HECHIZO DE PRIMAVERA

CAPÍTULO VI

Escrito por Elle Andrew y Three Swords.

Colaboración especial de Angie JB.

El día siguiente no comenzó del todo fácil para William, dado que se despertó con la misma desazón que había sentido el día anterior. Algo no estaba bien. Así lo sentía y no sabía con certeza de lo que se trataba.

No entendía lo que le ocurría; sólo sabía que en su cabeza no dejaba de dar vueltas lo relativo al Hogar de Pony, pese a que lo consideraba un asunto de ínfima importancia. No podía negar que estaba aún bastante enojado porque el incompetente de Neal no había podido solucionar nada.

No sabía qué pensar. Sólo sabía que le disgustaba estar divagando cuando lo que tenía que hacer era concentrarse y ultimar los detalles para su viaje. Con todo lo ocurrido el día anterior, hasta se había olvidado que debía partir a inspeccionar el nuevo yacimiento de petróleo esa misma mañana. Sin embargo, lo había recordado nada más despertar, y ya estaba vestido y listo para emprender el viaje tan pronto se llegara la hora fijada.

Impaciente, se paseó de un lado a otro de la habitación sin disimular la ansiedad que lo embargaba hasta que finalmente se rindió y, sintiendo un extraño mariposeo en el estómago, (que sin dudar achacó a su mal comer y mal dormir del día anterior), salió a pasos rápidos de la habitación, todavía sin poder creerse lo que estaba a punto de hacer.

En poco tiempo, sus pies lo llevaron hasta donde su carruaje de lujo esperaba y, tras gritar al cochero una orden inesperada, lo abordó, sintiéndose un completo estúpido, pero sin ser capaz de dar marcha atrás a su impulso.

Bajo la pesada neblina de la mañana su tiro favorito de caballos avanzó a paso lento, haciendo resonar los adoquines bajo sus patas. Conforme el carruaje se alejaba de la mansión, recorriendo las callejuelas, el ambiente citadino se hacía más visible para él tras el cristal de la ventanilla. A esa hora había pocos carruajes por las calles de Londres, y las panaderías acababan de abrir sus puertas, dejando escapar deliciosos aromas que impregnaban el aire. Todo indicaba que iba a llover, a pesar de haber estado tan despejado el día anterior.

De improviso, un carruaje pasó a alta velocidad junto al suyo, y él se aferró al asiento tratando de conservar el equilibrio, pues los caballos se habían exaltado un poco; no obstante, el cochero los controló pronto y retomó su curso.

Una vez recobrada la serenidad, no pudo evitar que sus pensamientos volaran hacia aquellos chicuelos que, junto con la rubia, habían conseguido colarse hasta su oficina principal. No eran tan horribles cómo él decía, ni mal olientes; sólo muy desgraciados porque ya no tendrían dónde vivir.

De pronto, empezó a sentir esa extraña punzada en el costado izquierdo, y lo atribuyó a que había tenido un sueño muy intranquilo la noche anterior. Había soñado con su madre y con su padre… ¡Bonito sueño que había tenido! Se había despertado con lágrimas en los ojos…

– ¡Maldito viejo! – Pensó, sin poder evitar que el resentimiento vibrara en su pecho.

De un momento a otro se sintió cansado de sentir lo que estaba sintiendo. Algo en él se mostraba reacio a permitir que el recuerdo de su padre continuara lastimándolo. No entendía qué le estaba sucediendo. Era como si todas sus emociones hubieran sido puestas en una misma caja y sacudidas severamente el día anterior.

Desde ese fatídico día anterior ya no sabía ni cómo se llamaba. Primero había sido aquella emotiva conversación que nunca esperó sostener con George y, enseguida, la sorpresa de conocer a esa hermosa joven, y cobrar cabal conciencia de que ella y el resto de pequeños también eran su responsabilidad, al igual que lo habían sido de su padre y su abuelo anteriormente.

Esos preciosos ojos verdes.

Esa joven lo intrigaba, no podía negarlo. Se sentía desconcertado puesto que, por norma, las personas de cualquier edad y posición social se mostraban tímidas en su presencia y en ocasiones hasta se echaban a temblar y, en cuanto a mujeres se refería, todas acababan por perseguirlo... y fastidiarlo; sin embargo, ella no se había sentido amedrentada por él, sino que, por el contrario, lo había enfrentado y hasta había tenido un gesto de cortesía para él.

Hizo una leve mueca, al reconocer para sí mismo que el día anterior había estado lo suficientemente descompuesto como para no reaccionar como de costumbre y, encima, preocupar a una completa extraña.

Una completa extraña a quien, definitivamente, no debería estar dedicando uno sólo de sus pensamientos, decidió, reprochándose internamente su falta de control. Él era frío y calculador, y no estaba dispuesto a conceder más de lo que daba; y hacía mucho tiempo que había decidido que ninguna persona tenía cabida en sus emociones, ni merecía que albergara ningún sentimiento por ella.

En ese momento, cuando sus pensamientos se tornaban cada vez más y más lúgubres, el cochero se detuvo justo frente a la puerta del orfanato: el sitio que había jurado nunca más pisar. Eso le provocó un tremendo malestar. Decirse a sí mismo que era un tipo sin sentimientos era una cosa; comprobar cuán equivocado estaba respecto a ello, algo muy distinto.

Con una mueca cínica, ligeramente más pronunciada que la que habitualmente lucía en el rostro, hizo acopio de valor y emergió del carruaje en tanto que el cochero sostenía la puerta abierta para él.

El edificio era viejo, grande y feo, con un letrero en el frente que en grandes letras ponía: "Orfanato Sir William Wallace Andrew, Fundación Andrew". Ver el nombre de su padre decorando el paisaje de la calle removió muchos recuerdos en su interior.

–"¡Maldito!"–volvió a pensar. Tuvo que respirar varias veces, antes de poder dar el primer paso y fue entonces cuando una voz muy familiar llegó hasta sus oídos. Era un sonido poderoso, que le pareció cómo si resonara en todo su pecho y, sin poder evitarlo, miró hacia todas partes, buscando a la persona a la que pertenecía.

La Srita White, en un hermoso vestido matutino, en colores rosa pastel, con pequeños cuadros adornando sus mangas y pecho, y su larga falda, y sus rizos dorados apenas iluminados por los rayos de la mañana, se encontraba regañando al joven Jimmy

- ¡James! ¡Te he dicho que no conduzcas así! ¡Por el amor de Cristo! ¡Casi chocamos con un carruaje! A decir verdad, ése carruaje se parece mucho al que acabamos de... pasar. Candice se empezó a poner pálida del susto al reconocer el carruaje en cuestión, pensando que quizás el dueño del carruaje venía a reclamarles. Cómo si fueran dos dagas afiladas, sus ojos esmeralda miraron fijamente a Jimmy.

–¡Candy, tranquila! ¡Sólo me divertía un poco! –le contestó Jimmy, absolutamente despreocupado, con una gran sonrisa en el rostro, ya que era la primera vez que lo dejaban conducir a él solo. Lo malo era que ése carruaje lo habían conseguido prestado y pertenecía al Sr. Thompson, un textilero que pretendía a Candy–. Además –continuó Jimmy–, si sonríes al Sr. Thompson, estoy seguro que él no se enfadará porque probé la velocidad de sus caballos ¡Apuesto a que ni siquiera se dará por enterado! –le dijo muy quitado de la pena James, mientras se aseguraba que los caballos siguieran bien atados al carruaje, pronto debían regresarlos a su dueño.

William miraba la escena sintiéndose inusualmente divertido. Desde donde se encontraba podía notar la preocupación de la Srita. White y le parecía sumamente graciosa su expresión.

Pronto ambos huérfanos bajaban lo que parecían unas cajas de leche.

– ¡Pudiste haber roto los frascos de leche! –le estaba diciendo Candy por lo bajo, cuando en eso llegaron caminando dos señoras de aspecto bondadoso para ayudarlos a acarrear la leche.

– ¡Bendito sea el Señor! ¡Gracias Candy! Es un buen hombre el Señor Thompson ¿no es cierto? - Una sombra de agobio pasó por los ojos de la joven y su madre se detuvo un momento ante ella, igualmente triste - Ya sabemos que no te gusta mucho ir a con el Señor Thompson, pero tú sabes que es un buen hombre. Tal vez deberías pensarte mejor su propuesta de matrimonio.

No era que la Srita. Pony quisiera casarla, pero la propuesta del Sr. Thompson (quien había prometido ropa, comida, y sustento para los huérfanos, si Candy se casaba con él), resultaba tremendamente atractiva a sus ojos cansados. El mencionado caballero era un hombre ya mayor, de algunos 55 años, y cabello cano, que quería tener hijos. Era obvio que no era el mejor pretendiente, pero no veían otra forma de salvar a los pobres niños.

Candy sólo pudo mirar hacia otra parte, intentando encontrar la mejor manera de sortear la insistencia de la Srita. Pony sin herir sus sentimientos ni marchitar sus esperanzas, puesto que ya bastante tenía la pobrecita con las preocupaciones que cargaba sobre sus hombros desde el anuncio del desalojo. No era que despreciara al Sr. Thompson y sus bondades, pero no lo amaba.

–Ya sabemos que Sir William Wallace, quería casarte con el mejor –recordó la Srita. Pony, interrumpiendo sus pensamientos–, pero a nuestro benefactor no le dio tiempo de encontrarte un buen marido, porque se nos adelantó en el camino del Señor. Así que te aconsejo que lo pienses de nuevo. En nuestra situación debemos ver nuestras oportunidades y lo que Dios nos presenta día a día Candy.

Mientras la Srita. Pony hablaba, la hermana María, se acercó a Candy y le dijo:

–Finalmente será tu decisión pequeña, nosotras no podemos decidir por ti, el matrimonio es difícil de por sí. Pero ten en cuenta de que oportunidades como ésta no se presentan con frecuencia.

Los tres se retiraban con las manos llenas de envases de leche, mientras Candy inmersa en sus pensamientos y agobiada por la dramática encrucijada que ahora le presentaba la vida, se subía a la parte más alta del carruaje para desamarrar las otras cajas que contenían más frascos de leche.

Desgraciadamente para Candy, las hermanas tenían razón. Las posibilidades de encontrar otro pretendiente que pudiera hacerse cargo de todos sus hermanitos eran nulas. Debía tomar una decisión pronto, aunque su corazón no estuviera de acuerdo. Ella no tenía padres, ni dote, ni nada que las otras señoritas de la alta sociedad si tenían. Además, saberse pretendida por un señor acaudalado como el Sr. Thompson, era un halago, ella lo sabía; pero su corazón resistía con todas sus fuerzas ese matrimonio. Por eso con todo el ahínco y desesperación había ido a suplicar la ayuda de Sir William; quizás, si él reconsideraba, tendrían una oportunidad.

Sir William...

La joven no pudo evitar evocar la imagen de aquel hombre.

¡Qué sorpresa se había llevado!

Él era tan joven y apuesto. Un poco sordo y enfermizo, pero un hombre en verdad precioso. En ese momento elevó una plegaria al cielo por millonésima vez, para que el Señor le permitiera verlo de nuevo y pedirle misericordia.

Candy no dudaba que el Señor escuchara atentamente a sus plegarias, pero nunca hubiera imaginado que le respondería con la prontitud que lo hizo, ya que, amparado bajo los despejados rayos solares de aquella tierna mañana, Sir William Albert Andrew se materializó de repente ante sus asombrados ojos.

Candy casi deja caer todos los frascos de leche, si no es porque Jimmy llega a ayudarla.

William, por su parte, sintiéndose ligeramente incómodo por lo que interpretó como temor por parte de la joven, decidió que ya había contemplado bastante de la escena (y de las emociones encontradas que se dibujaban en el rostro femenino) y deseó retirarse lo más pronto posible.

Sin embargo, decidió con inesperada determinación, que no lo haría. No se marcharía sin antes averiguar ¿quién era el Sr. Thompson? Y principalmente y por sobre todas las cosas ¿por qué se había atrevido a solicitar la mano de esa muchacha? ¡Por el buen Dios! ¡Ella aún era una niña y estaba seguro de que su padre habría opinado exactamente lo mismo!

Con el ceño fruncido se acercó a las amables señoras, y a la Srita Candice, quien bajaba en ese momento del carruaje empleando un ágil salto, disfrutando secretamente con la evidente sorpresa que su presencia provocaba en todas ellas y también en el joven Jimmy, quién en ese momento regresaba corriendo a por más leche...

No obstante, la sorpresa duró tan sólo un segundo, porque Candy, que había aterrizado justo frente a él, sin dudarlo, se adelantó para saludarlo, obsequiándolo con la más hermosas sus sonrisas. Era extraño ver tanta admiración y respeto en unos ojos tan hermosos cómo los de ella, y tal gesto provocó en él algo extraño: de repente se sintió como si él fuera la respuesta a todas sus plegarias, a todas sus inquietudes; como si, para esa joven en particular, él fuera un bendito, casi un santo…

–¡Señor Andrew! –dijo Candy con reverencia, para después tomar delicadamente su mano, inclinarse y besarla en el dorso, con el mayor de los respetos. William se sintió a un tiempo incómodo y sorprendido, dado que generalmente era él quien besaba las manos de las hermosas señoritas, sin embargo, parecía que esa joven poseía un talento sin igual para sacarlo de balance…

–Es un honor tenerlo, en éste su humilde hogar –continuó ella, reverenciándolo, con la cabeza algo baja y la mirada fija en el suelo que él pisaba. La incomodidad de Wiliam aumentó, ya que él no era ningún santo, ni ningún bendito, y le avergonzaba ser tratado como tal respeto… Contrario a esto, el contacto de la Srita. White le había parecido muy natural y le había provocado una sensación confusa aunque agradable. Recordó que, por lo regular, las manos de las señoritas estaban enguantadas, pero observó que ella no traía guantes y casi podía sentir su pulso a través de la tela de la camisa, dado que continuaba aferrándole la mano.

Antes de que pudiera pensar en una respuesta adecuada al saludo de la joven, el cálido contacto lo abandonó. Recobrado intempestivamente de la sorpresa y de todo el episodio, pudo entender que la Srita. White lo estaba presentando a las mujeres mayores:

–Señor Andrew, le presento a la Hermana María y a la Señorita Pony, ambas nuestras madres protectoras; ellas son las más nobles personas que jamás conocerá. –Candice se expresaba muy amorosamente de ellas y pronto las dos amables señoras también lo saludaron y le besaron la mano, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

–"Me siento muy extraño" –pensó para sí.
Las hermanas lo invitaron a pasar, y se encontró a varios niños despiertos festejando por la recién llegada leche. Parecían demasiado contentos por sólo unos frascos de leche. Pero lo que él no sabía, era que desde que les había retirado el apoyo, los huérfanos sólo tomaban agua, pan, patatas cocidas, avena, y a veces huevos. Estaban a punto de enfrentar la hambruna, y las hermanas sabían que tendrían que mandar a los niños a trabajar en las minas de carbón. Habían conseguido de segunda mano los vestidos de Candy, ya que debía lucir hermosa para su pretendiente. Así lo había dicho la Srita. Pony: estaban desesperadas, y la única persona que parecía acordarse de ellos era el Sr. Thompson, que desde su propuesta había facilitado a Candice el carruaje en el que ella debía ir por la leche y algunos suplementos más, que él les regalaba. Era el pretexto perfecto para cortejarla, pero las hermanas se aseguraban de que siempre fuera acompañada por Jimmy, dado que ponían mucho cuidado en proteger su reputación.

El pequeño Timmy se acercó, con los ojos bien abiertos y algo escandalizado y en un tono nada discreto soltó:

– ¡Es el señod que noz quiede echar de nuedtra casa! –dijo señalándolo, y de inmediato todos los huérfanos entraron en pánico.

– ¡Niños, niños calma! –llamó la Hermana María–. ¡El Señor Andrew está de visita, váyanse a vestir y a lavar para el desayuno! –los apuró, mientras que William, ajeno al barullo, seguía a Candy con la mirada, sin perder detalle de su expresión. La joven parecía desconsolada y él se hizo la promesa de averiguar exactamente qué era lo que le ocurría.

Tan pronto formuló el pensamiento se sintió disgustado consigo mismo por reaccionar de esa manera tan tonta ¿De dónde sacaba esos pensamientos? ¡Ella era y seguiría siendo una extraña para él! Lo que le ocurría a esa joven no era asunto que mereciera su atención. D-e-f-i-n-i-t-i-v-o.
Intentando calmar su ánimo agitado, el magnate se concentró en mirar alrededor... y se sintió bastante mal cuándo vio el pobre estado en el que se encontraban los huérfanos, algunos de ellos ya comenzaban a verse desnutridos. Recordó que ya hacían dos meses que había ordenado cancelar las donaciones al orfanato y se sintió peor de lo que se había sentido nunca.
Tomando una decisión, se aclaró la garganta, misma que se le había convertido en un nudo tieso que le provocaba hasta dolor.

–Creo que les he caído de sorpresa a los pequeñitos –dijo con la voz algo áspera–. Esperaba hablar con usted…es –continuó, fijando la mirada en la Srita. White–. Ayer nuestro encuentro fue algo atropellado y... –no pudo continuar porque notó que la mirada de la Srita. Pony se cristalizó, al parecer estaba a punto de llorar, y Dios sabía cuánto odiaba que las mujeres lloraran. Pidió al Creador que no lo hiciera, él no era nada bueno para manejar ésas situaciones.

–Sr. Andrew, por favor desayune con nosotras –pidió la amable anciana, antes de que él consiguiera decir algo más–. Todavía es temprano, y Dios bien sabe que, para hablar, hay que tener el estómago lleno –dijo con voz no exenta de resignación, haciendo un evidente esfuerzo por sonreír; y él se descubrió incapaz de responder.

En ese momento su mirada se dirigió nuevamente hacia Candy y notó que la joven continuaba mirándolo en esa perturbadora manera: como a un ser en quien se han depositado todas las esperanzas; como a quien se le guarda una devoción sin límites.

–No es necesario, sólo quisiera hablar sobre algunas cosas –declaró, rechazando la invitación de la Srita. Pony; sin embargo, las bondadosas hermanas no se dejaron persuadir, y todas las excusas que hubiera podido imaginar se borraron de su mente al sentir, otra vez, el cálido contacto de la Srita. White sobre su mano, suplicándole, silenciosamente, que compartiera el desayuno con ellos.

Dócilmente, tal vez como nunca se había comportado con ninguna persona en toda su vida, se dejó conducir por la joven huérfana, quien lo llevó por los pasillos, hasta un comedor, que tenía una mesa de madera bastante larga alrededor de la cual poco a poco los huérfanos se fueron sentando, dirigidos cortésmente por las tres mujeres.

Cuando todos estuvieron acomodados en sus respectivos lugares, William descubrió, con un inusual sentimiento de decepción, que el lugar de la Srita. White, para su desfortuna, se encontraba bastante lejos del suyo, cerca de la cocina; sin embargo la joven no daba trazas de ir a ocuparlo pronto, ya que, tanto ella como las madres, preparaban y servían el desayuno.

Conforme la mesa se llenaba, William se dio cuenta perfectamente de lo escaso que era todo, a pesar del festejo de la leche con avena… Había pan, sí pero pan duro, y huevos, aunque las porciones eran demasiado pequeñas. Podía ver que los niños se quedaban con hambre, ya no decir las madres de los pequeños y la Srita. White, quien se le figuró sólo había comido un trozo de pan con algo de leche, dado que le habían dejado a él la mejor pieza de pan: una que sí estaba completa y hasta ligeramente blanda…

Invocando a algún ente celestial, William rogó haber exagerado sus apreciaciones, porque en ese momento se sentía el más miserable de todos los hombres que hubieran habitado la tierra. Era cómo si un puño se hubiera cerrado sobre su corazón y lo estrujara hasta dejarlo casi sin aliento. Tenía perfecta conciencia de que sus perros eran mejor alimentados que estos huérfanos...

En ese momento, mientras sus pensamientos eran un caos, uno de los pequeños se acercó y le ofreció su pedazo de pan; un gesto sencillo y natural que acompañó con una sonrisa y una frase que lo dejó frío:

–Usted es más grande que yo, debe comer más –le dijo el pequeño, extendiéndole un trozo de pan que parecía había sido cortado con un cuchillo sin filo.

Aunque varios niños y las madres voltearon en su dirección, no encontró forma de negarse y no tuvo más remedio que comerse el pedazo de pan. Le había parecido un abuso, pero el pequeño niño se le había quedado mirando con tal esperanza, que se sintió incapaz de rechazar un regalo ofrecido con tanta inocencia.

–Muchas gracias –respondió al niño, intentando que su voz sonara suave y cortés–. La verdad es que salí de casa sin desayunar y sí tengo hambre –dijo y, por toda respuesta, el niño sonrió con felicidad genuina.

Estaba a punto de levantarse para pedir a las madres una charla en privado, cuando los niños empezaron a emocionarse por el postre. No eran más que manzanas del jardín rebanadas en delgados pedazos, pero ellos los tomaban con alegría de las amorosas manos que los repartían y se los comían cómo si fuera un manjar del paraíso.

Algo se rompió en el interior de William al contemplar aquella escena tan cotidiana y al mismo tiempo tan única y comprendió que no podía seguir mucho tiempo más ahí; no si quería conservar la cordura.

Pero ésos no eran los planes del Señor al parecer, porque, cuando se disponía a abandonar el comedor, se escuchó un llamado en la puerta y un tropel de niños abandonó su lugar en la mesa para acudir a recibir al recién llegado.

– ¡Señor Thompson! ¡Señor Thompson! –coreaban los niños entusiasmados.

– ¡La leche estuvo deliciosa! –dijo uno.

– ¡Sí! ¡Sabía cómo almendras, jugo y batido juntos! –exclamó otro.

– ¡Ya veo que se la terminaron toda, pillos! –bromeó el hombre, a quien William reconoció de inmediato: era nada menos que el viejo viudo, dueño de Textiles Thompson, que siempre andaba en busca de alguna jovencita con quién casarse, y que desafortunadamente no había encontrado ninguna... hasta ahora que, al parecer, tenía un trato seguro con la Srita. White.

El señor Thompson era algo canoso, con el vientre ligeramente abultado. Parecía de buen semblante, pero era demasiado viejo para una jovencita cómo la que tenía en esos momentos enfrente… William no encontró en absoluto adecuado tal cortejo, sin embargo nada podía hacer… Con el rostro sonrojado, Candice se acercó al Sr. Thompson y los presentó. Después tomó las flores que el viejo le ofrecía y se retiró para ponerlas en un jarrón.

Se podía ver en el rostro del Sr. Thompson que estaba complacido. Pronto tendría una nueva esposa y sólo tenía que alimentar a esos huérfanos, mientras ella le diera el heredero que estaba buscando… Sentía tener las cartas ganadoras esta vez y no podía negar lo preciosa que era su Candice White… William y él intercambiaron unas palabras de cortesía y después él se alejó del ruido del comedor, obviamente en busca de Candice.

Desde la lejanía, William pudo distinguir el rostro colorado de la Srita. White, mientras su entusiasmado pretendiente le besaba la mano y le frotaba con los dedos el dorso de la misma. Algo en la escena provocó que la sangre del hombre más joven empezara a bullir en una mezcla de emociones entre las que destacaban el disgusto, el asco, y la ira… ¿Qué era lo que le sucedía? No lo entendía en lo más mínimo. Sin embargo, cada segundo se sentía más como aproximándose a un precipicio desconocido.

Pasó algo de tiempo y se notaba a leguas que a la Srita. White le incomodaba sobremanera la situación, sin mencionar que el pequeño Timmy estaba colgado de sus faldas y quería que lo llevara a jugar al parque; sin embargo, el pretendiente no daba trazas de desear marcharse, para disgusto de William, quien se encontraba por ahí, sin encontrar algo mejor qué hacer que contemplar las paredes en tanto las madres levantaban la mesa y ponían a los pequeños a realizar lo que, sin duda, eran los deberes cotidianos.

Transcurriría un cuarto de hora antes que William encontrara el momento perfecto para marcharse. No obstante, recordó que aún tenía que hablar personalmente con las dos mujeres: debía hacerlas entender que el desalojo era inminente; sin embargo, apenas dio un paso en dirección a ellas se descubrió incapaz de llevar a cabo una acción de esa naturaleza. No pudo, por más que lo intentó no pudo: lo vivido esa mañana en aquel lugar, los ojos de los niños, la esperanza de las madres y un par de hermosos ojos verdes se lo impidieron sin que ninguno de los afectados se viera en la necesidad de pronunciar una sola palabra de súplica.

Resuelto, como pocas veces en su vida, William se encaminó hacia donde la pareja todavía conversaba y le pidió al Sr. Thompson que se retirara, indicándole que necesitaba tratar asuntos de suma importancia con las madres, incluida la Srita. White. El hombre no tuvo más que acatar sus deseos e irse cuando, al oponer resistencia para marcharse, tuvo el placer de informarle que estaba hablando con el hijo del mayor benefactor de los pequeños y propietario del inmueble que alojaba el orfanato.
Una vez que el Sr. Thompson hubo partido, cosa que ocurrió a la brevedad y sin que mediasen más palabras, fue su turno para encaminarse hacia la salida con pasos firmes, no sin antes anunciar:

–Hermanas, Srita. White, todavía no he tomado una decisión definitiva con respecto a este orfanato –declaró y, ante eso, tres pares de ojos femeninos lo miraron, extrañados en demasía–. Debo revisar sus cuentas –aclaró–, para lo cual usted, Srita. White, y el joven James, deberán llevarme los libros de contabilidad a la oficina. Los revisaremos a partir de mañana por la tarde –anunció, estipulando así que los esperaba a partir del día siguiente–. Y, por este mes, pueden considerarse afortunados –confirmó, dejándoles claro que el desalojo se posponía por algunos días–. Ordenaré que les envíen provisiones mañana mismo y será hasta después de revisar sus contables y su labor, que reconsideraré mi posición ¡Qué tengan una bonita mañana!– deseó y, sin más, se retiró, dejándolas esperanzadas y confusas a la vez.

Candy sintió un vacío enorme cuándo esos ojos dejaron de mirarla, y le dieron la espalda. Sin duda los ojos del Señor William eran los más hermosos que hubiera visto nunca. Hoy se había dado cuenta de que no estaba sordo, ni era enfermizo; además, su gran altura y fortaleza lo hacían extremadamente atractivo para cualquier mujer.

Bueno. Algo atontada, Candy sacudió la cabeza, entendiendo de pronto lo que las últimas palabras del Sr. William habían significado: no había sido un "no", pero tampoco había sido un "si"… estaba claro que el hijo no era tan bondadoso como su padre; sin embargo, debían de hacer su mejor esfuerzo para obtener su favor, así que ella y Jimmy no tenían más opción que ponerse a revisar ya mismo los contables del orfanato…

–"¡Menuda tarea!" –pensó Candy, recobrando un poco de su espíritu alegre y optimista. Y, mientras en su cabeza se formaba una lista de todas las cosas urgentes que había por realizar, algo en su interior cantó de puro gusto cuando comprendió que, al menos durante lo que quedaba del mes, se encontraría a diario con ese hombre tan desconcertante y tan, pero tan agradable.