-Gaara-Kun te estaba buscando por todos lados – interrumpió Matsuri, empujando a Inari lejos de Gaara.
-Oye, ten cuidado – se quejó Inari.
-¿Por qué no te vas estorbo? No sé por qué te invitaron a aquí – gritó Matsuri a Inari.
-Lo mismo digo – se defendió.
-Entiendo, quisiste robarme a Gaara ¿Cierto? – Inari negó con la cabeza.
-¿A qué te refieres? – preguntó.
-Ese chico pelirrojo que vez ahí… - señaló – es mi novio.
Dicho esto, Matsuri tomó a Gaara de la camisa y lo obligó a besarla. Los ojos de Inari se volvieron cristalinos, no dijo nada. Se echó a correr, Kiba y yo la seguimos hasta unas diez cuadras. Cuando nos cansamos y detuvimos a recuperar aire la perdimos de vista.
-Inari – grité sin respuesta - ¡Inari!
-Ya, Sasuke. No pudo haber ido muy lejos, quizás se fue a tu casa – me consoló Kiba.
-Tienes razón, ¿Por qué todo le pasa a ella? – Kiba me miró confundido – Vino a Konoha porque su madre murió, la asesinaron enfrente de ella…
Lo dejé mudo, jamás esperaron algo así de una chica tan sonriente como Inari. Yo tampoco lo creí cuando me lo dijeron, pero es la horrible realidad que le toca vivir a cada uno. Ella no merecía aquel sufrimiento, era una niña, apenas ocho años. Desde entonces su padre empezó a beber, no le importó más nada. Ni siquiera su propia hija, quien vagaba por las solitarias calles de aquella solitaria y peligrosa ciudad. No pasó mucho desde que mi tía murió para que el padre de Inari se terminara suicidando. Así como lo oyeron, Inari dejó de hablar de ellos. Cada vez que alguien le decía: "¿Cómo están tus padres, pequeña?" o "Salúdame a tu madre por mí", ella les daba una mirada fría; aunque sabía que ellos no tenían la culpa.
-Volvamos a casa de Ino y llamaremos a tu casa para ver si esta allá ¿Te parece? – asentí con la cabeza.
Dimos media vuelta y, esta vez, fuimos caminando. Ninguno dijo nada, Kiba miraba al césped y yo al cielo. Ya estaba obscureciendo, las farolas de la calle comenzaban a encenderse. Las estrellas y la luna iluminaban el cielo nocturno, era una linda noche.
-Solo espero que estés bien – pensaba yo, al tiempo que caminaba.
Al llegar a casa de Ino le pedí el teléfono, marqué el número de mi casa. Todos estábamos reunidos en la sala, esperando noticias de Inari. Atendió Itachi, le pregunté si Inari estaba allí.
-Aquí no hay nadie más que yo, Sasuke – respondió.
Mi corazón comenzó a latir fuertemente, temiendo que algo le pasara a Inari; más a estas horas de la noche.
: (narra Inari)
Me rompí en llanto, había una voz en mi cabeza que me decía que era una persona miserable, que merecía todo lo que me estaba pasando. En ese momento sentí ganas de estar muerta, ganas de gritar, ganas de mandar todo a la mierda. Sin darme cuenta llegué al parque, sin ganas me senté en un banco. Tapé mi cara entre mis manos y apoyé mis codos en mis rodillas.
-¿De qué sirve vivir? – susurre entre sollozos.
-¿Por qué dices eso? – dijo una voz proveniente de detrás de un árbol.
Destapé mi cara y miré hacia allí, volví a como estaba antes al reconocer a esa persona.
-Solo eres tú, Deidara – dije - ¿No deberías estar en tu casa?
-Pregunto lo mismo – respondió sentándose a mi lado - ¿Ahora que te paso?
-Nada – respondí cortante.
-¿Segura? – Tomó mis manos y destapó mi cara – Estabas llorando.
-No es cierto, es una alergia – mentí.
-Eres terca, eso es seguro – se burló, yo lo mire con los ojos entrecerrados – Puedes contarme, yo te escucharé.
-¿Por qué, Deidara? – Lágrimas empezaron a salir de mis ojos - ¿Por qué me tiene que pasar todo a mí? ¿Qué he hecho para merecer toda esta miseria?
-Nada de esto es tu culpa…
-Sí que lo es, soy una tonta, ni siquiera merezco estar viva, yo… - no pude terminar.
Deidara me miraba a los ojos, se fue acercando lentamente hacia mí, su nariz se rosaba con la mía. Estaba a punto de besarme, cuando lo frené con mi mano y giré mi cabeza hacia otro lado.
-Lo siento mucho, Dei-Kun – me disculpé – Pero, yo amo a Gaara y nada cambiará eso.
-Lo sé y lo entiendo – dijo alejándose de mí – Creo que es hora de volver a tu casa.
-Tienes razón – dije, miré mi reloj 23:30 – Tengo algo que hacer, adiós Deidara – le di un beso en la mejilla y me fui en la dirección contraria a mi casa.
Llegué a una casa grande, color arena, con unas rejas negras. Toqué el timbre, me atendió la persona a quien yo esperaba.
-Inari – dijo – Siento lo que pasó, lo que dijo Matsuri no es verdad – se disculpó.
-Gaara-Kun – dije, para luego acercarme a él y besarlo…
