¿Otro pasado?

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—Y así llegué aquí —finalizó con una sonrisa.

Los dos adultos intercambiaron miradas con rapidez y centraron de nuevo su vista en el chiquillo.

—Tsu-kun, no es que no quiera creerte pero… —Nana miraba insegura a su hijo, intentando escoger las palabras adecuadas.

—No parece que estés mintiendo, pero… —Iemitsu tampoco sabía que pensar.

El rostro del niño decía claramente que no mentía y que, de hecho, no tenía razón de hacerlo. Pero la historia era, cuanto menos, descabellada.

Sobretodo para la mujer, pues el rubio se podía imaginar algo debido a su trabajo. Pese a ello, las posibilidades de que su hijo de cinco años se topase con tecnología tan avanzada así por las buenas eran sumamente bajas.

Aunque aquellos nombres que había mencionado Tsuna se le hacían vagamente familiares…

—¡Es cierto! ¡Lo prometo! —exclamó el castaño, borrando la sonrisa de su rostro.

Sus padres le dirigieron una mirada dubitativa, y eso le afectó al pequeño.

Sus orbes se empañaron. Nunca había mentido, y no lo hacía en aquella ocasión. Pero ellos no parecían confiar en su palabra y pensaban que no era sincero…

Recordó a los que había conocido en sus viajes. Ninguno de ellos dudó de él, aun cuando había dicho cosas que no conocían y que parecían locuras, como era el caso del segundo viaje.

—¡No es justo! ¿Por qué no me creeis? —preguntó, desafiando por primera vez a sus progenitores, quienes le miraron sorprendidos—. ¡Prefería estar con Giotto-san y los demás!

Se levantó de la mesa en la que había estado hablando con sus padres y huyó, corriendo hacia la puerta que daba acceso a la calle y saliendo ni bien se calzó.

No le importaba que estuviera lloviendo a cántaros, que se mojara entero o que pillara luego un buen resfriado.

Con lágrimas en sus ojos, solo pensaba que quería volver a alguna de las dos mansiones, le daba igual. Quería estar con quienes le habían tratado tan bien. Ellos no desconfiaban de él, le hablaban con cariño y le hacían reír.

Había sido tonto al pensar que sus padres le creerían. Si lo pensaba bien, nunca solían hacerlo, ni siquiera sabiendo que jamás había mentido.

El llanto aumentó al pensarlo y siguió corriendo con más fuerza. Resbalaba a veces, pero se volvía a levantar y seguía su carrera.

Debía llegar al parque de Namimori, donde se encontraba el único que lograría ayudarlo.

Aumentó la velocidad al divisar el objeto redondo que se encontraba ahí, mojado debido a la lluvia. Entró en la cúpula con la respiración cortada y agitando su cabello castaño para quitarse el agua de encima.

Intentó buscar el botón que Verde había pulsado, pero no lo encontraba por ningún lado. Buscaba y buscaba pero parecía haber desaparecido.

Desanimado, se sentó en el interior y recogió sus piernas hacia su pecho, envolviéndolas con sus brazos, y apoyó la cabeza en sus rodillas.

No tenía la intención de volver a su casa, al menos no por el momento. No se sentía capaz de regresar allí y enfrentar de nuevo a sus padres, quienes seguramente le reprenderían y castigarían. De una manera u otra no se libraría, asi pues, mejor era retrasarlo lo más posible.

Pero si tan solo pudiera viajar de nuevo…

Repentinamente, sintió que el objeto se movía. Asombrado, se incoporó con torpeza y vio como volvía a aquel lugar que Verde había llamado "su laboratorio".

—¿Por qué has venido aquí, niño? —preguntó el bebé con peinado de fresa, parado frente a él. En sus manos había una pequeña toalla blanca y un pañuelo, ofreciendoselo al pequeño con una mirada indiferente.

—Gracias… —aún algo impresionado, y sin responder a la pregunta, tomó los objetos. Con el pañuelo quitó sus lágrimas mientras con la toalla secaba su cabello castaño.

—¿Qué haces aquí con esta lluvia? —cuestionó Verde, volteando para encaminarse a un ordenador—. ¿Te has perdido?

—No… yo… —su naturaleza tímida hacía que no fuera capaz de pedirle el favor al niño—. Yo… ¡quisiera volver a viajar! —cerró sus orbes color chocolate con fuerza, habiendo reunido todo su valor para enfrentar la vergüenza.

El bebé giró en su silla, sorprendido por la petición del castaño.

Se había extrañado al verlo en la entrada de su escondite, con lágrimas en sus ojos y totalmente empapado. También observó con curiosidad como buscaba algo en el interior, rindiéndose al cabo de un rato.

Pese a que al principio pensó que se le había perdido algo, llegó a la conclusión de que era improbable al verlo sollozar en aquel rincón. Además, nadie en su sano juicio iría a por algo en pleno diluvio, menos un pequeño de cinco años que no poseía nada lo suficientemente valioso.

Por tanto, seguramente quisiera verle por alguna razón. En circunstacias normales no le hubiera dejado entrar, pero incluso él se entristecía al ver un niño llorando, sobretodo sabiendo que era tan alegre como había demostrado el día anterior.

—Aunque no esperaba que me pidiera eso… —murmuró para sí, viendo como el castaño abría tímidamente uno de sus orbes, al no obtener respuesta—. Está bien, te permitiré viajar de nuevo.

Era un dos por uno. Él podría investigar y perfeccionar su invento y el niño ya sonreía alegremente tras su aceptación.

—¡Muchas gracias! —exclamó Tsuna, corriendo hacia el científico y abrazándolo.

—¡Está bien, pero suéltame! —exigió Verde, y el pequeño obedeció, sin quitar la sonrisa de su rostro.

El arcobaleno suspiró, sin embargo, sonrió levemente al ver la cara del castaño. Era imposible no estar contento al ver aquella expresión de alegría.

—Bien, sígueme —a Tsuna se le hizo familiar el recorrido pues era exactamente el mismo que ya había hecho, y esta vez no vaciló en meterse al tubo transparente—. Debes saber que es improbable que vayas al mismo lugar, aún tengo que perfeccionar eso, ¿quieres arriesgarte? —preguntó Verde, tecleando en su ordenador.

El niño dudó ante eso. Sin embargo, su sexto sentido le decía que nada malo pasaría, asi pues, decidió intentarlo y esperar que pudiera volver a aquel lugar.

Con un asentimiento, el arcobaleno hizo los procedimientos previos en su ordenador.

—Tsk, es cierto, había olvidado que quería investigar sus llamas —se dijo al observar el gráfico del pequeño—. Ya no hay vuelta atrás, se lo pediré como pago.

Tsuna miraba la absorción de su cabello castaño hacia arriba, como la vez anterior. Aun le asustaba un poco, pero ya sabía que no le haría daño.

—Escucha, niño —el aludido miró al científico—. Volverás dentro de un día con cinco horas y veinte segundos. Aprovecha bien el tiempo.

—Está bien —accedió, y Verde tecleó los últimos códigos.

Segundos después, Tsuna ya no se encontraba allí.

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—¡Itee! —se quejó el niño, al caer en un suelo demasiado duro.

Abrió sus orbes castaños —los cuales había cerrado al impacto— y se fijó en donde había aterrizado, esperando encontrarse en algún lugar conocido.

Se desilusionó al verse en una habitación pequeña, con tan solo una cama y una mesilla de noche como todo mobiliario.

En sus paredes blancas, no había más que una ventana con las cortinas algo mal cerradas, que dejaba filtrar la luz del sol y una puerta café que era la única que daba entrada y salida a la habitación.

La pregunta que se formulaba el castaño era evidente. ¿Dónde estaba?

Se levantó para inspeccionar un poco el lugar y tratar de encontrar al dueño del cuarto. Se sobresaltó al escuchar pasos junto a voces, y vaciló entre salir o no del cuarto.

Sin embargo, ni bien dio dos pasos, la puerta se abrió de improvisto.

Tsuna se vio repentinamente acorralado en una esquina, con una pistola apuntándole en la frente. Retrocedió un poco, en el intento de alejarse, pero tropezó y cayó de espaldas.

Su atacante era un hombre de cabello azabache y orbes del mismo color, que le superaba claramente en altura, ataviado en un traje negro y con un sombrero que se le hizo familiar, pero no estaba para pensar en eso.

—¡Lo siento! ¡No me haga daño! ¡Por favor! —las lágrimas del niño salían solas debido al terror del arma, aunque sintió que ya había pasado por eso antes.

El de sombrero pareció sorprenderse al oírle hablar, y esa expresión la había visto con anterioridad, de eso estaba seguro.

—¿Un niño japonés? —preguntó el mayor en otro idioma, sin ser entendido por el chico, aunque era más para sí que para él. Para el alivio del castaño, bajó la pistola—. ¿Quién eres, y cómo has entrado aquí? —esta vez sí le habló en su lenguaje.

—Y-yo… —la mirada del adulto era aterrorizante, y el pequeño ni siquiera podía hablar bien. No sabiendo que aún tenía el arma de fuego en su mano y podía disparar cuando quisiera.

—No te haré daño, tranquilizate —viendo el temor del menor, guardó la pistola y se agachó frente a él—. Solo quiero que respondas a mi pregunta.

—S-sí… —tartamudeó, algo más calmado después de verse en menos riesgo—. Yo quería… volver… con los demás pero… parece que… algo ha salido mal… y…

El niño procedió a explicarle —con cierto temblor— toda la historia y cómo había aterrizado ahí por error. También le dijo que debía volver en el tiempo establecido.

—Resumiendo —habló cuando el castaño terminó su explicación—. Querías viajar a otra época pero parece que ha salido mal y has llegado hasta aquí.

El de orbes cafés asintió, alegre de ver que le creía. Aunque por otra parte, le entristeció el hecho de que un desconocido confiara en su palabra y sus padres no.

—¿Y cómo te llamas? —cuestionó el mayor, sacando al castaño de sus pensamientos. Era cierto, en todo su relato no había respondido a la primera cuestión.

—T-Tsuna… —sonrió levemente, aunque algo tembloroso. Después de todo, la simple mirada del adulto daba miedo, pero su cabello y sus patillas, aquellos ojos y aquellas ropas le eran familiares…

—Bien, Tsuna —se incoporó y extendió una mano, ofreciéndole su ayuda para levantarse. El niño la aceptó—. Yo me llamo Reborn.

El pequeño casi se volvió a caer debido a la impresión que le causó el nombre.

—¡Reborn-san! —exclamó alegre, borrando cualquier rastro de miedo que hubiera podido tener, y se incorporó, abrazándose a las piernas del mayor.

El de sombrero entendía menos. ¿Qué pasaba con ese niño?

Había pasado de estar aterrorizado a abrazarle sin miedo alguno.

—¡Has crecido mucho! —comentó el pequeño, sin soltarle—. ¡No te había reconocido!

¿Crecer? ¿Se conocían de antes?

Le miró con incredulidad. Imposible. Aquel pequeño a lo mucho tendría cinco años y él que cuadriplicaba la edad. Entonces, ¿cómo…?

La mente del hitman ató cabos rápidamente. Si aquel chico tenía la posibilidad de viajar a través del tiempo, no sería sorprendente que se hubiera topado con su versión infantil.

—Reborn, me he cansado de espe… —un rubio de orbes azules irrumpió en la habitación, y se encontró con la escena. Le entraron ganas de reír—. ¿Desde cuándo eres padre, kora?

—Cállate —ordenó mirándole de reojo mientras separaba al niño de él—. No es mi hijo.

El azabache volvió a mirar al castaño, al que ya alzaba en brazos. Definitivamente no podía dejarle solo, pero tampoco era bueno en el cuidado de niños.

Aunque solo sería por un día, ¿verdad?

Suspiró al ver la mirada de alegría que le dedicaba el pequeño, confiando en él. Eso era lo que más detestaba de los críos, que podían hacerle sentir culpable solamente con los ojos.

—Voy a tener que cuidarte, ¿verdad? —le dijo a Tsuna, quien rió nervioso y asintió.

—¿Es japonés, kora? —preguntó el rubio en el idioma del castaño.

Su espartana entrenadora le había hecho aprender a las malas varios lenguajes, argumentando que era necesario que supiera algo más que disparar.

—Creo que es obvio, Colonello —respondió el hitman.

—¿Y lo vas a cuidar tú, kora? —el soldado contenía la risa al imaginarse al asesino número uno de la mafia en el papel de padre.

—Cállate —le dirigió una mirada que podría haber aterrado a cualquiera, pero el de ojos azules ya estaba acostumbrado.

—Lo lamento por ti, kora—le sonrió al castaño, quien le miraba con confusión.

—Reborn-san es una buena persona —habló Tsuna, sorprendiendo a ambos adultos—. Me ayudó antes y sé que puedo confiar en él, me lo dice mi sexto sentido.

—¿Sexto sentido, kora? —preguntó el rubio, asombrado por la confianza del niño en sus palabras. Incluso el mismo Reborn estaba sorprendido.

—Sí, es como un sentimiento que tengo en mi cabeza —señaló la parte mencionada con una sonrisa—. Me dice cuándo debo o no confiar en los demás y cuándo estoy en peligro.

Soldado y hitman se miraron entre sí. Ese niño era, cuanto menos, extraño. ¿Quién podía hacer eso que había dicho el chiquillo como si fuera lo más normal del mundo?

Debido a su involucración con la mafia, el azabache sabía de la prestigiosa familia cuyos jefes se decía que tenían una desarrollada y envidiable intuición.

Contempló al castaño con detenimiento, era muy joven pero podría ser el siguiente sucesor. Sin embargo, de ser así, le asombraba su carácter.

La mayoría de familias mafiosas solían inculcar ciertos conocimientos en sus herederos y estos tendían a ser vanidosos, frívolos e intratables desde temprana edad.

Sin embargo, aquel chico poseía el rostro más inocente que hubiera visto en cualquier otro niño, y su carita sonriente alegraba el día a cualquiera que la viera.

—Eres interesante —le dijo el asesino, y Tsuna solo amplió su sonrisa ante el comentario.

—Tendrás que venir con nosotros, kora —le dijo el rubio, sonriéndole mientras el de sombrero le colocaba encima de sus hombros, y el niño se aferró a las orejas del mayor para no caer.

—Solo no des muchos problemas —le advirtió Reborn, a lo que Tsuna asintió y los tres salieron de la habitación.

Se dio cuenta entonces que la estancia en sí era un departamento, lo suficientemente amplio para que una persona viviera sola. Por ello, el castaño dedujo que ambos no eran compañeros de piso, sino solamente amigos.

O eso pensó cuando escuchó la discusión que tenían mientras caminaban mientras hacia el destino desconocido, a través de una ciudad que él no reconocía por vista, pero supo que era italiana debido al idioma que se le había hecho familiar debido a su segundo viaje.

No era que los dos adultos discutieran a voces, ni mucho menos. Se sentía el aura hostil que salía de ambos, propia de una pelea, pero su tono de voz era calmado. Sobretodo por parte de Reborn, porque el rubio llamado Colonello parecía más alterado.

—No puedo permitir que Lal siga haciendo esas misiones tan arriesgadas, kora —argumentaba el de ojos azules.

—Eso lo debe decidir ella, yo no puedo interferir —replicaba el azabache.

—Pero no te cuesta nada decirme dónde será vuestra próxima misión, kora —el militar hizo una mueca de desacuerdo.

—Es información confidencial —le dijo el hitman, girando en el cruce hacia la derecha, seguido por el soldado.

—¡Me da igual, kora! —exclamó por primera vez el rubio.

El asesino solo suspiró resignado. Colonello era obstinado, sin embargo, iba en contra de sus principios desvelar información que se le había pedido explícitamente no divulgar.

Tsuna, por lo que había entendido de la conversación, se percató de que más que amistad lo que unía a esos dos era una mujer que el rubio quería proteger y que para ello necesitaba que Reborn le dijera algo que este se negaba a darle por alguna razón.

—Si tanto quieres saberlo —el asesino se detuvo frente a la puerta de un local, entrando en el mismo tras agacharse para acceder con el niño. El otro le imitó—. Pregúntaselo a ella.

El lugar en cuestión era una taberna cuya clientela era en su mayoría hombres con muy mal aspecto, cosa que hizo que el castaño se aferrara al azabache desde su posición.

Normalmente no dejarían entrar a niños al recinto, pero por alguna razón nadie le dijo algo al hitman. El pequeño pensó que, si ya imponía bastante cuando no tenía más de doce años, ahora que era un adulto debía ser bastante temible.

Distinguió a la mujer a la que se referían por el simple hecho de ser la única fémina que se encontraba en el local, sentada en la barra con un brazo apoyado en esta, con aire desinteresado y hasta podría decirse aburrido.

—¡Lal, kora! —exclamó el rubio, sorprendido de verla allí. Reborn solo le había dicho que irían a tomar algo.

La aludida volteó en su asiento al escuchar su nombre, o quizá al oír aquella voz tan conocida. Los dos adultos se acercaron a la mujer, y pidieron al encargado alguna bebida que el niño desconocía, siendo servidos con rapidez.

—¿Colonello? ¿Qué haces aquí, estúpido alumno? —preguntó con cierto enfado, hablando en italiano—. ¿Y tú qué haces con un niño? —se dirigió al hitman con un deje de diversión—. ¿Alguna de tus amantes ya te la ha jugado?

—¿Es que se parece en algo a mí? —Reborn rodó los ojos, ¿tan díficil era ver que no se parecían en nada?

—Bueno, es demasiado lindo, así que no puede ser tuyo —respondió mirando al castaño—. ¿Cómo te llamas, pequeño?

La pregunta estaba en otro idioma, pero el chiquillo ya se la había aprendido debido a las veces que la había escuchado. Claro que no sabía responder en italiano, no llegaba a tanto.

—Me llamo Tsuna —sonrió tímidamente, y Lal se sorprendió.

—¿Un japonés? —miró a ambos con asombro, hablando en el lenguaje del pequeño—. ¿De quién es este niño y qué hacéis con él?

—Es una larga historia —habló Reborn, Colonello se encogió de hombros y Tsuna sonrió a la militar.

—Ya me la contarás —sentenció, volviendo su mirada al rubio—. ¿Qué demonios haces tú aquí? Se suponía que iba a quedar con Reborn, no contigo.

El mencionado jugueteó con el vaso que el camarero le había servido anteriormente, haciendo que el hielo chocara contra el cristal. Estaba nervioso, era evidente.

—Quería saber el destino de la siguiente misión —respondió el hitman por su compañero, llevándose una mirada de reproche por parte de este—. Le he traído para ver si puedes convencerle, porque a mí me dan ganas de pegarle un tiro.

Al estar hablando nuevamente en italiano, poco entendía Tsuna de la conversación. Sin embargo, no le era difícil imaginarlo debido a las expresiones de sus rostros.

—¡Colonello! ¡Idiota! —le reprendió la mujer, y el aludido desvió sus orbes azules al suelo—. Es información confidencial, ya te lo he dicho como diez veces. ¿Qué tienes en la cabeza? —preguntó irónica—. ¿Un agujero negro?

El rubio hizo una mueca y tomó aire antes de volver su vista a su entrenadora.

—Esas misiones que tienes no me dan buena espina, un tipo que no muestra la cara no es de fiar, kora —sus orbes marinos chocaban contra los castaños de ella con firmeza—. No tengo un buen presentimiento acerca de todo esto y… —un leve sonrojo apareció en sus mejillas—. Yo no me perdonaría si te pasase algo, kora.

De no ser porque el castaño tenía su sexto sentido, hubiera pensado que la expresión de Lal era de rabia y que en cualquier momento le daría una paliza al soldado.

De hecho, a simple vista era lo que parecía, pero Tsuna se dio cuenta de que la mujer retenía una pequeña cantidad de lágrimas casi imperceptibles y no deseaba otra cosa que abrazar al rubio.

Siempre se preguntaría por qué los adultos se complicaban tanto y no hacían lo que querían. Cuando él quería abrazar a alguien, simplemente lo hacía y el contrario solía recibirlo con alegría, aunque pocas veces había tenido oportunidad de hacerlo con otra persona que no fueran sus padres.

—Eres un idiota —se cruzó de brazos, algo ruborizada—. No me va a pasar nada, no soy una damisela en apuros.

Colonello sonrió ante la respuesta, se lo esperaba.

—Reborn-nii —Tsuna sacudió levemente las orejas del azabache, atrayendo la atención de los tres—. Ellos se quieren, ¿verdad?

El hitman puso una mano en sus labios para ocultar la sonrisa divertida que había aparecido al oír al pequeño castaño, viendo los rostros de los aludidos.

Los tomates envidiarían aquel color rojo brillante.

—Hasta un crío se ha dado cuenta —habló Reborn en japonés, con aire pícaro—. A ver cuando os enteráis vosotros.

—¡E-eso no es verdad! —exclamó Lal.

—¡No es cierto, kora! —secundó Colonello.

El mafioso soltó una pequeña risa al escucharles, y Tsuna solo ladeó su cabeza en modo de confusión.

—Reborn-nii —llamó por segunda vez—. ¿Me he equivocado?

—No, Tsuna —respondió el asesino—. Solo que estos dos son demasiados tontos y no lo admiten.

—¡Reborn! —los dos militares estaban sincronizados.

—¿Desde cuándo eres "Reborn-nii", kora? —desvió Colonello el tema con rapidez, aun avergonzado.

El niño se sonrojó, veía al hitman ya como un hermano mayor, pero no le había pedido permiso para hablarle así.

—Y-yo… —tartamudeó el castaño, sin saber a dónde mirar.

—Te permito llamarme así por ser tan listo —replicó Reborn, sorprendiendo a Tsuna.

—¿De… verdad? —cuestionó asombrado el menor.

Nadie había alabado su inteligencia, ni siquiera sus padres. Solía ser torpe y despistado, por lo cual no era de sorprender.

—Sí, de verdad —respondió el hitman.

La sonrisa que abarcó el rostro del niño podría haber alegrado a todo el mundo. Lal y Colonello sonrieron e incluso sintieron pena por Reborn, quien no había podido verla desde su posición.

Sería el mejor hitman del mundo, pero sabían que aquel rostro alegre le hubiera ablandado hasta a él.

—Déjame cogerlo un momento, Reborn—pidió la mujer, ganándose una mirada incrédula por parte de su alumno.

—¿Lal actuando como una mujer, kora? —cuestionó el rubio, con la boca abierta—. El mundo se acabará mañana, kora.

Recibió un golpe de su entrenadora en la cabeza gracias a sus palabras.

Reborn accedió algo asombrado a la petición y bajó de sus hombros al castaño, para entregárselo a la militar.

—Eres lindo, Tsuna —alabó Lal, cogiendo al pequeño en brazos. El aludido se avergonzó y dio las gracias tímidamente.

Colonello no podía estar más celoso de la suerte del niño y desprendía un aura que aterraba a cualquiera junto a una expresión de completa molestia.

—¿Qué te pasa ahora, idiota? —Reborn sonrió ante la pregunta, y lo disimuló tomando un poco de su vaso.

Lal Mirch podría ser muy perspicaz, pero cuando el rubio entraba en la ecuación, toda aquella astucia se perdía.

«Lo que hace el amor» se dijo divertido.

—Nada, que la apocalipsis esta cerca, kora —respondió divertido—. Debí haberme traído la cámara, kora.

Se hubiera ganado otro golpe de no ser porque Lal sostenía al castaño.

—Eres un idiota —insultó al rubio, para luego mirar sonriente a Tsuna—. Ya podrías ser tan lindo como este niño.

El pequeño se aferró a las ropas de la mujer al sentir la mirada cargada de envidia de parte de Colonello. Daba mucho, mucho miedo.

—Colonello, deja de mirar así a Tsuna, le estás asustando —intervino Reborn con cierto deje de diversión—. No es su culpa que tú no puedas estar así con ella.

El aludido se ruborizó completamente al ser descubierto por el hitman, y en el rostro de Lal apareció un leve tono rojizo que disimuló desviando su rostro a otro lado.

—N-no es eso, kora —negó el rubio—. No le estoy mirando de ninguna manera, kora.

—Lo que tú digas —cedió burlón el azabache, viendo como Colonello trataba de disimular su vergüenza tomando un buen trago de su vaso.

—Creo que deberíamos irnos, este no es lugar para niños —cambió de tema Lal, mirando a los hombres que les rodeaban de reojo.

Tenía una reputación bastante conocida, y muchos temían a la militar, al igual que le tenían rencor. Si pensaban que Tsuna era alguien importante para ella, se aprovecharían de ello. Y lo mismo podría aplicarse en los otros dos.

No solían tener piedad con los niños.

—Es cierto, vámonos —secundó Reborn, poniendo unos billetes que había sacado al azar de su cartera.

Lal y Colonello le imitaron, saliendo con el pequeño castaño aún en brazos de la mujer.

Tsuna se vio momentos después en la avenida principal por la que había pasado anteriormente, de vuelta en los hombros del hitman debido a la petición del mismo.

De no ser porque ahora les acompañaba Lal, hubiera jurado que había vuelto atrás en el tiempo.

En vez de discutir con Reborn, ahora Colonello se dedicaba a tratar de convencer a su entrenadora lo riesgoso que eran aquellas misiones, siendo rebatido por ella, quien le decía que no necesitaba su innecesaria preocupación, que sabía defenderse perfectamente bien y, sobretodo, que era un idiota.

Tsuna ya había aprendido como eran los insultos en italiano de tanto que Lal se lo repetía a su alumno.

Reborn se dedicaba a sonreír divertido y picar algunas veces, haciendo que el castaño riera debido a las expresiones tan graciosas que ambos ponían en su rostro.

Lo cierto era que, pese a no haber vuelto a la época que quería, se lo estaba pasando bastante bien.

Le habían comprado un polo de naranja y le habían llevado a un parque cercano para que se distrajera mientras ellos se sentaban a charlar en un banco. También le empujaban en el columpio y a veces se alternaban para jugar con él.

Claro que, debido a su torpeza ya casi natural, se caía repetidas veces, pese a sus intentos por no hacerlo. Llegó a pensar que quizá le reprenderían por ser tan torpe, como solían hacer sus profesores, pero se había equivocado.

Ninguno de los tres parecía molesto por ello, de hecho, le sonreían y le ayudaban a levantarse.

—Tsuna, ten cuidado —advirtió Lal—. Podrías caerte otra vez.

El pequeño saltaba entre las baldosas del suelo unos pasos delante de los adultos, sonriente. Al escuchar las palabras de la militar, quiso girar su rostro para mirarla y asentir, pero lamentablemente acabó cayendo, raspándose la rodilla.

Un suspiro se escuchó por parte del rubio, y como si hubiera sido la señal de inicio, el llanto del castaño se hizo presente.

Lal y Colonello acudieron a su ayuda, agachándose para estar a su altura y refregando la herida del niño mientras le decían palabras amables, pero nada parecía funcionar para apagar los sollozos.

—Quizá se haya roto algo, kora —dijo el de ojos azules, alzando un poco la voz para hacerse oír.

—No lo creo —examinó la rodilla del pequeño, en busca de un hueso roto, sin mucho éxito.

—¿Y por qué sigue llorando, kora? —preguntó, viendo el inagotable llanto del chico.

Ella se encongió de hombros y siguió tratando de consolar a Tsuna, a quien le ardía tanto la herida que pensaba que iba a salir fuego.

—Quitaos de ahí —la voz del hitman, quien había estado callado hasta el momento, hizo que ambos le miraran y el niño parara de sollozar momentáneamente.

Los dos militares obedecieron y se inorporaron, dejando paso a Reborn para que tratara de consolar al pequeño.

—Toma, de tanto llorar debes tener sed —le extendió una botella de zumo, y el niño se dio cuenta de que tenía la garganta seca en cuanto lo vio.

Con un asentimiento, Tsuna aceptó la bebida y la tomó con total tranquilidad, ante las miradas incrédulas de Lal y Colonello.

El azabache le puso una tirita en la rodilla y, en cuanto el niño acabó el zumo, tiró el envase en un basurero cercano y puso a Tsuna encima de sus hombros.

—Aprended para cuando seais padres —las caras de ambos eran un poema, y Reborn sonreía divertido ante ello.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con Reborn, kora? —cuestionó Colonello, con sus orbes azules abiertos como platos.

—Eso mismo me pregunto yo —secundó Lal—. ¿Desde cuándo eres tan bueno cuidando niños?

—Que seáis inútiles para consolar a críos no es mi culpa —burló el azabache, ganándose miradas molestas por parte de los dos.

Un pequeño bostezo atrajo la atención de los tres, y vieron al pequeño refregarse sus orbes castaños.

—¿Tienes sueño? —preguntó la mujer, con una sonrisa divertida.

El pequeño negó con la cabeza fervientemente, pero sus ojos se cerraban solos.

—Es normal, ya está atardeciendo, kora —observó el rubio.

—Yo no tengo sueño… —su cabeza se acomodó en el sombrero del mayor y cerró sus orbes momentáneamente, según él.

—Claro —rio Lal al verle, seguida por Colonello.

—¿Cuánto tiempo te lo quedarás, kora? —le preguntó el soldado a Reborn, quien sonrió.

—Para mañana por la noche seguramente vuelva con sus padres —respondió.

—¿Ya sabes quienes son? —cuestionó la mujer.

—Quién sabe —le daba gracia que no supieran que el pequeño venía de otra época, aunque tampoco pensaba decírselo.

Un sonido proveniente del "no-dormido" castaño les llamó la atención.

—Colonello-nii, Lal-nee… —murmuró entre sueños, sacando una sonrisa a ambos.

—Mirad, ya se ha encariñado con vosotros —comentó Reborn.

—¿No es tierno? —dijo Lal, enternecida.

—Deja de actuar tan femenina, no te queda, kora —dijo Colonello, ganándose una colleja por parte de su entrenadora.

—Cállate, idiota.

—Ya decía yo —se quejó el rubio, refregándose la parte donde había recibido el golpe—. ¿Vas a llevártelo a tu casa, kora?

—No tengo opción —respondió—. Además, si lo dejo con vosotros, es posible que acabéis matandolo.

Las miradas de los militares decían claramente "aquí tú eres el asesino número uno de la mafia", ante lo que Reborn sonrió con superioridad.

—Está bien, creo que estará a salvo con "Reborn-nii" —burló Lal, borrando la sonrisa del azabache y haciendo reír a Colonello.

Ambos se despidieron del hitman y este se encaminó a su departamento. Cuando llegó, tuvo que hacer lo imposible por abrir la puerta sin hacer caer al dormido castaño.

Una vez entró, dejó al niño en su cama y le quitó los zapatos, haciendo lo mismo con los suyos. Maldecía su suerte por tener que ir a dormir en el sofá.

—Qué remedio —murmuró para sí mismo, poniendo una manta encima del pequeño, quien parecía tener frío debido a sus temblores.

Mientras le cobijaba, una pequeña mano se aferró a dos de sus dedos. Miró a Tsuna, quien seguía dormido pero no parecía dispuesto a dejarle ir.

Intentó soltarse por todos los medios que se le pasó por la mente, pero no había manera. El pequeño tenía un sueño pesado y bastante fuerza en su mano, hecho que le asombró.

—No me vas a dejar ir, ¿verdad? —recibió un leve apretón en respuesta—. Está bien, tú ganas.

Suspiró y se quitó su sombrero, poniéndolo en la mesilla, para luego acostarse al lado del pequeño castaño, quien seguía sujetándole.

—¿Sabes lo incómodo que va a ser? —el castaño se abrazó a su brazo—. Como que te da igual —sonrió resginado.

Cerró los ojos y se quedó dormido prácticamente al instante, pasando un brazo alrededor del niño en un intento de acomodarse.

.

Los movimientos se repetían más y más, no dejaba de moverse de un lado a otro y así no había quien durmiera. Pero se negaba a soltar a Shi-chan, quien era el causante de su despertar.

Era blandito, abrazable y cómodo, pero parecía haber adelgazado…

Un momento, Shi-chan no podía moverse y tampoco adelgazar. Era un oso de peluche después de todo.

La última vez que pasó algo así…

—Eres más pegadizo que un koala —escuchó que le decían, y el niño abrió los ojos con cierta lentitud.

Se encontró con los dos orbes azabaches del mayor, quien en su intento de desasirse de su abrazo, se había incluso puesto de pie. Sin embargo, Tsuna seguía aferrado a su brazo.

—¡Lo siento! —le soltó inmediatamente, pero no se percató de que, al hacerlo, caería al suelo.

Se dio cuenta demasiado tarde, pero el mayor lo atrapó gracias a sus reflejos.

—De verdad, ten más cuidado —dijo, dejando al niño en el suelo.

—Gracias, Reborn-nii —sonrió Tsuna, sacando un suspiro resignado al azabache.

El estómago del castaño sonó, demostrando así que tenía hambre y exigía su desayuno.

—Tienes hambre, por lo que veo —el pequeño se sonrojó levemente, avergonzado, y asintió—. Bien, vamos a desayunar.

Tsuna estuvo de acuerdo, y ambos se dirgieron hacia la cocina-comedor. El azabache sentó al niño una silla alta para que pudiera alcanzar la mesa, y se dirigió a la nevera de la cocina, examinando qué alimentos podría darle al chico para desayunar.

No era muy alentador tener el frigorífico prácticamente vacío, con solo un cartón de leche, un poco de queso que no parecía comestible y alguna que otra fruta en mal estado.

Examinó todos los armarios en busca de algo que pudiera satisfacer el hambre del castaño, pero de toda su búsqueda, solo sacó una barra de pan bastante dura y un yogur en mal estado.

Lo único que podía darle al niño era café, y dudaba que le gustase. Además de que parecía ser un niño activo y la cafeína podía volverle demasiado hiperactivo.

—Me parece que vamos a tener que ir a desayunar fuera, Tsuna —le dijo, y pese a que el pequeño asintió, su estómago no parecía muy de acuerdo con la idea de esperar más por su comida.

Cogió al niño en brazos, dispuesto a bajarle al suelo, cuando el sonido del timbre le llamó la atención.

No esperaba visitas.

—Quédate aquí y no te muevas pase lo que pase, hasta que yo te lo diga —escondió al castaño en un rincón, nunca sabía quién podía ser y, de encontrarse en una pelea, era mejor que el pequeño no estuviera presente.

Tsuna asintió y vio como el mayor desaparecía tras la puerta de la habitación. Escuchó como abría al invitado, y reconoció voces que cada oían más cerca, aunque no podía entender bien la conversación.

—Tsuna, puedes salir, son estos dos —anunció Reborn, y el castaño obedeció.

Se le alegró el rostro al ver a los dos militares, y corrió hacia ellos.

—¡Colonello-nii! ¡Lal-nee! —exclamó alegre, y se abrazó a las piernas de la mujer, quien le acarició su cabellera castaña.

—Hola, pequeño —sonrió Lal, y el rubio hizo una mueca, claramente molesta, al ver como su entrenadora no parecía molesta por el abrazo. Pero si él se acercaba tanto, le abofeteaba.

Menuda suerte tenían los niños.

—Debes tener hambre, ¿verdad? —el mero hecho de mencionarlo hizo que el estómago del castaño rugiera, avergonzando al mismo.

—Un poco…

Lal rio ante el acto y separó un poco al chiquillo de ella, agachándose para estar a su altura.

—Como me lo suponía, Reborn no te ha dado de comer —la mirada reprochante de Lal se dirigió al hitman.

—Estaba en ello, pero no tengo nada más que café —se encogió de hombros—. Mi fuerte no es la cocina.

—No me sorprende —dijo la mujer, y su vista pasó a su alumno—. Colonello, dale su desayuno al pobre niño.

—Como ordene, su majestad —burló el rubio.

Tsuna se dio cuenta de que portaba una bolsa blanca, que seguramente había sido obligado a llevar. Metió su mano y sacó un sandwich bastante apetecible, que hizo que su estómago gruñera, diciéndole que quería su comida.

Se separó de Lal y se abalanzó prácticamente encima del brazo del soldado, arrebatándole el bocadillo.

—¡Muchas gracias! —exclamó, sacando el plástico que rodeaba su desayuno y devorándolo prácticamente al instante.

Los tres miraron asombrados como el pequeño japonés acababa su comida en tres bocados. ¿Masticaba siquiera?

—¡Estaba muy bueno! —sonrió en agradecimiento a los dos militares.

Lal, quien se había incorporado minutos antes, arrebató de las manos el zumo que el rubio había sacado de la bolsa y se lo ofreció al pequeño con una sonrisa.

—Debes tener sed —el pequeño asintió ante el ofrecimiento y tomó el envase.

Pues sí que tenía sed. Eso quedó claro al ver como el castaño engullía su bebida de dos tragos.

—¡Gracias! —exclamó sonriente, tocándose su ya saciado estómago.

Tiró los residuos en el basurero que divisó, ante la mirada atenta de los tres adultos.

—¿Os apetece un café? —Reborn sonrió mientras se acercaba a la cafetera, la cual tenía el líquido marrón en su interior.

Saliendo de su estupor, ambos militares asintieron.

—Ahora que recuerdo —dijo el hitman mientras servía las tazas—. ¿Habeis venido juntos por casualidad o hay algo más?

Un rubor se hizo presente en los rostros de ambos aludidos.

—¡Están rojos! —señaló Tsuna, alegre al ver la graciosa expresión.

—No es lo que te piensas —habló Lal, cruzándose de brazos—. Simplemente ayer acompañé a este idiota a casa y se hizo demasiado tarde.

—Aunque sea poco femenina, no podía dejarle irse sola, kora —continuó Colonello—. Asi que la dejé quedarse en mi casa ¡pero yo dormí en el sofá, kora! —apresuró a aclarar.

—Claro —el tono pícaro del asesino dejaba claro que no les creía en lo absoluto.

Tsuna rió al ver las exclamaciones por parte del rubio y los aclaramientos de Lal tratando de convencer al azabache que estaba equivocado.

Se lo estaba pasando de maravilla.

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Nunca le habían gustado las despedidas, especialmente si no sabía si los iba a volver a ver. Sabía que ese momento llegaría y había tratado de preparse mentalmente para decir adiós, pero no había conseguido hacerlo.

El día había transcurrido demasiado rápido para su gusto, y entre risas, juegos, piques y bromas, el momento había llegado.

Su cuerpo empezaba a transparentar, diciéndole así que su tiempo en aquella época había finalizado y que esa era su última oportunidad para despedirse.

Reborn quizá lo había previsto, y creyó conveniente hacer que los dos militares se fueran, despistándolos con gran maestría. El castaño se lo agradecía, no se veía capaz de despedirse de ambos también.

—Me lo he pasado muy bien, Reborn-nii —sonrió Tsuna, pero sus orbes castaños retenían las lágrimas.

—Nos volveremos a ver, Tsuna —afirmó el hitman, ante un sorprendido castaño.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó ante la seguridad de sus palabras.

—Llámalo intuición, o sexto sentido —amplió su sonrisa y se sacó su sombrero, poniéndoselo al castaño, quien le miró asombrado—. Quédatelo, me lo devolverás cuando nos volvamos a ver.

—Muchas gracias, Reborn-nii —las lágrimas ya rodaban en el rostro del niño—. Prometo que te lo devolveré.

Y tras esas últimas palabras su cuerpo se desmaterializó, desapareciendo del lugar como si nunca hubiera estado ahí.

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—Ya estás de vuelta —oyó la voz de Verde, y se secó las lágrimas rápidamente. No quería que le viera llorar, probablemente se burlaría de él.

Aunque su sexto sentido —¿o debería decir intuición?— le dijo que no lo haría…

—S-sí… —¿ahora qué haría? Tenía claro que su pequeña rebelión acabaría y tendría que enfrentar a sus padres, pero sinceramente no quería hacerlo.

Verde pareció leer la duda y la tristeza en su rostro, y suspiró.

—Tus padres deben estar preocupados, ¿verdad? —Tsuna asintió lentamente. Entonces la mente del arcobaleno ató cabos—. ¿Has discutido con tus padres? ¿Era por eso por lo que querías viajar?

El chiquillo era un libro abierto.

—No me creerán si les cuento lo que pasa… —murmuró—. Nunca me creen a mí…

—Entonces tengo una fácil solución —sonrió el bebé, y abrió uno de los cajones metálicos del escritorio, sacando un pequeño recipiente—. Me había supuesto que algo así podría pasar.

—¿Qué es eso? —cuestionó el niño, saliendo del tubo y acercándose al científico.

—Un invento bastante curioso —dijo Verde, y repentinamente el pequeño sintió como la mano del arcobaleno le secaba una lágrima que se le había escapado—. Esto servirá.

Del recipiente sacó un par de pastillas blancas y las bañó con la gota que había tomado.

—Toma, dale esto a tus padres y lograrás que se olviden de lo sucedido contigo en el plazo de 72 horas —explicó, dándole los medicamentos.

—¿Se olvidarán de todo? —cuestionó sorprendido.

—Será como si hubieses estado allí todo el rato pero no recuerden lo que hiciste.

Tsuna asintió, no parecía mala idea el que no recordaran su discusión ni desaparición, además de que no preguntarían dónde se había metido esta vez.

—Está bien —cerró su mano en torno a las pastillas, pensando en algo que pudiera ayudarle a que se las tomasen sin muchas sospechas.

—Ahora vete, que el tiempo corre —ordenó Verde, mirando su pantalla de nuevo—. Pero dime una cosa, ¿cómo has conseguido ese sombrero?

El tono del arcobaleno era de molestia, pero el niño lo obvió y sonrió.

—Me lo ha dado alguien muy especial.

Se dirigió a la salida del laboratorio, topándose para su sorpresa con el pequeño de chupete rojo, al cual conoció al volver de su segundo viaje.

Si mal no recordaba, su nombre era Fon.

—¿Otra vez experimentando contigo? —suspiró el bebé—. Ese Verde nunca aprende.

—Hola de nuevo —saludó el castaño, alegre. Fon le caía bien, era muy amable.

—Te acompañaré de vuelta a casa, Tsuna-kun —le sonrió la tormenta, y el niño asintió contento.

Cuando llegaron a su hogar y el arcobaleno se fue, Tsuna respiró hondo. Era de noche, quizá estuvieran ya durmiendo y si no hacía mucho ruido podría pasar desapercibido.

Para su sorpresa, cuando entró mediante la llave de repuesto que se escondía bajo el felpudo, no había nadie en su casa.

Suspiró de alivio y se dispuso a pensar una buena idea para que sus padres tomasen las pastillas sin que sospecharan nada.

Solo se le ocurrió hacerlas polvo y disolverlas en vasos de agua, los cuales puso encima de la mesa de la sala, dispuestos para ser bebidos en cuanto llegaran sus progenitores.

Un bostezó se escapó de sus labios, no había dormido en todo el día y estaba agotado…

Sin quererlo, se quedó dormido mientras esperaba en el salón, con la única comodidad de un almohadón que actuaba de peluche.

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¡Salut! ¿Como estamos?

Bien, querido lector, si has llegado aqui mi enhorabuena. Es de los más largos que haya escrito.

Bieeeeeen. Ahora, ¿merezco reviews? ¿Un disparo? ¿Tartita?

Au revoir~ Nos leeremos pronto~