Un viaje diferente
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—No estoy seguro de que sea la mejor opción —volvió a quejarse Verde—. No sabe ni el idioma, ¿cómo pretendes que entre en una escuela en Italia?
—Puede aprender, es muy listo —rebatió por quinta vez Fon.
—Pero es prácticamente imposible aprender todo un idioma en poco tiempo, las estadísticas lo demuestran —la tormenta suspiró ante la terquedad fundamentada en términos científicos de su compañero.
Se habían alejado del chiquillo un poco para que no les oyera, seguramente se preocuparía porque estuvieran discutiendo acerca de él. Por eso le habían dejado en los columpios mientras ellos estaban en una banca algo cercana.
La discusión trataba de si llevar o no al pequeño a Italia, donde podria rehacer su vida. Era un niño, se adaptaría rápido según el experto en artes marciales. Sin embargo, el científico no lo veía tan claro como él.
—Pero Tsuna-kun sale de las estadísticas, tú mismo lo has dicho —el rayo se arrepintió de haberle comentado eso—. Pero creo que lo mejor sería…
—¡Ayuda! —el grito del castaño, desesperado, alertó a ambos arcobalenos, quienes se apresuraron a mirar por todos los lados.
No había ni rastro del niño, no estaba en el juego donde le habían dejado. Y lo peor, ni siquiera se volvió a escuchar su grito de auxilio.
Le llamaron y llamaron hasta el cansancio, revisando todo el parque tres veces o más, pero no recibieron respuesta del castaño. No podía haberse ido por su propio pie, de ser así no habría gritado. Sin embargo, la única opción que quedaba era en la que menos querían pensar.
—Tenemos que encontrarlo, Verde. Quién sabe qué le harán —Fon estaba inquieto, muy inquieto.
—Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes —se molestó, tecleando en su ordenador y maldiciendo que el proceso fuera tan lento.
Habían desisitido de la búsqueda a pie. Verde sabía que había cámaras en el parque, y si lograba entrar en el sistema y obtener las imágenes, podrían desvelar quién se había llevado a su pequeño castaño.
—Por Dios, Verde, date prisa —la tormenta caminaba en círculos alrededor del laboratorio, y a ese paso haría un agujero en el suelo.
—¡Deja de quejarte! ¡Ya lo sé! —se irritó, deseando golpear a la pantalla de su ordenador por ser tan condenadamente lento.
Claro que el aparato iba como siempre, solo que eran ellos los que tenían más prisa que nunca.
—Maldita sea, cárgate rápido —maldijo el rayo. Esa desesperante barra verde se estaba burlando de él con su lentitud.
Cuando pasaron dos eternos minutos, el objeto les mostró las imágenes grabadas por las videocámaras de seguridad.
Se veía a Tsuna columpiándose alegremente cuando, de repente, pareció visualizar algo que atrajo su atención.
Se bajó del columpio con una sonrisa, y Verde cambió de cámara cuando se le perdió de vista. Esta les mostró al chiquillo dirigiéndose hacia un pequeño espacio donde habían algunos árboles, atraído por algo que parecía brillar en una de las copas.
Sin embargo, en cuanto llegó hasta la planta en cuestión, la pequeña luz se apagó y el castaño gritó antes de caer inconsciente por el acto de alguien al que no veían debido al cobijo que le daban los árboles.
—Busca quién es, rápido —ordenó Fon, con una voz menos tranquila de lo que hubiera querido.
—No me des órdenes —replicó mientras buscaba entre las distintas grabaciones a Tsuna, o algo lo suficientemente grande para meter a un niño de cinco años.
Descubrió al cabo de un minuto —sesenta eternos y preciados segundos—, a un hombre totalmente vestido de negro, con una capucha puesta sobre su rostro, cargando al pequeño que parecía tan solo dormir.
Se vio como subía a un coche con cristales ahumados, cuya matrícula ya ponía el arcobaleno del rayo en un analizador, que comparaba entre miles de vehículos.
La paciencia de Fon sería grande, sí, pero eso estaba demorando demasiado y no dejaba de repetírselo al científico, que se ponía aún más tenso debido a la tormenta y sus reclamos.
—Te recordaba más callado —dijo irritado Verde, sin dejar de mirar la pantalla. Sabía que el otro arcobaleno estaría haciendo lo mismo en aquellos momentos.
—¿Cuánto queda? —preguntó por quincuagésima vez, molestando más y más al científico. Ya estaba muy nervioso con todo eso, y Fon hacía un buen trabajo alterándole más al meterle prisa.
—Ya queda poco —refunfuñó en respuesta, y su cara se iluminó al ver el resultado.
Sin embargo, la felicidad se fue tan rápido como llegó. Era una vehículo perteneciente a un nombre falso, asi que de ahí no podrían sacar demasiado.
—¿No puedes hacer algo? ¡Lo que sea! —pidió el maestro de artes marciales, muy alterado. El científico no lo culpaba.
—Creo que puedo analizar el rostro del conductor —a Fon le desesperaba aún más el no poder hacer nada en ese aspecto. El único sabedor del tema tecnológico era el arcobaleno del rayo, y eso lo frustaba.
Pero tenía claro que, si llegaba a coger a esos tipos, se arrepentirían de meterse con el pequeño castaño.
Seis minutos con cuarenta y siete segundos después —ninguno dejaba de mirar el reloj a cada rato—, lograron identificar a quien manejaba el automóvil.
No era quien hubieran deseado.
Se trataba de una mujer italiana al servicio de una familia mafiosa, aunque no demasiado influyente, la familia Bovino. Verde reconocía que tenían grandes descubrimientos y alguna vez trataron de contratarle.
Era más que probable que Tsuna hubiera sido trasladado a Italia, y tardarían días en ir.
Ambos arcobalenos se miraron por unos segundos, Verde suspiró resignado y Fon ya marcaba el número de teléfono.
No quedaba alternativa.
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—Mira que eres idiota, ¿sabes el preciado tiempo que estoy perdiendo por tu culpa? —el pequeño castaño distinguía una voz femenina que le había sacado de su sueño.
—¿Y yo qué sabía? ¡Nunca pensé que regresaría de una pieza! —otra voz, esta vez masculina, le rebatió.
Entonces se despertó por completo y se encontró en un mueble que parecía ser una sillón, amordazado y atado de pies y manos. Intentó deshacerse de las cuerdas, le ardían, pero si luchaba contra ellas dolía más. Así pues, dejó de intentarlo y puso su atención en la conversación, intentando no llorar.
Fon y Verde deben haberse percatado de su desaparición, seguramente le estuvieran buscando. O eso quería creer.
—Pues lo ha logrado, y será un buen experimento para perfeccionar la bazooka —replicó—. Hasta ahora nadie había vuelto entero, algo debe tener este niño.
—Pues ya lo hemos recuperado, ¿de qué te quejas?
—Imbécil, el criajo estaba bien protegido —rechistó la mujer—. Estaba con dos arcobalenos, ni más ni menos.
La pregunta del castaño fue inminente. ¿Qué era eso? O, mejor dicho, ¿quiénes?
—¿Arcobalenos? ¿Te refieres a esos dos bebés? —rió levemente.
—Estoy empezando a pensar que los japoneses sois idiotas —suspiró—. Los arcobalenos son los siete bebés más fuertes, no los subestimes por su tamaño.
—No tengo mucho miedo de lo que me pueda hacer un crío que no me llega a la rodilla.
—Si quieres comprobarlo, no tardarán en venir, el científico arcobaleno Verde estaba ahí. ¿Sabes que se dice que es la reencarnación de Da Vinci? —rió ante la cara de incredulidad que se le debia haber quedado—. Y también estaba el arcobaleno Fon. Puede parar una bala usando solo sus manos.
¿Verde y Fon eran así de fuertes? Increíble.
—No juegues conmigo —dijo algo nervioso.
—Si no me crees, enfréntate a ellos. Ah, y ruega porque no aparezca el arcobaleno del sol.
—¿Quién es? —o mejor dicho, qué podría hacer.
—Seguro que te suena —se burló—. Es el número uno entre los asesinos de la mafia.
—¿Ese temido hitman es un bebé, un arcobaleno? —cuestionó incrédulo.
—Sí, el más fuerte de todos ellos. El arcobaleno Reborn —no debería sorprenderse, sabía que era muy fuerte. Miró su sombrero, que estaba encima suya, en el apoyabrazos, y sonrió—. Parece guardar alguna relación con este niño, ese sombrero es exactamente igual al que utiliza.
Estaba de espaldas a sus captores, mirando hacia lo que creía que era la pared, asi que no podía ver nada de lo que gesticulaban. Sin embargo, podía hacerse una idea.
—Creo que mejor no me arriesgaré a comprobarlo —desistió el hombre con cierto tono temeroso.
Cerró los ojos, reteniendo sus lágrimas. Confiaba en que le sacarían de aquel lugar.
Confiaba en sus amigos.
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—Algún día tendrás que decirme cómo lo haces, Fon —respondió ni bien descolgó la llamada—. No recuerdo haberte dado nunca mi número.
—Yo tampoco le dije dónde tengo mi laboratorio, y aquí está —añadió Verde, molesto.
El aludido solo sonrió, aunque no con toda su calma habitual.
—Tenemos que pedirte un favor —pidió, tratando que su voz no delatara su intranquilidad.
—¿Verde pidiéndome un favor a mí? Qué lástima que no pueda verlo en persona —se burló, y el científico chasqueó la lengua—. ¿De qué se trata?
—Seguro que recuerdas a Tsuna —habló el rayo antes que Fon.
—Ese pequeño, recuerdo que era tu conejillo de indias. Parecía feliz, asi que no te dije nada —casi podían ver cómo se encogía de hombros—. ¿Qué ha sucedido con él?
La cuestión escondía cierto tono de preocupación, y ambos lo notaron.
—Pues resulta que…
Le explicaron la situación en la que se encontraban, añadiendo los datos que el científico había podido obtener.
Si hubieran podido ver su cara seguramente Fon y Verde se hubieran asustado. Cualquiera lo haría, de hecho, estaba más que enfadado.
—Intentaremos ir lo más rápido posible, pero tienes que salvarlo, Reborn —culminó la tormenta.
—Sería muy cruel de tu parte si no lo hicieras, ese niño confía en ti demasiado —añadió el científico.
—Lo haré —cedió—. Y creo que no estaré solo.
El hitman vio con cierta diversión como los dos arcobalenos con los que hablaba antes de ser interrumpidos por la llamada preparaban sus armas, habiendo escuchado toda la conversación.
—Da igual quien te ayude, con tal de que lo salves —dijo Fon—. A saber para qué lo quieren.
—De acuerdo —cortó la comunicación.
—Vamos, kora —la lluvia estaba impaciente, y su compañera igual o incluso más
El arcobaleno del sol asintió y los tres se dirigieron a salvar al pequeño castaño.
Se iban a arrepentir de haberse metido con él.
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—¿No creéis que deberíais soltarlo un poco? —habló una tercera persona, una mujer, al cabo de diez minutos, recién llegada—. Es un niño aún, no nos conviene que se lesione.
—Tsk, está bien —el hombre cedió y Tsuna sintió como sus manos y piernas eran liberadas, permitiéndole sentarse.
Se puso el sombrero en la cabeza de tal manera que no se vieran sus ojos, pero él si podía observar a su alrededor.
Era una estancia algo pequeña, y desde hacía rato sentía que se movía. Había unas pequeñas ventanas y unos cuantos asientos más.
¿Un avión, quizá?
—No intentes nada raro, pequeñajo —la primera mujer que escuchó, y la misma que le ordenó aquello, era una castaña de ojos oscuros, en contraste a la que recién había entrado, que era rubia con ojos verdes.
El hombre de pelo negro y orbes castaños, y le miraba fijamente. No daba mucho miedo, parecía ser algo debilucho viendo su contextura.
—Parece que no es muy hablador —comentó el azabache. Bueno, era algo difícil hablar estando amordazado, la verdad. No quería desatarse el paño que le impedía vocalizar, no fuera a ser que le atacaran pensando que iba a hacer algo malo.
—Tampoco parece tener intención de huir —añadió la rubia—. Debe ser un niño listo.
Analizando la situación, no tenía dónde ir. Estaría a una altura considerable, y tenía vértigo. Además, si aún no estaba muerto, es que para algo lo querrían.
Pero su intuición le decía que ese algo no era nada agradable, asi que debía salir de ahí. Trató de buscar una vía de escape que no requiriera saltos de altura, tratando de no alterarse como Fon le había enseñado.
Lo único que había logrado encontrar eran dos puertas que parecían conducir a otras salas, una muy al fondo y otra más próxima, de donde seguramente había llegado la mujer rubia.
Era todo o nada.
Se levantó lentamente cuando vio que ninguno le prestaba atención, confiados en que no se atrevería a dar un paso. Parte de razón tenían, su cuerpo temblaba debido al miedo, pero debía ser valiente.
Respiró profundamente y, con el menor ruido posible, se adentró en la habitación más cercana.
Una vez dentro, se desató la mordaza y miró a su alrededor. Era una especie de maletero, pero le recordaba al laboratorio de Verde por los objetos tecnológicos que allí transportaban.
Vio entonces un objeto que reconoció. Era el mismo que le había caído encima en su primer viaje. Si obtenía eso, podría viajar y posiblemente reaparecer en otro lugar a la vuelta, preferiblemente tierra firme.
Con ese pensamiento en mente, tomó el cilindro entre sus manos. Sin embargo, una turbulencia le desequilibró y golpeó el aparato antes de que este cayera sobre él.
Lo último que escuchó fueron maldiciones de parte de sus captores, quienes seguramente ya se habrían percatado de su pequeña fuga.
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Cuando arrivó en un cómodo sillón, bastante grande para su tamaño, lo primero que sintió era que tenía frío. Un frío terrible. Asi pues, rodeó sus brazos y empezó a frotarlos, en un intento vano de entrar en calor.
Alzó su mirada, haciendo que el sombrero se echase levemente hacia atrás y permitiera ver sus orbes color chocolate.
La escena que vio no era demasiado agradable a su parecer, y se encogió en el mueble debido al temor que le produció.
Cuatro hombres y un niño algo mayor que él, totalmente vendados y con túnicas le miraban, o eso creía, pues no podía distinguir ningún gesto. Además, la escasa iluminación no ayudaba demasiado la situación.
—¿Tsunayoshi? —el menor de los encapuchados fue el primero en hablar, con cierto tono asombrado.
Al ser llamado por su nombre, asintió cautelosamente. El temor se iba desvaneciendo al ver que no le hacían nada para obligarle a defenderse, su intuición le decía que no eran malos, pero su temblor aumentaba debido a la baja temperatura, y de hecho ya estornudaba un poco.
Vio como el niño hizo los ademanes de lo que suponía que era mirar a sus compañeros, quienes se encogieron de hombros.
—¿Cuántos años tienes? —cuestionó al cabo de unos minutos.
—Cinco… —respondió algo nervioso.
—¿Y cómo has llegado aquí? —el pequeño ya estaba acostumbrado a esa cuestión, de hecho, se le haría extraño si alguna vez no le formularan aquella pregunta.
Asi pues, empezó a responder, sintiendo como el miedo desaparecía al ver que le escuchaban con atención. Por supuesto, intentó resumir su historia, pero se vio incapaz.
Relataba cada uno de sus viajes con una inmensa alegría que contagiaba, era imposible no hacerlo al ver aquel rostro dulzón con esa felicidad. Sin embargo, los estornudos del castaño se hacían más constantes e interrumpían su relato.
—Toma, te vas a resfriar —el chico le tendió una túnica similar a la suya que había ordenado traer al ver los síntomas del frío en el chiquillo.
Tsuna lo aceptó con una gran sonrisa en su rostro, sintiendo la calidez en su cuerpo.
—¡Muchas gracias! Esto… —no sabía su nombre, y por tanto, no podia agradecerle.
—Puedes llamarme Bermuda —no veía su rostro, pero su intuición le decia que estaba sonriendo.
—¡Está bien! Yo me llamo Tsuna —se puso el objeto y le tendió la mano, sin recordar que el contrario ya sabía su nombre.
Contrario a lo que los adultos ahí presentes creerían, el encapuchado niño aceptó la mano del castaño sin recordarle tan siquiera algo así. Tenían entendido que al creador de la llama de la noche no le gustaban para nada los pequeños.
Aunque debían admitir que el rostro de Tsuna en aquel momento era más dulce que el mismo chocolate. Nadie podría tener el poco corazón de decir algo que pudiera borrar esa preciosa sonrisa, ni siquiera alguien que había creado un elemento a partir de la venganza.
Quizá por ello agradecieron el tener aquellas vendas tapando su rostro en el momento en el cual el chiquillo les miró con sus grandes e inocentes orbes amarronados, quizá sintiéndose observado.
Los cuatro sabían que debían tener una cara de idiotas enternecidos, y no era una buena imagen para los guardianes de las leyes de la mafia.
El pequeño siguió relatando incansablemente y nadie se atrevió a detenerle o interrumpirle por miedo a que aquella alegría desapareciera si decían algo. Sabían que el cielo de los Vongola era dulce y amable, pero jamás pensaron en que su forma infantil pudiera ser tan sumamente adorable.
Habían "vivido" con la venganza en sus mentes por cientos de años, y aunque ya no tenían aquella motivación, no era posible cambiar la personalidad que había sido forjada por tanto tiempo en pocos años. Por consecuente, nadie podía decir que habían empatizado con ellos. De hecho, los Vindice consideraban a los humanos como seres inferiores, pese a que alguna vez lo fueron, y todos les tenían absoluto terror.
Quizá era por eso que el pequeño se les hacía tan adorable. Porque los niños normalmente solían rehuir de ellos y esconderse detrás de lo primero que encontraban, pero el castaño estaba hablándoles con toda la tranquilidad del mundo, con la característica alegría e inocencia de los infantes.
No huía ni parecía temer a ninguno, de hecho, sonreía cálidamente mientras recordaba todas sus aventuras.
Aunque el encariñarse con aquel niño también tuvo su efecto negativo, pues tenían la frustración de no poder ayudarlo en la situación en la que se encontraba en su época.
Si pudieran hacerlo, definitivamente esos tres que se habían atrevido a secuestrar al pequeño cielo conocerían cuán terrible podía ser la prisión de Vendicare. Y eso porque el niño omitió la parte de su familia, pues se había percatado que esa parte siempre apenaba a quienes conocía.
Al cabo de un largo rato, Tsuna finalizó su historia y les miró con una pequeña sonrisilla.
—Yo… ¡quiero ser amigo de todos! —exclamó con cierta timidez, con un lindo rubor en sus mejillas.
Ante la declaración del mini-cielo, ni siquiera Bermuda fue capaz de reaccionar inmediatamente.
Pasaron unos pocos segundos antes de que el jefe de los Vindice pudiera formular una palabra, y bien sabían los presentes —con una clara excepción— que se podía contar con una mano las veces en las que este se había quedado de aquella manera.
En un intento de recuperarse de su asombro y disimular, Bermuda presentó a sus acompañantes, empezando desde la derecha donde se encontraba Jager, prosiguiendo con Pequeño Gia y Gran Pino y finalizando en Alejandro.
En principio Tsuna no los distinguía, dado que a su parecer eran réplicas. Sin embargo, pronto aprendió a distinguir ciertos rasgos en las ropas que en principio pensó que eran iguales y las voces le ayudaban a guiarse.
No tardó tampoco en encariñarse con ellos, sin saber que eran la peor pesadilla de cualquiera. Alejandro había usado su habilidad y había dejado fascinado al niño al crear de la nada muñecos que hablaban y se movían como si fueran reales. De hecho, jugó con ellos un buen rato a todos los juegos que se le ocurría.
—¡Pillado! —rió el castaño cuando atrapó a Bermuda, quien se había visto incapaz de negarse a jugar.
Los demás se hubieran reído ante la situación de no ser porque el cielito les pidió con una mirada ilusionada que participaran también. Entre más, mejor.
Ni el más temible de los criminales que tuvieran encerrados podría resisitirse. Ni siquiera el demonio le diría que no.
Así pues, se vieron arrastrados a seguir el juego.
Tiempo después le entró hambre, y por consiguiente, crearon un portal para llevarle a comer. Tsuna miraba con total fascinación aquellos agujeros que en un principio le asustaron, pero que pronto consideró divertidos.
Emocionado por el hecho de visitar cualquier lugar en pocos segundos, pidió ir a diferentes sitios.
Todo lo que se le ocurría le era concedido, no podían negarle nada al pequeñín, no importaba cuán descabellado pudiera ser lo que pidiera. De hecho, los cinco Vindice tenían una especie de competencia por ver quién complacía primero al chiquillo.
Si el castaño pedía ir a un parque, tenía opciones a elegir. Si quería ir a una heladería, tenía el dilema de elegir cuál. Incluso si tenía que ir al baño debía debatir cuál de los portales escoger.
Habían incluso creado un sistema de puntos para decidir al ganador, el cual constaba de las elecciones del pequeño cielo. Por cada vez que Tsuna eligiera su portal, se sumaban un punto.
Sin embargo, el niño no quería que nadie perdiera, asi que había usado el método que le pareció más sencillo. Alternar entre los cinco, eligiendo uno diferente cada vez.
—Bermuda-nii —tiró levemente de la capa del aludido, que era unos centímetros mayor, y le miró con cierto brillo de tristeza.
—¿Que sucede? —preguntó algo sorprendido ante la repentina pena del menor.
—Es algo tonto pero… —vaciló unos instantes—. Sois… reales, ¿verdad?
La cuestión era algo descabellada, por tanto, el Vindice se quedó en blanco por unos segundos.
—Claro que somos reales —respondió—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada —sacudió la cabeza, secándose los ojos de las inminentes lágrimas y dedicándole una sonrisa.
—Eh, no llores —no quería verle así, de hecho, ninguno de los presentes lo deseaba—. ¿Dónde quieres ir ahora?
Habían visto a lo largo de las eras varias súplicas y llantos, tanto niños como adultos, pero ninguno les había afectado tanto como la tristeza del chiquitín.
—¡Ahora quiero ir a…! —recobró su alegría y pensó un momento, sin saber cuál elegir. Había visitado ya medio mundo por lo menos—. ¡A un lugar con mucho chocolate!
Se vio rodeado de los agujeros negros, y recordó que esa vez le tocaba ir por el de Bermuda, quien no tardó en restregárselo a sus compañeros cuando el pequeño se adentró en su portal.
Segundos después siguieron a Tsuna, el cual contemplaba encantado el museo de chocolate suizo al que habían ido a parar, deseando comerse todo lo allí expuesto.
Les llevaba de un sitio para otro con una energía envidiable, alegre y emocionado. No había rastro de la pena anterior, y eso les aliviaba.
Siguieron al cielito hasta donde este quería, activo e incansable. Sin embargo, no todo podía durar para siempre, y en el momento menos esperado un humo rodeó de improvisto al chiquillo.
No les dio tiempo a decirle nada. Cuando el repentino humo se disipó, se toparon con que su pequeño consentido había sido sustituido por el Tsuna de veinte años que conocían y miraba sorprendido el lugar donde se encontraba.
Ninguno de los Vindice lo admitió, y posiblemente nunca lo harían, pero hubieran querido pasar más tiempo con el pequeño castaño.
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Cuando el niño volvió a su tiempo, lo primero que sintió fue tristeza. Una profunda tristeza.
Sabía que no iba a estar por siempre allí, pero aquella vez no había podido ni despedirse.
No le gustaban las despedidas, era cierto, pero tampoco le agradaba la idea de desaparecer del lugar sin hacerlo. No había podido decir adiós, o abrazarlos, y eso le apenaba profundamente.
Se secó las lágrimas que salían de sus orbes avellana, intentando pensar que ellos no habrían querido verle llorar.
—Te tengo —alguien le cogió por detrás, tapándole la boca—. Nos has causado muchos problemas, niño.
Distinguió la voz, ¿no era esa mujer rubia?
Cuando miró más atentamente a su alrededor, se dio cuenta de que seguía en la misma estancia a cuando desapareció, hacia aproximadamente seis horas. Sin embargo, esta tenía pinta de haber sido un campo de batalla, había abolladuras por todos lados, pero sobretodo quemaduras.
—Esta vez no lo desatamos —el hombre salió de detrás de unas cajas, con su cara algo quemada y sus ropajes no estaban demasiado diferentes.
—No vuelvo a cometer esa locura otra vez —la castaña se incorporó levemente del suelo, no tenía mejor aspecto que su compañero.
Notó que el avión ya no se movía, lo cual quería decir que ya estaban en tierra firme. Empezaron a salir del aparato, el cual había aterrrizado en un jardín esplendoroso, aunque no tan magnífico como los que había visitado anteriormente.
La mansión era enorme, pero no se comparaba a la de Uni-nee, por ejemplo.
Le ataron de las manos, obligándole a caminar. Sin embargo, cuando entraron por la gran puerta del caserón, se llevaron una sorpresa no muy grata.
—Suelta a ese niño si no quieres morir —ni bien dieron un paso dentro del lugar, un pequeño bebé vestido de negro y con sombrero apuntó con una pistola a sus captores.
A sus pies, un mínimo de diez hombres estaban totalmente inconscientes. Quizá muertos.
—¡Reborn-nii! —se alegró Tsuna al reconocerlo, y trató de acercarse a él, pero fue retenido por el hombre que lo sujetaba de la capucha de su capa.
—¿No lo has escuchado? —otra voz sonó en la estancia, y un pequeño rubio apareció al lado del hitman, siendo soltado por un halcón y apuntándoles con un rifle—. Suéltalo, o asume las consecuencias.
—Escucha al idiota de mi alumno, y suelta a ese niño —una pequeña de ojos castaños y cabello azul marino apareció de la nada y apuntaba también a sus captores.
—¡Colonello-nii! ¡Lal-nee! —exclamó contentísimo el chiquillo, quien finalmente pudo acercarse a ellos al ser soltado, debido a la impresión que se llevaron al ver a los tres arcobalenos.
Aunque quizá lo que asombraba más era la familiaridad con la que Tsuna se dirigía a ellos.
De un certero disparo, el castaño se vio liberado de ataduras sin recibir un solo rasguño y abrazó a los tres, mientras los adultos no daban crédito a lo que sus ojos veían.
—¡Habéis encogido mucho! ¡Ahora soy más grande! —dijo con inocencia y felicidad.
El trío arcobaleno sonrió levemente ante las palabras del infante. Era simplemente adorable.
—Tú no has crecido nada, Tsuna —rió el rubio—. Nos debes una buena explicación.
—Pero antes… —Lal disparó por encima del hombro del chiquillo a una de las mujeres que trataba de escapar aprovechando la situación.
—Nos encargaremos de estos tipejos —Reborn sonrió sádicamente, imitando a la militar.
El pequeño se separó de ellos y observó algo confuso las miradas de sus amigos.
Unas miradas que prometían mucho dolor y sufrimiento a sus secuestradores, que temblaron de puro miedo.
Oh, sí. Iban a conocer muy bien lo que era enfurecer a tres de los bebés más fuertes.
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Salut lectores
Ufff. No tengo vida. Cada dia cuesta mas responder pero igaulemnte me encanta que los dejeis XD
Fiz-chan, yo me callo que despues veras XD. Y madre mia los Hashtags. A este paso se hacen TT en Twitter y todo XDDDDD. Y
Shiho-chan, por dios evita que las palabras sean ideas. Y… me callo. Yo no digo nada que después la lio XDDD.
Grache, me alegro que te guste n.n
Ja-chan, vaya, me alegro que te guste tanto ./. Yo no se que teneis por ojos para que os guste, pero igualmente grache XD.
Fan-chan, jajajajaja, has tenido entonces doble. Es que atino eh XD. Y siento hacerte llorar. Es que ya me lo han dicho tres personas XD. Aquí me matan un día, tr lo digo yo. ¡Y me puedes llamar como quieras!
Yi-chan, todoz piensan igual que tu por lo que veo. No hay piedad aquí eh, no. Y tranquilidaaaaaaad. Mejor tarde que nunca XD. Y fijo que mejores hay, tu busca XD.
Kurai-chan, oh dios, 1000. Mae mia tu no tienes vida ni sueño XDDD. Tu conciencia tiene razon eh XD. Pero muchad graches, y no, no lo he leido, lo hare si tengo un tiempo n.n
Brenda1810018, nada. Que ya esta apuntado, tranquila. Tu tranquila porque a mi un poco mas y me secuestran.
¿Puedo llamarte Bren-chan?
Mel-chan, lo esta, lo esta. Y mujer, calmate que medio comentario esta con asteriscos XDDDDD. Me quede O.o cuando lo lei XD. Y MI TARTITAAAAAAA.
Liridetti, me he sorprendido cuando vi que dejaste un review eh XD. Te lo juro. A ver, es que de los arcos uno de mis favs es el de la batalla representativa. LO. ADORO. Los feels ahí son muy reales la verdad.
Yo pienso lo mismo que tu, a veces la inseguridad no hace que saquemos lo mejor dd nosotros. Creo que eso quiere reflejar Amano en su maravillosa obra.
Y bueno, me alegra que me leas n.n.
Kusakabe Rei, oh, suelo contestar todos los reviews pero a veces ff me trollea un poco demasiado. Y claaro que no pienso abandonar n.n
Tu tranquilo, lo hare n.n. Mi amiga se encarga de eso. Me alegra que te guste mi forma de escribir.
¿Puedo llamarte Rei-kun?
Scarlett, vaya, muchas graches. Una escritora novata agradece ese tipo de comentarios n.n
¿Puedo llamarte Let-chan?
Rena-chan, noooooo, no se nota para nada. Tranquiii XD. Y tranquila, quiero seguir viviendo. Muchos me han pegado por eso XDDDDDD. Ya mas no aguantooo.
Grache por leer n.n
Bieeen. ¿Merezco un review? ¿Disparo? ¿Tartita?
Au revoir~. Nos leeremos pronto~
