Hechizo de Primavera

Capítulo V

GF2015

Por Elle Andrew y Three Swords

Colaboración Especial de Angie JB

Sir William Albert Andrew ingresó con pasos cansados en el elegante vestíbulo de su residencia en la calle Baker 443, presa de una extraña sensación que no acababa de identificar. El corazón le seguía latiendo desenfrenadamente. Durante toda la tarde había estado pensando en esa hermosa rubia. Su dulce aroma, y aquellas profundas y puras esmeraldas contemplándolo, como si pudiera ver exactamente dentro de él, como en un libro abierto. Sus sentidos parecían haberlo abandonado, o más bien la razón. Seguía viendo colores alrededor suyo, y sintiendo que muchas cosas en su vida y en su empresa debían cambiar.
¿De dónde había sacado ésas ideas? Su corazón estaba desacompasado. No distinguía bien cuánto tiempo había pasado, sólo sentía el corazón pesado y sus extremidades aletargadas. En pocas palabras no hallaba los pies ni la cabeza. Parecía que hacía años se hubiere enojado por esa audacia de George y ya ni siquiera estaba enojado, puesto que ahora una especie de angustia estaba dominándolo. Había hecho el ridículo frente a una joven mujer, casi perdiendo el piso que, él sentía, lo sostenía firmemente. Le habían faltado las palabras y el mundo se le había venido encima. ¡Y qué decir del golpe que sintió de la realidad en ése momento! Ver a los pequeños huérfanos. El más pequeño de los niños apenas y sabía hablar, sin embargo se expresaba claramente.

Los había escuchado desde el balcón de su despacho una vez que estuvieron fuera. Veía desde arriba la rubia cabellera y escuchó perfectamente la pequeña vocecilla:
–¿Candy, podqué no soy hijo del padnadero? –preguntaba el pequeño Timothy.
–Timmy, ya hemos discutido esto –le contestó ella sonriente, levantándolo del suelo y acomodándolo entre sus brazos.
–¡Pero yo quiedo sed el hijo del panadero! Siempre dengo hambre, y el panadero es bueno conmigo! –insistió el pequeño Timmy, que no entendía por qué el panadero tenía otros hijos y él no podía ser su hijo
A Candy estas cosas le partían el corazón. La realidad del huérfano era siempre una realidad relegada y dura. Una realidad que ella misma vivía día con día.
–Timmy, mi niño, no puedes ser hijo del panadero porque él ya tiene hijos, pequeño; pero eres mi hermanito y te amo –explicó Candy, puesto que ella consideraba a todos los huérfanos sus hermanos, al menos en su corazón.
–¿Y los dod somos hijod del panadero? –preguntó Timmy con su pequeña e irrefutable lógica.
–No mi amor, nuestro padre no es el panadero. No conocemos a nuestros padres, pero tenemos muchos hermanitos y a nuestras madres –explicó nuevamente Candy abrazando al pequeño Timmy.
Finalmente el pequeño más grande de los dos que iban con Candy, habló:
–¡Tanto hablar del panadero ya me dio hambre! ¿Podemos pasar por sobras Candy? Él siempre nos guarda sus mejores sobras
–¡Esa es una excelente idea Jimmy! –exclamó la joven, con una gran sonrisa.
Y así envueltos en la brisa de la mañana, avanzando en las calles de Londres, la rubia con dos pequeños niños se perdió de vista; sin alcanzar a imaginar, ninguno de ellos, lo mucho que su simple conversación había afectado a Sir William. ¿Sobras? Algo en el interior del apuesto hombre rubio se quebró ante el simple pensamiento. Él a esa edad lo había tenido todo; quizás hasta demasiado, y jamás había tenido que probar las sobras ni desear haber sido hijo de un panadero para no pasar hambre. Y, sin embargo, había de reconocer que él, que comía en los mejores restaurantes y que empleaba a uno de los mejores chefs del mundo en su casa, no recordaba haber sonreído jamás así de feliz ante el pensamiento de obtener algunos mendrugos para comer...

Un dolor que no dejó de doler en lo que siguió y aconteció en el día, se instauró en su corazón. Había estado a punto de llamar de vuelta a los huérfanos para que les sirvieran algo de comer; pero lo pensó demasiado tarde y ellos ya se habían perdido de vista. Presa de sentimientos y pensamientos confusos, había terminado su tarde laboral cómo un autómata y marchado de inmediato a ía planes, cómo todas las noches y como el hombre con una vida social activa sana que era; sin embargo, nada de eso le importó. De pronto se sintió agotado. Ni la ópera, ni el teatro, ni las exposiciones de arte impresionista le atraían esa noche. El recuerdo de su padre taladraba su mente, había tantas cosas de las que nunca habían hablado...

Cómo todas las noches cenó solo, en su gran mansión que permanecía sumida en el silencio. Casi nunca permanecía ahí, puesto que salía todas las noches con sus amigos, y a coquetear con todas las bellas mujeres que evidentemente se sentían perdidamente atraídas hacia su fortuna; así que difícilmente había notado, hasta aquella noche, lo sólo que se encontraba en aquella casa tan grande, despojada de risas y cualquier otro sonido que no fuera el leve tintineo que él mismo hacía con los cubiertos. Repentinamente, entre un bocado y otro sus pensamientos volvieron a la joven rubia... ¿Estaría ella prometida?
Tan pronto formuló esa estúpida idea la apartó con decisión de su mente. Por supuesto que no tenía que importarle la vida de ella, ni la de esos niños ¡faltaba más! Malhumorado, abandonó el flamante e inmenso comedor, dejando la cena a la mitad, recibiendo una mirada asustada del lacayo, quien pensó que los exquisitos manjares sobre la mesa no habían sido del agrado de su patrón. Aquella noche el pobre hombre no dormiría, pensando en el despido de que, sin duda, sería objeto en la mañana, junto con el chef. Sir William intentó pasar un rato más trabajando en la biblioteca; pero el cansancio y ese extraño agobio que sentía terminaron por desanimarlo y, vencido, se dirigió a su habitación, en donde, después de quitarse la ropa, no tardó en quedarse profundamente dormido, cayendo en un sueño especial, de visiones de un mundo lleno de brillos de estrellas multicolores y donde el sonido de una risa de mujer le alegraba el corazón.

–¡Botón! ¡Botón! ¡Ten cuidado! –gritaba Céfiro, aunque en secreto, casi susurrando.
–¡Luz Suprema, por favor, dame paciencia! –gruñó Terríbulous, que recién iba llegando, antes de emprender el vuelo y atrapar a Botón, que estaba intentando trepar por la falda del edredón que cubría la cama y precisamente acababa de resbalarse.
–¿Qué crees que estás haciendo? –preguntó Terríbulous, indignado, perdido hasta su acento teatral y anticuado. Sin dilación el zacarandú tomó a Botón en sus brazos y voló de regreso a donde el resto del grupo se encontraba, depositándola inmediatamente sobre el suelo.
–¡Lo que estaba haciendo no te importa! –exclamó Botón, alterada, aproximándose con el puño en alto hacia Terríbulous, que lo esquivó por poco–. ¿Qué crees tú que has hecho, señor entrometido?
–¡Obvio evitar que te rompas el cuello! –declaró Terríbulous en un grito; todavía enfadado.
–¡Deja de decir tonterías! ¿No crees que ya tenemos suficiente con lo que hiciste ayer? –siseó Botón, pegando casi su pequeña y respingona nariz a la de Terríbulous. Si las miradas mataran el pobre zacarandú habría tenido ya varios funerales.
–Te suplico que no te enfades, capullo de tierna rosa –pidió Terríbulous, que no alcanzaba a comprender nada.
–¿Que no me enfade? ¡¿Que no me enfade?! ¡Cómo te atreves a hacerte el inocente! ¡Después de que por tu culpa estamos atrapadas aquí, sin magia alguna para desplazarnos! ¡Hemos esperado todo el día! ¿No podrías haber llegado más pronto? –reclamó Botón, olvidándose de la precaución y elevando su dulce voz.
–Les advertí a todas que debían tener cuidado y también les dije que me iba a tardar –amonestó Terríbulous, ligeramente molesto–. Una visita a la Administración Orbital requiere todo el día.
–¡Como tú no tuviste que quedarte aquí! –protestó Céfiro, a lo que Terríbulous contestó con un gruñido poco galante. Era obvio que estaba perdiendo la paciencia.
–A ver –intentó explicar el zacarandú–. El único que puede desplazarse de los cinco soy yo, ergo, yo debía ir a averigüar todo lo que podía ¿o preferían haber ido ustedes?
–¡Esto no nos estaría pasando si no te hubieras entrometido! –lo acusó Botón.
–¡Otra vez con el mismo cuento! –exclamó Terríbulous, perdiendo la paciencia.
–¡Nos interrumpiste! –exclamó Estrella, tan enfadada como Botón y dejando al zacarandú a medio camino de emitir una protesta– ¡Estábamos a punto de conseguirlo!
–¡Lo hiciste a propósito! –lo acusó Céfiro, con expresión de asco.
–¡Sí! –admitió Terríbulous, recuperando su capacidad de hablar y aproximándose a Céfiro hasta quedar casi nariz con nariz–. ¡Las interrumpí a tiempo de que cometieran la mayor torpeza de sus inútiles vidas! ¿Qué no se dieron cuenta, cerebros de gis? ¡Estuvieron a punto de ser engullidas por esa grieta!
–¡Claro que no! –negó Botón–. ¡Íbamos a sellarla, por si no te diste cuenta!
–Luz Suprema –volvió a rogar Terríbulous, mirando hacia arriba–. ¡Dame paciencia!
–¡Paciencia le pido yo a la Luz para soportarte! –contraatacó Botón.
–Botón... –la voz nasal de Bombón se escuchó, muy quedita.
–¡Ay! ¡De veras! ¿Qué estoy pagando...
–Botón...
–...para haberme topado con un lerdo como túuuuu? –concluyó Botón, todavía sin escuchar a Bombón, presa de una furia descomunal.
–¡Botoooooooooón! –gritó Bombón, haciendo saltar la pinza de su nariz y provocando que los cristales de la araña del techo tintinearan. Todas le pusieron atención al instante y hasta el rubio durmiente frunció ligeramente el ceño, dando a entender que a pesar de que estaba sumergido en un profundo sueño, había oído el tremendo grito de la wardiany.
Se escuchó un estornudo, pero sólo fue eso, puesto que al no tener poderes mágicos ningún estornudo de Bombón podía causar destrozos. Tres wardianys y un zacarandú respiraron aliviados; pero en seguida las expresiones de alivio de los cuatro mutaron a una de tristeza al confirmar, una vez más, que la magia de las Wardianys se había ido.
–¿Qué pasa Bombón? –preguntó Botón, mirando a su amiga con preocupación.

–Ya deja en paz al señor Terríbulous –pidió Bombón, con cara triste–. Gritarle no va a devolvernos la magia, ni a llevarnos de regreso a casa.
–Tu amiga, la de la nariz aplastada, tiene razón –dijo Terríbulous, con ligero cinismo–. La magia que una grieta engulle nunca se recupera. Debemos pensar en otra forma de arreglar las cosas. Por si no lo recuerdan el tiempo está corriendo y el grandote podría empeorar las cosas con las decisiones que dicta cada día desde su oficina ¡A saber qué cosas haya resuelto después de todo lo que pasó anoche! Esta mañana que partió iba de muy mal humor y, por lo que vi, regresó peor.
–¡Por el portal sagrado de Urantia! –exclamó Céfiro, preocupada de pronto–. Ojalá no haya aprobado esas terribles medidas concernientes al Veneno del Abismo ¡Sería catastrófico! ¡Y yo aquí sin poder ir a donde debo! –protestó la wardiany, al tiempo que pateaba el suelo con su pequeño pie.
–¿Qué vamos a hacer, Bombón? –preguntó Estrella, muy bajito, al oído de su amiga, que continuaba ahí, sentada y con cara de funeral, en un rincón junto a la pata del buró que se encontraba a un lado de la cama.
–No lo sé, Estrellita –dijo Bombón con tristeza evidente–. No lo sé...
–¡Zarzaracuazú! –exclamó Céfiro, de pronto–. ¡Lo tengo!
–¿Qué? ¿Qué? –interrogaron dos wardianys al mismo tiempo, a saber Estrella y Botón, porque Bombón estaba tan desanimada que ni siquiera quería hablar y no era para menos: era ella quien más cerca había estado de esa infernal grieta y todavía no se le pasaba el susto.
–Se supone que esos dones que le concedimos al bello príncipe que duerme aquí arriba –señaló con la mano hacia el borde de la cama, donde una de las manos de sir William aparecía un poco fuera del colchón–. Se supone, que esos dones, que, acá entre nos, sospecho estaban caducados ya sabemos porqué; pues, como iba diciendo, se supone que esos dones que trajimos y que supuestamente son de contrabando; esos dones que introdujimos ilegalmente según algunas incompetentes autoridades y que nosotros decimos que fue legalmente porque...
–¡Céfiro! –exclamó Botón con impaciencia.
–Lo que trato de decir es que si la magia no funciona... los dones tampoco; porque se activan con ella. Es decir, que el delito por el cual se nos confina a esta dimensión y que supuestamente degeneró en todo este lío del príncipe infeliz y su poderosa influencia negativa sobre el mundo, técnicamente ya no existe.
–Pues para ser una enredada discursista, lo has dicho muy bien, mi apreciada perla de los estanques –admitió Terríbulous, con una sonrisa entre complacida y cínica.
–¡¿Qué?! –exclamaron al mismo tiempo Botón, Estrella y Bombón. Mirando alternadamente de su amiga a Terríbulous y viceversa.
Hubo un silencio asombrado entre los cinco, que duró por varios instantes, en tanto la buena nueva (no tan buena, pero sí muy nueva) era asimilada por cada una de las wardianys; luego, como era lógico, Bombón fue la primera en reaccionar y, sin advertencia, se tiró a la carga contra el zacarandú, consiguiendo derribarlo con un golpe de rugby.
–¡Pedazo de mequetrefe salchilapaxtrix! ¡Tú lo sabías! ¡Lo sabías y nos dejaste aquí, sufriendo y desesperadas! ¡Horrible criatura perdida de las dimensiones! ¡Hijo de las...!
–¡Basta Bombón! –ordenó Botón, que junto con Céfiro, para ese entonces tenían firmemente sujeta a Bombón, que no dejaba de luchar por liberarse para volver a arremeter contra el zacarandú, que continuaba tendido en el suelo y con cara de resignado aburrimiento.
–¿Estás bien Terríbulous? –la que preguntó era Estrella, que se había ocupado de ayudar al zacarandú a incorporarse en tanto Céfiro y Botón seguían esforzándose por contener a una furibunda Bombón.
–Si se le puede llamar bien a estar sumergido en una oscuridad donde flotan estrellas de color púrpura, violeta, lila y rosa fuerte –respondió Terríbulous, quien en ese momento tenía dos espantosas rendijas en forma de x donde antes estaban sus ojos.
–Pobrecito –se compadeció Estrella, en tanto lo abanicaba con su pañuelo–. Creo que nunca te había tocado recibir una tacleada de Bombón ¿verdad?
–¡Por la puerta sagrada! ¡Y yo que creí que era la más tranquila de las cuatro! –exclamó Terríbulous al tiempo que sacudía la cabeza para dejar todo en su sitio de nuevo.

–Lo es, excepto cuando la hacen enojar –suspiró Estrella, contemplando junto con Terríbulous lo difícil que lo estaban pasando Céfiro y Botón para controlar a una rabiosa Bombón.
–¡Déjenmeeee! –gritaba Bombón, pero ni Céfiro ni Botón le hicieron caso. Antes Céfiro dijo:
–Te voy a soltar Bombón; sólo si me prometes recordar el artículo quinto fracción decimotercera del Códice wardian de convivencia exterior.
–¡Qué códice ni que salchilapaxtrix de las cloacas! –exclamó Bombón, echando humo–. Deja que le ponga la mano en el pescuezo a ese...
–¡No puedes! ¡Recuerda que si dañas al representante legal de esta miniórbita estaremos en problemas! –advirtió Botón.
Hubo un último resoplido; pero después Bombón pareció calmarse y aunque de sus orejas salía todavía un hilillo de humo, se tranquilizó y miró con seriedad a Céfiro y a Botón, dándoles a entender que había vuelto a la normalidad.
Estrella y Terríbulous, por su parte, respiraron aliviados, mientras Terríbulous se prometía secretamente averiguar ¿qué cosa era un salchilapaxtrix?
–Debí suponer que nos habías metido en una de tus trampas –acusó Botón a Terríbulous.
–Yo no las metí en ninguna trampa –protestó el zacarandú–. Y si no les dije nada es porque primero tenía que cerciorarme de lo que procedía. No estaba seguro respecto a las implicaciones legales. Además, eso no resuelve el principal problema ¿o si?
Un largo silencio siguió a la pregunta de Terríbulous. Las cuatro amigas intercambiaron miradas de desconcierto y frustración; pero ninguna se atrevió a estar abiertamente de acuerdo con el zacarandú, a pesar de que tenía razón: lo importante era recuperar la magia necesaria para poder dirigirse hasta la Puerta Dimensional No. 2, que era por la cual habían ingresado.
–¿Alguien tiene alguna idea? –preguntó Céfiro de mal humor.
–La única manera de...
–Cuando dije alguien no me refería precisamente a ti –gruñó Céfiro, interrumpiendo lo que Terríbulous iba a decir.
–Me da igual si te referías a mí o no. Todas tienen que escucharme –dijo Terríbulous, impaciente–. La administración orbital les ha concedido el derecho a finiquitar sus asuntos y regresar a la Cuarta dimensión; el detalle aquí es que, sin magia, no pueden llegar hasta la Puerta dimensional ¿no es cierto? Es decir, no es imposible, pero les tomaría pumbímbulos llegar hasta allá, por no mencionar que la ruta es demasiado peligrosa porque deben cruzar toda la ciudad.
Cuatro pequeñas cabezas asintieron, en silencio.
–Pues bien, acá el mayor problema que tienen, o tendrán cuando pase el tiempo, es que desobedecer un dictamen de la administración orbital se castiga con prisión.
–Podrían deportarnos –sugirió Estrella.
–No. La deportación no es una opción para su caso debido a que ustedes son, hasta el momento, sospechosas de realizar un conjuro que las leyes de esta miniórbita prohiben terminantemente; además, como estaban bajo mi custodia cuando aconteció el asunto de la grieta...
–¡Retechanfle! –exclamó Céfiro–. Nos metimos en una buena ¿verdad?
–¡Nos metieron en una buena! –exclamó Terríbulous, enfadado de verdad–. ¡No sé porqué tienen que se siempre tan impulsivas! ¡Su estupidez provocó que se abriera también una investigación sobre mi desempeño profesional! ¡Si en este momento las ayudo a llegar a la Puerta dimensional, se tomaría como que estoy ayudándolas a escapar y la penalización de ustedes se cargaría a la mía.
–Pero dijiste que el delito ya no existía.
–No, el delito por tráfico y demás ya no existe porque los dones no fueron activados Estrella –explicó Céfiro–; pero el caso es que realizamos un conjuro prohibido por las leyes de esta miniórbita con Terríbulous como testigo, lo cual es atenuante para que se lo considere un cómplice de nuestras infracciones.
–¡Por las dos lunas escondidas! –gimió Estrella–. ¡No me quiero quedar aquí!
–Aún me queda el polvo de estrellas de diamantes ¿Y si intento traer de vuelta la magia? –preguntó una vocecita, que todos reconocieron como la de Bombón.
–¿Estás loca o sólo te afectó golpearme? –preguntó Terríbulous de mala manera–. El uso de polvo de estrellas de diamantes es muy peligroso.
–Da lo mismo partir hoy que nunca, Terríbulous –replicó Bombón, con desánimo–. Si nos espera la prisión, bien podría arriesgarme a un último intento.