Disclaimer: Doctor Who no me pertenece, si lo hiciera Rose aun viajaría con él. No gano nada con este fic mas que calmar mis feels. Disfruten.

Advertencias: No lo creo, pero aun así, creo que este capítulo me salió lleno de Fluff.

Capítulo IX

Naturaleza de un Señor del Tiempo

Rose quedó congelada en el tiempo en respuesta a las palabras del Doctor, y no tenia que ver con algún oscuro poder de Señor del tiempo, no, era el simple poder de las palabras, el profundo significado místico y sentimental que traían consigo. Su peso corporal no era soportado por músculos y huesos ahora, parecía ser sostenido enteramente por el propio cuerpo del Doctor, por su mente y su presencia detrás de ella.

¿La amaba tan profundamente? ¿Y por qué le dejaba la opción a ella?

— ¿Por qué? —preguntó Rose, su tono la asustó, hablaba como si los labios no fuesen suyos, se encontraba aun muy aturdida por las emociones como para procesar tales detalles.

—Rose, sabes porque—contestó el Doctor con dolor en su voz.

—No, no lo se—el Doctor se tensó, ¿Cómo podía no saberlo? —.Nunca lo has dicho.

—Te lo he demostrado, te lo he demostrado desde que te dije que corrieras en aquel sótano—humanos, tan dependientes de las palabras, pensó con rabia, pequeñas criaturas que apenas habían aprendido a caminar erguidas y no entendían la abismal hermosura de las acciones.

—Siempre envías señales contradictorias, ¡Tus acciones se contradicen! Un día me siento completamente apegada a ti y al siguiente descubro que hubo más como yo y, ¡Con palabras! me explicas el por qué, me explicas por qué no puedes amar y derrumbas todo—explotó Rose, no iba a dejar que el Doctor la cargara con toda la culpa.

—No metas a Sarah Jane en esto—siseó el Doctor.

—No hablo de ella, hablo de la estúpida maldición de Señor del Tiempo, hablo de tu complejo de mártir.

—No soy un mártir, es así como debe ser—explicó el Doctor sintiéndose terriblemente expuesto, no había razón para sentirse así, ¿O si?

—Entonces, mi pregunta se mantiene, ¿Por qué? ¿Por qué te arriesgas a amarme? ¿Por pena? ¿Para regodearte en el dolor cuando seis décadas pasen y me veas envejecer y marchitar?

— ¡No soy un mártir, Rose! —repitió el Doctor, negándose en secreto, con la fuerza de sus dos corazones, a responder a la última pregunta de Rose

—Entonces dime ¿Por qué?

—Porque quise dejarte abierta la posibilidad de una vida lejos de mí, una vida libre de riesgos, con la posibilidad de hijos, un hogar, alfombras, hipotecas. Rose, si me permitía amarte, si lo hacía un hecho, no podía dejarte ir, perdías toda oportunidad de salir por las puertas de la TARDIS, y aun si lo conseguías, no podías huir por mucho tiempo.

— ¿Por qué creías que deseaba todo eso? —masculló Rose apoyando sus manos sobre las del Doctor, sobrepasada por la contundente verdad de aquella confesión.

—Porque era imposible que un ser tan maravilloso y puro como tu me amara, a mi, el asesino de su propia especie y de muchas otras. Y cuando supe que era un hecho, cuando supe que era correspondido, no podía permitirte estar cerca de tal oscuridad.

—No eres un ser de oscuridad Doctor, tu traes la luz—afirmó Rose.

—Te convertí en una genocida, mataste por mi, no traje luz a tu vida, Rose—masculló el Doctor con acritud.

—Era necesario, no sólo por ti, si no por toda la humanidad en el futuro. Doctor, no seas tan egocéntrico—le reprendió Rose.

El silencio se hizo entre ambos, el sonido de las respiraciones acompasadas era lo único que llenaba el lugar. El Doctor repasaba sus palabras pasadas, ¿Y si había cometido un error? Podía prometer amar a Rose durante el resto de su corta vida humana, el problema yacía en que la amaría aun después de ese tiempo, y ese amor se convertiría en un terrible y agonizante vacío, una daga venenosa amenazando con detener sus corazones. Tragó saliva con dificultad, su cuerpo se negaba a calmarse, a detener la oleada de emociones que desbordaban por sus ojos.

—Amar no es un error—susurró Rose con calma al sentir la humedad en el rostro del Doctor.

El Doctor presionó su mejilla contra la de ella, sus lágrimas silenciosas bajaban libremente, empapando ambas pieles, tomó aire decidido a romper su silencio, iba a explicarle a Rose lo que era el amor para él, para su especie, ella sólo tenía experiencia con la mitad de todo su infinito significado.

Rose sintió los músculos del pecho del Doctor tensarse a su espalda, su brusca inhalación de oxígeno, ella le imitó y descubrió que el aire parecía líquido en sus pulmones.

—El amor de un Señor del Tiempo es mucho más intenso, mucho más profundo, no estás habituada a él, no se rige y se rige a la vez por reglas diferentes a las usuales, es atemporal y temporal, efímero y eterno, es dual, Rose, te da libertad, pero es posesivo, dominante y sumiso, eterno, inmortal y mortal—explicó el Doctor con voz profunda, ligeramente ronca, su mente cubrió la de Rose con fuerza, demostrando psíquicamente su punto y, por sólo por su naturaleza humana decidió manifestarlo físicamente también, por si las palabras habían escapado al entendimiento de Rose.

Sus manos giraron rápidamente sobre las de ella y las aferraron con fuerza, apretándolas suavemente contra la mesa, sin hacer daño, deteniendo toda posibilidad de movimiento, pero dando la oportunidad de liberarse. Su pecho se recargó un poco más sobre la espalda de Rose, y sus labios dejaron el fantasma de un beso sobre la sien de la joven.

A sus sentidos llegaron los cambios en los patrones respiratorios y cardíacos de Rose, podía sentir la sangre correr con mayor rapidez por sus venas, podía oler la adrenalina mezclada con el aroma personal de Rose y el suyo, podía sentir los suaves temblores que ella se esforzaba por controlar.

La había asustado, él no deseaba hacerlo, sólo quería ser sincero. Quizás era lo mejor para ambos, ella no podía soportar todo lo que él tenía para ofrecer, ni siquiera podía entenderlo a un nivel consciente y su cuerpo humano estaba rechazándolo antes que su mente pudiera procesar las palabras y la fuerza de su esencia sobre la de ella.

—Comprendo ahora que llevó a Rassilon a controlar mejor todo esto, a reducirlo a teorías y fórmulas, a desensibilizar a los Señores del Tiempo—dijo en tono casual, comenzando a separarse, no era su intención asustar a Rose, pero si demostrarle lo que podía obtener, tenía que ser sincero con ella aun si ello la alejaba de su lado.

Rose sujetó la manga de su camisa, el Doctor se detuvo, indeciso, no sabía que podía significar ese gesto aunque tenía una buena idea, su Rose, siempre tan adaptable, aceptando lo que él le daba aun si era sobre la marcha, ¿Por qué él no podía hacer lo mismo por ella? Decirle que la amaba, satisfacer ese pequeño deseo tan humano, las acciones de Rose, sin embargo, lo distrajeron.

Rose inspiraba y expiraba lentamente, controlando su cuerpo y maravillando, aun más, al Doctor. Sólo cuando estuvo segura de que su cuerpo humano no la traicionaría extendió el brazo y acercó el plato del Doctor

—Va a enfriarse—dijo. Habían hablado demasiado y ella necesitaba tiempo para pensar una respuesta, para digerir toda la nueva información, quizás romper el momento no era lo más valiente, pero le daba lo que necesitaba y el Doctor parecía estar saltando, en su mente, por esa misma salida fácil, rogando inconscientemente por algo de espacio, mientras sus manos volvían a sujetar las de Rose.

Las palabras, las acciones mentales y las demostraciones físicas habían derrumbado las débiles barreras que el Doctor se había impuesto, no ponía en palabras las advertencias, pero en la mente de Rose estaba gritando para que le detuviera.

Rose comprendió que la situación en la que ambos estaban sumergidos sólo podía acabar de una manera, el cuerpo del Doctor estaba hirviendo por el suyo, a cada segundo le era más complicado controlar el deseo, la necesidad de marcar a su pareja y ninguno estaba preparado para ese paso, psicológicamente al menos.

—Tengo hambre y, sería una pena que se desperdiciara la comida—continuó Rose tratando de liberar una de sus manos de la firme presa que mantenía sobre ella la del Doctor.

—Si, tienes razón—el Doctor soltó la mano de Rose, su cuerpo protestó ante la pérdida, no obstante, dominó su biología con firmeza. Sus dedos se cerraron sobre el respaldo de una silla cercana en lugar de cerrarse sobre el cuello expuesto de Rose, los músculos de sus brazos jalaron la silla en lugar de acercar hacia su pecho el cálido cuerpo humano. Sus piernas le trasladaron y sentaron sobre el asiento con algo más de fuerza, estaban preparadas para cargar su peso, y el de Rose, hacia la superficie útil más cercana, no para sentarlo cerca del cuerpo de su deseo con el mundano objetivo de cenar.

Su hombro izquierdo, sin embargo, rozaba el de Rose, contradictoriamente necesitaba esa cercanía para mantener el control y, distancia para gobernar sus hormonas, pero no la suficiente como para acabar con toda sanidad en su mente.

Terminaron de comer en silencio, los platos vacíos les miraron desde la mesa, ambos, el Doctor y Rose, se mantuvieron inmóviles durante lo que parecieron siglos. Finalmente, Rose se levantó, por el rabillo del ojo vio el ligero movimiento de la una de las manos del Doctor hacia ella, como si tratara de sujetarla pero, cuando giró para mirar mejor, la mano yacía lánguidamente junto al plato del Doctor y la expresión de su rostro era ilegible.

Rose lavó los platos y todo lo que el Doctor había utilizado para preparar la cena, incluso limpió y recogió todo el desorden. Ella sabía que la TARDIS podía encargarse de todo, pero aquellas actividades eran lo suficientemente sencillas como para que su mente divagara mientras las realizaba, y le permitían ganar tiempo. Era el acuerdo perfecto.

El Doctor se levantó y caminó hasta Rose, su cuerpo se movía sigiloso, como si aun no hubiera entendido que ella no era su presa, su esquiva pareja.

—Rose—llamó deteniéndose a su espalda. La joven brincó por la sorpresa y, malinterpretando su reacción, el Doctor se apartó unos pasos—.Lo siento.

—No, esta bien, sólo me asustaste, no te escuche—Rose inspiró profundamente—. Debería de ponerte un cascabel—bromeó girando para encararlo.

El Doctor sonrió, metió la mano en uno de sus bolsillos mientras en su rostro se formaba una expresión de infinita concentración, segundos después sacó un brillante cascabel adornado con una cinta azul TARDIS y lo agitó frente a Rose.

Un agradable y dulce tintineo llenó el espacio entre ellos.

— ¿Qué tal este? —sonrió aun más ampliamente pero, sus ojos permanecieron impasibles, algo tristes e inseguros.

—Prefiero a mis doctores aterradoramente silenciosos—proclamó Rose cerrando su mano sobre el cascabel y los dedos del Doctor.

— ¿Aterradores? —repitió el Doctor sin entender, mirando con intensidad el punto de contacto entre sus manos— ¿Soy aterrador? —sus ojos se clavaron en los de Rose, rogando por la verdad— ¿Te doy miedo?

—En el buen sentido—afirmó Rose tomando el cascabel, la mano del Doctor cayó lánguida a un lado de su cuerpo—. Ya sabes, todo ese poder de "La Tormenta que Viene" es un poco aterrador—liberó la corbata del Doctor de su chaqueta y sus dedos acariciaron la suave tela de la misma—. Funciona muy bien contra los alienígenas, los dictadores y opresores y al final el bien triunfa. Así que ese "aterrador" es bueno—sus dedos ataron la cinta por detrás del nudo, asegurando el cascabel bajo este.

— ¿Y, lo "aterrador" de mi naturaleza? —tartamudeó el Doctor, esa era su mayor duda, Rose podía entender y aceptar la oscuridad que a veces se veía forzado a liberar, pero, ¿Y la que venía con su naturaleza?

Rose sacudió ligeramente la corbata antes de asegurarla debajo de la chaqueta, el cálido sonido reverberó durante unos segundos en las paredes de la cocina.

—Es tu naturaleza, corre por tu ADN, siempre que puedas advertirme, siempre que puedas explicarme, podré adaptarme—Rose sintió como el peso que cargaba sobre sus hombros empezaba a aligerarse, ella también necesitaba esa confirmación, la aceptación de su propia fortaleza y capacidad de adaptación.

— ¿Estás segura? —preguntó el Doctor, consciente del peso de la confianza que Rose depositaba en él. Aun si ella le había dado libertad, él debía ser justo y honrarla, debía de controlarse y dar ciertos toques "humanos" a sus sentimientos.

—Si.

—Entonces, deja que la TARDIS termine aquí y ven conmigo—el Doctor tomó la mano de Rose y la animó a seguirle dando un suave tirón.

Fiel a su decisión Rose le siguió, por primera vez en días se sentía genuinamente alegre, llena de un irrefrenable regocijo que parecía nacer de lo más profundo de su interior, se sentía suyo y a la vez, como algo ligeramente ajeno.

Desechó aquella sensación hacia algún rincón de su mente y se concentró en el alborozo propio, siguió al Doctor hacia el pasillo donde sus habitaciones se encontraban, una frente a la otra.

— ¿Dónde? —preguntó el Doctor, secretamente deseando llevarla a la suya, envolver a Rose en sus sábanas para que al despertar oliera predominantemente a él.

—La tuya—contestó Rose sintiendo el deseo oculto del Doctor.

—Rose no trates de complacerme, yo quiero lo que tu quieras.

—Lo haces sonar como si ordenaras desde un menú en una cita incómoda—Rose empujó al Doctor con su hombro—.La tuya está bien.

—Las damas primero—el Doctor empujó suavemente a Rose hacia su puerta, su brazo rodeó el cuerpo de ella para girar el pomo, una excusa más para mantener la cercanía.

Rose avanzó dentro la habitación que conocía tan bien y a la vez tan poco, reparó en las sábanas arrugadas y en el desorden de piezas de maquinaria extraterrestre desperdigadas por el suelo.

—El baño es la puerta de la izquierda—explicó el Doctor pasando los dedos por su cabello para disimular el sonrojo que amenazaba con cubrir la punta de sus orejas.

Rose asintió, esquivó las piezas caminando casi en la punta de sus pies, no era el mejor terreno para caminar rápido y huir de la situación. Cuando, finalmente pudo cerrar la puerta del baño a su espalda dejó escapar un suspiro entrecortado, se distrajo revisando con la mirada el lugar. El lavamanos estaba rodeado por un mesón de mármol negro y coronado por un gabinete cuya puerta estaba cubierta por un espejo. Todo muy sencillo y funcional. Rose abrió el gabinete y encontró que la TARDIS había movido su cepillo de dientes y la pasta dental hacia allí. Agradeció mentalmente a la nave y procedió con su rutina nocturna. Cada que alzaba el rostro, Rose encontraba más y más de sus productos de aseo personal y pronto se encontró decidiendo tomar una ducha rápida. Así lo hizo, y no fue tan rápida como lo pensó en un principio.

Lavó su cabello con un gel de agradable aroma a vainilla, al enjuagar el jabón fuera de sus ojos encontró su afeitadora y espuma en uno de los estantes y decidió dar un repaso a sus piernas y axilas, en cuanto tuviera una oportunidad acabaría definitivamente con ese molesto vello en algún spa alienígena, se prometió. Cuando los productos de aseo dejaron de aparecer Rose se quedó bajo el agua tibia unos minutos más. ¿De verdad estaba lista para lo que harían? Había actuado como si se estuviera preparando para ello, su subconsciente, y la TARDIS, la habían empujado diligentemente en esa dirección.

Mientras tanto el Doctor se sentaba, acostaba, y daba vueltas en la cama, acomodaba las almohadas, recogía la sábana hacia los pies de la misma y volvía a extenderla, repitió el patrón decenas de veces, no quería dar una impresión errada a Rose, ¿O si? Finalmente dejó todo como estaba en un principio, se deshizo de sus zapatos y su chaqueta y se sentó en medio de las sábanas en posición de loto.

Rose escuchaba, con la oreja pegada a la puerta, el cascabel sonar ante los frenéticos movimientos del Doctor, cuando todo sonido cesó, se imaginó al Doctor recostado tranquilamente en la cama con las manos tras la cabeza, esperando por ella. Tragó el nudo que se formó en su garganta ante la imagen, o quizás estaba tras la puerta, listo para brincarle y…

Miró su cuerpo desnudo cubierto por una bata de baño rosa, ¡La TARDIS había desaparecido su ropa mientras se duchaba! Y en su lugar había dejado esa única prenda. Los insultos que dirigió a la nave habrían ruborizado a Jack.

— ¿Rose? —llamó el Doctor temiendo que la TARDIS hubiera agrandado, de nuevo, el desagüe de la ducha y éste se hubiera tragado a Rose, no sería la primera vez que aquello ocurría. La TARDIS encontraba divertido hacerlo cuando él estaba particularmente nervioso o desesperado por verla, sobre todo en su anterior vida. Oh, los insultos que dirigía a su confiable nave cuando horas después encontraba a Rose llena de moho y algas en alguna habitación.

—Voy—Rose suspiró y giró el pomo de la puerta del baño. ¡Ni en su noche de bodas había estado tan nerviosa! Rio tontamente ante el recuerdo de un iracundo gerente de piel azul y cola gatuna expulsándolos, a su esposo y a ella, del hotel que habían, literalmente, echado abajo, si a ello se llamaba tirar las cuatro paredes de la suite nupcial a fuerza de gritos y gemidos. Apenas les habían dado tiempo para taparse con las finas sábanas de seda de la cama antes de echarlos fuera. El clon había explicado alegremente, durante el camino hacia su TARDIS, como la frecuencia de sus gritos de amor habían hecho resonar el material con el que estaban construidas las paredes.

—Rose, creo que estás siendo muy gráfica—protestó el Doctor extendiendo las piernas delante de si. Sin embargo las comisuras de sus labios se alzaron con en una sonrisa.

—Lo siento, pero es que es tan…

— ¿Tonto? ¿Ridículo?—el Doctor se levantó de la cama y rodeó a Rose con los brazos— ¿Tan "Doctor-istico"? —sus ojos recorrieron el rostro de Rose, llenos de regocijo, diversión y un toque de celos muy bien disimulados.

—Algo así, si—admitió Rose mordiéndose el labio.

El Doctor reparó en la escases de ropa en Rose, acarició distraídamente el suave material de la bata.

— ¿Planeas algo? —preguntó, tironeando suavemente del cinturón que cerraba ambos lados de la bata.

—Sólo si tu lo planeabas—admitió Rose.

— ¿Algo que implique una cama? —respondió el Doctor dejándose llevar por la seriedad del juego, besó los cabellos de Rose, el aroma a vainilla inundó sus sentidos, vainilla y Rose, su aroma favorito— ¿Qué implique acostarnos entre las sábanas?

Rose asintió, cerrando los ojos ante la sobrecogedora sensación que la envolvió ante el descarado olfateo del Doctor.

— ¿Abrazos? —los brazos del Doctor aferraron a Rose contra su cuerpo— ¿Caricias? —sus largos dedos subieron por la espalda de Rose, por sus hombros y descansaron sobre sus mejillas sonrojadas. Diferentes tonos de marrón concentrados únicamente en el contrario, miradas que eran solamente para ellos— ¿Besos? —los fríos labios del Doctor se posaron sobre la frente de Rose, luego bajaron, besando cada mejilla hasta detenerse frente a los labios de Rose, esperando por cualquier reacción de rechazo.

No la hubo y la distancia la cerraron ambos, el Doctor dejó caer sus escudos mentales y compartió con Rose las sensaciones que estaban dejando sus labios sobre los de él. Rose jadeó y le imitó, sus rodillas temblaron ante el peso de dos besos simultáneos, el que recibía y el que daba, sus sentimientos y los del Doctor entrelazados. Un beso que era sólo de ellos dos.

Lamentablemente, segundos después, ya no eran sólo dos, eran tres. A pesar de combatirlos los recuerdos de los besos con la meta-crisis inundaron la mente de Rose, y las sensaciones se volvieron un torbellino arrollador. El Doctor trató de poner orden al caos, trató de controlar sus reacciones, pero era ¡Oh! Tan difícil. Llevó a Rose con él hacia la cama.

Rose rompió ligeramente el beso al sentir su espalda golpear el colchón, jadeó cuando el peso del Doctor la atrapó contra éste y se retorció cuando una de sus piernas y su mano sobre el muslo sujetaron las de ella contra las sábanas, una rodilla aventurera las separó, tratando de revelar su centro para él.

—Doctor, por favor.

El Doctor se separó con algo de brusquedad y su corbata se balanceó entre ambos, haciendo sonar el cascabel, él lo miró, sacado completamente del pozo de pasión en el que se había hundido. Luego miró a Rose, sonrojada debajo de él y definitivamente, asustada, aunque trataba de disimularlo. El nudo de la correa de la bata se había soltado y ambas mitades apenas cubrían a Rose. Con dedos tan temblorosos como la gelatina el Doctor cerró la bata, aquello se sintió como rechazar un regalo de navidad ampliamente deseado, como volverlo a envolver para esperar hasta la próxima.

—Esta bien, Rose, todo está bien—apartó su rodilla y giró llevándola consigo, uno de sus brazos rodeó la cintura de Rose y el otro descansó sobre sus ojos. No merecía siquiera verla.

—Lo siento, se que tu… se que tu deseas—Rose escondió el rostro en la camisa del Doctor, luchando por contener las lágrimas de odio hacia si misma que pugnaban por salir.

—Yo no planeaba nada más que abrazos y caricias, Rose—corrigió el Doctor apartando la mano de sus ojos—. Lo de los besos, fue un extra. Lo siento.

—Lo siento, supongo que malinterpreté toda la situación—si antes se odiaba, ahora lo hacía más, el Doctor nunca había planeado nada de lo que ella había estado pensando.

—Nah, la analizaste con tu cerebro humano, es todo, nada que lamentar—su mano libre soltó la corbata, la dejó en la mesa de noche, junto al cascabel, había sido buena idea después de todo. Suspiró, aun deseaba cumplir con el objetivo principal, abrazos y caricias, nada perdía con preguntar, incluso podía ganar de nuevo la confianza de Rose, porque, aunque ella dijera lo contrario, él estaba seguro que la había roto, de alguna manera— ¿Puedo? —mostró su mano a Rose, ella alzó la vista y le miró a los ojos— ¿Puedo acariciarte? —aquella pregunta era casi un ruego.

—Si.

—No pasaré de eso, Rose—prometió.

— ¿Y si quiero que pases? —preguntó Rose sintiendo como la confianza regresaba a ella.

—Si y sólo si de verdad lo deseas, cuando sólo seamos tú y yo.

Rose asintió, comprendiendo lo que quería decir el Doctor, ella necesitaba tiempo para sobreponerse a su perdida, superarla y de esa forma asegurarse que cuando, eventualmente hicieran el amor, fueran sólo dos.

Esa noche el Doctor no bajó sus manos del torso y rostro de Rose, esquivando sus senos acariciaba suavemente por sobre la bata mientras le explicaba un poco más del significado del amor para un Señor del Tiempo.

—Es así por nuestra naturaleza, Rose, vivimos miles de años, nos regeneramos, imagina amar a alguien y que esa persona cambie por completo—el Doctor alzó un dedo para detener la oportuna respuesta de Rose—.Y no poder aprender a amarlo de nuevo, no poder volver a amarlo porque sencillamente es demasiado diferente, o imagina, imagina que se enamore de alguien más, tienes que tener la voluntad suficiente para dejarlo ir.

— ¿Y porque la posesividad? —Rose enterró su rostro en el cuello del Doctor.

—Miles de años, Rose—le recordó el Doctor—. En todo ese tiempo surgen amenazas para la relación, terceros, es natural que dichos sentimientos surjan, es natural querer mantener a tu pareja a tu lado, pero también debes saber cuando echarte a un lado, aun si sigues amando tan profundamente como el primer día.

—Es algo triste—suspiró Rose.

—Lo es—aceptó el Doctor—. Bien, es suficiente por hoy.

—Pero…

—Es hora de dormir—cortó toda protesta el Doctor. Deslizó las sábanas de debajo de ellos y las acomodó sobre sus cuerpos. Se aseguró de cubrir bien a Rose, no quería que su temperatura bajara demasiado, ya que, iba a estar en contacto con él durante toda la noche y su cuerpo no era precisamente cálido.

—Buenas noches—susurró Rose besando su mandíbula, secretamente aliviada de que le dejara pasar la noche allí.

—Buenas noches—contestó el Doctor besando la frente de Rose.

La TARDIS apagó las luces y en la oscuridad se encargó de mudar la ropa de Rose hacia el cuarto del Doctor.