Disclaimer: Doctor Who no me pertenece, si lo hiciera Rose aun viajaría con él. No gano nada con este fic mas que calmar mis feels. Disfruten.
N/A: Lo siento muchisimo! He tardado bastante en actualizar porque empecé mis segundas pasantías y me absorbieron el tiempo, inspiración tenía, demasiada, hasta el punto de no poder dormir por las ideas, pero el tiempo… aaah el tiempo.
Disfruten ^^
Capítulo 11
Explicaciones
Rose descansó la espalda contra la puerta de su habitación, su labio inferior temblaba y sus ojos ardían producto de las traicioneras lágrimas de rabia que amenazaban con desbordar de sus ojos.
—Rose, no hagas esto—rogó el Doctor desde el otro lado de la puerta.
—No me digas que demonios hacer—gruñó Rose frotando su sien, un dolor sordo pulsaba detrás de su cráneo, único vestigio de la discusión que habían tenido minutos antes.
El Doctor no respondió, simplemente se concentró en el vínculo, en enviar suaves ondas de cariño, caricias tan sutiles que podían clasificarse como tiernamente tímidas. En otro tiempo, y dimensión, aquello habría bastado para calmar la ira de Rose, pero no aquí, ni ahora, Rose le conocía y no se dejaría manipular. Agradecía el efecto calmante que aquella acción tenía sobre su dolor de cabeza, pero nada más.
—Rose.
La joven alzó la mirada, dispuesta a rodar los ojos y echar al molesto Señor del Tiempo de sus dominios cuando notó su habitación vacía.
—Bien, ¿Ahora estás de su lado?
Un murmullo culpable se dejó escuchar desde el techo.
—Oh claro, ¿Pensabas que me mudaría a la habitación del Doctor de forma permanente?
—Rose, por favor, deja a la TARDIS fuera de esto.
—No, estoy cansada de todo esto, de Señores del Tiempo egoístas y sus TARDIses entrometidas.
— ¡Ey!
La exclamación de protesta del Doctor y el enojado canturreo de la TARDIS se sucedieron casi en sincronía, robando una sonrisa de parte de Rose. Una pequeña.
—Rose, por favor—rogó el Doctor de nuevo.
—Vete, necesito tiempo, Doctor. Tiempo y espacio. Por favor.
Paralizado por tan humana y repentina respuesta, el Doctor dejó caer sus hombros, su barbilla casi tocaba su pecho y sus ojos brillaban con tristeza contenida. Basado en todo el conocimiento que poseía acerca de la humanidad y en su experiencia al viajar con tantas representantes del género femenino, el Doctor llegó a la conclusión de que aquellas no eran palabras alentadoras.
Arrastró los pies hasta la Sala de la Consola. ¿Cómo podía mostrarle a Rose el por qué de su reacción? Había perdido el control y se había comportado como el Señor del Tiempo que era, ¿Por qué eso tenía que ser malo?
"Ella es humana"
Estaba tan acostumbrado a actuar de forma ligeramente humana, a silenciar sus sentidos extras, a callar ciertas reacciones que, cuando actuaba de manera común para su especie, sus acompañantes le rechazaban, y, por muy ligero y momentáneo que fuese aquel rechazo, dolía.
El que viniera de parte de Rose, sólo lo hacía peor.
Deslizó las manos por su cabello, provocando que luciera aún más desarreglado. Sabía que el salvar a las personas de la biblioteca haría que Rose le viera con otros ojos, quizás si…
Quizás esa fuera la mejor ofrenda de paz. Salvar a 4022 personas.
Una mano invisible estrujó sus intestinos, el ser de otra especie no justificaba las terribles palabras que había dicho a Rose. Su Rose, su fuerte Rose había permanecido a su lado aun cuando se había regenerado, había aceptado a su metacrisis, había demostrado la entereza y la comprensión suficiente para ver al verdadero Doctor a través de sus personificaciones.
Ella le amaba por quien era, no por su personalidad, su rostro, ella le amaba de verdad.
¿Cómo podía hacerlo? ¿Por qué tenía que ser tan perfecta? ¿Por qué tenía que hacerlo sentir de esa manera? No merecía a tan maravillosa mujer.
Si tan sólo pudiese explicarle las razones de su conducta, la posesividad y sentido de protección que se tenía hacia una pareja de vínculo.
Había muchas especies en el universo que poseían habilidades telepáticas, la gran mayoría eran poco amigables hacia los humanos, un gran porcentaje no desarrollaba sus relaciones hacia el ámbito telepático y otras, eran demasiado peligrosas para siquiera pensar en acercar a Rose a unos años luz de ellas.
Había sin embargo una especie que le debía un favor, un rey al que había devuelto a su legítimo lugar, un planeta que estaba en paz gracias a su intervención. Y eran unos románticos telépatas en exceso.
Rose amaría ese lugar y el podría disculparse y explicarle, de forma amena y didáctica el por qué de sus reacciones. Dando un salto y una palmada se dispuso a ingresar las coordenadas de su nuevo destino.
La TARDIS susurró con preocupación. Sentía como las líneas temporales cambiaban y se hacían borrosas y difíciles de ver. No le gustaba nada y no quería viajar hasta ese planeta.
Pero haría cualquier cosa por su Señor del Tiempo y su Lobo Malo. Era hora de ceder, si su Doctor lo había hecho, ella también haría el esfuerzo.
…
Rose alzó la cabeza de la almohada al sentir el ligero golpe de la TARDIS al aterrizar. La curiosidad ganó sobre el sentimiento. Tenía tanto tiempo sin pisar un planeta nuevo que empezaba a dudar que estuviera en una nave que viajaba a través del tiempo y el espacio.
Corrió por el pasillo hasta llegar al Sala de la Consola, el Doctor la esperaba sentado en la silla del capitán.
—Rose.
—Doctor.
La incomodidad era palpable, el aire entre ambos se sentía tan espeso como el bitumen. El Doctor carraspeó y señaló hacia las puertas.
—Quiero mostrarte algo.
Rose le miró extrañada, el Doctor lucía solemne, no burbujeante de emoción como solía estarlo cuando le mostraba algún lugar nuevo. Sintiendo la duda de Rose el Doctor decidió intervenir.
—Necesito mostrarte como funciona una sociedad telépata, Rose, necesito que comprendas las diferencias, evitará malos entendidos en el futuro—el Doctor enterró las manos en sus bolsillos y miró a Rose con intensidad—.Somos de especies diferentes, si hay alguna posibilidad de sacar esto adelante entonces debemos trabajar en ello.
—Porque estas atrapado junto a mi—musitó Rose tragando el nudo que se había formado en su garganta. La inseguridad le carcomía el alma a cada segundo que pasaba mirando los ojos solemnes del Doctor.
—Quiero estarlo—afirmó el Doctor recorriendo la distancia que le separaba de Rose—. No hay más Señores del Tiempo, éste es el único planeta con una especie telépata que guarda cierto parecido con mi cultura y costumbres. Rose, creo que podemos superar esto, juntos—sin poder evitarlo el Doctor alzó su mano y la posó sobre la mejilla de Rose. Imperceptiblemente ella dejo caer su rostro sobre ésta, rogando en silencio por una caricia que el Doctor estuvo más que agradecido en dar.
— ¿Y si no podemos? —preguntó Rose tirando del bordillo de su chaqueta.
El Doctor miró a Rose, liberó su mejilla y tomó sus manos entre las de él.
—Encontraremos la manera—aseguró con ternura—.Así tengamos que pasar todas las noches en la TARDIS estudiando mi cultura y la tuya.
— ¿Y las 4022 personas? —se atrevió a preguntar Rose sin dejarse envolver por el amor que sentía venir en oleadas desde el Doctor.
—Encontraremos la manera también—prometió el Doctor
Rose sonrió y abrazó al Doctor, aun tenía mucho por discutir, pero prefería dejarlo pasar y vivir el momento. Luego tendrían mucho tiempo para discutir sus diferencias.
— ¿Noches, Doctor? —preguntó la joven confundida en cuanto procesó las palabras anteriores.
—Si, bueno, los días son para vivir aventuras, derrocar dictadores y disfrutar de la infinidad de planetas que tiene este universo. ¿O prefieres estar en la TARDIS?
—Oh, Doctor—cierto recelo aun impedía lo que Rose estaba deseando hacer, quería brincar hacia los brazos del Doctor y celebrar que, finalmente, volverían a la normalidad.
—Pero, primero lo primero, debes entender esto, debes comprender lo que voy a enseñarte y prometer que no te alejaras demasiado.
Rose perdió contra sus deseos, cerró la distancia que les separaba y unió sus labios con frenesí. ¡Finalmente viajarían de nuevo! El Doctor sonrió mientras devolvía el beso, disfrutando de la alegría de Rose. Momentos así eran escasos, secretamente se prometió el hacer sonreír a Rose así cada día de su vida.
—Hora de explorar un poco—susurró en cuanto se separaron.
Rose chilló de alegría y corrió hacia la puertas apenas deteniéndose para abrirlas, lista para sentir su dosis de emoción, aquel dulce apretón en su estomago, la incertidumbre de descubrir nuevos lugares, el deseo de aventura y peligro y…
—Doctor, aterrizamos en el medioevo—gruñó Rose regresando a la TARDIS ni bien había dado dos pasos en el exterior.
El Doctor soltó una risita, una risita masculina, muchas gracias. Rose formaba un divertido puchero mientras su naturaleza curiosa la hacía espiar las calles húmedas y malolientes desde la seguridad de la TARDIS.
—Bienvenida a Besboolag, Rose Tyler—explicó mientras tomaba la mano de la joven y la guiaba fuera de la seguridad de la TARDIS. Cerró la puerta con la mano libre e inspiró profundamente para calmarse. Estarían seguros en este planeta, la especie era telépata y con solo verlos comprenderían la complejidad de la relación que mantenía con Rose y evitarían separarlos. El rey del planeta había emitido un edicto que hacía del Doctor caballero del reino. Nadie osaría atacarlo.
—Al fin, un nombre pronunciable.
—Es un planeta muy parecido a la Tierra, días de 22 horas, gravedad estándar, los años duran 105 días, la temperatura es agradable y estable a lo largo del año y el clima es ligeramente húmedo, no tanto como una zona tropical en la Tierra. Posee 4 millones de habitantes y antes que lo preguntes… han desarrollado el vuelo hiperespacial.
— ¿Y no han desarrollado el baño y sus ventajas? —cuestionó Rose frunciendo la nariz al ver un pozo de burbujeante agua negra.
—Decidieron vivir en esta etapa, usan la tecnología para lo mínimo, medicina y comercio con otros mundos.
— ¿Por qué?
—Sencillez y sentimentalismo. Esta época es la más sencilla y romántica de todas. Los besboolagsianos vivieron todas las etapas de desarrollo sanas de una especie que ha evolucionado hasta la tecnología hiperespacial y decidieron, de mutuo consenso, votaciones libres y democráticas, regresar a esta época.
— ¿Democracia en un reino?
—La fusión perfecta entre la libertad de la democracia y la estabilidad y firmeza de un reino, Rose.
—Pero, ¿Por qué alguien escogería regresar a la época medieval?
—Redujeron la contaminación casi en un 60%, la medicina permite una esperanza de vida más larga, el trabajo duro hace felices a las personas de este planeta. Se sienten orgullosas de cosechar lo que consumen, de crear lo que visten.
—Suena a una utopía—murmuró Rose cerrando los ojos. A lo lejos sonaba una flauta y los niños reían mientras ejecutaban una danza casi tribal.
—Casi, pero no todo es perfecto. Al escoger vivir en una sociedad medieval los habitantes también escogieron los problemas de una.
Rose caminó junto al Doctor durante lo que le parecieron horas, escuchándole hablar sobre las ventajas de la sociedad besboolagsiana, su estable economía, sus costumbres y demás.
—Entonces estamos en la capital, la ciudad de Agium—repitió Rose mientras el Doctor la guiaba hacia una taberna cercana.
—Sip.
— ¿Y vamos a ver a tu amigo, el Rey?
—Y luego a su consejero.
—Debí pensar que contigo la terapia de pareja sería a lo grande—susurró Rose tomando asiento en una mesa libre.
La taberna se encontraba abarrotada de hombres barbudos y mujeres alegres y risueñas. En una esquina una banda tocaba lo que sonaba como música celta y las mesas estaban ocupadas por besboolagsianos y visitantes de otros mundos por igual. Era un contraste extraño.
—Parecen casi humanos—afirmó Rose.
—Descienden de los humanos, pero han evolucionado, ¿Ves esa cresta en sus narices? Les permite un mejor sentido del olfato y deja espacio en su cerebro para desarrollar habilidades telepáticas. También es un punto débil en su anatomía.
—Buenas tardes, bienvenidos a la Taberna del Tuerto, la mejor taberna de todo Agium, soy Piers Denis, su mesero—saludó un besboolagsiano con cortesía.
—Buenas tardes—respondió el Doctor inclinando levemente la cabeza, Rose le imitó—.Mi pareja y yo consumiremos el especial del día.
El mesero inclinó la cabeza y se dirigió a la cocina.
— ¿No deseo saber cual es el especial? —preguntó Rose con sospecha.
—No, solo saborearlo—contestó el Doctor con un guiño.
En unos minutos Rose y el Doctor encontraron frente a ellos dos platos rebosantes de lo que parecían ser papas, salsa y salchichas demasiado grandes para ser consideradas como tales. Rose sonrió y atacó su plato sin mucha ceremonia, todo sabía riquísimo y no pretendía perderse la experiencia.
—Vas a coger una indigestión si sigues comiendo así—bromeó el Doctor llevando una salchicha a su boca.
—mugcho tiempog sig comeg fuega.
—Entonces pediré algo más—a una seña del Doctor el mesero regresó.
— ¿Se les ofrece algo más?
—Una botella del mejor vino de especias que puedas tener.
—Enseguida señor.
A los pocos minutos Piers regresó cargando con una vieja botella cubierta de polvo y telarañas y unos vasos enormes, similares a jarras de cerveza, que parecían hechos de hielo tallado. Posó los vasos delante de Rose y el Doctor, abrió la botella con una floritura y, tras ejecutar una extraña danza, repartió el contenido entre los dos vasos.
—Disfrútenlo.
—Gracias.
Rose ojeó su vaso con cautela, dentro el líquido ambarino se mezclaba lentamente con el agua del hielo que iba derritiéndose a su alrededor.
—No dejes que se derrita mucho, Rose, este vino es mejor probarlo en su mayor concentración. Claro que, el dejar que se mezcle con agua es a gusto personal. Por eso se sirve en estos vasos, eso y que el vino pierde sus propiedades y calidad al estar en contacto con el aire, así que debe de tomarse rápido—el Doctor tomó su vaso y, sin despegar los labios ni detenerse a respirar, vació su contenido.
— ¿Estás tratando de embriagarme? —bromeó Rose sonriendo como siempre, su lengua asomándose entre sus dientes.
—Nunca sería esa mi intención.
Rose alzó el brazo en una mímica a un brindis a nombre del Doctor y bebió todo de un trago. La bebida estaba fresca, con un ligero sabor a canela y jengibre, ligeramente espesa debido al agua que ya estaba empezando a mezclarse. El sabor era único y dejaba una agradable sensación de hormigueo en el cerebro.
—Wow, esto supera al hipervodka—jadeó Rose al dejar el vaso vacío sobre la mesa.
—Me alegra que te guste, sin embargo, no pediré otra botella, sino se cumplirá mi cometido de embriagarla, señorita Tyler.
—De ninguna manera se lo permitiría, Sir Doctor.
Tras pagar, ambos abandonaron la taberna riendo y bromeando todo el camino hacia el castillo. Éste se alzaba en el centro de la ciudad, la viva imagen de guardia y vigía de la tranquilidad y seguridad de sus ciudadanos.
—Es enorme—musitó Rose al llegar a las puertas de hierro del castillo.
Inmediatamente salieron a su encuentro una decena de guardias fuertemente armados. Rose no se inmutó demasiado y casi rió al verlos detenerse en seco y saludar al Doctor con sendas reverencias.
—Les he dicho que dejen de hacer eso miles de veces—masculló el gallifreyano mientras el mismísimo capitán de la guardia real, un viejo amigo, le escoltaba hacia la corte real.
Les condujo por los jardines reales, rosales gigantes se erigían a ambos lados y tras de estos se encontraban árboles frutales de los que pendían enormes y jugosas frutas multicolores. Los pájaros trinaban y a lo lejos se escuchaba el ladrido de perros de caza y gritos de hombres en entrenamiento para ser caballeros.
—El Rey ha sido informado, Sir Doctor—dijo el capitán de la guardia—. Me atrevo a decir que espera a su viejo amigo con ansias.
— ¡Ey! Menos viejo y más joven—protestó el Doctor ajustando su corbata—.Gracias Augustus. Da mis saludos a tu señora, dile que puede que esta noche me pase a cenar por vuestra casa.
Rose carraspeó un "grosero" ante la auto-invitación del Doctor, mas sin embargo el capitán de la guardia, un hombre alto, fornido y de ojos de un penetrante azul marino sonrió como un niño en navidad.
—Estará encantada, nos diste la bendición de una familia numerosa. Mi hijo mayor pronto será caballero del Rey—anunció con orgullo—.Me atrevo a decir que tu no has perdido el tiempo, Sir Doctor, tu mujer es tan hermosa como los cielos de invierno de este hermoso planeta. Me temo que he perdido mis modales, no me he presentado bien ante ella.
Rose se ruborizó y tomó la mano del Doctor con algo más de fuerza. El capitán la miraba con intensidad, como si mirase a través de ella, se sentía en la mira de un escáner, como si su mente estuviera abierta a ese hombre afable pero extraño. Pronto comprendió que era víctima de una observación telepática y alzó sus escudos de manera repentina.
El capitán trastabilló y llevó sus manos a su cabeza. El Doctor soltó a Rose y se apresuró a ayudarlo a mantener el equilibrio.
—Lo siento, Rose es nueva con esto, ella, no es de mi especie, no conoce las costumbres de las especies telépatas. No sabe como reaccionar a un saludo de ese tipo.
Un fuerte rubor cubrió las mejillas de Rose. Se sentía muy apenada y las palabras del Doctor sólo alimentaron la vergüenza y la rabia en su interior.
—Lo siento—susurró.
—Está bien, fue mi culpa al asumir… Tienes una mente poderosa, Rose Tyler.
Las puertas de madera gigantes ubicadas al fondo de la sala se abrieron de golpe. Augustus se apresuró a hacer una reverencia y Rose y el Doctor le imitaron.
—Un viejo amigo del reino no debe nunca reverenciarme—dijo una afable voz. Rose alzó la mirada para encontrarse con un hombre ciertamente joven para ser rey. La corona de oro se notaba enorme en su cabeza cubierta de desordenados cabellos negros y sus ojos dorados les miraban divertidos. Rose se preparó para otra presentación telepática.
Esta vez fue mucho más suave. El rey simplemente se detuvo en los inicios de su mente, recolectando la información necesaria y nada más.
—Encantado, Rose Tyler, Lobo Malo, compañera del Doctor—saludó el Rey.
—Es un placer Daedalus, Rey de Besboolag, heredero al trono por la línea de sangre de la gran familia Zachaire—se encontró respondiendo Rose, al parecer no sólo se habían presentado de manera telepática, sino que, el mismísimo Rey le había enseñado algo de etiqueta real.
—Maravilloso, Doctor, no sabes lo mucho que me alegra tu visita—canturreó el Rey abrazando efusivamente al Doctor. El capitán se retiró silenciosamente—.Aunque, mucho me temo que tus razones son más que una simple visita de etiqueta.
El Doctor asintió y tomó la mano de Rose con algo más de fuerza.
—Si has ingresado a mi mente has visto la naturaleza compleja de la relación que mantengo con Rose—el Rey asintió—.Pido tu ayuda y la de tu consejero para que nos guíen hacia un mejor entendimiento.
—Khalid Alrazi estará encantado de ayudar, de eso no tengo la menor duda—aceptó el Rey girándose para guiarlos hacia la sala principal.
Rose se distrajo con la pomposidad y belleza del lugar. Las paredes se encontraban recubiertas de pinturas de hermosos paisajes y el techo representaba el cielo nocturno. Las columnas eran de mármol y el suelo de madera pulida. El trono era de oro y estaba adornado con piedras preciosas a su alrededor, los cojines de terciopelo azul resaltaban a la vista.
Cuando ingresaron un anciano afable fue a su encuentro. Rose le reconoció como Khalid y por primera vez se sintió algo más cómoda al dar un saludo telepático.
—Sabes que debes hacer, amigo—sonrió el Rey hacia el anciano—.Espero que terminen para la hora de la cena, Doctor. Daré un banquete en tu honor. La última vez huiste en esa temperamental cabina azul tuya.
—No es necesario. Cenaré con la familia de Augustus—farfulló el Doctor casi formando un puchero.
—Insisto.
Rose ahogó una risita al ver al Doctor sonrojarse y aceptar, quizás por primera vez, el agradecimiento de una de las tantas miles de personas que había salvado a lo largo de sus mas de 900 años.
—Por favor, síganme—indicó el anciano consejero.
Rose y el Doctor le siguieron hasta un cuarto contiguo. Los muebles eran de madera caoba y las paredes se encontraban recubiertas por estanterías rebosantes de libros. El Doctor contuvo su curiosidad y tomó asiento en una de las tres sillas libres que Khalid había dispuesto en círculo nada más entrar.
—No pude evitar notar lo conflictivo de vuestra relación—admitió el anciano—.Así que me gustaría tratarlos por separado.
El Doctor tensó los hombros al instante.
—Sólo confirmas mis hipótesis, Doctor, lo siento, pero sólo podré ayudarlos de esa manera.
—En mi planeta, la terapia de pareja empieza de esa manera, Doctor, entrevistas personales y luego se da la entrevista de pareja—explicó Rose tratando de aligerar la tensión.
— ¿Es así como lo vez? ¿Terapia de pareja? —el Doctor sonaba algo ofendido.
Rose soltó su mano y se puso en pie.
—Creo que debería empezar con él—masculló con dureza hacia el consejero mientras enviaba una disculpa telepática por su tono, el anciano inclinó la cabeza para dar a entender que comprendía la situación y aceptaba las disculpas de Rose—.Estaré fuera, y no, no me alejaré—bufó hacia el Doctor.
Rose cerró la puerta y apoyó la frente sobre la fresca superficie. Necesitaba descansar, su cabeza pulsaba ligeramente debido al esfuerzo de mantener sus escudos y saludar de manera adecuada a las normas de cortesía telepáticas.
Repentinamente, una mano enguantada en metal y cuero se cerró sobre su boca impidiéndole gritar.
En el capítulo siguiente:
— ¡Quiero saber dónde esta Rose, y lo quiero saber ahora, Augustus!
—Mis hombres están haciendo lo posible, Doctor—se excusó el capitán enjugando el sudor de su frente con una mano enguantada. No era agradable tener al Doctor gritando en físico y en su mente al mismo tiempo.
—Si alguien la lastima, si tocan un solo cabello de Rose, te haré el único responsable, Daedalus. Y sabes como lidio con los responsables—siseó el Doctor en el rostro del Rey.
