Disclaimer: Doctor Who no me pertenece, si lo hiciera Rose aun viajaría con él. No gano nada con este fic mas que calmar mis feels. Disfruten.

N/A: Algo muy gracioso ocurrió con este capitulo, estaba completo, listo para ser editado y subido cuando... Mi celular decidió morir, perdí todos los capítulos de todos mis fics. Así que he tenido que escribirlos de nuevo.

Advertencias: DarkDoctor, temas delicados, lean con discreción.

Capítulo 13

Rescate y venganza

Los ojos el Doctor recorrían frenéticos cada pasillo mostrado por el mapa, cada esquina, cada pared que estaba y no estaba en la actualidad. Los segundos transcurrían con infinita lentitud en su mente, dando mas tiempo a su cerebro para procesar las diferencias. Rose no tenía tiempo, faltaban sólo minutos, si lograba conseguir el escondrijo de sus captores, nada le aseguraba llegar allí con tiempo suficiente para salvarla.

Rose moriría y sería su culpa.

Le preocupaba también no sentirla, ¿Acaso estaba protegiéndole? No, no debía hacer eso, él no merecía su preocupación, su cariño, por su culpa estaba pasando por ese calvario.

Si tan solo le permitiera ayudarla a sobrellevar el infierno que seguramente estaba viviendo.

—¡Lo tengo!—exclamó al notar una puerta que lucía como una pared en la estructura actual del castillo. Justo detrás del trono. Se levantó como empujado por un resorte y corrió hacia el mural que decoraba dicha pared—.Esto debe tener un mecanismo de apertura en alguna parte—rugió para si mismo, evaluando la superficie para dar con identaciones muy bien camufladas.

—Detrás de esa pared no hay nada, Doctor.

—Espero por tu bien que hables desde la ignorancia, Daedalus—susurró el Doctor presionando los dedos sobre unas marcas de pintura aparentemente sencillas.

La pared tembló y el gemido de poleas y engranes llenó la sala. Polvo se alzó sobre los presentes mientras la pared se deslizaba penosamente por su carril. El Doctor no esperó más y deslizó su esbelto y delgado cuerpo en cuanto el espacio fue suficiente para hacerlo. Augustus y Daedalus hicieron señas a la guardia para que le siguieran. Sin embargo, se les hizo necesario esperar hasta que la pared estuvo completamente abierta.

—Mi Rey, si llega primero al calabozo, mucho me temo que no encontraremos a los culpables con vida—siseó Augustus manteniendo el paso junto al Rey.

—No conoces del todo al Doctor si crees eso, amigo.

—¿Quién puede afirmar que lo conoce completamente?

—Nadie, pero de algo estoy seguro, a los culpables les espera algo mucho peor que la muerte—sentenció el Rey con solemnidad.

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Un destello de luz blanca y un chasquido distrajeron a Mordecai y a Bacalarius, quienes, olvidando a Rose, se acercaron a la puerta del calabozo con cautela.

—Creí que me habías dicho que nadie conocía este lugar—susurró Mordecai con furia.

—Calla, nadie lo conoce—aseguró Bacalarius.

Rose alzó la cabeza, sus sentidos se encontraban nublados, agotados, pero aquel destello le parecía familiar, y si algo había aprendido junto al Doctor, era a no perder la esperanza. Con disimulo olfateó el aire circundante. Olía a sudor y sangre, pero allí, casi imperceptible, se encontraba un olor metálico casi indistinguible, y revelador.

Alguien había usado un Transmat o, en el mejor de los casos, un manipulador del vórtice. Ella sólo conocía a una persona que tenía uno en su poder, y esa, era su única esperanza.

—¡Jack!—gritó con el poco aire que sus maltratadas costillas permitieron inhalar.

—¡Calla! Estúpida—Mordecai impactó su puño en el pómulo izquierdo de Rose. Quien, sintió como su magullado cerebro bailaba de lado a lado dentro de su cráneo.

La oscuridad empañó la vista de Rose, y ella, por vez primera comprendió que la oscuridad no sólo era la falta de luz visible, sino también la falta de esa luz interior que poseía cada ser vivo en su alma. Era como si una mano oscura como el azabache estrujara la mitad de su ser, como si arrancara lenta y cruelmente esa parte de ella que se había unido irrevocablemente a su espíritu años atrás.

Rose gimoteó, la sensación era mil veces peor a la que había experimentado en aquella playa caribeña, millones de veces peor a la que había estado experimentando minutos antes. La soledad de su mente empezaba a ser abrumadora. La sensación de indefensión, insoportable. Le costó cada gramo de voluntad no buscar al Doctor, no pedir su consuelo. No podía hacerle eso. Por suerte, un punto de distracción la sacó de su miseria, por unos segundos, los suficientes para recomponerse. La puerta de la celda se abrió de golpe, impactando en la nariz de Bacalarius.

—Yo la dejaría tranquila si fuera ustedes, chicos—aconsejó una voz con acento estadounidense. Rose casi podía oír la sonrisa coqueta que ocultaba la rabia que sentía su antiguo amigo. Si, casi podía sentirlo temblar al verla en ese estado.

— ¿Quién demonios eres tu?—bramó Mordecai.

—Alguien a quien deberían rogar por una muerte rápida—Jack les amenazó con un enorme rifle—.Yo lo pensaría mejor si fuera ustedes chicos—colocó el dedo en el gatillo y ajustó la culata sobre su hombro—.Este bebé es mucho más rápido que sus espadas, sueltenlas y arrodíllense en ese rincon—indicó.

Bacalarius y Mordecai gruñeron, se miraron entre si y, de mutuo acuerdo,se avalanzaron sobre el Capitán, con las espadas alzadas, dispuestos a matarle. Jack rodó los ojos y disparó, el rayo de luz impactó en ambos hombres, quienes cayeron al suelo, inconscientes.

—Olvide decirles que no tenía energía suficiente—explicó antes de soltar el rifle e ir hacia Rose. Con cuidado desató a su vieja amiga, su rostro se contrajo en una mueca de dolor compartido cuando la alzó en brazos—.Vamos, Rosie Ro, debes despertar.

Rose se acurrucó contra su pecho, gimiendo quedamente en una mezcla de alivio y pena casi extrema.

—Rose, ¿Qué sucede? te he visto soportar más que esto, eres una chica fuerte.

Jack tomó asiento en la esquina más alejada de la celda, apoyó a Rose contra su pecho y la escaneó con la aplicación médica del manipulador del vórtice.

—No es algo tan malo—concluyó con alegría—.Aunque estas lecturas, no entiendo estas lecturas, Rose—abrió los ojos alarmados cuando el entendimiento llegó a su cabeza—.Rose, dime que el Doctor esta cerca.

Rose caía cada vez más en lo profundo de su mente, en aquel cómodo lugar en el que no tenía que extrañar al Doctor y en el que podía quedarse para siempre.O hasta que su cuerpo se rindiera ante la avalancha química con la que estaba siendo bombardeado.

—¡Doctor! Maldita sea, ¿Tienen que hacerlo todo tan complicado? ¡Doctor!—Jack apoyó su frente sobre la de Rose, tratando de usar su telepatía de bajo nivel para mantener la esencia de Rose a flote.

Rose apartó la sensación de una mosca posándose en su frente con la mano, no era la conciencia que necesitaba en esos momentos y, aunque añorada, no volvería a la realidad por ella.

Fue entonces cuando una voz infantil, más débil que la conciencia de Jack entró en juego. Era una llama de luz pura, algo apagada por la sensación de miedo. Rose la miró con curiosidad. ¿Acaso su conciencia había sido invadida de nuevo? La luz parecía muy tímida, nerviosa de hacer algo al respecto. Tal como Rose se había sentido cuando era una niña y debía despertar a su mamá en medio de la noche por una pesadilla.

Era una conciencia infantil que parecía susurrar:

"Mami, sálvame"

Los ojos de Rose se abrieron de par en par ante la voz infantil que había hablado en su mente, ¿Lo había imaginado? ¿Qué estaba ocurriendo?

—¡Rose! mi Rose—el Doctor ingresó a la celda y prácticamente arrancó el cuerpo de Rose de los brazos de Jack. Sus dedos temblorosos buscaron las sienes de Rose y su frente hizo contacto con la de ella, necesitaba utilizar todos los puntos psi si quería tener alguna posibilidad de salvarla.

"Rose, regresa a mi"

"Hay una voz que..."

"Rose, estas confundida, regresa a mi y lo solucionaremos, necesito que estés un poco más consciente para reforzar el vínculo, estás demasiado profundo en tu mente"

Rose se permitió el ser envuelta por la presencia dorada del Doctor, y dejó que está la distrajera lo suficiente como para olvidar la, ya imperceptible, presencia infantil. Era como olvidar a las amistades conformadas en un viaje cuando regresas a casa, era duro pero, terriblemente fácil.

"Eso es, el resto del viaje debes hacerlo sola, estaré esperándote" prometió el Doctor antes de desaparecer de su mente.

Rose jadeó ante la repentina soledad, deseaba permanecer al lado del Doctor, en su mente, no en el mundo real. Pero él había dicho que estaba esperándola, y él la necesitaba ahí, a su lado, necesitaba regresar para poder salvar el planeta de su ira. con un esfuerzo titánico, Rose empezó a ser consciente, poco a poco de los seguros brazos que rodeaban su dolorido cuerpo físico, del sudor frío del Doctor, de sus lágrimas y sus palabras.

—Regresa a mi por favor, regresa, Rose—Jack cerró los ojos, no pudiendo soportar la expresión de absoluta pena que dominaba el rostro de su amigo.

—Doctor...—intervino Jack—.Rose, ella...

—No es tarde, no lo es, se que no lo es, ¡No te atrevas a decir que es tarde, Jack! —bramó el Doctor antes de tomar asiento junto a Rose. En su desesperación, apenas y había registrado la presencia del inmortal. Con delicadeza alzó su cabeza hasta dejarla descansar en su regazo. Hizo un esfuerzo monumental por ignorar las heridas que aún estaban abiertas, Jack habia sellado algunas, pero otras requerirían un trabajo más elaborado. Necesitaba estar calmado para poder reforzar el vínculo. Rose había logrado salir de las profundidades de su mente, pero aun estaba inconsciente.

—No iba a decir que es tarde, ella está...

—Augustus, sácalos de aqui, sácalos de mi vista—siseó el Doctor, no pudiendo soportar distracción alguna.

—Si, señor—Augustus hizo un gesto y la guardia real esposó a Bacalarius y a Mordecai. Tomaron a Jack por los brazos y forcejearon con ellos para sacarlos fuera del calabozo, Jack aún intentaba comunicarse con el Doctor.

El Doctor inspiró profundamente, encerrando sus salvajes emociones bajo siete llaves y candados. No era momento de preocuparse por terceros. Era momento de ocuparse de Rose.

—Tranquila, haré que todo termine—con cuidado posó sus dedos sobre las sienes de Rose, no era momento de formar un vínculo permanente, no con Rose inconsciente. Sin embargo ese sería su siguiente movimiento, cuando Rose se recuperara, la cortejaría según las antiguas tradiciones gallifreyanas, y sólo cuando ella le aceptara, forjarían el vínculo.

Cada gramo de calidez y amor que esos futuros planes instalaron en el pecho del Doctor, éste los pasó a Rose, remendando con lentitud la cercenada franja azul que representaba su vínculo temporal moribundo. Con tiempo y esfuerzo, el vínculo finalmente brilló con un saludable tono dorado. Los dientes del Doctor rechinaban en un intento por controlar su rabia, había evidencia de un ataque psíquico en la mente de Rose.

Aquello era un crimen que se encargaría de castigar. Y tenía en mente la prisión perfecta para sus perpetradores, pensó con amargura.

El murmullo de la mente de Rose al volver a la consciencia le sacó de sus cavilaciones. Se concentró enseguida en animarla con suaves caricias mentales.

"Eso es, Rose, ¿No fue tan malo, no? justo a tiempo, asi soy." arrulló con suavidad, tratando de calmar la cada vez más ansiosa psique de Rose.

"Doctor, por favor, sálvalo." rogó la joven regresando, por fin, a la conciencia plena. Necesitaba comunicar al Doctor lo que había descubierto. ¡Había sido tan tonta! ¡Todos los síntomas habían estado presentes! ¿Acaso perdería esa parte de él también?

"¡Rose! Oh Rose, ya estas a salvo, estás conmigo, verás que pronto te tendré de nuevo saltando por tu vida, ¿Recuerdas? ¿Saltando por nuestras vidas? Debemos volver a ese planeta, pero unos cuantos siglos en el futuro, ya para ese entonces esos "Conejos sobrecrecidos" deberían haber olvidado nuestra ofensa. Eso si, no son conejos, son..." continuó el Doctor, haciendo un esfuerzo por calmar, y sacar una sonrisa, a Rose. Esa era su prioridad, distraerla de las profundas lesiones mentales que habían dejado sus atacantes.

"No Doctor, no a mi, a..." la voz de Rose había adquirido un tono angustiado al interrumpir el parloteo del Doctor.

"No, no, no, Rose" interrumpió el Doctor con tono condescendiente, "Se lo mucho que odias la enfermería, pero es necesario, serán sólo unos minutos y estarás como nueva, incluso, si, lo haré mas fácil para ti, vamos, hora de dormir"

Rose luchó con todas sus fuerzas contra la pesada somnolencia que el Doctor parecía empecinado en vertir en su mente. ¿Cómo podía ser tan obtuso?

"Rose, será mucho más fácil si sólo te duermes", reprendió gentilmente el Doctor.

"Doctor, no" Rose regresó de nuevo a la inconsciencia, pateándose, y al Doctor, por sucumbir antes sus habilidades.

"Eso fue grosero, Rose Tyler, pero no esperaba menos" el Doctor descansó su frente sobre la de Rose, permitiendose unos segundos de calma antes de llevarla de regreso a la TARDIS. Sin embargo, un murmullo le sacó de su descanso.

"¿Papi?" inquirió una suave voz infantil. El Doctor frunció el ceño. La psique de Rose seguramente estaba muy afectada por los ataques como para confundirle con su padre, principalmente porque, ¡Los humanos no son telépatas! Bueno, era Rose de quien estaban hablando, seguramente su mente solo estaba sufriendo una ligera regresión.

"¿Despierta de nuevo?" chistó el Doctor, "Rose, harías todo más sencillo si sólo...

"Papi, sálvame" miedo en su más profunda esencia llenó la mente del Doctor.

"No soy tu padre, Rose, y ya estás a salvo"

"Aun no estoy listo" lloriqueó la voz mental "Aun no puedo" el miedo crecía exponencialmente conforme pasaban los segundos, y ahora se le sumaba una gran sensación de incapacidad.

¿Rose temía a la forja de un vínculo permanente y por eso llamaba a su padre? ¿Tan atroz era su temor?

"No debo salir, por favor"

"¿Salir? ¿Salir de dónde?..."

La respuesta se presentó en forma de imagen y sonido. Oscuridad, calidez, latidos y sonidos de un sistema circulatorio delicado y primitivo apagados por un entorno líquido. El Doctor frunció el ceño en cuanto algunas emociones empezaron a filtrarse y a opacar el miedo, vulnerabilidad, confianza ciega, amor, reconocimiento.

No tardo en sumar dos más dos.

—¡¿Qué?!—exclamó rompiendo la conexión. Su bypass respiratorio estaba activado, y aún así, respiraba con dificultad, casi jadeando. Eso lo explicaba todo, eso explicaba porque Rose había logrado resistir la ruptura del vínculo por esos minutos extras, había luchado como toda una madre por la integridad de su hijo.

Su hijo.

¡Rose estaba embarazada!

¡Era un niño!

¡Era una cuarta parte gallifreyano y aún así tenia telepatía!

¡Brillante!

El alborozo del Doctor se interrumpió al ver la sangre que manchaba la entrepierna de Rose.

—No, no, no. No lo permitiré.

Con firmeza, pero con cuidado, el Doctor alzó a Rose en brazos. Necesitaba llevarla a la TARDIS para detener el aborto. Necesitaba una cámara de éxtasis para ella y un Telar para el pequeño en caso de no poder detener el proceso. Su ya de por si, veloz mente, catalogaba cada equipo que necesitaría, cada posible complicación y su respectiva solución.

—¡Doctor! —Daedalus se acercó trotando al Doctor nada más verle cruzar la Sala del Trono.

—Necesito un carruaje, necesito llegar a mi nave. Rose... ella, esta embarazada, y lo esta perdiendo...—pidió el Doctor sin dejar de caminar hacia la salida.

—Las calles están muy congestionadas, Doctor, déjala al cuidado de las matronas del castillo, llegaras mucho más rápido si vas solo, y a pie—aconsejó el Rey.

—No pienso dejarla al cuidado de medicina antigua—rugió el Doctor deteniendose sólo para mirar fijamente a Daedalus.

—Doctor...—la débil voz de Rose distrajo al Doctor, quien, en unos segundos, estaba perdido en los orbes dorados que le miraban—.Daedalus tiene razón, déjame al cuidado de sus matronas, sólo así tendrá alguna posibilidad—en ese instante, una contracción hizo acto de presencia, Rose apretó los dientes y siseó, arqueando el cuerpo.

—Rose...

—Doctor. No. Busca la TARDIS, traela aquí—exigió Rose, con la fuerza y convicción, que sólo una madre, y una Tyler, podían tener.

El Doctor pasó a Rose a los brazos de Daedalus, aún estaba indeciso, pero eso no le impidió advertir al Rey con la mirada, una expresión que prometía el infierno, si algo, le llegaba a pasar a Rose en su ausencia.

Daedalus no perdió el tiempo, llevó a Rose a la habitación más cercana, mientras ladraba ordenes por los pasillos, exigiendo a su guardia, que buscaran a mejores matronas del castillo.

Cuando el Doctor logró materializar la TARDIS en la habitación (su fiel nave había hecho todo lo posible por ubicar a Rose y aterrizar justo frente a su cama) se encontró con un espectáculo grotesco. Sangre manchaba las sábanas de seda y las manos de la matrona principal. Sólo su sentido de la objetividad le permitió ignorar la escena e instalar los equipos necesarios junto a la TARDIS. Necesitaban estar conectados a la nave para poder funcionar.

—Rose, ¿Cómo va todo?—inquirió tomando asiento junto a Rose.

—¿Cómo crees que va?—saltó Rose con los dientes apretados. Hombres, alienígenas o no, todos eran iguales.

—No voy a dejarte—prometió el Doctor entrelazando sus dedos con los de Rose. Hizo todo lo posible por no mirar las malheridas muñecas y los cortes que aún sangraban, ¿Cuánta sangre había perdido su humana?

—No sabes cuanto deseo culparte por esto—confesó Rose pujando con la siguiente contracción. Era mucho más sencillo concentrarse en eso, una conversación banal con el Doctor, algunos chistes y bromas, era mucho mejor que pensar en el estado de su cuerpo, en si sobreviviría, en que sería del pequeño.

—Es enteramente mi culpa—suspiró el Doctor.

—No lo es, no colocaste el material—Rose sonrió al ver el sonrojo del Doctor—.Eres tan virginal—susurró, las fuerzas estaban abandonando repentinamente su cuerpo, como un globo que se desinfla sin control.

—No puedo contestar a eso—dijo enigmático para luego agregar: —.Rose, tu puedes, ¿Ves esos equipos?—señaló con la voz rota, sus sentidos estaban empeñados en mostrarle lo que sus corazones se negaban a creer, Rose se le escapaba como agua entre los dedos a cada segundo—.Me permitirán salvarlo, es un niño, Rose, un niño maravilloso.

—Es bueno saberlo—suspiró Rose con los ojos cerrados. Podía sentir como su cuerpo iba apagándose lentamente, como la vida escapaba a cada latido de su corazón—.Sálvalo.

—Rose, no te atrevas a rendirte, fui padre alguna vez, pero mis habilidades están oxidadas. Te necesito a mi lado.

Rose iba a responder cuando la matrona ordenó:

—Puja cariño, vamos, una más.

Y en esa última contracción, Rose confió lo último de sus energías, el Doctor se quedaría sin respuesta. Destino cruel, universo cruel, era un bebé cuyo padre había muerto, y ahora que tenía una posibilidad de una familia, de un hogar, lo perdía todo antes de nacer.

Para esos momentos, el Doctor había perdido toda sensibilidad en su mano, pero por nada del mundo soltaría la de Rose, no, ese apretón le recordaba que estaba viva, que aún lo estaba, y que lo estaría si de él dependía.

—Lo haces bien, cariño, vamos.

Con un último grito, Rose pujo con todas sus fuerzas. La matrona jefe tomó al pequeño recién nacido en brazos, y apenas tuvo tiempo para negar al notarlo inmóvil y tan pequeño, cuando el Doctor lo arrancó de sus manos y lo llevó hacia el extraño tanque que había instalado en la esquina de la habitación. Para ella, esos chismes tecnológicos no servían de mucho, pero le habían enseñado a respetar las costumbres de los visitantes extranjeros.

—¿Mi bebé? ¿Doctor? —preguntó Rose con frenesí, con la voz tan rota como su cuerpo, necesitaba tenerlos cerca, despedirse. Con debilidad, trató de incorporarse.

La matrona y sus ayudantes la detuvieron, no era momento de estresar aún más el cuerpo de la madre.

—Necesitamos terminar, aún no has expulsado... No—la matrona en jefe palideció al notar la cantidad de sangre que empapaba el colchón, había visto los suficientes casos como para saber que, esta ocasión, era una de esas.

La madre no sobreviviría al aborto.

Aún con ese inevitable destino, la matrona puso manos a la obra, luchando por contener la hemorragia que amenazaba con arrancarle a su paciente de las manos.

Ajeno al ajetreo que se desarrollaba a sus espaldas, el Doctor instalaba con mano segura, y experimentada, al pequeño feto en el Telar, no era un procedimiento común en Gallifrey, normalmente el embrión se creaba y crecía dentro del Telar, pero eso no era una complicación, no para él.

—Ahí estas, calentito y a las condiciones ideales para tu desarrollo—arrulló el Doctor al tanque—.Sólo unos meses más, estoy seguro que tu madre humana te querrá para el término de sus nueve meses, humanos, fantástica especie que...—el Doctor alzó la cabeza al notar un cambio en el ambiente de la habitación, la matrona y sus ayudantes guardaban silencio—¿Qué sucede? ¿Qué? ¡Rose!

El cuerpo que yacía, pálido y sin vida sobre la cama no podía ser Rose, no podía serlo. Cada latido de sus corazones retumbaba en sus oídos, un dolor lacerante partía su cabeza a la mitad, y sin embargo, se sentía adormecido, aquello no podía ser real.

Sólo había soltado su mano unos segundos, los suficientes para instalar al feto en el Telar.

Él era el responsable, él le había obligado a soltar a Rose, si no lo hubiera hecho, si hubiera estado sólo al pendiente de Rose, ella seguiría viva. Sus sentidos le habrían advertido que todo estaba a punto de irse por el precipicio.

Un niño que ni siquiera era suyo, había entregado la vida de la mujer que amaba, por un niño que no era suyo.

La matrona y sus ayudantes se encogieron ante la dura expresión que invadió los ojos del Doctor. La experiencia les decía que en estos casos, pocos pero se daban, un esposo inestable tendía a culpar al bebé, a rechazarlo incluso.

La expresión del Doctor estaba muy por encima de eso. Con lentitud giró hacia el tanque, y avanzó con determinación.

La matrona se adelantó, no confiaba en la tecnología, pero conocía lo suficiente como para entender que dentro de ese aparato, un bebé crecía. No podía permitir que el Doctor acabara con tan inocente criatura. Separó los labios dispuesta a gritar, por ayuda, a los guardias cuando la mano del Doctor se detuvo a escasos centímetros del Telar.

—Jamás lo haría, jamás lastimaría a un bebé—el Doctor rió con amargura—.Soy un ser despreciable, pero jamás pondría mis manos sobre un niño.

Y con esa frase, abandonó la habitación.

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Jack observaba a Mordecai y Bacalarius, casi sentía pena por ellos, casi. Se notaban incómodos al estar obligados a permanecer de rodillas en el duro suelo de piedra del calabozo, si conocía al Doctor, pronto extrañarían hasta esa sensación.

Como si le hubiera llamado mentalmente, el Doctor hizo acto de presencia en el calabozo, la expresión de su rostro era tormentosa. Jack se abstuvo de hacer preguntas, en el fondo de su corazón, sabía la respuesta.

—Doctor, según las leyes de mi planeta, estos reos son tuyos para impartir justicia—explicó Daedalus.

—Un sistema curioso, Jack, en crímenes personales la justicia es impartida por la víctima, siempre dentro de los cánones establecidos por el Rey. En crímenes contra el Estado, es el Rey quien tiene esa facultad. Si no me equivoco, planear tu asesinato y la toma del trono es un crimen contra el Estado—Bacalarius y Mordecai suspiraron aliviados, no deseaban caer en las manos de aquel cuyos poderes, cuya ira, querían explotar.

—Y yo te cedo ese derecho, Doctor—repuso el Rey con solemnidad.

—¡No es justo!—protestó Mordecai.

—Es tu mano,mi Rey, la que debe impartir justicia—repuso Bacalarius con zalamería.

—Dejé de ser tu Rey cuando pasó por tu mente la idea de asesinarme—rugió Daedalus en la cara de Bacalarius—.Y la justicia pasó a su mano en el momento que asesinaron a su pareja de vínculo.

Jack tragó el nudo de su garganta ante la confirmación de su temor más profundo.

—Planeta Prisión Eterna—susurró el Doctor.

—¿Qué? ¿Qué lugar es ese?—chilló Mordecai.

—Un lugar del cual no puedes escapar ni muriendo—explicó Jack con amargura—.Pasas a ser parte de una pared de hielo viva, consciente, de las culpas de todo ser que es encerrado en su interior.

—Eso es, es desproporcionado.

Un musculo en la mandíbula del Doctor tembló, sin embargo, no dirigió su mirada hacia los asesinos de Rose, no confiaba en su autocontrol, podía matarlos en el lugar, podía freírles el cerebro con sólo desearlo.

—Desproporcionados fueron sus crímenes—Jack levantó a ambos por los brazos.

—Le acompañaré, Doctor—sentenció Daedalus.

—No en mi TARDIS, el planeta se encuentra en este sistema.

—Comprendo, alquilaré una de las naves mercantes.

—Muy lento.

—Usaremos mi manipulador del vortice—ofreció Jack.

El Doctor asintió y sujetó la mano de Daedalus, este tomó el brazo de Bacalarius y Jack sujetó a ambos reos con fuerza. El viaje fue incómodo, y sólo las nauseas impidieron que Bacalarius y Mordecai trataran de huir al ver donde habían aparecido.

Una pared de hielo se extendía frente a ellos y llegaba hasta donde sus ojos podían ver, rostros desfigurados por el horror y la eternidad la decoraban aquí y allá, a distancias suficiente como para impedir la comunicación. Una ventisca de frío cortante les rodeaba, enredando las gabardinas del Doctor y Jack en sus piernas. Mordecai y Bacalarius gimieron de horror.

—No, esto es demasiado, por favor, no.

—Rose probablemente les rogó, quizás no en voz alta, quizás nunca lo hizo, y nunca tuvieron compasión por ella, ni por mi hijo no nato, ¿Por qué debo tenerla con ustedes? —el Doctor tomó a Mordecai por la nuca y lo acercó a rastras a la pared.

—Jugosos son sus crímenes—habló el hielo—.Mi sentencia es eterna, ¿Estas seguro, Doctor?

Por toda respuesta, el Doctor aventó a Mordecai contra el hielo, este, lejos de actuar como un sólido, se amoldó a la forma de Mordecai, ajustándolo a su gusto, hasta dejar sólo su rostro expuesto ante sus jueces y verdugos.

—No, por favor, no a mi—lloró Bacalarius.

El Doctor no se molestó en hablar, simplemente tomó a Bacalarius por el cuello y lo estampó de espaldas contra la pared, permitiendo que sus ojos fulminaran los del hombre por unos segundos.

Aquel había sido un pésimo plan, pensó Bacalarius al ver desaparecer al Rey, a Jack y al Doctor entre la nieve y el frío.