Ilusión
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Cuando arrivó en el lugar, sintió como sus ropajes se mojaban al chocar contra un suelo húmedo, y también caía agua sin cesar encima suya.
Estaba lloviendo, y con bastante fuerza.
Corrió a refugiarse inmediatamente en el primer edificio que encontró. Su alrededor era oscuro, quizá por las negras nubes que cubrían el cielo y desataban su furia.
Añadido a eso, la calle —si es que se le podía llamar así a ese camino con asfalto desgastado— estaba desierta, aunque dudaba que alguien viviera por los alrededores. La única edificación que estaba de una pieza e iluminada era en la que se resguardaba. Las demás —que tampoco eran demasiadas— estaban derruidas y abandonadas.
Estaba mojado, tenía hambre y encima frío. Perfecto.
Miró la puerta del lugar, que se alzaba imponente hacia él. No quedaba más remedio, debía pedir ayuda.
Por si acaso, hizo uso del caramelo que el científico le había otorgado. Estaba bueno, y menguaba un poco su apetito, por tanto era un beneficio.
Respiró profundamente y sacó su pequeña manita, la cual estaba oculta debajo de la capa que había obtenido, y tocó la puerta.
Al cabo de unos minutos, escuchó el quejido de las cerraduras abrirse, como si estuviera en una película de terror. Tembló ligeramente, con miedo a lo que pudiera salir del interior y arrepintiéndose de haber llamado.
Se encontró con el rostro de un hombre mayor, le multiplicaba la edad por mucho. Parecía fuerte, de pelo negro y ojos oscuros.
Sonrió, pero Tsuna no lo identificó como una agradable expresión. Retrocedió un paso, desconfiado, con su intuición gritándole que se fuera de allí lo más pronto posible, pero el mayor no le dio tiempo para nada.
Quedó inconsciente debido a un golpe en la nuca, tras haber opuesto resistencia al ser capturado.
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—Sí, tenemos otro crío —escuchó difícilmente una voz, que calló un momento para escuchar una respuesta, posiblemente telefónica—. Sí —afirmó—. Es pequeño, y no parece estar enfermo. Tendrá cinco años, seis a lo mucho.
Dejó de prestar atención y sentó en el suelo, mirando desorientado a su alrededor. Estaba en un lugar más iluminado que la calle, de paredes grisáceas y suelo de mármol. Había una puerta metálica, muebles de madera, la mayoría rotos, y colchones bastante desgastados en el suelo. Ventanas eran tapadas con tablones de madera mal dispuestos, y dejaban filtrar la luz eléctrica —proveniente de dos sucias lámparas— al exterior.
Sin embargo, lo que más le sorprendió fue verse rodeado de niños. De distintas edades, diferentes rasgos pero todos mirándole con la misma expresión de curiosidad en un imperfecto círculo alrededor de él.
Ninguno era mayor que él por mucho más de dos o tres años, y aun así, tenían múltiples heridas en sus pequeños cuerpos, y sus vestimentas estaban sucias, quemadas y rasguñadas.
—¿Este es el niño nuevo? —cuestionó uno de gafas y pelo oscuro, que parecía ser uno de los mayores.
—Sí, pero no parece que haya sido abandonado —respondió otro, un rubio que parecía ser también mayor—. Solo es mirar su ropa, no parece de un huérfano o algo por el estilo.
Quiso hablar, pero se detuvo cuando sintió un dolor repentinamente agudo en su cuello, el cual se tocó con una mueca.
—¿Te encuentras bien? —se atrevió a preguntar una niña, de cabellos negros, orbes celestes y más pequeña que él, acercándose a su posición con cierta timidez.
El castaño sonrió mientras asentía, y la chica le imitó, pareciendo perder su vergüenza al ver que no le había replicado en mal tono.
Aquella niña era la que parecía menor de todos, y los demás le miraron con curiosidad intensificada ante sus actos. Empezaba a pensar que había hecho algo malo, cuando el rubio habló.
—Bien, pequeñajo —como si fuera un adulto, se dirigió a él con un ligero tono superior—. ¿Quién eres y cómo has llegado aquí?
Acostumbrado a que la pregunta se la formulase alguna persona mayor, mucho más que aquel niño, dudó unos instantes antes de empezar a relatar su —cada vez más extensa— historia.
Al inicio, acostumbrado a que los infantes le tratasen mal, no se atrevía a hablar demasiado alto. Sin embargo, estos no parecían tener intención de hacerle daño y le escuchaban atentamente, haciendo que pronto se motivara y empezara a relatar con más alegría sus travesías.
Solía ser interrumpido debido a preguntas y alguna que otra exclamación de sorpresa, pero aun así seguía contando su relato con entusiasmo, el cual parecía pegarse a quienes le escuchaban.
Acabaron sentados alrededor del castaño, quien se había incorporado en algún momento de la historia. Miraban con emoción a Tsuna, y este se sentía bien al ser tan recibido por los demás. Nunca los niños le habían tratado así, y definitivamente le gustaba la atención recibida.
Se percató de que un infante, quizá de su edad o un año mayor, le miraba de reojo con cierto interés en su historia, pero no se acercaba al grupo mayoritario.
Su peinado piña de color azul oscuro se le hacía realmente conocido. Juraría que lo había visto en algún otro lugar que, en esos momentos, no lograba recordar bien…
Al verse observado, dejó de mirarle y centró su atención en los bordes de su camisa blanca desgastada.
Cuando preguntó quién era, los niños no supieron bien qué responder. Solo sabían que era un chico que había llegado hacia un par de meses, y no ha querido hablar ni soliacizar con nadie. Solía sentarse en esa esquina y no moverse de ahí excepto cuando venían a por él.
Con una sonrisa alegre, se acercó a él, ignorando las peticiones de los demás de que no lo hiciera. Decían que, la última vez que un niño se atrevió a acercársele, quedó traumatizado con solo mirarle y murió al cabo de pocos días.
El castaño dudaba que fuera culpa suya, pues había distinguido un orbe azul antes de que volteara y nada le había pasado.
—¿Quieres unirte? —tocó su hombro para llamar su atención y hacer que alzara el rostro.
Uno de sus ojos estaba tapado con un parche que en principio debió ser blanco, mientras que el otro de color marino le miraba con sorpresa. No debía estar acostumbrado a que se le acercasen, y Tsuna lo comprendía mejor que nadie.
Entonces, sus achocolatados orbes se abrieron de la sorpresa al recordar dónde había visto antes aquel peinado y por qué se le había hecho tan familiar.
—¿Mukuro-nii? —cuestionó sorprendido.
—¿Cómo sabes mi nombre? —respondió intrigado con otra pregunta—. Y no soy tu hermano, te estás confundiendo.
—¡Tú también has encogido! —le abrazó entusiasmado, ignorando las palabras del contrario.
—¿Encogido? ¿De qué hablas? —el chico estaba cada vez más confuso—. ¡Y-y suéltame! —reclamó ante el abrazo del pequeño, aunque lo cierto era que no le incomodaba demasiado.
Si Tsuna le soltó, definitivamente no fue debido a la petición del de cabello afrutado. Sabía que no le estaba molestando, su intuición se lo decía.
Lo hizo para responder las cuestiones, continuando con su historia y haciendo que el infante se uniera a ellos. Las preguntas acerca de cómo conocia al niño no tardaban en llegar, y el castaño contestaba con gran alegría a todas, al tiempo que animaba a Mukuro que participara con todos.
Estos pronto comprendieron que no era ningún niño maldito o algo por el estilo, y comenzaron a hacerle partícipe de las bromas que se gastaban entre sí. Ejemplo era los apodos cariñosos del castaño, el cual el más famoso era "atún".
Cuando finalizó su relato, empezaron a jugar a todo lo que se les ocurría. Parecía como si la llegada del pequeño Tsuna hubiera hecho que los niños se olvidaran de funesta situación en la que se encontraban, iluminando todo con su sonrisa alegre.
No habían contado al chiquillo su situación, pues temían borrar su felicidad, esa que parecía contagiarse en el ambiente cuando sonreía.
Jugaron como nunca antes, a cualquier cosa posible. Incluso hicieron el intento de pelota con unos trapos viejos que encontraron y se divirtieron disputando un partido de fútbol improvisado.
El castaño en inicio no quería jugar a eso, pues era muy torpe para los deportes y tendía a caerse, siendo burlado el cien por ciento de las veces. Sin embargo, no pudo negarse ante la insistencia de los infantes. De hecho, al hacer los equipos, se pusieron a discutir quién se quedaba con él, pues ambos capitanes lo querían.
Este hecho sorprendió a Tsuna, pues solía estar acostumbrado a que discutieran por él cuando, en el colegio, se veía obligado a jugar. Sin embargo, en ese entonces peleaban debido a que no querían que estuviera en ningún lado, pues siempre acababan perdiendo debido a su culpa.
Sinceramente, nunca llegaba a tocar el balón, pero era cierto que rara vez ganaba el equipo en el que estaba, por no decir nunca. Aunque el castaño pensaba que, más bien, la culpa era de los demás, pues se desanimaban al creer que daba mala suerte y no rendían todo lo que deberían.
Para no descontentar a ninguno de los dos bandos, decidió que estaría la mitad del partido con uno, y luego se cambiaria al otro. Ambos estuvieron de acuerdo, y empezaron a jugar alegremente.
Su torpeza no tardó en hacer su aparición, y cuando cayó al suelo, se preocupó por si empezarían a reírse de él y burlarse de que no podía ni mantenerse en pie.
Contrario a lo que creía, los infantes detuvieron el encuentro y se acercaron a él con preocupación. Empezaron a acribillarle a preguntas sobre si se encontraba bien, si necesitaba algo o si se había herido de gravedad.
El chiquillo se emocionó al ver que no se burlaban de él, y les tranquilizó con una amplia sonrisa cálida.
—¡Estoy bien, de verdad! —rió al responder la misma pregunta por enésima vez.
Aún algo inconformes, los niños no insistieron más. Reanudaron su partido, entre risas y desafíos entre ambos bandos. Tsuna hizo su mejor esfuerzo por no volver a caerse, y lo consiguió. Tan solo resbaló tres veces en toda la duración del juego.
Pero como todo lo bueno no podía ser eterno, toda la diversión se cortó repentinamente cuando se escuchó el sonido de una cerradura abrirse.
Los infantes se tensaron y miraron hacia la puerta, con expresión de seriedad absoluta junto al temblor que el miedo producía en sus cuerpos.
—¿Qué ocurre, Mukuro-nii? —susurró Tsuna al chico, que se había puesto delante suya en posición defensiva.
De hecho, no era el único. Los demás niños habían hecho una especie de barrera humana en frente suya, como si quisieran protegerle de lo que fuera que entrara por esa puerta que no lograba ver.
—No te alejes de mí, ¿entendido? —ordenó el mayor con voz autoritaria. El castaño asintió, algo confundido pero entendiendo que era importante.
Su intuición volvió a sentirse inquieta, como antes de viajar. ¿Qué quería decirle?
—Mocosos, ¿qué se supone que hacéis? —la voz de un hombre resonó fuertemente, haciendo que los pequeños temblaran. Sin embargo, no se movieron de su posición—. Apartaos, estáis ocultando a ese crío, ¿no es verdad?
Supo que se refería a él. ¿Qué quería? ¿Por qué todos estaban asi?
—No te lo daremos, no dejaremos que le hagáis lo mismo —respondió un valiente niño, uno que por el tono reconoció como de los más pequeños.
—¡Mocoso insolente! —tras su grito, un golpe sonó en la estancia, y Tsuna supo por el sollozo que había sido golpeado.
No, no quería que nadie saliera herido por su culpa.
Se dispuso a avanzar hacia adelante cuando fue cogido del brazo. Miró a la causante, la misma niña azabache que conoció cuando llegó ahí, la cual parecía haberse encariñado con él inmediatamente. Le miraba con sus orbes celestes llenos de agua, con miedo.
—No vayas, te hará daño… —Lily, que era como se llamaba, se veía con inmensa preocupación.
—Pero ellos… —escuchó otro grito junto a un llanto, haciendo que se estremeciera.
El hombre se abría paso a la fuerza, lanzando por los aires a los infantes que trataban de retenerlo como podían, agarrándose a sus brazos y piernas, mordiéndole y rasguñándole.
—¡Vete! ¡Mukuro, llévatelo! —exclamaron los pequeños, y Tsuna no daba crédito a lo que veía.
Se estaban haciendo daño por él. ¿Por qué? ¿Qué ocurriría si le atrapaba? ¿Detendría sus golpes hacia sus amigos?
Estuvo a punto de seguir aquella idea, pero el de cabello azulado se lo impidió. Con uan afirmación, le cogió del brazo y corrió hacia la abierta puerta de metal.
Tan solo alcanzó a agarrar a Lily de la mano, siendo arrastrada ella también. Salieron de la habitación, pero Tsuna le exigía que le soltase con desesperación.
Esos niños le habían tratado bien. Muy bien, habían sido sus amigos. ¿Por qué estaba ocurriendo todo eso?
—¡Debemos volver! ¡Tenemos que ayudarles! —ni Mukuro ni Lily parecían querer hacerle caso, y se centraban en tirarle incluso cuando oponía toda su resistencia—. ¡Por favor! ¡Soltadme!
—¡No podemos! ¡Te harán daño! —rebatía la menor entre sollozos. Uno de los que se había quedado atrás era su hermano, y Tsuna no podía entender como había sido capaz de dejarle ahí.
—¡Ellos no querían que te hiciesen daño! —añadió el de cabello piña—. ¡Por eso se enfrentaron a ese tipo!
—¡Debo volver! ¡Si me cogen, no les harán daño! —tercamente, el castaño se negaba a abandonarles, mientras seguían corriendo entre los pasillos.
—¡Pero entonces no habrá servido de nada! —rebatió Mukuro—. ¡Asi que corre! ¡Que sirva de algo su sacrificio!
Las palabras del niño impactaron a Tsuna, quien se planteó entonces una buena pregunta que no tardó en formular mientras se escondían en un pequeño cuarto al ver más hombres en una esquina, seguramente estaban buscándolos.
—¿De qué huimos?
La más pequeña y el mayor se miraron entre sí, preocupando al castaño.
—No te lo queríamos contar para que no te entristecieras… —empezó Lily—. Pensábamos que desaparecerías y volverías a casa antes de que vinieran…
—Pero no fue así, vinieron demasiado pronto —se molestó Mukuro—. Lo cierto es que todos somos niños huérfanos que los Estraneo adoptaron… para hacer experimentos con nosotros.
—Nos hacen daño, mucho daño —sollozó la niña—. Mi otro hermano no lo soportó…
—Siguen trayendo niños que se encuentran abandonados, a las buenas o a las malas —prosiguió el mayor—. Tú has tenido mala suerte en caer por aquí…
—Os encontré, mocosos —una voz interrumpió y la puerta de la pequeña estancia se abrió de golpe. Tsuna descubrió al hombre que había conocido al inicio con más de una herida, causada posiblemente por los infantes que le habían defendido.
Atrapó a Lily y la tiró lejos, apartándola del castaño, a quien sujetó y alzó del cuello ante la furiosa mirada del mayor de los niños.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —pateó Tsuna, viendo con preocupación a la azabache inconsciente en el pasillo—. ¡Espero que esté bien o si no…! —miró al adulto con rabia, dejando su amenaza al aire. Más bien, no sabía cómo completarla.
—¿Qué me va a hacer un crío como tú? —pateó al infante de cabellos azules que intentaba atacarle, mandándole lejos.
—No lo sé, pero no te lo perdonaré —su agresor observó con sorpresa el brillo anaranjado que adquieron fugazmente sus orbes castaños.
—Qué niño más curioso —comentó con cierta burla—. Encantarás a esos científicos locos.
—¡No permitiré que te lo lleves! —Mukuro no podía caminar, parecía haberse torcido el tobillo en la caída contra el suelo, pero amenazaba al adulto apoyado en una pared.
—Intenta acercarte —se rió, viendo el lesionado pie del niño.
—¡Suélta... me…! —su agresor hizo más presión en su agarre, dificultándole la respiración.
—¡Suéltalo! —exclamó el otro infante, viendo como la cara de Tsuna se ponía pálida.
El castaño analizaba sus posibilidades. Era insignificante contra su agresor, estaban rodeados por más hombres armados, que habían salido de sabía Dios dónde. Seguramente eran vigilantes que se habían alertado ante su escape.
Lily estaba inconsciente y su otro amigo no podía moverse con propiedad, además empezaba a faltarle el oxígeno seriamente y estaba por desmayarse.
Cerró los ojos ante su inutilidad. Sabía que desaparecería del lugar en cuestión de horas, pero eso no le aseguraba el bienestar de los que dejaba atrás. Y eso también si no lo mataban antes de poder regresar.
Al final su intuición tuvo razón…
Sintió como el agarre era repentinamente flojo, tanto que cayó al suelo de golpe, y sus pulmones agradecieron el aire.
Sorprendido, abrió sus orbes color chocolate, buscando a su salvador.
La escena con la que se encontró era propia de una película de ficción.
Ya no se encontraba en el suelo, sino en una especie de burbuja transparente que flotaba en el aire. Lily estaba junto a él, inconsciente pero respirando.
Abajo, el suelo parecía haberse convertido en el infierno, literalmente. Ardía como el más puro fuego, y podía sentir el calor que emanaba.
Todos los adultos se retorcían entre la lava, quemándose. Gritaban y suplicaban piedad mientras intentaban librarse del fuego.
Y el causante de todo era el mismo niño que momentos antes no podía mantenerse en pie. Su parche había caído en algún lugar, desvelando su orbe rojizo. El niño sonreía y se burlaba de ellos, torturándolos sin matarles, sobretodo haciendo sufrir a quien anteriormente agarraba al castaño y se reía de él.
Daba miedo. Mucho, mucho miedo.
—¡Mukuro-nii! —llamó, pero este no parecía escucharle, centrado en torturar a cada uno de los hombres, haciéndoles levitar a su antojo y dejando que pensaran que estaban salvados, para luego arrojarles al fuego—. ¡Por favor, detente!
Las súplicas eran terribles, pedían auxilio de manera desesperada, y Tsuna no aguantaba aquel dolor.
Además, ese niño de ahí no era el mismo que conocía. Él no era así, era algo sarcástico y sus orbes denotaban que había pasado por mucho a su edad, pero no era una mala persona. No era así.
—¡Por favor, detente! —rogó de nuevo, pero seguía siendo ignorado—. ¡Por favor…!
No pudo soportarlo más, y rompió en llanto. No quería escuchar sin poder hacer nada, no quería ver a su amigo así, no deseaba saber que no podía detenerlo.
—¿Por qué lloras? ¿Quién te ha hecho llorar? —el castaño se atrevió a mirar a través de su barrera de lágrimas al niño que momentos antes estaba debajo suya, pero que ahora se encontraba a su lado.
—Mukuro-nii… por favor… detente —sollozó, abrazándose al mayor—. No eres así… No les hagas más daño…
—Ellos nos han hecho mucho —replicó, aceptando el abrazo y tratando de consolar al pequeño—. Y te lo hubieran hecho a ti también…
—Pero tú no eres como ellos —se separó un poco y miró a los heterocromáticos ojos de su amigo con decisión—. Por favor, no sigas… no seas como ellos… por favor, Mukuro-nii, no lo soporto…
Ante la súplica de Tsuna, el mayor no pudo evitar sentirse mal por el niño. Era un pequeño muy extraño, sí, pero era doloroso verle de aquella manera.
Con un suspiro, aceptó la petición del pequeño castaño. Si había empleado aquella técnica, no había sido por gusto. De ser por él, jamás usaría aquel regalo del diablo, el mismo que le habían puesto a la fuerza aquellos malditos tarados que se hacían llamar científicos, sin embargo, no había tenido otra alternativa.
Era en esos momentos cuando agradecía a esos chiflados que le hubieran enseñado a manejar sus habilidades. Idiotas, ¿no pensaban que se podría volver contra ellos?
Cuando el suelo volvió a la normalidad, hizo que los dos menores descendieran lentamente.
Los adultos que habían sido sometidos a los trucos del niño —quien pensaba que tampoco era para tanto, solo eran unas ilusiones al fin y al cabo— ni se acercaron a ellos. De hecho, se alejaban del pequeño de orbes heterocromáticos con temor cuando este se les acercó.
—Si seguís vivos, no es por vosotros —aclaró—. Es porque él me lo pidió.
Señaló al pequeño castaño, quien veía aliviado cómo la niña se despertaba algo aturdida y le miraba con alivio.
Sin embargo, eso no evitó que el de cabello afrutado les atara de pies y manos mediante cuerdas que Tsuna veía como aparecían de la nada. ¿Cómo lo hacía?
—Son ilusiones, no existen —le respondió cuando preguntó, de vuelta a la habitación donde los otros niños se encontraban—. Hay que ser muy observador para darse cuenta.
Mientras hablaba, iba batiendo de diferentes formas a quien se encontraban por el camino, dejándoles inconscientes.
—Increíble —se sorprendió el de orbes almendra junto a su pequeña compañera—. ¿Crees que se darán cuenta?
—Lo dudo —agitó una mano al aire, descartando esa idea. No parecían usar mucho el cerebro.
Cuando llegaron a la estancia, se relajaron al ver que la mayoría se encontraba bien. Tenían golpes, pero estaban acostumbrados a ellos, y los más pequeños eran ayudados y consolados por los mayores.
Sin embargo, cuando les vieron, todos se abalanzaron encima del castaño, abrazándole.
—¡Que no puedo respirar! —rió ante el abrazo grupal, al que Lily se unió encantada pero Mukuro vio desde lejos con los brazos cruzados y una leve sonrisa. Decir que estaba alegre porque estuvieran bien era decir poco.
Tras diez minutos en los que pudo lograr que entendieran que estaba de una pieza, empezaron a acribillarle a preguntas acerca de si no le habían hecho algo, qué había pasado y por qué estaban de vuelta.
Tsuna empezó a responder, pero el ilusionista hizo que todos fueran hacia la salida del edificio. Debían salir para poder ser libres, pero les tomó un buen rato recorrer todo el lugar en busca de la puerta que daba al exterior, más si eran interceptados por enemigos que lograban derrotar pero les hacía perder el tiempo.
Ese lugar era un auténtico laberinto, pero finalmente pudieron apañarselas para salir todos de ahí.
Claro que el panorama de fuera era el mismo que se había encontrado Tsuna cuando aterrizó. No había nadie más aparte de un grupo de veinte niños solos. Al menos había dejado de llover.
—¿Y qué hacemos ahora? —se atrevió a preguntar un pequeño.
—Fácil, volaremos —respondió Mukuro como su fuera lo más simple del mundo.
Antes de que empezaran a replicar que era imposible, los infantes se vieron atrapados en una gran burbuja transparente como la que encerró a Tsuna anteriormente, flotando en el aire.
Todos empezaron a alucinar y miraban al suelo con cierto temor pero curiosidad. También centraron sus preguntas en el niño de pelo piña, quien les respondía.
Entonces el castaño recordó los lugares que había visitado en su último viaje, en diferentes partes del mundo, y animó a los demás, quienes ya sabían la historia y tenían gran interés.
—Pues visitaremos todo antes de que se acabe el tiempo —culminó Mukuro ante las incensantes propuestas.
Todos estuvieron de acuerdo y se dispusieron a visitar cada lugar. Cabe decir que, si no hubiera sido porque al de cabello azulado se le ocurrió hacerles invisibles, no hubieran pasado desapercibidos, ni mucho menos.
Sin embargo, el tiempo corrió en contra y su hora había llegado. Pero Mukuro había cumpludo su palabra y habían visitado todos los lugares que había contado en su historia.
De hecho, desaparecía en un parque de algún país europeo, en el cual jugaban antes de regresar al país y buscar un orfanato donde les cuidaran para tener una nueva familia.
Los primeros en percatarse de su transparentación fueron Lily y Mukuro, quienes se alertaron. Los otros les siguieron inmediatamente después.
Las lágrimas no faltaron en aquella despedida, y si solía llorar, en esa ocasión se multiplicó por veinte. Le abrazaron fuertemente y le pidieron que no se marchara entre sollozos, agarrándole como si así el pequeño castaño pudiera quedarse.
Claro que eso no funcionaba así, y tras promesas de que se volverían a ver, intentaba sonreírles mientras consolaba a todos, pese que él mismo estaba más que triste.
—Toma —en sus apretados brazos apareció un peluche con forma de atún—. Así nos recordarás.
El niño ilusionista también lloraba como todos, ni él podía resistir la perspectiva de que no vería más al castaño. ¿Tan rápido pasaban lss horas? ¿Por qué no podían ser más lentas?
—Gracias a todos —esbozó una amplia sonrisa con tristeza en ella, sus orbes chocolate derramando unas lágrimas más antes de desaparecer, abrazando el peluche ilusorio.
Sin embargo, era una ilusión que se hacía real si recordaba los rostros de todos.
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Salut lectores~. Me he quedado dormida vale. Asi que contad como si ayer fuera hoy y solucionado XD.
Respondiendo.
Mel-chan, jajajaja, no me referia a tu idea, sino a que hay muchas y aquí estoy en amenaza continua de muerte como no las haga. Asi qur es altamente posible que la haga.
Kurai-chan, —he atrapado todos los pasteles y tartitas y escondido antes de que la torturadora los vea— bueno, el mejor no es pero me alegro que te guste tanto n.n
Mika-chan, acertaste! Jejeje, aguante a las pinapples!
Fiz-chan, ammm… sorry sorry pero no me tortures mas de lo que ya me torturan por dios. Y creo que a ellas ya las meteré… me callo XD. Y si, Tsuna es kaawaii *-*
Mareborn-chan, tu eres mi torturadora fav, dios, me has regalado una tartita. Deberian pensar mas en eso otras personas. Y ya sabia que saldrias con algo de eso XDDDDDDD.
Nat-chan, gracheeee. XD. Ya se que leer en el. Metro es lo mejor porque es que me aburro demasiado. El de Madrid es mu lento XD.
Grache por el apoyo~.
Bien~. ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?
¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.
