.
.
VACACIONES SIN CONTRATIEMPOS
.
.
Disclaimer: ni la historia, ni los personajes me pertenecen. Esto es una adaptación.
Summary: Con esa tendencia a no librarse de los constantes contratiempos y su forma de ser caótica, Isabella no es la mujer más adecuada para el señor Edward Cullen, el joven de porte serio que siempre se rige por la lógica y por la razón. ¿O quizá sí? (ÉPOCA) ADAPTACIÓN.
HOLA BEBEEEEEEEES! Xd
Disculpen que las/os haya abandonado pero hace poco estaba en parciales y ya luego de ellos no tenia ganas de actualizar, pero ya volví y les tengo un regalo (redoble de tambores por favor) xD
UN MARATO00000N! \(*0*)/
Así es mis amores el día de hoy les estaré publicando algunos capítulos incluyendo este, estén pendientes!
MARATÓN CAPITULO 2/3
\(*0*)/
...
Capítulo 4
.
.
BPOV
.
— ¿Has dormido bien?
Isabella se ruborizó mientras tomaba asiento en la mesa dispuesta para el desayuno.
—Sí, papá, gracias.
Él sonrió jovialmente y, sin darse cuenta del visible malestar de su hija ante la pregunta que le acababa de formular, volvió a concentrarse en la comida.
—Supongo que no hay mejor descanso posible que el de tu primera noche de vuelta a casa.
— ¡Oh, sí! —convino ella, centrándose en los huevos de su plato. No podía recordar cuándo se había quedado dormida la noche anterior, pero unos extraños sueños obsesivos, en los que aparecía Edward, la acosaron hasta la mañana. Cuando el sol la sacó de la cama sin compasión, Isabella ya había decidido que un beso podía resultar nocivo para la salud. ¿Cómo era posible que alguien pudiera sobrevivir mucho tiempo sin dormir?
— ¡Ah! ¡Señor Cullen! —Exclamó su padre. — Me preguntaba si lo veríamos esta mañana.
Isabella agarró con fuerza el tenedor para que no se le cayera mientras intentaba recuperar la compostura y esbozaba una sonrisa estudiada.
—Buenos días, señor Cullen.
—Buenos días, señorita Swan. —Se sentó enfrente de ella, con un aspecto totalmente relajado, como si hubiera pasado una buena noche.
—Cuánto me alegro de tenerlos aquí a los dos —prosiguió el señor Swan. — Quería pedirles un favor.
— ¿Qué clase de favor? —preguntó Isabella.
—Bueno. —Su padre apartó el plato con el arenque ahumado—. La señora Clearwater me ha pedido que la acompañe a realizar algunas compras en el pueblo. Todavía le faltan algunos regalos más para Navidad, y no me parece bien que vaya sola.
—Es usted un anfitrión muy considerado, señor —apuntó Edward.
— ¿Y el... favor? —lo apremió Isabella, un poco confundida.
—Lamentablemente, también le había prometido al señor Cullen que saldríamos a cabalgar juntos esta tarde para que viera toda la finca. Estaba pensando que puesto que a ti, hija, también te gusta pasear por el campo, podrías reemplazarme. —La miró con ojos esperanzados, como un estudiante que implora un premio. — De verdad, no deseo incordiarte, pero la señora Clearwater es muy insistente, y creo que a mí también me iría bien acercarme al pueblo; de paso podría realizar las últimas compras navideñas que me quedan por hacer.
Isabella tragó saliva. No deseaba defraudar a su padre, pero... ¿quedarse a solas con el hombre que conseguía que sus huesos se derritieran como la mantequilla?
¿Después de ese magnífico beso?
—Me encantaría, pero estoy segura de que el señor Cullen preferirá esperar a salir contigo otro día, papá. Quizá mañana o...
—Hoy hace un día espléndido. Sería una pena desaprovecharlo —la interrumpió Edward, con un porte absolutamente inocente, aunque de sus ojos emanaba una chispa de diversión ante la reacción de Isabella. — Estoy seguro de que usted será una guía perfecta. He de confesarle que esperaba con muchas ganas ese paseo a caballo, señor, así que es muy generoso por su parte ofrecer a su hija como voluntaria.
— ¿Lo ves? —Su padre se inclinó sobre la mesa para acariciar la mano de su hija. — ¡Así todos aprovecharemos el día!
— ¿Quieren que le pida a la señora Delani que venga con nosotros para que no nos quedemos solos, la señorita Swan y yo? —se ofreció Edward, e Isabella se mordió el labio para no soltar un gritito de sorpresa. No había esperado esa reacción tan caballerosa por parte de él para protegerla. Antes de que ella pudiera secundar el brillante regreso de los correctos modos, su padre ondeó una mano en señal de negación.
—A la señora Delani no le gusta montar a caballo, y, francamente, no creo que estas circunstancias requieran de la supervisión de una dama de compañía.
— ¿Qué circunstancias? —preguntó Isabella, sin poderse resistir.
Su padre soltó un bufido y los miró a los dos con ojos benévolos.
—Supongo que puedo confiar a ciegas en el señor Cullen; un hombre con una reputación intachable, que tiene fama de evitar cualquier aventura amorosa. No, no estoy preocupado, en absoluto.
Isabella no estaba segura de sí sentirse adulada por la confianza que le demostraba su padre o un poco disgustada de que se equivocara tanto. En cualquier caso, no podía enzarzarse en una discusión sin revelar demasiados detalles de sus propias transgresiones. Se arriesgó a mirar al señor Cullen, y él le regaló otra de sus sonrisas embaucadoras. Edward se giró entonces hacia su padre.
—Gracias, señor.
« ¡Es una conspiración! Bueno, ¡y qué más da! No le tengo miedo, señor Cullen, y por más apuesto que sea, no importa», pensó Isabella. Sólo estaba segura de una cosa: si permanecía montada en su caballo todo el tiempo, él no tendría la oportunidad de volver a besarla. «Soy capaz de atarme a la silla, si es necesario.» Ella acució a su caballo para que pasara delante y marcara el paso, secretamente encantada de la pequeña yegua dócil y de su dulce comportamiento. Al señor Cullen no parecía importarle el paso tan lento que su caballo joven y vigoroso se veía obligado a seguir. Brillaba un sol invernal y la temperatura era agradable, a pesar de que algunos pequeños parches de nieve persistían en los recodos más oscuros de la arboleda. A Isabella le encantaba ese paraje, y estaba orgullosa de que su padre hubiera procurado salvar los vestigios del viejo bosque, que se había ido empobreciendo a lo largo de los años a causa de los agricultores y los aparceros que habían pasado por allí. De niña, siempre había imaginado que los árboles eran unos viejos amigos y unas enormes moradas para las hadas y los duendes de los que le hablaba su abuela. La belleza del paisaje era innegable y pura. Mientras recorrían las tierras de la finca, avanzando por un sendero a través de la arboleda, Isabella se sintió aliviada de disponer de su propio caballo, a pesar de que la vista de los muslos del señor Cullen bajo esos ajustados pantalones de montar de piel de arce era suficientemente sugerente como para erizarle el vello de los brazos. Lo miró a la cara, con la intención de reorientar sus pensamientos.
—Cuénteme más cosas acerca de usted, señor Cullen.
Él enarcó las cejas.
— ¿Por dónde quiere que empiece, señorita Swan?
—Oh, por cualquier detalle que considere interesante —sugirió Isabella al tiempo que esbozaba una sonrisa—. ¿Por su familia? ¿Su casa? ¿Quizá desearía hablarme de sus negocios?
Él se echó a reír.
— ¿Y aburrirla hasta el cansancio?
—No creo que usted sea tan tedioso.
Él se encogió de hombros.
—Sólo si su noción de pasarlo bien es significativamente modesta.
— ¡Se está haciendo el misterioso a propósito! —lo acusó ella, echándose a reír.
— ¿Los caballeros no pueden mantener sus secretos? ¿Sólo las damas pueden hacerlo? —contraatacó él.
— ¡Ajá! ¡Entonces, admite que es un caballero!
Él sonrió enigmáticamente.
—Lo intento.
—Me parece, señor, que es usted un bribón, y no crea que me va a engañar tan fácilmente. —Elevó la barbilla, intentando mostrar firmeza ante sus palabras descaradas.
—Gracias a Dios que se ha dado cuenta —repuso él—. ¿Pero cómo sabe que soy un bribón?
Ella se sonrojó.
—Bueno... sé distinguir los indicios.
— ¿De veras? —Su escepticismo era palpable, y eso consiguió ponerla nerviosa.
—Ha de saber que lo sé todo acerca de los canallas.
—Lo sabe todo. Entiendo. ¿Y los indicios?
—Los canallas son guapos y encantadores, demuestran una enorme facilidad a la hora de flirtear, y eso los hace muy afables. Un canalla ignora las normas de la buena sociedad, pero es como un camaleón: encaja perfectamente en cualquier lugar, y normalmente es bien recibido en toda clase de círculos sociales.
— ¡Uf! Todo eso me suena a la descripción de un hombre pernicioso —la interrumpió él, con la expresión sombría a pesar de que la chispa de diversión de sus ojos lo traicionaba—. Desde luego, un hombre al que es mejor evitar.
Ella frunció el ceño, dándose cuenta de que, a ese condenado, todo lo que acababa de decir le parecía un cumplido.
—Los canallas no tienen credibilidad —añadió ella secamente.
—Así que un hombre misterioso sería...
—Un caballero jamás necesita prevaricar —asintió Isabella triunfalmente, encantada de que su argumento hubiera llegado a un punto tan ingenioso.
—Muy bien. —Edward se inclinó hacia ella como si se dispusiera a revelarle una confidencia. — Eso acotará su búsqueda de esposo. Supongo que está buscando un hombre muy honesto que sea feo, completamente aburrido, pero con unas excelentes referencias y con unos buenos contactos en la alta sociedad. Ah, y por supuesto, como un miembro que respeta estrictamente las reglas, no deberá demostrar ninguna clase de interés hacia su persona que no vaya más allá de unos tanteos para tomar o —si me permite la desfachatez— besar su mano, ¿no es así?
Isabella se quedó boquiabierta. La descripción que ella había hecho de un canalla no le había parecido cómica, pero esa descripción opuesta que acababa de escuchar le parecía francamente absurda. No era un debate en el que pudiera transigir.
— ¡Está malinterpretando deliberadamente lo que he dicho! ¡Y también pretende exaltarme deliberadamente!
Con un movimiento brusco, desvió la yegua leal fuera del sendero, con la intención de agrandar la distancia entre ellos. Pero en lugar de un interesante espectáculo de independencia, el destino volvió a intervenir en su contra. Su mente estaba tan ofuscada con el maldito señor Cullen que no se fijó en la vía que había elegido. La densidad de la arboleda tampoco invitaba o permitía el ligero galope que ella había imaginado, y por eso se dio de bruces con el desastre a unos escasos metros: las ramas bajas formaban una enmarañada red letal, unas ramas que se enredaron en su sombrerito y en sus rizos y que no le permitieron seguir avanzando.
El dolor que sintió de repente en la cabeza fue agudo, pero la humillación de haber quedado atrapada justo delante de los ojos del señor Cullen era aún peor.
Isabella levantó los brazos para intentar liberarse, pero tan sólo consiguió que la yegua se pusiera nerviosa ante el forcejeo.
— ¡Soooooo!
— ¿Señorita Swan? —La voz de Edward llegaba desde la seguridad del sendero.
— ¿Sí, señor Cullen? —respondió Isabella calmadamente, con la firme determinación de no hacer un estrepitoso ridículo que acabara con el poco orgullo que le quedaba.
«Por lo menos sigo pegada a mi silla», se dijo.
— ¿Quiere que le eche una mano, señorita?
Isabella notó cómo se le helaba la sangre al reconocer las palabras. En dos días, se las había apañado para quedar atrapada dos veces, y de nuevo era el magnífico señor Cullen quien venía en su ayuda.
—Me apetecía... imitar a Absalón.
Isabella oyó cómo él se le acercaba, el sonido de las herraduras de su caballo silenciadas por la suave hojarasca.
—No se mueva. —Su voz era reconfortante, para evitar que la yegua se desbocara al verse acorralada por el otro caballo. Edward se acercó lentamente, mientras apartaba las ramas bajas y despejaba el camino hacia el punto más enmarañado para alcanzarla. Al fin, colocó su caballo al lado de la yegua. Su expresión era de clara preocupación, pero intentó infundirle ánimos—. Quédese tan quieta como pueda, señorita Swan, y la liberaré en un instante. Ella empezó a asentir con la cabeza, pero se detuvo en seco al sentir un desagradable tirón en el pelo. Era evidente que las ramas se negaban a dejarla marchar.
—Supongo que lo de hacerme invisible sigue sin ser una opción, ¿no?
Él sonrió.
—No se me había ocurrido. Pero veamos si puedo ayudarla y luego ya hablaremos de esa posibilidad.
Edward se enfrascó en separar las ramas de su pelo con una enorme gentileza.
Isabella contuvo la respiración mientras él partía varias ramitas y, con delicadeza, separaba poco a poco su cabeza del sombrerito de amazona. Éste estaba atrapado por otra rama incisiva, pero él manipuló cuidadosamente el accesorio de rabiosa actualidad en un intento por salvarlo. Finalmente, estudió el sombrerito unos momentos, y lo depositó a su espalda.
— ¿Ya ha pasado lo peor? —preguntó ella serenamente, hipnotizada ante su increíble meticulosidad.
—Casi —la reconfortó él. Se quitó los guantes, y volvió a inclinarse hacia ella. Esta vez, sus ojos se encontraron con los de Isabella, y ella casi soltó las riendas de su caballo. Estaba increíblemente cerca, y de repente, Isabella no deseaba nada más que la volviera a besar.
—Si sostiene las riendas de mi yegua y la mantiene inmóvil, estoy segura de que podré acabar de desenredarme el pelo —se ofreció ella.
Él sacudió la cabeza.
—Paciencia, bonita.
Isabella separó los labios con la intención de reprenderlo por su cumplido desvergonzado, pero el tacto de las manos de Edward silenció su protesta. Él continuó desenredando el pelo con una pasmosa gentileza, rompiendo las ramitas, haciendo que Isabella suspirase ante la soporífera sensación que le provocaban esos dedos que le acariciaban su cara y su cuello desnudos, y liberaban uno a uno sus mechones.
— ¡Ay! —gimió Isabella, cuando una ramita rebelde la pinchó en la cara.
Él bajó la mano y le acarició la mejilla, y sus dedos descendieron lentamente hasta su mandíbula y después hasta su cuello. Su tacto era puro pecado.
—No se mueva.
« ¡Una orden más fácil de dar que de cumplir, señor Cullen! ¡Maldito sea! ¡Me está torturando deliberadamente!» En la arboleda sólo se oía el ruido de las ramitas al romperse y la cadencia de sus respiraciones mientras Edward la liberaba, estimulándola con unas deliciosas caricias aterciopeladas.
Finalmente, el pelo de Isabella quedó totalmente libre, y la melena se desplomó en una cascada dorada de rizos bulliciosos sobre su espalda. El efecto era embriagador.
Que un hombre la hubiera liberado con tanta precisión, tan lentamente y con tanta ternura... Isabella jamás habría imaginado algo así. Una dama nunca debería permitir esa clase de libertades. Se sentía desnuda y vulnerable con el pelo suelto, y odiaba el calor que se había apoderado de sus mejillas, tiñéndolas con un rosa revelador.
—Señor... —Las palabras la abandonaron cuando divisó la llama de deseo en los ojos de él.
Con un movimiento certero, Edward la llevó desde su montura a la suya, obligándola a sentarse en su regazo. Tras unos momentos de sorpresa, ella forcejeó con él, pero Edward era mucho más fuerte que ella.
—Señor, no debería...
Los labios de Edward descendieron implacables, dibujando una línea sensual a lo largo de su mejilla hasta su garganta.
—Dios mío... —murmuró ella, agarrándose a las solapas del abrigo de Edward y cediendo ante sus tiernas atenciones, y ofreciéndose a él con un absoluto abandono.
La arboleda empezó a dar vueltas como un tiovivo a su alrededor, mientras el mundo se encogía para sostenerlos sólo a ellos dos. Con una de sus manos todavía enredadas en la melena de Isabella, Edward se movió para no perder el control. Le desabrochó los botones de la chaqueta de amazona, y sus manos se deslizaron hasta los botones en forma de perla que cerraban el cuello de la blusa, un ligero toque explorador en las fronteras entre la piel de él y la de ella, que a Isabella le provocó una intensa sensación de calor, que nacía en su espalda e iba a morir entre sus piernas.
Los labios de Edward abandonaron la venita que marcaba el pulso desbocado en su garganta para ir en busca de sus labios. Ese beso no tuvo un inicio tierno, sino que traicionó abiertamente la sed que él sentía, y la que ella también sentía. Fueron unos besos duros y posesivos, que la inflamaron, e Isabella sólo pudo aferrarse más a él para saborear mejor el fiero y dulce gusto de su boca. Notaba sus labios hinchados y suaves contra los de él, y soltó un gemido cuando la lengua de Edward probó las sensibles comisuras de su boca. Cuando la mano varonil se desplazó hasta sus pechos, y el dedo pulgar empezó a juguetear con su pezón sobre las finas capas de seda, la necesidad acuciante que Isabella sentía se hizo tan insoportable que el placer adoptó un cariz doloroso.
« ¡Dios mío! Una dama no debería... ¡Oh! ¡Dios mío!», pero aun así Isabella no podía ofrecer ni una pizca de resistencia a esas manos tan poderosas. En lugar de eso, deseaba romper los botoncitos en forma de perla y sentir directamente el calor de esas manos sobre su piel. Abrió los ojos descomunalmente, atónita ante sus propios deseos.
Él jadeó levemente a modo de respuesta, cuando ella arqueó la espalda como si instintivamente le pidiera más. La estrechó contra su cuerpo y se desplazó un poco hacia atrás para que ella pudiera acomodarse mejor entre sus piernas.
—Es usted una sirena, ¿lo sabía?
Sus palabras la embriagaron, y ella intentó dibujar su propia senda de besos a lo largo de la garganta varonil, hasta que encontró la venita que marcaba el punto más sensible y allí se detuvo. Instintivamente, Isabella empezó a mordisquearlo, y se vio rápidamente recompensada por un abrazo más posesivo. Entonces Edward desplazó la mano hasta los botones de su blusa. Las pequeñas perlas cedieron fácilmente, y las cintas de su corsé y de su blusita interior tampoco ofrecieron resistencia.
El tacto de sus dedos desnudos sobre la perfilada curva de su pecho le produjo un temblor de necesidad. La boca de Edward volvió a adueñarse de la suya, apoderándose de sus gemidos y de sus suspiros mientras su pezón se endurecía con cada una de sus caricias; la danza circular que realizaban sus dedos seguía el ritmo de su lengua, y la conducía irremediablemente a una espiral de éxtasis. La boca de él empezó a alejarse de sus labios para catar la tirantez de esa perlita rosada que coronaba su pecho, e Isabella pensó que no había ninguna sensación más erótica que la suave fricción de esa lengua caliente contra su pezón excitado.
«Esto... va más allá... que cualquier... otra sensación... posible... ¿Cómo podré...?»
Los pensamientos coherentes parecían eludirla, e Isabella casi sollozó ante el terrible deseo que la consumía. La imponente mano izquierda masculina empezó a deslizarse por su espalda, siguiendo una línea recta hasta llegar a su muslo, y no se detuvo; siguió bajando, por encima de su falda de amazona, y ella tembló.
«Si él pretende...»
Isabella no tenía ni idea de a dónde iba a desembocar esa danza, pero cada nervio de su cuerpo parecía contraerse ante la exploración a la que estaba siendo sujeta.
Tembló y se pegó más a esos muslos tan duros, y sintió otra descarga de tensión y de calor. Edward empezó a levantarle la falda muy despacio, y con sus dedos encontró la piel firme y cálida del muslo de Isabella, justo donde acababan las medias. Deshizo los lacitos para acariciar la piel. Lentamente, su mano empezó a ascender, e Isabella se preguntó si una persona podía llegar a morir de ese extático placer.
Y entonces, él se detuvo abruptamente. Levantó la cabeza y la miró con los ojos muy abiertos.
— ¿Le he... le he hecho daño? —preguntó ella, confundida.
Él sacudió la cabeza y luego sonrió. —Una horquilla.
— ¿Una horquilla?
Edward se llevó la mano a la parte baja de su espalda y sacó el sombrerito de amazona completamente aplastado. Se había sentado encima sin querer, y una temible horquilla de pelo le había propinado un buen pinchazo en el trasero.
—Es muy difícil comportarse siempre como un caballero —se lamentó él con una sonrisa burlona, al tiempo que sacudía la cabeza. Con firmeza pero sin perder la delicadeza, empezó a abrochar las cintas de la ropa interior de Isabella, cerrando con una pasmosa calma todo aquello que había desatado tan enfebrecidamente.
Isabella contuvo la respiración cuando los dedos de él rozaron su piel desnuda.
—No sé qué decir. —Estaba segura de que no existía ningún manual del protocolo a seguir en esa situación en particular. Le ardía la cara a causa de la terrible vergüenza que sentía por las libertades que le había permitido tomarse, por las libertades que le había rogado que se tomara.
Él la miraba de nuevo con una intensidad y una sed que la hizo temblar entre sus brazos.
—Será mejor que retomemos el sendero y que regrese a su casa sana y salva. Tiene todo el camino de vuelta para pensar en una buena reprimenda con la que sermonearme, y le prometo que acataré cualquier castigo que considere oportuno.
Ella asintió, mientras una sonrisa pícara se perfilaba en sus labios.
—De acuerdo.
—De momento, gire la cara hacia mi hombro. No soporto ver esos feos arañazos. —Con un ademán protector, guió a la yegua a través de la arboleda hasta el caminito del que se habían alejado.
Isabella se sintió aliviada ante el indulto, y rezó para que el color de sus mejillas desapareciera ahora que no lo miraba directamente a los ojos. Cuando estuvieron muy cerca de los establos, desmontaron de los caballos.
Con un nerviosismo manifiesto, Isabella acabó de abotonarse la blusa hasta la garganta, se alisó la falda y se apresuró a enderezarse el abrigo de amazona, deseando poderse aplicar parte del mencionado sermón.
«Una dama debería ser capaz de pensar en una tremenda reprimenda ahora mismo. ¿Pero qué le digo?»
—Bueno, ¿listo para entrar en casa?
—No, todavía no. —Edward sacó de su bolsillo un puñado de horquillas que había ido guardando mientras procedía a rescatarla—. Será mejor que primero se recoja el pelo. Ella las aceptó con una carcajada nerviosa.
— ¡Ah, sí! Me costaría más explicar ese detalle que el hecho de haber perdido un carruaje.
—Me gustaría ayudarla, pero... —Un fugaz destello de deseo en sus ojos fue una excusa más que elocuente para no acercarse a ella. Definitivamente, no era sensato probar la resolución de ambos permitiendo que él la volviera a tocar.
—No —convino ella sin dudar—. Puedo... apañarme yo sola. Sólo... sostenga mí sombrero un momento, por favor.
Isabella jamás había hecho la simple tarea de acicalarse el pelo delante de un hombre que la miraba fijamente. Después de su acalorado intercambio, le parecía absurdo pedirle que mirase hacia otro lado mientras ella se recogía la melena en una trenza. Pero resultaba imposible evitar la gran sensación de intimidad que confería el momento. Nerviosa, intentó distraerlo para que no le demostrara su abierta admiración ante sus esfuerzos.
—Tiene una ramita en el pelo, señor.
Edward la encontró sin ninguna dificultad y se la sacó bruscamente. Estaba enredada en uno de los primorosos rizos negros que cubrían su nuca.
—Gracias.
Ella sonrió, sintiendo envidia de la inamovible serenidad que él profesaba.
—Ya no me cabe duda de que su talento innato para rescatarme, señor Cullen. De nuevo le doy las gracias, aunque me parece que ahora le toca a usted darme algo a cambio.
Edward la miró visiblemente sorprendido.
— ¿Me está pidiendo un beso?
— ¡No! —Ella se sonrojó, y se esforzó por actuar con más decoro—. Estaba pensando en... bueno, podría contarme un par de anécdotas sobre usted. Estoy decidida a... arriesgarme a morir de aburrimiento.
Él sacudió la cabeza y se echó a reír, con una risa franca, que provenía directamente del corazón, y que alteró sus rasgos completamente y consiguió que a Isabella le doliera el alma. El serio señor Cullen no se mostraba taciturno en ese momento, y a ella le encantó ver cómo él se desternillaba sin ofrecer la menor resistencia.
— ¿Cómo es posible que jamás pueda predecir lo que va a decir, señorita Swan?
Ella terminó de hacerse la trenza y de acicalarse el resto de los ricitos que le caían graciosamente por los costados y replicó animadamente: —No lo sé. A mí me parece que soy totalmente predecible. Lo que pasa es que es el resto del mundo el que parece decidido a permanecer indescifrable.
—Bueno, de una cosa estoy seguro: es imposible aburrirse con usted, señorita Swan.
Edward le entregó el sombrerito para que ella pudiera acabar de acicalarse.
Isabella se colocó el sombrerito y esbozó una sonrisa tímida.
«Podría decir lo mismo de ti, condenado seductor.»
oOoOo
— ¡Pero si estás altísima! —chilló Victoria arrebolada de alegría, a su llegada esa misma tarde, mientras se fundía con Isabella en un afectuoso abrazo en las escaleras situadas delante de la puerta principal. — ¡Me prometiste que no crecerías más!
— ¡Sólo tenía doce años! —Isabella apenas podía respirar a causa del vigoroso abrazo, pero sonreía encantada por encima del hombro de su prima. — No esperarás que cumpla esa promesa toda mi vida.
Ambas se echaron a reír, e Isabella la soltó para inspeccionar detenidamente la estabilizada figura de Victoria. Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron. Victoria siempre había sido más menuda, con una delicada belleza exótica que Isabella envidiaba. Ahora, en plena explosión de juventud, la prima Victoria no decepcionaba en absoluto. Cada uno de sus flamantes ricitos Rojizos estaba en el lugar que le correspondía, enmarcando unos rasgos de porcelana perfectos, y sus ojos verdes brillaban tanto como los recordaba Isabella. Sacudió la cabeza, impresionada.
—Victora, después del viaje, en lugar de tener un aspecto decaído y fatigado, estás tan fresca como una rosa.
— ¡Bobadas! Aunque te agradezco mucho el cumplido. —Victoria se quitó el sombrero y precedió a Isabella hasta el interior de la morada—. Mis padres me han pedido que os dé un fuerte abrazo de su parte, y que os diga de nuevo que sienten muchísimo no poder aceptar la hospitalidad de tu padre para pasar juntos estas Navidades.
—Deseábamos tanto verlos...
— ¡Oh! Mira, los quiero más que a nadie en este mundo —la atajó Victoria con un gran entusiasmo—. Pero de verdad, entre las sales aromáticas de mamá, y la propensión que tiene papá a chillar en vez de hablar, puesto que se niega a admitir que está más sordo que una tapia, ¡son una imposición extraordinaria!
Isabella no agregó ningún comentario al respecto, ya que no estaba segura de cómo argumentar que siempre le habían fascinado las peculiaridades de su tía y de su tío.
Quizá porque conseguían que sus propias peculiaridades parecieran más normales.
Victoria continuó hablando mientras enfilaban hacia la habitación de invitados que habían preparado para ella.
—Me muero de ganas de saber más sobre tus aventuras en la escuela. En tus cartas me explicabas unas historias tan amenas... ¡Pero estoy segura de que has omitido los mejores detalles!
Isabella no podía contradecirla. Jamás se le ocurriría revelar sus incidentes ni travesuras por carta.
—No te preocupes, te lo contaré todo; pero sólo si antes me cuentas cómo te va en las fiestas y en las recepciones de la alta sociedad.
— ¡Oh! ¡Es genial! —Llegaron a la habitación y Victoria se desplomó en un pequeño sofá, dispuesta a continuar la animada charla con su prima en una postura más cómoda—. Sólo la emoción del primer baile ya resulta mágica. Y por supuesto, la posibilidad de entablar conversaciones en privado con hombres solteros sin temor a lo que la gente dirá.
—Sí, claro —contestó Isabella con un aire inocente. Era plenamente consciente de las normas que había infringido con el señor Cullen, pero había decidido que las normas no parecían adaptarse jamás a las extrañas circunstancias que la empujaban irremediablemente a los brazos de ese hombre.
— ¡Ya lo verás! —la reconfortó Victoria con la extrema confianza de una joven con un año de experiencia en sociedad.
Isabella intentó mostrar el debido entusiasmo.
—Sí, me muero de ganas.
—No tienes que preocuparte de nada —continuó Victoria, inclinándose hacia su prima para propinarle una palmadita en la mano, como si quisiera consolarla—. No eres fea, y cuando corra la voz de tu inmensa fortuna, tendrás un repertorio de pretendientes a tus pies.
Isabella sacudió la cabeza e intentó sonreír. Victoria seguía tan clara y directa como siempre.
—Bueno, hablemos de otros temas.
Victoria se encogió de hombros. —De acuerdo. Dime, ¿hay muchos invitados en vuestra casa? ¿Esperáis a alguien más, el día de Navidad?
—Sí, vendrán algunos más para la cena. De momento, tú eres la última que ha llegado, aunque la casa no está llena a rebosar. Los Delani están aquí, pero su hija Tanya se ha quedado en Londres con unos amigos. La señora Clearwater, seguro que la recordarás de tu última visita, ha venido con un montón de cachorros. Y... también está el señor Cullen.
— ¿El señor Cullen?
—Un posible socio de mi padre —explicó Isabella, deseando que Victoria llegara a sus propias conclusiones.
—Oh —se lamentó su prima, con una mueca de fastidio—. Siento ser descortés, pero cómo me gustaría que tu padre invitase a alguien joven y con personalidad.
Isabella tuvo que morderse el labio inferior para no decir lo que pensaba.
—Sí, bueno, son sus amigos, y no los nuestros.
Los lacayos llegaron con los baúles de Victoria, y las criadas empezaron a desempaquetar el equipaje. Puesto que durante un rato les resultaría imposible continuar departiendo en privado, isabella decidió dejar sola a su prima para darle la oportunidad de bañarse, cambiarse de ropa y organizar sus cosas. Su conciencia la amonestaba un poco por su mutismo cuando había mencionado al señor Cullen, pero ahora ya no había nada que hacer. Victoria vería por sí misma al «joven con gran personalidad», e Isabella se preguntaba si ella sería capaz de continuar fingiendo esa enorme ignorancia, como si jamás se hubiera fijado en lo apuesto que era.
«O como si tuviera la esperanza de que Victoria no se fijara en ese detalle. Pero... ¿qué tonterías estoy diciendo?», se corrigió Isabella a sí misma, con la firme determinación de no permitir que su sentido común la abandonara por completo. No debería mostrarse interesada en si ese hombre era guapo o no. Por norma, se suponía que las chicas que aún no habían sido presentadas en sociedad no debían mostrar ninguna clase de interés por las características que un hombre como el señor Cullen pudiera poseer.
Y tampoco debería preocuparle si Victoria estaba en la posición más liberada de hacer un inventario de cada uno de los rasgos tan fascinantes de él.
Cuando Isabella entró en su propia habitación, sus ojos se posaron en el volumen con las cubiertas de piel que descansaba en la mesita de noche, al lado de su cama.
Lady Peabody se burlaba de ella en silencio, como dándole a entender que tanto si le gustaba como si no, a esa maldita especialista en botánica no se le había pasado por alto que Isabella se había pasado toda la noche desvelada, intentando no pensar en los ojos del señor Cullen. Suspiró otra vez, y se hundió en una silla próxima a la chimenea. No podía luchar contra lo inevitable. El señor Cullen conocería a su adorable prima, que jamás quedaba atrapada en la ventana de un carruaje ni entre las ramas de los árboles, ni cazaba conejos medio desnuda, y la fascinante historia que había empezado a nacer entre ellos dos tocaría irremediablemente a su fin. El señor Cullen dedicaría sus besos embriagadores a Victoria, y ella no podría alegar nada.
«Por lo menos, si él le presta atención a Victoria, me ignorará, y quizá consiga volver a dormir toda la noche de un tirón. Con o sin la ayuda de la vieja y polvorienta lady Peabody.»
Lo inevitable tardó más en llegar de lo que Isabella había previsto. El señor Cullen se excusó para no bajar a cenar esa noche aduciendo que prefería comer en su habitación para así poder dedicar unas horas a la correspondencia relacionada con sus negocios. Isabella esperaba que su ausencia la hiciera sentirse un poco más aliviada, puesto que no estaba segura de sí sería capaz de mirarlo a la cara sin ponerse tan roja como un tomate.
Al día siguiente, Victoria resultó ser una novedosa distracción para la señora Clearwater y sus perritos. Las dos primas se escaparon al solárium lleno de palmeras plantadas en unas enormes macetas junto con otras clases de plantas, donde Victoria deleitó a su prima más joven con apasionantes historias sobre su primera temporada en sociedad.
—Los bailes son lo mejor de todo —le aseguró Victoria. — Incluso he destrozado varios pares de zapatitos de baile, ¡así que ya te lo puedes imaginar!
— ¿En una sola noche? —preguntó Isabella, fingiendo deliberadamente ser una absoluta ignorante respecto a esas cuestiones, con la esperanza de que Victoria se riera y cambiara de tema.
Pero la táctica no dio resultado.
— ¡No, tonta! ¡En varias noches! Bueno, tampoco es que esos zapatitos estén hechos de un material muy resistente. Hay algo excitante en el hecho de tener que sacrificar un par de adorables zapatitos de seda con lacitos, según marca la última moda, por el placer de bailar.
— ¿O quizá sea porque los zapateros desean ganar más dinero?
Victoria la miró con cara de consternación.
— ¡Isabella! ¡No deberías decir esas cosas tan vulgares! Una dama jamás debería pronunciar nada referente a los negocios, durante una conversación.
—Pues no llego a entender cómo es posible que un simple comentario acerca de la venta de zapatos pueda resultar tan repulsivo. —Isabella se mordió el labio inferior, y decidió que no valía la pena discutir por esa frivolidad. — Pero estoy segura de que tienes razón. Intentaré no olvidar tu consejo.
La expresión en la cara de Victoria se suavizó, y ésta tomó la mano de Isabella.
—Lo harás muy bien, ya lo verás. Además, tienes mucha suerte. Podrías pintarte toda de azul y chamuscar tu pelo, y todavía conseguirías cazar a un buen partido.
— ¿Ah, sí? ¿Por qué?
— ¡Por tu dote, tonta! —Victoria le soltó la mano—. Por esa simple razón, se te perdonará cualquier tontería que cometas.
—Vaya, qué reconfortante.
«Si una conversación acerca de los negocios se considera vulgar, entonces, ¿cómo puede ser que hablar sobre mi fortuna y mi futuro sea menos ofensivo?»
—No seas tan comedida. Después de todo, posees un considerable número de ventajas que muchas chicas anhelan, y cuando se trata de casarse...
— ¡Ah! ¡Aquí están mis chicas favoritas! —Las interrumpió la señora Clearwater. — Ya le dije al señor Swan que seguramente estarían tan escondidas como un par de ardillas.
—Disculpe que haya acaparado a mi prima, señora Clearwater —dijo Victoria, sin inmutarse ante la intromisión—. Pero es que estamos planificando la fiesta para Nochebuena.
El gritito de susto que profirió Isabella ante la vil mentira quedó sofocado por el grito de sorpresa de la señora Clearwater.
— ¡Oh! ¡Fantástico! ¿Qué clase de planes?
Isabella no sabía qué contestar.
—Yo... ejem...
«Esta clase de improvisaciones me matan.»
Isabella era la peor mentirosa del mundo, así que tragó saliva y deseó que a su prima se le ocurriera una excusa convincente.
— ¡Un pequeño espectáculo!
— ¿Qué clase de espectáculo? —presionó la señora Clearwater, completamente intrigada—. ¿Un juego?
—Una actuación musical. —Victoria se agachó para acariciar a uno de los perritos— Isabella tiene una bella voz, así que hemos pensado que podríamos organizar una grata sorpresa para su padre.
Uno de los cachorros lanzó un ladrido, y a la señora Clearwater le pareció la mar de divertido el modo en que el animal había expresado su aprobación.
— ¡Fantástico! Bueno, si se trata de un secreto, entonces no diré nada, por supuesto. Ven, Jacob, dejemos solas a las jovencitas con sus planes.
Cuando la señora Clearwater hubo desaparecido, Isabella no se pudo contener.
— ¿Por qué le has contado esa mentira? ¿Una actuación musical? ¿Hablas en serio?
— ¡Un pequeño numerito! Tu padre estará encantado, y estoy segura de que lo harás muy bien. Puedes cantar, ¿no?
Isabella se quedó boquiabierta, aterrada ante el inminente desastre.
—Un poco, pero no...
— ¡Perfecto! —Victoria era el epítome de la calma—. Tu padre no se esperará nada, y se me acaba de ocurrir una brillante idea para los disfraces. Nuestra canción causará una grata impresión, ya lo verás. Yo tocaré el piano; podemos hacer un dúo.
— ¿Disfraces?
— ¡Pues claro! Oficialmente, ahora eres la anfitriona, por lo que todos esperarán que amenices la velada.
—Sí, pero con algunos juegos sencillos, o asegurándome de que no falte el vino durante toda la noche. No sé si seré capaz de...
Victoria enarcó una ceja, con una mirada de puro reto.
—No me digas que eres tímida.
—No, no es por timidez, pero es que... no se me da bien actuar. —Era la única excusa atenuante que se le ocurrió, pero aun así Isabella no estaba preparada para admitir la derrota.
—Pero yo también actuaré. No es que te haya lanzado a los lobos para que les plantes cara tú sola.
«Pues así es precisamente cómo me siento», pensó Isabella.
—Ya lo sé que no; simplemente, es que me has pillado desprevenida.
Victoria soltó una risita maliciosa.
— ¡Vamos! ¡Será muy divertido!
—Sí, muy divertido —repitió Isabella con escasos ánimos. Sólo faltaban dos días para Nochebuena. Hasta ese momento no había pensado demasiado en los preparativos; había planeado una cena tranquila, con todo lo que se esperaba de una agradable velada, pero ahora se preguntaba cómo escapar de esa encerrona que le había tendido su prima.
Victoria suspiró exageradamente.
—Te lo quería contar antes, pero me olvidé. La repentina aparición de la señora Clearwater me hizo pensar de nuevo en la idea. Además, no quería que ella se enterase de que estábamos hablando sobre casarnos. ¡Se habría puesto muy pesada, buscándonos pareja! ¿No es cierto que tiene un par de sobrinos perdidos en las bucólicas colinas de la pintoresca área rural de los Cotswolds?
—Sólo uno —aclaró Isabella, sintiendo un escalofrío ante el mero pensamiento.
— ¡Qué te apuestas a que su sobrino se parece a uno de sus perritos! —susurró Victoria con aire conspirador, y ambas estallaron en sonoras carcajadas.
Isabella se puso de pie.
—Ven, me gustaría saber por qué me busca mi padre.
— ¡Para que lo rescates de la señora Clearwater, seguro!
Victoria también se incorporó de un salto para seguirla.
—¡Oh, Victoria! ¡No seas tan mala! Son viejos amigos, nada más. Lo único es que ella se ha empecinado... en no dejarlo en paz.
—No pretendía ser indiscreta. Mamá siempre ha dicho que tu padre tendría que haberse casado de nuevo hace mucho tiempo; lo extraño es que no lo haya hecho.
—No, no es extraño. —Isabella le dio la espalda a su prima—. Papá quería mucho a mamá. Una vez has conocido esa clase de amor, no puedes esperar casarte por menos.
— ¿Por menos? —Repitió Victoria totalmente escéptica—. Jamás me habría imaginado que fueras tan romántica.
— ¡No soy romántica!
— ¿Así que considerarías que es un error casarse por algún otro motivo que no sea por un gran amor?
Isabella se cruzó de brazos en actitud defensiva.
—Estábamos hablando de mi padre.
—De acuerdo, pues hablemos de ti.
« ¡Huy, huy, huuuuy! ¿Ahora cómo salgo de este apuro?»
—Mira, no me interesa esa cuestión. No soy tan ilusa como para esperar que un hombre se derrita a mis pies ante mi entrada triunfal.
— ¿Qué es lo que esperas?
La cuestión era sumamente simple, pero la dejó perpleja durante unos instantes.
La señora Platt no se cansaba de repetir los peligros que acechaban a las jóvenes casamenteras en las veladas sociales, y que el amor era más a menudo una táctica engañosa utilizada por los cazafortunas desalmados en lugar de por los héroes de buen corazón. Pero aun así, ella había sido testigo del amor de sus padres, y en secreto anhelaba poder vivir el mismo milagro. Sólo desde hacía un año o dos, Isabella había decidido que entre la amenaza de un cazafortunas y un matrimonio sin amor, prefería quedarse cuidando la casa de su padre y convertirse en una solterona feliz y excéntrica. La señora Platt le servía de modelo: era mejor vivir independientemente que subyugada al hombre equivocado.
—Espero, aunque no lo haga a propósito, demostrar que soy un verdadero desastre en mi primera temporada de fiestas. Estoy segura de que conoceré a un montón de gente interesante, y luego, cuando todo se acabe, supongo que tendré tiempo para escribir un diario relatando un sinfín de divertidas aventuras aquí, en casa de mi padre.
—Mnmmm... —De repente, Victoria parecía haberse quedado sin habla.
Animada ante la reacción de su prima, Isabella continuó.
—En cuanto al amor de mi vida, de verdad, Victoria, no me hago ilusiones. Él no me verá, a menos que no tropiece conmigo, e incluso entonces, estoy segura de que él simplemente se jactará ante sus amigos contándoles todo lo referente a la joven patosa que ha conocido.
—A menos que él le haya jurado guardar su secreto. —La voz de Edward provenía de su espalda, e Isabella se quedó paralizada.
— ¡Señor Cullen! Pensé que habría salido a dar un paseo a caballo. —Isabella se dio la vuelta precipitadamente para mirarlo a la cara.
—Lamentablemente, el mal tiempo no me lo ha permitido. —Edward no se mostraba demasiado cordial.
Victoria la pellizcó en la espalda, e Isabella supo que había llegado el momento temible.
—Permítame que le presente a mi prima, Victoria Hunter. Llegó ayer por la tarde.
Victoria realizó una perfecta y elegante reverencia al tiempo que sus mejillas se sonrosaban ligeramente, mostrando un adorable esplendor, e Isabella notó un nudo de angustia en el estómago. Formarían una magnífica pareja, con la pálida belleza de su prima contrastando con la tez más oscura del señor Cullen.
—Señor Cullen.
—Señorita Hunter. —Edward hizo una reverencia con la espalda totalmente rígida, luego volvió a incorporarse—. Espero que haya tenido un buen viaje.
—Sí, afortunadamente, llegué antes de que se pusiera a llover, señor.
—Me alegro. Bueno, y ahora, si me perdonan, todavía tengo que resolver un par de asuntos relacionados con mis negocios antes de la cena. —Volvió a saludarlas con una reverencia y se alejó por el pasillo.
Sólo cuando dejaron de oír el eco de sus pasos, Victoria se atrevió a exclamar.
— ¡Pero qué guapo que es!
—Sí, exactamente lo mismo que pensaba yo —susurró Isabella con demasiada presteza como para que Victoria la oyera.
— ¡Pero qué mala que eres! ¿Por qué no me lo habías dicho? ¡Yo esperaba encontrarme a un viejo desdentado!
Isabella se encogió de hombros.
— ¿Y acaso no lo es?
Victoria le propinó un afectuoso empujón en el hombro.
— ¡Sabes perfectamente que no!
—Quizá tengas razón —asintió, recogiéndose la falda para proseguir la marcha hasta el estudio de su padre.
— ¿Qué sabes de él? —Victoria avanzó rápidamente hasta colocarse a su lado y la agarró por el codo.
«Buena pregunta.»
—Sólo lo que ya te he dicho. Es un posible socio de mi padre. Me parece que se conocieron en el club. —Ante la expresión insatisfecha de Victoria, buscó algo neutral que alegar. — Y es... es muy serio y muy trabajador.
— ¿Está casado? ¿Siempre muestra un porte tan grave? ¿Es rico? ¿Y a qué se refería con eso de guardar un secreto?
Isabella se detuvo, se zafó de la garra de su prima y suspiró.
—No está casado; sí, siempre está tan serio; en cuanto a su fortuna, no se me ha ocurrido preguntarle. ¿Te parece suficiente, Victoria?
—Lo siento —se disculpó su prima, mostrándose un poco incómoda—. Ya sé que no habría sido correcto que le hubieras preguntado abiertamente sobre su fortuna.
Isabella podía adivinar las maquinaciones de su prima. Como ya había supuesto, el señor Cullen había aterrizado de lleno en medio de sus planes. Si Victoria averiguaba que era un buen partido, lo suficientemente rico, no le cabía la menor duda de que conseguiría que él cayera enamorado a sus pies antes del día de Navidad. Desde que era una niña, sabía que Victoria conseguía prácticamente cualquier cosa que se proponía.
—Estoy segura de que la señora Clearwater tiene las respuestas que buscas. Aunque esa anciana no pretenda hacer de celestina entre vosotros dos, es incapaz de dejar escapar a un soltero sin antes haberlo interrogado exhaustivamente. Probablemente estará tomando el té en la sala de música con la señora Delani, y sé que a las dos les encantan los cotilleos. Yo me reuniré contigo después de haber hablado con papá, ¿de acuerdo?
—¡Sí, por favor! —Victoria la besó en la mejilla y se marchó atolondradamente hacia la sala de música con la esperanza de averiguar más cosas del apuesto señor Cullen.
Su padre sonrió cuando la vio entrar, y Isabella se sintió reconfortada bajo la seguridad y la calidez de su presencia.
— ¿Te molesto, papá?
—Si lo haces, no me importa. Un hombre se puede quedar calvo de aburrimiento, ante tantas columnas de cifras. —Abandonó el escritorio y se acercó a ella para asir sus manos.
Isabella simuló escudriñar su pelo y su cara.
—Pues yo no veo que te estés quedando calvo. —Su divertida salida consiguió arrancar la carcajada que esperaba de su padre.
—Tienes el don de no ver el mundo con los ojos serios de la mayoría de los adultos, y no te regañaré por ello. —La arrastró hasta el banco mullido cerca de la chimenea de la estancia, y ambos se acomodaron y se relajaron—. Y ahora dime. ¿Te lo estás pasando bien durante estas vacaciones? ¿Estás contenta de ver a tu prima, después de tanto tiempo?
— ¡Por supuesto!
El escrutinio de su padre era mucho más honesto.
—Isabella, tus ojos te traicionan, mi cielo.
—No se trata de las vacaciones. Estoy encantada con la idea de poder estar en casa y pasar unos días contigo. Sólo es que... quizá estoy un poco nerviosa por mi debut.
Él zarandeó la cabeza enérgicamente.
—No tienes de qué preocuparte. ¿Qué son unos escasos minutos en Saint James y otros pocos minutos más con algunos dandis decadentes? Para una chica tan bonita como tú, la presentación en la Corte supone una formalidad y nada más.
—Una formalidad que preferiría evitar.
—Todas las chicas sueñan con esa oportunidad. Además, ¿cómo podrán conocerte todos esos lores y esos condes tan apuestos, si no es a través de una presentación formal y una inolvidable temporada de fiestas?
Isabella buscó el cobijo de la mano paterna.
—Papá, por favor. Sé que has hecho un enorme sacrificio para poder ofrecerme ese debut, pero he estado alejada de ti durante demasiado tiempo. —Isabella sonrió—. Sería muy fácil cuidar de ti y encargarme de esta casa.
Él volvió a sacudir la cabeza. —Isabella, eres demasiado joven y bella para pasar los mejores años de tu vida cuidando de tu anciano papá.
— ¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?
— ¡Por supuesto que no! —Él se echó a reír—. ¡Y no creas que accederé a entregar tu mano al primer hombre que ose presentarse en mi casa para pedírmela! He depositado muchas esperanzas en ti, mi cielo.
Isabella suspiró, pero hizo todo lo que pudo por mostrarse animada ante las palabras de su padre. Sabía que no valía la pena continuar insistiendo en esa cuestión.
—La señora Clearwater me ha dicho que querías verme.
— ¡Ah, sí! Pero no era nada urgente. Sólo es que la señora Clearwater se ha ofrecido a acompañarnos a Londres para ayudar en los preparativos de tu presentación en sociedad, y pensé que puesto que la señora Hale no estará en posición de continuar ejerciendo el papel de tu dama de compañía, puede ser la solución perfecta.
— ¡Ah!
—Pareces sorprendida, pero hace mucho tiempo que conoces a la señora Clearwater, y ella considera que esa familiaridad puede ser muy conveniente para ti en estos momentos. Especialmente ahora que has admitido que estás un poco nerviosa...
— ¡No! Quiero decir, sí, claro, sí que estoy un poco... nerviosa. Pero la señora Hale no nos ha comunicado que no estará de vuelta para... bueno, quiero decir, ya tengo una dama de compañía, papá.
—Ya, pero me parece que la enfermedad de su hermana la mantendrá alejada de ti por un tiempo, y estoy seguro de que ella se sentirá mucho mejor si la relegamos de sus responsabilidades aquí. No podemos separarla de su familia en estos momentos tan duros.
Su argumento era sincero, e Isabella se sintió incapaz de rebatir ese punto. La señora Hale era una buena amiga, pero Isabella no se atrevía a insistir en que su debut era más importante que el acto de auxiliar a su hermana convaleciente. Sin embargo, sólo con pensar en la señora Clearwater pululando constantemente a su alrededor durante su primera temporada de fiestas, se le retorcía el estómago. ¡Si esa anciana la acompañaba, los contratiempos y los desastres estaban asegurados para toda la temporada!
Antes de que pudiera alegar una excusa diplomática, su padre prosiguió:
—Sé que la señora Clearwater puede parecer un poco efusiva, pero también creo que sus intenciones son absolutamente sinceras, cuando afirma que desea lo mejor para ti.
«¡Antes preferiría tener a lady Peabody como dama de compañía!» —Sí, yo también estoy segura.
Él se inclinó hacia su hija, como si ella acabara de declarar el final de una tasación.
— ¡Jamás olvidarás tu primera temporada! ¡Te lo aseguro!
Su padre la abrazó efusivamente, e Isabella se limitó a sonreír, pegada a su hombro.
«¡Oh, papá! ¡Cómo me gustaría poder estar tan segura como tú!»
NO SE PUEDEN QUEJAR DE MI! ESTE CAP ESTUVO BIEN LARGO Y ESPERO QUE LO HAYA DISFRUTADO :)
AY DIOS! ESTOS DOS ESTÁN CADA VEZ MAS CACHONDOS! UFF! *o* (me hecho aire con la manita)
y apareció un nuevo personaje ¿Que les parece victoria? ¿Que les parece su actitud? nuestra pobre Bella no queria hablarle del señor Cullen por obvias razones.
¿QUE LES PARECIÓ EL CAP?
Por favor dejenmelo dicho en sus reviews, ustedes saben que me encanta leerlos y lo mejor de todo es que son gratis xD
LES MANDO UN BESOTE Y NOS ESTAREMOS LEYENDO EN EL PRÓXIMO CAP :*
Roxy Sanchez: Claro! no seria una molestia :)
Gracias a todas/os las/os que siguieron y marcaron como favorito tanto a mi como a esta adaptación, muchas gracias por el apoyo:
Fatavill, Heart on winter, Cherryland, cielo carlie cullen, SweetRosemary76, CammiB, Maybgnz, AdriiRomero14, mican, Rucky, Dark Side of Everyone, Semivampiro, Meiko23, PanquesitosConLeche92, tulgarita, nikyta, elizabeth1485, gabylmutis, Lunita Black27, BaniBlack, AnnaLau2, Ine L.B, Delvis Daiana, bbluelilas, ADEC, monze urie, beky09, Gabs Frape, aday, scarlett003, Aliapr-peke, Autumntales, .56, crazzyRR, snowcullen, Dess Cullen, bbluelilas, zeron97, DBMR1, Miss Rose Atomic Frozen, Little Whitiee, , ang3lpop, MiaCarLu, Karen CullenPattz, danielaMc1, IngridMMP, Eni-Cullen-Masen.
Mil gracias por sus reviews a :
Suiza19
mican
vanex
Gabs Frape
PanquesitosConLeche92
Maribelho
Lunita Black27
KarenCullenPattz
crucitaegr
DBMR1
bbluelilas
Roxy Sanchez
Tahirizhita grey pattz
y a los anónimos también ;)
