Aquí tenéis el segundo capítulo de hoy de compensación por vuestra espera. Sois maravillosos, los que me leéis en la sombra, los que no, todos.

Besitos en los morros, Lyrien


PRESENTE, Casa de campo de los Granger, 2 marzo 2004

No tenía ganas de seguir durmiendo, aunque no sentía los rayos de sol en su rostro. Eso le pareció muy raro, ya que en su habitación de la mansión, solía despertarse con la calidez del astro rey.

Sin embargo, aun sin abrir, pudo oler la desagradable humedad de la habitación, mezclada con un conocido y exquisito aroma. Un cálido cuerpo se abrazaba al suyo, notaba sus huesos a punto de romperse, le dolía todo y le costaba pensar.

Su mente conectó recuerdos a la velocidad de la luz y, de repente, recordó todo. Sintió muchas emociones encontradas, tantas que quiso chillar; pero al comprobar que ella estaba bien, sólo pudo pensar en una obsesiva idea. Tenía que matar a Alan, deshacerse de él lo antes posible.

Trató de levantarse, sin éxito, apenas podía moverse; el dolor de las heridas lo atravesó como un millar de dagas acuchillándolo sin piedad y, para rematar su evidente inmovilidad, era incapaz de ver nada. ¿Qué coño...?

-Um...- se removió incómodo y quiso levantarse, pero el dolor se lo impidió de nuevo.- ¡Joder!-masculló.

Hermione se despertó sobresaltada. Había estado preocupada toda la noche por el chico, atenta a no pegarse mucho a él; porque eso podría haberle abierto las heridas y hacerlo sangrar de nuevo, con las evidentes consecuencias.

-¿Draco? ¿Estás bien?- lo interrogó, más alto de lo necesario.

-Bueno, mi estado no es lo que definiría "estar bien", pero supongo que dentro de lo que cabe se me podría calificar con un...

La chica lo besó impulsivamente, sin dejarlo terminar. Era el chico que más amaba, la única persona con la que se sentía tranquila y segura, a pesar de las dificultades de su extraña relación y las diferencias de bandos, ella daría su vida por aquel rubio lleno de heridas.

Su cuerpo se convulsionó y comenzó a derramar redondas y gruesas lágrimas, sin poder evitarlo. No era solo el alivio que sentía al saberlo vivo, sino el dolor al pensar en sus compañeros, sus mejores amigos que estarían siendo torturados en aquellos momentos. Sabía que ni con todas las lágrimas del mundo podría aliviar su amargura.

-...aprobado.-acabó Draco, cuando vio sus labios liberados. No añadió nada más y la estrechó contra sí, procurando no rozar sus heridas.

Ninguno necesitó decir nada. Se conocían los suficiente como para que sus manos hablaran por ellos y el dolor que sentían, tanto físico como emocional, era inexpresable. Sus pechos estaban llenos de temor por el futuro, un futuro incierto que no sabían cómo enfrentar. Si tan solo pudieran vivir en paz. Eso es imposible, pensaron casi al unísono. Les hubiera gustado no leer sus propios pensamientos por unos segundos, amparados por la oscuridad del cuartucho. Un movimiento cercano los volvió a la realidad de golpe y se separaron de mala gana, compartiendo un último y breve beso.

Hermione alcanzó la varita del chico y volvió a encender la lámpara de techo que había hecho aparecer, iluminándolos a todos. Lie y la pequeña parpadearon confundidas y miraron a su alrededor desde sus cunas, se notaba que les había costado unos minutos ubicar el lugar donde estaban.

Draco lo observó todo con el ceño fruncido. Vaya pinta tenemos, parecemos salidos de una película Gore. Observó el pelo de la niña pequeña, lleno de ramitas y su vestido cubierto de sangre, así como el revuelto y ensangrentado pelo de Hermione; deseó no ver más un espejo para no tener que contemplarse, debía ser el que tenía peor pinta.

-¿Dónde estamos, Herms?

-En el sótano de una casucha donde mi abuelo guarda las herramientas. La casa está algo lejos, pero no me parecía seguro escondernos allí, aunque si lo prefieres...

-No, no, tranquila-se apresuró a cortarla- No soy un príncipe ni nada por el estilo, esto es más seguro.

-De todas formas, tenemos que ir a la casa para conseguir algo de alimento y asearnos un poco.

La niña seguía observando, como la noche anterior, sin intervenir para nada. Unos ojos grises se fijaron en ella e hizo como si no la reconociera.

-¿Quién es?-preguntó, como si fuera algo casual.

-No lo sé, no habla mucho. Es la niña que rescataste ayer, no quise dejarla sola en el bosque.-se excusó.

-Has hecho bien-le sonrió de forma cálida, cosa que calentó el corazón de Hermione- Ey, pequeña, ¿cómo te llamas?

La pequeña clavó sus ojos azules en el chico y sonrió con un brillo de inteligencia en sus pupilas.

-Me llamo Iliareth, aunque mi papá siempre me llama su emperatriz-se sintió satisfecha con su extensa respuesta y los miró, esperando que dijeran algo.

Hermione la observaba con un semblante lleno de pena, no sabía cómo explicarle que sus padres estaban muertos, era una niña demasiado pequeña. A Draco, por el contrario, se le oscureció la mirada al escuchar aquella inocente respuesta. Tu padre... Miró hacia otra parte y apretó los dientes, cosa que no le pasó desapercibida a la morena.

-Draco, ¿de veras te sientes bien?

Los ojos de la chica que amaba apaciguaron sus ánimos y le ayudaron a dar una respuesta satisfactoria para enmascarar su mentira.

-Sí, tranquila, todo está bien- respondió con firmeza, acariciando su mejilla con ternura.

Hermione le creyó ciegamente y se aferró a la actitud resuelta del chico, que le pareció como una tabla salvadora.

Presente, Mansión Dacius, 2 marzo 2004

El chico levantó la mirada con una rabia y un odio que jamás había sentido. Quiso escupirle en la

cara, matarlo, descuartizarlo, quemarlo y danzar alrededor de la hoguera con sonoros gritos de alegría.

-Ya lo he dicho y lo volveré a repetir. NO LO SÉ- respondió por enésima vez.

No había dormido en toda la noche y seguía sentado en aquella silla, encadenado como un animal y mojado de pies a cabezas. La mazmorra en la que se encontraba no era precisamente un lugar cálido y le era imposible no temblar todo el rato, al igual que un crío. La humillación era lo que más le pesaba en el alma.

Un chico de unos veinte años se paseaba, mirándolo ceñudo. He usado todas las técnicas que me dijo Alan, pero este sigue sin soltar prenda. Quizás debería hacer caso omiso a lo que me dijo y pasar verdaderamente a la acción.

Con un elegante movimiento de varita, hizo desaparecer la silla y las cadenas y el pelirrojo cayó al suelo. Aprovechó para desentumecerse las muñecas y los tobillos y se levantó, apartándose el pelo empapado del rostro.

-Esto no ha hecho más que empezar, comadreja-se burló, Blaise- Vas a desear no haber puesto un pie en este asqueroso mundo; al fin y al cabo, solo eres un pobretón.

Ron se lanzó contra aquel odioso sujeto con toda la ira que había acumulado durante las interminables horas de tortura, pero antes de conseguir siquiera rozarle, sus gritos se escucharon por toda la mansión.

Los chicos encerrados en las demás mazmorras se encogieron aún más, sabiendo que su turno llegaría tarde o temprano. Los seis presos se apiñaron y abrazaron, sabiendo que su final estaba cerca.

Unos pasos resonaron por la estancia y se acercaron al lugar donde Ron estaba a merced de su captor. Los gritos cesaron por completo.

-¿Qué te dije?

-Pensé que...

-No seas gilipollas Blaise, sabes que no me sienta bien que me contraríen. Nada de técnicas extremas, te lo dije claramente.

-Lo siento, no era mi intención...

-Sí era tu jodida intención, así que guárdate tus excusas para cualquier otro que desee perder el tiempo- se alejó con intención de irse, pero se paró después de recorrer solo unos metros- Y, por cierto, haz que me suban a la pelirroja, estoy algo aburrido.

-Descuida.

Ginny se abrazó a Harry en cuanto oyó aquellas palabras y ambos se sintieron desprotegidos e inútiles. ¿Qué vamos a hacer?

PASADO, 24 abril 2003

Nos encontramos en el callejón cercano al parque central a las cinco.

D

Miró la escueta nota sin poder creerlo. Llevaba semanas pidiéndole que hablaran cara a cara, pensaba que así podría asegurarse de si el rubio decía la verdad o no. Sin embargo, estaba totalmente confundida, había esperado cada carta con un ansia desmedida, diciéndose a sí misma que era simple preocupación por que descubrieran al Hurón y Ron se había mostrado distante y taciturno desde su última pelea.

-¿A dónde vas?

La chica se sobresaltó y arrugó la nota con rapidez, escondiéndola en su puño. Por alguna razón que no acertaba a entender se había arreglado con esmero, luciendo un hermoso vestido blanco y una coleta alta que le llegaba más allá de los hombros.

-A ningún lugar en particular- mintió, arreglándose distraídamente en el espejo para evitar la mirada del pelirrojo.

-Mientes...-expresó, sin levantar la voz, con una afirmación que solo dejaba ver la evidencia. La voz del chico denotaba una amargura que le dolió a su novia en el alma.

-Ron, yo...

En un movimiento ante el que no supo reaccionar, el chico le había dado la vuelta y la besaba con una pasión desmedida, fruto de las semanas de dolor y resentimiento.

-Lo siento Hermione, lo siento mucho-le susurró al oído, sin dejar de abrazarla- Sé que la alianza con el asqueroso Hurón botador es necesaria y debo confiar en ti. Tuve miedo, lo siento.

Por alguna razón, ella se sintió incómoda con aquella sincera disculpa. Sabía que tenía gran parte de la culpa y hacía tiempo que se refugiaba en el contacto por carta con Malfoy, viéndose desdeñada en aquel piso que compartían Harry, Ginny, Ron y ella. Ninguno de los tres había creído el contenido de las misivas y le repetían que no hiciera caso, obligándola a soportar el dolor en silencio y a contactar con todas las personas posibles alertándoles de lo ocurrido. La única que se lo había tomado en serio había sido McGonagall, pero no era una persona lo suficientemente cercana como para contarle sus penas. Oh, profesora, convivo con gente que no me cree, me siento sola, mi vida es una mierda y solo puedo hablar con un estúpido rubio prepotente que está a las órdenes de un sádico. Déjeme llorar en su hombro y déme palmaditas en la espalda. Le entraron ganas de reír solo de pensarlo.

-No pasa nada, Ron. Yo también lo siento, pero llego tarde, ¿vale?- se separó de él con delicadeza y notó cómo preparaba su huída.

-¿Nos vemos luego?

-Sí, claro -le dedicó una sonrisa que no sentía.

-Te quiero.

-Y yo.

Salió de la casa, escuchando antes de salir los gemidos de la habitación contigua a la suya. ¿Qué coño les pasa a esos dos? ¿Acaso no pueden dejar de comportarse como conejos? Sonrió a su pesar, contenta de que el tiempo no hubiera enfriado la relación que tenían, cosa que no podía decir de ella y de Ron. No sé cómo seguiremos adelante, es todo tan difícil. Suspiró apenada, pero enseguida sintió la energía renovada de aquella hermosa tarde de primavera; el sol calentaba su suave piel y su hermoso vestido bailaba con el viento.

Cuando llegó al parque se entretuvo observando a los niños pequeños jugando, a las madres conduciendo cochecitos de bebé y a los viejos contando batallitas de su juventud; todo en aquel lugar parecía rebosar vida. Los altos y frondosos árboles cubrían casi por completo el cielo y altos e irregulares setos crecían por doquier, sin orden ni concierto.

Apretó el paso, cruzando el parque a más velocidad y llegó al callejón en el que había quedado con Malfoy. Era un lugar oscuro, con olor a orines y cajas de madera apiladas en un rincón. Hermione arrugó la nariz y levantó una ceja, esperando con impaciencia a que llegara. No solo es un sucio pervertido, sino que encima tiene la desfachatez de llegar tarde.

-Granger

La voz sonando a escasos centímetros de su oreja y el aliento del rubio le hicieron dar un respingo. Draco rió con ganas viendo su reacción. No había resistido la tentación de deslizarse hasta ella y pegarse todo lo posible a su cuerpo, aquel vestido blanco pedía a gritos que lo levantara y se metiera debajo.

-¿A qué juegas? ¿A qué mierda juegas, Malfoy? - Hermione lo apartó de un empujón - Y encima llegas tarde.

-Privilegios de ser un doble espía sangrelimpia con un innegable atractivo

Hermione bufó y se cruzó de brazos, mirándolo con impaciencia.

-¿Tienes novedades? - lo interrogó, cansada de tener que mirarle aquella sonrisilla arrogante.

-No tengo mucho que contarte, Granger. Ya sabes todos los movimientos de Alan a través de mis cartas y he investigado el paradero de mi madre sin mucho éxito. Sé que se está preparando algo gordo, pero Alan es demasiado inteligente como para divulgar esa información. Suele informar de las misiones poco antes de que se lleven a cabo - soltó de corrido, con una terrible mueca de hastío en el semblante - ¿Para qué querías que viniera? ¿Tenías ganas de repetir lo de la otra vez?

La acorraló contra la pared y Hermione apretó los dientes, furiosa. No entendía por qué había querido verlo; sus comunicaciones por carta eran más que suficientes y, aunque se habían cruzado algunas bromas y palabras amables, Malfoy seguía siendo un capullo integral sin remedio. ¿Por qué le había pedido que se vieran? Seguía sospechando de él, pero la excusa de que mirarlo a los ojos le ayudaría a conocer la verdad no se sostenía. Suspiró, un poco cansada de su situación y le puso las manos en el pecho para alejarlo, aquella cercanía la estaba desconcentrando.

-No confío en ti, Malfoy. Si te arriesgas significa que hay algo de lealtad en ti - soltó, sin pensar.

-Y por supuesto no podías estar más tiempo lejos de mí, porque el pobretón no te da tanto placer como yo - le apartó las manos y volvió a acercarse a ella peligrosamente.

Hermione lo enfrentó con toda la entereza que poseía, aquellas palabras le habían dolido. Alzó la mano, dispuesta a darle una buena bofetada, pero antes de poder descargarla sobre el chico, su cuerpo voló por los aires y chocó contra las cajas del callejón, rompiéndolas por el impacto. Malfoy se había dado un fuerte golpe en la cabeza y parpadeaba confuso, tratando de enfocar hacia alguna parte. Sentía el cuerpo flojo y veía a la morena a través de una nebulosa que se movía terriblemente, dándole ganas de vomitar. Hermione se quedó con la mano levantada, mirando a la figura que la amenazaba con la varita. Se agachó a duras penas, esquivando otro hechizo que casi le impacta de lleno en el rostro y atacó de vuelta.

-DESMAIUS

-¿Eso es todo lo que tienes, sangresucia? - preguntó su atacante, divertida.

Reconoció a la chica que la apuntaba con la varita. Era Millicent Bullstrode y alternaba su mirada de odio visceral de Draco a Hermione. ¿Cómo ha sabido esta subnormal que yo era un traidor? Se preguntaba el rubio; no podía encontrar su varita y sabía que debía haberse caído en su impresionante vuelo por el maloliente callejón.

-Eres un traidor, Malfoy, sabía que hacía bien en seguirte. Estás acabado.

Hermione volvió a atacar, pero la Slytherin sabía bien lo que hacía y bloqueaba todos sus ataques. El sudor recorría su rostro mientras esquivaba y atacaba, tratando de proteger al rubio inmóvil a sus espaldas. Había mejorado mucho su habilidad cuando tuvo que estar escondiéndose de Voldemort, pero hacía bastantes años que había cambiado los duelos por los libros y estaba un poco oxidada. Los expertos en aquel campo eran Ron y Harry. Ron...Lo siento tanto.

Un crucio la alcanzó y se retorció en el suelo de dolor, llenando el callejón con sus gritos. El dolor le recorría cada fibra de su ser y la destrozaba desde dentro, fracturando sus defensas. Cayó sobre el regazo del rubio y cerró los ojos, agotada. Estaban acorralados y desarmados e iban a morir, lo sabían.

-Vaya, vaya, parecéis unos amantes trágicos. Si no apestaras a inmundicia, Granger, hasta os daría mi bendición. Pero me temo que eso no va a ocurrir - alzó de nuevo la varita con una sonrisa de placer, dispuesta a dar el golpe final.

-CRUCIO - gritó Draco con las pocas fuerzas que le restaban. Había localizado la varita que se le había caído a Hermione y la había podido coger porque el cuerpo de la chica tapaba sus movimientos. Se levantó a duras penas, con los ojos llenos de furia e incrementó la energía de la maldición imperdonable, haciendo que la Slytherin gritara más fuerte de lo que había gritado Granger. Se acercó arrastrando los pies y la apuntó desafiante, pensando en lanzarle la maldición asesina. Su cerebro pareció contradecirle y un punto de oscuridad osciló en su campo de visión, desconectándolo de la realidad y haciéndolo caer al suelo desmayado.

Millicent se arrastró como pudo hasta la varita de Draco y sonrió al conseguirla.

-No te ibas a salir con la tuya, Malfoy. AVAD...

Hermione fue más rápida y, cogiendo una estaca que se había formado por las cajas rotas, se acercó por detrás y se la clavó en la espalda, justo sobre el corazón, impidiendo así que matara a Draco. Se dejó caer, agotada y temblorosa y parpadeó mirando a Malfoy y al cadáver de la chica.

¿Qué he hecho? se preguntaba, aterrada. ¿Qué es lo que he hecho?