Disclaimer: Doctor Who no me pertenece, si lo hiciera Rose aun viajaría con él. No gano nada con este fic mas que calmar mis feels. Disfruten.

Capítulo VIII

Vamos a intentarlo otra vez

El Doctor entró con pasos medidos a la sala, el escenario lunar había cambiado por completo, ahora, un prado cubierto de hierba verde se extendía casi de manera infinita por el lugar, aun así no encontró a Rose. ¿Cómo podía esconderse en un lugar así? Sintió orgullo por las capacidades de su amiga, las habilidades que había desarrollado con Torchwood era sencillamente asombrosas, y en parte le asqueaban, su Rose, manejando armas, armas mortales.

— ¡Rose!

—Alteraste la simulación, supongo que es un uno a uno ahora—Rose le sorprendió por la espalda, sujetaba el cañón sin apuntarle directamente, el Doctor se desembarazó del casco con lentitud y giró hasta encararla.

—Rose, esto no puede seguir así…

— ¿Qué no puede seguir así?

—Tu, esto, podemos hablarlo—el Doctor señaló a su alrededor.

—Cargo estas simulaciones para combatir aquellos que fueron la peor escoria en el universo de Pete—Rose alzó el cañón hasta apuntar directamente al chaleco del Doctor, no fue el gesto lo que le hizo saltar, fue la mirada fría y vacía que Rose le regaló, era la mirada de un soldado que ha visto demasiado para una vida, conocía esa mirada, era la que él lucía en muchas ocasiones, y no auguraba nada bueno—.Eres el alienígena ahora ¿Sabes?

—Rose, baja ese cañón inmediatamente…

— ¿O qué? —presionó Rose cargando el arma, sus ojos se nublaron, el Doctor no supo identificar si era producto de lágrimas o algo más.

El Doctor lanzó su mano a sus bolsillos, su destornillador sónico podía sacarle de tan desquiciada situación. Su Rose nunca le apuntaría con un arma real, de eso estaba seguro, pero aquello no parecía un juego, no lo era en lo absoluto, había algo más, algo que no alcazaba a ver y necesitaba descubrirlo.

— ¿Cuántas regeneraciones te quedan? —preguntó Rose sonando casual, casi podía verla jugando con un mechón de su cabello, pero eso sólo lo haría la antigua Rose, la actual lucía seria, concentrada en su objetivo.

El Doctor dudó antes de contestar, su estómago se contrajo cuando no encontró su destornillador, ¡Lo había dejado sobre la consola!

—Me quedan dos—contestó tratando de ganar tiempo, ¿Qué le ponía tan nervioso? Era sólo un cañón laser de utilería, sólo enviaría una señal a su chaleco cuando Rose apretara el gatillo y brillaría, rojo si era una herida mortal, amarillo si podía sobrevivir un tiempo y verde si el disparo había rozado o fallado del todo en dar a su cuerpo.

—Una—señaló Rose disparando al chaleco, el rayo laser impacto justo en el centro del pecho del Doctor, el chaleco brilló con un tono amarillo durante unos instantes, al parecer había fallado en dar a ambos corazones.

— ¿Por qué haces esto? —preguntó el Doctor, su tono de voz era calmado, con un deje de tristeza, sin embargo no era sumiso en lo absoluto. Rose sentía bullir la energía a través del vínculo, el Doctor no sería paciente por mucho tiempo, pronto liberaría al Señor del Tiempo al completo.

—No lo se, sólo…—Rose trató de buscar las palabras para explicarse, no entendía porque apuntaba al Doctor, porque le disparaba, era como si una furia ciega la guiara a hacerlo. Quizás tardó demasiado, así que el Doctor, impaciente, trató de ver en su mente. ¿Y si alguna oscura criatura del Vórtice temporal había poseído a Rose?— ¡Oye! ¡Fuera de mi cabeza! —exigió la joven disparando de nuevo, era sólo un reflejo, una acción natural al sentirse amenazada. Esta vez el chaleco brilló con un terrible color escarlata.

Ambos guardaron silencio, una viendo con horror lo que había hecho, el otro pensando a años luz por segundo, finalmente, notando que Rose había bajado el cañón unos grados, se lanzó sobre ella, debía desarmarla y acabar con esta perturbadora situación de una vez por todas. Rose regresó a la realidad al sentir las manos del Doctor apartando las suyas del cañón, no pudo hacer mucho para evitar que deslizara las correas fuera de su hombro y cintura. Apretó los dientes con ira al verlo arrojar el cañón lejos de ambos.

—Rose, ¿Qué ocurre? —exigió con firmeza sujetándola con fuerza de los hombros. Probó de nuevo el camino hasta su mente, pero firmes puertas le cerraban el paso.

— ¡Suéltame! —Rose se sacudió, sus reflejos de combate cuerpo a cuerpo afloraron cuando el Doctor no obedeció su petición.

Pronto ambos se encontraban en el suelo, envueltos en lo que parecía ser un combate de lucha libre. Hace mucho tiempo, años, aquellas eran luchas de cosquillas, ambos rodaban por el suelo, atacando los putos débiles del otro hasta caer rendidos lado a lado, el objeto de la competencia olvidado mientras ambos retozaban felices en su burbuja de felicidad. Ahora era una pelea en toda regla, Rose empleaba todos los movimientos que conocía para librarse del firme agarre del Doctor y éste solo se afanaba en no lastimarla, en retenerla sin marcar su cuerpo. Ambos rodaron por la hierba durante minutos, el chaleco de Rose empezó a brillar con un tenue tono amarillo por lo que el Doctor decidió acabar con la pelea de una vez por todas.

—Rose, detente—jadeó el Doctor apoyando su peso sobre la espalda de Rose, inmovilizándola efectivamente contra el suelo. Su pecho subía y bajaba con cada respiración, el suave y lento ritmo fue calmando los instintos de lucha inoculados por años de entrenamiento y batallas en Torchwood, así que, sin ninguna posibilidad de escape, Rose se encontró acompasando el ritmo de su propia respiración a la del Doctor. Inspiraba cuando él expiraba, disfrutando del fresco contacto de su fría mejilla contra la de ella.

—Eso es—dijo el Doctor con suavidad, poco a poco fue separando su cuerpo del de ella, consciente de la indebida cercanía de sus caderas, nunca estuvo tan orgulloso del control que mantenía sobre sus reacciones físicas. Tomó asiento y miró hacia el horizonte sumido en sus pensamientos.

—Lo siento—murmuró Rose levantándose con lentitud, tomó asiento al lado del Doctor, abrazó sus rodillas y esquivó la mirada preocupada del gallifreyano, sólo la hacía sentir peor, ¡Había alzado un arma en su contra!

— ¿Por qué? —preguntó el Doctor, no se refería a las razones de las disculpas, estaba pidiendo una explicación para la repentina y ciega actitud de Rose.

—Supongo que despertaste algo en mí—murmuró Rose—.El soldado de Torchwood, la agente de campo, interrumpiste la simulación y la adrenalina siguió corriendo por mi cuerpo, tonta naturaleza humana—rió amargamente.

—No es sólo eso, ¿Verdad? —preguntó rodeando los hombros de Rose con un brazo.

— ¿A qué te refieres?

—No puedes mentirme, puedes ocultar cosas, puedes evitar que vea algo que no quieres que vea, pero no mentirme, Rose—dio suaves golpecitos con el dedo en la sien de Rose para afirmar su punto—. Es una habilidad un tanto difícil de desarrollar.

—Significa que puedes mentirme—dijo Rose acusadoramente—. Aquella noche me aseguraste que no podías.

—Si estoy en tu mente no puedo, pero, si se trata de simple comunicación telepática a distancia es más sencillo para mi mentir de lo que sería para ti, la conexión es más débil.

—A él podía mentirle—susurró Rose.

—Era mitad humano, sus habilidades psíquicas eran menores a las mías—explicó el Doctor, la ahogada inhalación de Rose lo regresó al tema original—. Rose, dime, ¿Qué te molesta?

—Lo perdí todo un día, lo tenía todo, una versión de ti como mi esposo, una TARDIS, todo el espacio y el tiempo y lo perdí, lo perdí por ser fiel a lo que pensé eran tus deseos, hacerlo mejor, hacer de ese hombre nacido del odio un ser mejor, durante un momento me consolé pensando que todo fue por seguir tus deseos, pero, me di cuenta que eran los míos, yo también deseaba que él fuera mejor, yo también deseaba evitar las muertes—limpió una lágrima traicionera con el dorso de su mano.

—Ambos estábamos marcados como genocidas en este universo, el acabó con toda una flota Dalek, yo hice lo mismo en la estación de juegos, no quería llevar otra carga como esa sobre mis hombros, estaba tan temerosa de no poder soportarla. Vi tantas cosas terribles en mis viajes para llegar hasta ti, hice tantas cosas, no quería perder mi identidad, no quería perder quien soy.

—Sigues siendo Rose Tyler, salvadora de la Tierra—apuntó el Doctor acariciando suavemente el cabello húmedo de Rose—. Por las muertes no puedes hacer mucho, debes aprender a vivir con su peso y hasta ahora lo has hecho muy bien. Sigues siendo tú, Rose.

—Te disparé.

—Sólo es un cañón de simulación.

—Una parte de mi quería acabar contigo, tomar venganza, no se que me ocurría, por un momento te vi como el culpable, el hombre que arrebató todo de mi—Rose bajó los hombros—.Y se que no es así, pero hace un momento… oh, hace un momento todo fue tan confuso.

—Entiendo, Rose—el Doctor la incitó a mirarlo a los ojos—.Está bien, todo está bien.

—Lo siento—tartamudeó Rose.

—No hay nada que perdonar, ven aquí—con facilidad el Doctor alzó a Rose hasta sentarla en su regazo—.Yo soy el responsable después de todo, les di el trozo de coral y no he sabido manejar esta situación.

—No es tu culpa, me diste el espacio y el tiempo del universo de Pete.

—Fue lo que desencadenó tu encuentro con los Daleks.

—Nos hubiéramos topado con ellos en algún momento, sabes como les atrae la Tierra.

Guardaron silencio durante unos minutos, los sentidos del Doctor no paraban de bombardearlo con información sobre Rose, su peso, pesaba menos que antes, olía ligeramente diferente, menos joven más mujer, los años habían pasado sin tregua sobre ella, cuan humana y efímera era la mujer que significaba todo para él. Sacudió la cabeza y buscó en sus bolsillos, sacó una barra de proteínas y la tendió hacia Rose, necesitaba hablar con ella sobre sus nuevos hobbies y lo peligroso que era que extenuara su cuerpo de esa manera.

—La última, se que son tus favoritas ahora.

—Banana y chocolate—rió Rose—.Te diste cuenta—tomó la barra y la partió por la mitad, tendió una de las partes al Doctor y éste la tomó encantado.

—Son mis favoritas también, las he estado echando de menos.

—Lo siento, a veces no estaba de humor para preparar algo elaborado.

—Estas perdiendo mucho peso, Rose, quizás deberías alejarte del gimnasio un tiempo.

Rose se encogió de hombros, desestimando el consejo del Doctor.

—No puedes seguir haciendo esto, ejercitarte hasta desfallecer, devorar la cocina, bueno—tironeó de su oreja—. No exactamente la cocina si no todo lo comestible que hay en ella, ¡Hasta has comido peras! —exclamó como si fuera un pecado mortal. El día anterior sólo había encontrado la asquerosa fruta donde quiera que revisara.

—La TARDIS no había duplicado más comida que esa—se defendió Rose.

—La TARDIS esta agotada de tanto duplicar alimentos para ti, supongo que pensó que así llamaría tu atención—frunció el ceño—. Y la mía.

—Lo siento, chica—Rose palmeó el suelo con afecto—. El ejercicio es lo único que me distrae lo suficiente, supongo que me dejé llevar, me volví adicta al estar agotada, no tenía más pesadillas, ni siquiera soñaba—estrujó el envoltorio de la barra—.Los sueños a veces son peores que las pesadillas, me muestran tantas cosas maravillosas, cosas que ahora—su voz se entrecortó.

—Rose, no vuelvas a ocultarte de mí, por favor—el Doctor la abrazó con fuerza—. No más.

Rose se dejó acunar durante unos minutos, luego, gentilmente se separó del Doctor y le miró a los ojos ¿Cómo le explicaba que necesitaba salir? El Doctor había hecho de todo para evitar materializar la TARDIS en algún tiempo y lugar tras lo ocurrido en aquella selva.

—Esta situación con la TARDIS, supongo que eso nos deja con la opción de un viaje al Tesco—balbuceó a toda velocidad. Cualquier lugar le valía, con tal de salir de la nave.

El Doctor lo meditó durante unos segundos.

—Si—sonrió ampliamente al ver los ojos de Rose iluminarse, ¡Cuanto había echado de menos esa luz!—. No comería una pera ni aunque mi vida dependiera de ello.

El Doctor se levantó llevando a Rose con él, cargándola como si fuera una novia, alzó una ceja con aire orgulloso cuando ella le regaló una mirada sorprendida.

—Bájame.

—No, esto me hace sentir muy masculino—sonrió de oreja a oreja.

—Oh si, hace un rato casi te gano, ¿Qué tan masculino es eso?—señaló Rose, luego se mordió el labio, no sabía que postura tomarían respecto a lo ocurrido con anterioridad. Nerviosa alzó la mirada pero, el Doctor sólo seguía sonriendo.

—Tu lo pediste—rió él dejándola en el suelo.

Era así como ambos manejaban las discusiones y los malentendidos, podían estar enfadados el uno con el otro, lastimarse con cruel sinceridad, pero ambos eran, en el fondo, como niños. Minutos después se encontrarían retozando y riendo juntos. Los casos contrarios eran pocos y siempre, realmente serios. En el universo de Pete esos ocurrían con algo más de frecuencia, recordó Rose mientras deslizaba y apretaba sus dedos contra el estómago del Doctor, y no por ello su relación con el Doctor medio humano era mala, era diferente, sólo eso.

— ¡Basta! —chilló Rose entre risas ahogadas— ¡Me rindo!

— ¡Ja! ¿Cómo aseguras que es verdad y no una treta de Torchwood? —inquirió el Doctor fingiendo seriedad mientras apretaba con su cuerpo a Rose. Sostuvo, contra la hierba, las manos de ella a cada lado de su sonrosado rostro, sus rodillas, apretaban las caderas de la joven con la suficiente fuerza para evitar que se moviera demasiado.

—Pues, porque me tienes a tu completa merced, ¿Qué treta puedo tratar sobre ti? —a Rose se le ocurría una muy buena, una que siempre funcionaba con su esposo cuando la vencía y se colocaba sobre ella de esa manera. Los recuerdos ahogaron su mente y escaparon hacia la del Doctor.

Caderas rozándose, el calor de dos cuerpos jadeantes, cercanía, risas y gemidos ahogados, besos que succionaban el corazón, y la razón, de ambos.

—Rose—gimió el Doctor dejando descansar su cuerpo al completo sobre el de ella, las imágenes, emociones y sensaciones le cubrían como un manto, echando por tierra su control físico.

Dorado deseo, amor puro y necesidad golpearon a Rose desde una mente que no era la suya. Jadeó sorprendida al sentirse rozando con insistencia la dureza que crecía en los pantalones del Doctor.

"Por favor, por favor detén esto, si esto no es lo que deseas detenme, Rose."

"¿Por qué?"

"No podré detenerme si seguimos adelante."

"¿Por qué querría detenerte?"

La comunicación mental se detuvo, ambos rostros estaban separados por apenas centímetros de aire. Los ojos del Doctor, oscurecidos por el deseo, se las arreglaron para comunicarse con los de Rose.

Dos corazones rotos necesitaban tiempo para sanar antes de volver a amar. Aunque Rose no lo viera así, aun necesitaba tiempo para rehacer su vida, para volver a amar como había amado al Doctor original. El Doctor aun necesitaba tiempo para aceptar su responsabilidad en las situaciones pasadas, para aceptar que por amor había dejado a Rose, que por amarla y no poder negarle nada, que por saberla feliz había destruido lo que podía haber sido un excelente futuro.

"No destruiste nada, salvaste la vida de muchas personas, si no hubiéramos encontrado esa nave Dalek en el espacio… habría encontrado la Tierra. Doctor ¿Cuántas vidas se habrían perdido?"

"Fue a costa de tu propio futuro."

"Sigo viva, y estoy a tu lado."

La firmeza de aquella afirmación empujó al Doctor a besar a Rose, un beso casto sobre la frente. El aire abandonó los pulmones de Rose al comprender el significado de ese sencillo pero poderoso gesto.

Protección, estaba protegida por el ser más poderoso de todo el universo. Admiración, era admirada por el último de una especie casi omnipotente. Dorados brazos acunaron su mente durante el beso.

El Doctor nunca había estado dentro de ella tan profundamente desde aquel día que había violentado su mente, el día en que ella le había salvado de perder una regeneración, que él, gustosamente le habría regalado. Éste momento era algo valioso, la confianza volvía a florecer entre ambos, ambas mentes se encontraban completamente a gusto la una con la otra, sus cuerpos se amoldaban a la perfección, para él no había mejor momento que éste para intentar hacer lo que más deseaba. Empujó su presencia un poco más dentro de Rose, con delicadeza pero insistencia acarició aquella dulce mente, su mente, su Rose.

"Mía."

Rose jadeó ante ello, el Doctor estaba, casi inconscientemente, tratando de formar un vínculo permanente. Rose sabía lo que debía hacer para hacerlo oficial, para pertenecer sólo a él, más no pudo forzar las palabras de su garganta, no podía hacerlo, se atragantaban en un nudo.

¡Y ella le había acusado de cobarde al no intentarlo y seguir manteniendo uno temporal! Instintivamente su mente luchó contra aquella posesión e inmediatamente la del Doctor se apartó.

"Lo siento."

"No hay nada por lo cual disculparse." Dijo el Doctor ocultando la amargura de su mente, no sería justo para Rose el dejarla ver hasta donde su negativa le había afectado, ocultó tras una puerta la brillante herida recién formada. Rose no lo notó, había tantas puertas en la mente del Doctor que, una más o una menos no hacían gran diferencia.

"Pero…" Trató de justificarse Rose

"Rose, será sólo cuando ambos lo deseemos."

—Lo siento, yo, no se que pasó—Rose ocultó su rostro entre las manos, ¡Se había negado a completar aquello que les liberaría a ambos!

—Rose, sólo cuando sea el momento—la silenció el Doctor con firmeza, sus ojos eran ilegibles pero cálidos, rodó a un lado para no seguir manteniendo tan íntimo contacto con Rose—.Lo siento.

—Está bien querer esperar—masculló Rose aun chapoteando en un pozo de vergüenza y autocompasión. El Doctor tenía razón después de todo, ambos no estaban listos aun.

—Volveremos a viajar, te prometí todo el espacio y el tiempo y eso tendrás—regaló a Rose una brillante sonrisa. La libertad para viajar de nuevo no podía ser una razón para iniciar un vínculo permanente, era un deseo que en el fondo no era desinteresado—.Pero, ese viaje al Tesco tendrá que esperar.

— ¿Por qué? —preguntó Rose inocentemente.

—Dudo puedas ponerte en pie, mucho menos caminar—lo más parecido a una sonrisa de orgullo masculino iluminó el rostro del Doctor.

—Eres tan…—Rose bufó, consciente por vez primera del temblor en sus extremidades. Deseaba dar una respuesta mordaz, pero, oh, si eso era un encuentro mental, ¿Podría con uno que envolviera ambos aspectos, físico y mental? Se sonrojó ante la idea, no habría quien aguantara el ego del Doctor, definitivamente, esa era otra buena razón para esperar, una secreta y personal, así que se aseguró de ocultarla tras una enorme puerta de caja fuerte.

— ¡Oye! —protestó el Doctor al sentir la puerta cerrarse en sus narices.

—La curiosidad mató al gato—le reprendió Rose estirando sus músculos agarrotados, ahora no le importaba que el Doctor vagabundeara libremente por su mente, era un sentimiento reconfortante el sentirlo por ahí.

—No soy un felino, mi especie desciende de una especie nativa de Gallifrey que…

—Vamos al Tesco, muero de hambre y deseo preparar algo—interrumpió Rose. Mejor empezar de a poco con su renovada relación, y cocinar algo para ambos sería perfecto.

—Estoy de acuerdo con las primeras dos, con la última, no. Yo prepararé algo—el Doctor se puso en pie y tendió una mano a Rose para ayudarla. Tomados de la mano abandonaron el gimnasio. En secreto el Doctor ordenó a la TARDIS sellar el lugar, confiaba en Rose, pero no quería arriesgarse.

— ¿Es una especie de ritual gallifreyano de cortejo?—bromeó Rose. Los dedos del Doctor se tensaron durante unos instantes—.Oh, ¡Es un ritual de cortejo! —exclamó ella dividida entre la diversión, era tan tierno de su parte, y el enfado, ¿Cómo se había atrevido?

—Rose, en lo absoluto, todas las veces que he cocinado o te facilitado la comida era porque…—las puntas de las orejas del Doctor enrojecieron furiosamente—.Porque era necesario, si, no podía tenerte desfalleciendo de hambre.

—Me estabas cortejando en secreto—gruñó Rose soltando su mano.

—Si, no, ¿Sólo lo empeoro, verdad? —los ojos del Doctor brillaron pidiendo misericordia, mas eso no lo protegió de la cachetada que Rose le propinó.

—No tenías que hacer eso—protestaba el Doctor empujando un carrito de compras detrás de Rose—. De tal palo tal astilla—masculló por lo bajo al ver que Rose apenas y le prestaba atención.

—Estás haciendo méritos para otra—advirtió Rose tomando algunos enlatados.

La mano del Doctor inmediatamente subió a cubrir su mejilla, sus ojos se agrandaron como si fueran los de un cachorro abandonado bajo la lluvia dentro de un saco. Los Señores del Tiempo seguro estarían revolcándose en sus tumbas al ver tan poca dignidad en su comportamiento.

—Doctor, ¿Por qué no vas a revisar si nos hemos dejado algo de la lista? —chasqueó Rose al sentirse atropellada por el carrito por enésima vez. El Doctor parecía impacientarse más y más a cada minuto que pasaban haciendo las compras.

— ¿Segura? —preguntó el Doctor jugueteando distraídamente con la terriblemente larga lista.

—Claro, es el Tesco, no saltará un Slitheen desde la sección de embutidos—razonó ella.

—Algunas de las cosas que necesitamos se encuentran en supermercados alienígenas, Rose—El Doctor señaló algunos de los alimentos que no estaban marcados como "comprados" en la lista—. Te sorprendería lo que puede saltar desde detrás de los estantes en esos lugares—explicó con un estremecimiento.

—Pero estamos en el Tesco, terminaremos antes si nos dividimos.

—Si, supongo, divide y conquistarás—aceptó el Doctor no sin cierta reluctancia, sin embargo, Rose tenía razón, debía de soltarse un poco de sus faldas. Pronto Rose se encontró viendo como desparecía su ondeante abrigo por la esquina del pasillo.

Algunas horas después Rose dormitaba en la mesa de la cocina con la cabeza apoyada sobre los antebrazos a modo de almohada, mientras el Doctor preparaba la cena y hablaba alegremente, Rose sólo contestaba con suaves "ujum", "aja" y "interesante" cuando el tono de voz del Doctor así lo indicaban. Él charlaba animadamente de esto y de aquello, planetas que debían visitar, sus comidas típicas, sus políticas, algunas leyes absurdas, pronto se dio cuenta que Rose no lo escuchaba. Dejó de preparar la cena para revisarla, ¿La había aburrido? Rose no solía dormirse, siempre estaba ávida de más conocimiento sobre planetas extraterrestres para escoger cual deseaba visitar antes.

—Fue un día duro—admitió el Doctor soltando los botones de su chaqueta. Cubrió a Rose con la misma y le ajustó el cabello para que no le hiciera cosquillas y la despertara.

— ¿Doctor? —ronroneó Rose minutos después, la cocina estaba inundada de un delicioso olor especiado.

—Ya está lista la cena—anunció él con orgullo posando un plato hondo frente a Rose.

La joven aferró la suave chaqueta del Doctor a sus hombros conmovida por el gesto y bostezó, talló sus ojos y echó un vistazo al plato. Era una especie de crema dorada decorada en el centro por una hoja morada de alguna verdura alienígena. Alzó los ojos y miró al Doctor, éste se balanceaba sobre sus talones, ocultado de mala manera la ansiedad que sentía al esperar el veredicto de Rose.

— ¿Qué es? —pregunto Rose tomando la cuchara.

—Es… una receta que yo mismo ideé, bueno, puede decirse que simplemente la adapté a lo que tenemos, la original sabe mucho mejor, aunque—pensó durante unos segundos—. Si ese fuera el caso creo que no podrías digerirla, los Señores del Tiempo tenemos estómagos más fuertes—jaloneó su oreja con nerviosismo.

— ¿Es una receta de Gallifrey? —murmuró Rose sintiendo su corazón derretirse.

—La adaptación, si, era una receta de mi madre—afirmó el Doctor tragando el nudo que se había formado en su garganta— ¿Comerás? —preguntó con los ojos brillantes.

Rose asintió, dudó durante unos segundos antes de sumergir la cuchara, sentía que romper la superficie dorada perfectamente lisa era un sacrilegio, sin embargo, la profunda inhalación del Doctor y su nerviosismo prácticamente palpable la empujaron a tomar una gran cucharada del líquido.

—Ahora parece sólida—susurró sorprendida ojeando el contenido de la cuchara.

—Su estado tiende a cambiar con la temperatura y… Rose eso es grosero, sólo come—pidió el Doctor exasperado.

Rose soltó una risita y se llevó la cuchara a la boca, cerró los ojos y gimió ante la explosión de sabores que impactó su lengua. Era salada y picante, pero suave y con un toque dulce, lo suficientemente espesa para casi no ser considerada líquido, podía intentar masticarla, pero, a medida que el calor de su boca la rodeaba, se volvía más líquida y su sabor variaba a uno más suave, era como degustar magia, tiempo y espacio en las proporciones correctas.

— ¿Rose? —preguntó el Doctor tentativo.

—Es… es, deliciosa, es… casi mágica.

El Doctor sonrió de oreja a oreja y se sentó frente a Rose con su propio plato de humeante sopa.

— ¿Cómo se llama?

—No tiene traducción en ingles ni en ningún otro idioma, Rose—respondió el Doctor mirándola con intensidad.

—Entonces dime su nombre en gallifreyano.

El Doctor la complació, pronunció el nombre en aquel idioma ancestral y musical, donde las palabras parecían tener más significado que en cualquier otro. Rose se encontró cerrando los ojos, saboreando cada sonido emitido por el Doctor, debía admitirlo, era casi adicta al oírlo hablar en su idioma natal, a veces, disfrutaba hasta el oírlo maldecir mientras reparaba la TARDIS, las maldiciones no perdían su deje malsonante, al contrario parecía empeorar, pero eran tan hermosas que aquello no le importaba en lo absoluto.

Extrañaba las palabras y promesas de amor en ese idioma también, extrañaba los susurros en sus oídos, extrañaba las palabras de ánimo y de deseo, jadeadas entre las sábanas en la oscuridad de la noche.

—Rose…—advirtió el Doctor removiéndose incómodo en la silla.

—Lo siento, no lo pude… Lo siento, soy una tonta, yo, debería irme—Rose empujó su silla, miró con tristeza la sopa, el hambre no la había abandonado, pero, ahora había tal agujero en su estómago que se sentía incapaz de tomar un bocado más. Apretó el borde de la mesa con los dedos, dividida entre el deseo de irse y el de quedarse, su Doctor había preparado tan especial platillo para ella, rechazarlo le parecía la peor de las faltas.

—No, Rose, no lo harás, quédate—exigió el Doctor levantándose de su silla—. Prometiste no volver a ocultarte—rodeó la mesa y la abrazó por la espalda, sus brazos la mantenían contra la silla y, el peso de su cuerpo contra el borde de la mesa—. No te vayas, por favor—aquella petición contrastaba con sus acciones y su tono de voz profundo, un tono que no admitía réplicas.

—Doctor, yo.

—Permítete sentir, Rose, no temas mostrarme tu vida, puedo manejarlo—aseguró el Doctor en un susurro, apoyó su barbilla en el hombro de Rose y su sien contra la de ella.

Emociones y recuerdos viajaron entre los dos, las lágrimas de Rose se mezclaron con las del Doctor, el primer viaje, los juegos con Tony, las noches perdidas bajo un cielo estrellado diferente al de la Tierra, los abrazos llenos de calor humano de la meta-crisis, tan diferentes de los frescos dados por el Doctor, la culpa que sentía Rose al extrañarlo mientras estaba con el medio-humano. Todo y nada pasó entre Rose y el Doctor, y éste se encontró dejando un beso sobre la clavícula de Rose mientras la amargura y el dolor arrancaban más y más lágrimas.

—No debería, no es justo—sollozó Rose.

—Déjalo ir, Rose.

Y así fue cómo el Doctor observó la boda entre Rose y la meta-crisis con todo detalle, algunas partes del ritual gallifreyano se siguieron a la perfección, pudo ver a Jackie lanzando una mirada asesina mientras consentía la unión, a Pete sonriendo mientras daba su aceptación, pero justo al final, faltaba uno, uno en específico. Y el Doctor no supo como sentirse, agradecido con su meta-crisis por respetar su mayor secreto, enojado con él porque no había cumplido con tan importante ritual e indecentemente feliz, porque ahora él podría completarlo.

—Dijo que era sólo tuyo—explicó Rose bajando la mirada, se sentía culpable porque, a pesar de entender sus razones, ella aún mantenía ese pequeño rencor para con el que había sido su esposo.

—Lo es—afirmó el Doctor acariciando gentilmente el cuello de Rose con su nariz y, antes de poder detenerse agregó: —. Si me dejas, Rose—sus ojos brillaron con intensidad—. Oh si me das la oportunidad, lo sabrás algún día.