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VACACIONES SIN CONTRATIEMPOS

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Disclaimer: ni la historia, ni los personajes me pertenecen. Esto es una adaptación.

Summary: Con esa tendencia a no librarse de los constantes contratiempos y su forma de ser caótica, Isabella no es la mujer más adecuada para el señor Edward Cullen, el joven de porte serio que siempre se rige por la lógica y por la razón. ¿O quizá sí? (ÉPOCA) ADAPTACIÓN.


Capítulo 2

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EPOV

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»Las mujeres son siempre una inagotable fuente de problemas.»

Edward estaba orgulloso de haber mantenido la distancia de las garras maquiavélicas de las féminas. Se había pasado muchos años obcecado en ganarse la vida y amasar una pequeña fortuna, con la firme determinación de demostrarse a sí mismo que era capaz de sobrevivir sin recurrir a su familia. Un matrimonio de conveniencia era la única vía socialmente aceptable para que un hombre de su posición adquiriese riqueza, pero aun así algo poderoso en su interior repudiaba esa posibilidad. Había visto a otros hombres, incluyendo a su padre, reventar su fortuna y su reputación por culpa de mujeres que les habían pagado sólo con penurias. Por eso Edward estaba orgulloso de no mostrarse tan ciego ante las trampas del amor como la mayoría de los hombres de su misma posición.

Al menos, hasta hoy.

La verdad era que esa muchacha parecía tener un imán para atraer problemas, y cualquier hombre con un mínimo de sentido común habría sabido exactamente lo que debía hacer. No obstante, eso no evitaba que Edward se sintiera inmerso en una nebulosa en ese momento. Ella le había pedido que la dejara marchar justo en las lindes de la propiedad de su anfitrión. Desde su llegada unos días antes, había tenido tiempo de sobra para familiarizarse con la propiedad y había reconocido la arboleda al instante. Le parecía demasiada coincidencia. Era evidente que esa muchacha era otra de las invitadas de Swan.

Y eso significaba que no habría forma de librarse de ella.

Su damisela alterada llegaría a pie, y él podía anticipar su cara de susto cuando fueran presentados formalmente. La muchacha le había pedido que mantuviera el secreto del incidente en el carruaje, pero aun así él se preguntaba si ella confesaría lo sucedido en el instante en que lo viera de nuevo.

Edward frunció el ceño mientras el mozo de cuadras se le acercaba y asía las riendas para permitirle desmontar. No debería estar preocupado por la reacción de esa señorita, se recordó a sí mismo. Pero en lugar de desear atrincherarse entre los clásicos de la biblioteca de Swan, se vio sumido en la necesidad de soñar despierto acerca de la misteriosa invitada y en cómo progresaría su insólita relación en los días venideros. Sus pensamientos derivaron en unas imágenes nada inocentes de ese trasero redondo pegado a él, de esas curvas firmes y lascivas, y recordó lo sumamente ligero y cálido que le había parecido ese cuerpo entre sus brazos, que se había amoldado perfectamente al suyo en medio de sus piernas.

Le costaba creer que ella no hubiera sido consciente del poder que ejercía sobre él.

Cada meneo empujaba más su trasero contra su excitadísimo miembro viril; Edward no había sido capaz de decidir si, cada vez que se movía para acomodarse en la silla del caballo, ella estaba atormentándolo deliberada o inocentemente. En cualquier caso, había sido un tormento que habría soportado felizmente durante bastantes kilómetros más.

—Maldición —gruñó mientras enfilaba hacia la casa. Estaba allí para pasar sólo unos días; una Navidad lejos del aburrimiento y de la monotonía de Londres, y no para perseguir una aventura potencialmente peligrosa. Ella se había negado a revelarle su nombre, lo cual significaba que podría ser una señorita con un considerable número de amistades y familiares que no dudarían en hacer añicos las primeras muestras de interés que él profesara por ella.

¡Pero en qué estaba pensando! ¡Él no planeaba expresar su interés por ella! Lo último que necesitaba era meterse en un lío con una mujer que quizá resultaba ser la amante de su anfitrión.

No, ella había prometido no meterse en líos durante las vacaciones, y él era el último hombre sobre la faz de la Tierra que iba a poner en entredicho su juramento.

El pequeño resbalón durante sus vacaciones navideñas había quedado atrás, oficialmente zanjado.

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BPOV

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— ¡Mi cielo! ¡Qué alegría verte! —Charlie Swan abrió los brazos a su única hija mientras ella descendía por las escaleras—. Me han dicho que has llegado a pie, aunque yo no me lo he creído. ¡Dime que no has venido andando desde Londres!

Isabella se precipitó sobre él, sonrojándose ante tal pregunta.

—No seas tonto, papá. —Lo besó en la mejilla y se sintió instantáneamente reconfortada por su abrazo. — El carruaje se averió en el camino, y no iba a pasar parte de mis vacaciones sentada en el borde de la carretera.

— ¿Y dónde está Gilbert, tu cochero? —preguntó, esbozando una mueca de disgusto—. ¡Ya le daré yo a ese truhán, si ha sido capaz de dejarte sola y desprotegida en la carretera! Ella alzó un brazo y depositó una mano pacificadora en la mejilla de su padre.

—Le pedí que fuera al pueblo a pedir ayuda, pero entonces me di cuenta de que estaba demasiado cerca de casa y de mi querido papá y no pude esperar. No seas duro con él, papá. Estaba impaciente por verte, y el trayecto ha sido tan corto como un simple paseo.

Él la soltó, colmado de orgullo y de afecto.

—Bueno, ahora déjame que te eche un vistazo. ¡Te has convertido en una señorita muy guapa! Apenas te reconozco.

Era el mismo comentario que le hacía cada vez que regresaba de la escuela, pero no por ello Isabella dejaba de sentirse adulada. Su madre había muerto cuando ella era todavía muy pequeña, y puesto que su padre había centrado toda su atención en sus negocios, Isabella siempre había hecho lo que había podido para demostrar que aún sin contar con la influencia de una madre, podía llegar a convertirse en una dama. Cuando su querido padre recibía los informes refiriéndole las travesuras de su hija en el colegio, jamás la regañaba. En lugar de eso, alababa sus magníficos progresos y eso cimentaba la determinación de Isabella de no defraudarlo.

—Soy más alta —comentó ella, con timidez.

—Eres la viva imagen de tu madre, que en paz descanse —le estrujó las manos—. Pero será mejor que no siga por esa vía, porque si no me emocionaré. ¿Estás lista para conocer a nuestros huéspedes?

—¿Has invitado al señor Black otra vez este año?

El señor Black era uno de los amigos de toda la vida de su padre, y un gruñón recalcitrante, pero Isabella adoraba sus descripciones sobre las fiestas navideñas de antaño, cuando su madre alegraba la casa comportándose como una excelente anfitriona.

Su padre negó efusivamente con la cabeza.

—El pobre no se encuentra muy bien, y no se sentía con ánimos para soportar el viaje. Pero nos envía recuerdos, y además ha preguntado por ti.

—Qué atento. —Isabella se colgó del brazo de su padre y ambos se dirigieron al salón. — ¿Estará llena la casa, durante estas Navidades?

—No, no demasiado llena —le aseguró él—. Tu prima llegará pasado mañana, y los Delani ya están instalados. La señora Clearwater también ha venido, ¡y ha traído a sus doguillos! ¡Ah! Y también está el señor Cullen.

— ¿El señor Cullen?

—Lo conocí en el club, y posiblemente zanjemos algún que otro negocio en el futuro. Su familia está pasando el invierno en algún país del sur de Europa, y el señor Cullen prefería estar más cerca de casa. Al final conseguí convencerlo para que pasara unos días con nosotros. Y no creas que es un don nadie, ¿eh?

— ¿Acaso nosotros lo somos?

—El señor Cullen es un caballero, y muy serio, por cierto; pero le he prometido toda la paz y la quietud del mundo, y hasta ahora creo que está más que satisfecho.

Al llegar a las cristaleras que comunicaban el pasillo con el salón, Isabella sintió un escalofrío en la espalda. Estaba acostumbrada a los excéntricos amigos de avanzada edad de su padre, y a sus aburridos socios de negocios.

—Estaré tan callada como un ratoncito de iglesia, papá. El señor Cullen ni siquiera se enterará de que estoy aquí.

Su padre la miró con escepticismo pero con ternura, y ella lo empujó cariñosamente hacia la puerta antes de que él pudiera expresar sus serias dudas al respecto. Isabella aspiró hondo y coronó sus labios con la mejor de sus sonrisas.

— ¡Aquí está! ¡Oh, Charlie! ¡Esta muchacha va a romper muchos corazones! — exclamó la señora Clearwater, quien rápidamente atravesó la sala como un galeón a toda vela. Era una vecina y vieja amiga de la familia, a la que Isabella soportaba por el bien de su padre. El enorme escote de la señora Clearwater quedó al descubierto cuando ésta se inclinó para propinarle un beso en la mejilla. Los perritos de la anciana empezaron a corretear entre sus pies, e Isabella retrocedió tan pronto como pudo.

No le pasó desapercibido el uso inapropiado que esa mujer había hecho del nombre de pila de su padre, mas no le pareció el momento oportuno para expresar la necesidad de recurrir a un trato más formal.

—Me halaga, señora Clearwater. Cuánto me alegro de verla, y ha venido con sus... sus cachorros. ¡Qué monos que son!

Uno de esos bonitos cachorros se había escondido debajo de su falda, e Isabella tuvo la impresión distintiva de que el animal estaba atacando uno de sus tobillos.

—Sí, son una verdadera monada. No puedo ir a ningún sitio sin ellos —declaró la señora Clearwater, sin darse cuenta del caos que se iniciaba.

Isabella procuró ocultar su aprieto, y echó un vistazo al resto de la sala en busca de un aliado. La señora Delani se había quedado deliberadamente sentada, manteniendo sabiamente sus pies a salvo debajo del sofá. El señor Delani se levantó y se inclinó cortésmente para saludarla, pero también regresó al santuario de su asiento rápidamente. Ambos le sonrieron desde sus apoltronadas posiciones estratégicas, aunque el señor Delani no apartaba la vista de esos insidiosos animalitos con cuatro patas.

Su padre carraspeó antes de soltar a Isabella para que ella pudiera adentrarse en la sala y evitar pisar a una de las monadas de la señora Clearwater. —Son unos animalitos con una energía incombustible... —declaró el anfitrión.

— ¡Oh! —Otro mordisquito en el tobillo. Isabella deseó no haberse cambiado las botas de viaje por esos delicados zapatitos que, por lo que parecía, volvían locos a los cachorros. — ¿Cuántos... cuántos perritos tiene, señora Clearwater?

Una patadita sutil sólo consiguió animar más el juego, pero la señora Clearwater no parecía darse cuenta del problema en el que se encontraba Isabella. La pobre muchacha estaba literalmente atrapada contra la puerta y los colmillos del chiquitín.

—Cinco —proclamó la dama con orgullo, apresando a uno de los malandrines perros entre sus brazos, y luego desplazándose atropelladamente hacia el sofá más próximo a la chimenea. Echó otro vistazo a Isabella.

— ¿No piensa unirse a nosotros? La señora Delani se disponía a ofrecernos todos los detalles sobre el enlace de su hija mayor.

—Enhorabuena, señora Delani. Tanya debe de estar muy contenta. —Isabella se apoyó en una de sus piernas, e intentó librarse de los incisivos dientes del cachorro. El perro, sin embargo, parecía haber decidido que ella era una presa demasiado apetitosa como para dejarla escapar, y contraatacó con una maniobra digna del mejor estratega.

Todo el equilibrio y la paciencia de Isabella estaban a punto de venirse abajo. Hizo un último intento por no pisar al cachorro ni perder su pie, y entonces ocurrió lo inevitable: tras un pequeño chillido de sorpresa, Isabella empezó a tambalearse hacia atrás.

En lugar de realizar un aterrizaje de lo más aparatoso sobre el suelo del salón, unos fornidos brazos la atraparon por la espalda, y una voz familiar resonó en sus oídos:

—Disculpe, señorita.

— ¡Jacob! —exclamó la señora Clearwater, quien finalmente había visto al cachorro juguetón saliendo de debajo de la falda de Isabella. — ¡Eres un chico muy malo!

Durante un momento, Isabella no estaba segura de a quién había llamado «Jacob» la señora Clearwater, si al perrito o a su salvador. El hombre todavía la sostenía entre sus brazos, aguardando cortésmente a que ella recuperase el equilibrio, mientras la sorpresa y el susto se apoderaban lentamente de ella.

« ¿Qué hace él aquí? ¿Y la señora Clearwater se ha atrevido a llamarlo "chico malo"? ¿Qué diría esa mujer, si pudiera leer mis pensamientos? ¿Si supiera que cada vez que este hombre me toca pierdo la cabeza?»

Isabella se apartó de él, sintiendo un abochornante calor en las mejillas mientras se daba la vuelta para mirarlo a la cara.

—Gra... gracias, señor.

—Señor Edward Cullen —intervino su padre en un tono jovial—, le presento a Isabella, mi hija.

El hombre que la había rescatado dos veces ese mismo día se inclinó caballerosamente hacia ella, con una expresión imposible de descifrar.

—Es un placer, señorita Swan.

Ella lo saludó con una genuflexión de cortesía, deseando una vez más poder ser invisible.

—Señor Cullen. —El aire quedó apresado en su garganta mientras se dedicaba a examinar detenidamente la apariencia de su interlocutor. En su impecable indumentaria a la última moda, parecía aún mucho más guapo que en su primer encuentro.

—Acérquese, señor Cullen —lo invitó la señora Delani, señalando hacia una silla vacante. — Apenas le hemos visto durante estos últimos días.

—Oh, siento haber estado tan recluido. Me temo que no soy una persona demasiado sociable; prefiero el silencio de la biblioteca.

— ¡Bobadas! ¡Seguro que sabe disfrutar de una buena compañía, señor! —exclamó la señora Clearwater.

Isabella echó un vistazo a la sala, y no vio nada que pudiera incentivar a un hombre para quedarse. Entre la señora Clearwater y sus diminutos canes con la carita negra, la historia que los Delani habían prometido sobre el enlace de su hija, y su propia intervención como la hija maleducada y patosa del anfitrión, ¿qué hombre desearía quedarse? Tras echar una rápida ojeada a su padre, supo que éste no se disponía a auxiliar al pobre señor Cullen ante los halagos entusiastas que le lanzaba la señora Clearwater; no le quedaba otra opción que intentar rescatar a ese hombre.

—No se trata de debatir las habilidades sociales del señor Cullen —apostilló Isabella con una sonrisa, como si todos estuvieran de acuerdo—, pero lo cierto es que no podemos competir con la agradable soledad que ofrece la biblioteca, ¿no le parece?

«Ya está. Una salida airosa para permitir que este hombre se escabulla sin que nadie lo retenga», pensó. Estaba segura de que a la señora Platt le habría parecido bien su intervención.

—Es verdad que la biblioteca ofrece otra clase de atractivos, señorita swan — repuso él, con los ojos destellando maliciosamente—, pero no me gustaría que los invitados de su padre se formaran una impresión errónea de mí.

Ante el asombro de Isabella, él atravesó la sala y aceptó el asiento situado enfrente de una entusiasmada señora Clearwater. Los perritos lo observaron unos momentos, pero no hicieron ningún esfuerzo por atacarlo o por catar sus zapatos. — ¡Ah! ¡Mucho mejor! —La señora Clearwater asintió con cara de satisfacción—. Ahora ya nos conocemos todos.

Mientras todos los ojos parecían posarse sobre el señor Edward Cullen, Isabella se acomodó en un asiento mullido cerca de la ventana, todavía sin dar crédito a que el hombre que había sido testigo de su humillación unas horas antes se alojara en casa de su padre.

—Sí —convino él, y luego acarició a uno de los perritos—. ¿Hace mucho tiempo que conoce a la familia Swan, señora Clearwater?

Ella sonrió con un marcado orgullo, feliz de ser el centro de atención.

— ¡Tanto como mi memoria me lo permite! Recuerdo cuando el señor Swan compró esta casa para seducir a su joven prometida, y recuerdo las innumerables travesuras de su hija cuando apenas levantaba tres palmos del suelo.

— ¿De veras? —respondió él inocentemente—. La señorita Swan no tiene el aspecto de ser una gran aventurera.

Los ojos de Isabella se agrandaron descomunalmente cuando se dio cuenta de que él se acababa de posicionar hábilmente fuera de la línea de fuego, ¡y que le había lanzado a ella! La simpatía que sentía hacia él se evaporó en un abrir y cerrar de ojos, y en silencio se juró pagarle con la misma moneda cuando se le presentara la oportunidad.

— ¡Oh, sí! —Continuó jocosa la señora Clearwater—. ¡Era tremenda! ¡No deje que lo engañe con su apariencia modosita! —La mujer se giró hacia su anfitrión—. Era más traviesa que cualquier otra chiquilla. ¿Lo recuerda, señor Swan? Siempre estaba encaramándose a los árboles y trotando como una criatura indomable y salvaje.

— ¡Me parece que exagera, señora Clearwater! —protestó su padre con la debida gentileza.

— ¡Ja! Como cuando la pillaron desnuda en el jardín del párroco...

— ¡Sólo tenía ocho años! ¡No era perversa, y tampoco es verdad que estuviera desnuda! —Isabella perdió los nervios al darse cuenta del gran interés que todos los allí presentes mostraban por el escandaloso cambio en la conversación, especialmente Edward Cullen. —Estaba persiguiendo un conejo, que se había metido en un hoyo. Me quité el vestido para no ensuciarlo. ¡Tenía que meterme en ese hoyo!

En la sala estalló un coro de risotadas, y la señora Clearwater aplaudió entusiasmada.

— ¿Lo ve, señor Cullen? Las apariencias engañan.

El señor Cullen sacudió la cabeza repetidas veces.

—Ni que lo diga.

Isabella esbozó una mueca de contrariedad. —Mire, señor, puede estar seguro de que los días en que perseguía conejos han quedado lejos, muy lejos.

—Sólo pretendía señalar que la historia revela una mente creativa y, aparentemente, una mente con una genuina forma de actuar ante los problemas. — Sus ojos serios cedieron el protagonismo a una embaucadora sonrisa—. No me refería a que tuviéramos que preocuparnos por su falta de decoro actual.

Isabella se cruzó de brazos, y por unos instantes se debatió entre la terrible necesidad que sentía de gritar o de simplemente contestar a la provocación con otra sonrisa. ¡Ese hombre la sacaba de sus casillas!

—Mi hija es especial —intervino su padre en un tono lleno de orgullo protector—. Y se acabó eso de ventilar historias del pasado. —Se acercó a ella y la rodeó por el hombro con un brazo para infundirle ánimos—. Incluso una dama con una conducta intachable tiene derecho a mantener en secreto los contratiempos que sufrió en la infancia.

Ella lo rodeó con un efusivo abrazo, encantada ante su implacable defensa.

—Gracias, papá.

La señora Clearwater puso cara de enojada, visiblemente en desacuerdo de que el escarnio terminara tan rápidamente.

—Tiene usted razón, señor swan, pero no pretendía ofender a su hija con mis comentarios. ¿A quién no le gusta pasar un buen rato recordando viejos tiempos y agradables reminiscencias?

La señora Delani, que era notoriamente tímida, intervino con unas estudiadas muestras de dulzura:

—Yo siempre lo paso muy bien con una compañía tan grata como la suya, señora Clearwater.

—¡Oh! ¡Es usted un encanto! —Repuso la señora Clearwater vehementemente—. Pero... ¡Huy, perdón! ¡Nos habíamos olvidado de sus extraordinarias novedades! Estoy segura de que el señor cullen estará más que encantado de oír todos los detalles sobre la inminente boda entre su hija y el señor Volturi el próximo verano.

—No creo que sea correcto marear al pobre señor Cullen con esas historias. —Rio el anfitrión. — A los solteros no les gusta escuchar esa clase de exposiciones sobre bodas inminentes.

—Es cierto. Son pocos los hombres libres que muestran interés por esas cuestiones —admitió el señor Delani. Le propinó a su esposa una mirada cariñosa y le acarició fugazmente la mano. — Espera a que el señor Cullen sienta el dolor de la flecha de Cupido en el pecho, cuando encuentre a la mujer de su vida; entonces, se mostrará encantado de soportar las descripciones detalladas del ajuar de la novia y de la vajilla de porcelana.

El señor Cullen sacudió la cabeza vigorosamente.

—Lo siento, señor, pero no creo en querubines con saetas, y tampoco busco una esposa.

— ¡Ningún hombre la busca! —El señor Swan miró al señor Delani con aire conspirador. — Pero tanto si lo hacemos como si no, ésta siempre acaba por aparecer.

El señor Cullen se movió incómodo en su asiento.

—Me temo que es inútil defenderme, puesto que aquí no hay nadie que esté de mi parte.

Isabella se mordió el labio inferior. Le habría encantado anunciar que él tenía todo el derecho del mundo a elegir su propio destino. Pero tras su patético debut, estaba segura de que cualquier comentario que hiciera sería tomado a broma. Después de todo, un buen matrimonio estaba considerado el mejor premio que uno podía conseguir, y si rebatía esa cuestión, lo único que conseguiría sería que su padre se preocupara y que se diera cuenta de que su hija había aprendido algo más que latín, en la escuela de la señora Platt.

— ¡Oh! ¿Lo ve? Ahora la señorita Swan se ha quedado desilusionada, señor Cullen —lo reprendió la señora Clearwater.

—No, se equivoca —terció Isabella, que no deseaba que ese malentendido quedara sin zanjar. — La envidia no tiene nada que ver con la decepción, señora Clearwater.

— ¿Siente envidia de nuestro querido soltero de oro? —la pinchó alegremente la señora Clearwater.

Isabella elevó la barbilla desafiante, terriblemente consciente de que todos los ojos en la estancia estaban posados en su persona, así que hizo lo que pudo por mostrar un semblante bravo y audaz.

—Los hombres tienen la suerte de hacer siempre lo que quieren. Simplemente siento envidia de las posibilidades del señor Cullen. Después de todo, parece un hombre suficientemente ágil como para evitar las flechas de Cupido, si mantiene sus ideas claras. En cuanto a mí, diría que me resulta del todo imposible evitar tropezar a cada paso que doy.

Su último comentario puso punto y final a la cuestión, ya que los congregados estallaron en unas sonoras carcajadas. Y todo a su costa, aunque Isabella estuvo complacida de pagar ese precio con tal de cambiar el hilo de la conversación.

Isaballa estudió sus manos en su regazo hasta que la conversación se desvió hacia temas menos punzantes. El señor Delani se interesó por los nuevos galgos que acababa de adquirir el anfitrión, y después la señora Clearwater comparó el tiempo que había hecho recientemente con las tormentas del mes anterior. Cuando Isabella se creyó segura de estar a salvo, se arriesgó a levantar la vista.

La cadencia de las voces se mitigó cuando se dio cuenta de que el señor Cullen la estaba mirando fijamente, con unos ojos que ni la juzgaban ni se burlaban de ella, sino que la estudiaban con un palmario interés. Parecía como si estuviera intentando averiguar sus secretos o decidir una cuestión de gran relevancia. Isabella no estaba segura de si debía sentirse insultada o si debía permitir que continuara ese análisis tan exhaustivo. Habría sido más fácil bajar la barbilla y clavar la vista en el suelo, ignorando el escrutinio al que estaba siendo sometida. Pero habría sido una decisión cobarde, y algo en su interior se negaba a dejarse vencer con tanta facilidad.

«No le tengo miedo, señor Cullen. Y no me importa haber quedado varias veces humillada ante usted en lo que va de día. ¡Así que ya puede mirarme todo lo que quiera!», lo provocó mentalmente.

Sin embargo, las cosquillas que sentía en el estómago contradecían sus pensamientos llenos de coraje. La atención que él le propinaba la ponía nerviosa, y un intenso calor se adueñó de ella al recordar el trayecto de vuelta a casa que habían hecho juntos, a lomos de su caballo. Ningún hombre la había rodeado por el talle ni la había estrechado contra él de ese modo tan íntimo; de nuevo sintió ese amplio pecho y esos hombros en la espalda.

Isabella se sonrojó y decidió tirar la toalla. Apartó la vista y la fijó en un lugar relativamente seguro: una estantería llena de objetos curiosos. Por primera vez, recordó los avisos de la señora Platt —con más peso y sustancia—. Por lo que parecía, los hombres podían ocasionar más problemas que un par de zapatitos de distinto color.

« ¡Maldito fuera!» ¡Oh! ¡En la primera ocasión que tuviera, pensaba dejarle la espinilla amoratada!

Cuando volvió a mirar a Edward, vio que él había centrado toda su atención en su padre. Perfecto. Ahora podría estudiarlo sin reparos. Vestido con colores oscuros, el solemne pañuelo blanco que llevaba anudado al cuello apenas mitigaba su apariencia de pantera acechadora. Su pelo desaliñado rompía con la tendencia del momento en la capital, y sus rizos negros como el hollín estaban bruñidos por unas oscuras vetas de color caoba. Sus facciones eran angulosas y elegantes. Le gustaban las firmes líneas de su boca y las pequeñas arrugas que se le formaban en la frente cuando la señora Clearwater decía algo particularmente inapropiado. Su padre lo había descrito como un hombre muy serio, y lo creía; a pesar de que sospechaba que él ocultaba un interesante sentido del humor que no quería que los otros vieran por alguna razón.

Ese pensamiento la hizo sonreír. A partir de ahora, lo trataría como a cualquier otro de los socios de su padre. A pesar de ser mucho más joven, no difería en absoluto de los otros invitados que habían pasado por esa casa. Seguramente, él buscaría la compañía masculina, preferiría hablar de negocios y de caballos, y se limitaría a saludarla con una leve inclinación de cabeza cortés cuando se cruzaran por el pasillo.

Ahora sólo hacía falta imaginárselo con un ataque de gota para que la ilusión fuera completa.


Hola mis amores!

Siento mucho la tardanza se que hace dos días debía publicar pero la universidad me lo complico un poquito y les pido perdón por eso.

Quiero contarles que hace unos días leí una historia que me hizo reír tanto DIOS! en verdad hacia mucho tiempo que no leía una así de divertida y romántica, así que quiero recomendarsela a quienes no la han leído y me cuentan que les pareció ¿sí?

La historia se llama Buscando parís y es una adaptación de Pennywitch.

y ahora pasemos a esta historia! cuéntenme ¿Que les pareció el capitulo de hoy?

Esto se esta poniendo cada vez mas interesante ¡a que si! xD

Recuerden que de ustedes depende la regularidad con la que publique, me encanta leer sus reviews y saber sus opiniones.

¿REVIEWS?


Roxy Sanchez: me alegro mucho Roxy. Un besote para ti :*

crucitaegr: tendrá sus momentos ;) jijiji

Maribelho: Bienvenida! me alegra mucho que la adaptación sea de tu agrado. pásate por mi perfil y mira que tal mis otras adaptaciones ;)

Un beso y espero leerte pronto :D

PanquesitosConLeche92: Awwww que linda! :´) yo también las extrañe y haré todo lo posible para que la abstinencia sea mínima xD


Gracias a todas/os las/os que siguieron y marcaron como favorito tanto a mi como a esta adaptación, muchas gracias por el apoyo:

PanquesitosConLeche92, tulgarita, nikyta, elizabeth1485, gabylmutis, Lunita Black27, BaniBlack, AnnaLau2, Ine L.B, Delvis Daiana, bbluelilas, ADEC, monze urie, beky09, Gabs Frape, aday, scarlett003, Aliapr-peke, Autumntales, .56, crazzyRR, snowcullen, Dess Cullen, bbluelilas, zeron97, DBMR1, Miss Rose Atomic Frozen, Little Whitiee, , ang3lpop, MiaCarLu, Karen CullenPattz, danielaMc1, IngridMMP, Eni-Cullen-Masen.

Mil gracias por sus reviews a :

PanquesitosConLeche92

Maribelho

Lunita Black27

KarenCullenPattz

crucitaegr

DBMR1

bbluelilas

Roxy Sanchez

Tahirizhita grey pattz

y a los anónimos también ;)