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VACACIONES SIN CONTRATIEMPOS

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Disclaimer: ni la historia, ni los personajes me pertenecen. Esto es una adaptación.

Summary: Con esa tendencia a no librarse de los constantes contratiempos y su forma de ser caótica, Isabella no es la mujer más adecuada para el señor Edward Cullen, el joven de porte serio que siempre se rige por la lógica y por la razón. ¿O quizá sí? (ÉPOCA) ADAPTACIÓN.


Capítulo 1

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Mí querida señorita Swan:

Tu naturaleza entusiasta y vivaz alegra las vidas de aquellos que te rodean, pero deberías procurar controlar tus instintos y actuar con más decoro. Sé que tu mayor deseo es impresionar y despuntar entre tus compañeras, pero tendrías que ser más reflexiva y no perder el mundo de vista ni un sólo momento. Piensa siempre dos veces antes de dar un paso, querida, y estoy segura de que conseguirás sacar lo mejor que hay en ti.

Así pues, de todas las tareas que asigno a mis pupilas durante las vacaciones, probablemente la tuya sea la más simple y, me temo, la más desalentadora: tu objetivo será sobrevivir durante el período vacacional sin sufrir ningún contratiempo, y demostrar a todo el mundo que eres capaz de controlarte y de actuar como una verdadera señorita.

Buena suerte, señorita Swan.

Afectuosamente,

Sra. Esme Platt

«Sobrevivir durante el período vacacional sin sufrir ningún contratiempo», susurró Isabella Swan, sin apartar los ojos de la elegante caligrafía. Se mordió el labio inferior y guardó la nota doblada en el retículo. A simple vista, no parecía una tarea compleja, pero con la sabia experiencia que otorgan dieciocho años plagados de travesuras, Isabella Swan no era tan ilusa. Por más que intentara actuar con la gracia y distinción propia de una joven dama, había logrado aportar al mundo más anécdotas hilarantes que ninguna otra persona que se preciara de ostentar ese título.

Frunció el ceño mientras releía el objetivo que le había asignado su tutora.

¡Ni que fuera una chica torpe y desgarbada! Aunque era más alta que la mayoría de sus compañeras en la Escuela para Señoritas de la señora Platt, había recibido elogios por su agilidad con los pasos de baile y por su destreza al bordar. Había invertido un sinfín de horas en la práctica de caminar bien erguida y en el protocolo conveniente para moverse con soltura por los salones de fiestas de la capital. Isabella sacudió la cabeza entristecida. Poco importaba que hubiera sacado unas excelentes notas académicas; no, sus allegadas no parecían fijarse en ninguno de sus destacados logros.

En lugar de eso, sus compañeras de clase rememoraban con gusto cada una de sus divertidas travesuras, y a menudo le pedían que las volviera a relatar. Isabella no podía culparlas. ¿Quién más se había cosido accidentalmente al cojín de una silla, o había mezclado roble venenoso en una clase de arte y decoración floral, o se había quedado atrapada en el tejado de la escuela mientras se recreaba con un juego tan simple como la busca del tesoro? Isabella no se engañaba en cuanto a su suerte. En cada caso, habría jurado que había optado por la decisión más adecuada. Sólo después, en medio del caos que había provocado, recapacitaba y se daba cuenta de sus fallos. Le resultaba difícil no reírse de sí misma junto con sus amigas, especialmente porque la autocompasión y el descontento no formaban parte de su naturaleza.

El miedo, sin embargo, no faltaba en su repertorio.

Después de todo, había llegado la hora de abandonar definitivamente la escuela, y la sociedad era notablemente menos permisiva con las jóvenes herederas de origen humilde que no conseguían mantener las formas. Su padre había amasado una enorme fortuna gracias a las transacciones comerciales, pero había partido prácticamente desde cero. La infusión de dinero fresco era un factor más que deseable en el reino de las clases elitistas, pero esas mismas clases no mostraban ni un ápice de compasión con la gente no refinada. Si Isabella tenía que cazar al buen partido que su padre esperaba, debería demostrar que estaba a la misma altura que cualquier otra debutante de sangre azul o que poseyera el título nobiliario que su padre anhelaba.

Isabella se aderezó uno de sus rizos castaños debajo del sombrerito y suspiró, haciendo un esfuerzo por alejar esos temores de su mente mientras el carruaje se adentraba en unas tierras que le resultaron familiares. Sonrió. Ya casi había llegado a casa, y se sintió animada ante el pensamiento de reunirse con su padre después de tan larga ausencia. Lo echaba mucho de menos, ya que sólo lo veía durante los períodos de vacaciones del colegio. Pero ahora el último curso había tocado a su fin, y la señora Platt la había enviado a casa con una última tarea que tenía que llevar a cabo y con unas parcas palabras de consejo. Tan sólo faltaban escasas semanas para su debut, por lo que aún le quedaba tiempo para batallar y librarse de sus peores temores. Entre la humillación pública y la amenaza que suponían los depredadores románticos, Isabella sabía cuál de las dos opciones le provocaba más aversión. Le costaba mucho imaginar a un hombre besándole la mano y recitando versos poéticos; eso le parecía una idea más terrible que darse cuenta de que calzaba un zapatito de cada color al final del día. Por su experiencia, la segunda posibilidad era un desastre más propio de ella.

La señora Platt no se cansaba de repetir a sus pupilas que no se dejaran embaucar por el amor, que no fueran ciegas sino que usaran siempre la cabeza. Las pupilas que se graduaban de su escuela renunciaban con orgullo a caer en las redes de alguna aventura romántica. Isabella había decidido que simplemente extremaría precauciones cuando se acercara a un individuo del sexo opuesto. Pero si las pruebas de Cupido implicaran un tintero y un sombrerito mal puesto, ella se habría sentido más preocupada. Sin poderlo evitar, se echó a reír; finalmente, su humor hacía acto de presencia.

—Sobrevivir durante el período vacacional sin meterme en ningún lío. —Relajó los hombros. — No puede ser una tarea tan difícil.

— ¡Pero miiiiiira cómo beeeeeeben... los peeeeeeeces en el rrrríoooo! —El canto desafinado del cochero le arrancó una sonrisa de los labios. Su padre había enviado a ese hombre en lugar de a su cochero habitual, e Isabella supuso que el sujeto se había propuesto luchar contra el frío echando uno o dos tragos de alguna bebida más bien fuerte. A simple vista le había parecido un tipo muy animado, pero lo que no esperaba era que la entretuviera con una retahíla de villancicos. A pesar de cada nota desentonada, Isabella estaba segura de que lo que verdaderamente importaba era el espíritu navideño.

—Campana sobre campaaaaaaaanaaaaa —siguió desafinando el cochero.

Isabella siguió el ritmo con el tacón y canturreó con él en voz baja, hasta que el carruaje se zarandeó al pasar sobre unos baches y ella casi se cayó del asiento que ocupaba. Quizá el animado espíritu del cochero fuera más preocupante de lo que inicialmente había pensado. Antes de que pudiera asomar la cabeza por la ventana para sugerirle que fuera más despacio, otra potente sacudida la convenció de que el problema radicaba en algo más que en un exceso de velocidad.

—¡Soooooo! ¡Soooooooo! —La voz del cochero denotaba una evidente alarma.

Isabella se agarró al asiento con una mano y con la otra intentó asirse al marco de la ventana con la intención de ponerse de pie. De repente, se dio cuenta de que estaba demasiado aterrada incluso para chillar, aunque por lo que parecía eso no importaba, ya que el cochero chillaba por los dos.

El mundo se nubló cuando el carruaje perdió contacto con el suelo, hasta que se detuvo bruscamente. Isabella necesitó unos instantes para confirmar que, aparte del alarmante ángulo en el que descansaba el carruaje y del insólito sonido que oía — como de un manantial de agua borbotando—, se encontraba bien. Se inspeccionó los brazos y las piernas, y consiguió abrir la ventana de la puerta que, por la inclinación del vehículo, había quedado a una altura por encima de su cabeza. Se encaramó al asiento y asomó la cara por la ventana.

— ¡Señor! ¡Señor! ¿Está usted bien?

— ¡No se mueva de ahí, señorita! ¡Iré a buscar ayuda! ¡No... no tenga miedo! —La voz del cochero llegaba desde un lugar más alejado del que ella habría supuesto. Isabella se quedó boquiabierta cuando sacó la cabeza por la ventana y vio que, aunque pareciera imposible, los caballos y el cochero beodo se habían quedado a salvo en la carretera, mientras que ella y el carruaje habían caído por un barranco y habían aterrizado, por suerte, en medio de un riachuelo poco profundo. Antes de que pudiera protestar o sugerir al cochero que la sacara de allí inmediatamente, el hombre se alejó por la carretera, tambaleándose y caminando de un modo tan esperpéntico que a Isabella la situación le pareció todavía más ridícula.

—¡Señor! ¡Espere, señor...! —Isabella se mordió el labio inferior antes de acabar de proferir la frase para sí misma—. Va en dirección opuesta. El pueblo está hacia la derecha, no hacia la izquierda.

«¡Genial! ¡Vaya con el animado espíritu navideño!», pensó.

Con un extremado cuidado, buscó su retículo. Al ver su bolsito con la nota que contenía la tarea asignada, deseó que la señora Platt no interpretara el hecho de aterrizar con un carruaje en medio de un riachuelo como un contratiempo.

Después de todo, no se podía culpar a una dama de tales infortunios, ¿no?

Pensar en la señora Platt renovó instantáneamente su determinación de seguir todo lo que había aprendido en la escuela al pie de la letra. Fuera cual fuese la situación, una verdadera dama no perdería nunca la calma. Y hacía poco que la señora Platt les había explicado que una mujer con clase brillaba mucho más cuando las otras perdían la compostura. Isabella se alisó el sombrerito y suspiró. El riachuelo no parecía muy profundo, y si procuraba no resbalar para acabar tomando un baño helado, la peor parte sería caminar hasta su casa con la falda, las medias y los zapatos mojados. Con o sin contratiempo, pensaba interpretar el camino de regreso a casa como un mero paseo para hacer un poco de ejercicio.

Además, se dijo a sí misma tras lanzar otro suspiro, la caminata le proporcionaría tiempo suficiente para pensar en una excusa suficientemente verosímil que evitara el ataque de ira de su padre con el cochero beodo. Era lo mínimo que una dama podía hacer por un tipo que cantaba tan bien.

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EPOV

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El cielo estaba encapotado, pero las nubes no parecían de momento llevar la intención de deshacerse de su carga de lluvia. Edward Cullen no se mostraba contrariado; su predilección por el aire fresco conllevaba asumir riesgos con las inclemencias del tiempo. Edward era de esa clase de hombres capaces de plantar cara a la peor de las tormentas con tal de poder disfrutar de una o dos horas de soledad.

La gente le ponía nervioso, e incluso la mejor compañía suponía un verdadero reto para él. Era un alma solitaria, y prefería un buen libro al jolgorio y al parloteo característico de los eventos sociales. Odiaba las formas fingidas y los constantes enredos inherentes de los círculos más selectos de Londres. Como segundo hijo de un aristócrata, a Edward no le había quedado más remedio que espabilarse por sí solo.

Tenía la firme determinación de llegar a amasar una fortuna recurriendo únicamente a su inteligencia y a sus manos. A pesar de que algunos de su misma clase social miraban mal a los hombres que manchaban su nombre con tal de obtener un beneficio económico, Edward se sentía orgulloso de sus logros y se negaba a abandonarse a una vida cómoda y decadente. Había desarrollado un talento para ocultar sus opiniones mordaces acerca de los hombres con poca personalidad que precisaban de ayuda incluso para abrocharse los calzoncillos.

Sin ningún reparo, había aceptado la invitación de Charlie Swan para pasar unos días en su casa durante las fiestas navideñas. Hacía tiempo que admiraba el enfoque práctico que ese hombre mostraba ante los negocios; Edward estaba seguro de que, como mínimo, sacaría un par de conversaciones interesantes de ese encuentro.

Swan le había prometido una estancia tranquila, sin demasiada gente, y con la posibilidad de entrar y salir a sus anchas.

«¡Venga a cabalgar y a relajarse, señor Cullen! ¡Aléjese de las bulliciosas calles de Londres en Navidad y, si quiere, podrá incluso sacar el polvo y ordenar la colección de tomos con cubiertas de piel que mi esposa insistió en coleccionar», se había jactado Swan.

La idea de pasar las Navidades en la apacible campiña inglesa le parecía realmente apetecible, pero el comentario de Swan que sugería la posibilidad de perderse en una gran biblioteca hizo que la invitación resultara del todo irresistible. Después de todo, si había algo que un hombre necesitaba, era paz y...

Edward tiró bruscamente de las riendas de su caballo, perplejo al ver dos caballos con las patas idénticamente engalanadas todavía unidos al eje de madera de un carruaje, pero sin el carruaje. La barra se había partido con una increíble precisión, y había quedado enganchada a una rama. Un extraño sonido que el viento arrastraba hizo que Edward temiera lo peor. Cabalgó rápidamente hacia el barranco y, consternado, asomó la cabeza para divisar el esperpéntico espectáculo que lo aguardaba.

Había un carruaje volcado en medio del riachuelo. Pero la sorpresa abarcaba algo más que el emplazamiento inusual del vehículo. Encumbradas por una falda y unas enaguas, un par de piernas estilizadas daban pataditas al aire furiosamente; su propietaria había quedado atrapada en la ventana del vehículo. Por lo que parecía, la ventana debía de haberse cerrado y la mujer había quedado atrapada por la cintura.

La visión de las medias y de los tobillos y de las pantorrillas era extremamente interesante, y Edward se preguntó cómo era posible que una criatura hubiera acabado en esa posición. La escena ofrecía algo más que una diversión pasajera, y aunque no pareciera digno de un caballero solazarse ante tales apreciaciones, no pensó que ningún hombre hecho y derecho pudiera evitar la tentación de saborear el espectáculo. Era obvio que esa fémina necesitaba ayuda, así que finalmente se decidió a auxiliarla.

Con sumo cuidado, descendió por el barranco a lomos de su caballo. En vez de implorar ayuda, el sonido que se escapaba a través de la ventana del carruaje era algo parecido a un monólogo en voz baja. Edward no estaba seguro, pero le pareció escuchar algo sobre pensar dos veces antes de actuar, junto con unos sonoros bufidos que ponían de manifiesto el enorme esfuerzo que estaba haciendo la mujer para escapar de allí. ¿Estaba hablando con alguien que se llamaba señora Platt?

Edward carraspeó ruidosamente con la intención de suavizar la sorpresa que seguramente causaría su aparición repentina.

—¿Quiere que le eche una mano, señorita?

El pataleo cesó abruptamente, y él oyó un chillido ahogado, señal de que la damisela se había dado cuenta de que ya no estaba sola.

—¡Vaya! ¡Qué calamidad!

A Edward se le desencajó la mandíbula por un instante, sorprendido ante el tono de decepción que detectó en la breve intervención de la muchacha. No se asemejaba en absoluto al alivio que él había anticipado.

— ¿Prefiere quedarse aquí, esperando a alguien más?

Su impertinente pregunta fue contestada con un bufido y una patada vigorosa.

—No.

— ¿Se puede saber cómo ha conseguido acabar en esa posición? —Edward no pudo resistir la pregunta mientras examinaba las lascivas curvas de esas nalgas, luego echó otra mirada furtiva hacia los delicados tobillos y las medias adornadas con unos diminutos lazos.

—Para su información —empezó a decir una sosegada voz femenina, como si ambos estuvieran departiendo sobre algo tan trivial como la elección de un sombrerito—, la puerta estaba atascada, y pensé en la ventana como una salida lógica. Y puesto que no quería aterrizar de cabeza en el agua... bueno, supongo que lo habría conseguido si el carruaje no hubiera cedido hasta volcar por completo hacia uno de los costados, y la ventana no se hubiera cerrado de golpe, apresándome por la cintura.

—Entiendo.

Edward escuchó otro bufido, y después la damisela continuó:

— ¿Alguna vez ha deseado ser invisible?

Sin apearse del caballo, él se acercó más al carruaje, sacudiendo la cabeza.

—Supongo que éste es uno de esos momentos en los que usted desearía ser totalmente invisible, ¿no? La posición en la que está no parece nada cómoda.

—No se la recomendaría a nadie. —Intentó tomar impulso con un golpe de cadera, pero no lo consiguió—. ¿Le importaría ayudarme, por favor?

—Por supuesto. —Naturalmente, la intención de Edward desde el principio era ayudarla a salir del carruaje, más por un momento fugaz, pensó que no iba a ser el simple acto caballeresco que ella debía de figurarse.

Acercó su caballo al vehículo y deslizó la pierna por debajo del trasero respingón de la mujer para aliviar el peso sobre el marco de la ventana. Supuso que de ese modo ella se sentiría más cómoda, pero su corazón se desbocó ante el simple contacto con ese cuerpo femenino. Edward notó una terrible sequedad en la garganta mientras un deseo impetuoso se adueñaba de todo su ser. La suave prominencia de ese trasero redondo contra el músculo contraído de su muslo resultó suficientemente evocativo como para acelerarle el pulso, mientras notaba cómo su miembro viril iba ganando dureza. Esas curvas lascivas parecían implorar a gritos que las manoseara, pero se contuvo para no tocarla mientras ella se dedicaba a proferir grititos a modo de protesta. Aunque simplemente se tratase de una simple furcia, Edward prefería negociar el trato antes de tomarse demasiadas confianzas.

— ¡Señor! No creo que...

—No se preocupe —la interrumpió él mientras arrimaba más su caballo al carruaje con la intención de confirmar que la posición poco segura de su pierna no iba a fallarle en ese momento tan peliagudo—. La sacaré de ahí en menos que canta un gallo.

Edward la rodeó con una mano por las caderas, y se sorprendió al notar cómo ese delicado cuerpo se estremecía. Con un golpe firme pero suave con la mano que le quedaba libre, consiguió abrir la ventana encasquillada.

—Ya es mía.

La liberó en tan sólo cuestión de segundos, y de repente se encontró con sus brazos llenos de curvas femeninas. Ella soltó un gritito de protesta, pero no dijo nada. Edward tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no perder el control de su caballo a la vez que la sostenía en alto, procurando que no cayera en la helada agua del río. Lo único que podía hacer era repetir: «Ya es mía».

Su intención era tranquilizarla, pero el tono posesivo de su propia voz hizo que él mismo se sobresaltara. Mientras la emplazaba entre sus piernas para que se apoyara en su pecho, pudo corroborar que la prometedora vista de las piernas y del trasero de la damisela casaba perfectamente con el resto de su cuerpo. Era una muchacha joven, increíblemente bella, con la cara abochornada y el sombrerito torcido sobre unos rizos castaños que caían en una bonita cascada sobre su espalda. El traje y el abrigo que lucía no se podían considerar nada provocativos sino más bien recatados, por lo que Edward tuvo la impresión de que, aunque no estuviera acompañada por ninguna dama de compañía, esa joven no era probablemente la mujerzuela que había supuesto al principio. Sin embargo... un hombre aún podría esperar sacar algo provechoso de ese encuentro fortuito.

—¿Hay alguien más atrapado en el carruaje? —inquirió él sin mover el caballo.

Edward no pensaba sucumbir a ningún sentimiento de culpa; normalmente los dioses no se mostraban tan generosos con él y, en su opinión, sólo un loco evitaría disfrutar de ese momento tan especial. — Juraría que la he oído hablar con alguien, una tal señora Platt.

—¡No! —lo corrigió ella rápidamente mientras sus mejillas se sonrojaban todavía más, y Edward se preguntó qué otras partes de ese cuerpo eran susceptibles a ese fascinante cambio de color.

«¿Dónde está su dama de compañía? Porque si hay alguna muchacha que necesite una, creo que ésa es usted, señorita», pensó Edward.

—Señor... me parece que... esto no es... nada correcto —acertó a decir ella, con las manos enguantadas aferrándose a las solapas del abrigo de ese individuo para no perder el equilibrio.

—Si quiere, puedo dejarla aquí mismo, aunque creo que el agua está más fría de lo que parece —adujo él, intentando hablar con un tono desinteresado.

Ella lo observó con recelo antes de contestar, mientras una chispa de humor se encendía en sus bellos ojos chocolate.

—Entonces le sugiero que me deje en la orilla.

—Si insiste —concluyó él, apremiando al caballo para que regresara a la orilla.

Cuando llegaron a tierra firme, la ayudó a apearse con unas grandes muestras de gentileza, y luego desmontó lentamente, procurando mantener el abrigo cerrado para ocultar su estado «nada correcto»—. No está herida, ¿verdad?

—Estoy... bien. —Ella se alisó el sombrerito, y acto seguido le propinó una sonrisa capaz de cortar la respiración a cualquier hombre—. Bueno, menuda aventura, ¿eh?

—Sí, vaya aventura —convino él.

Ella extendió una mano enguantada.

—Gracias por rescatarme del carruaje.

Edward sonrió ante el gesto formal, tomó su mano y se inclinó ante ella con una reverencia.

—Permítame que me presente. Soy...

— ¡Oh, no! ¡No lo haga, por favor! —Ella retiró la mano apresuradamente, y sus mejillas volvieron a sonrojarse. — No soy tan maleducada, no me malinterprete. Sólo es que... Veamos, si usted se presenta, entonces yo también me veré obligada a presentarme, y usted siempre asociará mi nombre con este contratiempo, lo cual no me parece justo.

— ¿Justo?

—Cuando evoque lo sucedido, usted será el héroe, y yo quedaré irremediablemente como la pobre bobalicona atrapada en la ventana del carruaje — explicó ella, luego suspiró y le propinó otra de esas sonrisas tan embelesadoras. — Dadas las circunstancias, considero que lo más apropiado es mentir para proteger la reputación de la dama.

Edward no estaba seguro de cómo debía responder. Se había pasado la vida confiando en su inteligencia y, de repente, ahora toda su seguridad se desvanecía en un instante. Intentó buscar una respuesta adecuada. Aunque pareciera extraño, en lugar de sentirse insultado ante la negativa de ella de aceptar su presentación formal, sólo estaba sorprendido.

—Pero entonces se forjará una fama de vivir entre falsedades. ¿No es eso peor?

Ella se encogió de hombros, como si se preparase para lanzarse a la primera línea de combate.

—Tiene razón. Admito que tiene razón. A menos que...

— ¿A menos que qué?

—A menos que usted sea tan cortés como para prometerme que jamás le contará a nadie lo que ha sucedido hoy. De ese modo, yo no me veré obligada a mentir.

Edward sacudió la cabeza. Fuera quien fuese esa muchacha, demostraba un increíble talento para conseguir que un hombre dudara de sus propios principios.

—Sí, podría hacerlo, pero no sucede cada día, que un hombre renuncie a ser proclamado héroe.

Ella soltó una carcajada.

—Eso ya lo suponía. Los hombres siempre están dispuestos a inventarse fanfarronadas de las que poder jactarse.

Edward se contuvo para mantener el porte impasible ante la «inocente sabiduría» de muñequitas como la que tenía delante.

—Entonces tendré que frenar mis instintos. Le doy mi palabra de caballero de que no revelaré lo que ha sucedido.

Tras haber zanjado el tema de una manera tan satisfactoria, ella asintió con su cabecita adorable en señal de cortesía. —Le agradezco mucho su discreción. Y ahora, si me disculpa, será mejor que me marche.

— ¡Espere! —Edward no podía creer que ella fuera capaz de marcharse de ese modo tan frío. — ¿Adónde se dirige? El pueblo está bastante lejos y...

—No creo que vaya a llover, de momento, y soy perfectamente capaz de realizar el resto del trayecto andando. —Irguió la barbilla con determinación—. Hacer un poco de ejercicio es muy beneficioso para la salud, ¿no lo sabía?

—Como caballero, me resulta imposible marcharme cabalgando plácidamente a lomos de mi caballo mientras usted se va andando, señorita. Por lo menos, acepte mi caballo. —La frustración hizo mella en sus ojos. Una cosa era dejarse batir verbalmente por un miembro del sexo débil, y otra que una mujer rechazara su caballeresco ofrecimiento.

Ella echó la cabeza hacia atrás, contempló las riendas que él le tendía, y luego se cruzó de brazos.

—Siento mucho si se ha sentido insultado por mi respuesta; le aseguro que no era mi intención. Pero me temo que... —Aspiró aire profundamente antes de continuar. — Señor, he prometido no meterme en ningún lío durante las vacaciones, y me temo que si acepto su caballo, probablemente las cosas acabarán todavía peor.

Era lo último en el mundo que Edward esperaba oír.

— ¿Peor?

—Le confieso que no soy una diestra amazona. Y ya que me he puesto en evidencia a causa de un desafortunado incidente y que ser invisible no es una opción plausible, prefiero no tentar más la suerte. Además, ¿cómo le devolvería el caballo a un desconocido? Mi padre creería que lo he robado. No, lo más acertado será que regrese a casa por mi propio pie e intente recuperar el mínimo sentido de la dignidad antes de explicarle a mi padre dónde está mi equipaje.

—Pero...

—Si usted no se lo cuenta a nadie, yo tampoco lo haré.

— ¡Pero esto es absurdo!

Ella suspiró y sonrió, con una chispa de humor en los ojos.

—Estoy segura de que más adelante me agradecerá mi indulgencia.

— ¡Señorita! —Edward no era un hombre que aceptara fácilmente órdenes que carecieran de sentido. — Queda un compromiso por cumplir, y no lo dude ni por un momento: llevarlo a cabo no afectará mi juramento de no revelar lo que ha sucedido hoy, ni tampoco manchará su dignidad.

Ella dejó caer los brazos a ambos lados del cuerpo. — ¿Un compromiso?

—Mire, ambos podemos cabalgar a lomos de mi caballo hasta que estemos cerca de su casa. Entonces, si lo desea, podrá realizar el resto del trayecto andando, y llegar a pie a su casa. Ninguna persona que se precie de ser inteligente elegiría andar todo el camino, si existe la posibilidad de hacerlo montado a caballo.

—Yo... probablemente... mi casa quede lejos de su camino.

—Ese detalle es del todo irrelevante. —Edward no estaba dispuesto a tirar la toalla.

Fuera quien fuese esa mujer, no pensaba permitir que recorriera varios kilómetros sola y desprotegida. — Me aseguraré de que llega a su casa sana y salva, sin sufrir ningún otro contratiempo. Y puesto que no me ha revelado su nombre, y ninguno de los dos piensa mencionar los sucesos de esta mañana, supongo que ya no le quedarán más excusas para rechazar mi ofrecimiento, señorita.

Ella separó los labios, pero no halló ningún argumento para rebatirlo. Se aderezó un mechón rebelde debajo del sombrerito, un gesto que consiguió distraer la atención de Edward por un instante, antes de contestar finalmente:

—De acuerdo.

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BPOV

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Isabella no podía echarle la culpa a nadie, sólo a sí misma. Ese trayecto a caballo estaba causando serios estragos en todos sus sentidos. Una cosa había sido experimentar el impacto de las manos de un desconocido liberándola de la ventana de un carruaje, agarrándola por las caderas y sosteniéndola por la cintura hasta lograr provocarle un extraño e interesante estremecimiento en todo su ser. Incluso el hecho de acabar en su regazo por unos breves momentos había despertado en ella un alud de nuevas sensaciones, pero... ¿esto? Esto no se asemejaba en nada a un temporal pasajero. Encasillada entre los muslos de él, los minutos le parecieron interminables, sintiendo el calor que ese amplio pecho proyectaba sobre su espalda, y esos brazos alrededor de su cintura, que la mantenían tan íntimamente pegada a él.

Después de que la hubieran prevenido de los hombres durante tanto tiempo, Isabella estaba segura de que el destino le estaba jugando una mala pasada para que aprendiera definitivamente la lección. Él era demasiado apuesto para cabalgar solo por el campo, rescatando a mujeres e insistiendo caballerosamente en llevarlas a casa sanas y salvas. ¿Por qué no estaba escoltando a su esposa, a su novia, o a una dama que fuera su amiga? De soslayo, repasó nuevamente las facciones del joven y suspiró; seguía sin poderse desprender de esa primera impresión que le habían causado sus miradas oscuras e incisivas.

Debajo de un sencillo gorro de montar a caballo, su pelo era casi tan negro como el carbón, y descansaba sobre el cuello de su camisa de un modo nada elegante. Sus facciones no eran ni demasiado afiladas ni demasiado abruptas; sin embargo, ese individuo era una exposición de líneas masculinas y de fortaleza. Sus oscuros ojos verdes estaban enmarcados por unas elegantes cejas que le aportaban un aire aristocrático, pero aun así ni sus ropas ni su comportamiento se correspondían a los de un dandi, Isabella sintió una enorme curiosidad por ese caballero que podría ser cualquier cosa, desde un indigente a un príncipe.

Había empezado a nevar, y Isabella no dudó de que su plan de regresar a casa andando habría resultado un verdadero desastre. No obstante, consideró que se sentiría mejor con el cuerpo entumecido a causa del frío que notando esa desapacible tensión en cada uno de sus músculos a causa del contacto directo con el cuerpo de ese desconocido. Las capas de ropa sólo ofrecían un insignificante amortiguamiento, y no podía creer que sus sentidos la estuvieran traicionando de un modo tan cruel.

Había imaginado el abrazo de un hombre como una experiencia vaga y potencialmente engorrosa, ¿pero esto? Cada vez que él respiraba, notaba una sensación deliciosa en la nuca que la incitaba a arrimarse más a él, a derretirse en una rendición pecaminosa y totalmente desconocida. La humillación de haber sido encontrada en la peor posición imaginable se había desvanecido hasta dar paso a una vaga alarma, lo cual significaba que la señora Platt debía de haber omitido alguna información vital en sus consejos preventivos sobre cómo comportarse con un miembro del sexo opuesto.

Y no era que ese individuo le pareciera un bribón. Además, sabía que cuando se apeara de ese caballo en la vieja arboleda cercana a la casa de su padre, no lo volvería a ver más. No obstante, esperaba que lo que él le hacía sentir fuera del todo inusual.

Si todos los hombres despertaban esa clase de reacciones en el corazón de una muchacha, no le extrañaba en absoluto que las mujeres fueran denominadas el sexo débil.

Isabella irguió la espalda, intentando romper el encantamiento, intentando no dejarse vencer. Pero el movimiento resultó aún más nefasto. La fricción de las enaguas y del resto de su ropa interior contra los muslos de él resultó completamente explosiva. Notó el cuerpo anegado en un sudor frío, y apretó los labios para contener el intenso deseo que sentía de arrimarse más a él y ceder ante esa embriagadora sensación hasta perder totalmente el mundo de vista.

Se mordió el interior de la mejilla para forzar sus pensamientos a regresar al reino de la cordura.

«Quedar medio colgando en la ventana de un carruaje debe de provocar un efecto fulminante en la mente. La próxima vez, insistiré en permanecer sentada unos minutos antes de subirme a un caballo», pensó.

Necesitaba encontrar algo con qué distraer la atención. Le pareció que la elección más obvia era iniciar una conversación, aunque eso suponía un buen reto. Se había mostrado tan maleducada, al negarse a decirle su nombre, se había comportado de un modo tan inaceptable, que el único consuelo que le quedaba era pensar que muy pronto lo perdería de vista y que jamás volvería a verlo. Suspiró e intentó enmendar sus desatinos.

—Siento mucho haberlo metido en este lío.

—Oh, no se preocupe, aunque debo confesarle que usted parece tener un talento innato para meterse en líos.

El murmullo hosco de su voz se filtró como una vibración en el cuerpo de Isabella, erizándole el vello de los brazos y provocándole otro delicioso escalofrío en la espalda. No tenía sentido negar la evidencia de esas palabras.

—En eso le doy la razón, señor.

— ¿Tiene frío? —inquirió él.

«¿Que si tengo frío? La verdad es que no recuerdo haberme sentido tan acalorada ni en pleno mes de agosto», pensó ella, en cambio, contestó con un balbuceo que la traicionaba:

—Oh, estoy bien, gracias. —Isabella intentó erguir de nuevo la espalda, y oyó la respiración entrecortada de él. — ¡Vaya! ¿Le he hecho daño, señor?

— ¡No! —La negativa de Edward fue tajante, pero una de sus manos soltó las riendas para rodearla por la cintura como si quisiera reubicarla en el puesto correcto. — Pero... por favor, estese quieta.

Ella se quedó paralizada ante el tacto íntimo de esa mano sobre su vientre, pero también ante la revelación de que su tono cortado denotaba que probablemente ella no era la única que se sentía apurada ante la situación. Le lanzó otro vistazo furtivo y se quedó instantáneamente hipnotizada por su mirada directa, intensa y posesiva. En ese momento, isabella se dejó vencer por la agradable sensación de caos que su cuerpo parecía implorarle a gritos. La expresión en esos oscuros ojos verdes la dejaron sin habla, y lo único que pudo hacer fue contener la respiración.

Edward sacudió la cabeza.

—Me parece que he menospreciado su talento para crear problemas.

Ella giró la cabeza hacia él y sonrió.

—Con franqueza, señor, no me negará que intenté prevenirlo, ¿verdad? —Isabella avistó la primera curva de la vieja arboleda y decidió que había llegado el momento de separarse de su benefactor. — Bueno, me parece que, a partir de aquí, seguiré el camino a pie.

— ¿Aquí? —De la pregunta emanaba una extraña curiosidad, aunque ella se dio cuenta de que él estaba en todo su derecho de considerarla una niña tonta y maleducada.

—Mi casa está muy cerca —le aseguró ella, mientras Edward desmontaba y después la ayudaba a apearse del cuadrúpedo. — Espero no haberle ocasionado ningún grave inconveniente, al haberlo obligado a desviarse de su camino. Si sigue por este sendero, llegará otra vez a la carretera principal y, desde allí, el pueblo queda a tan sólo unos pocos kilómetros de distancia.

Él le propinó una extraña sonrisa enigmática.

—Estoy seguro de que seré capaz de encontrar mi camino desde aquí.

—Bueno, gracias de nuevo por todo —dijo ella, arrebujándose en el abrigo para no echar en falta el calor del cuerpo de él en su espalda. Acto seguido, le tendió la mano.

—Espero volver a verlo algún día, en unas circunstancias no tan comprometedoras.

Él no parecía convencido de su sinceridad, pero aceptó la mano de ella con un gracioso ademán caballeresco.

—Eso espero. —Inclinó levemente la cabeza sobre su mano y después la soltó, tal y como dictaba la costumbre.

Isabella se aderezó la bufanda y dio media vuelta para iniciar una enérgica marcha hacia su casa sobre unas piernas temblorosas. Los efectos posteriores al abrazo de él parecían no querer abandonarla, al igual que su ligero aroma masculino. Tras dar varios pasos, se atrevió a mirar hacia atrás y se quedó sorprendida al ver que él ya había montado en su caballo y había desaparecido.

«¡Caramba! ¡Qué rápido se ha marchado!», pensó. Se ajustó el sombrerito. No podía culparlo. ¿Qué esperaba? ¿Otra protesta por parte de él alegando que una dama no debería caminar sola con ese tiempo tan inclemente? No, tampoco deseaba que él la siguiera. Explicar su llegada a pie a su padre y a los criados ya le iba a resultar costoso, ¿pero personarse en casa con un hombre? ¡Ninguna tarea asignada por la señora Platt para las Navidades podría excusar tal comportamiento!

No, seguro que eso era lo más conveniente. De ese modo, podría caminar tranquilamente hasta su casa, y si la suerte la acompañaba, todos olvidarían rápidamente el lío que se organizaría para recuperar su equipaje y el carruaje, y nadie le preguntaría cómo había salido del riachuelo sin mojarse la falda.

Unos minutos más tarde, la casa apareció ante sus ojos, e Isabella apresuró el paso.

«¡Uf! Lo peor de los contratiempos durante estas vacaciones ya ha pasado», se dijo, intentando infundirse ánimos a sí misma.


Hola mis amores!

¿Que les pareció el capitulo? ¿Que tal los personajes de Edward y Bella? ¿cual fue su parte favorita?

Personalmente me encantan, y la parte en la que Edward rescata a Bella de la ventana hahahahahah ¡Me fascinó!

Esta es una historia corta, estoy pensando en publicar una vez a la semana, pero de ustedes depende la regularidad con la que publique, me encanta leer sus reviews y saber sus opiniones.

¿REVIEWS?


Roxy Sanchez: Claro que me acuerdo de ti! creo que, eres la que mas reviews me ha dado xD

Fue horrible lo que paso, me alegra muchísimo que estés bien y espero que tu familia por igual, deseo de todo corazón que la situación en manta mejore y ten por seguro que oro para que suceda.

Tahirizhita grey pattz: gracias! y yo las extrañaba a ustedes :D

No tengo grupo, la verdad es que me cree una pagina en fb para eso, pero no la uso! No sabría que publicar ademas de adelantos xD y como generalmente solo publico una historia a la vez y son taaan cortas no veo la necesidad de tener una.


Gracias a todas/os las/os que siguieron y marcaron como favorito tanto a mi como a esta adaptación, muchas gracias por el apoyo:

Gabs Frape, aday, scarlett003, Aliapr-peke, Autumntales, .56, crazzyRR, snowcullen, Dess Cullen, bbluelilas, zeron97, DBMR1, Miss Rose Atomic Frozen, Little Whitiee, , ang3lpop, MiaCarLu, Karen CullenPattz, danielaMc1, IngridMMP, Eni-Cullen-Masen.

Mil gracias por sus reviews a :

Roxy Sanchez

Tahirizhita grey pattz

y a los anónimos también ;)