Una nueva vida
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Los que conocían a Fon, el arcobaleno de la tormenta, podrían definirlo en una sola palabra.
Tranquilo.
Esa era la definición más acertada. Nadie había visto al maestro de artes marciales perder los estribos, nunca parecía furioso o ansioso, y sus orbes negros eran el reflejo de la profunda tranquilidad que muchos no poseen.
La razón por la cual poseía las llamas de la tormenta era un completo misterio para quien lo conociera superficialmente. Cualquiera diría que más acertado hubiera sido tener las de la lluvia, pues su personalidad encajaba muy bien con estas.
Los que le conocían mejor, pese a que no le habían visto perder la calma, sabían que podía ser muy peligroso. Incluso con su tranquilidad lo era, no querian ni pensar cómo sería cuando la perdiera.
Al estar habituado a comportarse así, contaba con la ventaja de poder asimilar cualquier problema que se le presentase de manera fría, sin alterarse.
Sin embargo, en esos instantes sentía —por primera vez en mucho tiempo— el temblor que la ira le provocaba, la impotencia junto a la necesidad de hacer algo, de moverse y eliminar la injusticia que presenciaba ante sus ojos.
Porque era una injusticia que, frente suya, un pequeño que bien conocía estuviera sentado en el suelo, con sus brazos recogiendo sus rodillas y escondiendo el rostro en ellas.
Era injusto que su llanto no se apagara, ignorando todo a su alrededor, concentrándose en llorar y llorar como si mañana no fuese a amanecer.
Era injusto que un niño tan dulce como Tsuna estuviera de aquella manera.
Quiso consolarlo, acercarse y abrazar al niño. Encerrarlo en algún lugar seguro y no dejarlo salir hasta que el mundo no pudiera hacerle daño.
Quiso hacer muchas cosas pero no se atrevió. Se detuvo al primer paso, incapaz de seguir avanzando cuando el castaño advirtió su presencia, levantó su pequeña cabeza y le miró con sus orbes llenos de lágrimas, sorprendido.
¿Cómo habían llegado a aquella situación, cuando hacía unos instantes tenía una bonita sonrisa en su rostro?
Se planteó aquella pregunta mientras veía como el chiquillo se secaba el llanto, en un mal intento de disimular su tristeza, y sonreía forzadamente.
Le miró durante un momento que parecía eterno, y toda cuanto pudo hacer fue extender sus pequeños brazos, a modo de consolación.
Tsuna no dudó en aceptar el ofrecimiento, borrando su sonrisa mientras abrazaba fuertemente al arcobaleno, volviendo a llorar con fuerza.
En esos momentos eran cuando detestaba no tener su anterior cuerpo, no podía abrazar al pequeño como quisiera.
Sin embargo, el motivo de su enfado no era la maldición que había recaído sobre él.
Su ira se debía a la desconocida razón por la cual un niño tan dulce, pequeño e inocente estaba sollozando de aquella manera. ¿Qué le había pasado? ¿Qué o quién le había hecho algo malo? ¿Acaso alguien tendría el corazón de hacerle llorar?
Recordó la felicidad con la que le comentaba sus viajes, cómo se divertía con los que conocía en ellos. Los conocía de sobra de tanto que el chiquillo le hablaba, y era sabedor de cuanto le dolía al castaño el no verles.
Pero lo que más recordaba era esa sonrisa tan radiante que esbozaba cuando relataba sus historias. Era tan hermosa que podía alegrar un entierro. ¿Quién era el desgraciado que se atrevía a quitársela?
—Tranquilo, Tsuna-kun... —era absurdo decir eso cuando su propio cuerpo temblaba debido a su creciente enfado. Trató de controlarse para no asustar al infante—. Dime, ¿qué ha pasado? ¿Por qué no estás en casa?
Cuando regresó de su última travesía, él mismo le acompañó a su hogar. De hecho, le había dejado en la puerta y solo se retiró cuando le vio accediendo a la casa.
Sin embargo, veinte minutos más tarde fue adelantado por Tsuna, quien corría sin rumbo fijo como si la apocalipsis hubiera llegado y tratase de huir.
Le siguió un buen tramo hasta que el pequeño, agotado, desfalleció y se apoyó en la pared de un callejón, iluminado por una farola que estaba a punto de dañarse, en un barrio desconocido.
Le alegraba haberle seguido. Eran horas poco decentes para que un niño estuviera fuera, perdido y encima solo, sin poder defenderse.
—Y-yo… él… mi… —no podía formar frases coherentes debido al llanto, y poco entendía de lo que quería decir.
Siguió intentando hacerse entender un par de minutos más, pero acabó por rendirse y dedicar todas sus energías a derramar lágrimas. A Fon poco le importaba el hecho de que su ropa se empapase, tan sólo quería aliviar al pequeño y eliminar la razón de su tristeza.
Nunca había sido una persona agresiva, ni mucho menos, pero aquello sobrepasaba los límites de su gran paciencia.
Tras una media hora de palabras consoladoras y más llanto por parte del castaño, este empezó a tranquilizarse. Lentamente, el sollozo iba menguando y las lágrimas ya no salían de sus orbes achocolatados.
Cuando el arcobaleno le separó parcialmente para mirarle, descubrió que se había quedado dormido, aún con una gota de agua salada recorriendo su pequeño y dulce rostro.
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—¿Y dices que se así se quedó dormido? —una voz se escuchaba lejana, como si él estuviera en el fondo de un profundo mar y le hablaran desde la superficie. Apenas y reconocía que era una pregunta.
—No sé la razón, no llegó a decírmela —la contestación esta vez la escuchó mejor.
—Mira, se está despertando —distinguió esta vez el tono, le era conocido.
Abrió sus orbes avellana y miró a su alrededor.
Como si todo lo sucedido hubiera sido un sueño, se encontraba en el laboratorio del científico que tan bien conocía.
Se sentó en el sofá donde había estado reposando y miró a los dos arcobalenos, que se habían acercado rápidamente a su posición.
—Tsuna-kun, ya has despertado —se alegró Fon, sonriéndole—. Tenemos que hacerte unas preguntas, si no te parece mal.
Aun algo desconcertado y adormilado, se restregó de sus ojos para quitarse el sueño mientras asentía.
—¿Por qué llorabas y qué hacías a tales horas en la calle? —preguntó Verde sin rodeos, y la tormenta suspiró ante su delicadeza.
Tras asimilar por unos instantes las palabras del rayo, cayó en la cuenta de que no había sido una pesadilla. Había sido real.
Las lágrimas acudían a él otra vez, y Fon le dio un codazo al científico por su imprudencia.
—No llores —intentó tranquilizar, en vano.
El pequeño se esforzaba por no hacer ruido, enterrando su rostro en un almohadón. Verde se llevó una mirada asesina por parte del maestro de artes marciales, quien se acercó a Tsuna para acariciarle sus cabellos castaños.
—No lo digas si no quieres, Tsuna-kun —con la mirada acalló la inminente protesta del otro arcobaleno, quien chasqueó la lengua y se cruzó de brazos—. Solo queremos saber exactamente qué ha sucedido.
El castaño pareció tranquilizarse un poco tras aquello, y despegó el cojín de su cara para mirarle.
—N-no pasa nada… —Fon se apenó al ver la respuesta entre pequeños sollozos, intentando esbozar una sonrisa.
Entonces, empezó a relatar su historia.
Cuando llegó a casa, todo estaba a oscuras y no veía más allá de su propia nariz. Intentó caminar a tientas, pero no se acordó del escalón que se encontraba en la entrada y tropezó, cayéndose con un gran estruendo.
Se percató de que su brazo tenía unos rasguños superficiales, y se dio cuenta de que había roto el jarrón de flores del recibidor en su caída.
No tuvo tiempo a reaccionar cuando las luces se encendieron y su padre le reclamó por el desastre que había formado, notablemente enfadado.
Asustado y triste, solo pudo levantarse con cautela y retroceder para mantener una distancia prudente.
Entonces se dio cuenta de que su conejito marrón había terminado en el piso debido a su tropiezo, quedando al lado de su progenitor.
Quiso recuperarlo, pero no fue lo suficientemente rápido.
Su padre tomó el peluche y le exigió el decir de dónde lo había sacado. Respondió en un tartamudeo con la verdad, que se lo habían regalado.
Y ahí empezó la discusión.
Porque pensaba que nadie le quería, y menos le daría regalos. Pensó que lo había robado, o algo por el estilo.
Tsuna negó y renegó mil veces el hecho, y trató de explicárselo, diciéndole que se lo habían regalado sus amigos. Sin embargo, el mayor dijo una de las frases que recordaría siempre, una de las más crueles.
«Solo tienes amigos imaginarios»
Fue entonces cuando sintió la adrenalina, ese cosquilleo interno que le decía que podía hacer más de lo que él pensaba. Que podía enfrentarlo, que nada era imposible.
No sabía si hubiera sido mejor quedarse callado o haber hablado como lo hizo, y nunca lo sabría. Quizá se hubiera ahorrado mucho dolor en el caso de quedarse en silencio, como siempre había hecho, pero sabía que no podía seguir guardando todo para él.
Finalmente, el enfrentamiento culminó con el resultado más desfavorable para él, con su conejo roto por seguir "mintiendo", y entonces fue cuando huyó del lugar. Estaba triste, lloraba ya al salir de la casa pero no quería darle el gusto a su padre de verle así.
Quizá era debido a la adrenalina, tal vez a que huía de la tristeza y el dolor que toda aquella situación le provocaba, pero solo se detuvo cuando sus piernas desfallecieron, llevándose unos cuantos rasguños. Pero no le importaba ni le dolía nada en ese momento.
El resto ya lo conocían ambos arcobalenos.
Cuando terminó de relatar su historia, Verde había puesto las manos en su bata, en el intento de disimular sus apretados puños.
El científico se percató que Fon no estaba tan calmo como siempre.
Le exasperaba esa tranquilidad suya, y era una de las razones por las cuales se llevaba mal con él, pero en esos momentos podía jurar que veía un ligero temblor en su cuerpo. Sus orbes negros estaban cerrados, impidiendo que averiguara algo más a partir de ellos.
Jamás pensó que llegaría el día en que el arcobaleno de la tormenta perdiera la calma. Veía más probable el que Reborn dejara de ser un sádico que contemplar cuanta furia podía albergar el más tranquilo de los arcobalenos.
Sí, ya había visto todo.
Tampoco lo culpaba, él mismo había perdido los estribos hacía rato y, si no fulminaba de un rayo a ese tipo, era porque sabía que a Tsuna no le gustaría que hiciera eso.
Algo similar debía pensar Fon para no explotar por completo.
—También quiso quitarme el sombrero, pero pude impedírselo… —tomó el objeto entre sus manos, abrazándolo para sí—. Pero mi conejo… me lo habían regalado y…
Se interrumpió debido al llanto inaguantable. Entre los dos le consolaron como pudieron, y Verde nunca imaginó ponerse de acuerdo con Fon en algo, menos entenderse con la mirada.
Para todo había una primera vez.
Como el pequeño tenía hambre —algo natural debido al llanto y la carrera—, le dieron un bocadillo que Verde había hecho con lo que encontraba, junto a un zumo de naranja que compró Fon. Tsuna parecía haberse olvidado del incidente, y de hecho no había vuelto a mencionar el tema, desviándolo cuando tenían la intención de preguntarle varias cosas acerca de ello.
—Tsuna-kun —llamó el maestro de artes marciales, al ver como el chiquillo acababa de comer. Le miró con una alegre sonrisa, o el intento de esta, pues aún tenía cierto deje de tristeza—. Hemos decidido una cosa.
Al hablar en plural, Tsuna miró al científico, quien chaqueó la lengua. Antes muerto a admitir que se había puesto de acuerdo con el exasperante Fon sin siquiera mediar palabra.
—¿Qué cosa? —ladeó la cabeza, intrigado.
—No volverás a tu casa —su mirada castaña se volvió hacia la tormenta, con expresión de asombro—. Siento no consultártelo, pero sinceramente no creo que ese sea el ambiente más adecuado para ti.
—Pero… —agachó la cabeza, apenado—. No tengo a dónde ir…
—No te preocupes por eso —ante las palabras de Verde, el pequeño levantó la mirada—. Te quedarás con nosotros.
Desvió su vista hacia Fon, quien asintió con una sonrisa.
Entonces fue cuando sus orbes castaños se empañaron de la emoción. Se recordó a sí mismo que no era absurdo el llorar cuando estaba alegre, como le había enseñado Byaku-nii.
—Y-yo… —ambos arcobalenos se enternecieron ante la alegría del chiquillo, viendo como su brillante sonrisa aparecía en su dulce rostro—. ¡Muchas gracias!
Sin poder evitarlo, abrazó a los dos con fuerza mientras agradecía repetidas veces.
—Eh, pero deja de llorar y sueltame, que me asfixias —se quejó Verde, pero Tsuna poco caso le hizo.
El pequeño científico no insistió, dejándose abrazar con una leve sonrisa. Fon le dio unas palmaditas en la espalda, enternecido por la reacción del castaño.
Tsuna amplió su sonrisa sin soltarles pero sin detener sus lágrimas.
Su instinto le decía que sería el inicio de una nueva vida.
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Salut lectores~
SIENTO NO HABER RESPONDIDO A LOS ANTERIORES REVIEWS PERO FF ME TROLLEA MUCHO DEMASIADO.
Los acabo de leer y en serio mil graches por comentar esta historia. Os amodoro *-*
Fiz-chan… mejor me callo que los spoilers son malos XD
Yi-chan, me debo a mis lectores XD. Aunque mas fue mi amiga torturadora que ve bien todas las ideas y yo PERO ES QUE NO ACABO.
Pero le da lo mismo.
Kurai-chan, no me digas eso que el sonrojo es por mil . /. Hay historias mejores, creeme XD.
Shiho-chan. YO QUE DIGO DE LAS IDEAS. VOSOTROS SABEIS QUE LAS APUNTA NO?
Nada, tarde o temprano se hara realidad. No se como pero XD.
Mel-chan… Mi amiga recuerdas? QUE TIENE UN CUADERNO TITULADO "IDEAS DE LOS LECTORES"
Grache por mi tartita. Limoooon
Rena-chan me disculpo contigo porque ff me trollea demasiado D=. Me alegro que te guste mi historia, jeje, y bueno… solo no me mates con este cap XD.
Referente a lo otro… me callo.
¿Quien quereis que sea el siguiente? Lo someto a votación n.n
Bien~. ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?
¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.
