Disclaimer: Doctor Who no me pertenece, si lo hiciera Rose aun viajaría con él. No gano nada con este fic mas que calmar mis feels. Disfruten.

Capítulo VII

Problemas en la TARDIS

Tras esas palabras el Doctor se alejó de la puerta y dejó a Rose con poco cuidado sobre el sillón, a pesar de su malestar y de sentir su corazón más débil a cada latido, ella le miró, sus ojos desbordaban desafío, no iba a dejarse subyugar por una muestra de poderío gallifreyano, años atrás no lo habría permitido, mucho menos ahora que era agente de Torchwood. Se cruzó de brazos esperando el regaño que sabía, no tardaría en llegar.

— ¡Siempre vagabundeando! —el Doctor se inclinó sobre ella con las manos dispuestas para iniciar el contacto. Su expresión revelaba la lucha interna que mantenía, estaba furioso, pero a la vez deseaba cuidar de Rose, el resultado de la mezcla fue una expresión de conmiseración que no agradó en lo absoluto a Rose, ¡Ella no deseaba su pena!

— ¡Déjame en paz! —exigió, tratando de apartarse del Doctor, pero su traicionero cuerpo se negaba a moverse.

—Quédate quieta—el Doctor se las arregló para sentarse y colocar sus dedos en las sienes de una muy indignada Rose. Sólo quería terminar con todo eso para así poder estar sólo, para poder descargar su rabia contra la superficie más cercana, quizás ir tras los tres marineros, no quería que Rose viera ese lado de él.

Sin embargo lo vio, de la peor manera posible.

Esa vez el contacto con la mente del Doctor fue brusco, casi hiriente, como si odiara estar ahí y sólo lo hiciera por mantenerla con vida. Rose sintió como ardientes y húmedas lagrimas empezaban a bajar por sus mejillas. La presencia del Doctor en su mente no era para nada reconfortante, era un peso insoportable, era como el golpe de un ariete contra las puertas que mantenía cerradas, una tormenta que sólo estaba dejando destrucción a su paso.

El Doctor rompió el contacto y ella gimió ante el repentino, punzante y profundo dolor de cabeza, era como si la presencia del Doctor hubiera sido un filoso cuchillo dejando una puñalada a su mente. Era casi antinatural, completamente extraño, peor que una migraña pero no por ello totalmente incapacitante. Trató de levantarse de la silla, pero sus piernas no soportaban su peso.

— ¿Cuantas veces debo repetirlo? ¡No vagabundees! —explotó el Doctor levantándose del sillón con violencia, no estaba tan molesto con Rose como lo estaba consigo mismo, ¿Cómo había creído posible que todo marcharía bien? Era un idiota por creerlo, ¡Por desearlo!— ¡Unos minutos más y habrías muerto!

—Sólo quería ver unas aves tropicales—se justificó Rose apretando las manos contra sus sienes, a pesar de todo no deseaba preocupar al Doctor con sus nauseas continuas, ¿Cómo podía decirle que se sentía enferma y que por eso había roto la promesa? ¿Que no deseaba preocuparlo, que ya había hecho tanto por ella que empezaba a sentirse completamente inútil? Una nueva tanda de lágrimas, por lo injusto de la situación, bajaron por sus mejillas.

— ¿Aves tropicales? —el Doctor estaba totalmente fuera de si—¿Tu vida vale menos que unas cuantas aves de brillantes colores? ¿Acaso deseas morir tan desesperadamente?

— ¡No! —chilló Rose, todos aquellos gritos se colaban en sus tímpanos y hacían que su cabeza palpitara dolorosamente—. Se cuidarme sola—agregó desafiante al sentir una oleada de aireados sentimientos de protección de parte del Doctor, ¡Él no tenía derecho a sentirse así! Esos eran los sentimientos propios de su esposo, no del Doctor, él no tenía derecho a sentirse así respecto a ella, no cuando no era capaz de decir dos simples palabras, no cuando era tan cobarde como para no formar un vínculo permanente y ahorrarle a ambos todo el estrés actual, porque, era cobardía ¿No?

— ¡Ahora mismo sólo quiero dejarte en tu casa! ¡A salvo! ¡No sabes cuidarte!

— ¡Volemos esta caja del demonio con el cañón del barco! —dijo una voz desde el exterior.

El Doctor rodó los ojos y empezó a pulsar algunos botones en la consola. La TARDIS se desmaterializó de la playa justo cuando una bala de cañón caía inocuamente sobre la suave arena a unos metros. Trató de calmarse viendo el rotor subir y bajar pero la respuesta de Rose le regresó al presente.

— ¡Ya no tengo más casa que esta! —chilló señalando la columna de la TARDIS— ¡Y no puedes dejarme en Londres porque moriría en ocho horas! ¡No puedes dejarme porque estas atado a mi! ¡Por pena!

—Quizás sea así, quizás deba encerrarte en lo profundo de la TARDIS, asegurarme que no puedas vagabundear más, que no puedas alejarte de mi lado nunca más—bramó el Doctor sonando terriblemente oscuro, se dio la vuelta y enfrentó a Rose, todo el miedo que sentía por perderla se había transformado en algo terrible, un sentimiento que estaba empujándolo a decirle todas esas cosas, pero, ¡Había estado tan cerca de perderla tantas veces!

— ¿Cómo una mascota? —Rose rió con amargura— ¿Y el día que no regreses en ocho horas? ¡Admítelo! Estás tan estancado conmigo como yo lo estoy contigo.

— ¡Estancado con un simio estúpido! Vaya manera de acabar—bufó el Doctor con todos los nervios que sintió al creer perdida a Rose convertidos en rabia y desprecio puros, no para con Rose, si no consigo mismo, pero daba igual, estaba convirtiendo a Rose en blanco de su ira y eso sólo alimentaba su rabia aun más, era un circulo vicioso del que no podía salir en esos momentos.

Aquello fue suficiente para Rose, se levantó del asiento, caminó hacia el Doctor y le cruzó el rostro con una bofetada. Toda la ira y el dolor que, cada palabra dicha por el Doctor, generaron en su corazón escaparon en esa sencilla acción, tanto física como mentalmente. El Doctor cayó al suelo sobrecogido por la fuerza de los sentimientos que golpearon su mente más que por la bofetada en si.

— ¡Estúpido alien! —gimió Rose sosteniendo la mano contra su pecho— ¡Estúpido y egocéntrico alien!

—Rose—poco a poco el Doctor se permitió sentir la mente de Rose, sus ojos cerrados, las lagrimas que caían sin control de su barbilla y sus temblores no eran buena señal, sólo eran pruebas de que había lastimado su mente al poseerla estando tan molesto—. Por Rassilon, Rose, lo siento tanto.

—Aléjate de mi—exigió Rose con voz débil, dando tumbos desapareció por los corredores de la TARDIS.

— ¡Rose! Por favor, Rose, regresa—rogó— ¿Qué hice? —gimió deslizándose hasta recostar la espalda contra la consola, ésta sólo lanzó varias chispas en su contra—¿Ahora tu? —gruñó al techo.

Rose se encerró en su habitación, un escalofrío recorrió su cuerpo mientras los sollozos amenazaban con escapar de su garganta con más fuerza, corrió hasta el baño, necesitaba algo que la distrajera, algo que se aliviase el repentino calor que invadía cada célula de su cuerpo. De golpe abrió las puertas de la ducha, abrió la llave y sin desvestirse se metió bajo la catarata de agua fría, se sentía arder, sentía que su cabeza iba a partirse por la mitad y que su pecho sólo se mantenía unido gracias a sus costillas. Apenas podía respirar y varias veces se ahogó con el agua, cayó sentada en una esquina y ahí se mantuvo durante lo que le parecieron horas.

Finalmente pudo reunir la entereza suficiente como para desvestirse, con movimientos lentos y calculados, como si estuviera en una especie de burbuja compuesta de horror y mareo. Terminó de bañarse, secó su cabello y se vistió con el pijama más mullido que pudo encontrar. Ardía pero, ¡Ahora sentía tanto frío! Dejo la tolla en el suelo y se metió bajo las sábanas lo más rápido que pudo, sin dejar de tiritar.

Pronto los sollozos escaparon de sus labios, ¿Cómo se atrevía el Doctor a hablarle así? ¿Cómo se había atrevido ella a golpearle y contestarle con tan fuertes palabras? Su cabeza dio una punzada particularmente fuerte y ella sólo atinó a hundirse en la almohada y gemir un:

—Doctor.

El Doctor alzó su rostro de las rodillas, había tomado un baño, uno muy largo, bajo el agua helada, la TARDIS estaba molesta con él y le castigaba. Ahora descansaba con la espalda contra la puerta de Rose, trazando mil maneras de acercarse a ella, cada una peor que la anterior. ¿Cómo podía arreglar el desastre ocasionado? ¿Debía de entrar y verificar si estaba bien? Debía hacerlo, tenía que hacerlo, era su deber, sin embargo, eso sería admitir un terrible error. Finalmente, fue el llamado, mental y de voz, lo que le convenció para ponerse en pie y tocar suavemente la puerta blanca.

— ¿Rose? —llamó, al no obtener respuesta se preocupó, abrió un poco la puerta, sopesando seriamente si debía, o no, meter la mano y sacudir un pañuelo blanco, quizás debía de llevarle té, o chocolate caliente, no, nada en el universo podía ganar el perdón por lo que había hecho—¿Rose qué...?

—Vete—gruñó ella contra la almohada, desesperada por mantener algo de su orgullo intacto. ¿Por qué le había llamado? Ah si, se sentía morir, se sentía aun peor que en la selva, y sólo podía recurrir al Doctor. Aunque, también podía ser sólo el típico malestar de sentir el corazón roto, agregó la parte terca y orgullosa de su personalidad, estaba bien, no tenía porque ir llorando hacia los brazos del Doctor como una niña con la rodilla raspada.

— ¿Qué ocurre? Rose, dime—el Doctor tenía una idea clara de cual podía ser el problema, pero necesitaba oírlo de labios de Rose, confirmarlo para así poder culparse con toda la razón del universo. Se arrodillo en el suelo, al lado de la cama, justo a un lado del rostro de Rose.

Rose luchó contra todo el malestar, trató de acallar el dolor de su mente pero este sólo crecía exponencialmente a cada segundo.

—Duele—dijo finalmente, con la voz ahogada por la almohada que apretaba contra su rostro.

— ¿Dónde? —preguntó solícito, recorriendo con la mirada cada centímetro de Rose. ¿Y si esos sujetos la habían lastimado en la selva? Se sintió enfermo por desear que fuera eso, si, un golpe, un apretón, nada ocasionado por él, eso era algo que no podría soportar, pero, era lo más probable.

—La cabeza—susurró contra la almohada. Los hombros del Doctor se hundieron ante el peso de la culpa, ante el veredicto de su culpabilidad.

—Por favor, permíteme—el Doctor metió su mano entre la almohada y la mejilla de Rose, con suavidad la hizo alzar el rostro para poder ver sus ojos, pero ella los mantenía cerrados, algunas lágrimas escapaban por las comisuras y mojaban su mano—.Rose, abre los ojos—rogó. Sus dedos índices y medio, de ambas manos, se ubicaron en las sienes empapadas de sudor, pero ella se negó a mirarle.

El Doctor ingresó a su mente, dispuesto, con sus dos corazones, a reparar todo el daño que había ocasionado. La culpa se alzó en su presencia pero la contuvo por el bien de Rose, necesitaba estar calmado.

"Vete de aquí" la voz mental de Rose se encontraba a la defensiva, una enorme puerta se hierro le cerró el paso. "Dame algo útil como un paracetamol"

"Rose, por favor, sabes que no es eso, sólo necesito llegar y..." pidió, podía sentir como los latidos de Rose se hacían más lentos, mas imperceptibles.


"¿Y qué? ¿Arreglar con toda tu compasión el desastre que ocasionó tu sinceridad?"

"No estaba siendo sincero, estaba molesto, hice y dije cosas de las cuales me arrepiento"


"Nada me asegura que lo que estas diciendo es real, que de verdad lo sientes y que no lo dices sólo para hurgar en mi interior"

"No puedo mentirte estando así y lo sabes"

"Se lo que pueden hacer tus poderes telepáticos, no me engañas"

"Rose, por favor" rogó al sentir el cuerpo de Rose sacudirse bajo el suyo, era el inicio de un ataque, nada en la enfermería podía ayudarla ahora, necesitaba su confianza, necesitaba que le permitiera ingresar a su mente para poder curarla "Confía en mi"

Con delicadeza, apenas un toque, rozó la esencia de Rose, tratando de demostrarle que no estaba ahí para lastimarla. La puerta de hierro se derritió y le permitió el paso hacia la torturada y ardiente mente de Rose.

"Lo siento, nunca he dejado de confiar en ti" dijo Rose débilmente.

"No tienes que disculparte por nada, ha sido mi culpa" dijo el Doctor apretando los dientes ante el infinito ardor que deseaba consumirle, culpa, autocompasión, soledad, oleadas y toneladas de sentimientos impactaban contra él a medida que se acercaba hacia su objetivo.

"Hagas lo que hagas no te duermas, no sucumbas, Rose" repitió como una letanía, mientras acariciaba suavemente las brillantes heridas color rojo que había provocado, al paso de sus manos estas se cerraban, dejando una suave línea plateada, cicatrices, ¿Tan profundamente la había herido? Jadeó ante la perdida de energía que estaba sufriendo, si seguía así podía hasta perder una regeneración.

"Detente" la esencia de Rose trató de alejarlo de las heridas más profundas.

"No puedo" delicadamente apartó a Rose "Debo terminar"

"Estás agotado"

"Y tu estas muriendo, no te preocupes por mi, Rose"

"Has hecho suficiente, Doctor, estaré bien"

Rose rompió el contacto, ambos tomaron una bocanada de aire en cuanto la conexión se rompió, el Doctor se mordió la lengua para evitar regañar a Rose, ella sólo se había asegurado de detenerlo a tiempo, le había salvado. ¡A cada segundo que pasaba la merecía menos! Miró a Rose, dormía profundamente, permanecería así por un tiempo. En ese momento sus propios parpados empezaron a cerrarse. Trató de levantarse para ir a su habitación, sus piernas temblaban pero, eso no era lo que le detenía, Rose le abrazaba, no podía irse sin arriesgarse a despertarla, dando un suspiro giró para acostarse junto a Rose, instintivamente ella le abrazó, el Doctor sonrió amargamente, devolvió el gesto y dejó que Rose descansara de la odisea que ambos acababan de vivir.

—Lamento haberte abofeteado—susurró Rose medio dormida, el Doctor brincó levemente por la sorpresa, considerando por lo que habían pasado, Rose debía estar inconsciente por lo menos durante las próximas doce horas. Había subestimado su resistencia—. Me comporte como una total idiota.

El Doctor se tensó y apretó el abrazo, ella no entendía en que grado él la había lastimado, una simple bofetada era nada comparado con lo que él le había hecho. Bien, le explicaría, la haría entender lo horrible de su actuación.

—Lo merecía, te lastimé—dijo finalmente, no mentiría, no a Rose—.En mi planeta eso habría sido una agresión de lo más grave, equiparable incluso, a un asesinato—masticó la última palabra—.Lo siento, Rose.

—Está bien—suspiró ella tratando de darle más fuerza a su abrazo y fallando miserablemente. Alzó los ojos para mirar al Doctor pero él esquivó sus ojos.

—No esta bien, no lo está—rugió—.Mira cuan débil estas—frotó el brazo derecho de Rose con su mano izquierda—.Siente tu corazón, casi se apaga, y es por mi culpa.

—No fuiste tu quien se fue a ver las aves tropicales, fueron la distancia y el tiempo los que me dejaron así.

— ¡No, Rose! La caída del vínculo podía afectar tu corazón, pero luego de que yo lo restaurara todo debía volver a la normalidad y no lo hizo, lo empeoré. Casi mueres de nuevo y fue mi culpa—finalmente se atrevió a bajar la mirada y ver a Rose a los ojos.

—Es un empate entonces, yo casi lo logro al vagabundear y tú casi lo completas al darme un mazazo mental—trató de quitarle importancia la joven, como deseaba poder acariciar aquellas tristes facciones, su cuerpo no podía, pero su mente si, envió su deseo al Doctor y éste, aunque reluctante, se lo permitió. Rose caminó por la mente del Doctor, acariciándole.

—No dejas de sorprenderme, estoy aquí, confesando que pude haber sido tu verdugo y tu comparas lo cerca que estuvimos ambos de matarte—los ojos del Doctor miraban ahora el techo, con una expresión de infinito odio hacia si mismo—.Mírate, acaricias mi mente, Rose, no merezco…

—Estamos empatados—afirmó Rose con seriedad abandonando la mente del Doctor—.Eso nos deja con cero culpables y disculpas innecesarias.

El Doctor guardó silencio, la expresión de tristeza no abandonó su rostro ni siquiera cuando Rose cayó dormida en sus brazos. ¿Acaso aun confiaba en él? Después de todo lo que hizo no debía de estar ahí, debía huir, esquivarle, claro que no podía, le necesitaba para vivir. La había hecho su prisionera y sólo estaba a gusto con él porque era igual a su ex esposo, tenía que ser eso.

—No te vayas—pidió Rose, con voz adormilada, al sentirlo moverse.

—No es correcto. No ahora. Rose.

—No importa, no me importa, Doctor, por favor.

—Sólo esta noche.

Por supuesto, ambos sabían que aquella afirmación era una vil mentira, y que ambos buscarían cualquier excusa para dormir juntos de nuevo.

Las horas pasaron con rapidez, la biología del Doctor le permitió una rápida recuperación y pronto se encontró despierto. Rose aun dormía plácidamente, casi con timidez el Doctor comprobó el vinculo, lo reforzó y apartó los errantes mechones de cabello que caían sobre el rostro de Rose, con cuidado la dejó sobre las sábanas y se levantó de la cama.

— ¿Doctor? —el susodicho detuvo su mano sobre el pomo de la puerta, giró la cabeza y vio a Rose desperezarse.

—Shh, vuelve a dormir, voy a la cocina, cuando despiertes encontrarás la comida más importante del día en tu cama, bueno… aquí en la TARDIS todas podrían ser consideradas importantes, ya sabes…

—Muero de hambre—le interrumpió Rose sorprendida frotando su estómago.

—Traeré el mejor desayuno de todo el espacio y el tiempo—prometió el Doctor desapareciendo por la puerta.

Una hora después la cama de Rose se encontraba abarrotada de bandejas de metal rebosantes de alimentos, tostadas, té, jugos, incluso había una enorme huevera llevando lo que parecía ser un huevo de avestruz duro. Rose no lo pensó mucho y devoró todo lo que el Doctor ponía en su plato.

— ¿Rose? —el Doctor la miraba sorprendido, sostenía una tostada a medio camino de su boca y de ella se derramaba la miel, sin embargo se encontraba completamente abstraído estudiando el repentino apetito de su amiga.

—Hambre—explicó Rose bebiendo su segundo vaso de jugo de alguna fruta cuyo nombre ni siquiera se preocuparía por tratar de pronunciar.

El Doctor repasó mentalmente los síntomas usuales de las victimas de un ataque psíquico, nada encajaba en el comportamiento actual de Rose, quizás era algún detalle humano que escapaba a sus conocimientos, algún cambio hormonal de esos a los que eran tan susceptibles las féminas de dicha especie.

— ¿Ocurre algo? —preguntó Rose dejando la bandeja de desayuno, ahora vacía, a un lado.

—Nada, nothing, rien, nichts, ¿Por qué habría de ocurrir algo? —respondió el Doctor nervioso, ahora era consciente de haber estado mirando a Rose con más intensidad de la que podía ser considerada cortes.

—Porque estás mirándome como si fuera una especie de criatura interesante, y porque hablaste en cuatro idiomas diferentes—apuntó Rose acusadoramente.

—Eres interesante, Rose—el Doctor guiñó un ojo—.La TARDIS necesita mantenimiento, estaré en la Sala de la Consola—recogió las bandejas y casi corrió hasta la puerta, nada bueno podía surgir de su conversación si continuaban por ese camino.

— ¿Todo está bien?, quiero decir, ¿Entre nosotros? —la joven mordió su labio, sin embargo mantuvo su mirada fija sobre la del Doctor.

—Si, Rose, todo esta bien y seguirá así—aseguró el Doctor antes de salir.

Rose se levantó de la cama, tras una rápido visita al baño decidió que podría dedicar el día a explorar la TARDIS, podría buscar la piscina o alguno de los jardines, se sentía bullir de energía.

La TARDIS leyó sus pensamientos y tres corredores y cuatro salones después la llevó hacia un gimnasio, Rose nunca lo había encontrado en sus años anteriores, maravillada observó las maquinas, terrestres y extraterrestres, para hacer ejercicio. Había un multi-fuerza diseñado para algún alienígena con cuatro brazos, una cinta para correr cuya superficie estaba cubierta por una especie de pegamento fosforescente y lo que parecía un potro de tortura medieval, Rose hizo una nota mental para alejarse de él y para preguntar al Doctor por su uso.

Continuó avanzando, encontró una cancha de squash, curiosa Rose observó el panel ubicado al lado de la puerta de acceso, este permitía ajustar la gravedad en el interior. Al seguir avanzando Rose encontró muchas otras canchas de deportes, todas permitían el ajuste de la gravedad.

—Supongo que no me aburriré—dijo para si dirigiéndose a lo que parecían ser los vestidores. Ubicó una sudadera, un par de tenis y un cómodo pantalón de algodón. Se dirigió a la cancha de squash y se entretuvo entrenando sus reflejos.

Las visitas al gimnasio se hicieron frecuentes en la rutina diaria de Rose, puesto que el Doctor parecía encontrar fallas en la TARDIS todos los días. Rose sabía que sólo eran excusas para mantenerse en el Vórtice temporal, sin embargo no lo confrontó, podía entender sus razones y si podía mantener su convivencia en paz, entonces drenaría toda su energía haciendo deporte.

Su relación se mantenía siendo estrictamente platónica, el Doctor mantenía sus distancias, reforzaba el vinculo con infinito cuidado y compartía las tardes con Rose leyendo en la biblioteca frente a la chimenea. El exceso de actividad física y mental le provocaba hambre a Rose y la dejaba lo suficientemente agotada como para dormir sin pesadillas, y por ello, sin necesitar la presencia del Doctor entre sus sábanas.

— ¿Dónde está? —pregunto un día el Doctor a la TARDIS sentándose en la escalera de la biblioteca, había estado buscando algo para leer y pasar el tiempo, ¡Estaba tan aburrido! Pero no podía forzar su presencia sobre Rose todo el tiempo.

La TARDIS canturreó gentilmente.

— ¿Entrenando para las próximas olimpiadas en gravedad cero? No me digas… vamos, se que Rose está entretenida en algún rincón con sus revistas de chismes y romances.

La TARDIS hizo parpadear las luces.

—Vale, Rose ha crecido y madurado, pero no te creo eso de… Oh.

Enviando el equivalente a rodar los ojos al Doctor la TARDIS sonrió para si satisfecha. El Doctor repasó entonces las tardes e la biblioteca, Rose solía quedarse dormida antes de su hora usual, también descubría, durante sus visitas a la cocina, que sus barras de proteínas favoritas estaban desapareciendo, y la comida parecía acabarse a un ritmo alarmante, como si hubiera invitado a la TARDIS a un ejército.

—Un ejército de una agente de campo de Torchwood—murmuró el Doctor ingresando al gimnasio, caminó hasta el fondo, donde la sala de simulación de combates estaba ocupada. El Doctor sacó sus lentes y leyó la información en el panel táctil.

Combate: Uno a diez.

Terreno: Lunar.

Gravedad: 1.622 m/s2.

Ni corto ni perezoso el Doctor corrió a los vestuarios, no cambió su traje de rayas, sólo se calzó el chaleco y el casco, despreció la colección de armas laser y entró a la simulación.

— ¡¿Rose?! —llamó, con voz masculina y ruda, nada de chillidos, como odiaba cuando su tono de voz le traicionaba.

— ¿Doctor? —Rose asomó la cabeza tras una roca lunar, había perdido el casco y su cabello se encontraba bastante despeinado, aquello al Doctor le pareció sexy, sacudió la cabeza para despejar tales pensamientos.

— ¿Qué haces aquí?—inquirió mirando fijamente el cañón que Rose portaba atado a la bandolera.

—Me mantengo en forma, ya sabes—Rose se ocultó tras la roca justo a tiempo, un rayo hizo trizas parte de la misma.

—Hay decenas de maquinas y salas ahí fuera, ¿Por qué esta?

—Estoy ocupada—Rose disparó sobre un alienígena baboso que se había atrevido a aparecer desprotegido mientras blandía lo que parecía ser un lanza granadas.

— ¡Rose! —exigió el Doctor empezando a molestarse por el exceso de violencia que le rodeaba. Rayos laser y explosiones iban y venían, restos de rocas le caían sobre el casco, cómo odiaba estos escenarios.

Viendo que no obtendría respuesta de Rose el Doctor abandonó la sala, se quitó el casco y tecleó en el panel. El grito molesto de Rose le indicó que los cambios realizados a la simulación ya se habían cargado, sonrió para si y se volvió a calzar el casco, brindaría protección contra la famosa cachetada de las mujeres Tyler.