Dulce

.

.

.

Siempre solía sorprenderse cuando aterrizaba, nunca sabía dónde iba a ser. Últimamente parecía ser dado a arrivar en dormitorios, pero aquella vez había ido a parar a un lugar que podría ser denominado el paraíso para cualquier niño como él.

Sentado en un pulcro suelo blanquecino, todo cuanto veía a su alrededor eran dulces, perfectamente puestos en unos cajones colocados en inmensos estantes.

Había de todo tipo, caramelos, piruletas, regalices, chucherías… ¡incluso una fuente de chocolate!

Pero lo que más abundaban eran, sin duda alguna, los blancos y esponjosos malvaviscos.

Emocionado, se incorporó con rapidez, y agradeció infinitamente el no haber desayunado. Definitivamente, su estómago estaba más que dispuesto a almacenar todas aquellas ricuras que parecían llamarle a gritos, pidiendo ser comidos.

No estaba por negarse.

Se dirigió con una velocidad que incluso la luz le habría envidiado hacia el lugar donde su querido y delicioso desayuno le esperaba.

Sin embargo, ni bien puso una mano encima del estante, una ruidosa alarma saltó y se vio atrapado súbitamente en una red, colgando del techo.

Tras unos minutos de asimilación, y completamente asustado, empezó a gritar y sollozar, rogando que le sacaran de ahí. No había hecho nada malo, no que él supiera, y la sangre se le estaba bajando a la cabeza debido a la posición.

Desde su acertada postura, pudo ver como la puerta de la habitación se abría. Se esperanzó en que alguien hubiera escuchado sus ruegos y le sacara de allí.

Se fijó en que era un hombre de cabellos blancos que podían confundirse con las paredes del mismo color, orbes violeta claro y portaba una sonrisa burlesca que adornaba su rostro mientras comía un malvavisco.

—Parece que hemos atrapado un pequeño intruso —dijo, pero Tsuna no le entendió. Parpadeó un poco y se decidió a hablar.

—N-no he hecho nada malo… ¡por favor, suélteme! —el albino se sorprendió levemente, y de uno de los bolsillos de su blanca chaqueta sacó un pequeño aparato con un botón rojo.

Pulsó el objeto y el niño, una vez libre, fue víctima de la gravedad, cayendo a gran velocidad. Para su fortuna, el mayor tenía buenos reflejos y gran rapidez, atrapándole antes de que estrellara de cabeza contra el duro suelo de mármol.

—Con que eres japonés —le dijo, dejándole en el suelo. El pequeño recuperó su sombrero y peluche, los cuales se le habían escapado en su caída.

Le miró mientras apretaba su conejo contra sí, y asintió con la cabeza para demostrar que estaba acertado con sus palabras.

—Dime, ¿cómo te llamas? —el albino se agachó junto a él mientras sonreía, y el castaño pensó que no parecía malo.

—Tsuna… —respondió con timidez.

—Yo me llamo Byakuran —la sonrisa del mayor se ensanchó—. ¿Cómo has llegado aquí?

Había reconocido al niño, pero había querido comprobar su identidad. Además, no todos los días aparece la versión pequeña del Décimo Vongola en medio de su más preciada habitación y encima caía en una de sus trampas para intrusos.

Pese a todo, no le sorprendía demasiado, pues conociendo en los líos que podía llegar a meterse el castaño, se podría decir que era normal.

Se sentaron en el suelo y Tsuna le explicó todo lo relativo y relevante a sus viajes en el tiempo. Al principio estaba algo tenso, pero como todo niño, se relajó cuando le ofreció dulces.

El mayor se sorprendió en algunos relatos tales como su estancia con Reborn, o los Varia.

Hubiera dado todo —menos sus malvaviscos, eso era sagrado— por ver a aquellos tipos, conocidos por ser temibles y despiadados, caer ante los inocentes encantos del pequeño Tsunayoshi.

No los culpaba, pues estaba comprobando por sí mismo que no había manera de negarse al chiquillo cuando sonreía. Nunca había compartido tantos dulces con nadie.

—Con que has tenido unos movidos días, eh —sonrió mientras el niño asentía alegre, comiendo un poco de un regaliz—. Y volverás dentro de doce horas.

—Sí… —el rostro del castaño se entristeció, y la sonrisa del albino se borró también, algo que raramente sucedía.

—¿No te alegra volver a casa? —cuestionó.

—No mucho… —negó mientras agachaba la cabeza, como si le avergonzara el hecho de que fuese así.

Entonces, el de orbes violetas recordó que la vida de aquel chico no había sido fácil, y había pasado por demasiadas cosas para llegar a donde estaba ahora. Sabía, por su experiencia en mundos paralelos, que el castaño siempre había sido inferiorizado, pero en todos los casos siempre lograba salir adelante.

Sabía también que para ser quien era en esa época, tuvo que pasar por varios conflictos, tanto familiares como externos.

—Escuchame, Tsunayoshi-kun —el mencionado se sorprendió ante la llamada, no le había dicho su nombre completo. Igualmente, le miró con sus orbes algo empañados—. Eres una de las personas más fuertes que he conocido, nunca dudes de ti mismo.

El pequeño parpadeó, confundido. ¿A qué se refería con que lo conocía?

—Conozco al tú de esta época —aclaró ante la incertidumbre del niño—. Y te puedo asegurar que has llegado alto, pese a todo lo que te ha pasado.

—¿De… verdad? —dudó, viéndose incapaz de tener un futuro… digno.

Sus profesores se lo repetían varias veces, que debido a su torpeza para los deportes y sus calificaciones que llegan a la media por los pelos, no le depararía nada bueno y no llegaría a ser nadie.

Lo quisiera o no, la repetición constante hacía que acabase por creerlo, más si llevaban diciéndoselo desde que tenía memoria.

—No te mentiría —esbozó una leve sonrisa.

Tsuna sonrió, aunque fue borrada al notar cómo las lágrimas salían de sus orbes canela. Aquel acto asombró al castaño y se tocó el rostro, confuso.

Miró sus manos mojadas debido al agua salada de sus ojos y dirigió su mirada al mayor.

—¿Por qué estoy llorando? —le preguntó—. Estoy alegre… ¿no?

El pequeño tenía la idea de que sólo debía llorar cuando estaba triste o asustado. Nunca había sollozado cuando estaba contento o feliz, por tanto, era nuevo y extraño para él.

Además, siempre le habían dicho que llorar era de débiles, que no debería hacerlo tan frecuentemente. ¿No era una tontería, entonces, el hacerlo cuando estaba feliz?

—Existen las lágrimas de alegría —explicó el albino, alargando su sonrisa pero adquiriendo un deje de tristeza—. ¿Nunca te has emocionado tanto como para llorar de felicidad?

El niño negó con la cabeza levemente, y Byakuran le ofreció un pañuelo, con el que se secó el rostro.

—Gracias… —agradeció Tsuna ante un malvavisco que le era ofrecido, aceptándolo mientras su cálida sonrisa volvía a aparecer—. ¿Pero está bien llorar cuando estás alegre? —cuestionó curioso.

—¿Por qué debería estar mal? —se extrañó.

—Bueno… siempre se burlan de mí porque soy un llorón y me asusto con facilidad —explicó como si fuera normal, sin dejar de sonreír—. Por eso pienso que es algo tonto llorar cuando estoy alegre… ¿no es asi?

Se estremeció levemente al mirar los orbes violáceos del albino, los cuales emitían una chispa de rabia que daba miedo. Fue fugaz, pero juraría haber visto ese brillo antes, en los rostros de a quienes les contaba algo relativo a su vida normal.

No sabía qué significaba eso, ni por qué parecía durar solo un segundo antes de desaparecer, dejando paso a una mirada amable que le reconfortaba.

—No dejes que te digan como debes ser —aconsejó—. Las personas que te quieren, lo hacen por cómo eres, no por quien pretendes ser.

Las palabras del mayor resonaron en su mente. En otra ocasión hubiera rebatido aquello, no había mucha gente que le quisiera por ser él.

Sin embargo, en sus travesías había conocido a quienes tanto añoraba, y se dio cuenta de que ninguno le impuso como debía comportarse, nadie le decía cómo debía ser.

Le querían aún siendo torpe, débil y llorón como siempre había sido y nunca le habían reprendido por ello…

Entonces no era él quien tenía que cambiar. No era el que estaba equivocado, no era quien hacía que no le quisieran. Siempre había pensado que era quien fallaba, pues si todos se ponían en su contra, el único que debía estar haciéndolo mal era él.

Pero si había personas que le querían con sus defectos, quizá no debería cambiar, como había intentado en vano durante su corta vida.

—¡Es verdad! ¡Entonces no tengo que cambiar! —exclamó eufórico—. ¡No soy yo quien está mal!

Emocionado y feliz, se abalanzó hacia el albino, abrazándole. Este, debido a la sorpresa, no fue capaz de matenerse y cayó para atrás con el pequeño encima suya.

—Quien te diga eso es quien debería cambiar, Tsunayoshi-kun.

«Si no lo mato yo antes», agregó en su mente, mientras acariciaba los cabellos castaños del chiquillo, intentando no aplicar mucha fuerza.

Estaba enfadado, furioso con aquellos que eran tan insensibles como para querer hacer que ese dulce pequeño cambiara su carácter. Por favor, si ni siquiera aquellos tipos —que imaginaba que serían todo menos cariñosos— habían podido resistirse ante la personalidad de ese niño.

Incluso él, que llevaba poco menos de media hora hablando con el castaño, ya sabía que le iba a extrañar cuando se tuviera que ir.

—Sabía que estarías… —una voz femenina se interrumpió, y ambos miraron hacia la puerta.

Una joven mujer de cabellos verde oscuro y profundos orbes azul marino veía la escena desde la entrada, al principio perpleja pero luego sonriente.

El pequeño se había sentado encima del albino para observar a la recién llegadallegada, quien pareció sorprenderse al verle.

Bueno, todos los que conocía se asombraban de su presencia siempre, era algo a lo que ya estaba más o menos acostumbrado.

Sintió como unos brazos le levantaban, y se fijó en que había estado seguramente aplastando al mayor sobre el que había estado cómodamente sentado. Algo sonrojado, se dejó alzar por Byakuran, quien se incorporó rápidamente y miraba a la muchacha con una sonrisa.

—Uni-chan, qué pronto has vuelto —saludó alegremente, aunque ella seguía con su mirada fija en el pequeño.

—No me digas que es… —dejó la frase al aire, pero al albino no le hizo falta mucho más para asentir.

—Ha viajado del pasado —sonrió.

Tsuna no despegó su vista de ella en ningún momento, y quizá por eso le asombró su rapidez. En un minuto había pasado de estar en los brazos del amante de los dulces a ser abrazado por la joven.

—¡Que monada! —alabó mientras le separaba un poco para mirarle con una sonrisa amplia.

Algo en aquel rostro sonriente hizo que Tsuna se sintiera bastante cómodo, y toda su timidez pareció desaparecer de inmediato. Por ello, cuando le abrazó de nuevo, el castaño le correspondió como pudo.

—Uni-chan, vas a hacer que me sienta celoso —burló el albino.

La aludida rió agradablemente mientras se acercaba con el pequeño hacia uno de los estantes con dulces y cogía una piruleta, dándosela al niño, quien la aceptó de buen grado.

Le bajó al suelo para que comiera su dulce tranquilamente, y miró al albino con cierto asombro.

No se había quejado porque le diera la piruleta sin permiso, de hecho, sonreía afablemente.

Tardó un poco en darse cuenta, pero una sonrisa divertida se esbozó en su rostro al percatarse de que se había encariñado con el pequeño castaño y era incapaz de reclamarle nada.

—¿Tengo algo en la cara, Uni-chan? —cuestionó Byakuran ante la mirada de ella.

—No, pero me resulta gracioso que hayas congeniado con un niño —rió levemente, recibiendo una mirada indiferente del contrario.

—No es que sea eso, sino que se pondría a llorar si le… —se interrumpió al desviar su vista al pequeño—. ¡Tsunayoshi-kun!

Uni, alertada por el grito, buscó con la mirada al castaño.

Lo encontró subido al borde de la fuente de chocolate de la sala, estirando lo que parecía ser un malvavisco para mojarlo con el líquido. Sin embargo, su equilibrio era muy precario y no tardaría en caer.

Ambos fueron lo más rápido que sus piernas les permitieron para atraparle, pero fue en vano. Tsuna había acabado sumergido en el dulce, y cuando le sacaron de ahí, su ropa estaba totalmente sucia y su conejo había corrido la misma suerte.

—Se han ensuciado… —miró con tristeza el sombrero y el peluche, apenado por verlos bañados de chocolate.

—No te preocupes —Uni cogió los objetos con amabilidad—. Puedo lavarlos.

—¿De verdad? —preguntó emocionado, recibiendo el asentimiento que esperaba—. ¡Qué bien!

—Me parece que tú vas a necesitar un buen lavado también —dijo ella con una sonrisa divertida.

—Eres un travieso, Tsunayoshi-kun —rió Byakuran.

El niño sonrió algo avergonzado.

—Pero es dulce —bromeó Uni.

—Y me va a poner perdido de dulce a mi también. Vamos —dijo mientras cargaba al niño en brazos y salía de la habitación, seguido por la de cabellos verdes—. Por cierto, Uni-chan, ¿dónde está ese perrito tuyo?

Ella rió al escucharle.

—Si te refieres a Gamma, le convencí de que podía quedarse en la ciudad un poco más, junto a los demás —explicó—. Me costó, pero logré que se entretuviera una media hora por lo menos.

—Eres una traviesa tú también, Uni-chan —rió el albino.

—No quiero recordar lo que pasó la última vez que te dejamos aquí solo.

El pequeño atendía desinteresadamente a la conversación, admirando más sus alrededores.

De la sala en la que estaban —que había resultado ser algo así como una cabaña— habían salido a unos jardines con bastante vida y color. Tras unos minutos de caminata y charla, llegaron a la gran puerta de una mansión.

Byakuran la abrió sin el menor reparo, y cuando accedió al recibidor, exclamó:

—¡Bienvenido a la mansión Millefiore de Italia!

Ciertamente, no tenía nada que envidiar a las otras que había visitado. Era grande, espaciosa y luminosa, con una bonita decoración.

Subieron unas escaleras de caracol hasta llegar a lo que suponía que era la tercera planta, dado que habían saltado una. Ahí había varias puertas de distintos colores, y se detuvieron frente a una de color blanco con un gracioso dibujo de un malvavisco incrustado en ella.

—Me lo quedaré yo, Uni-chan —sonrió Byakuran—. Será divertido, ¿te parece bien, Tsunayoshi-kun? —cuestionó mirando al pequeño.

El castaño aún no se acostumbraba a que le pidieran su opinión, y por ello se tomó un tiempo antes de asentir con la cabeza, contento.

—Está bien —cedió Uni con una amable expresión—. Entonces yo lavaré el peluche y el sombrero —miró los objetos bañados en chocolate—. Cuídalo bien, es un niño.

Con un gesto que decía que no se preocupara, el albino entró en la habitación mientras la de cabellos verdosos seguía su camino.

—Bien, Tsunayoshi-kun —dijo mientras le dejaba en el suelo—. ¿Sabes ducharte solo o necesitas ayuda?

—Puedo hacerlo solo —sonrió, orgulloso de sí mismo. Había aprendido a hacer algo básico como ducharse sin necesitar ayuda, para no molestar en lo posible a sus padres.

La verdad es que hubiera querido que le felicitaran, pero eso no pasó…

—Pues ahí tienes el baño con todo lo necesario —señaló una puerta de madera, a unos pasos de su posición—. Los jabones no están en ningún lugar alto, asi que no tendrás problema —aclaró—. Mientras, yo te buscaré algo para que puedas cambiarte.

El pequeño asintió, conforme, y se dirigió al cuarto de baño. Solo tuvo que empujar la puerta para abrirla, y se quedó maravillado cuando la cerró tras de sí.

Era enorme, como si se tratase de un dormitorio más. Contaba incluso con un vestidor muy amplio, y se preguntaba dónde buscaría el albino la ropa si tenía una tienda llena ahí dentro.

Para su buena fortuna, el grifo de la ducha si estaba a su alcance y, como Byakuran afirmó, los jabones estaban a una altura en la que sí llegaba.

Casi le dio pena lavarse el chocolate, y muchas veces lo relamió. Era dulce, y estaba muy bueno.

Cuando acabó, ya sin rastro del líquido marrón, salió envuelto en la primera toalla que encontró, pero resultaba ser demasiado grande para él y parecía llevar más bien un vestido algo largo.

Por ello, cuando el mayor le vio salir —cambiado de ropa dado que se había manchado de chocolate al cargarle—, rió a carcajada limpia mientras el niño ladeaba la cabeza, sin comprender qué era tan divertido.

—Tsunayoshi-kun, lo siento pero esto es todo lo que he podido encontrar —dijo, una vez más calmado pero sin quitar su sonrisa mientras le daba una muda de ropa… bastante diferente a la suya—. No tengo nada que puedas ponerte, y lo único que Uni-chan tenía era esto.

Todo sería perfecto si no fuera por el pequeño e insignificante detalle de que la ropa constaba de un vestido de niña, de color rosa con flores en la cintura, y de calzado unas sandalias blancas con una flor de adorno.

Se sonrojó al pensar que tendría que pasar con eso durante toda su estadía en aquella época.

—No es tan malo, pasarías perfectamente por una niña —intentó animar el mayor, tratando de no reír ante el rostro del pequeño.

Para su fortuna, no tuvo que insistirle demasiado —no era muy bueno animando, y menos en esa situación—, pues Tsuna nunca había sido alguien que se quejara demasiado.

Sabía adaptarse a las situaciones, había pasado por peores. Aunque era algo cuanto menos bochornoso, solo duraría unas horas, quizá menos considerando que lavarían su ropa.

Por eso, agachó la cabeza en un intento de esconder su vergüenza y agradeció el ofrecimiento. Se habían molestado en buscarle algo que pudiera quedarle bien después de todo, aunque no fuera el resultado más deseado.

Cuando se puso la vestimenta que le habían dado, Byakuran se juró que obligaría de alguna manera a que el Tsuna de aquella época se vistiera con algo similar.

Al pequeño castaño se le veía adorable, tierno y sobretodo muy gracioso.

Por supuesto, el albino no desaprovechó el tiempo y empezó a tomarle fotos. Había que guardar el momento, y además, al estar el niño más rojo que un tomate, su adorabilidad se multiplicaba.

Byakuran pensó que, si llegaba a vender aquellas fotografías, se haría de oro. Las admiradoras del cielo no eran escasas, y muchas darían lo que fuera por tener semejante material.

Oh sí, era una fabulosa idea.

—Sonríe, sonríe —decía mientras capturaba las imágenes del castaño desde varios ángulos. Le había puesto incluso una diadema a juego con el conjunto.

—Deja de asediar al pobre niño —rió Uni cuando ingresó a la habitación, viendo la escena—. Mira, he logrado que tu peluche se secara antes, pero no ha salido una mancha… —se apenó mientras le entregaba el objeto.

El conejo tenía una mancha marrón más oscura en su ojo derecho, producto del chocolate. Lo analizó bien, y se dio cuenta de que no quedaba tan mal.

—No pasa nada, está perfecto —sonrió mientras abrazaba el peluche contra él.

—No te muevas —ordenó el albino mientras le tomaba otra foto, capturando el momento.

—Pero no recuerdo haberle puesto ningún collar —señaló el lazo naranja que colgaba del cuello del conejo, del cual pendía una llave que se le hacía familiar.

—Estaba en el bolsillo de tu pantalón, decidí ponérselo para que no se te pierda —sonrió—. Ah, y casi lo olvido, tu sombrero, se secó con el peluche —le devolvió el objeto, y el niño se lo pusó con alegría, sacándose la diadema.

Quiso preguntar si conocía de algo a su tío, dado que era tremendamente parecido al que siempre portaba, pero le pareció imposible.

Reborn había conocido al castaño cuando este era adolescente, no de niño. Por ello, se guardó la pregunta y miró al albino.

—¿Qué pretendes hacer con todas esas imágenes? —cuestionó, curiosa.

—Si los ingresos aumentan, no te sorprendas —sonrió burlón.

Ante la respuesta, ambos parpadearon sin comprender. Sin embargo, Uni comprendió tras unos momentos qué quería decir.

—¡No puedes hacer eso! —exclamó, incrédula.

El Tsuna de esa época no estaría precisamente feliz de ver fotos suyas de pequeño, vestido de niña, circulando por ahí sin su consentimiento —uno que obviamente en la vida daría—.

—Sí que puedo, porque Tsunayoshi-kun estará de acuerdo —bajó la cámara y miró al castaño, quien atendía sin comprender—. ¿Verdad, Tsunayoshi-kun? —el aludido asintió, sin saber muy bien a qué se refería—. ¿Lo ves, Uni-chan? —su vista se posó en ella, quien suspiró resignada.

No había cómo rebatir a eso, además de que técnicamente Tsuna había accedido, aunque fuera en su versión de niño y no estuviera muy enterado de la situación.

—¿Por qué mejor no te compramos algo de ropa que sea para ti? —le ofreció amablemente, era lo mínimo que podía hacer para compensar la vergüenza por la que pasaría el otro Tsuna.

—No es necesario… —respondió tímidamente.

—Sí lo es —sonrió al ver la expresión del pequeño. Era igual a su versión futura, siempre rechazando cualquier ofrecimiento que pudiera causar molestias.

Era así desde que lo conocía, y parecía serlo desde niño.

—Y yo que quería seguir tomándole más fotos… —se quejó Byakuran, haciendo un puchero.

—Tienes para hacer cinco álbumes —rió Uni.

—Eso no es cierto —negó mientras se cruzaba de brazos, haciendo reír con su expresión incluso al castaño.

Los dos mayores se miraron cómplices, alegres de haberle hecho reír. Se habían percatado de que era bastante tímido, y tenían curiosidad de saber cómo era su risa.

—Bien, vámonos, quizá nos encontremos con los demás —dijo Uni, tomando al chiquillo de la mano y saliendo de la habitación, seguida por el albino.

Tsuna se admiró ante la maravillosa ciudad, y pensaba que era muy diferente a la que había visitado en sus otros dos viajes. Claro que esa era la del futuro y en las anteriores ocasiones había conocido las del pasado. Aun así, parecía increíble que fuese el mismo país.

Admiraba las calles mientras su mano seguía siendo tomada por Uni, sujetando su peluche con el brazo libre. Ambos le entretenían haciéndole jugar de vez en cuando en algún parque por el que pasaban, también le habían comprado un helado y prácticamente el chiquillo había olvidado su atuendo.

Entraron en una tienda de moda infantil, y le compraron una camisa blanca con un dibujo de caramelos —idea del albino— y unos pantalones azul marino junto a unas zapatillas negras. Se cambió en el probador, y muchos se asombraron al ver que era un niño y no una niña al verle salir.

—Estaba más adorable con vestido —se quejó el de orbes violetas, una vez fuera del lugar—. No es justo, Uni-chan…

—Es un niño, no una niña —rió la susodicha, devolviendo al castaño su conejo, el cual lw había confiado para cambiarse—. Además, él no estaba cómodo, ¿verdad? —sonrió.

—Bueno… no mucho, la verdad —confesó, y Byakuran hizo un puchero.

—Al menos tengo fotografías —se le alegró el rostro al pensar en lo mucho que le darían por aquellas imágenes exclusivas, y se preguntó cuántos malvaviscos valdrían exactamente.

—No tienes remedio —suspiró Uni, y miró su reloj de pulsera—. Vaya, el tiempo pasa volando, ya son las tres. ¿No tenéis hambre? —preguntó mirándoles.

Dos estómagos rugieron ante sus palabras arrancando una carcajada a la joven.

—No necesito más, vamos a comer algo.

La comida fue en un restaurante italiano cercano, donde Tsuna pudo probar la famosa pasta del país. Estaba ciertamente muy buena, y comió hasta quedar más que satisfecho, compitiendo con el albino por ver quién era el más rápido.

Hubiera ganado de no ser porque tenía el cuidado de no manchar su ropa nueva.

—No sé cuál de los dos es el niño —suspiró la única fémina, viendo cómo el albino estaba completamente sucio de salsa carbonara mientras que el pequeño se encontraba impoluto.

Pasaron el día en la ciudad, y como había predicho Uni, se encontraron con el resto de su familia.

Tsuna pensó que conformaban un grupo muy gracioso, y aunque no parecían encajar las distintas personalidades, se dio cuenta de que era eso lo que los mantenía unidos.

Tantos caracteres diferentes chocaban, sí, pero tenía la extraña certeza de que no se llevarían igual de bien si todos congeniaran en lo mismo.

Aunque aquel rubio al que Uni había llamado Gamma no parecía al principio muy dispuesto a dejarle acercarse a ella, a quien llamaba princesa, y le alejaba cada vez que lo intentaba.

Sin embargo, cambió repentinamente de parecer cuando, jugando con la chica del cabello azul, se tropezó y cayó.

Fue el primero en acudir a su ayuda, alegando que no tenía por qué molestar a la de cabellos verdes con sus cosas de críos. Se lo agradeció igualmente con una amplia sonrisa, y después de eso fue muy amable con él.

Pero así como se la pasaba bien, sabía que llegaría el momento de despedirse.

Esto ocurrió durante la cena, cuando había olvidado por completo que su hora límite eran las diez de la noche y estaba muy contento charlando con todos acerca de sus viajes —concretamente les parecía hacer gracia la historia de cuando conoció a Reborn—, y Uni se percató de que estaba empezando a desvanecerse.

Miró sus manos y vio que tenía razón, comenzaba a transparentar frente a las miradas incrédulas de todos los presentes. Tomó el conejo que estaba entre sus piernas, y a este le sucedió lo mismo.

—¿Por qué está desapareciendo? —cuestionó la de cabellos celestes, y todos miraron a los dos jefes de la familia, pidiendo una explicación.

—Como sabéis, este Tsunayoshi-kun viene del pasado —respondió el albino, con una mueca triste.

—Y no podía quedarse eternamente… —prosiguió Uni, también con tono decaído.

Ninguno pudo despedir al pequeño con una sonrisa, ni siquiera Byakuran pudo hacer más que un esbozo más deprimente de lo que pretendía ser.

Querían decirle adiós con alegría, sobretodo para no entristecer al castaño, pero a nadie le nacía el fingir felicidad en aquella situación.

—Muchas gracias a todos, me lo he pasado muy bien —si bien ahora sabía que había lágrimas de alegría, aunque intentaba sonreír como siempre, estaba más que seguro que ahora lloraba con total tristeza.

Definitivamente odiaba las despedidas.

—Nos veremos, Tsunayoshi-kun —la familia al completo reprimía el llanto al ver los intentos del chiquillo por alegrar tal situación, y solo el albino fue capaz de pronunciar una despedida decente, secándose una pequeña lágrima que escapaba de sus orbes violáceos.

Cinco segundos después de que dijera su adiós, el niño despareció sin dejar rastro, tan solo un plato a medio comer y una silla vacía delataban que había estado una vez ahí.

.

Verde solía sorprenderse con aquel niño. Sabía que llevaba consigo toda la alegría y la adorabilidad del mundo, pero aun no comprendía cómo era posible que en medio día se encariñara tanto con quienes conocía en una época totalmente distinta.

Lo hubiera entendido si esta vez se hubiera quedado un día entero, como las anteriores veces, pero en tan solo doce horas el chiquillo ya volvía con lágrimas en los ojos y portando algo nuevo.

Bueno, como suponía que eso pasaría, tenía preparado los pañuelos, los cuales le ofreció al niño una vez este salió del recipiente.

—Es… triste —sollozó, aceptando el ofrecimiento y secándose las lágrimas—. Pero… me lo paso… muy bien jugando… durante el… tiempo que estamos… juntos…

—No sé cómo lo haces para arreglártelas tú solo en un lugar totalmente desconocido —la mayoría de niños de su edad estarían más que aterrorizados porque le sacaran de la comodidad de su rutina—. Eres valiente, se podría decir.

Se dirigió hacia su ordenador, dándole la espalda al castaño, que había parado de llorar, sorprendido ante las palabras del arcobaleno.

—Yo… ¿valiente? —murmuró, siendo oído por el científico.

—¿Por qué no? ¿Cuántos niños has visto que se adentren en una época que no conoces totalmente solos? —cuestionó Verde, mirándole de reojo.

Tsuna pensó en la respuesta, y se dio cuenta de que tenía razón.

A él siempre le habían dicho que era un cobarde porque se asustaba con más facilidad que los demás y tendía a llorar cuando esto sucedía. Era más asustadizo que todos, y era una de las múltiples cosas por las cuales era el objetivo de burlas.

Aunque era improbable que alguno hiciera lo que a él le encantaba, tenían miedo a lo desconocido, algo que el castaño nunca había tenido debido a su sexto sentido, o intuición.

—Es verdad… —sonrió ampliamente—. Y es posible que pueda volver a ver a todos, ¿verdad? —miró ilusionado al científico, quien asintió con una sonrisa resignada, pero alegre al haber podido animar al chiquillo.

—Sabía que estarías aquí —la conocida voz del arcobaleno de la tormenta resonó en la sala, y el pequeño le saludó con gran felicidad mientras Verde le dedicó una mirada molesta de soslayo.

—¿Me acompañarás hoy? —preguntó animado Tsuna.

—Sí, dado que Verde no estará por la labor de hacerlo —su siempre calmado tono irritaba al de cabellos verdosos, a quien le tentaba la idea de hacer que nunca más vuelva a hablar.

—¡Qué bien! —se contentó, dirigiéndose hacia Fon—. ¡Hasta mañana! —se despidió del arcobaleno del rayo y siguió al maestro de artes marciales.

Por el camino, Tsuna contó felizmente todas sus experiencias del viaje, hablando de cada persona que había conocido en él y de cuán bien le habían tratado.

Entre palabrerías, habían llegado a la puerta de la casa del chiquillo, quien intentó no hacer una mueca triste para no preocupar a su acompañante.

—Esto… una pregunta —interrumpió la despedida del arcobaleno—. ¿Sabes italiano?

—Sí, ¿por qué? —indagó con curiosidad.

—¿Po-podrías enseñarme…? —su mirada se desvió a otro lado, avergonzado—. Es que en todos los viajes que hago hablan ese idioma y…

—Está bien, lo haré —sonrió comprensivo, y Tsuna le miró con ilusión—. ¿Mañana antes de que vayas de viaje te parece bien?

—Sí —asintió emocionado—. Entonces a las ocho de la mañana, ¿no?

—¿Tan temprano te despiertas a tu edad? —en respuesta, el castaño rió nervioso—. Si quieres así, por mí no hay problema.

El chiquillo le abrazó, feliz porque hubiera accedido a su petición. Fon le correspondió y al cabo de unos minutos se despidió del pequeño, quien borró su sonrisa al verse solo.

Decidió no pensar en eso y desató el lazo de su peluche para abrir la puerta con sigilo, cerrándola con el mismo cuidado y subiendo a su habitación con rapidez.

Puso el lazo y sombrero al conejito y se cambió de ropa, doblando cuidadosamente las prendas que había traido puestas, para luego acostarse y hacerse una bolita, abrazando al peluche.

Esa vez soñó con que volvería a ver a todos sus amigos, a todos los que conoció. Imaginó que estaban de nuevo todos reunidos…

Y que todos comian dulces juntos.

.

.

.


Salut~. Que sueño por Dios. Me muero.

A ver, queridos lectores amados.

L-chan sea pues XD. Y sorry, no me responsabilizo de roturas de kokoro XD.

Fiz-chan, creeme, esta tipa hara que se te cumpla. Tu por eso no te preocupes, me atormetara con eso hasta que lo haga.

¿Y que he dicho yo de las ideas? Por Dios, que no lo lea, que no lo leaaaa.

Kurai-chan, bueno, tu duda ya esta resuelta ne? XDDD. ¡Y MI TARTITA POR DIOOOOOOS *-*! GRACHE.

Se-chan, Aaaaalaaaaaa, que crueeeel. Ni yo soy asi please XDDDD. Aquu tienes la aventura que queriaaas XD y ya he resuelto tu duda. Espero que te haya gustado n.n

Yi-chan, jajajaja, sorry por l as lagrimas, pero me alegro que te guste y… bueno, tu deja de dar ideas que mi amiga loca se emociona demasiado.

Alessia, pero yo que digo acerca de las ideas. OS ADORO PERO LAS IDEAS MOTIVAN A ESTA LOCA.

PD: ¿Puedo llamarte Sia-chan?

Mel-chan, soy como un poco cruel con el pobre, hasta a mi me da pena XD. Me da a mi que aquí va a haber matanza… no digo nada…

Flor-chan, jejejeje, bueno, examenes son examenes pero muuuucha suerte y despejate un poco leyendo mis humildes escritos n.n

Natsumi-Uzumaki, vaya, nueva lectora. Me alegra de que te guste tanto y espero que te siga gustando asiii n.n

PD: ¿Puedo llamarte Nat-chan?

Shiho-Akemi, vaya, pues espero que sugas enamorada XDDDD.

Pd: ¿puedo llamarte Shiho-chan?

¿Quien creeis que va ahora? XD

Bien~. ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?

¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.