HECHIZO DE PRIMAVERA

CAPÍTULO IV

Escrito por Elle Andrew y Three Swords

Colaboración especial de Angie JB

Albert's Angels

GF2014

–Te esperaba, George –fue el saludo de sir William, dicho con voz grave, la mañana siguiente al desafortunado incidente que le valiera un tremendo dolor en la mandíbula y un moretón que sabría el buen Dios cuándo iba a quitársele.

–Señor William, yo... –comenzó a decir el asistente, al tiempo que ingresaba a la oficina con pasos inseguros; pero su oración fue bruscamente interrumpida por un gesto impaciente de su jefe y también por un:

–¡Ni una palabra, Johnson! –exclamó el hombre rubio, mirando al hombre moreno con determinación y una expresión extraña dibujada en el rostro.

–Pero... –protestó Johnson.

–¡He dicho que ni una palabra! –exclamó, perdiendo la paciencia; y luego continuó con su habitual tono despectivo–: ¿Qué? ¿Encuentras demasiado difícil seguir instrucciones precisas? ¿O es sólo que estás tentando de nuevo tu suerte?

–Lo que encuentro difícil es permanecer en la misma habitación que usted, señor William –replicó el asistente con decisión y trazas de ira en su voz–. De hecho, no creo que me gustaría permanecer siquiera en la misma ciudad; así que he venido a presentar mi ren...

–Y aquí viene esa salida teatral que muestra de manera dramática tu dignidad ofendida –interrumpió sir William, con desdén.- ¿Cuándo entenderás que, incluso eso, lo has heredado del abuelo? El viejo cascarrabias era igual a ti. Sentado en este sillón, que ahora es mío, mirando a todos desde su gran altura moral, que no era sino una fachada para un alma débil inclinada a las más bajas pasiones. Solía donar grandes sumas de activos a las beneficencias y sospecho que era para acallar los gritos de su conciencia; aún así, algo le habrá valido, porque siempre he creído que es un verdadero milagro que seas el único testimonio de su vida disipada, y mira que no saliste tan mal.

–Señor Will... –comenzó a decir Johnson, la furia y la determinación vencidas en él por la incomodidad. Resultaba obvio que no le agradaba tratar ese tema.

–William para ti –concedió sir William, con renuencia, provocando que los ojos de Johnson se abrieran más de la cuenta, producto de la enorme sorpresa que esa sencilla frase le había provocado.

–¡Pero, señor! De ninguna manera pue...

–Claro que puedes –lo interrumpió sir William, con una mueca entre irónica y resignada–. Eres mayor que yo y eres mi único familiar directo y, además ¡es una orden! ¿comprendes?

–S-s-sí, señor –replicó Johnson, sin podérselo creer todavía.

–¡Johnson! –reclamó sir William.

–Perdón, quise decir Will... William –replicó Johnson, componiendo una expresión entre aterrorizada y regocijada.

La verdad, el asistente no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero no hizo falta pedir explicaciones, porque un momento después, sir William dijo:

–Johnson, me disculpo por lo que dije ayer . Soy un cretino y difícilmente cambiaré; pero eso no implica que no pueda reconocer cuando he rebasado los límites. Sé que merezco esa renuncia, y tu desprecio eterno, y también merecía este golpe... No me disculparé contigo porque no creo que eso cambie las cosas que ya ocurrieron. Pero, lo que sí creo es que esta compañía y yo te necesitamos y, si bien no puedo prometerte ser mejor persona ni estar de acuerdo contigo y tus prioridades, sí puedo prometerte recordar, de hoy en adelante que, si no otra cosa, al menos te debo un respeto igual al que alguna vez dispensé a mi padre o a mi abuelo; porque, al menos, tú eres un hombre mucho mejor de lo que ellos fueron nunca.

Para cuando sir William terminó de hablar, Johnson estaba boquiabierto por la impresión y no encontraba qué decir.

Patrón y empleado de antaño, ahora convertidos en familia permanecieron en silencio; un silencio raro, pero no incómodo; como evaluándose mutuamente para decidir si era posible confiar en el otro.

Cuando el silencioso escrutinio terminó, Johnson fue quien se atrevió a hablar primero, todavía impactado, pero conservando la ecuanimidad.

–Está bien, aceptaré tus disculpas con una sola condición...

–Ya sé por dónde vas y déjame decirte que la respuesta es no, y siempre será no.

–Pero William, esto no se trata de dinero, eso bien sabemos ambos que puedo cubrirlo yo; pero el problema es que tú, en calidad de representante y propietario de... –mientras hablaba el tono de Johnson exhibió una mezcla de súplica y desesperación a partes iguales.

–¡No! –interrumpió el aludido, comenzando a enfurecerse, pero todavía conservando el control–. George eres igual que mi padre: él adoraba más a esos huérfanos que a mí ¡Dios sabe que siempre esperé las muestras de afecto que él les prodigaba; pero en contraparte siempre recibí toda la dureza de su carácter! ¡Mi padre está muerto y no quiero volver a saber nada de ese maldito lugar! Será mejor que les dejes claro que deben marcharse y, si te resulta difícil encargarte de eso, asígnaselo a otra persona de confianza –dijo con rudeza, plenamente convencido, y Johnson supo que por nada del mundo cambiaría su opinión.

Johnson jamás se desesperaba, pero entre el día anterior y éste sus reservas de paciencia se estaban agotando: ¿Qué iban a hacer los pobres huérfanos? Él podía costearles comida; cosa que de hecho hacía desde que sir William ordenara suspender las donaciones al orfanato al asumir la presidencia; pero ¿techo? Le tomaría meses encontrar un lugar adecuado y el plazo para desalojar el hogar expiraba dentro de muy pocos días.

El hogar de Pony había sido fundado por el abuelo de Sir William, y gracias a su generosidad, cientos de niños habían tenido vestido y sustento desde que los Andrew empezaran a comerciar con el petróleo y la fortuna familiar había crecido hasta los cielos. Cuando el abuelo de Sir William había muerto, el padre de Sir William no había modificado en absoluto las donaciones destinadas a los huérfanos, ya que siempre había sentido predilección por las causas perdidas. Sin embargo, Sir William era diferente a su padre y a su abuelo; para bien o para mal; y en este caso todo indicaba que era para mal.

–No hay plan B, George, ríndete –afirmó William despiadadamente, demostrando con esa sencilla frase que leía en él como en un libro abierto.

Johnson miró al heredero. William era uno de los solteros más cotizados del mundo, pero no era feliz; su espíritu alegre se había agriado porque el resentimiento hacia su padre, un hombre frío y cruel, que le había endurecido el corazón.

–Te quiero como a un hijo William y sé que eso no cambiará las cosas; pero creí necesario decírtelo, para que en el futuro no me acuses de fingir por ti aprecio a cambio de tu dinero –dijo ahora Johnson, con cierto pesar. La amargura del fracaso todavía evidente en su voz grave.

–Lamento haber dicho eso también, Johnson –se disculpó sir William y el hombre mayor pudo ver que era sincero al hacerlo–. Sé que nada, salvo el amor que sentías hacia mi padre y mi abuelo habría podido mantenerte aquí a pesar de todo. Sé también que no nos apruebas y que, si por ti fuera, las cosas por aquí se manejarían de manera muy distinta; sin embargo, no puedes negar que ninguno de nosotros tres te mintió nunca. Los Andrew podemos ser muchas cosas malas, pero no hipócritas.

–Eso es verdad –concedió Johnson, sintiendo que al hacerlo una puerta que necesitaba desesperadamente mantener abierta se le cerraba en las narices; presentía que el final de esa extraordinaria conversación estaba muy cerca, así que se arriesgó a insistir.

–No permitas que tu rencor te ciegue y tampoco permitas a tu padre ganar la última batalla desde la tumba, William. Ambos sabemos que tú eres distinto de tu padre y tu abuelo y que siempre, a pesar de todo, te has esforzado por hacer lo correcto –después de pronunciar esas palabras George se levantó y se dirigió con pasos firmes hasta la puerta; aunque en su fuero interno luchaba contra el deseo de suplicar. En silencio se maldijo, sabiendo que los chicos del orfanato merecían un poco más de esfuerzo de su parte y sabiendo, también, que no se sentía con fuerzas para enfrentar a William precisamente con ese tema y en ese momento.

Indiferente al drama que se desarrollaba en el interior del medio hermano de su padre, William Albert Andrew volvió a concentrarse en su trabajo. Dirigir una sociedad como la suya le requería todo el tiempo y la energía disponibles y, ciertamente, una treintena de niños pobres no representaba un asunto de la menor importancia en su brillante y ocupada mente.

Al llegar a la puerta George intentó tranquilizarse. Recordó, para sí, que jamás se había atrevido antes a insistir a William con ningún asunto, incluso aquellos que comprometían grandes capitales; sin embargo, era consciente del problema que enfrentarían ésos niños huérfanos: todos tendrían que trabajar en fábricas y seguramente morirían intoxicados en las minas de carbón; en el mejor de los casos pedirían limosna, sino es que eran robados y llevados a tierras lejanas. Sencillamente él no tenía el corazón para permitirlo ¿Qué demonios le ocurría a William? No había justificación para tal comportamiento, sin importar lo duro que hubiera sido su padre con él.

¿Qué debía hacer?

Por un momento, la duda lo hizo titubear respecto a su idea inicial; sin embargo, él sabía que, después de lo ocurrido hacía unos minutos tenía la oportunidad más sólida con William que hubiera podido desear. Su trabajo con los Andrew todavía no terminaba. Él sabía que era su deber preparar al hijo de su anterior benefactor, aunque en el camino ambos sembraran mutuamente dolor en el corazón del otro. Sí, William no iba a escapar tan fácilmente; el beligrante heredero no iba a deshacerse de él, ni a eludir sus responsabilidades: ¡Faltaba más!

Recobrando el valor, George Johnson abrió la puerta permitiendo a su habitualmente controlado temperamento hacerse cargo y, dejando que la furia que todavía sentía ardiendo en su pecho guiara sus actos por breves instantes, dirigió unas palabras a la persona en el pasillo:

–¡Pase por favor, señorita White! –una vez dicho lo anterior, George miró de reojo a William, con el rostro colorado cómo un tomate, agobiado hasta las pestañas, y se fue de ahí cómo si lo persiguiera el mismísimo diablo…

William comprendió que era demasiado tarde un segundo después, al escuchar el sonido de pisadas que se introducían, junto con su dueño, al interior de su despacho personal; un territorio sagrado que, gracias a la audacia de George, estaba siendo profanado en aquel preciso momento.

Estaba a punto de replicar, de dirigirse en busca de George para espetarle a la cara el derecho casi-divino que él, en calidad de presidente del consorcio, tenía para tomar las mejores decisiones y exigir que se cumpliera hasta el más ínfimo de sus deseos. Estaba, también, a punto de soltar aquella, su especialísima letanía de maldiciones que en más de una ocasión había hecho enrojecer al más curtido de los malhechores cuando, al elevar la vista y contemplar a su visitante no invitado, se quedó paralizado.

Ante sus ojos tenía la cosa más hermosa que hubiera visto en su larga vida.

Enfundada en un par de prendas descoordinadas, apareció por la puerta, una jovencita rubia de enormes ojos verdes y abundante cabellera de suaves rizos dorados cayéndole por la espalda: su blusa entallada y su falda rozaban el suelo, y delineaban perfectamente su figura.

Los ojos de ambos se encontraron y por unos segundos no supieron qué decirse. Ella lo miró, como evaluándolo con la mirada y en su interior él pudo sentir, casi como una sensación física, el terror que le sobrevenía a la joven. Acostumbrado a ejercer el poder, se sintió seguro de salir avante de la desagradable experiencia que George le había reservado para esa mañana; sin embargo, al instante siguiente se sentía cómo si algo en el costado izquierdo le quemara ¡Qué idioteces! Ni que fuera un joven inexperto. Aquellos ojos lo miraban, lo desnudaban, le parecía encontrarse total y absolutamente desprotegido.

–¿Qué se le ofrece?– Preguntó rudamente, buscando por el rabillo del ojo la espalda de George, que había desaparecido no bien la joven había entrado. Ya se las pagaría su condenado tío, prometió.

–Se- se- señor William…–la voz brotó al fin, titubeante al principio–. Soy la señorita Candice White. He venido a suplicarle que no nos eche a la calle.

Nuevamente se hizo entre ambos un silencio prolongado. La señorita White no se movía, no se inmutaba, sólo permanecía ahí, mirándolo, a la espera de una respuesta.

–¿De qué está hablando Señorita White?–dijo William, con incredulidad. Nunca había echado a ninguno de sus arrendatarios, aún si éstos se retrasaban en el pago de la renta.

–¡Le hablo del orfanato de su padre, señor! ¡Del hogar y los niños huérfanos que Sir William Wallace Andrew protegía! ¡¿Cómo es posible que tenga el corazón tan frío como para que no le importe lo que ocurra con esos niños inocentes?!–dijo ella, exasperada, sorprendiéndolo por la pasión que se adivinaba en su voz. Hacía mucho tiempo que ninguna persona fuera de su estrecho círculo familiar se atrevía a dirigirse a él en ese tono. Sin saber cómo reaccionar permaneció en silencio, en tanto su ágil mente elaboraba un argumento convincente. Mientras tanto, ella podía pensar lo que quisiera.

Candy, por su parte, se encontraba descendiendo a tumbos hasta un túnel lóbrego y atemorizante. No había querido gritar, mucho menos que se oyera ese tono tan fuerte de reclamo en su voz, pero ahora ya era tarde. Desafiante, con el pecho erguido y la mirada clavada en él, midió a su oponente. Esperaba encontrarse con un viejo cascarrabias, consumido en dolor; sin embargo, para su sorpresa, se encontró con el más hermoso par de ojos azules que hubiera visto en su vida. El hombre era guapísimo, casi un adonis. Sintió una punzada, casi dolorosa, en el costado izquierdo; cómo si fuera una alerta ¿sería peligro, o algo más? ¡Qué tonterías! Ella era la responsable de esos niños, no permitiría que terminaran en las minas de carbón.

Por un momento el orfanato se borró de la mente de William y sólo quedó ella. De pronto sintió que no podía hacer nada, salvo acceder a lo que fuera que ella hubiera ido a solicitarle; que si de él dependiera esa joven no encontraría más sufrimientos en ésta vida. Hubiera dado lo que fuera para tener el frío corazón que ella lo había acusado de tener en esos instantes, pero no lo tenía. La garganta se le cerró y pronto se quedó con la mente en blanco…¿Qué demonios le pasaba?

"El orfanato", pensó para sí mismo, "ha venido a preguntar por el orfanato". El dulce aroma a rosas que ella despedía empezó a envolverlo, a penetrar por sus sentidos ¡Se sentía idiota! Él, el hombre más poderoso de esa región, el tipo que había sido tantas veces acusado de despiadado ¿desarmado por una joven?

Se aclaró la garganta, intentando recuperar la compostura que había perdido, y preguntó con firmeza:

–¿Ha dicho que viene por el orfanato?

Después de un momento de estupor genuino, la expresión de Candy mutó a una de incredulidad ¡No se lo podía creer! Al parecer el hombre que tenía frente a ella padecía de sordera. Así que habló despacio y más fuerte.

–¡Sí!... ¡He-venido-a-pedirle-que-no-se-nos-eche-a-la-calle! –dijo, con voz más fuerte y habló un poco más lento para que el guapo joven le entendiera.

Por su parte, Albert tenía problemas no sólo comprendiéndola, sino intentando contener lo que fuera que le estuviera ocurriendo. La voz de la señorita White le había resonado hasta muy dentro del pecho… ¡Qué demonios! Le parecía estar perdiendo la razón. Sí. Seguramente era eso y las secuelas de esa extraordinaria conversación con George.

–Sí, señorita. Le he escuchado desde el inicio, no es necesario que me grite –dijo ahora William, llevándose un dedo al oído, hasta ahí había sentido ésa profunda punzada. De alguna manera había conseguido recomponer su fachada fría e impenetrable.

–Lo siento –dijo ella, inmediatamente–. ¡He venido para suplicarle piedad! ¡Ténganos un poco de compasión! Yo cuidaré de los niños y los más grandes pueden trabajar para usted: podrían hacer encargos, incluso sus cuentas ¡son muy listos! Si les pagan algo hasta podríamos comprar algo de comida y vestido para los más pequeños... señor William ¡Le suplico que reconsidere! ¡No tenemos a dónde ir! Si nos echan, tendríamos que dormir en la calle.

Los preciosos ojos de Candy, estuvieron a punto de llenarse de lágrimas y de pronto, William vio a dos niños esperando fuera: sus ropas estaban tan gastadas que seguramente tendrían hoyos, pero parecían perfectamente bien remendadas. Los dos iban vestidos con trajes formales y lo veían con terror.

–¡Señor William! –exclamó Candy, asustada, sin que él supiera muy bien la razón de ello.

En ése instante, William sintió como si le hubieran quitado el aire. La cabeza le dio vueltas y muchos colores empezaron a rodearlo. Inmediatamente Candy se fue a su lado, y lo ayudó a sentarse. La cercanía de ella, fue aún peor, envolvió todos sus sentidos y podía incluso sentir la delicada piel de ella, a través de la tela de su camisa ¿Qué era lo que le sucedía? Los pequeños niños entraron rápidamente al despacho y por órdenes de Candy habían abierto las ventanas.

–¿Se siente bien? –le preguntó ella. Él no contestó. Ambos se quedaron mirando profundamente, hundidos en sus respectivas miradas. Era como si le universo se hubiera detenido sólo por un instante. Creyó escuchar el aleteo de un águila a lo lejos, y sintió que transpiraba. La asustada mirada de la señorita lo obligó a mantener la compostura. Tomó esa delicada mano entre una de las suyas, y pudo sentir el pulso de ella a través de sus venas: un pulso alterado.

Candy había sido golpeada. La oleada de fuego que había cubierto su cuerpo tras ése contacto casi la había mareado. Era una tontería. Resultaba evidente que el pobre hombre estaba enfermo, y que tal vez desconociera su situación. Ella se animó nuevamente y ahora, en un tono más suave, repitió su ruego:

–Señor William, trataremos de ser menos que una carga para usted. No tenemos a nadie ¡Se lo suplico! Reconsidere.

La mano de ella estaba atrapada por la de él y, a pesar de eso, de que él continuaba teniendo un rescoldo de control, William, por primera vez en su existencia, se sentía indefenso.

–Yo... –se detuvo al comenzar a responder, inseguro de lo que diría; sin embargo, las largas lecciones sobre negocios vinieron en su rescate y así, con la poca dignidad que pudo reunir, dijo–: Señorita... eh...White. Yo... necesito pensarlo–dijo, finalmente y permaneció sentado, rodeado por la esencia de esa hermosa muchacha y terriblemente incomodado por las miradas aterradas de los dos pequeños acompañantes de su inesperada visitante.

El cuadro era algo ridículo y jamás en su vida esperó encontrarse en ésa situación. Sin embargo, la experiencia todavía no terminaba:

–Por favor, le suplico que su decisión sea a favor de nosotros –le pidió Candy, mientras tomaba sus dedos entre los suyos.

De nuevo el contacto fue electrizante, y ésta vez él pudo notar la ligera incomodidad de la rubia.

Mientras tanto, en el interior de Candy se libraba una feroz batalla entre dos deseos igualmente intensos: el de salir corriendo de ahí y el de continuar tocando a ese hombre.

Era como si no pudiera dejar ese contacto ¡Dios! ¿Qué estaba haciendo? ¡Una señorita respetable no tocaba a los hombres de esa manera! Así que dejó el contacto y se obligó a mantener las manos a los costados. William y ella se miraron unos instantes más, hasta que el pequeño Jimmy estornudó.

Por fin, el extraño encantamiento se rompió y la claridad llegó al cerebro de William:

–Venga mañana señorita White, y hablaremos –dijo, y en menos de lo que pensó, ese cálido contacto abandonó su piel. Sin emitir una sola palabra más, un destello de rizos dorados se dirigió hasta el final del pasillo, lleno de carísimos y finísimos adornos, mientras sus ojos azules seguían la silueta sin perderla de vista…