Disclaimer: Doctor Who no me pertenece, si lo hiciera Rose aun viajaría con él. No gano nada con este fic mas que calmar mis feels. Disfruten.
Capítulo II
Introspección
Exactamente dos horas después de haber caído dormido los gritos de Rose le despertaron. Aun adormilado se hizo con su destornillador sónico, dispuesto a neutralizar lo que fuera que había entrado a la TARDIS.
A los pocos segundos comprendió lo que pasaba, Rose tenia pesadillas, podía sentir su frente sudada apretándose contra su barbilla, los gritos se convirtieron en sollozos y el Doctor sólo dejó que las imágenes de sus terrores pasaran a través del vinculo hasta su mente.
No era una pesadilla, eran recuerdos, era lo ocurrido horas antes, lo que la había llevado al cementerio de las TARDIS y lo que había desencadenado tan trágico fin a su meta-crisis.
Fue extraño verse a si mismo, no era él pero el vestir igual y comportarse igual y... en su escala de rareza esto seguramente se llevaba el premio, pasear sin decoro ni temor alguno frente a un pelotón de Daleks, ¿Siempre balbuceaba así?
—Y son los rezagados del grupo que atacó hace unos meses. Que inútiles— ¿Siempre provocaba así a sus enemigos? Claro, los rasgos que compartía con Donna estaban saliendo a flote.
—Los Daleks somos superiores, no somos inútiles.
—Ohhh claro que lo son, se separaron de Davros y enloquecieron por no poder cruzar y ayudarle en su estrategia.
—Cruzaremos y le ayudaremos a conquistar los universos.
—Van un poco tarde, YO acabe con Davros—la oscuridad brilló en sus ojos mientras El Destructor de Mundos se alzaba. Rose tomó su mano con fuerza tironeando levemente para hacerle saber que estaba ahí.
El Doctor se balanceó sobre sus pies, Rose sólo sacudía la cabeza tratando de encontrar la manera de regresarlo a la luz. Casi podía leerle el pensamiento, seguramente a su clon le esperaría una buena al regresar a la TARDIS.
"Nunca regresó para averiguarlo", pensó el Doctor con amargura.
Las imágenes cambiaron y el Doctor se encontró en el corazón mismo de la nave Dalek rezagada. Observaba todo como si de una película se tratase. Rose y el medio humano corrían cogidos de la mano, el segundo no paraba de balbucear alegremente sobre los cambios que había realizado en las tuberías de alimentación de la nave y que sólo tenían segundos antes que todo volara en mil pedazos.
— ¡Todos morirán! —chilló Rose afianzando los talones en el suelo.
—Si viven encontraran una manera de conquistar este universo—el clon jaló el brazo de Rose para obligarla a seguirle—.Rose Tyler, ven conmigo.
—Me dejó contigo porque podía hacerte mejor, si te permito hacer esto, si permito que manches tu historia en este universo no estaría cumpliendo con lo que me fue encomendado.
— ¡Vendrás conmigo!
— ¿O qué? ¿Me cargarás sobre tu hombro hasta la TARDIS? —Rose rió—. Ya no posees tu súper fisiología de Señor del Tiempo.
La meta-crisis la fulminó con su mirada de "La Tormenta que Viene" pero, Rose permaneció firme en su posición.
—Una oportunidad, sólo una.
Rose sonrió y le abrazó con fuerza.
—No esperaba menos.
El Doctor suspiró, los Daleks no tomarían la oportunidad para salvarse, y su clon y Rose tendrían que cargar con otro asesinato sobre los hombros.
La escena cambió de nuevo, se encontraban ahora en una sección semidestruida de la nave, un Dalek gravemente herido, podía decirlo por lo chamuscado y destrozado de su cuerpo -casi se le veía un baboso tentáculo-, apuntaba a la feliz pareja y se encontraba cerrándoles el paso hacia la TARDIS.
—El escudo de tu TARDIS protegió esta zona, has asegurado la continuidad de la raza Dalek—el Doctor juraría que escuchó en la voz de aquel Dalek moribundo una chispa de locura.
—No te queda mucho—el clon protegió a Rose con su cuerpo, asegurándose de mantenerla tras su espalda todo el tiempo.
— ¡Los Daleks siempre sobrevivimos!
El Dalek sacudió su cañón ennegrecido con energía.
— ¡El Doctor debe morir! —el clon miró a su alrededor desesperado, no encontraba nada que pudiese sacarlo del atolladero, compartió una rápida mirada con Rose.
"Morirá en cuanto dispare" le escuchó decir el Doctor a través del vinculo.
"Doctor..." Los ojos de Rose se anegaron en lagrimas de rabia y culpa, si no hubiera convencido al Doctor para que les diera esa oportunidad, el Dalek sobreviviente seguramente no habría tenido tiempo de refugiarse tras el escudo de la TARDIS, con expresión decidida aferró su agarre "Si dispara ambos caeremos"
"Lo siento"
— ¡Exterminar!
El Doctor abrió los ojos de golpe, sudaba como si el mismo hubiera estado frente a aquel Dalek desquiciado. Rose aun continuaba apretada a su cuerpo, temblando en su pesadilla. El Doctor regresó para hacerle compañía. Grande fue su sorpresa al escucharla gritar:
"¡Regenérate!, oh por dios ¡Regenérate!" Rose se las había arreglado para arrastrar el cadáver de la meta-crisis dentro de la TARDIS. La fiel y joven nave encendió el rotor con un sonido tan lastimero y roto que el Doctor deseó jamás haberlo escuchado. Era el lamento de una TARDIS que ha perdido a su Señor del Tiempo.
Rose pareció comprenderlo, sin apartarse del pecho del cadáver gritó a la consola:
— No está muerto, no lo está, ¡Detente!
Pero la TARDIS se encontraba perdida en el frenesí de aquel último viaje, el destino de todas las de su raza, aquel lugar al final de todo que las aguardaba aun si eran de universos diferentes.
— ¡No! —con suavidad la nave aterrizó y con un suspiro el rotor perdió toda la luz que generaba. Aquel viaje agotaba casi toda la energía de una TARDIS y agobiada por la perdida sólo le quedaba la muerte.
El grito de Rose sacó al Doctor de su mente. Con movimientos medidos y suaves la acunó en su pecho y la balanceó hacia adelante y atrás mientras tarareaba una nana directamente a la mente de Rose, no se le ocurría nada mejor. Las palabras sobraban, incluso si se atrevía a hablarle en gallifreyano.
Minutos después Rose dormía plácidamente en brazos del Doctor, mantenía la nariz enterrada en la camisa de su traje y, por el ronroneo de su mente, se encontraba bastante más calmada.
Seguramente lo estaba confundiendo con su clon pero ello al Doctor no lo importó. Si Rose dormía mejor con su olor rodeándola entonces le prestaría de buena gana sus camisas, o mejor aun, la dejaría dormir con él todas las noches, aun si tenia que permanecer inmóvil durante seis horas.
El Doctor trató de no ilusionarse, Rose había perdido a su esposo, seguramente dejaría de dormir con él en cuanto pasaran unos días. Podía ser que incluso, no fuera lo mejor para ella el permitirle descansar a su lado. No, no era lo mejor, alimentaria su confusión, su dolor y su culpa. Tenía que alentar a Rose para que durmiera sola, aun si ello era lo ultimo que él deseaba en todo el universo.
Tomada la decisión, el Doctor se dispuso a disfrutar de la imagen de Rose dormida entre sus brazos, debía de recordar muy bien la sensación, porque jamás se permitiría sentirla de nuevo, por el bien de Rose.
Las luces de la TARDIS aumentaron progresivamente, simulando un amanecer, Rose se desperezó para luego abrazar con brazos y piernas al Doctor. Al abrir los ojos soltó su agarre casi de inmediato, enrojeciendo intensamente.
— ¿Te apetece una buena infusión de taninos? —propuso el Doctor luchando por no parecer complacido por el breve abrazo.
—Si—contestó Rose sin mirarle.
La ligera sonrisa del Doctor cayó, las resoluciones tomadas en la oscuridad de la noche cobraron más peso ante las evidencias de la luz del día. Rose no le amaba, sólo estaba confundida.
Sin decir nada más el Doctor abandonó la habitación. Aun quedaban unas dos horas antes que el refuerzo del vinculo fuera necesario, tiempo suficiente para preparar un buen desayuno para Rose.
Rose le observó marchar. El Doctor no sonreía, antes solía botar, literalmente, cuando tenía la oportunidad de cumplir algún capricho que salía de sus labios. Otra prueba más de que el Doctor no la amaba más. La había superado y eso estaba bien. Con una esquina de la sábana se enjugó una lágrima solitaria y traicionera.
No le apetecía salir de la cama así que empezó a detallar la habitación del Doctor. Las paredes de madera con palabras en gallifreyano repartidas aquí y allá, la suave alfombra roja y dorada, la elegante biblioteca y la enorme cama con dosel no perdían su toque distinguido a pesar de encontrarse rodeadas de aparatos, cables, circuitos y demás chismes que el Doctor tenía desperdigados por el lugar junto a varios post-it pegados por cualquier superficie medianamente libre. Rose forzó la mirada y leyó algunos. Su difunto esposo le estaba enseñando a leer gallifreyano.
"Corbatas", rezaba un pequeño cuadro de papel pegado a un cajón.
Rose parpadeó para apartar las lágrimas que llenaron sus ojos ante los recuerdos, ante la idea de todo lo que había perdido horas atrás. Sin pensarlo mucho se envolvió con las sábanas y enterró la cabeza en la almohada, el aroma personal del Doctor le llenó las fosas nasales arrancando el llanto que había estado guardando en lo profundo de su alma.
No podía controlarse, el vacío, la perdida, eran terriblemente acuciantes, sentía como si flotase sola en la inmensidad y frialdad del espacio, esperando la muerte impacientemente, esperando que se llevase ese silencio ensordecedor que agobiaba sus sentidos.
—Rose, ¡Rose! Permíteme... Rose por favor, puedo hacer que se vaya. Sólo—sin ser consiente de su propio cuerpo Rose aflojó el agarre sobre la almohada que había estado estrujando contra su rostro, tomó una bocanada de aire, había estado cerca de asfixiarse—.Eso es, Rose, permíteme.
A pesar de tener la vista borrosa Rose notó que el Doctor lucía realmente preocupado, tomó la almohada y la lanzó hacia el otro extremo de la habitación.
Idiota, había sido un total idiota, se reprendió el Doctor, dejar a Rose en su cama, rodeada de su aroma, de imágenes, todo lo que podía recordarle su pérdida estando tan próximo el fin del plazo del vínculo había sido un error casi fatal.
—Sólo... —con un gesto pidió permiso y Rose le dejó colocar los dedos en sus sienes
El Doctor se apresuró a llenar el crudo vacío con su presencia, gentilmente acarició la mente de Rose con la suya, susurrando palabras que llevaran consuelo a su corazón.
Cuando el contacto terminó Rose fue consciente de lo que hacía su cuerpo. Estaba abrazando al Doctor como si su vida dependiera de ello. Sonrojada bajó la mirada y se mordió el labio.
—Esta bien, es algo muy natural—explicó el Doctor tratando de lucir sereno e inteligente—.Rose, mírame—colocó los dedos en su barbilla y alzó su rostro hasta ubicar sus ojos con los propios—.Creo que deberías de volver a tu habitación—dijo con seriedad, ocultando muy bien la decepción y el anhelo de si voz. Una pequeña parte egoísta de su corazón deseaba que Rose se negara.
—Esta bien, lo entiendo—Rose lucía igual de decidida, sus muros impenetrables. Las palabras del Doctor confirmaban lo ya probado con anterioridad. No la deseaba allí. Con piernas temblorosas ¿Cuanto tiempo había estado acostada? Trató de deshacerse de sus sábanas.
—Pero antes—el Doctor detuvo a Rose sosteniéndola por los hombros— ¡Desayuno en la cama! —sonrió de oreja a oreja descolocando a Rose por completo. Tomó la bandeja de desayuno, la había dejado sobre la mesita de noche al ver a Rose asfixiándose con sus almohadas, y la colocó sobre las sábanas.
—No estoy segura de poder comer—murmuró Rose mirando los panqueques embadurnados de miel y mantequilla y el humeante té. Su estómago estaba convertido en un nudo y estaba segura que reusaría la comida de una manera poco agradable.
—Bien, bueno, es comprensible—el Doctor no pudo evitar que la decepción escapara de sus escudos y llegara a Rose. Antes que pudiera levantar la bandeja Rose le detuvo cogiendo su mano.
—Esta bien, comeré—aceptó la joven picando un trocito de panqueque con el tenedor, no estaba mal tener la esperanza de poder llegar al baño antes de vomitar sobre las sábanas azules.
—Rose, si no lo deseas esta bien, lo entiendo—dijo sin poder apartar los ojos del punto donde sus manos se tocaban. Si extendía sus dedos podía acariciar la suave palma y, si era realmente osado, sujetar su mano como era su costumbre.
Nada de ello ocurrió y Rose terminó dos panqueques y tomó el té antes de dejar de lado la bandeja con un suspiro. Se las había arreglado para mantener los alimentos dentro de su cuerpo.
—Mejor no forzar al estómago—rompiendo el contacto de sus manos el Doctor enrolló el panqueque que sobraba y lo metió entero a su boca—.Necesito comprar bananas y, ¡Sirope de bananas! Es un genio quien sea que lo haya inventado—exclamó luego de tragar.
Rose ahogó una risita ¿Luego de todo lo ocurrido estaba bien reírse? Desechando el pensamiento apartó las sábanas y se puso en pie. El Doctor la observó con cautela, preocupado por si su comentario había disparado alguna mala reacción.
— ¿Mi habitación sigue donde la dejé? —preguntó Rose, enseguida se vio agobiada por los recuerdos de aquellos maravillosos años a inicios de su adultez.
—Y tal como la dejaste—contestó el Doctor no queriendo mostrarle que no había tenido el valor para vaciarla.
Sin más palabras de por medio abandonaron la habitación del Doctor. Rose dio un respingo al descubrir la puerta blanca que daba a su habitación justo frente a la del Doctor. La TARDIS había hecho bien, discretamente ambos acariciaron la puerta de madera oscura ubicada a sus espaldas. La nave ronroneó en sus mentes y, si hubiera tenido algo parecido a ojos, los habría rodado.
Rose abrió la puerta con lentitud, todo estaba limpio, prácticamente reluciente, podía ver su ropa vieja a través de la puerta entreabierta de su armario, su cama estaba hecha y su morral rojo vacío a los pies de la misma.
—Dejaré que te instales, si, no es que necesites hacerlo, pero si, si, estaré en la sala de la consola—balbuceó el Doctor sin dejar de jalonearse la oreja. Desapareció por el corredor antes que Rose pudiera siquiera separar los labios.
Cobarde, grandísimo cobarde, no paraba de regañarse el Doctor mientras se encontraba bajo el suelo de la consola reparando unos circuitos temporales. Los fuertes sentimientos encontrados de Rose no paraban de llegarle a su mente, estaba seguro que ahora mismo Rose estaba llorando desconsoladamente sobre las sábanas que olían a él, porque había sido lo suficientemente estúpido como para irse a dormir allí más de una vez cuando la soledad le ganaba. ¿Y qué hacía él al respecto? Ocultarse bajo el suelo con los dedos llenos de cables y aceite. Un gemido preocupado de la TARDIS lo sacó de su auto contemplación.
—No vieja chica, no puedo, no me quiere con ella, no seria correcto.
Un chispazo quemó la yema de los dedos del Doctor, molesto y con ellos en la boca contestó:
— ¡No me des lecciones de moral!
La TARDIS canturreó altivamente antes de guardar silencio.
—Ley del hielo, ¡Qué original!
— ¿Qué le hiciste? —la voz de Rose le hizo saltar y golpearse la frente. Con un ojo cerrado por el dolor el Doctor salió de debajo de la consola. Miró a Rose deteniéndose en sus ojos rojos e hinchados y en que aun llevaba la ropa sucia y chamuscada del otro universo, ella desvió la mirada y él no sacó el tema a colación.
—Una amena charla entre viejos amigos—mintió.
—Mientes—con suavidad Rose acarició uno de los corales— ¿Te ha pegado de nuevo con el martillo?
— ¡Yo no le pego con ningún martillo!
Rose miró la columna con atención, escuchando a la TARDIS. Apartó la vista y sonrió al Doctor.
—Dice que si sigues mintiendo no te hablará por los próximos cien años.
—Sería una agradable mejora—masculló el Doctor tomando asiento en la silla de salto— ¿Cómo es que puedes hablar con mi TARDIS? —exclamó con sorpresa.
—No lo se, sólo se que puedo hacerlo, desde la estación de juegos he podido hablar con ella—bajó la mirada—. Con ellas—agregó.
—Bien, eso esta bien—el Doctor tragó saliva, no era momento de explicaciones complicadas, pero si Rose preguntaba el respondería con la verdad.
—Me preguntaba...-Rose tironeó de la manga de su suéter y el Doctor tensó los hombros, listo para la inevitable pregunta— ¿Crees que podemos viajar? —casi saltó del alivio, su Rose siempre le sorprendía.
—Puedo ir a cualquier lugar, Rose— la miró preocupado—. Ha pasado muy poco tiempo, ¿Estás lista?
—No quiero sonar superficial, pero me haría bien ir de compras, toda esa vieja ropa de mi juventud...
—Aun eres joven.
—Lo que quiero decir es que—Rose recorrió con la mirada toda la sala, esquivando los ojos de el Doctor—.Necesito tomar un poco de aire.
— ¡Bien! Compras y aire fresco, conozco el lugar perfecto—el Doctor saltó de la silla y empezó a pilotear la TARDIS con sus ademanes maniacos. Rose se mordió el labio, recuerdos de su Doctor humano y el gallifreyano se entremezclaban en su cerebro, entremezclándose de tal manera que parecía imposible separar uno del otro. Con un golpe suave la TARDIS aterrizó.
—Rose Tyler, tras esas puertas se encuentra Crixstys, año 5596, el planeta ha sobrevivido a su primera guerra mundial y ahora un gobierno globalizado le ha convertido en toda una potencia galáctica. Es perfectamente seguro y tiene una de las mejores vistas de todo el universo.
El Doctor observó a Rose dar pasos cortos hacia las puerta, la siguió en silencio dispuesto a jalarla dentro de la TARDIS por si avistaba peligro alguno. No sería la primera vez que se equivocaba al aterrizar, nunca admitiría eso, pero ahora no era momento de lidiar con errores.
— ¡Esta hecho de cristal!
—No es cristal es un compuesto de biopolímeros…nah piensa que es cristal—sonrió para si, había aterrizado donde lo deseaba.
