MY LITTLE PONY
PARALLEL STORIES
Versión alternativa
Chapter 1x01
Northwest Mines Town
Parte 3
—¿Esta es la casa? La verdad es que es preciosa —comentó Shiny Eyes, parándose delante de un edificio situada en la parte derecha del pueblo, bastante alejado de la mina.
—Por lo menos tiene las cuatro paredes y el techo —replicó Gentle, llevándose el casco a la barbilla, pensativa—. Hmmm… Feather, ¿no era este el hogar donde vivía la familia Crown?
—Sí, hace unas seis semanas que se marcharon a PonyVille —respondió la pegaso-cartero—. Una pena, pues con ellos se fueron los pequeños Pacifier y Gestures, que eran los últimos bebés que aún vivían aquí, en Northwest Mines Town —entonces la yegua volvió a animarse—. Bueno, si únicamente han pasado seis semanas, solo habrá polvo y unas pocas telarañas. Será tarea fácil.
Abrieron la puerta y descubrieron que, efectivamente, los pocos muebles que había estaban apenas cubiertos con una fina capa de polvo y que las pocas telarañas que existían estaban en lugares muy accesibles. Afortunadamente, alguien había traído un cubo con utensilios de limpieza, por lo que empezaron a repartirse las tareas, comenzando justo a continuación.
Apenas llevaban unos minutos en la tarea cuando alguien llamó a la puerta. Wise Word abrió, y reculó para que los demás viesen quienes habían picado la puerta. Allí estaban Shadow Hammer, Flashing Hooves, Undying Knowledge, y muchos más, incluyendo a Disarming Smile, el cual había abandonado provisionalmente el hotel.
—Hola, Wise —dijo la herrero—, ¿es esta la casa que hay que habilitar?
—Sí, esta es —respondió el aludido con una gran sonrisa en la boca, mientras dejaba hueco para que los visitantes entrasen—, pero pasad, pasad.
Prácticamente todos los habitantes del pueblo se habían reunido frente a la casa y querían ayudar con las tareas, por lo que una gran comitiva de ponis penetró en el interior del edificio, para alegría y alivio de los que ya estaban en él. Incluso más de uno, aprovechando la coyuntura, había traído mantas, cubertería, vasos, e incluso comida. Shiny Eyes se sintió completamente abrumada, preguntándose por qué todos querían colaborar de manera tan desinteresada. No le convencía la idea de que fuera solo para que ella no durmiese al raso y, al marcharse al día siguiente, lo hiciese llevándose un mal recuerdo de Northwest Mines Town. No, esos ponis eran demasiado amables con ella, que al fin y al cabo no era más que una desconocida. Estaba segura de que querían algo a cambio, pero tuvo miedo de que fuese algo inalcanzable o peligroso. De todas formas, decidió que lo mejor que podía hacer era esperar a que se terminase de adecentar la casa y ver qué era lo que proponían, pues siempre se podría negar alegando que ella no había pedido la ayuda de todos, sino que simplemente aceptaba el resultado final sobre un hecho que cada habitante había realizado de motu propio.
En cuestión de segundos todos los presentes se repartieron los lugares de trabajo, así como las tareas que cada uno iba a realizar, comenzando entonces la algarabía. Por todos lados se veían objetos volando gracias al poder de los unicornios, sombras fugaces pertenecientes a los pegasos, que iban de un lado para otro, y ponis de tierra que hacían constantemente trabajos de todo tipo, logrando entre todos que poco tardase la casa en estar otra vez habitable. Una vez finalizado el adecentamiento del lugar, la mayoría de ponis se fueron marchando poco a poco mientras reían, cantaban o hablaban entre sí de forma alegre. Apenas quedaban ya unos pocos en la casa cuando una poni de tierra roja como el fuego y una unicornio púrpura se acercaron a Shiny Eyes, para presentarse:
—Hola, preciosa —dijo la primera—. Permite que nos presentemos. Yo soy Muffled Yell, la jefa de la escuadra de mineros de Northwest Mines Town, y quiero darte la bienvenida a este pueblo.
Su crin verdosa estaba recogida en un peinado extraño, siendo algo indefinible entre un aspecto juvenil y el de uno propio de una poni de mediana edad, y también tenía una oreja parcialmente arrancada, seguramente producto de un accidente minero. El nombre de esa yegua era un tanto extraño, algo que corroboraba su Cutie Mark, que consistía, definiéndola de izquierda a derecha, en una cara sonriente con la boca abierta, unas ondulaciones finas, una línea que parecía asemejarse a una pared vista de perfil, y, al otro lado de la supuesta pared, unas ondulaciones muy fuertes y una cara asustada, como si acabase de escuchar una explosión.
—Yo soy Magic Sales —intervino en ese momento la unicornio púrpura—, la vendedora de productos mágicos y no mágicos del pueblo. De hecho, es la única tienda que verás por aquí. Me encargo de suministrar todo lo que puedas necesitar, y también de todo lo que no necesites pero te apetezca tener… Y también te doy la bienvenida a Northwest Mines Town —el color de su pelaje contrastaba con el amarillo de su crin y de sus ojos, y también con su Cutie Mark, consistente en un bastón mágico y una zanahoria que estaban cruzados formando un aspa.
—Encantada —dijo Shiny Eyes, sonriendo tímidamente—. Muchas gracias por todo. Me gustaría compensar lo que habéis hecho aquí… de verdad quisiera hacerlo, pero no sé a quién debo dirigirme para comentarle una idea que quizá pueda funcionar.
La poni de tierra y la unicornio se miraron durante un momento, para después centrar su vista en la dorada pegaso. Disarming Smile, Gentle Colors, Look Talker y Wise Words, quienes habían oído la conversación, se pusieron junto a ellas a la misma altura, quedándose más atrás el resto de las yeguas que Shiny Eyes había conocido en el pueblo, que aprovecharon la coyuntura para recoger los cubos y las bolsas de basura.
—Cariño —comentó Muffled Yell—, este es un pueblo muy pequeño, tan pequeño que no tenemos alcalde, de hecho, ni siquiera hay un representante. Los que ves —señaló a los que tenía a su alrededor— formamos un Consejo, que es un aparato válido para gestionar las decisiones de Northwest Mines Town... Y por lo que puedo ver, estamos todos, así que este es un buen momento para contarnos tu idea.
—Está bien —Shiny Eyes flexionó sus patas traseras y se sentó en el sitio donde estaba—. Como muchos de vosotros sabéis, yo soy fabricante y vendedora de artículos orfebres, algo que aquí no tiene mucho sentido. No obstante, aparte de venderlas, sé repararlas.
Todos los presentes comenzaron a mirarse entre sí. Algunos susurros comenzaron a surgir en la sala.
—¿Y cómo puede ser, si ni siquiera existe un hechizo capaz de lograrlo? —preguntó Magic Sales.
—Es un secreto familiar, pero es algo para el que no se necesita magia, sino habilidad, paciencia y mucha suerte.
—El problema —continuó diciendo Shiny Eyes, esta vez con un brillo en sus ojos, mientras los susurros de los demás se convertían en murmullos— es que sé arreglar joyas, pero pequeñas. Nunca lo he intentado con una de grandes dimensiones, pero me gustaría probar. Sería una tarea ardua, y puede que no lo consiga, pero, si tengo éxito, quizás este pueblo vuelva a recuperar su esplendor de antaño —los murmullos eran ya voces.
—¿Nos estás diciendo que quieres que rompamos una gran gema para que intentes arreglarlo con tu habilidad? —Gentle Colors la miraba de manera bastante inquisitoria.
—¡Sí, eso es! —Shiny miró de igual forma a la unicornio de dos colores—. Si no lo intentamos, las grandes gemas seguirán estando dentro de la mina por demasiado tiempo, y el asunto seguiría igual para todos. Así que probemos con una. Si no sale, siempre podríamos vender varios trozos pequeños de una gran gema.
Muffled Yell hizo una señal a los demás, incluso a las que estaban apartadas recogiendo la basura, y se reunieron todos menos la dorada pegaso en un corro, donde empezaron a cuchichear sin descanso. De vez en cuando una cabeza se elevaba y miraba a Shiny Eyes, la cual estaba esperando el veredicto. Empezaba a impacientarse cuando el círculo se rompió y todos sus integrantes se pusieron en fila. Muffled Yell carraspeó y dijo:
—Habiéndose reunido la asamblea de Northwest Mines Town en esta casa, bien entrada la noche, con fecha…
—¡Por favor, dilo ya! —cortó Flashing Hooves, impaciente.
—De acuerdo —Muffled Yell sonrió—. Queremos que lo hagas, o al menos que lo intentes.
Shiny Eyes apretó los cascos entre sí e hizo un gesto de satisfacción.
—Pero tal acción se realizará mañana por la tarde —continuó hablando Muffled—. Primero tienes que descansar, y aún hay que hacer los preparativos: cortar la gema, sacarla de la mina y llamar a un experto en joyería de Canterlot para que dé fe de la prueba.
—Entonces vayámonos a descansar todos —agregó Gentle Colors, la cual estaba empezando a dirigirse hacia la puerta.
—Una última cosa —matizó Shiny Eyes, haciendo que la yegua del cuerno roto parase—, hay que cortar las gemas de la forma más uniformemente posible. También hay que recoger todos los pedazos, incluyendo las esquirlas, e incluso el polvo de gema. Lo comento porque todo es importante para que la pureza de la gema resultante sea mayor.
Tras un colectivo gesto de satisfacción, se despidieron todos y se marcharon a sus respectivos hogares. Shiny Eyes, que los había acompañado a la puerta, suspiró mientras pensaba que se había metido en un buen lío, pues hacía mucho que no había vendido ninguna joya y aún más que no había reparado nada. Por lo tanto, tendría que estudiar el rollo de papel que explicaba la formulación y los pasos necesarios para reparar gemas, y que se encontraba escondido en su carro. Se asomó a la ventana del recibidor y esperó pacientemente hasta que todas las luces de las demás casas se apagaron, quedando únicamente iluminada la de Gentle Colors, que seguramente estaría meditando de nuevo. Se dirigió a la puerta y vio, en una percha que estaba al lado, una capa que alguien había dejado ahí para ella. Sonrió y se la puso de tal forma que su cuerpo quedase completamente oculto, pues sabía que a la luz de la luna su pelaje dorado sería muy visible.
Abrió despacio la puerta, se asomó y miró a todos lados. No había ningún poni a la vista, por lo que salió. Centró su cabeza hacia la herrería, donde debería estar su carrito, y empezó a recordar: tercer cajón por la derecha, bajo el falso fondo… ahí estaba el rollo de papel que tenía que leer detenidamente para aprender de nuevo. Se dirigió hacia la herrería sigilosamente, moviéndose de forma furtiva de casa en casa, pero pegándose a las paredes y agachando la cabeza cuando pasaba bajo una ventana.
Entonces llegó el momento más difícil de su travesía hacia el pergamino, pues debía cruzar la calle. Era un momento crucial, pues la luna estaba radiante y llena esa noche, y sabía que cualquiera que mirase por la ventana cuando ella cruzase sin duda la vería, y no podía permitir que la descubrieran, pues sería una vergüenza admitir que había olvidado cómo arreglar gemas.
Mientras se apretujaba más contra la pared, miró al frente, después a la derecha, y por último a la izquierda. Entonces tragó saliva y, en una arrancada similar al que haría un profesional en una competición, empezó a galopar hacia el edificio de enfrente. Cuando llegó a este, descubrió que estaba acalorada, sudando y con la respiración acelerada. Mientras intentaba tranquilizarse, volvió a mirar hacia todos lados, hasta que estuvo segura de que nadie la había visto, o al menos eso era la impresión que el durmiente pueblo le proporcionaba. Respiró hondo y volvió a pegarse a la pared que tenía a su espalda, moviéndose hacia donde estaba el carro.
Solo le faltaba una esquina, por lo que tomó aliento otra vez, recordando que el tercer cajón de la derecha chirriaba al abrirse. Era un problema que siempre había dejado pasar, diciéndose que lo arreglaría algún día. Se llamó estúpida por no haberlo hecho antes, pero quizá si lo abría muy lentamente no hiciese tanto ruido. Entonces giró la esquina, dispuesto a intentarlo.
Y descubrió, tan radiante que incluso con esa escasa iluminación hacía daño a la vista, la pared de la herrería. De su carro no había ni rastro. No podía creerlo... ¡alguien había robado su carrito! Se sentía desolada, abatida, apesadumbrada... Si no había carrito, no podría recuperar el pergamino, y sin el pergamino no podría reparar la gema. Había fallado al pueblo, había fallado a sus habitantes, y se había fallado a sí misma. Cuando por fin tenía la oportunidad de emerger con orgullo y ser feliz entre amigos, la mala suerte que le perseguía volvía a impedírselo.
Decidió volver a su casa, a ese edificio que habían habilitado entre todos los del pueblo para ella, convirtiendo un lugar vacío delimitado por cuatro paredes en algo realmente habitable, lo que significaba mucho para Shiny Eyes. Pero desgraciadamente no podía corresponderles esa gran ayuda. Volvió arrastrando los cascos, hasta que, pasando junto a una ventana, alguien en el interior de la habitación tosió, haciendo que la dorada pegaso se pusiese en alerta, reconociendo en ese momento que era imperante volver exactamente con el mismo sigilo con el que salió, independientemente de si tenía el pergamino o no. De hecho, era incluso peor ser descubierta ahora, pues tendría que explicarlo todo, incluyendo la imposibilidad de devolver la ayuda recibida.
Al llegar a casa cerró la puerta, colgó de nuevo la capa en el perchero, y se dejó caer sobre el colchón, apagando la luz a continuación con el esfuerzo que suponía vencer la apatía que le embargaba. Tenía que encontrar una explicación convincente para que no la odiasen por el resto de su vida, y lo debía tener preparada para primera hora de la mañana, pues así tendría una posibilidad de evitar que la gran gema fuese troceada, con el desastre que ello supondría. Estaba segura de que le harían pagar todos los destrozos, y ella solo disponía de unas pocas monedas y unas pequeñas joyas. Entonces recordó que todo el género que tenía a la venta estaba en el carro desaparecido, por lo que dejó escapar un gemido lastimero y se tapó la cabeza con la sábana, deseando desaparecer de la faz de ese largo y ancho mundo.
A falta de la información contenida en el pergamino, tendría que recordar a toda costa el procedimiento, pero estaba demasiado nerviosa para intentarlo. Debía apaciguar su frustración y dormir, así que se puso a pensar en lo ocurrido unas horas antes en esa misma casa, y en cómo los habitantes de ese pueblo minero habían hecho todo lo posible para que ella, una extraña, pudiese dormir bajo techo, en algo que podría llamarse un hogar.
Recordó cómo Fast Feather volaba de un lado para otro, cogiendo cuadros, y limpiando en el techo y en los rincones superiores. Se acordó también de Undying Knowledge y cómo esta recitaba hechos históricos para no aburrirse mientras barría, a Look Talker "charlando" con movimientos oculares, a Magic Sales y a Muffled Yell dirigiendo los grupos primero para realizar tareas a continuación, a Disarming Smile poniendo "La Expresión" para escaquearse y que los demás hiciesen su trabajo. También pensó en Shadow Hammer, la cual había estado cargando ella sola con muebles tan pesados que normalmente deberían llevarlo entre tres o cuatro ponis. Y a Wise Words intentando acercarse a cierta unicornio de dos colores mientras simulaba torpemente que estaba trabajando… Este último recuerdo logró arrancar una sonrisa a Shiny Eyes, tanto en su momento como en el presente…
Por último, recordó a Gentle Colors manejando con presteza sus cascos. Eso le resultó curioso, pues que ella supiese, la pequeña protuberancia que la yegua de dos colores tenía en su testa debía ser más que suficiente como para poder realizar hechizos básicos, sin embargo, la rapidez y precisión con la que ejecutaba su parte de la limpieza, llegando hasta casi el punto de desenvolverse como si de una poni de tierra se tratase, denotaba que en realidad esa situación de desdeñar su minúsculo pedazo de extremidad ósea era un hecho continuo en el tiempo. Definitivamente, esa yegua era demasiada extraña. Aunque al menos ya no le asustaba, de eso estaba segura… ahora la sentía como una amiga, totalmente contraria a la forma de ser que ella tenía, pero su amiga al fin y al cabo.
Estaba aún elucubrando la mejor manera de decirles a todos lo que había pasado con el carro, cuando se quedó dormida. Y tuvo una pesadilla.
Se encontraba en un quirófano, vestida con una bata de médico. Estaba preguntándose por qué tenía esa guisa, cuando Muffled Yell entró empujando una camilla con gotero mientras decía "¡Rápido, Shiny Eyes! ¡Tienes que hacerlo ahora, se nos está yendo!". De repente, en la mesa de operaciones situada en mitad de la sala (y a la que no había prestado atención hasta entonces) apareció una gran gema roja del mismo tamaño que ella hecha pedazos, pero con los trozos dispuestos en su posición original, dando al conjunto un aspecto crítico. "Tiene muy mala cara", comentó Flashing Hooves, quien había surgido de la nada y hacía las veces de enfermera, mientras se ajustaba las correas de su blanca bata. Shiny Eyes miró sus propios cascos, para descubrir que tenía puestos unos guantes especiales de cirujano. Su cerebro comenzó a trabajar a toda máquina, hasta el punto de emitir un grisáceo humo que escapaba violentamente a través de sus orejas, intentando recordar cómo empezar a reparar la gran gema, o lo que era lo mismo, curar a esa malherida paciente.
"¡Escalpelo!" comentó Flashing Hooves mientras pasaba dicho objeto a Shiny Eyes, la cual tenía el casco en alto. "¡Tijeras!", exclamó a continuación, y también se las pasó. "¡Martillo!", "¡aguja e hilo!", "¡separador!", "¡ungüento!", "¡taladro!", "¡pico!", "¡barreno!". Cada vez el tono empleado por la prestidigitadora fue cada vez más alto, en un crescendo que apabullaba aún más si cabía a la dorada pegaso, y el ritmo al que la potrilla unicornio le iba pasando los objetos anunciados, en consonancia con el volumen de voz expresada, también fue cada vez más y más rápido, hasta el punto que Shiny Eyes no tenía tiempo más que dejar que se fuesen acumulando todos los objetos en su casco, haciendo que cada vez sintiese más y más peso en la pata, hecho que terminó por transmitirse al resto de su cuerpo, hasta que la pobre pegaso terminó encorvándose bajo el peso de todos los utensilios que todavía iba recibiendo, y que eran acompañadas por lo que ya eran gritos desgarradores. Entonces cayó al suelo.
"Levántate, Shiny Eyes", un susurro, que incomprensiblemente escuchó con claridad sobre toda la algarabía existente, hizo que alzase sus ojos hacia la interlocutora, "Es urgente que hagas la operación". La autora de dichas palabras, Gentle Colors, estaba realmente furiosa. "¡Levántate! ¿¡Qué eres!? ¿¡Acaso te atreves a creerte una yegua!? Porque a mí no me pareces más que una patética potrilla llorica. Por favor… si ni siquiera eres capaz de reparar una simple gran gema". Una oleada de nuevas fuerzas, proveniente de la rabia que la estaba invadiendo, hizo que intentase levantarse para obligar a la unicornio de dos colores a tragarse sus palabras, pero no pudo, pues el peso de los objetos que la cubrían prácticamente en su totalidad era tan descomunal que el suelo bajo su cuerpo empezó a crujir.
Entonces todo desapareció. Todo excepto la gran gema, que brillaba en la oscuridad con una claridad fulgurante. Shiny se levantó sin vacilar y dio dos pasos para acercarse a ella. Entonces la gema, como si estuviese viva, se alejó flotando la misma distancia. Empezó a trotar, y con la misma velocidad la piedra preciosa se alejó de ella. Entonces comenzó a galopar, sabiendo que era inútil, pues la gran gema permanecía siempre a la misma longitud. Desanimada, frenó en seco y, mientras sus ojos se humedecían por la impotencia, abrió la boca y dejó escapar un grito desesperado. En ese momento la rojiza joya estalló en mil pedazos, y sus trozos cayeron suavemente, como las hojas de otoño que abandonan su arbóreo hogar para acabar muriendo sobre el suelo. Shiny Eyes se lanzó hacia ellos y, juntando los cascos como si de una torpe cuchara se tratase, intentó cogerlos, pero aquellos fragmentos se le escurrieron, como si tuviesen vida propia, para terminar desapareciendo entre la nada que la rodeaba. Ante ello, Shiny Eyes no pudo más que cerrar los ojos y llorar como una potrilla.
Cuando los volvió a abrir, no sin esfuerzo, descubrió que estaba en mitad del pueblo, mientras todos y cada uno de sus habitantes la rodeaba furiosa, señalándola. "¡Creímos en ti!", "¡Juraste que nos salvarías!", "¡Mentirosa!", "¡Jamás debimos fiarnos de tus palabras!". Las voces surgían distorsionadas de todos lados, y cada vez sonaban más amenazantes. Shiny Eyes no supo qué hacer, así que instintivamente se arrodilló y pidió perdón, obteniendo como respuesta a su acción una nueva oleada de reproches, los cuales eran cada vez más fuertes, cada vez más atronadores, cada vez más cercanos...
Se despertó completamente empapada de sudor. Estaba desconcertada, ya que no sabía si seguía aún en el sueño. Entonces miró a su alrededor para cerciorarse que había vuelto al mundo real y se dio cuenta de la excesiva luz de sol que entraba por la ventana. Debía ser cerca del mediodía. No podía ser… ¿Tanto había dormido? Levantándose tan rápido que sufrió un amago de mareo, empezó a moverse nerviosa por toda la habitación, asemejándose en su recorrido a un pollo sin cabeza. "Todo en el día de ayer fue un completo desastre", pensó de forma ligeramente más calmada, en un intento de volver a la normalidad analizando lo ocurrido, "Me comprometí a algo que parecía sencillo, pero como siempre la mala suerte me ha impedido siquiera empezar a corresponder la ayuda recibida… Sin carro, sin el pergamino con la fórmula, y sin memoria para recordar lo que este último ponía. ¡Arg! Y por si fuera poco, ya es tarde para escapar al otro lado del mundo sin ser vista". Dejando escapar un suspiro, comprendió la cruel y dura verdad: debía afrontar de cara el problema. Tenía que ir a la calle y decirles a todos que no sabía cómo reparar la gran gema, pues habían robado su carro, y con él, tanto el pergamino que explicaba cómo hacer la restauración de joyas como el poco dinero del que disponía.
Resignada, abrió la puerta y se asomó, echando un vistazo alrededor. Lo que vio le asustó: Todos y cada uno de los ponis del pueblo estaban engalanando Northwest Mines Town. Por todos lados se veía globos, flores, confetti y pancartas. En el fondo de la calle, situada sobre la entrada a la mina, había un cartel de recia tela que ponía "Bienvenida, Twilight Sparkle", aunque alguien había tachado el nombre de la poni y había puesto debajo, a casco, "Shiny Eyes". Entonces una unicornio se dio la vuelta y la vio. Con una gran sonrisa, empezó a aplaudir al suelo. El resto también se dio la vuelta, dejando lo que estaban haciendo, y aplaudieron de igual manera. Shiny Eyes no pudo por menos que sonreír y salir a la calle.
Se dirigió a la herrería para explicarse cuanto antes. Iba a preguntarle a Shadow Hammer dónde podía encontrar a Muffled Yell, cuando de repente lo vio: ahí estaba su carro, atado con una cadena a la pared lateral de la herrería. Se paró, se frotó los ojos y miró de nuevo, pues aún no podía creérselo. Pasado unos segundos, que a ella le parecieron a la vez tanto una eternidad como un efímero instante, volvió a ponerse en marcha, esta vez trotando alegremente hacia su puesto. Cuando llegó, lo abrazó, lo besó e incluso lo acarició con la mejilla. Nunca había estado tan contenta ni tan aliviada como en ese momento. Por fin todo volvía a ir bien.
—No te quejarás, te lo he estado cuidando… —Shadow Hammer estaba en el descansillo exterior de la herrería—. Y veo que he hecho bien, viendo el cariño que tienes a ese carrito.
—Mu… Muchísimas gracias, de verdad —respondió Shiny con una gran sonrisa—. Pero me he asustado mucho cuando vi que no estaba ayer por la noche.
—Ah, porque antes de ir a tu casa lo metí dentro de la herrería —comentó la oscura poni de tierra, señalando un lateral donde se veía, o más bien se intuía, un portón. Con razón no reparó en él por la noche, pues a plena luz del día este estaba casi oculto.
—¿En serio? Eres maravillosa, Shadow —la dorada yegua tenía los ojos llorosos—. No sabes cuántas ganas tengo de darte un abrazo.
—Bueno, bueno, tranquila —la herrero puso las patas por delante suya, mientras intentaba tranquilizar a la pegaso—. Hoy tienes algo muy importante que hacer, y para lograrlo tienes que estar centrada.
—Lo estaré… digo… lo estoy, lo estoy —balbuceó Shiny, notando aún en su cuerpo el nerviosismo que se negaba a abandonarla.
Se movió entonces hasta la parte de los cajones y abrió el tercero de la fila de la derecha. Apartó los moldes de latón que había en su interior y, accionando un botón oculto en un lateral, abrió un doble fondo. Allí estaba el pergamino que necesitaba. Lo tomó suavemente y, sin soltarla de su boca, volvió a atrancar el doble fondo y cerró el cajón. Una vez lo hizo, percibió a Flashing Hooves y a Undying Knowledge, las cuales se estaban acercando al carrito.
—Hoy es tu día —la historiadora sonrió—. Sé que lo vas a conseguir.
—Eso espero… —la dorada pegaso entornó ligeramente los ojos, a la vez que ahogó un bostezo, el cual había sido producto del hambre—. Todavía queda mucho para el atardecer, por lo que tengo tiempo para repasar la fórmula. Lo malo es que por los nervios no he desayunado, y ahora mismo me muero de hambre.
—Entonces permítenos invitarte a comer algo —replicó Knowledge.
—No, al contrario, voy a ser yo la que os invite —objetó Shiny, feliz.
Tomó unas monedas de otro cajón, y fueron las tres al restaurante de Northwest Mines Town, la cual había abierto sus puertas recientemente. Quizá fuese por la soltura de los nervios, quizá por el apetito de la orfebre, o quizá porque el cocinero sabía lo que ella iba a hacer al atardecer y se había esmerado especialmente con su pedido, pero la comida había sido especialmente deliciosa. De hecho, se notaba en el ambiente la fiesta y las ganas de que la restauración de la gran gema saliese bien, para que el pueblo prosperase de nuevo y volviera a ser lo que fue.
Al salir del restaurante, Shiny se despidió de Flashing y de Knowledge y se dirigió hacia su casa a estudiar el pergamino, aunque antes de llegar se encontró a Fast Feather y a Wise Words, los cuales estaban hablando entre ellos hasta que Shiny Eyes se acercó. Ambos saludaron a la joyero.
—¿Te gusta la decoración? —preguntó la cartero—. Me ha costado mucho traerlo desde Ponyville. De hecho, deberías saber que he estado volando durante la madrugada para enviar la petición de asistencia para el experto en joyería de Canterlot, y que ciertos… "ponis" —miró con un ligero desdén hacia Wise, dando a entender que él había tenido mucho que ver en lo que estaba diciendo— habían tardado lo indecible para escribirlo.
—Vamos, vamos… —intervino el marronáceo semental—, ya sabes que escribir algo así de importante requiere mucho esfuerzo para evitar que haya lagunas o malentendidos…
—Menos mal que he llegado a tiempo de entregarlo antes de que saliese el expreso que conecta las dos ciudades —Fast simplemente ignoró el comentario que el poni había realizado—. Menos mal que he aprovechado el viaje y he traído algo —dijo, señalando los adornos que había en todo el pueblo, a la vez que empezó a sonreír en un esfuerzo para no mostrar el evidente cansancio que la pobre tenía encima.
—Todo es poco para el gran día —Wise Words guiñó el ojo a Shiny Eyes—, aunque debes tranquilizarte. Dicen que un gran viaje comienza con un pequeño paso.
—Los globos, los fuegos artificiales y las guirnaldas me los ha dado una poni muy fiestera que vive en Ponyville… —continuó diciendo la pegaso-cartero—. ¡Arg! Nunca me acuerdo de su nombre. Es una poni de color rosa chicle, con una crin enmarañada también rosa, aunque en un tono más bien tirando a magenta, tres globos por Cutie Mark y con un carácter muy risueño.
—Pinkie Pie, se llama Pinkie Pie —matizó Wise Words—. Es tan famosa que hasta yo he oído hablar de ella.
—¡Esa es! —exclamó Feather—. Me dijo que todas esas cosas le sobraron de su última fiesta. Y también me confesó que la pancarta del fondo es una que usaron para dar la bienvenida a la bibliotecaria de Ponyville, que llegó hace poco. Espero que no te importe que sea de segundo casco, Shiny Eyes…
—No, en absoluto, me encanta —respondió la aludida—. En serio, me gusta. Muchas gracias, Fast Feather, y a ti también, Wise Words.
—El dibujo, que no se te olvide el dibujo —susurró el semental a la cartero, apremiándola con esas palabras.
—Es verdad… —Feather empezó a rebuscar en su zurrón—. Resulta que tengo una especie de gemela en Ponyville. Una pegaso con mi mismo color de pelaje, y con un tono parecido de ojos. Solo nos diferenciamos en el color y forma de nuestras crines, y que con ella hay que acercarse mucho para escuchar lo que dice. Y también en la Cutie Mark, que en su caso son tres mariposas rosas, si mal no recuerdo. Pero es una buena pegaso, que se encarga de cuidar de los animales. Me ha dado para ti un pergamino en el que hay dibujadas muchas huellas de diferentes criaturas, pero creo que no lo tengo aquí, sino en casa —en ese momento no pudo evitar bostezar—. Y creo que ya está hecho todo lo que tenía que hacer, así que voy a echarme un rato a descansar, pues no he dormido en toda la noche. Pero no te preocupes, Shiny, estaré en "La Gran Prueba".
—Eres estupenda, Feather —los ojos de la joyero estaban brillando de forma casi excesiva—. Y tienes razón, así que yo también marcharé a casa a tranquilizarme. Wise Words, muchas gracias a ti también.
—Descansad las dos. Nos veremos luego —el marronáceo semental saludó a ambas y se marchó hacia el centro del pueblo, donde empezaban a reunirse los ponis.
Shiny Eyes entró en su casa, se tumbó sobre la cama, abrió el pergamino y empezó a leerlo. No era una fórmula difícil, es más, no recordaba que fuese tan fácil la restauración de una gema. De hecho, era tan sencillo que incluso ella podría lograrlo. Ahora la sonrisa que tenía en la cara era más alegre y pronunciada que nunca. Al fin tendría la oportunidad de corresponder la ayuda a los habitantes de ese pueblo e incluso establecerse allí, sin preocuparse de deudas y, quizá lo más importante, al fin dejaría de estar sola.
Se asomó a la ventana, intentando captar el momento. Todo el mundo en el exterior estaba feliz. Unos ayudaban poniendo adornos, otros correteaban de un lado para otro como si fuesen potrillos pequeños, e incluso alguna yegua entonaba alguna canción que era al instante acompañada por los viandantes. Todos eran felices, y ella era el motivo de su felicidad.
Recorrió con la mirada todas y cada una de las casas, imaginándose cómo sería el pueblo si ella tuviese éxito en "La Gran Prueba", haciendo que una infinidad ponis se estableciesen allí, convirtiendo el pueblo en una villa o incluso en una gran ciudad. Incluso se imaginó a pequeños potrillos jugando en la calle.
Entonces vio la casa de Gentle Colors, y torció ligeramente el rostro, extrañada. No había visto a esa unicornio de dos colores en toda la mañana, lo cual resultaba un tanto insólito. Quizás aún estuviese meditando, o tal vez se había quedado dormida tras una larga meditación... o quizás algo le había pasado. Decidió que lo mejor sería ir a su casa y saludarla.
CONTINUARÁ
