Past

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El pequeño castaño se encontró, repentinamente, en la azotea de su escuela en Namimori.

Aún estaba asimilando lo ocurrido minutos antes, pensando en quiénes serían aquellas personas que le habían tratado bien, y por qué repentinamente habían desaparecido.

Decidió darle poca importancia, ya lo pensaría más tarde, cuando estuviera en casa.

Se encaminó a la salida del lugar. No quería meterse en problemas por estar en aquel lugar fuera del horario escolar. Además, estaba empezando a atardecer y no le gustaba la oscuridad.

Agradecía que su mamá le indicara el camino de regreso por si alguna vez ella no podía ir a buscarle al terminar sus clases, de esa manera podía volver sin perderse.

—Oye, niño —escuchó una voz que le llamaba, y miró alrededor. No encontraba a quién fuera que le había nombrado—. Aquí abajo.

El pequeño castaño desvió su vista al suelo y descubrió a un bebé más pequeño que él, de pelo verde con un divertido peinado de fresa y ataviado con una bata blanca. Sus ojos eran cubiertos por unas gafas y de su cuello colgaba un chupete del mismo color que su cabello.

—¿Es a mí? —se señaló a sí mismo, pensando que era gracioso que un bebé al que superaba en altura le llamase "niño".

—¿Ves otro niño por aquí? —preguntó secamente.

—Sí, tú —indicó inocentemente Tsuna, con una sonrisa.

—Tsk, como sea —dijo molesto el bebé—. ¿Quieres un caramelo?

—¿Debería aceptarlo? —preguntó, ladeando la cabeza. Su mamá le había dicho que no aceptara nada de ningún desconocido.

Pero siempre se refería a adultos, no a niños más pequeños que él.

—Pero no te lo voy a regalar —apuntó el de cabello verde—. A cambio, me harás un favor.

—¿Un favor? —repitió el pequeño castaño, parpadeando.

—Sí, me ayudarás con un experi… digo, juego —se corrigió.

—¿Me darás un caramelo por jugar contigo? —resumió lo que él había creído entender.

—Exacto —confirmó—. Entonces, ¿aceptas?

El niño asintió. No veía ningún inconveniente en aquel plan.

Él quería tener amigos con los cuales jugar, pero todos se metían con él. Así pues, que ese extraño bebé-fresa-verde le invitara a divertirse y encima le diera un dulce, era perfecto a su punto de vista.

Aunque quizá su mamá se preocuparía, ya estaba atardeciendo…

—Bien, sígueme —el bebé volteó y empezó a caminar, sacándole de sus pensamientos.

—Esto… ¿cómo te llamas? —preguntó Tsuna, siguiéndole.

—Me llamo Verde —respondió sin voltearse ni detenerse.

—Yo me llamo Tsuna —sonrió el castaño, presentándose aunque el de pelo verde no le hubiese preguntado.

No mediaron palabra después de aquello. Tsuna hubiera querido conversar más con él, pero no parecía ser de muchas palabras. Así pues, decidió no incomodarle y empezó a preguntarse a dónde iban.

Llegaron al parque de Namimori, donde habitualmente jugaba con su mamá cuando esta le llevaba. Extrañamente, no había ningún niño.

Miró el cielo al sentir una gota de agua caer sobre su cabello castaño. Empezaba a llover, seguramente por ello no habría ningún infante en el lugar.

El bebé que se hacía llamar Verde se detuvo en frente de una cúpula azul, puesta ahí con el fin de escalarla por las pequeñas piedras que sobresalían de esta.

Tsuna vio como entraba y, pensando que era para refugiarse de la lluvia, le imitó.

Repentinamente, del interior salió un botón rojo, el cual pulsó Verde sin vacilar. Entonces, el objeto empezó a girar, para el gran asombro del castaño.

Cayó en un lugar totalmente increíble, algo que jamás hubiera pensado que estaba debajo del parque en el cual jugaba.

Era una enorme sala con varias pantallas, ordenadores y elementos extraños, tales como líquidos de diferentes colores y objetos mecánicos de distintos tipos.

—Bienvenido a mi laboratorio —habló Verde, viendo la cara asombrada de su invitado.

Tsuna se incorporó, aún admirando la estancia.

—¿Aquí es dónde vives? —preguntó, sorprendido.

—Quizá —dijo sin responder contundentemente—. Bueno, sigueme.

El niño obedeció y fue llevado a través del lugar hasta un pequeño espacio dónde se encontraba un tubo transparente —del tamaño justo para que él entrara— y al lado izquierdo se hallaba un ordenador encima de un escritorio, con una silla rotatoria.

Verde saltó y se sentó en el asiento, tecleando en el aparato. Entonces, el tubo emitió una tenue luz verde y una parte del cristal se movió, permitiendo el acceso.

—Entra —dijo Verde, sin dejar de mirar la pantalla.

Tsuna vaciló. No parecía ser precisamente un juego, pero tampoco desconfiaba del bebé.

Su extraño "sexto sentido" siempre le avisaba de las situaciones en las que no debía confiar en la gente. Era por eso que, a pesar de haber tenido miedo del chico del sombrero, no desconfió de él cuando le ofreció su ayuda. Así como tampoco desconfiaba de los demás adultos que había conocido en su extraño viaje.

—Está bien —accedió, y entró en el objeto.

Parecía estar hecho justo a su altura, pues tocaba el techo circular de este con su cabeza.

—De entre todos los niños de Namimori, tú eres el único al que he podido encontrar con la altura perfecta —habló Verde—. No me serviría si fueras un milímetro más alto o más bajo. Es un fallo que aún tengo que pulir.

El castaño no entendía absolutamente nada. ¿A qué se refería?

—¿Pero qué…? —preguntó Tsuna, sintiendo como su cabello era lentamente absorbido por el techo del recipiente, cuya salida se había cerrado de improvisto.

—Tranquilo, volverás exactamente dentro de un día con cuatro horas, veintiocho minutos y treinta segundos —dijo Verde, sin dejar de mirar el ordenador, aunque Tsuna no le prestó demasiada atención—. Vaya… parece que eres un niño peculiar.

El aparato mostraba una imagen del cuerpo del castaño, con todas sus propiedades. Al parecer, habían datos que lograban asombrar al mismo científico que era considerado como la reencarnación de Da Vinci.

—¡Ayuda…! —golpeó el cristal, pero el bebé lo ignoró.

—No sabía que tenías llamas… esto es interesante —dijo más para él que para Tsuna, mientras miraba su chupete.

—¿Llamas? ¿De qué hablas? —cuestionó, viendo preocupado como ya la mayoría de su cabello anti-gravitatorio había sido succionado, no tardaría en llegar a su frente.

—Pero tienes un extraño sello que impide que salgan… —continuó sin mirarle siquiera—. Luego investigaré…

Tsuna cada vez entendía menos, pero no le dio tiempo a preguntar. Tras un tecleo rápido del bebé, sintió como era transportado a otro lugar.

Esa sensación la había experimentado antes, cuando fue a parar a aquella habitación enorme…

¿Estaría regresando a aquel lugar?

Sus dudas se resolvieron al aterrizar en una ciudad, cayendo sobre un camino empedrado. No, no había regresado allí.

—¡Cuidado, niño! —escuchó que exclamaban, aunque no en japonés, y miró en dirección donde había provenido el sonido.

Un carruaje con un espléndido caballo negro azabache se acercaba a toda velocidad hacia él.

Tsuna solo pudo protegerse con sus brazos mientras cerraba sus achocolatados ojos, esperando con miedo el impacto.

Entonces oyó un relincho y voces que hablaban en un idioma extraño. Abrió lentamente uno de sus orbes, para ver con alegría que el vehículo se había detenido a escasos centímetros de él.

La situación había atraído a una multitud, que murmuraban acerca de lo sucedido recientemente. Seguramente, hablaban sobre la suerte del pequeño.

Del carruaje se bajó un alto hombre de pelo negro y ojos oscuros, con aspecto de estar de mal humor. Parecía ser rico, aunque algo anticuado a juzgar por las extrañas ropas que vestía y sus enjoyadas manos.

Su sexto sentido le dijo que era malo.

Y no se equivocaba.

—¿¡En qué pensabas, enano?! —exclamó furioso, agarrando con fuerza el cabello castaño del niño, levantándolo a metros del suelo.

Tsuna no lo entendía, pero no parecía estar precisamente alegre.

—¡Lo siento! ¡Suelteme! ¡Me hace daño! —lloró, sorprendiendo al hombre al hablar en otro idioma—. ¡Ayuda! ¡Por favor!

Los curiosos no parecían tener intención de salvarlo. De hecho, varios se escondían de la mirada del mayor que lo agarraba. Al parecer, nadie quería problemas con aquel tipo.

—Te castigaré por meterte en mi camino —dijo, sujetándole con una mano y con la otra sacando un látigo de entre sus ropajes.

Tsuna miró aterrorizado el objeto. No le hacía falta saber el idioma para captar lo esencial.

—¡No! ¡Por favor! —suplicó, llorando más fuerte. Sin embargo, sus ruegos fueron ignorados, quizá porque no los entendía.

Pero su sexto sentido le decía que no le haría caso ni aunque pudiera hablar su lenguaje.

—Suelte a ese niño —ordenó una voz desde el público, sorprendiendo al hombre.

De entre la multitud, salieron tres personas.

Una era un rubio de orbes dorados, con cara seria y visiblemente molesto, que era quien había dado la orden.

A su izquiera se encontraba un pelirrojo de ojos rojizos, con la misma expresión de desconformidad.

A su derecha, otro rubio, pero este con orbes azules que daba miedo sólo de mirarle y ligeramente más alto que el anterior. Su rostro no mostraba expresión alguna, pero hacía girar unas esposas en su mano derecha, dando un aire amenazante.

A Tsuna, el pelirrojo y el más alto de los rubios le recordaban a los hombres que conoció en su otro viaje. Al de pelo plateado y al azabache que daba miedo, respectivamente.

—¡Ayudadme! —les rogó, esperanzado en que le entendieran, o por lo menos le salvaran.

—Suelte a ese niño —repitió el rubio, con un tono de voz más elevado.

—¿Es tuyo este crío? —preguntó, mirando las similitudes entre ambos.

—Quien sabe —respondió evasivo—. Le pido que le suelte, no queremos peleas

—No sigo peticiones de desconocidos que juegan a ser héroes —rió el de pelo negro.

El rubio suspiró resignado, y por un momento el niño, pese a que no había entendido la conversación, pensó que se había rendido.

Aunque su sexto sentido le dijo que podía confiar en él…

En minutos, el pequeño se vio en los brazos del de orbes dorados, el rubio platino había esposado a su agresor y el pelirrojo le apuntaba con un arco.

Repentinamente, del carruaje salieron unos tres hombres más, con aspecto de ser fuertes. Sin embargo, fueron derrotados con facilidad por el de ojos azules.

—¿Estás bien, pequeño? —le dijo su salvador, afortunadamente en su idioma.

Le miró con lágrimas en sus orbes color avellana.

—¡Muchas gracias! —sollozó, aferrándose a las ropas del mayor.

—Tranquilo… —sonrió, y le acarició su castaño cabello.

El niño, al verse a salvo, cerró los ojos y cayó profundamente dormido, agotado de tantos viajes.

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Se quejó al sentir que el sueño le dejaba, despertando de nuevo. Se puso de lado y se hizo bolita, tratando de mitigar un poco el frío que sentía y que era responsable de su despertar.

Sintió como algo cálido le cubría, y entreabrió uno de sus marrones ojos para descubrir a quien lo estaba cobijando.

Esperaba encontrarse el rostro sonriente de su mamá, esperanzado en que todo aquello que había vivido fuera solo un sueño loco.

Pero no lo era.

Se encontró con una cara familiar, era aquel que lo había salvado de ese hombre que intentó hacerle daño.

—Veo que has despertado, pequeño —sonrió el rubio.

El niño cerró de nuevo los ojos y se los frotó con sus manos. Quizá cuando los volviera a abrir, estaría su mamá ahí.

Sus esfuerzos fueron nulos, como bien comprobó cuando se volvió a encontrar con los mismos orbes dorados.

—¿Te sientes bien? Es posible que te haya lastimado aquel tipo al tirarte así del pelo —habló de nuevo, con una mueca de molestia.

—Estoy bien… —afirmó el castaño—. ¿Quién eres?

—Me llamo Giotto —la sonrisa volvió a él, y el pequeño sintió paz pese a extrañar a su madre—. ¿Y tu nombre?

—Me llamo Tsuna… —respondió tímidamente.

—Bien, Tsuna… digo, Tsuna-kun —se corrigió, usando la terminación que, según Asari, solía decirse con niños japoneses. Agradecía la insistencia de la lluvia por hacerle aprender su idioma natal—. ¿Y tus padres?

—Mamá… —el pequeño castaño tenía sus orbes llenos de lágrimas—. ¡Mamá! ¡Extraño a mamá! ¡Quiero a mamá!

El rubio se arrepintió terriblemente de preguntar. Ahora el niño lloraba desconsolado llamando a su madre y extrañando su casa.

Y no era especialmente bueno para animar a pequeños de cinco años perdidos.

—Tranquilo… —lo único que atinó a hacer fue abrazarle y dejar que llorase, importandole poco que sus ropas se mojasen—. Volverás con tu mamá…

Tras un rato, el pequeño pareció calmarse ante sus palabras.

—¿De verdad…? ¿Lo prometes? —preguntó inocente, levantando su cabecita y mirando con esperanza al mayor.

¿Cómo decirle que no con aquella dulce expresión con la que le veía? ¿Quién tendría el corazón de hacerlo?

Él, definitivamente, no.

—Lo prometo —afirmó, secándole una lágrima que se derramaba por su rostro.

Tsuna decidió creer en la palabra de su salvador, después de todo, confiaba en su sexto sentido. Y este estaba tranquilo, cosa que le indicaba que no era mala persona.

Su pequeño estómago emitió un rugido, quejándose del hambre que tenía.

Era cierto, con tantos viajes y tanta actividad estaba muerto del hambre. No había comido desde que salió esa mañana al parque, y ya había pasado un considerable período de tiempo.

Sobretodo considerando que ya era de noche, según el paisaje de la ventana.

—Veo que tienes hambre —rió el mayor—. Ven, vamos para que comas algo.

El niño se dejo cargar por los brazos del rubio. Era bastante cómodo a decir verdad, y si no fuera por el hambre que sentía, se hubiera dormido ahí de nuevo.

Se fijó en que la decoración del lugar era un poco rara a su parecer. Claro que no era habitual para él visitar una mansión tan grande, y comparando con la de su anterior viaje, supuso que era según los gustos de cada dueño.

Sin embargo, se dio cuenta de una cosa. Aquel hombre malo hablaba en un idioma extraño, aunque levemente familiar para él.

No sabría si jurarlo, pero diría que era el mismo que a veces su papá usaba cuando hablaba por teléfono o cuando conversaba con su abuelo con cara seria.

De repente, gritos y golpes se escucharon cada vez más y más cerca.

—Giotto-san… —llamó el niño—. ¿Qué son esos ruidos?

—Oh, son una tanda de idiotas que quieren ser congelados —dijo, desconcertando más al niño, quien parpadeó ante la respuesta—. Tú ni te preocupes.

La sonrisa que el rubio había puesto en su rostro era muy diferente a la que le había dedicado antes. Esa daba mucho miedo, y no se atrevió a enfadarle más.

Se pararon delante de una puerta de madera, gigastesca a ojos del pequeño castaño. Hábilmente, el rubio la abrió con una mano para no soltar al niño.

La escena se le hacía demasiado familiar a Tsuna.

El pelirrojo que había estado antes con Giotto estaba discutiendo a gritos con un adolescente de pelo verde. Un hombre de sombrero trataba de calmarlos a ambos.

Al lado opuesto de la sala, otros tres estaban en su propio mundo.

Dos de ellos —el rubio que daba miedo y el hombre-melón— estaban teniendo una disputa a golpes mientras el restante animaba la pelea con gritos.

Y sentado en uno de los sofás individuales de la sala se encontraba otro pelirrojo que no conocía, tomando una taza de té con total tranquilidad junto a una mujer rubia de orbes azules.

Si no hubiera sido por algunas pequeñas alteraciones y porque no le acompañaba el niño de sombrero, juraba que esa escena la había vivido antes.

Ahora que se fijaba… ¿no eran muy parecidos a los que conoció en su otro viaje?

Si cambiaba los colores de pelo y ojos… eran idénticos. Incluso Giotto era parecido al castaño de la fotografía.

—Muy bien, parad ahora si no queréis pasaros el verano muy fresquitos —amenazó el rubio en italiano, no siendo entendido por el castaño.

Sin embargo, vio soprendido como una llama naranja salía brillante de entre su cabello rubio.

Todos le miraron atemorizados, excepto el de las esposas y el melón, aunque pararon su pelea.

Entonces se fijaron mejor en la pequeña carga que portaba el cielo en sus brazos y quedaron completamente sorpendidos, menos la tormenta y la nube.

—Bien —la llama desapareció sin dejar rastro.

—Giotto… ¿tenías un hijo y no nos dijiste nada? —preguntó la única mujer de la sala por los que se hacían la misma cuestión.

—¿Eh? No —ladeó la cabeza ligeramente, intrigado—. ¿Por?

Todos le miraron con una ceja arqueada, incrédulos.

—¿No te has dado cuenta del parecido que tienes con el crío? —preguntó casi retóricamente G.

—Pues ahora que lo dices… —miró al castaño que cargaba, encontrandose con los ojos chocolate de este.

Era verdad, no debía entender nada de la conversación. Pero el pequeño le miraba maravillado.

—¡Era muy bonita! —le dijo, con una sonrisa alegre—. ¡Hazlo otra vez!

Asari se sorprendió al oírle hablar su idioma natal, pero su sonrisa despreocupada apareció de inmediato.

—¿A qué te refieres? —cuestionó el rubio.

—¡A esa llama de tu cabeza! —señaló entusiasmado el cabello del mayor—. ¡Se la ví al abuelo una vez, en un bastón! ¡Era impresionante!

Todos se sorprendieron ante la declaración del pequeño. ¿Alguien con la llama del cielo?

—Dime, Tsuna-kun —le sonrió para no preocuparle—. ¿Cómo se llama tu abuelo?

—Pues mamá suele decirle Timoteo-san —dijo pensativo el pequeño—. Y papá a veces le llama con un nombre raro… ¿Cómo era? ¿Nino? ¿Nuno? ¿Nano?

El chiquillo siguió probando las diferentes variaciones, pero el nombre no le salía.

—Está bien, para —dijo hastiado G, con su poca tolerancia habitual.

Tendría que agradecerle al maniático de la flauta el haberle hecho aprender —en contra de su voluntad— el idioma.

—Da miedo —dijo el pequeño, aferrándose a las ropas del rubio—. Prefería al otro…

—¿Al otro? —le preguntó al escucharle.

—¡Sí! —afirmó con una sonrisa—. ¡Al otro chico parecido! ¡El de pelo gris!

—¿Tienes un familiar parecido a él, Tsuna-kun? —dijo sorprendido. No todos podían imitar el peinado de G, de hecho, no había visto a nadie hacerlo.

—No es un familiar, es un amigo que conocí en el otro viaje —respondió el castaño—. Todos os pareceis mucho a ellos, y tú también, Giotto-san.

—¿Yo? —se señaló a sí mismo, y el niño asintió.

Sin embargo, su estómago declaró su insatisfacción al haber sido olvidado, avergonzando al pequeño y sacando una risa general debido a su expresión.

—Espero que siga habiendo comida —dijo Giotto, paseando su mirada entre todos los presentes.

El único que se la sostuvo fue Alaude.

—Tranquilo, Giotto —sonrió Cozart—. Yo he guardado un bocadillo…

Tomó la comida de encima de la mesa y se levantó para entregarselo. El niño cogió agradecido lo que sería su cena.

—¡Muchas gracias! —el pequeño engulló el bocadillo en cuestión de segundos, asombrando a todos.

¿Cómo podía comer tan rápido con una boca tan pequeña? ¡Era más veloz que Lampo!

—Agradeced a Cozart, gracias a él os librais —dijo el rubio, mirando con reproche a sus guardianes.

Nadie lo dijo, pero internamente le daban las gracias al pelirrojo por salvarles.

—Bien, Tsuna-kun —puso al niño encima de una silla alta—. Ahora dime, ¿cómo son esas personas parecidas a nosotros?

—Pues él es muy parecido al que daba miedo —señaló a Alaude—. Pero tenía el pelo de color negro y los ojos grises.

El castaño empezó a señalar todas las similitudes entre los guardianes presentes y los que había conocido.

—A él no le vi, pero sé como era por una foto —señaló finalmente a Giotto—. Tenía el pelo marrón y los ojos igual. ¡Y también sonreía como tú!

Todos imaginaron en su mente a su cielo con la descripción que había dado el niño. Se percataron de que así era como Tsuna en versión adulta.

—¿A él no le viste? —preguntó el rubio, señalando a Cozart.

—Le vi cuando iba con Reborn-san, en una pared junto a los demás —sonrió—. Era exactamente igual a él, pero tenía heridas.

El aludido parpadeó sorprendido. Las casualidades existían, pero era demasiada.

—Dime, Tsuna-kun, ¿sabes cómo llegaste aquí? —pese a todo, el cielo debía pensar como cumplir su promesa.

—Claro —sonrió—. Vine por un tubo.

La respuesta dejó desconcertados a todos.

—Maniático de la flauta… —empezó G—. Dime que he aprendido mal tu idioma y que no ha dicho lo que creo que ha dicho.

—Si has entendido que ha viajado por un tubo, entonces no te equivocas —dijo con despreocupación, aunque algo sorprendido por la declaración del niño.

—Tsuna-kun… ¿estás seguro? —Giotto no sabía muy bien que pensar. Sonaba descabellado, pero su intuición le decía que no mentía.

El castaño no se retractó.

—Probemos otra cosa —propuso la lluvia—. Dime, ¿sabes dónde vives?

—¡Sí! ¡En casa con mamá y papá! —respondió alegre.

Todos se dieron una palmada mental ante las palabras del niño. Bueno, era un chiquillo, ¿qué esperaban?

—Me refiero a la ciudad, Tsuna-kun —dijo calmadamente Asari, reteniendo a la impaciente tormenta que se iba a lanzar sobre el chico para sacarle las respuestas.

—En Namimori —respondió.

—Esa ciudad está en Japón, Giotto —le dijo el guardián al rubio, quien le dedicó una mirada preocupada antes de volver su vista a Tsuna.

—¿Sabes en qué país estás? —le preguntó, sospechando ya la respuesta.

—¿No estamos en Japón? —ladeó la cabeza, confuso.

—Me lo suponía —suspiró resignado—. Una cosa, Asari —la lluvia le prestó atención—. ¿En Japón se lleva este tipo de ropa?

Señaló los atuendos del niño, que nunca antes había visto. El guardián parpadeó, sorprendido.

—La verdad es que no, pero hace años que no voy —dijo reflexivo—. Quizá haya cambiado…

—Una cosa… —habló Alaude, asombrando a todos. No era de muchas palabras—. ¿Sabes en qué año estás? —se dirigió al castaño con su mirada inexpresiva.

Daba mucho miedo, se dijo Tsuna. Optó por responderle, tembloroso.

—Me lo suponía —dijo el rubio platino, cerrando los ojos y cruzandose de brazos.

—Tsuna-kun, ese año está muy lejos —le sonrió Giotto, intentando convencer al chico de que estaba equivocado—. Concretamente, te has pasado unos 400 años…

—No, estoy seguro —reiteró el niño—. Siempre pongo la fecha cuando hago los deberes.

—Dejale, tiene razón —intervino la nube—. Es de donde viene.

—¡Explícate! —la poca paciencia de G se agotaba muy rápido con el de orbes azules.

—Simplemente ha hecho un viaje en el tiempo —dijo como si fuera lo más normal del mundo.

Todos empezaron a decir lo absurdo e imposible que era eso, siendo ignorados por Alaude.

—Pero tiene lógica… —Giotto fue el objetivo de todas las miradas—. Pensadlo bien, dice que está en otro año, que ha viajado en un tubo y lleva ropas extrañas…

Nadie pudo contradecirle.

—Pero eso quiere decir que al final te has conseguido novia, Giotto —sonrió Elena, divertida.

—¿Eh? ¿Por qué lo dices? —preguntó sonrojado.

Todos le dirigieron una mirada incrédula, incluso Lampo había captado la indirecta.

—Piensa, Giotto —le dijo G—. Viene del futuro y es clavadito a ti.

—Entonces… —alzó en sus brazos al pequeño castaño—. ¿Este niño al final si es mi familiar?

—Nufufufu, para ser exactos, eres un tatarataratarabuelo, y suavizando —dijo Daemon con una sonrisa burlona.

Tsuna solo parpadeó con inocencia. Segundos después fue atrapado por un ferviente abrazo del rubio.

—¡Es muy mono! —exclamó alegre—. ¡Por algo es mi nieto!

«Presumido» fue el pensamiento global al escuchar al cielo.

—Solo espero que no sea como tú —dijo G, cruzándose de brazos.

—¡Hey! ¡Yo soy un amor! —reprochó, dejando respirar al fin a Tsuna.

Entonces al rubio le pasó una idea por su mente.

—Entonces a quienes se refería Tsuna-kun —empezó—. Puede que sean vuestros nietos —dijo divertido.

Un color rojo se hizo presente en todos los rostros menos en el del pequeño, no sabiendo a lo que se refería el cielo. Incluso la distante nube se ruborizó mínimamente

—Bu-bueno, lo que tendríamos que hacer es pensar cómo devolverle a su época —cambió de tema G.

—Tiene razón —rió la despreocupada lluvia, relajando el ambiente.

—Giotto-san —llamó el niño, y centraron su mirada en él—. ¿No podré volver a casa…?

Tsuna, por lo que entendía de la conversación, había dado por hecho que no era fácil volver a su hogar y, por tanto, no ver a su mamá.

Tenía lágrimas en sus pequeños ojos al pensar en la posibilidad, y a todos les entristeció ver la dulce cara del niño de aquella manera. Claro que unos lo expresaban más que otros.

Sin saber muy bien cómo responder a la pregunta, el rubio miró suplicante a sus amigos, pidiendo silenciosamente que le echaran una mano.

—Tsuna-kun —llamó Asari—. Mientras buscamos una manera de que vuelvas, ¿qué te parece si nos cuentas cómo es tu ciudad?

—¿Cómo es? —repitió el pequeño, recibiendo un asentimiento de la lluvia.

—Yo también soy japonés, y me interesaría oír como es tu ciudad —sonrió tranquilamente.

Tsuna sonrió y se secó las lágrimas. Giotto le bajó al suelo para que pudiera reunirse con su guardián y se dispuso a responder a la pregunta.

Todos terminaron sentados en el suelo, haciendo un círculo alrededor del pequeño niño que contaba cosas tan interesantes y alocadas como lo era que un vehículo pudiera moverse sin caballos y que hubiera aves metálicas surcando el cielo y que, según Tsuna sabía por su madre, llevaban a muchas personas de un pais a otro sin necesitar barcos.

También les comentaba sobre su escuela, aunque no fuera especialmente bueno en sus estudios ni en los deportes. Cuando les decía que había niños que se metían con él, los adultos pensaron que tendrían en sus cabezas.

Aquel castaño tenía una bonita sonrisa, una cara que decía "abrázame" y era más que alegre y divertido. Podría llegar a ser algo torpe y tímido, según se habían percatado en algunos momentos, pero era la adorabilidad en persona.

—Yare, yare, que sueño —bostezó Lampo.

Los demás concordaban con él. Entre peleas, preguntas y charlas con el chiquillo estaban completamente agotados. Y no era para menos, pues serían ya altas horas de la madrugada y no habían dormido nada.

Un pequeño bostezo, proveniente del niño, hizo que volvieran a centrar su atención en él. Pese a haber echado aquella siesta, había hablado mucho y estaba cansado. Se refregaba los ojos con sus manitos, intentando quitarse el sueño, sin demasiado éxito.

—Veo que tú tambien tienes sueño —rió el rubio, agitando el cabello del pequeño.

—Yo no… —fue interrumpido por otro bostezo, que logró arrancarle una risa a todos.

—¿Con quién va a dormir? —preguntó Asari—. Es pequeño, con alguno tendrá que quedarse.

Todos pensaron que la lluvia tenía razón.

—Por supuesto que se quedará conmigo —afirmó Giotto—. Después de todo, es mi nieto.

Se incorporó y se dispuso a recoger al niño en brazos, pero le fue arrebatado por otros.

—Giotto, Tsuna es un niño —dijo Elena, quien le habia arrebetado al chico—. Necesita atención y tú puedes llegar a ser muy torpe. Lo mejor será que me lo quede yo.

Cozart y Elena habían sido invitados a pasar allí la noche, debido a que ya era muy tarde para que regresaran a sus hogares. Aunque ambos estaban ya acostumbrados a pasar varios días en la mansión, sobretodo la rubia, quien detestaba volver a su pretencioso hogar pero era obligada para no correr muchos riesgos.

—Pero Elena, tú necesitas espacio, no podemos molestarte con eso —dijo Cozart, y la mujer vio con asombró que ya no tenía al castaño—. Será mejor que me lo quede yo.

—No pienso dejar al crío con un descuidado como tú —el pelirrojo se sorprendió por la velocidad de G al quitarle al niño—. Mejor será que me lo quede yo.

—Venga, venga, calmaos —sonrió Asari, pero el arquero se vio sin Tsuna en un abrir y cerrar de ojos—. Ambos somos japoneses, asi que será mejor que se quede conmigo.

—¡Mejor se queda conmigo, al máximo! —exclamó Knuckles, quitándole a Tsuna al guardián.

—Nufufufu, no puede quedarse contigo, molestarías su sueño con tus gritos —las ilusiones de Daemon arrebataron al pequeño de los brazos del sol—. Lo más recomendable es que me lo quede yo.

—Yare, yare, lo mejor es que se quede con alguien joven —Lampo cogió al castaño, quitándoselo al ilusionista con rapidez—. Yo le compartiría mis dulces.

—Hm, eres débil, no podrías protegerlo. Me lo quedaré yo —Tsuna se vio en los brazos de la nube.

Todos miraron a Alaude con incredulidad, ¿el frío rubio encariñado con un niño? ¿Qué seguiría? ¿El mundo colapsaría?

El castaño se veía de mano en mano, en una pelea por ver quien se quedaba con él. Tampoco es que le hubieran pedido la opinión al niño, asi que optó por no quejarse.

—¡Basta! —exclamó el rubio, deteniendo la pelea.

Tsuna estaba siendo agarrado por Elena, pero sus brazos se dividian entre la lluvia y la tormenta, sus piernas entre el sol, el rayo y la tierra.

La nube y la niebla estaban esperando el momento que la rubia soltara al niño para no herirla, el primero por su sentido de la justicia —algo retorcido, pero no atacaba a mujeres— y el segundo por su amor hacia ella.

—Dejemos que Tsuna-kun decida —el castaño abrió los ojos como platos ante las palabras del cielo, sorprendido. Nunca le habían pedido decidir, siempre lo hacían por él.

Todos estuvieron de acuerdo, y liberaron al chico de su agarre. Desde su posición, los presentes le miraban con atención, esperando su veredicto con expresiones que atemorizaban al chico.

Recorrió su mirada achocolatada entre las personas, analizando con cierto temblor cual era el más indicado para seleccionar.

—Yo… —se estremeció ante los orbes inquisitivos de la nube, y hubiera estado a punto de irse con él por puro miedo.

Sin embargo, un aura asesina se sentía fuertemente a sus espaldas, y miró hacia su dirección.

Lo que vio le asustó más que el rubio platino, y era ya mucho decir.

Giotto le miraba con una sonrisa que pretendía pasar por amable, pero era aterradora y un brillo en sus ojos que decía claramente "atrevete a elegir a cualquier otro".

—C-creo que… m-me quedaré c-con Giotto-san… —tartamudeó.

—Bien, Tsuna-kun ha decidido —la expresión del rubio cambió radicalmente, poniendo una cálida y agradable sonrisa.

Recogió al niño, quien no sabía bien qué pensar del cielo. Podía ser tan amable como Asari y tan temible —o incluso más— como Alaude.

—¡Pero si has hecho trampa! ¡El pobre niño estaba aterrorizado! —acusó Elena, cruzándose de brazos.

—¿Yo? —preguntó con expresión inocente, y miro al castaño—. ¿Te he asustado, Tsuna-kun?

Sus orbes decían claramente que no lo afirmara, y realmente el niño no quiso arriegarse a enfadar al rubio, así pues, negó fervientemente con la cabeza..

—¿Lo ves? —dijo contento a Elena.

Todos le dirigieron una mirada resignada. Su cielo podía ser muy caprichoso y haría lo que fuera para conseguir lo que quería.

—Muy bien, Tsuna-kun, vamos —sonrió con superioridad a sus amigos, y se dirigió a su habitación.

Tsuna trató de mantenerse despierto en el camino, que recordaba por ser el mismo que habían recorrido antes. Sin embargo, el confort que había sentido anteriormente en los brazos del rubio —y esta vez su estómago estaba saciado—, hicieron que sus ojitos se cerraran y quedara profundamente dormido.

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Se aferró más a su peluche, incómodo por el movimiento. Shi-chan, su oso de peluche, se movía demasiado y no le dejaba abrazarle bien para volver a dormirse.

Un momento. ¿Desde cuándo Shi-chan podía moverse?

Ante la duda, el pequeño abrió sus ojos con lentitud, perezoso ante la idea de despertar de su agradable sueño.

—¿Shi-chan…? —preguntó dudoso, parpadeando para ver mejor la imagen de lo que sostenía entre sus pequeños brazos.

Cuando logró ver mejor, se dio cuenta de dos cosas.

Una, lo que abrazaba no era su peluche ni nada semejante.

Dos, estaba pegado cual koala al brazo del rubio, que lo agitaba en su intento nulo de librarse de su agarre.

Avergonzado, deshizo la unión rápidamente mientras se disculpaba con torpeza, con un bonito color rojizo en sus mejillas.

—Está bien, Tsuna-kun —sonrió el mayor, divertido al ver la reacción del pequeño.

Había tratado de desasirse sin despertarle, pero no había tenido demasiado éxito.

Una disculpa más salió de los labios del castaño antes de que su estómago reclamara por comida. Probablemente, exigía el desayuno.

—Tienes hambre, ¿no? —rió Giotto, y Tsuna asintió tímidamente—. Bien, vamos a que comas algo.

Saltó casi inmediatamente a los ya conocidos brazos del cielo y se acomodó en ellos mientras se dejaba llevar.

Para su buena suerte, los demás se habían despertado antes que ellos y la comida estaba ya preparada a manos de Elena, quien había prohibido entrar a cualquiera del sexo masculino a la cocina, sabiendo lo torpes que eran todos en el sector culinario.

Así pues, Tsuna disfrutó por primera vez de un desayuno rodeado de tanta acrividad. Las peleas entre los guardianes eran muy divertidas a su parecer, y más lo eran sus rostros cuando el rubio amenazaba con "congelarles" para toda la eternidad.

Y dado que todos tenían la amabilidad de hablar en su idioma, se reía mucho. Probablemente no había reído tanto en toda su corta vida.

Para que no extrañase su hogar, los adultos hicieron hasta lo imposible por entretenerlo. Hicieron diversos juegos en los que Tsuna alegremente participaba, contaban historias que lograban hacer reír al castaño, le dieron una vuelta turística por la pequeña ciudad en la que aterrizó y muchas más cosas con el objetivo de que el niño se sintiera cómodo.

—Es muy bonito —sonrió el castaño al ver el paisaje que se le presentaba ante sus ojos.

Se encontraban en una playa, concretamente en unas rocas que hacían la función de mirador. El sol se había ido escondiendo gradualmente hasta ser totalmente reemplazado por una radiante y blanca luna llena.

Se acomodó en el cabello rubio de Giotto, quien le había puesto encima de sus hombros para que admirara mejor el paisaje.

Al principio pensó que la pasaría mal en aquel lugar desconocido y sin sus padres ahí para darle confianza. Pensó que todos le rechazarían como siempre, debido a su timidez y torpeza, pero no fue así.

Se alegraba de que el niño fresa le hubiera enviado allí.

—¿Tsuna-kun? —le llamó Giotto con tono preocupado, y todos miraron al niño—. Te siento más ligero…

Con una notable preocupación, el cielo puso al niño en el suelo, ante la atenta mirada de todos los presentes.

—Está brillando —señaló Cozart, viendo como del cuerpo del castaño salía una leve luz naranja.

—Y empieza a ser transparente —indicó G, percatándose de que podía ver lo que había a través del niño.

—¿Qué está pasando? —preguntó preocupado Tsuna, mirando sus manos y a los adultos con miedo.

—Creo que se acaba tu tiempo aquí… —respondió Giotto con tristeza. Sabía que el niño tenía que volver a su época de alguna manera pero… ¿tenía que ser tan pronto?—. Volverás a casa con tu mamá, Tsuna-kun…

Miró a sus amigos, quienes tenían una expresión triste en su rostro. Trataban de disimularlo para no apenar al pequeño, pero incluso el siempre despreocupado Asari tenía dificultades para lograrlo.

Se habían encariñado con el pequeño castaño y era difícil dejarle ir.

—Nos volveremos a ver, ¿verdad? —cuestionó Tsuna, sonriendo cálidamente.

—Espero que si, Tsuna-kun —respondió al cabo de unos momentos Giotto, viendo que los demás eran incapaces de hacerlo.

Ni siquiera Alaude y Daemon tenían el corazón para mentir a aquel niño, menos con tan radiante sonrisa en su rostro. Sabían que era improbable que pudieran verse nuevamente, pero la verdad también le dolería al pequeño.

El cielo también era consciente de ello, y por eso respondió evasivamente.

—Has cumplido tu promesa, Giotto-san —comentó alegre el castaño, tomando las palabras del rubio como una afirmación—. Gracias.

El cuerpo de Tsuna brilllaba cada vez más, al tiempo que se iba haciendo transparente.

En un último acto, todos abrazaron grupalmente al pequeño que ya casi parecía un fantasma, agachándose para estar a su altura. La mayoría derramó unas cuantas lágrimas, sin querer dejar ir al chiquillo.

Sin embargo, era inevitable, y tras un último agradecimiento de Tsuna, desapareció completamente.

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—Verde, necesito que… —un pequeño de orbes negros y cabello oscuro irrumpió en la sala, pero se interrumpió al ver a un niño materializarse dentro de aquel extraño tubo—. ¿Qué estás haciendo con ese niño?

—¿Quién te ha dado permiso para entrar aquí, Fon? —preguntó el aludido, sin responder a la cuestión.

—Ya estás usando a los demás para tus investigaciones —suspiró el arcobaleno, viendo como el castaño abría los ojos, algo aturdido—. ¿Saben sus padres dónde está? Podrían estar preocupados, ¿no lo crees?

El científico chasqueó la lengua, irritado. La puerta del tubo se abrió y el niño salió de ahí.

—¡Ha sido muy divertido! —exclamó Tsuna, sonriente—. ¡Muchas gracias por invitarme a jugar!

Aquello asombró a los dos arcobalenos. ¿Qué había sucedido para que el chico regresara tan contento, habiendo sido usado de conejillo de indias?

—Oh, si eso te ha divertido, tengo muchas… —empezó un alegre Verde, pero fue interrumpido por Fon.

—No dejaré que lo uses más —dijo calmadamente—. Pequeño, ¿cuánto tiempo has estado fuera?

—Dos días —respondió Tsuna, aproximando—. Quiero ver a mamá…

El arcobaleno de la tormenta no necesitó más. Tras una mirada molesta del científico, quien sabía que poco podía hacer en una pelea contra Fon sin su maquinaria preparada, dejó que se llevara al castaño a su casa.

Ni bien entró Tsuna en su hogar, su madre le recibió con lágrimas en los ojos. Su padre, aliviado, llamó por teléfono a la policía, avisando de que su hijo había aparecido sano y salvo.

La siguiente pregunta fue obvia, sin embargo, el niño se quedó dormido ni bien su madre le cogió en brazos.

Se alegraba de haber experimentado esos viajes, pero nada era mejor que estar en casa.

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Querido lector, si has llegado hasta aqui, mis respetos. Acabas de leer el escrito mas largo de toda mi vida XDDDDDD.

Bien, aqui está la conti prometida. Con esto se cerraría esta historia —o al menos es lo planeado si no se le ocurre a cierta persona obligarme a continuar—.

Bueno~. Respondo:

Mikan18, vaya, me sonrojas. Suelo escribir con la esperanza de que a quien lo lea le guste, y por ello me halaga que lo disfrutes n.n

Respondiendo a tu pregunta, pues si seguire escribiendo historias de este anime. ¡Grache por leer!

PD: ¿puedo decirte Kan-chan?

Fiz-chan, jajajajajaja, pues concuerdo contigo en que Tsuna es muy kawaii de peque, tu ves mi galeria y tengo unas 50 fotos de Tsuna peque XD

Anaaquino, me alegro de que te haya gustado y pues aquí hay otro XD. Grache por leer n.n

PD: ¿puedo decirte Ana-chan?

Mel-chan, TARTITA *-*. Grache!

Bueno, yo de ellos tambien haria lo mismo. Es que solo le veo la carita y me da rabia saber que le malttataban al pobre.

Ginomi, vaya, pues me alegra de que te haya gustado y espero que este tambien n.n

PD: ¿puedo decirte Gi-chan?

YINARI-UCHINA, jajaja, pues aqui la tienes, me alegra de que te haya gustado. Grache por el apoyo y por leer =D

PD: ¿puedo decirte Yi-chan?

Vi-chan, pues aquí lo tienes, aunque seguramente lo leeriasben Wattpad XD. Gracias por leer =D

Bien~. ¿Merezco un review? ¿Un disparo? ¿Tartita?

¡Au revoir! Nos leeremos pronto~