reconocieron inmediatamente.
–¡Terríbulous! –dijeron las cuatro a coro.
–¡El mismo, primorosas Hijas de Zérzera! –dijo, con su acostumbrada voz de declamador y una chispa de malicia brillando en su azulina mirada. Luego, concentró su atención en el rubio ocupante de la lujosa cama y exclamó–: ¡Por las elegantes y finas barbas de los telones del Covent Garden! ¿Todavía no despierta? ¡Ese derechazo estuvo de lujo! Recordaré recomendar al señor del bigotito en algún lado...
–¡Tan bien que estábamos! –exclamó Céfiro, haciendo una mueca de resignación.
–Pero ¿Porqué la agresión, bella y primorosa Céfiro de las cavernas, los bosques y las macetas de corredor? –preguntó, haciendo una ligera reverencia y ofreciéndole a Céfiro un capullo recién cortado de Pomponirá, sacado de sabrá La Luz dónde–. ¿Porqué os empeñáis en escapar de mi si bien sabéis que eso es imposible para vosotras? –preguntó, sin obtener otra respuesta aparte del silencio y dos miradas furibundas: la de Botón y la de Céfiro–. No me rechacéis este humilde presente, divina Céfiro, sabed que soy vuestro más ferviente admirador de esta y todas las miniórbitas de la Tercera Dimensión.
–¡Distancia, por favore! ¡Os lo exijo! –dijo Céfiro en un renuente tono de declamadora. Después de varias escaramuzas con ese zacarandú en particular habían aprendido que no les hacía el menor caso si no le hablaban en tono teatral.
–Cruel, despiadada y fría –dijo Terríbulous, en tono lastimero, después de que Céfiro rehuyera tomar el capullo que le ofrecía; pero entendió el punto y se apartó, para proseguir con su advertencia–: ¡Oh, imprudentes damiselas que conjuráis peligros a sabiendas! ¡Bien podríais terminar todas atrapadas en el vacío de ese humano! –dijo, con dramatismo–. Pero sabed que Yo entregaré mi vida por rescataros.
El zacarandú se pasó ufano delante de ellas.
–¡Sí que sois presumido, Terríbulous! No podríais rescatar ni a una hormiga atrapada en una telaraña –contestó Bombón, examinando junto a sus compañeras los recuerdos del príncipe.
–¡Es verdad! ¡Volad con cuidado o seremos nosotras las que tendremos que rescataros a vos! ¡Imprudente! –dijo Botón, con autosuficiencia tal que hizo reír a Bombón y a Céfiro.
Estrella también hubiera reído de no andar distraída explorando la preciosa araña de cristal colgada del techo en el centro de la amplia habitación. Había descubierto que el cristal era muy fino y que despedía reflejos multicolores si le lanzaba el rayo adecuado; así que para esos momentos parecía que había fuegos artificiales explotando en el interior de la habitación.
–¡Botón! ¡Oh, Botón de mis suspiros! ¡Es la primera vez que me dirigís la palabra hoy! –exclamó Terríbulous–. ¿Qué daño os he infligido, belleza mía, para que me neguéis hasta vuestra hermosa voz? Según recuerdo, antes os deleitábais en el brillo sin igual de mis ojos.
–¡Oh! ¡Por favor! ¡A Botón todos los ojos le parecen hermosos! –dijo Bombón, con un resoplido, quitándole importancia al comentario de Terríbulous.
–Además, eso fue hace como 2,000 durímbulos. Antes que quisieras encerrarnos y fingieras ser nuestro amigo para tendernos esa sucia trampa –contestó firmemente Botón, sin siquiera voltear a verlo. Los durímbulos en la Cuarta Dimensión eran las fracciones de tiempo de que estaban compuestos los pumbímbulos.
Mientras tanto, Céfiro y Estrella, quien ya había regresado de su pirueta número 258 de la jornada, estaban prácticamente desternilladas de la risa ya que Botón y Bombón jamás podían resistirse a discutir con Terríbulous.
–¡Vamos, vamos, concentrémonos! –pidió Céfiro, mientras Estrella volaba alrededor de Terríbulous, claramente con la intención de examinar sus ojos azules.
–Botón, tenías razón... ¡Sí son bonitos! –dijo, finalmente, despúes de la vuelta número diez alrededor del zacarandú y tras reflexionar un poco.
–¡Estrella, no pierdas la cabeza! –incitó Bombón.
–¡Oh! ¡Estoy herido! –dijo Terríbulous, acercando su mano al pecho–. ¡Tantos pumbímbulos sin veros por aquí y no dejáis siquiera que Estrella me lance un piropo, Bombón! –dijo, dramáticamente.
–¡Oh! ¡Por Sirripití! ¡Nunca dejaréis de ser un cabeza floja! –exclamó Bombón, con una mirada furibunda que Terríbulous correspondió lanzándole un beso y dibujando un coqueto mohín con sus sexys labios.
El gesto y la situación al completo los envolvió y pronto los cinco reían abiertamente, sin rencores. Ninguna de las cuatro wardianys podía albergar malos sentimientos en su interior; así que, por lo regular, hasta sus enemigos se volvían sus amigos. No sabían odiar y mucho menos ser malvadas y lo único que les interesaba era ayudar a los humanos prodigándoles dones y conocimiento cuando la ocasión lo ameritaba; por eso era tan importante su misión. Aunque Terríbulous las provocara y las mantuviera bajo su constante vigilancia la realidad era que él sólo estaba cumpliendo con su deber: cuando un equipo como ese visitaba la miniórbita Londinense tenía derecho a recibir un trato diplomático por parte de las autoridades interdimensionales y el paquete incluía un zacarandú, es decir un guardia de alto rango, como escolta.
–Empecemos –sugirió Botón, y con un destello rosa que los rodeo a todos, empezaron a indagar en los recuerdos de su príncipe guerrero.
Apareció el pequeño niño rodeado por ellas, a lo que lanzaron un suspiro. Y luego conforme su vida transcurría, todo fue tomando un color gris que, poco a poco, fue tornándose más y más oscuro; parecía que el príncipe no quisiera recordar. Su padre le había prometido que tendría un hermanito con quien jugar. Su hermosa madre estaba embarazada, con él en brazos cantando una canción de cuna… Y después los gritos más estruendosos que hubieren escuchado. La mujer perdía al bebé y no sólo eso, la mujer había perdido la vida. La muerte de ésa bella dama había sido una tragedia en la familia. Hasta el día de hoy, a William no le gustaban los niños recién nacidos y difícilmente soportaba ver a las madres cargando a sus pequeños hijos.
En el fondo de su corazón los gritos de desesperación y dolor de su madre, habían cuarteado a ese corazón. Los recuerdos del príncipe sobre su niñez eran escasos, pero extremadamente dolorosos. Su padre lo había enviado a un internado y había perdido todo contacto con él. La culpa lo consumía. Como un pequeño niño pensaba que todo había sido su culpa; cuando en realidad era su padre el que no podía ni siquiera ver a su hijo por ser tan parecido a su madre.
El padre sentía una culpa infinita: él había insistido en que tuvieran otro bebé, eran tan felices con el primero, y todo había terminado en una tragedia. Él había arrebatado la madre a su hijo. Con frecuencia él lloraba y pedía perdón, mientras que la culpa no lo dejaba vivir. No podía ver al pequeño William sin recordar y sentirse marchito por la falta de su esposa.
La soledad en la que había vivido William era enorme. El tamaño de la cuarteadura de vacío crecía conforme su existencia transcurría de dolor en dolor, llenándolo de infelicidad. Cualquier humano hubiera padecido del corazón, o incluso muerto, pero él sólo se había aislado más y más y su dulce carácter había mutado en amargura y cinismo. Al parecer como era un auténtico guerrero, ninguna de sus dolorosas experiencias había terminado con sus reservas de luz, sin embargo sí le habían arrebatado toda clase de alegría y la oscuridad continuaba amenazándolo.
Después aparecieron los resentimientos más profundos del príncipe, su profunda decepción por haber atestiguado el maltrato de las creaturas del Señor. En algún momento, al haber sido aislado del afecto humano, también aquel amor que debió haber sentido hacia la creación había mutado en desdén y sólo sentía un amor profundo hacia sus perros, cerca de diez.
Entre los recuerdos con más recelo aparecía él mirando de lejos a su padre conviviendo con los huérfanos de su fundación. Riendo con ellos y llevando en brazos a una pequeña niña de ojos verdes y cabellos rubios...
Asombradas, las cuatro amigas reconocieron de inmediato a la otra mitad de ese ,cuarteado y casi muerto corazón, alojada en esa pequeña niña y se percataron de que era así cómo ella había llegado a su vida, y que no habían tenido mayor contacto que aquel; por eso Estrella no había estado segura de si se habían conocido o estaban por conocerse, porque el hilo del destino que de ordinario unía a dos almas que estaban destinadas a amarse era todavía demasiado delgado, y la semilla del verdadero amor continuaba encerrada en sus corazones sin haber germinado aún.
Estrella sacudió su varita y dentro del recuerdo exploró los recuerdos del padre, era algo muy difícil de hacer, se requería mucho poder, sobre todo si esa persona ya había pasado a mejor vida. Inspeccionaron los recuerdos del padre y apareció una bailarina, preciosa, con hermosos ojos verdes, de cabellos dorados, muy parecida a la preciosa madre del pequeño. Ella ya tenía una hija y él casi la había adoptado. Sin embargo el recuerdo de su mujer, y la lejanía con su hijo no le permitieron llevar la relación más allá. La bailarina había enfermado y posteriormente muerto, y él se había hecho cargo de la pequeña, dejándola bajo la protección de las dos bondadosas madres que cuidaban de los huérfanos. Muy frecuentemente él visitaba a ésos pequeños, que sin resentimientos se acercaban a él. Situación que nunca pudo experimentar con su hijo, porque había siempre tal cantidad de culpa, que casi no podía verlo sin soltar lágrimas. Eso había lastimado profundamente a William, puesto que, como el niño inocente que una vez había sido, había creído que él era una vergüenza para su padre…
Fue entonces cuando ocurrió: un lamento desgarrador brotó de la garganta del hermoso rubio, haciendo temblar el universo y las dimensiones, traspasando como un rayo los espíritus de las Wardianys.
Conmovida, Botón, comenzó a llorar, pudiendo sentir la desolación de ese joven corazón que momentos atrás, en el estudio, se había mostrado de lo más arrogante y autosuficiente ante su asistente. El resto de Wardianys permanecían en un respetuoso silencio en tanto Estrella finalizaba con su trabajo. Terríbulous también se mantenía callado; tan serio y reflexivo como quizás nunca lo habían visto.
–Las heridas son muy hondas –comentó Céfiro, cuando pudo recobrar el habla.
–Debemos hacer algo antes de que este abismo se haga todavía más profundo –dijo Estrella con gravedad.
–¿Y qué podemos hacer? –preguntó Bombón, afligida porque hacía mucho que no había visto un vacío semejante en un corazón humano.
Sin responder todavía a la pregunta, Botón se aproximó al príncipe rubio y esparció polvo mágico sobre él, quien de inmediato se tranquilizó y cayó en un sueño plácido.
–No sufras más, hermoso guerrero –susurró Botón al oído del hombre–. No habrá más aflicción para ti, bello príncipe. Lo prometo.
–¿Y si colocamos todas un destello de nuestro rayo especial sobre esa cuarteadura tan profunda, para impedir que continúe avanzando y atrayendo oscuridad? Tal vez fue ese exceso de oscuridad lo que impidió germinar el don del verdadero amor cuando se le llegó el tiempo –sugirió Céfiro, no muy segura.
–¡Excelente idea! –exclamó Estrella, mientras Terríbulous las miraba con exasperación.
Sabiendo que no podía hacer más, el zacarandú se alejó un poco, dejando a las wardianys en lo suyo, todavía discutiendo la mejor manera de sellar la cuarteadura.
Nunca entendería a esas cuatro chifladas que además eran románticas empedernidas. De ser por él en lugar de amor verdadero habría concedido a ese hombre pasión sin límites por una mujer (la pasión era lo mejor del mundo) y capacidad de dominio sobre las criaturas. De hecho, alguna vez había concedido dones así y... eso era lo que le había valido ser degradado a zacarandú y exiliado de la Cuarta Dimensión. No, pensándolo mejor decidió que no era buena idea.
–¡Terríbulous! ¡No te quedes ahí mirando! ¡Ayúdanos! –comandó Bombón, con urgencia, apartándolo de sus cavilaciones.
–¡Ni en un millón de durímbulos! –rezongó, y divertido fue a acomodarse en el almohadón del príncipe mientras ellas trabajaban, absolutamente encantado por tenerlas de nuevo en su presencia.
Desde una distancia prudente (ya que conocía en carne propia las consecuencias de los estornudos accidentales de Bombón), Terríbulous contempló, casi extasiado, los colores destellantes de las cuatro amigas. Siempre le había parecido precioso el color que emitía Botón, a decir verdad el de todas, y era por eso que las quería siempre junto a él, pues se divertía mucho con ellas. El espíritu alegre de las cuatro y sus ocurrencias rompía la monotonía de sus días de constante y, en ocasiones, infructífera vigilancia. Tenía que reconocer que era su diversión verlas trabajar, le encantaba fungir como su guarda cada vez que visitaban su miniórbita ya que, en esa extraña antipatía que todas sentían por él, mezcla de fastidio y fascinación, por lo regular lo llenaban de colores y encantamientos inofensivos y terminaba completa y absolutamente embobado por los destellos que La Luz Suprema emitía a través de ellas.
Sí en definitiva era un caso perdido… y no ayudaba mucho que ellas le evocaran aquel jamás olvidado sentimiento de nostalgia por su hogar.
Después de un resoplido resentido de Bombón, dirigido a Terríbulous, las cuatro se concentraron y envolvieron a Bombón entre sus rayos luminosos para protegerla en tanto se aproximaba lo más cerca posible de la oscuridad que surgía del corazón del príncipe. Aparentemente lo que fuera que hubieran decidido hacer requería una aproximación de riesgo, eso alertó a Terríbulous y, muy a pesar suyo, abandonó su cómoda posición sobre el cojín para volver a acercarse a ellas, temiendo lo peor; sus sentidos alerta y su gran capacidad de observación puesta en funcionamiento.
Profundamente concentrada, Bombón flotaba, envuelta en luz, deslizándose lentamente hacia la oscuridad y Terríbulous sintió entonces recorrerlo por entero aquel escalofrío que reconocía de tiempos muy remotos, esa misma sensación que alguna vez había tenido cuando...
–¡NO! –el grito de Terríbulous resonó en las mentes de las otras tres Wardianys, que tenían los ojos cerrados y se encontraban tan concentradas como Bombón. Sin embargo, su advertencia llegó una fracción de tiempo después de que el zacarandú, haciendo gala de una velocidad y poder que rara vez mostraba, hubiese alcanzado a Bombón y apartándola de la oscuridad.
En el pecho del hombre la oscuridad tembló y los destellos mágicos emitidos por el grupo de Wardianys fueron engullidos en un instante, perdiéndose en las profundidades de la grieta. Luego, toda la luz desapareció y en la habitación sólo quedaron las wardianys, Terríbulous y el hombre que continuaba durmiendo apaciblemente. La magia se había esfumado sin dejar rastro. Toda la magia: hasta la de las wardianys, a juzgar por sus varitas y vestidos despojados de toda traza de luz.
