Un futuro diferente

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Suspiró al ver el rostro alegre del pequeño, quien había venido a "jugar" de nuevo.

Debía admitir que eso beneficiaba en gran parte a su investigación, y estaría más que satisfecho en cualquier otra situación. Pero sabía, como buen científico que era, que las posibles situaciones en las que el pequeño se podría encontrar en sus viajes no siempre le serían favorables.

Había empezado a preocuparse más por un chiquillo que por su proyecto, fenomenal.

Sin embargo, era inevitable el no hacerlo al ver aquella cara llena de esa felicidad que parecía querer repartir por el mundo.

Nunca había creído en la suerte, el destino o el azar, pero hasta él admitía que ese niño era muy afortunado.

Había hecho dos viajes temporales a épocas totalmente dispares y volvía de una pieza, incluso apenado por quienes fuera que conoció en el transcurso.

Suponía que ni siquiera el peor de los asesinos podía desearle un mal a aquel inocente castaño.

Sin remedio, le dejó acceder a su laboratorio. No podía negárselo después de todo.

—¿Ya has venido de nuevo? ¿Has logrado darle las pastillas a tus padres? —cuestionó ni bien el pequeño accedió al lugar, quien asintió mientras se levantaba del suelo.

Lo cierto era que Tsuna se había quedado dormido y, al despertar, se encontró con que seguía en la misma habitación donde había quedado esperando. Cuando habló con sus padres, estos no recordaban nada en lo absoluto acerca de su ausencia, lo que le dio a entender que al final su plan había funcionado.

O eso, o en verdad no les importaba en demasía. Después de que se rebelara por primera vez en su corta vida, sus padres parecieron dejar de prestarle menos atención que antes.

Quería creer en la primera opción.

—¿Crees que podré ir al lugar de ayer? —preguntó el niño a Verde, quien se había vuelto hacia su ordenador.

—No es seguro que te pueda enviar al mismo pasado, podría intentarlo —respondió.

—¿Pasado? —el tono del niño era de extrañeza—. No, era un futuro porque Reborn-nii había crecido mucho.

El de cabello verdoso se giró de inmediato en su silla al escuchar el nombre.

¿Reborn-nii? —repitió con cautela, incrédulo ante el asentimiento del castaño.

Sabía que había sido enviado a la época en la que aún no se le había aplicado la maldición, cuando era un adulto. Sin embargo, jamás imaginó que se encontraría con los arcobalenos adultos, y menos con el más peligroso de todos ellos.

—Tengo que devolverle su sombrero, y también quiero ver a Colonello-nii y Lal-nee —dijo con pena el niño, cogiendo el objeto entre sus manos.

Claro, por eso le sonaba tanto. Sin embargo, seguía sin creer cómo era posible que Reborn, el tipo más extraño y sádico que había conocido, al que nunca de los nuncas había visto sin su preciado sombrero, hubiera tratado tan bien al chiquillo como para que este le tuviese cariño y hasta le extrañara.

Por no hablar que conocía al otro par, y jamás imaginó que Lal Mirch pudiera mostrar una parte cariñosa, pues como bien decía su alumno, era de todo menos femenina.

Se dio cuenta de que su pensamiento anterior no estaba equivocado.

Ese niño podía ablandar hasta al hitman número uno de la mafia.

—¿Y cómo es "Reborn-nii"? —no pudo evitar preguntarlo.

—¡Me trata muy bien! ¡Me compra cosas y me dijo que era listo! —exclamó Tsuna, con un brillo de alegría en sus ojos.

No, no mentía, por muy imposible que fuera.

—Daría todo por ver a ese "Reborn-nii" —contuvo la risa, imaginándose a aquel tipo en el papel de padre. Definitivamente no pegaba ni con cola.

—Te encantaría, es muy bueno —Verde se carcajeó al escuchar las inocentes palabras del pequeño.

—No lo dudo —dijo entre risas, obligándose a sí mismo a calmarse. Sería demasiado divertido ver la cara de ese molesto arcobaleno al oír su debilidad hacia los niños de rostro dulzón.

Dado que el viaje del castaño alteraba el espacio-tiempo, lo que hiciera quedaría en los recuerdos de las personas que interactuaron con él. Y eso significaba que el hitman actual recordaría perfectamente al chiquillo que conoció antes de ser maldecido.

—Bien, adelántate. Yo tengo que acabar un programa aquí —el niño obedeció, y sus pequeños dedos pasaron a través de las teclas con rapidez.

Haría un dos por uno. El castaño viajaría en el tiempo, lo que ayudaría a su investigación y mejora, y además había configurado su invento para que pudiese analizar aquellas llamas del niño y extraño sello.

Había pocos agraciados con las flamas del cielo, y que ese pequeño las poseyera era raro. Pero más lo era que hubiera alguien capaz de encerrarlas en su interior sin que el castaño pasara por malos momentos.

Las llamas eran como la energía vital. Si se les retenía o se les arrebataba, su fuerza y salud se agotaba en cuestión de minutos. Sin embargo, Tsuna nunca había dado signos de dolencias y parecía saludable.

Tras finalizar sus programaciones, se dirigió al lugar donde había ido el castaño, quien obedientemente estaba ya dentro del recipiente transparente, esperando por él mientras miraba el sombrero del hitman que sostenía en sus manos.

Verde se preguntó cómo era posible que Reborn pudiera hacerse alguien entrañable para un niño en cuestión de un día con cinco horas.

Había visto ya de todo.

—Bien, ¿entonces quieres volver a la misma época de ayer? —cuestionó tomando asiento en frente de su ordenador, ya tecleando el inicio del programa.

—Si fuera posible… aunque también quisiera ver a los demás… —se lamentó.

—Puedo intentarlo, como ya te he dicho, pero no estoy seguro —reiteró—. ¿Te arriesgarás?

El niño asintió. Ya era su cuarto viaje y por lo visto, nada le decía que iba a salir mal. Por ello, estaba conforme.

Eso sirvió para que el arcobaleno centrara nuevamente su mirada en la pantalla y volviera a teclear. Tsuna sintió la ya familiar absorción mientras observaba atentamente el sombrero que sostenía, apretándolo fuertemente.

Debía devolversélo a Reborn-nii, no podía permitirse perderlo en medio de su viaje.

—Muy bien, volverás en un día con siete horas, cincuenta minutos y cinco segundos —anunció Verde, e instantes después el pequeño se había ido.

Sonrió al ver los datos del chiquillo en el ordenador. Era hora de investigar las llamas de ese pequeño.

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Cuando Tsuna aterrizó y vio a su alrededor, supo que no había podido volver a la época para devolverle el sombrero a su dueño.

Hubiera pensado que había regresado al lugar de uno de sus otros dos viajes anteriores, dado que la habitación era bastante amplia. Sin embargo, en ambas ocasiones, el cuarto tenía colores pasteles y hermosa iluminación, al contrario que ese, que era tan oscuro que podría denominarse tétrico.

No había nadie en la cama mullida sobre la que había aterrizado, y según vio tras unos momentos adaptándose a la oscuridad, podía asegurar que el dueño no se encontraba en la estancia.

Suspiró con cierto alivio, no se imaginaba a alguien bueno y amable durmiendo en aquel lugar tan… escalofríante.

Se atrevió a bajar del colchón algo temeroso, alerta por si algo se movía en aquella terrible oscuridad. Nunca le había gustado la ausencia de luz, menos cuando se encontraba totalmente solo e indefenso.

Viéndose a salvo, caminó a tientas por la habitación, con su mano izquierda delante para evitar chocar contra algo y la otra aferrándose al sombrero negro, el cual apretaba contra sí a modo de peluche.

Pero como siempre le pasaba, había acabado tropezando y cayendo al suelo. Se escuchó el sonido del cristal rompiéndose, y supo que algo se había llevado por delante en su caída.

Con cierto dolor se sentó en el piso, y miró su mano izquierda, dado que le dolía de sobremanera. Se percató, pese a la oscuridad, de que había un corte en ella, de la cual salía sangre.

Hizo lo que todo niño haría al descubrirse herido, solo, a oscuras y aterrado.

Su llanto se escuchó por toda la habitación, y probablemente por medio mundo debido a la intensidad de este. Lloró y lloró por cinco minutos, en los cuales escuchó pasos apresurados y la puerta abrirse, haciéndose la luz presente.

El pequeño detuvo su llanto sorprendido y abrió los ojos —que había cerrado al sollozar— para descubrir a un grupo algo… gracioso para él.

Habían entrado de sopetón cuatro personas bastante diferentes entre sí.

Uno era un hombre —algo afeminado, habia que admitirlo— con un peinado de cresta verde que portaba unas gafas oscuras de sol.

Otro tenía cara de malo, con unos extraños pelos negros en forma de punta, orbes oscuros y una cicatriz en su rostro.

El otro era un tipo de pelo plateado largo de orbes grises que portaba en su mano una espada bastante filosa.

La cuarta persona no sabía si definirle como chico o chica, pues llevaba una capucha que tapaba todos sus rasgos. Tendría su edad, quizá era algo menor, pero sorprendentemente estaba volando.

—¿Qué demonios…? —oyó que preguntaba alguien, pero no lo entendió. El idioma ya le era conocido, era italiano.

—¡Vooi, mocoso! —exclamó el de cabello platino, y el castaño se vio con la espada de este en su cuello, dispuesto a rebanarle.

—¡Lo siento! ¡No me haga daño! ¡No quise romperlo! —suplicó, pensando en por qué siempre que viajaba le apuntaban con un arma.

—¿Japonés? —dijo asombrado su atacante, bajando levemente la espada—. ¿Quién eres, crío?

—Y-yo… me llamo Tsuna… —sollozó, viendo con temor el filo que, aunque ya no estaba tan cerca, seguía siendo una peligrosa distancia.

—¿No es una ternura? —el chiquillo se vio en brazos del de pelo verde en segundos, liberándole de la amenaza pero ahogándole ddbido a la fuerza del abrazo.

—¿No os recuerda a alguien? —preguntó el (o la, no estaba seguro) de la capucha.

Todos le miraron con fijeza, como si estuvieran analizando. Orbes castaños, cabello antigravitatorio del mismo color…

—¡Vooi! ¿No se parece demasiado al otro mocoso? —los presentes, tras asimilar un poco las palabras del espadachín, asintieron.

—Además se llaman igual —observó el de pelo negro.

—Lussuria, suelta ya al crío, que lo estás asfixiando —el aludido obedeció, y el niño agradeció las palabras del otro menor, dado que empezaba a quedarse sin aire.

—Bien, mocoso, ahora… —antes de que el de la cicatriz acabase su oración, dos personas irrumpieron en la habitación.

Si Tsuna pensaba que serían un poco más normales, definitivamente fue demasiado ingenuo.

Solo de entrada, un cuchillo pasó rozando su mejilla y rozando el brazo del nombrado Lussuria, incrustándose en la pared que tenía detrás.

El aspecto de los recién llegados tampoco era tranquilizador. Uno tenía el pelo rubio con el flequillo tan largo que tapaba sus ojos, y sonreía, pero al castaño no le inspiraba precisamente paz, menos aún cuando tenía unos cuatro cuchillos en su mano derecha.

El otro parecía más normal, descontando su enorme capucha de rana. Era un joven de pelo verde y ojos del mismo color.

—Shishishi~, ¿qué ha sido ese llanto? ¿Y quién es el crío? —preguntó el rubio en italiano.

—¡Vooi idiota! ¿Es que no ves que lo asustas? —lo decía quien hacía instantes le amenazaba con una espada, pensaban la mayoría de los presentes.

—Bel-sempai ya de miedo de por sí —comentó el de cabello verde con un tono cantarín, y los cuatro cuchillos fueron a parar a su cabeza, aterrando al castaño—. Bel-sempai, eso duele —no parecía muy adolorido, la verdad.

—Cállate de una vez, estúpida rana —replicó el otro, incrustándole más cuchillos que sabía Dios de dónde sacaba. Al joven no parecía dolerle, o lo disimulaba bastante bien.

Repentinamente, el chico-rana —como Tsuna le había apodado— logró esquivar otra tanda de las filosas armas, las cuales rozaron al de pelo platino. Este se enfureció y empezó a dar espadazos, de los cuales uno casi da al azabache, quien sacó un paragüas de su espalda, cuya punta emitía una chispa eléctrica.

Ante el asombro de Tsuna, de aquel objeto salió un rayo, el cual estaba dirigido hacia el de la espada pero acabó dando al rubio.

Así empezó un caos total en la habitación.

—Ignora a esos de ahí —el único menor aparte de él se le acercó, y le preguntó acerca de su presencia allí.

El castaño le explicó —no sin cierto miedo, a saber que podría tener para atacarle— resumidamente la historia.

—Y terminé haciéndome daño —enseñó su mano, la cual había empezado de nuevo a dolerle al recordarlo. Con aquella escena había olvidado por completo su herida.

—Obra de Verde, cómo no —murmuró cuando terminó de oír la historia del castaño—. Tranquilo, le diré a Lussuria que te cure.

Llamó al hombre afeminado de gafas, quien animaba las batallas pero acudió enseguida al escuchar que estaba herido. Para la sorpresa del pequeño, el de pelo verde le curó instantanéamente.

—Increíble —abría y cerraba la mano, sin dolor alguno—. ¡Muchas gracias! —sonrió cálidamente.

Ante la exclamación del niño, todos pararon a verle. Ninguno se atrevió a seguir luchando ante la sonrisa tan radiante que tenía el castaño en su rostro.

Era la armonía en persona.

—¡Es una monada! —dijo Lussuria, juntando sus palmas.

Ninguno le contradijo, y el pequeño se sonrojó al ser el centro de atención.

—Monada o no, ahora tendrá que pensar cómo arreglar el jarrón —el de la cicatriz señaló el roto objeto con el cual Tsuna se había cortado—. Al jefe no le gustará cuando despierte de su siesta.

Era ya un milagro que no se hubiera despertado con el intenso llanto del pequeño minutos antes, pero bien sabían todos el sueño profundo que poseía.

—No era mi intención romperlo… —se apenó el niño, abrazando el sombrero del cual no se había despegado.

—No te preocupes, dado que tienes que quedarte con nosotros, tus gastos los cubrirá el tú de esta época —el de la capucha sonrió.

Al ver las caras desconcertadas, procedió a explicar a todos la historia del niño mientras este reflexionaba sus palabras.

Al castaño no le pareció mala idea. Bueno, era él después de todo quien pagaría, asi que no debía sentirse mal. ¿O sí?

Fuera como fuese, ahora se sentía muy mal por romper un jarrón que tenía pinta de ser caro. Era demasiado torpe, ¿cómo podía tropezarse con nada?

—Intentaré no hacerlo de nuevo… —la cara del chiquillo daba realmente mucha pena, y nadie fue capaz de reclamarle nada.

Entonces fue cuando su estómago —tan oportuno como siempre, pensaba el niño— reclamó comida. Lo cierto era que esa mañana ni había desayunado debido a que quería viajar lo antes posible, y ahora su apresuración le estaba pasando factura.

—¡Vooi! ¡Eso ha sonado peor que cuando el jefe tiene hambre! —exclamó el de cabellos platinos, con un rostro de sorpresa.

—¿Cuánto tiempo lleva este niño sin comer? —preguntó el azabache.

—Será mejor que le demos algo, ¿no creeis? —añadió Lussuria.

—Gracias —agradeció tímidamente Tsuna, tratando por todos los medios de acallar sus ganas de comer.

Salieron de la habitación y caminaron por un pasillo bastante tétrico pese a estar iluminado. Parecía que al dueño no le gustaban demasiado las cosas alegres y los colores claros.

Los mayores caminaban por delante, discutiendo sobre un asunto banal que el castaño no entendía pues hablaban en italiano, pero se entretenía viendo las graciosas expresiones que ponían, y se memorizaba algunos nombres en el proceso.

Unos minutos después, el miembro del grupo de su edad se dirigió a él para preguntarle acerca del sombrero que portaba.

—Me suena haberlo visto antes —comentó, y Tsuna sonrió.

—Me lo dio Reborn-nii, dijo que nos volveríamos a ver y que se lo devolvería —aclaró.

¿Reborn-nii? —cuestionó, y el castaño juraría haber oído el mismo tono en Verde.

—Sí, es muy bueno —amplió su sonrisa—. Me trató muy bien.

—De entre todas las personas… —murmuró por lo bajo. Jamás imaginó que el hitman se encariñaría con un niño al punto de darle su preciado sombrero.

Es que era imposible imaginárselo.

—Y… ¿cómo te llamas? —preguntó el niño, curioso. A lo mejor podía saber si era chico o chica por su nombre, consideraba que podría ofenderse.

—Mammon —respondió secamente, dando pocas pistas al pequeño. Sin embargo, supo que no era cierto.

—No es verdad, ese no es tu nombre… —habló sin pensar, para luego avergonzarse—. ¡Lo siento! ¡No quise decirlo! —se disculpó nerviosamente.

—¿Cómo has sabido que mentía? —pareció pasarlo por alto, y su tono expresaba más sorpresa que molestia.

—Me lo dijo mi sexto sentido, aunque Reborn-nii lo llama intuición —explicó, algo apenado por su torpeza.

—Es cierto, la famosa hiper intuición de los Vongola… —dijo más para sí que para el chiquillo, quien no entendía de qué hablaba—. Supongo que está bien, me puedes decir Viper.

—Si no te gusta, puedo llamarte Mammon… —no quería molestarle por algo tan banal como un nombre.

Sintió como su mirada se posaba fijamente en él y agachó la cabeza, nervioso y avergonzado.

—Está bien, puedes llamarme Viper —cedió, y el niño levantó su rostro con alegría, sonriéndole de la misma forma.

—Gracias, Viper.

—Tsk, no es para tanto —restó importancia, apartando la mirada del castaño y se reunió con el grupo.

Ahora entendía cómo había conseguido ablandar al hitman.

—¡Vooi, mocoso! ¡Aquí tendrás comida para aburrirte! —exclamó Squalo, abriendo una de las múltiples puertas laterales.

El castaño entró en el lugar y quedó maravillado.

Había como cinco mesas largas con platos de todo tipo. Desde pizza hasta verduras, dulces, galletas, sopas, frutas...

Lo que más abundaba era la pasta, y ni hablemos de la carne.

—¡Increíble! —exclamó Tsuna, feliz de la vida—. ¡Muchas gracias!

El grupo jamás imaginó que un niño de cinco años, pequeño y menudo, pudiera devorar más de cincuenta platos en media hora.

Pero lo habían visto frente a sus propios ojos.

—Ah, hacía tiempo que no comía tan bien —Tsuna sonreía sentado en el suelo mientras se tocaba su bien saciado estómago con una mano, mientras que con la otra sujetaba una servilleta y se limpiaba los restos de comida.

Se había colocado el sombrero en la cabeza, pero debido al intenso movimiento, se le había quedado algo ladeado, dándole un aire de inocencia mayor si era posible.

—¡Vooi! ¿Hace cuánto comiste, mocoso?

—Comí ayer —respondió con toda naturalidad.

Pues parecía no haber comido en un mes.

—Shishishishi~ definitivamente es peor que el jefe —comentó el rubio.

—Bel-sempai tiene razón —añadió la rana.

Nadie les contradijo, sin embargo, estaban temerosos por lo que podría pasar después.

Tsuna había arrasado literalmente toda la comida que había sido dispuesta para…

Una explosión puso alerta al niño, que se levantó de golpe, asustado. Los demás ni se molestaron, demasiado acostumbrados a ese sonido.

Y solo podía traer malas noticias.

—Parece que el jefe ha despertado —comentó el azabache—. Y debe tener hambre…

Tsuna no sabía qué significaba eso, no tenía idea de lo terrorífico que podía ser dejar al líder sin su comida. Sin embargo, los demás sí eran conscientes y por ello todas sus miradas se dirigieron a Viper y a Fran.

—Está bien —cedió el más pequeño tras unos minutos de intensa obvservación—. Pero quiero los depósitos para mañana.

Suspiraron y refunfuñaron, ahí se iba todo su dinero de nuevo.

—Ah, y también haré una llamada —miró a cierto castaño desentendido de la situación—. Después de todo, técnicamente es culpa suya.

Ninguno se opuso, alguno que otro rió debido a la confusión en el rostro del pequeño.

Tsuna vio con asombro como la sala se inundaba con una niebla de color índigo, y más cuando se percató que todos los platos volvían a llenarse de la misma comida que había pasado a mejor vida en su estómago, pese a que no veía con claridad, se distinguían las sombras.

De fondo se seguían escuchando explosiones, que se acercaban cada vez más, pero estaba muy ensimismado en ver la maravilla que se presentaba ante sus ojos para darse cuenta de ello.

—Esto servirá —la niebla desapareció, dejando ver ya a la perfección cómo la comida estaba perfectamente servida, como si nunca hubiera sido comida.

—¡Qué bien! —exclamó Tsuna, tomando el plato más cercano a él, un bistec bastante apetecible y cinco veces más grande que el pequeño.

—¿Aún tienes hambre? —preguntaron todos al unísono, incrédulos.

Antes de que el castaño pudiera masticar para siquiera responder, su cabello se vio levemente chamuscado por una bola de fuego que había pasado demasiado cerca suya.

—¡Escoria! ¿¡Qué crees que haces comiéndote mi carne?! —por detrás del grupo, apareció repentinamente un hombre que a Tsuna le dio muchísimo terror.

Con cabellos negros y orbes del mismo color, expresión claramente molesta y un par de pistolas en mano, aquel era uno de los más peligrosos que se había encontrado en todos sus viajes.

Y lo peor era que no entendía lo que, en su opinión, le había preguntado. Más bien reclamado.

Aún con un trozo de carne en su boca, sus achocolatados orbes se empezaron a llenar de lágrimas. Tenía miedo, y mucho se podría añadir.

—¡Vooi, estúpido jefe! —el espadachín no parecía tenerle temor alguno—. ¡Es japonés! ¡Y además lo vas a hacer llorar!

—¿Japonés? —una llamarada fue esquivada ágilmente por el de cabello largo, parecía acostumbrado—. Pues te lo repetiré, pequeña escoria —se dirigió a Tsuna, apuntándole con sus dos armas—. Suelta mi carne.

El pequeño no se lo hizo repetir, y obedeció. Sin embargo, el terror era aún mayor ante la amenaza de posible muerte entre llamas e hizo lo que cualquier chiquillo haría.

Su llanto se volvió a escuchar posiblemente por toda Italia, y los presentes se taparon los oídos. Podía dejar sordo a cualquiera, y eso que sus pulmones eran enanos.

—¡Cállate de una vez! —exclamó el recién llegado, pero el castaño lo ignoraba y aumentaba su volumen al ser rozado por las llamas—. ¡Está bien, tú ganas! ¡Cómete la carne pero cállate, pequeña escoria chillona!

Como si hubiera sido un tranquilizante, Tsuna detuvo su llanto y empezó a devorar el alimento.

Todos miraban incrédulos a su jefe. Que él, Xanxus, conocido por no ceder nunca nada a nadie —menos cuando se trataba de su preciada y sagrada carne—, dejara que un pequeño hiciera su voluntad, definitivamente no se veía todos los días.

Debía estar de demasiado buen humor… o enfermo. Más probable era la segunda opción.

—¡Escorias! ¡Dejad de mirarme como tontos y explicadme quién es este renacuajo que pasará a mejor vida! —exigió.

—Shishishishi~. ¿No te recuerda a alguien? —cuestionó el príncipe caído, divertido ahora ante la excepcional situación.

Su jefe pareció analizar detenidamente al niño que comía con suma rapidez su ya perdida carne, y se percató de lo que quería decir el rubio.

—¿Por qué se parece a la otra escoria? —preguntó con una ceja alzada.

—Porque es su versión pequeña que ha viajado en el tiempo —resumió Fran toda la historia.

—Entonces si me lo cargo, la escoria actual no existiría ¿verdad? —sonrió ante la idea—. Más razón para chamuscarlo.

—Si puedes hacerlo, claro —Mammon sonrió.

Si ese crío había conseguido ablandar a Reborn, entonces Xanxus era mil veces más fácil. No había visto persona menos cariñosa que el hitman, y de hecho, dudaba que la hubiera.

Lo comprobó cuando, en el momento en que que las llamas ya recargaban las pistolas, el pequeño terminó su comida y sonrió.

—¡Estaba muy bueno! —exclamó alegre, ignorante de su situación—. ¡Gracias! —miró a quien le apuntaba con sus armas con felicidad, ya sin temerle.

—Me las darás cuando pases a mejor vida, pequeña escoria —Tsuna ladeó su cabeza ligeramente a la izquierda, sin entender las palabras del mayor.

Su carita de ternura e inocencia era adorable, sin duda alguna. Mammon sonrió más al ver la duda en el rostro del jefe de los Varia, ya se lo suponía.

—Maldito sea —tras unos minutos mirando al sonriente castaño, bajó sus armas mientras lanzaba su maldición.

Ni él se veía capaz de borrar la felicidad de aquel niño. Habría matado a muchos, sí, pero sabía que asesinar a ese chiquillo sería el acto más cruel y despiadado del mundo debido a cómo sonreía, con aquella confianza y alegría.

Quien pudiera hacerlo, definitivamente era demasiado vil y no merecía ni vivir.

—Sí, ahora si que entiendo cómo Reborn se encariñó con él —murmuró Mammon para sí, viendo como un molesto Xanxus se iba a saciar su estómago y el niño se levantaba con total normalidad, ignorando que su vida había peligrado hacia segundos.

Era demasiado inocente como para desconfiar de alguien que le había ofrecido su comida.

—Este crío es un Dios o algo —comentó Levi al ver la escena, aun sin dar crédito. Los demás asintieron, de acuerdo con el comentario.

—Esto… —el castaño se había parado ante ellos y les miraba con timidez pero aun sonriente—. ¿Jugareis conmigo?

Los Varia se miraron entre sí y volvieron a observar al castaño y su sonrisa.

No pudieron negarse.

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Un bostezo salió del pequeño viajero, y se refregó los ojos en su intento de mantenerse despierto.

—Fran-nii… otra vez… —pidió con voz agotada y cabeceando.

—Shishishi~. Parece que alguien tiene sueño.

—¡No! ¡Estoy…! muy… despierto… —sus palabras se arrastraban debido al sueño que le inundaba.

—Bel-sempai tiene razón, debes dormir. Ya es de noche —el ilusionista hizo aparecer una gran almohada, y Tsuna no pudo evitar sentirse atraído por ella.

Se tiró en el suelo, encima del suave objeto y, haciéndose un ovillo, cerró sus orbes color almendra.

—No me pagan lo suficiente para jugar con niños —se quejó Mammon, haciendo que un peluche apareciera al lado del castaño, quien lo abrazó inconscientemente.

—La pequeña escoria tiene energía —comentó Xanxus, quien había sido prácticamente obligado a jugar con el chiquillo debido a que este se lo suplicó con una carita que ni el mismísimo diablo se hubiese negado.

—Shishishishi~. Ha sido entretenido, pero estoy agotado —el rubio bostezó.

—Me lo llevaré a mi habitación, estará más seguro allí —habló la rana, y se ganó una mirada amenazante de todos.

—¡Vooi! ¡Mejor es que se quede conmigo! —exclamó Squalo.

—Le molestarías con tus gritos, estará conmigo mejor —Levi le rebatió.

—Shishishi~. Podrías electrocutarlo —habló Belphegor—. Se queda conmigo.

—Bel-sempai puede acuchillarlo, es mejor que me lo quede —Fran no iba a ceder.

—Escorias, no sabéis nada de cuidar críos, mejor se quedará conmigo —definitivamente no diría lo mismo cuando viera su jarrón favorito destrozado.

—Oh, pero mejor estará conmigo —habló Lussuria.

—Podré pedir más dinero a Vongola si me lo quedo —claramente era una excusa, pero no lo iba a decir.

Discutieron acerca de cual era mejor para cuidar del pequeño Tsuna, hasta que finalmente llegaron a un acuerdo.

Gracias a las ilusiones de las dos nieblas, harían un dormitorio en el gran salón y dormirían todos en él. Así podrían cuidar al castaño y no pelearían por esa razón…

Aunque entre cuchillos, llamas y discusiones, mucho no durmieron. Solo agradecieron que Tsuna pareciera tener un profundo sueño.

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—No llores, pequeña escoria —se quejó Xanxus ante las lágrimas del pequeño—. Aun me debes lo del jarrón, asi que volverás o te traigo.

—Shishishi~. Nos veremos en un futuro —sonrió el rubio, aunque se veía que estaba apenado.

—Bel-sempai tiene razón… —la voz de Fran no se oía como siempre.

—Estos tienen razón, apuesto todo mi dinero —que Mammon dijera eso era raro, muy raro, pero la situación lo requería.

—Cuando vuelvas te enseñaré más sobre moda —intentó animar Lussuria, sin mucho éxito.

—Estos estúpidos dicen al verdad, no llores, mocoso —Squalo no tenía ni ánimos de gritar.

Jamás pensaron que se encariñarían tanto con aquel chiquillo en un solo día con unas horas. El tiempo se había deslizado entre sus dedos como si de polvo se tratase, y el castaño había empezado a transparentar.

Se arrepentían incluso de cada segundo que pasaron durmiendo.

Tsuna quiso mostrar la misma alegría que en sus otros viajes, pero eran muchas despedidas y no le gustaban. Había acabado llorando mientras sujetaba el sombrero con el que había llegado y el peluche que Viper había hecho aparecer con sus ilusiones, con el cual se había despertado.

—Yo no quiero irme… —sollozó Tsuna, pensando en por qué debía ser así.

Su vida en su época no era lo que se denominaría alegre, y aunque en ese momento estuviera de vacaciones, no quería volver a aquel lugar donde le maltrataban y su único refugio eran sus padres, quienes no confiaban en su palabra y no le prestaban toda la atención que debería.

—Nos encontraremos en un futuro —reiteró Mammon—. Aunque no precisamente de la mejor forma…

Antes de que el pequeño pudiera cuestionar acerca de eso, su tiempo en la época definitivamente finalizó y se vio de nuevo en el laboratorio de Verde.

—¿Has venido llorando otra vez? —le preguntó el científico—. ¿Pero cómo haces para encariñarte con todos los que ves?

Había regresado con un peluche en sus manos y el mismo sombrero que había llevado.

—No quiero volver a casa… —sollozó, mirando al pequeño de pelo verde.

—¿Y eso? ¿No extrañas a tus padres? —cuestionó—. Aunque no debes preocuparte, llamé con tu voz para decirles que estabas bien, que estabas con un amigo y que volverías hoy.

—¿Se lo creyeron? —evitó la pregunta con otra.

—Yo también me sorprendí, son un poco crédulos ¿no? —se encongió de hombros.

—Sí… —agachó la cabeza, saliendo del tubo por el cual viajaba.

Verde se sintió mal por el rostro del siempre alegre niño. Investigando un poco acerca de su vida, sabía que no era precisamente querido en su escuela y sus padres no le daban la atención que aquel castaño necesitaba.

Se preguntaba cómo era posible que siempre sonriera de aquella forma dulce cuando era tan desdichado. Suponía que era su propia fortaleza, que las veces que algo bueno le pasara pudiera sonreír felizmente. Así se sostenía a sí mismo en un mundo donde no había conocido siquiera la amistad.

Recordó la expresión con la cual le miró cuando habló con él por primera vez. Tan alegre y tan inocente, pensando que iba a jugar con él…

Ese chiquillo solo quería afecto, algo que no le era muy otorgado y que había encontrado en sus viajes espacio-temporales.

—Mira, podrás volver aquí siempre que quieras —jamás pensó decir eso—. Dado que tengo los suficientes datos, podré modificar el tiempo y la duración para que puedas ir unas horas al día.

Además, si desactivaba el sello del pequeño, sus llamas podrían ayudar a la investigación. Y sobretodo, él estaría alegre.

—¿Podré volver a ver a todos? —preguntó emocionado.

—Bueno, no estoy muy seguro —hizo una mueca—. Tomaría mucho tiempo, años quizá el que pueda volver a poner las fechas exactas de los tres viajes, pero con la suerte que tienes, al menos en una acertaré.

Tsuna se apenó, pero luego sonrió. Le valía con volver a ver a uno, aunque su preferencia era todos. Pese a ello, era cuestión de tiempo que lo pudiera hacer.

—Eso sería genial —comentó alegre, quitando sus lágrimas como podía y sonriendo al arcobaleno.

—Vaya, parece que hasta tú tienes tu lado bueno, Verde —Fon apareció de la nada, molestando al científico por tomarse tantas libertades sin ser detectado—. Hola Tsuna, me supuse que estarías aquí de nuevo.

El niño le saludó felizmente.

—¿No tienes cosas que hacer por China? —cuestionó molesto Verde.

—Siento decirte que no —contestó con calma.

—Que mala suerte —se quejó.

—¿Me acompañarás a casa? —preguntó ilusionado el pequeño, y Fon asintió.

—No quiero que te pierdas.

Con un asentimiento, el castaño se despidió del rayo y se fue con el pequeño de las artes marciales, quien siempre le contaba divertidas anécdotas o cuentos de origen chino. Incluso le había enseñado un poco el idioma en sus pequeños viajes.

Una vez se separaron cuando Tsuna llegó a su hogar, la sonrisa del castaño se borró. No quería, no quería volver a su casa…

Era feliz desde que descubrió los viajes en el tiempo. ¿Por qué debía volver?

Entró con la llave de repuesto, y el lugar estaba a oscuras. Estarían durmiendo, aunque no le sorprendía. Dado que Verde dio una excusa por él, no parecían preocuparse por su salud.

Aunque el argumento del arcobaleno era muy malo. No tenía más amigos que ellos, y sus padres ni sabían de su existencia.

Subió las escaleras con cuidado, no quería hacer ruido. No deseaba despertar a nadie, seguramente le reprenderían por llegar tan tarde y encima molestar.

Llegó al pasillo, donde había tres habitaciones, todas con las luces apagadas. Miró una de las puertas con pena y la otra con una pequeña sonrisa triste, e ingresó en su propia habitación.

En comparación con las otras dos, la suya era la más pequeña, pero no se quejaba. En realidad, nunca lo hacía.

Encendió la lámpara de noche para ver mejor —no encedía la luz para no incordiar el sueño de nadie— y ponerse el pijama.

Minutos después, se acostó en su colchón, tapándose con su manta y abrazando el peluche con el sombrero y quedó profundamente dormido.

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Salut lectores.

Vale. He perdido la apuesta

Sois crueles conmigo y demasiado majos con mi sadica amiga. ¿Vosotros sabeis cuanto me lo va a restregar y decirme "te lo dije"?

No, si es que encima pierdo em absoluto. Todos con ella eh. Que injusticia.

Bueh, ya os supondreis lo que significa ¿ne? Sii, por mayoria absoluta sera un fic maaas largo. No se de cuantos caps, ahora. Asi que me tendreis para rato.

Muchas gracias por votar y por leer, por supuesto.

Ah, y gracias a la fabulosa idea de Wa-chan, mi amiga me ha obligado como premio de la apuesta a hacer con los Varia (dije no darle ideas, pero no XD)

Algunos me han dicho que les encanta el fanfic y otros que soy sensual ./.

Mil graches lectores mios por apoyarme.

Ah, tambien me han dicho (muchos, de hecho XD) que ya no saben que esperar de mi. Por mi esto hubiera quedado en el primero, pero las circunstancias ya veis XD. Sorry por los lioos XD.

Bieeen~. ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?

¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.