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VACACIONES SIN CONTRATIEMPOS
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Disclaimer: ni la historia, ni los personajes me pertenecen. Esto es una adaptación.
Summary: Con esa tendencia a no librarse de los constantes contratiempos y su forma de ser caótica, Isabella no es la mujer más adecuada para el señor Edward Cullen, el joven de porte serio que siempre se rige por la lógica y por la razón. ¿O quizá sí? (ÉPOCA) ADAPTACIÓN.
HOLA BEBEEEEEEEES! Xd
Disculpen que las/os haya abandonado pero hace poco estaba en parciales y ya luego de ellos no tenia ganas de actualizar, pero ya volví y les tengo un regalo (redoble de tambores por favor) xD
UN MARATO00000N! \(*0*)/
Así es mis amores el día de hoy les estaré publicando algunos capítulos incluyendo este, estén pendientes!
MARATÓN CAPITULO 3/3
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Capítulo 5
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Al día siguiente, los cachorros originaron un tremendo revuelo en la casa.
El líder de los pequeños alborotadores, Jacob, desapareció de la habitación de su dueña, y su búsqueda derivó en un verdadero caos. Desesperada ante la pérdida de su can favorito, la señora Clearwater sufrió un ataque de histeria y la tuvieron que acostar en la cama, mientras el resto de los invitados y los criados se encargaban de continuar la búsqueda del travieso perrito. Isabella se ofreció rápidamente voluntaria para buscar por los jardines. Estaba segura de que Victoria haría todo lo posible por toparse con el señor Cullen, y no estaba de humor para ver cómo nacía el romance entre los dos.
Ahora tenía la excusa perfecta para escapar de la casa. O por lo menos, para dar un pequeño paseo y despejar la mente de las terribles imágenes que la asaltaban del señor Cullen, besando apasionadamente la extasiada cara perfecta de Victoria, o acariciando los rizos castaños y sueltos de su prima con sus poderosas manos.
—¡Jacob! —gritó, pero sin demasiados ánimos.
«Yo también me habría escapado, pequeño bribón.»
El pobre cachorro debía de haberse hartado de las innumerables atenciones y de los diminutos jerséis que su dueña le hacía llevar. Aunque quizá sólo estaba planeando otra de sus emboscadas. Ante la imagen del perrito, acechándola desde un oscuro recodo como un bandido enmascarado, le entró la risa.
— ¿Dónde estás, Jacob? ¡Llevo puestas mis mejores botas! ¡Te ofrezco un calzado apetitoso y unos tobillos la mar de tiernos! —Se levantó un poco la falda, y continuó andando. La nieve había quedado prácticamente relegada en pequeños círculos debajo de los árboles, dejando la senda resbaladiza y anegada de barro. Isabella intentó concentrarse en el camino y evitar pensar en cuántas veces había conseguido Victoria tocar inocentemente al señor Cullen durante la cena. Por lo menos eso fue lo que estaba intentando hacer hasta que una bolita peluda y negra pasó como una flecha delante de ella. Isabella soltó un gritito de sorpresa y empezó a perseguirlo.
Quería cazarlo antes de que desapareciera de vista, pero Jacob lo estaba pasando en grande, demasiado como para permitir que el juego acabara tan rápido.
Era como si se hubiera propuesto cazar a un cerdito grasiento. Los dos no pararon de corretear a lo largo del sendero y alrededor de los árboles, hasta que Isabella empezó a marearse y a notar que le faltaba el aire. De todas formas, no estaba dispuesta a permitir que su adversario ganara la partida, por lo que intentó una nueva táctica: correr en círculos pero en dirección contraria para pillar al pequeño granuja, antes de darse cuenta de que lo había perdido de vista.
La estrategia resultó un verdadero fiasco, sobre todo por la obcecada concentración de Isabella en su tarea en lugar de en vigilar dónde ponía los pies; por eso no vio el charco bastante profundo que parecía esperarla con ansiedad. Antes de que pudiera alterar el curso de sus pasos para minimizar la calamidad, resbaló en el suelo húmedo y aterrizó sentada de nalgas en medio del charco. Primero lanzó un gritito de sorpresa y de horror, pero rápidamente se echó a reír, y tuvo que admitir el final de su corta carrera como cazadora de perros.
— ¿Qué es exactamente lo que le parece tan divertido?
Isabella se quedó muda al instante, y se puso de pie precipitadamente, sintiéndose presa de una enorme vergüenza.
— ¡Señor Cullen!
« ¡Por Dios! ¡Este hombre parece tener el don de verme en las peores circunstancias posibles!»
— ¿Está bien, o son esas carcajadas la primera señal de que ha perdido la cabeza?
Isabella irguió la espalda, se alisó el abrigo arrugado y empapado, y salió del charco.
— ¡Estoy bien! Estaba pensando en la directora de mi colegio y me preguntaba qué opinaría sobre la posibilidad de que una señorita acabara sentada en medio de un charco de barro.
—Seguro que tendría algo que decir, supongo. —El señor Cullen era increíblemente guapo, y no parecía alterado ante el desafortunado contratiempo que ella acababa de sufrir.
—Probablemente me sermonearía aduciendo que las señoritas siempre han de mantener los ojos bien abiertos para no acabar en una situación tan engorrosa.
— ¿Y no añadiría nada acerca de esperar a que un hombre viniera y tendiera su abrigo en el suelo ante ella, sobre el charco, para que la señorita no se ensuciara los pies con el barro?
— ¡Oh, no! —lo corrigió ella vivazmente—. La señora Platt jamás nos aconsejaría una actuación tan poco elegante. No estaría en consonancia con las lecciones de la Escuela de Señoritas que ella regenta.
—Y exactamente, ¿qué clase de lecciones abordan, en esa escuela? Ella se encogió de hombros y le propinó una sonrisa maliciosa.
—Las usuales que uno esperaría de esa clase de colegios, supongo.
Él soltó una carcajada.
—Dudo que ninguna cosa de su vida pueda considerarse «usual», señorita Swan.
Isabella se sentó en una roca y echó una ojeada a su abrigo sucio y a la falda embadurnada de barro.
—Si defiende su soltería con tanto orgullo, ¿no le parece que lo que hagan o estudien las señoritas debería quedar lejos de su ámbito de interés?
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EPOV
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Edward la observó detenidamente y adivinó que ella no se había dado cuenta de que también tenía un poco de barro en la punta de la nariz. No, ella no era en absoluto consciente de la caricaturesca imagen que ofrecía. Le resultaba fácil imaginar a cualquiera de las mujeres que conocía comportándose como una verdadera arpía enloquecida en un momento tan incómodo como ése. En cambio, Isabella parecía estar disfrutando de lo lindo.
—Es cierto. Aunque a distancia, supongo que no puedo evitar ciertas suposiciones.
— ¿Y qué es lo que supone?
—Que debería sentirse ofendida como representante de su género. —Edward estaba evitando contestar directamente, saboreando la conversación más de lo que realmente deseaba. Después del paseo a caballo con ella el día anterior, durante el cual, y contra su típica forma de ser, había dejado que sus instintos nublaran su sentido común, se sentía aliviado de que Isabella se mostrara de nuevo relajada en su compañía.
—Me temo que no le queda más remedio que creer en mi palabra. ¿Cómo puedo asegurarle que mi vida es de lo más usual si usted desconoce lo que es «usual» para una señorita?
—Muy bien —contestó él, apoyándose en el tronco de un árbol—. Siempre he oído que las jóvenes señoritas se pasan más tiempo delante del tocador que en ningún otro sitio. Que sus intereses y temas de conversación se limitan a la moda, a los dulces y a los cotilleos. Me las imagino engalanadas con abalorios y con la cara pintarrajeada todo el día.
El regocijo de Isabella era obvio, y ella entrelazó los dedos de las manos al tiempo que esgrimía una burlona mueca de fastidio.
— ¡Usted no tiene remedio!
— ¡Ah! Entonces, ¿debo entender que no es eso lo que hacen las jóvenes señoritas? —la pinchó él deliberadamente.
—Al menos no es lo que hago yo, aunque supongo que mi caída en el charco no servirá para defenderme de ninguna posible acusación. Bueno, lo único que pretendo es que no piense que soy una cabecita hueca.
— ¿Y no es así como se comportan normalmente, las jóvenes señoritas, como cabecitas huecas?
—Quizá, porque creen que eso es lo que los hombres desean —aclaró ella.
—Ah, entonces es por nuestra culpa.
—No todos los hombres comparten las mismas opiniones, pero tampoco todas las señoritas están siempre dispuestas a desmayarse por cualquier tontería, encadenadas a sus vanidades, señor Cullen. Si se muestran débiles, estoy segura de que únicamente se debe a que ésa es la actitud que se espera de ellas.
— ¿Una opinión que usted no comparte?
Ella se sonrojó, pero no bajó la mirada.
—Creo que no se me da bien fingir. Sé perfectamente bien cuál es el comportamiento que se espera de una refinada señorita, aunque me temo que jamás conseguiré mostrar una total maestría en ese arte. —Su voz se quebró teatralmente—. Soy pésima cuando intento maquillarme, y no tengo paciencia para engalanarme con mil y un abalorios, y jamás me he desmayado.
Edward esbozó una chistosa mueca de horror ante tal confesión, procurando no estallar en carcajadas.
— ¡Usted no es nada usual!
Ella se separó de la roca en la que se hallaba sentada para propinarle un afectuoso empujón en el hombro.
— ¡Y usted no tiene remedio!
Él le agarró la mano y la calidez de su risa derivó en algo mucho más poderoso.
Lentamente, Edward empezó a tirar de cada uno de los dedos de su guante de piel, despojándola de esa fina capa protectora. El aire parecía haberse enrarecido de repente, y Edward pudo notar el peligroso ardor del deseo.
«Bésala.»
«Suéltala.»
Mientras tenía los dedos de ella apresados contra el ritmo de su corazón, los impulsos conflictivos no lo dejaban actuar, pero su indecisión sólo duró unos escasos momentos. Isabella no se apartó; había inclinado ligeramente la cara hacia él, esperando inocentemente probar el gusto masculino en sus labios que parecían desbocarse cada vez que los dos estaban juntos. Con toda indulgencia, a él le costaba cada vez más soltarla. El título de caballero era lo que lo había empujado a actuar con decoro en su vida hasta entonces, pero siempre que Isabella estaba cerca, se olvidaba de su maldito título. Cuando el señor Swan los había emplazado a salir a cabalgar juntos, le había resultado demasiado fácil aceptar el regalo que le brindaba el destino.
Su intención era disculparse por haberle hecho chantaje con un beso en la biblioteca, pero lo cierto era que no se arrepentía de nada, ni tampoco de lo que había pasado después, cuando ella quedó atrapada en el matorral.
«Debería arrepentirme o controlarme, pero parece que esas dos posibilidades me rehúyen, cuando esta mujer se acerca.»
Isabella entornó los ojos, y él cedió ante el instinto primario de poseerla. Se inclinó para besarla, y notó cómo le bullía la sangre y también la creciente excitación de su miembro viril. El deseo imperaba sobre sus acciones, y Edward la estrechó entre sus brazos y la besó con pasión. Isabella separó los labios ante la embestida de esa lengua segura, y sus acalorados suspiros sólo consiguieron excitar a Edward todavía más, mientras él saboreaba la dulce suavidad de sus labios y de su lengua, devorándola, explorando cada textura de ella hasta que perdió la noción de dónde acababa él y dónde empezaba ella.
Dos días antes la había llamado sirena y, sin embargo, era su propio cuerpo el que parecía cantar cada vez que ella respiraba. Esas curvas femeninas lo enloquecían, y sus manos se movían a su libre albedrío, deslizándose por la sinuosa espalda hasta alcanzar la cintura de avispa, y luego hasta la firme cumbre de ese sugerente trasero.
Desplegó los dedos, la elevó del suelo y la arrimó a él, deliberadamente apretando su pene endurecido contra sus pubis, solazándose en la fricción de la ropa que aprisionaba sus cuerpos, y siendo plenamente consciente del lascivo calor que provenía de ese punto sagrado entre las piernas de ella.
— ¿Edward? —Acertó a decir Isabella, sin apenas poder respirar, rozando los labios contra la piel sensible de su oreja, lo cual le provocó a Edward una deliciosa descarga eléctrica en la espalda—. El barro... echará a perder su abrigo...
Él sonrió, rebelándose contra las insuficientes muestras de lógica que le quedaban, hipnotizado ante la bella cabecita que tenía delante. Se inclinó para soltarla despacio, pero no pudo. La imperiosa necesidad que sentía lo empujó a volverla a elevar entre sus brazos y a estrecharla contra su pecho.
—No creo que debamos preocuparnos por esa nimiedad, bonita.
—Ah —susurró ella, y Edward saboreó la mirada acalorada y perdida en esos ojos, mientras ella intentaba mantener la compostura ante las fascinadoras atenciones que él le propinaba.
— ¡Isabella! —gritó Victoria con los ojos descomunalmente abiertos, después de toparse repentinamente con ellos tras una curva del sendero. Edward se quedó paralizado al instante, horrorizado ante la intrusión y el cambio brusco en el comportamiento de Isabella, que ahora se mostraba aterrada y avergonzada a la vez; no le quedaba la menor duda de que el daño era irreparable.
A menos que...
Él se decidió a probar suerte.
—No se preocupe, la sacaré de este apuro —susurró, sin mostrar el mínimo interés en soltarla. Isabela soltó un gritito de sorpresa, y él prosiguió, dirigiéndose ahora a la señorita Hunter a viva voz, intentando salvar las apariencias—. La señorita Swan se ha caído en un charco, y parece que está un poco consternada; apenas se sostiene en pie. Gracias a Dios que ha llegado, señorita Hunter.
—Venía a... a decirle que hemos encontrado a Jacob en el jardín... —Los miró con una evidente suspicacia, y después centró toda su atención en su prima—. ¡Estás hecha un asco!
—No creo que eso sea lo más importante, ahora —intervino Edward sin perder la serenidad. — ¡Es posible que esté herida!
— ¡N... no! —protestó Isabella, pero su confusión y su cara roja como la grana sólo consiguieron afianzar las palabras de él—. Estoy bien, ¡de verdad!
—Déjeme que la examine para estar del todo seguro. —Con una enorme gentileza, él la ayudó a apoyarse sobre la roca en la que previamente se había sentado y, de espaldas a Victoria, se arriesgó a guiñarle el ojo con un aire conspirador. A continuación, se arrodilló delante de ella—. ¿Se siente mejor?
—Sí, gracias —replicó Isabella. — Me siento como una tonta, por haber resbalado en el barro.
Las mejillas de Victoria adoptaron un tono violáceo; su berrinche era más que aparente. Dio unos pasos hacia ellos y achicó los ojos con rabia. Buscó en el bolsillo de su abrigo y extrajo un pañuelo. Victoria lo usó para limpiar la suciedad de la nariz de su prima, luego giró el trozo de tela para que Isabella pudiera ver los resultados.
Edward apretó la mandíbula con una gran frustración mientras los últimos atisbos de confianza se esfumaban de los bellos ojos de Isabella.
Isabella sacudió la cabeza, y de un manotazo le quitó a Victoria el pañuelo que aún sostenía entre los dedos.
—Será mejor que regrese a casa y me cambie de ropa. Señor Cullen, muchas gracias por su ayuda.
Se dio la vuelta con el semblante airado, y Victoria la siguió. Edward se quedó solo, contemplando cómo las dos mujeres se perdían por el sendero. Bajo la tenue luz del sol invernal, desvió la vista hacia Isabella, que caminaba un poco más adelante que su prima; parecía una reina absolutamente impasible ante la mirada crítica de la criatura que tenía detrás. Edward sospechaba que sus sentimientos no eran tan invulnerables a la censura de Victoria como pretendía demostrar, ni a la censura del resto de la gente que se atrevía a juzgarla.
Pensó que era una chica realmente extraña, y acto seguido se reprochó a sí mismo por sus reflexiones. Eso no debería importarle, en absoluto. Isabella tendría muy pronto su debut y se casaría con algún aristócrata tedioso, pero el mero pensamiento de esa posibilidad le removió el estómago. En los salones en los que la persona que usaba indebidamente el tenedor se ganaba la repulsa explícita de los allí presentes, ¿cómo sobreviviría una pequeña hada como ella? ¿Cuánto tiempo podría guardar las formas hasta que la traviesa luz en sus ojos cediera y diera paso a una aletargada tristeza?
Jamás habría pensado en una chica como Isabella Swan, cuando se imaginaba a su mujer ideal. Ella no poseía ninguno de los requisitos que él había listado como necesarios en una esposa. Y, sin embargo, cada momento con ella derivaba en una maravillosa aventura, y cada conversación era impredecible y distendida. Isabella desafiaba cualquier convencionalismo, pero todo lo relacionado con ella irradiaba un fuerte y seductor aroma de feminidad. Cada vez que él la tocaba, ella se deshacía con una arrebatadora fogosidad entre sus brazos, y él perdía todo su control.
Comparadas con ella, el resto de las mujeres le parecían unas simples sombras pálidas y recatadas.
«No debería importarme.»
Que Dios se apiadase de él, porque Edward empezaba a aceptar que sí que le importaba todo lo que hacía Isabella, mucho más de lo que realmente deseaba. Y nada podía hacer por evitarlo.
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BPOV
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— ¡Estabas prácticamente entregándote a él! —espetó Victoria, consternada.
Isabella mantuvo la serenidad hasta que llegó a su habitación. No quería pelearse en el ala destinada a las habitaciones de la casa de su padre.
—Has malinterpretado lo que sucedía a causa de tu repentina aparición. No es verdad que me estuviera entregando a...
—Él te sostenía, y estoy segura de que no he visto visiones: ¡Tú estabas a punto de besarlo! Las mejillas de Isabella se sonrojaron exageradamente. Sin embargo, no quería que Victoria se enterase de la peor parte.
—Resbalé, tal y como puedes ver perfectamente —explicó, señalando su falda anegada de barro—, y él me ayudó a incorporarme del suelo. El señor Cullen es un caballero, y únicamente se limitaba a ser cortés. Supongo que has confundido mis movimientos con tus propios sentimientos en esta situación.
Victoria apretó los labios.
—Es posible.
— ¿Lo ves? —Isabella se giró para mirarse al espejo, y se quedó aturdida al ver la impactante imagen reflejada. Diablos! él había estado otra vez a punto de besarla... y sólo habrían hecho falta unos escasos y peligrosos segundos más para que ella hubiera caído en la más absoluta desgracia. Unos momentos más, y habría echado a perder su virtud, y lo más terrible era que no le habría importado en absoluto.
« ¡Santo cielo! Parezco una rata rebozada en barro. ¿Cómo es posible que él deseara besar a una rata empapada y llena de lodo?»
Victoria se aproximó a ella, y el contraste entre las dos fue dolorosamente obvio.
Victoria era la personificación de la belleza y de todas las gracias femeninas, mientras ella parecía una infortunada niñita sucia. Isabella apartó la vista del espejo, y permitió que Victoria llegara a sus propias conclusiones.
Victoria se quedó en silencio durante un momento, y luego suspiró.
—Sólo es que... él está siempre tan serio. Y cuando lo vi, sonriéndote...
—Supongo que debe de resultar prácticamente imposible mantener una expresión sobria delante de una chiquilla cubierta de barro. Yo no le daría tanta importancia a ese detalle.
—Y no logro sonsacarle más de diez palabras seguidas. En cambio, contigo se muestra tan afable... —El desánimo de Victoria era más evidente ahora, y Isabella apretó los dientes sintiendo una enorme frustración.
— ¿Qué insinúas?
—Insinúo que... que deberías ir con más cuidado. Cualquiera que no fuera tan comprensiva podría deducir cosas de tu actitud y malinterpretar tus acciones. Quiero decir, para ser una muchacha que ha declarado una absoluta falta de interés en la posibilidad de encontrar marido, me pregunto qué te propones, dedicando tantas atenciones al señor Cullen.
—No lo dirás en serio, ¿verdad?
—Mira, aún no has hecho tu debut. Quizá todo se deba a que todavía no comprendes las normas.
— ¡Conozco las normas perfectamente!
—Genial. —La sonrisa de Victoria no parecía extenderse a sus ojos. — Te aprecio mucho, prima, y no me gustaría verte caer en desgracia, ni a ti ni a tu padre.
A Isabella la ofensa se le atragantaba en la garganta.
—Gracias por el consejo —replicó, sin pensar dos veces antes de hablar. — Especialmente proviniendo de alguien que tan abiertamente ha expresado su deseo de encontrar esposo a cualquier precio. Sólo unas cuantas semanas más, y estoy segura de que únicamente me preocuparé de mis delicados zapatitos de baile, y no en la imagen patética y desesperada que doy, al ir detrás de un hombre como una gata en celo, ¡simplemente porque es un soltero disponible y está a mi alcance! ¡El señor Cullen no te importa en absoluto, Victoria! ¡Lo único que te importa es la posibilidad de cazarlo!
— ¡Cómo te atreves! —Su prima propinó una sonora patada en el suelo.
— ¡No te preocupes! ¡Tú ganas! ¡Para ti no hay competencia! ¡Seduce a ese hombre! ¿No es eso lo que quieres? Bueno, tanto si es lo que quieres como si no, te puedo asegurar que soy la última mujer en la tierra a la que el señor Cullen elegiría por esposa.
Victoria abrió la boca y luego la cerró, como una burda imitación de un pez fuera del agua.
—Y ahora, si me disculpas, voy a ordenar a la criada que me prepare un baño bien caliente y que me ayude a cambiarme de ropa antes de la cena. —Isabella contempló cómo Victoria abandonaba la habitación terriblemente contrariada, y toda su bravuconería y su furia se vinieron abajo al instante. Había sido una ridícula riña de chiquillas, y ahora temía haber perdido algo más que la amistad de su prima.
Ninguna de las acusaciones que acababa de escuchar la sorprendían, aunque éstas le hubieran dolido a causa del desagradable tono que había utilizado Victoria. Pero aun así, lo cierto era que su prima la había pillado entre los brazos y bajo la hipnótica mirada del señor Cullen, dispuesta a aceptar todo el placer que él quisiera darle. Su actitud no tenía perdón: se había comportado como una descocada, como una chica fácil.
Hizo sonar la campanilla con furia, y se sentó en un arcón de madera con el semblante decaído. Si había una línea que cruzar, no recordaba haberla visto en el albor de las caricias celestiales que el señor Cullen le había propinado, pero estaba segura de que había excedido los límites. Tenía que ir con sumo cuidado con Edward Cullen, y no consideraba que ninguno de los sabios consejos de la señora Platt fueran factibles para combatir esos besos embriagadores. Isabella sólo tenía una cosa clara: se hallaba ante el grave peligro de caer en las redes de un juego amoroso del que no albergaba esperanzas de poder escapar airosa, y del que únicamente conseguiría salir con el corazón partido. ¿A qué distancia quedaba esa posibilidad de lo que podría considerarse un «contratiempo»?
Parece que nuestra querida Bella se harto de la actitud de su prima (estúpida Victoria arruina momentos -.-*)
y que me dicen de Jacob, ese perrito es todo un loquillo :v
Bueno chicas/os con este capitulo terminamos el maratón, espero que les haya gustado y les recuerdo que la historia solo cuenta con 8 capítulos, es triste pero ya casi llegamos al final de esta divertida historia.
¿QUE LES PARECIÓ EL CAP? recuerden decirmelo en un Review ¿si? por favor, ya saben que amo leerlas/os y saber de ustedes.
LES MANDO UN BESOTE
Roxy Sanchez: Tienes toda la razón ;)
Gracias a todas/os las/os que siguieron y marcaron como favorito tanto a mi como a esta adaptación, muchas gracias por el apoyo:
jovipattinson, Fatavill, Heart on winter, Cherryland, cielo carlie cullen, SweetRosemary76, CammiB, Maybgnz, AdriiRomero14, mican, Rucky, Dark Side of Everyone, Semivampiro, Meiko23, PanquesitosConLeche92, tulgarita, nikyta, elizabeth1485, gabylmutis, Lunita Black27, BaniBlack, AnnaLau2, Ine L.B, Delvis Daiana, bbluelilas, ADEC, monze urie, beky09, Gabs Frape, aday, scarlett003, Aliapr-peke, Autumntales, .56, crazzyRR, snowcullen, Dess Cullen, bbluelilas, zeron97, DBMR1, Miss Rose Atomic Frozen, Little Whitiee, , ang3lpop, MiaCarLu, Karen CullenPattz, danielaMc1, IngridMMP, Eni-Cullen-Masen.
Mil gracias por sus reviews a :
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y a los anónimos también ;)
